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jueves, 26 de enero de 2017

LA FILOSOFÍA, ¿INÚTIL?





 En nuestros días la filosofía ha sido mal entendida, mal utilizada y, finalmente, defenestrada y desterrada de la enseñanza.

La auténtica filosofía no es cosa de ancianos eruditos, sino que permanece durante toda nuestra vida. Somos filósofos desde niños. A quién no le ha hecho un niño preguntas como estas:

-Papá, ¿esas luces chiquititas que se ven el cielo por la noche que son?

-¿El sol por qué no se cae?

-Mamá ¿por que dices que ese hombre es malo? ¿que es ser malo?

-Mamá ¿por que tenemos que morirnos, como el abuelo?

-Papá ¿tu quieres a mamá?

-Papá ¿por que hay tantos animales? ¿los  animales sirven para algo, o solo para comer nosotros?

-Etc, etc. 

Lógicamente los niños dejan pronto de preguntar por dos motivos, bien porque más pronto o más tarde son desanimados con contestaciones como: “Niño, no preguntes más”; bien porque se dan cuenta que nadie tiene las respuestas que necesita.

Lo que ocurre con la filosofía es que se perdió su sentido original, su porqué, su para que, y, en consecuencia, perdimos su cómo. Hoy el soberbio hombre de nuestro siglo se enorgullece de no necesitar de la sabiduría de nada ni de nadie. 

Pero, cosa curiosa, han aparecido, como los hongos, un enorme ejército de psicólogos, psiquiatras y “entrenadores personales”. Y se hacen terapias de pareja o de grupo, por todos los lugares, y se escriben y venden infinidad de libros de “autoayuda”.

Por otra parte, nacen, se desarrollan y mueren una inmensidad de grupúsculos, liderados por un “gurú”, un “maestro”, o un “sabio”, quienes, para sus “discípulos”, detentan el summum de la sabiduría humana y sus seguidores acatan sus indicaciones a pie juntillas, sin duda ni reflexión alguna.

Por un lado se rechaza la filosofía, pero se siguen con gran devoción los consejos de cualquiera de los profesionales y líderes que he citado. Y me parece que en esta situación hay gato encerrado, ya que es una situación extraña y muy chocante.

Si la libertad ha sido declarada como el bien supremo del ser humano, y si esta libertad es potencialmente nuestra desde el nacimiento, por el hecho de nuestra condición humana, ¿a qué se debe que tengamos que seguir las indicaciones de nadie para guiar nuestra vida? ¿por que oscura razón dejamos las riendas de nuestro caballo a alguien ajeno a nosotros, o seguimos sus normas de conducta, de pensamiento y de sentimiento y no las nuestras propias? ¿Es que hemos renunciado a nuestra libertad para dejar en manos ajenas el curso de nuestra propia vida? 

Seguramente el motivo es el llamado “miedo a la libertad”. Y este miedo se justifica en que conquistar la propia libertad no es asunto fácil; para ello tendríamos que desprendernos de todas aquellas formas de pensar y sentir que nos fueron inculcadas desde nuestra niñez y que cómodamente aceptamos sin reflexión alguna. Este desprendimiento es necesario para iniciar, desde nuestro interior, la búsqueda de nuestra forma auténtica de encarar la vida, y, desde ahí, empezar a vivirla acorde a esos principios logrados en la búsqueda. Pero este es un trabajo, quizá el más propio de lo humano, que no es fácil, ni cómodo, ni exento del trabajo de forja interior. Pero así, y solo así, llegamos a conformar nuestro propio ser interno, limando nuestras asperezas y dando brillo a nuestras facultades. 

Seguramente esta es la más gloriosa aventura de un ser humano, la del camino en búsqueda del propio ser interior Y éste es el verdadero sendero de la filosofía, cuyo significado original etimológico es “amor a la sabiduría”, de los griegos philos, amante, ysophia, sabiduría.

La situación actual es extraña ¿verdad? Cualquiera diría que absurda: un hombre libre entrega su vida a las directrices de otro hombre. ¿Existe mayor esclavitud? ¿Somos libres o esclavos? ¿Somos independientes o dependientes?

Cuando una persona sufre una gran pérdida o una gran desgracia, o quizá solo un contratiempo trivial, va corriendo o se le lleva a un psicólogo, para que le guíe en la solución del estado incontrolable en el que cae el afectado. Esto solo quiere decir que esa persona no dispone de la sabiduría suficiente para abordar por sí mismo su situación vital ante el problema.  Es como una orfandad en la que vive la gran mayoría de la humanidad, donde es preciso que nos digan como pensar, como sentir, como comportarnos, como afrontar nuestros retos, nuestras debilidades, nuestras dificultades.

Y… ¿no sería mejor aprender a hacerlo?

Desde el fondo de los siglos, Séneca, Epicteto, Platón, Confucio, Plotino, Buda, Aristóteles, Hermes, los Vedas y un sinnúmero de sabios, que comportan la herencia más valiosa de la humanidad, deben sentirse tristes y defraudados por nosotros, los hombres de este siglo soberbio. Tanto buscar la sabiduría a lo largo de todas sus vidas para que ahora nadie les conceda ni la menor importancia ni les de el menor crédito… Sobran en las aulas, y sobran en nuestras vidas… 

Nos decimos: ¿dijeron algo de interés, algo de utilidad, algo que merezca la pena ser considerado? ¿no se trataba más bien de gente ociosa, gente de vagancia, que vivían a costa de ir contando sus estrambóticos delirios a los demás mortales, complicándoles la vida? ¿gente que nos decía que debíamos conquistar nuestra libertad, cuando ya somos libres por naturaleza? ¿que debíamos buscar y amar la verdad y la sabiduría, cuando ya lo sabemos todo? ¿que deberíamos de tomar las riendas de nuestra vida, cuando sabemos que la vida es un azar y las riendas son innecesarias, porque no vamos a ningún sitio? ¡Que el caballo galope a donde él quiera! ¿Para qué necesitamos riendas, ni caballo, ni nada?

La filosofía es cosa de gente que, en lugar de trabajar, se dedica a pensar cosas inútiles, difícilmente entendibles para nadie, y que solo nos hace volvernos más locos todavía…

Pero, no es así. Los grandes sabios de la humanidad, esos a los que ahora despreciamos, son en realidad los que, con sus aportes de enseñanza, han promovido el desarrollo y el progreso humano a lo largo de los siglos. Son los que han aportado luz vivificadora al hombre en todas las épocas, los que han evitado que el hombre retorne a la edad de las cavernas convirtiéndose en una bestia más. Su sabiduría ha iluminado las artes, las ciencias, las leyes, las religiones, así como cualquier actividad creadora y enriquecedora que ha colaborado a que el hombre sea más humano, más bueno, más justo y, en resumen, un poco más sabio.

Y en nuestros días, en los que hemos rechazado sus orientaciones y su luz, no hace falta explicar de que manera camina la humanidad hacia la nada. Todos lo sabemos.

…

Nunca fue eso la filosofía… Nunca fue inútil… Nunca ociosa… Nunca.

Para mí que la filosofía es el manto de sabiduría que cubre todos los saberes del hombre en todas sus facetas. 

Es la esencia que subyace en toda forma de entender la vida y de vivirla. 

Es la conformadora de los cimientos y de los pilares de cualquier quehacer humano. 

Es la que guía y da impulso, o debiera hacerlo, a las ciencias, a las artes y a las religiones.

La filosofía fue siempre la ciencia más alta y más noble, porque es la ciencia de la vida, la lámpara de los hombres, la que aporta la luz que nos guía en la gran aventura de la vida humana.



miércoles, 9 de diciembre de 2015

SIRIO







Al esclavo le llaman libre,

al libre, esclavo.

al soberbio le llaman valiente

al humilde, cobarde.

al ladrón le llaman inteligente

al honrado, idiota.

al mentiroso le llaman hábil

al veraz, cándido.

Al malo le llaman astuto,

al bueno, débil.

Al desalmado le llaman fuerte,

al cariñoso, niñita.

Al impío le llaman liberado,

al piadoso, beato.

Al impaciente le llaman osado,

al paciente, resignado.

Al vago le llaman listo,

al trabajador, tonto.

Al inculto le llaman desmitificador,

al culto, ratón de biblioteca.

Al ignorante le llaman sabio,

al sabio le llaman raro.

Al esclavo le llaman persona normal,

al hombre libre le llaman peligroso.

Al borrego le llaman león,

al león, asesino.

Al asesino le llaman libertador,

al pacífico le llaman conformista.

Al infiel le llaman normal,

al fiel, tarado.

Al "artista" le llaman artista,

al artista le llaman desfasado.

Al tosco le llaman espontáneo,

al delicado le llaman amanerado.

Al bruto le llaman auténtico,

al cortés le llaman anticuado.

A nuestro antepasados les llaman superados,

y al mundo actual le llaman progresista.

A lo del revés le llaman lo del derecho

y a lo derecho le llaman lo del revés.

¿Cuánto tarda el Sol en su revolución alrededor de Sirio?

Menos tardará nuestra revolución...





miércoles, 25 de septiembre de 2013

LA FILOSOFÍA: ¿INÚTIL?



























En nuestros días la filosofía ha sido mal entendida, mal utilizada y, finalmente, defenestrada y desterrada de la enseñanza.
La auténtica filosofía no es cosa de ancianos eruditos, sino que permanece durante toda nuestra vida. Somos filósofos desde niños. A quién no le ha hecho un niño preguntas como estas:

-Papá, ¿esas luces chiquititas que se ven el cielo por la noche que son?
-¿El sol por qué no se cae?
-Mamá ¿por que dices que ese hombre es malo? ¿qué es ser malo?
-Mamá ¿por que tenemos que morirnos, como el abuelo?
-Papá ¿tu quieres a mamá?
-Papá ¿por que hay tantos animales? ¿los  animales sirven para algo, o solo para comer nosotros?
-Etc, etc.

Lógicamente los niños dejan pronto de preguntar por dos motivos, bien porque más pronto o más tarde son desanimados con contestaciones como: “Niño, no preguntes más”; bien porque se dan cuenta que nadie tiene las respuestas que necesita.

Lo que ocurre con la filosofía es que se perdió su sentido original, su porqué, su para que, y, en consecuencia, perdimos su cómo. Hoy el soberbio hombre de nuestro siglo se enorgullece de no necesitar de la sabiduría de nada ni de nadie.

Pero, cosa curiosa, han aparecido, como los hongos, un enorme ejército de psicólogos, psiquiatras y “entrenadores personales”. Y se hacen terapias de pareja o de grupo, por todos los lugares, y se escriben y venden infinidad de libros de “autoayuda”.

Por otra parte, nacen, se desarrollan y mueren una inmensidad de grupúsculos, liderados por un “gurú”, un “maestro”, o un “sabio”, quienes, para sus “discípulos”, detentan el summum de la sabiduría humana y sus seguidores acatan sus indicaciones a pie juntillas, sin duda ni reflexión alguna.

Por un lado se rechaza la filosofía, pero se siguen con gran devoción los consejos de cualquiera de los profesionales y líderes que he citado. Y me parece que en esta situación hay gato encerrado, ya que es una situación extraña y muy chocante.

Si la libertad ha sido declarada como el bien supremo del ser humano, y si esta libertad es potencialmente nuestra desde el nacimiento, por el hecho de nuestra condición humana, ¿a qué se debe que tengamos que seguir las indicaciones de nadie para guiar nuestra vida? ¿por qué oscura razón dejamos las riendas de nuestro caballo a alguien ajeno a nosotros, o seguimos sus normas de conducta, de pensamiento y de sentimiento y no las nuestras propias? ¿Es que hemos renunciado a nuestra libertad para dejar en manos ajenas el curso de nuestra propia vida?

Seguramente el motivo es el llamado “miedo a la libertad”. Y este miedo se justifica en que conquistar la propia libertad no es asunto fácil; para ello tendríamos que desprendernos de todas aquellas formas de pensar y sentir que nos fueron inculcadas desde nuestra niñez y que cómodamente aceptamos sin reflexión alguna. Este desprendimiento es necesario para iniciar, desde nuestro interior, la búsqueda de nuestra forma auténtica de encarar la vida, y, desde ahí, empezar a vivirla acorde a esos principios logrados en la búsqueda. Pero este es un trabajo, quizá el más propio de lo humano, que no es fácil, ni cómodo, ni exento del trabajo de forja interior. Pero así, y solo así, llegamos a conformar nuestro propio ser interno, limando nuestras asperezas y dando brillo a nuestras facultades.

Seguramente esta es la más gloriosa aventura de un ser humano, la del camino en búsqueda del propio ser interior Y éste es el verdadero sendero de la filosofía, cuyo significado original etimológico es “amor a la sabiduría”, de los griegos philos, amante, y sophia, sabiduría.

La situación actual es extraña ¿verdad? Cualquiera diría que absurda: un hombre libre entrega su vida a las directrices de otro hombre. ¿Existe mayor esclavitud? ¿Somos libres o esclavos? ¿Somos independientes o dependientes?

Cuando una persona sufre una gran pérdida o una gran desgracia, o quizá solo un contratiempo trivial, va corriendo o se le lleva a un psicólogo, para que le guíe en la solución del estado incontrolable en el que cae el afectado. Esto solo quiere decir que esa persona no dispone de la sabiduría suficiente para abordar por sí mismo su situación vital ante el problema.  Es como una orfandad en la que vive la gran mayoría de la humanidad, donde es preciso que nos digan como pensar, como sentir, como comportarnos, como afrontar nuestros retos, nuestras debilidades, nuestras dificultades.

Y… ¿no sería mejor aprender a hacerlo?

Desde el fondo de los siglos, Séneca, Epicteto, Platón, Confucio, Plotino, Buda, Aristóteles, Hermes, los Vedas y un sinnúmero de sabios, que comportan la herencia más valiosa de la humanidad, deben sentirse tristes y defraudados por nosotros, los hombres de este siglo soberbio. Tanto buscar la sabiduría a lo largo de todas sus vidas para que ahora nadie les conceda ni la menor importancia ni les de el menor crédito… Sobran en las aulas, y sobran en nuestras vidas…

Nos decimos: ¿dijeron algo de interés, algo de utilidad, algo que merezca la pena ser considerado? ¿no se trataba más bien de gente ociosa, gente de vagancia, que vivían a costa de ir contando sus estrambóticos delirios a los demás mortales, complicándoles la vida? ¿gente que nos decía que debíamos conquistar nuestra libertad, cuando ya somos libres por naturaleza? ¿que debíamos buscar y amar la verdad y la sabiduría, cuando ya lo sabemos todo? ¿que deberíamos de tomar las riendas de nuestra vida, cuando sabemos que la vida es un azar y las riendas son innecesarias, porque no vamos a ningún sitio? ¡Que el caballo galope a donde él quiera! ¿Para qué necesitamos riendas, ni caballo, ni nada?

La filosofía es cosa de gente que, en lugar de trabajar, se dedica a pensar cosas inútiles, difícilmente entendibles para nadie, y que solo nos hace volvernos más locos todavía…

Pero, no es así. Los grandes sabios de la humanidad, esos a los que ahora despreciamos, son en realidad los que, con sus aportes de enseñanza, han promovido el desarrollo y el progreso humano a lo largo de los siglos. Son los que han aportado luz vivificadora al hombre en todas las épocas, los que han evitado que el hombre retorne a la edad de las cavernas convirtiéndose en una bestia más. Su sabiduría ha iluminado las artes, las ciencias, las leyes, las religiones, así como cualquier actividad creadora y enriquecedora que ha colaborado a que el hombre sea más humano, más bueno, más justo y, en resumen, un poco más sabio.

Y en nuestros días, en los que hemos rechazado sus orientaciones y su luz, no hace falta explicar de que manera camina la humanidad hacia la nada. Todos lo sabemos.

…

Nunca fue eso la filosofía… Nunca fue inútil… Nunca ociosa… Nunca.

Para mí que la filosofía es el manto de sabiduría que cubre todos los saberes del hombre en todas sus facetas.

Es la esencia que subyace en toda forma de entender la vida y de vivirla.

Es la conformadora de los cimientos y de los pilares de cualquier quehacer humano.

Es la que guía y da impulso, o debiera hacerlo, a las ciencias, a las artes y a las religiones.

La filosofía fue siempre la ciencia más alta y más noble, porque es la ciencia de la vida, la lámpara de los hombres, la que aporta la luz que nos guía en la gran aventura de la vida humana.


viernes, 1 de octubre de 2010

COMODIDAD




Me parece que, por mi experiencia, vivir con comodidades excesivas conduce inevitablemente a una vida muy incómoda.

Recuerdo que se cuenta que Diógenes, lamparilla en mano, sí, ese que iba diciendo a voces en medio de la multitud de un mercado “busco a un hombre”, tiró su única pertenencia, un cuenco de barro para coger agua de la fuente pública, cuando vio a unos chiquillos beber de ella utilizando el cuenco natural de sus propias manos.

Carecía de la más mínima comodidad, no tenía casa ni pertenencia alguna, dormía en un rincón cualquiera y no se preocupaba por sus ropajes ni por su imagen externa. Pero, en cambio, se pertenecía a sí mismo, lo que no es poco.

Se cuenta también que una vez un hombre poderoso le abordó y le dijo:

- Diógenes, si fueras poderoso y rico como yo podrías obtener, como yo, el favor de los gobernantes y vivir cómodamente.
Diógenes le contestó:

- Y si tú fueras libre como yo, no tendrías que andar todo el día adulándoles, ni temeroso de perder sus favores. Yo, en cambio, tengo el favor de los dioses, a los que no tengo que adular ni tampoco temo perder sus favores.

Comodidad y libertad, he aquí dos circunstancias que parecen no llevarse del todo bien.

En cambio, Marco Aurelio fue emperador de Roma, y por lo tanto disponía de cualquier comodidad que deseara. Pero su condición de estoico le impedía, no disfrutarlas, sino dejarse esclavizar por ellas, lo cual es aún más meritorio, a mi parecer, que la libertad de Diógenes.

Cuento estas anécdotas de antiguos filósofos porque hoy día (por supuesto solo en el primer mundo) vivimos inmersos en tantas comodidades que estamos, no ya esclavizados por ellas, que lo estamos, sino rodeados de incomodidad debido a las mismas.

En cualquier casa se oye casi todos los días:

- Ya se ha vuelto a estropear la lavadora. ¿Cómo vamos a lavar ahora?
- Otra vez se le han acabado las pilas al mando a distancia de la tele…
- Tendré que llevar el coche al taller, a saber cuánto me costará ahora…
- Me tendré que comprar un traje nuevo para la boda de mi sobrina.
- ¡Otra vez goteras en el salón! Este vecino de arriba me tiene frito…
- ¡Se fue la luz, sin vitrocerámica y la comida sin hacer!
- Tenemos que ir pensando que vamos a hacer cuando nazca nuestro bebé. Tendremos que dejarlo con alguien, porque no podemos dejar de trabajar los dos, no nos llegaría para vivir…
(se entiende vivir bien, es decir, con todas las comodidades)

En fin, tu mismo podrías, lector, añadir muchos más ejemplos…

El resultado es que nos llevamos gran parte de nuestro tiempo “libre” enredados en solucionar los problemas que nacen de nuestras ansias de comodidad. De comodidad incómoda, diría yo.

Si hiciéramos como Francisco de Asís, quien decía:

- Para vivir necesito de poco, y de lo poco que necesito necesito muy poco.

indudablemente viviríamos menos “cómodos” pero mucho más tranquilos y libres.

Este difícil término medio entre comodidad y tranquila libertad es la clave del buen vivir, y, actualmente nos preguntamos cómo es posible que en países mucho más “pobres” que nosotros, sus habitantes tengan una menor propensión a las enfermedades cardiovasculares, menos estrés, menor índice de suicidios, y además una vida más calmada, alegre y feliz.

Decía un nórdico que una vez visitó Andalucía hace muchos años:

- Parece absurdo, pero con lo pobres que son son tan felices…

El ignorante nórdico no entendía que no hay tan estrecha relación entre riqueza y felicidad. La prueba es clara, ya que esos países tienen el mayor índice de suicidios y depresiones.

Obviamente no pretendo decir que los países paupérrimos de África sean los más felices, porque no hablo de carecer de lo esencial para la vida, como alimento, agua, techo, trabajo y recursos, sino de un sano equilibrio que distinga las auténticas necesidades de las superfluas.

El sistema económico hoy imperante necesita, para su mantenimiento, del consumo de cientos de cosas de dudosa necesidad, para lo que utiliza todos los medio de difusión para que lleguemos a considerarlos imprescindibles, todo en aras de una falsa necesidad. Con ello consiguen amasar grandes fortunas a costa de nuestra necedad.

Concluyo con una anécdota referente a Sócrates, quien fue llevado por sus discípulos a un gran mercando. Viendo la infinidad de cosas que se vendían, exclamó:

¡Cuántas cosas hay aquí que no necesito!



viernes, 6 de agosto de 2010

MAGOS NEGROS



Creo que tanto el feminismo con el machismo son estupideces del mismo tenor.
Creo que los alegatos sobre la esclavitud y denigración de la mujer no sirven para nada.
Creo que las velitas y las concentraciones en el lugar donde cayó el niño que se suicidó por soportar las humillaciones de sus compañeros no valen para nada.
Creo que las llamadas a la solidaridad, el respeto y la convivencia no sirven para nada.
Creo que los innumerables artículos y anuncios denunciando la "violencia de género" no sirven para nada.

En fin, y resumiendo, creo que las lamentaciones no sirven para nada.

Al toro hay que cogerlo por los cuernos, que viene a significar que las malas hierbas es preciso arrancarlas de raíz, y además cuando aún son pequeñas, como los baobads del Principito. Luego ya es tarde, porque habría que arrancar enormes árboles.

Y me preguntarás, ¿como se hace eso?
Pues como se hizo desde siempre. En primer lugar hay que impedir que el sembrador dañino siembre cizaña entre el trigo, porque al final, y como dice Jesús, será imposible separarlos y habrá que segar todo y quemarlo.

Y si, así y todo, la cizaña crece en el sembrado de trigo, hay que, pacientemente, y día a día, ir arrancándola antes de que crezca y se reproduzca, porque luego será tarde.
En nuestro mundo se ha sembrado tanta cizaña que la solución deberá, en su momento, ser drástica y dolorosa. No te quepa duda.

A los etarras no les importó nada las enormes manifestaciones por la liberación de Miguel Ángel Blanco, ni igualmente las miles de velitas que pusieron tras su muerte. Sabían que, como luego ocurrió, a cabo de unas semanas nadie se acordaría de ello.

A los desalmados que asesinaron anteayer a un joven inocente simplemente porque había tropezado sin intención alguna con ellos les importa una mierda los cientos de velitas que pusieron sus amigos en el lugar en que cruelmente fue asesinado. Y no les importó porque, aunque presumimos que esos descerebrados tienen alma y sensibilidad, en realidad no tienen ninguna de esas cosas. Sólo la maldad y la violencia anida en sus negros corazones.

Lejos de mí atribuirle a esos asesinos la responsabilidad. Si ello fuera así, estaría más tranquilo. Lo realmente aterrador del asunto es que esos desalmados son el producto derivado de la sociedad en que vivimos. Y la sociedad en que vivimos ha sido creada intencionadamente por un plantel de políticos legisladores que desconocen absolutamente la naturaleza humana. Y por lo tanto no deberían gobernar al pueblo. Y no deben hacerlo porque lo llevan directamente al precipicio.

No es otra cosa la que nos espera. Por muchas pulseritas que le pongan a los maltratadores, por muchas órdenes de alejamiento que les impongan a violadores, proxenetas, pedófilos y vendedores de drogas, por muchos artículos que aparezcan en los diarios o programas en la tele "denunciando" a esa mala gente todo seguirá igal.

Quien es merecedor de todas esas denuncias son los que con su nefasta dejadez de responsabilidad, sus terribles permisividades, su constante pregón de "democracia y libertad", los que permiten los sucios negocios de la violencia y la pornografía, los que promueven la lucha selvática por la vida, los que nos imponen sexo en lugar de amor, placer en lugar de esfuerzo honrado, los que valoran más la integridad física que la valentía y el honor, los que mandan a callar a los padres de hijos asesinados o de hombres torturados, los que entienden la libertad como el simple hecho de moverse físicamente, aunque por dentro se sea un esclavo, los que pregonan que el mayor valor en la vida es la riqueza, los que no saben ni dicen nada sobre la disciplina, el esfuerzo, el respeto a los demás, la inutilidad de la violencia, la ayuda al prójimo y cosas así...

Los que, como un expresidente, pregonaba que prefería morir acuchillado en el metro de Nueva York que vivir "sin libertad". Se supone que se refiere a la "libertad" de acuchillar a quien te venga en gana o a quien quieras para robar dos perras. A la libertad de los que matan ancianos indefensos para comprar un poco de droga con los que "elevar" su inexistente espíritu, a los que envenenan a los niños en la puerta de los colegios dándole droga gratis, a los que tienen todo el beneplácito para difundir (y así forrarse) las más denigrantes revistas, películas y series de televisión con que envenenar a la gente sencilla e indefensa, a los que toman como modelo y cuna de la libertad a cierto país, donde los niños pasan por un detector de metales a la puerta del colegio, no vaya a ser que a alguno se le ocurra entrar con una "kalasnikov" y mandar al otro barrio a los compañeros que le miran mal, o a los profesores, o a quienes les parezca. Donde los marginados por la fortuna (dinero) mueren en la calle, ante, no solo la indiferencia, sino la justificación de todos (mejor que se muera porque no sirve para vivir, es decir, para ganar dinero). Donde tienen su caldo de cultivo las más estupidizantes sectas del planeta, donde se adora como dioses a "maestros o gurús" bobalicones y babosos que no pregonan sino "paz y amor", "seamos todos hermanos, cantemos y adoremos a nuestro gurú" y bobadas por el estilo para gente que no tiene la menor idea de lo que es la paz, ni el amor, ni Dios, ni un Maestro.

Probablemente Jesús, que según dijo explícitamente, no vino a traer la paz sino la espada, barrería con su furioso látigo, como hizo en el Templo, a todo este ejército de majaderos y mercaderes.

Pero igualmente seguro es que, ante el temor de que la gente despertara de su cándido sueño, los magos negros de la caverna lo llevarían enseguida a un nuevo Gólgota. -No se puede perder el negocio por un gilipollas que ande diciéndole a la gente las verdades del barquero- se dirían.

Eso nos hace falta, gente valiente que sea capaz de denunciar, a voz en grito, a toda esa nefasta mafia que nos está llevando a pasos agigantados hacia un nuevo apocalipsis.




miércoles, 16 de junio de 2010

RESPONSABILIDAD




Esta es una de las palabras que más asustan hoy día. Y lo es porque implica un compromiso, y nadie quiere compromisos que tuerzan de alguna forma su “libertad”.

La libertad es entendida hoy como el derecho de hacer uno lo que le venga en gana en cada momento, sin depender de ninguna “obligación”, palabra que se usa para designar a otra más noble: “el deber”.

Nadie quiere responsabilidades, porque se dice que “atan”. Y es cierto que las responsabilidades atan, pero en realidad atan a aquellas cosas a las que estamos atados por amor. Pero hoy amor es… cualquier cosa. Nos falta mucho que aprender sobre el amor. Y cuando se avanza por el camino del amor, en realidad muy poco transitado, se encuentra uno con que se es responsable de lo que se ama. Como decía El Principito:

“Soy responsable de mi rosa”

La responsabilidad, como todas las demás cosas de la vida, comienza por uno mismo. Por ello, la primera responsabilidad a concienciar y asumir es la responsabilidad sobre uno mismo. Y esto ¿qué quiere decir?

Tenemos instintos, sensaciones, sentimientos y pensamientos, por esto somos seres humanos. Y somos responsables de todas estas cosas. La cuestión es que, para ser responsables de nosotros mismos, hemos de tener conciencia de nosotros mismos, lo cual, siendo tan fácil aparentemente, es sumamente difícil en la práctica. Supone saber qué sentimos, qué hacemos, qué pensamos, y lo que es aún más difícil, que vamos a sentir, que vamos a hacer, que vamos a pensar. Porque ser conscientes de los que hacemos en cualquier plano una vez hemos actuado tiene mal remedio, si bien es la vía para extraer experiencias. Sería como Epimeteo. Pero hay que ser como Prometeo, anticiparnos a nuestros actos y sopesarlos, considerando sus efectos, buenos o manos, en nosotros y en nuestro entorno. Esto es sabiduría.

Hay otra cuestión a considerar. Pensemos por un momento: ¿asignamos responsabilidad a lo que pueda hacer un niño pequeño? Es evidente que no. Decimos, bueno… solo es un niño, no sabe lo que hace. Y ¿por qué no lo hacemos responsable de sus actos? Porque sabemos que no tiene capacidad de conocer las consecuencias de sus actos.

Lo más lamentable de todo esto es que en muchos casos tampoco podemos exigir responsabilidad de sus actos a personas que no son niños, sino ya adultos. Y ¿por qué sucede esto? Sencillamente porque, o bien no han desarrollado la conciencia de sus actos, o porque han desechado en aras de la “libertad” el control de sus actos, y no les importa si sus consecuencias son beneficiosas o dañinas para él mismo o para su entorno.

La falta de memoria conciencial da como consecuencia la repetición hasta el infinito de los mismos errores, que, acumulados, traen como consecuencia segura la desgracia para el desmemoriado como igualmente para todo aquél en el que repercuta su actuación inconsciente.

Si recordamos a alguien:
- Tal día hiciste tal cosa

Nos responderá
- Nunca hice eso.

¿Qué podemos hacer, entonces? Si una persona actúa una y mil veces de la misma forma, y mil veces y una lo niega. ¿Qué ponemos hacer? Parece ser que nada.

Pero hay una cosa que las leyes naturales sí que hacen. Y lo que hacen es que a estos seres inconscientes los sumergen una y otra vez en el mayor sufrimiento, para que alguna vez, al fin, descubran el motivo de su sufrir. Es algo así como el purgatorio que nos enseñaron. Purgar es purificarse por el sufrimiento. Y quien, no se ajusta a la Ley por discernimiento, lo hará por sufrimiento. No hay ninguna otra opción. Este es el sentido de la enseñanza del Buda:
"El dolor es el vehículo de la conciencia"

Y, por otra parte, aquél que logra tener conciencia de sí mismo y se empeña en contrariar la Ley, lo hace de manera consciente, por lo que ha de atenerse a los resultados de sus acciones. Y la Ley no deja a nadie sin beneficio ni sin perjuicio. Es inflexible e inapelable, porque es el auténtico juez de todo lo viviente en el Universo. Su responsabilidad es el mantenimiento del orden natural de todas las cosas, y permitir lo contrario sería actuar contra sí misma.


lunes, 26 de abril de 2010

LEMAS Y CONSIGNAS



Me regalaron en el estanco de mi barrio un encendedor donde figura el símbolo, creo que del movimiento pacifista, con unas hojas que parecen de marihuana, todo ello sobre un fondo de colores listados, a manera de bandera, verde, amarillo y rojo. No sé, aunque es probable, que sea la bandera del citado movimiento. Debajo del símbolo hay una leyenda que dice: LOVE PEACE, que, como todo el mundo ya sabe, son palabras inglesas que significan AMOR PAZ.

Hasta aquí nadie se hubiera sorprendido, ya que es ya muy conocido este lema, Paz y Amor. Pero a mí, que todos mis amigos saben que siempre le busco los tres pies al gato, me provocó asombro y me llevó a reflexión, reflexión acerca de los lemas y las consignas.

Lo primero que me fascinó es que son universales, y aún más, doblemente universales. Son universales, en primer lugar, porque su contenido es aceptado por todo ser humano, y no conozco a nadie que le quite su valor ni que le niegue la importancia de su contenido. ¿Quién no quiere paz? ¿Quién negaría la importancia del amor?

Y, en segundo lugar, at last but not at least, son universales por el motivo de que cualquiera puede entender lo que le parezca del contenido de sus palabras, que son tan manidas que, a fuerza de usarse, ya no tienen un significado concreto, sino diverso e inlcuso a veces contradictorio según quien los utilice.

Así, en el caso que he puesto, pensemos en que consistiría para, por ejemplo, un católico.
Sería como sigue: Paz en el cielo y amor a Jesucristo.
Para un capitalista: Paz para los ricos y amor al dinero.
Para un comunista: Paz para los ciudadanos que obedecen al partido y amor a sus dirigentes.
Para un pacifista: Paz sin guerras y amor sin trabas.
Para un budista: Paz interior y amor a la humanidad.
Para un nazi: Paz para los judíos (en el cementerio) y amor al Führer.
Para un hippie: Paz (que me dejen en paz) y amor libre (para el que lo consiga, claro).
Para un casado tras sus bodas de oro: Paz (¡dejádme ya en paz!) y amor (con la querida).
Para un trabajador estresado: Paz con mi jefe y mis compañeros y amor con subida de sueldo.

Y así, todos los casos que sin duda podréis considerar.

Lo bueno, y lo malo, de estos lemas es que pueden servir a todo el mundo, a su gusto y manera. Y esto sucede porque los conceptos Paz y Amor, como no consigue abarcarlos nadie, cada cual tiene su “libertad” para entenderlos como le guste, ya que nadie podría contradecirle. El relativismo ordena que cualquier cosa puede ser entendida de cualquier manera, y cualquier manera es justa y verdadera. Y como todo puede ser verdadero, nada es verdad ni mentira, sino todo lo contrario. El resultado es que carece de ningún significado concreto. De ahí su versatilidad y su fácil uso en lemas y consignas.

Y, como esta consigna o lema que he puesto de ejemplo, los hay a cientos:

“Pan y trabajo”
“Justicia y libertad”
“Tolerancia y diversidad”
“Respeto e igualitarismo”
Sex, drugs and rock and roll. (bueno... esto era un chiste)
etc. etc.

Pero lo cierto es que estos lemas no valen nada. Y no valen nada porque no implican nada. ¿Cómo nos va a implicar nada ni exigir nada, si entendemos las palabras como nos conviene? Y, además, ¿quién puede refutarnos que nuestros significados no son los válidos? Son válidos para nosotros, y eso basta.

Así, guiarse por lemas no sirve de nada a la gente ignorante, lo que no implica que no sirvan al sabio, quien conoce el real contenido de las palabras usadas.

A ese sí que le sirven. Y mucho. Pero sólo a ese.


jueves, 14 de enero de 2010

FILOSOFÍA




En nuestro mundo actual, la filosofía ha sido mal entendida, mal utilizada y, finalmente, defenestrada y desterrada de la enseñanza.

Se perdió su sentido original, su porqué, su para qué, y, en consecuencia, perdimos su cómo.
El soberbio hombre de nuestro siglo se enorgullece de no necesitar de la sabiduría de nada ni de nadie.

Pero, cosa curiosa, han aparecido, como los hongos, un enorme ejército de psicólogos, psiquiatras y entrenadores personales (los del coaching). Se hacen terapias de pareja, o de grupo, por todos los lugares, y se escriben y venden infinidad de libros de “autoayuda”.

Y también nacen, se desarrollan y mueren, una inmensidad de grupúsculos, liderados por un “gurú”, un “maestro”, o un “sabio”, quienes para sus “discípulos” detentan el summum de la sabiduría humana y siguen sus indicaciones a pie juntillas, sin duda ni reflexión alguna.

Se detesta la filosofía, pero se siguen con gran devoción los consejos de cualquiera de los profesionales y líderes que he citado. Y me parece que en esta situación hay gato encerrado, ya que es una situación extraña, y muy chocante.

Si la libertad ha sido declarada como el bien supremo del ser humano, si esta libertad es nuestra desde el nacimiento, por el hecho de nuestra condición humana ¿a qué se debe que tengamos que seguir las indicaciones de nadie para guiar nuestra vida? ¿A qué oscura razón se debe que dejemos las riendas de nuestro caballo a alguien ajeno a nosotros? ¿Qué sigamos sus normas de conducta, de pensamiento y de sentimiento y no las nuestras propias? ¿Hemos renunciado a nuestra libertad para dejar en manos ajenas el curso de nuestra vida?

Es extraño ¿verdad? Cualquiera diría que absurdo. Un hombre libre entrega su vida a las directrices de otro hombre? ¿Existe mayor esclavitud? ¿Somos libres o esclavos? ¿Somos independientes o dependientes?

Una persona sufre una gran pérdida, o una gran desgracia, o quizá solo un contratiempo, y corriendo va o se le lleva a un psicólogo, para que le guíe en la solución del estado incontrolable en el que cae el afectado. Esto solo quiere decir que no dispone de la sabiduría suficiente para abordar por sí mismo su situación vital ante el problema. Es como una orfandad en la que vive la gran mayoría de la humanidad. Nos resulta preciso que nos digan cómo pensar, cómo sentir, cómo comportarnos, cómo afrontar nuestros retos, nuestras debilidades y nuestras dificultades.

Y ¿no sería mejor aprender a hacerlo?

Desde el fondo de los siglos, Séneca, Epicteto, Platón, Confucio, Plotino, Buda, Aristóteles, Hermes, los Vedas, y un sinnúmero de sabios, que comportan la herencia más valiosa de la humanidad, deben sentirse tristes y defraudados por nosotros, los hombres de este siglo soberbio. Tanto buscar la sabiduría a lo largo de todas sus vidas y nadie les concede ni la menor importancia ni crédito. Sobran en las aulas, y sobran en nuestras vidas… Nos decimos: ¿Es que dijeron algo de interés, algo de utilidad, algo que merezca la pena ser considerado? ¿No se trataba más bien de gente ociosa, gente de vagancia, que vivían a costa de ir contando sus estrambóticos delirios a los demás mortales, complicándoles la vida? ¿Gente que nos decía que debíamos conquistar nuestra libertad, cuando somos libres por naturaleza? ¿Qué deberíamos buscar la verdad y la sabiduría, cuando ya lo sabemos todo? ¿Qué deberíamosde tomar las riendas de nuestra vida, cuando sabemos que la vida es un azar y las riendas son innecesarias, porque no vamos a ningún sitio?
¡Que el caballo galope a donde él quiera! ¿Para qué necesitamos riendas, ni caballo, ni destino?

La filosofía es cosa de gente que, en lugar de trabajar, se dedica a pensar cosas inútiles, difícilmente entendibles para nadie, y que solo nos hace volvernos más locos todavía…

…….

Nunca fue eso la filosofía… Nunca fue inútil… Nunca ociosa… Nunca.

Para mí, la filosofía es el manto de sabiduría que cubre todos los saberes del hombre en todas sus facetas y en todos los tiempos.
Es la esencia que subyace en toda forma de entender la vida y de vivirla.
Es la conformadora de los cimientos y los pilares de cualquier quehacer humano.
Es la que guía y da impulso, o debiera hacerlo, a las ciencias, a las artes y a las religiones.


La filosofía fue siempre la ciencia más alta y más noble, porque es la ciencia de la vida, la lámpara de los hombres, la luz que nos guía en la gran aventura de la vida humana.


viernes, 28 de agosto de 2009

UN VISITANTE SIN INVITACIÓN



Estaba en mi submarino, trasteando con el ordenador, y mis dos perrillos descansaban plácidamente en el sofá. Una vida perra la que llevan… a veces ya la quisiera yo, aunque solo fuera por unos días.

De repente escuché los ladridos de Chispa en una habitación contigua. Qué raro –me dije- no es la hora de recoger la basura… Chispa solo ladra, por la rendija de la puerta, cuando alguien se acerca, como el señor que recoge las bolsas de basura para el contenedor de la calle, la señora de la limpieza, aunque esto es por la mañana, y cuando llama alguien desconocido, como el cartero o algún amigo, o alguien que traiga algo.

Intrigado, me llegué a ver lo que pasaba. Chispa acosaba a algo en la habitación, y enseguida vi lo que era. Era un gorrión, un pequeño gorrión que correteaba y revoloteaba intentando evadirse del acoso.

Acudí en su ayuda inmediatamente, e hice primero lo más fácil, sacar al perro, y luego, tras largas maniobras, conseguí atrapar al pequeño pájaro, el que, una vez en mi mano, se tranquilizó.

¿Y ahora qué? –pensé- no es tan pequeño como para que haya que tener excesivos cuidados, ni tan grande para que pueda valerse por sí mismo. ¿Qué hacer? Pensé en dejarlo en la calle, o en llevarlo a una plaza de Cádiz con arboleda, pero ninguna de estas cosas me parecieron adecuadas.

Iré a pedir consejo a la tienda de animales de la esquina –me dije-, ellos sabrán mejor que yo qué es lo mejor. Pero no, no tenían ni idea… y lo consideré lógico. No venden gorriones, claro.

Así que me propuse criarlo en casa y ya mayor soltarlo al albur de la naturaleza. Compré una jaula pequeña, y, ya en casa, le puse su bebedero con agua y su comedero con pan desecho en leche.

Cada vez que entraba en la cocina se alteraba y revoloteaba, pero pronto se acostumbró a mi presencia. Todo va bien, pensé…

Al despertarme al día siguiente lo primero que hice fue ir a verlo.
Y… estaba muerto, en el fondo de la jaula, y ya frio…


jueves, 20 de agosto de 2009

DESTINO Y LIBERTAD



A veces, solo a veces, siento con plenitud que absolutamente todos los seres que pueblan Universo cumplen escrupulosamente con el destino que les es propio. Es esos fugaces momentos me invade una inmensa paz, la paz del que por un momento toma conciencia de que todo va bien, de que no hay nada que se aparte del plan establecido, de que las cosas que suceden son, simplemente, las cosas que deben suceder.

Son momentos en que me digo, aunque sea sin palabras, solo sintiéndolo:

- Miguel, ¿de qué te preocupas? ¿hay algún astro que se haya salido de su órbita? ¿algún león que se haya vuelto vegetariano? ¿quizá un mosquito que haya cambiado su dieta, desechando la sangre animal para alimentarse ahora de jugo de frutas? ¿algún hombre que ahora hace lo que no estaba previsto?

Más bien, en esos momentos, siento que, como dice frecuentemente un buen amigo:
-El mundo funciona como un reloj.
...

Pero también sé que solo unos pocos estamos empeñados en lo contrario. Por eso estamos marginados, por eso somos considerados locos, por eso somos considerados peligrosos. Y la razón es muy simple: no somos previsibles, lo que traducido a la vida diaria viene a significar: no puede uno fiarse de ellos, no son gente normal.

Sucede que la transformación, el cambio, son molestos e indeseables para los que funcionan como un reloj, para los que dicen frecuentemente: pues yo soy así. Los que se preguntan: ¿qué es lo que hay que hacer para que nada cambie?

Los imprevisibles no son nunca como se piensa que deben ser, por lo que añaden peligro e incertidumbre a la vida de los demás. Hacen cosas raras, cosas que no son normales, que no pueden esperarse de gente sensata, de gente “seria”. Son indeseables, y como tales, Dios les colocó una marca en su frente, para que los seres normales y sensatos se cuidaran de sus peligrosas influencias.

Las preguntas habituales de todos los sensatos es: ¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué hacen lo que hacen? ¿Qué pretenden? ¿A dónde quieren llegar? ¿Por qué no llevan una vida normal? Y cosas por el estilo. Porque lo más inquietante para ellos es que no saben en qué consisten los motivos de sus acciones, los resortes que los mueven, ni los principios que les rigen, porque hacen cosas que nadie comparte, que nadie entiende, y por lo tanto, que nadie acepta. Su vida en una sociedad civilizada es indeseable, y, si quieren vivir extrañamente, que formen un gueto, una tribu aparte, pero que no se inmiscuyan en los asuntos de la gente normal.

Trastocarían todo el orden perfectamente establecido, el orden de los pensamientos que deben pensarse, el orden de los sentimientos que deben sentirse, el orden de las acciones que corresponden llevarse a cabo.

Y, lo más peligroso, son un mal ejemplo para todos, y en especial para los jóvenes, quienes son siempre propensos a pensar y a actuar por su cuenta y riesgo.

Lo cierto es que, aunque parezca que la sociedad vive por y para la juventud, se rige por una gerontocracia trasnochada que solo aporta “principios” de egoísmo, individualismo, esclavitud de los instintos, de las pasiones y de la mente, todo ello disfrazado de “libertad”, que solo ofrece metas de riqueza material y de poder desnaturalizado, y que para ello solo propone medios absolutamente exentos de cualquier ética conocida.

Yo a lo mío, y caiga quien caiga.
¿A quién hay que matar?

Y lo verdaderamente triste es que cae, primero él mismo, y poco a poco, todos lo que le rodean.

Y más tarde, inevitablemente, también caerá la humanidad.


domingo, 29 de marzo de 2009

EPICTETO, EL ESTOICO (I)





Sobre los bienes verdaderos
y que nos son propios, y sobre los falsos y extraños


1. No existe nuestro bien y nuestro mal sino en nuestra voluntad.

2. De todas las cosas del mundo, unas dependen de nosotros y otras no.
Dependen de nosotros nuestros juicios y opiniones, nuestros movimientos, nuestros
deseos, nuestras inclinaciones y nuestras aversiones: es decir, todos nuestros actos.

3. Aquellas que no dependen de nosotros son: el cuerpo, los bienes materiales, la
fama, las dignidades y honores; es decir, todas aquellas cosas que no entran en el ámbito de nuestro propios actos.

4. Las cosas que dependen de nosotros son libres por su naturaleza misma; nada
puede detenerlas ni levantar ante ellas obstáculos. En cambio, las que no dependen de nosotros son débiles, esclavas; sujetas a mil circunstancias e inconvenientes y ajenas por completo a nosotros.

5. Recuerda, pues, que si tomas por libres las cosas que por su naturaleza son
esclavas, y por propias las que dependen de otros, no encontrarás más que obstáculos por doquier; te sentirás turbado y entristecido a cada paso y tu vida será una continua lamentación contra los hombres y los dioses. En cambio, si no tomas por propio sino lo que realmente te pertenece y miras como ajeno lo que pertenece a los demás, nadie podrá obligarte a hacer lo que no deseas ni impedirte que obres según tu voluntad. No tendrás entonces que quejarte ni acusar a nadie, y como nada, por leve e insignificante que sea, habrás de hacer contra tu deseo, no te saldrá al paso el daño, ni tendrás enemigos, ni te ocurrirá nada perjudicial ni molesto.

6. Y aspirando a bienes tan grandes, no olvides que no ha de ser poco el trabajo
que emplees en conseguirlos. Has de tener, pues, muy presente que en lo que respecta a las cosas exteriores y que no dependen de ti, a la mayor parte debes renunciar y el resto te será forzoso dejarlo para más adelante. Porque si pretendes poder alcanzar, al tiempo que los verdaderos bienes, las dignidades y las riquezas, es casi seguro que por el simple deseo de aquellas te sean negadas estas; y, de todos modos, no alcanzarás ciertamente los bienes que te hubiesen proporcionado libertad y felicidad.


domingo, 15 de marzo de 2009

BOGANDO CONTRA CORRIENTE


Os ofrezco hoy un nuevo artículo de mi Maestro, donde creo que trata de muchas cosas, pero que, en mi caso, hoy, me quedo con lo que nos habla tan claramente de aquello en lo que en verdad estriba la auténtica libertad.


“Lo que diferencia a un tronco flotante de una barca hecha de la misma madera es que esta última tiene remos y puede bogar contra corriente.” Dr. N. Sri Ram.

Estas palabras las escuché de sus labios en mi ya lejana juventud. La frase no formaba parte de ninguno de sus discursos y no sé si la insertó en alguno de sus libros. Surgió espontáneamente en una conversación.

He meditado mucho sobre ella y a la hora de plasmar los más elevados Ideales en una Escuela de Filosofía a la manera clásica, la parábola del tronco y de la barca estampó su sello en todo pensamiento, sentimiento y actividad.

Por lo general, los hombres y las mujeres son como troncos que han sido lanzados al río de la vida y, primero enteros y secos, luego golpeados y humedecidos derivan siempre en el sentido de la corriente o de los brazos de esa corriente que han desviado los poderosos del Mundo... ¡Allá van!... entrechocándose en inútiles violencias, sucios y embarrados, sin rumbo ni puerto fijo, hasta que se deshacen en astillas y desaparecen de la superficie en este río que no cesa de correr, que no sabemos de dónde viene ni hacia dónde va.

¡Meros troncos, desgajados, cortados, arrastrados de un lado a otro y apenas oponiendo la resistencia de su propio peso a la corriente! La oscura majada se desliza balando crujidos en su andar incansable y, sin embargo... ¡tan cansado! De día, el sol hace ver la oscura podredumbre de las cortezas y de noche, el tumulto de sombras corre siempre horizontal y sólo por excepción alguno levanta un extremo hacia las lejanas estrellas.

¡El río de troncos!

Cada vez son más y unos con otros se entrechocan, se lastiman, se despedazan... ¡el río de los troncos!... ¡Cuánto he meditado sobre esto!

Pero año tras año aprendí las casi olvidadas técnicas de ir vaciando y alivianando la mole de madera... esa madera de la cual estamos hechos todos. Rápidos golpes de azada en la superficie y carbones encendidos luego, que se renuevan constantemente. La experiencia, aunque se inspire en los grandes Maestros de la Humanidad, es siempre dolorosa e infinitamente larga. Hay que cavar en lo más hondo, donde los egoísmos y las cobardías entrelazan sus fibras retorcidas, y la ilusión te hace creer que tú eres el tronco y que te estás destrozando a ti mismo. Pero el constante trabajador, impulsado por su voluntad superior a todos los quejidos de la materia semipútrida, sigue su tarea.

Poco a poco el otrora basto tronco se va convirtiendo en una embarcación. Se perfilan la aguzada proa y la redonda popa. La otrora herida, cavidad es ahora; un pulido receptáculo para el Alma Viajera.

Con los restos se han hecho los flexibles remos que, según como se manejen, serán impulsores y a la vez timón. Y con inmensa paciencia se van puliendo los toscos costados hasta que se convierten en bordas livianas y sólidas.

Y... ¡así hemos hecho la barca! La multitud de troncos la mira con mezcla de asombro y de repulsa; le parece vacía, inconsistente, innecesaria, cómica, peligrosa, desechable. Pero es que no es un tronco... ¡Es una barca! Y, por si fuera poco, suele bogar contra la corriente. ¡Esto ya es imperdonable! ¿No estar a la moda, no cambiar de color según el barro que viene? ¿Tener color propio y bogar por encima del lodo, rozándolo apenas?... ¡Inconcebible!

¿Y sus extraños tripulantes?

Dicen éstos que no somos todos iguales, que si lo fuésemos nos podríamos equivocar todos juntos sin esperanza de ayuda de unos a otro, que la igualdad no existe en la Naturaleza ni es cosa posible ni deseable. Que las sanas diferencias embellecen el conjunto y lo arrancan del aburrimiento y del espíritu de majada. También, que las diferentes religiones son adaptaciones en el espacio y en el tiempo de un mismo Mensaje y que, por lo tanto, no hay una mejor ni peor que la otra, ya que, aparte de ese breve Mensaje, todo lo demás lo aportaron los humanos con sus ignorancias y apetitos... Y que se fueron copiando los unos a los otros a través de los miles de años.

Afirman que no creen en Dios, sino que saben de Su Existencia y que ésta es evidente. Basta con conocer y andar las vías para su descubrimiento. Que el Alma es inmortal e incorrupta y que no hay que confundirla con los ropajes y disfraces que adopta periódicamente. Que, si es que hay perdón, éste está más allá de la redención según la ley de acción y reacción y que esas son leyes mecánicas de la Naturaleza: que el que siembra trigo siempre recoge, tarde o temprano, trigo, y el que sembró espinos sólo espinos obtendrá.

El milagro no existe como tal, sólo existen planos de conocimiento. Lo fenoménico es secundario; el sacerdote babilónico que deslumbraba con sus pequeños relámpagos artificiales que le saltaban de una mano a la otra, hoy sería un simple electricista. Y San Patricio un químico que sabría qué ocurre cuando echamos agua sobre el fósforo blanco o la cal viva.

El tripulante de la barca no necesita muletillas de engaños. Busca y encuentra, paulatinamente, la verdad. Pone su esfuerzo en los remos y distingue cosas que los demás no ven, pues rema contra corriente. Va escalando el agua hacia sus fuentes puras y descontaminadas. Hay entusiasmo en su Alma y gusta de la risa y de las cosas bellas.

Le molestan los ruidos cacofónicos y gusta de las hermosas melodías de Strauss, de las catedrales de luces y sombras de Wagner y de las íntimas sonatas de Mozart. No finge ver panoramas más allá de la mezcolanza de ojos, narices y rabos de los modernistas y prefiere caminar por la nieve con Goya, mirar los cielos grises velazqueños, sorprender las lágrimas cristalinas de un Greco o perderse en las calles fantásticas de los murales de Pompeya.

No cree que las drogas sean un bien, sino un mal, pues los que de ellas abusan se convierten en bestias degeneradas, que roban y matan para seguir consiguiéndolas. Tampoco en la sucia borrachera del grito alto y el eructo bajo.

Sí cree en el orden armónico y vital, que sobrepasa al mecanismo ciego de programas ya manufacturados por otros. Cree en la libertad en la medida en que haya personas que la aprecien y respeten la de los demás. Cree en la voluntad, en la bondad y en la justicia, y que un mundo sin estas virtudes es una bola de barro a la que hay que dar formas armónicas, venciendo toda la resistencia de la materia bruta. Cree en un mundo nuevo y mejor... pero para que aparezca en nuestro horizonte, debe haber muchos remeros nuevos y mejores. Los que se abandonan al río de la vida en medio de debilidades y lamentos son inexorablemente arrastrados a su destrucción física, psíquica y mental.

Cree en una ciencia al servicio del Hombre, del animal, del vegetal y, sobre todo, del Planeta en sentido global, pues es nuestra casa cósmica y la estamos derrumbando y desequilibrando. Cree que las estructuras ya viejas e inútiles deben dejar paso, en la renovación natural de la vida, a otras jóvenes y fuertes, sin complejos y limitaciones que huelen ya a podrido, pues son cadáveres a los que la fuerza galvánica del dinero y del poder hace que se contraigan y muevan sus miembros en un horrendo simulacro de vida.

Y... sobre todo... los tripulantes creen en ellos mismos y en la barca que han fabricado.

Cuando pasan remontando el río de la vida, muchos hombres y mujeres de corazón joven y mente despierta se ponen a trabajar y a convertir troncos en naves, para conocer la maravillosa aventura espiritual de bogar contra corriente.

Jorge Ángel Livraga