miércoles, 28 de mayo de 2008

PURGATORIO




No supe que mi muerte estaba cercana. Pero llegó el momento, poco a poco, en que la vi segura, cierta. La luz del mundo se apagó, de repente. Nada supe después, y nada sentí. Fue como un sueño profundo, sin sueños, sin imágenes, sin recuerdos, sin dolores y sin palabras. No como un vacío, porque sentir un vacío significa sentir, y yo no existía, no sentía. Mi yo, mi persona, desapareció en algún lugar. Y yo tampoco estaba para buscarme. Solo hoy, en el Purgatorio, recuerdo lo que ahora os cuento.

Y luego desperté. Poco a poco, como se sale de un sueño profundo, como se llega de un lugar lejano. Mi conciencia fue de nuevo tomando su forma, llenándose de sus habituales significados. Me vi rodeado de mi mujer, de mi hijo, de mi familia, de mis amigos. Estaban todos allí, rodeándome, como un hermoso coro de amores, como un hermoso jardín florido, con sus cariños, con sus sentires, con sus vidas corriendo hacia la mía, con sus sangres entrando en mi sangre.

Conocí entonces la existencia de amores nunca confesados o nunca expresados. En esos momentos se abrieron las fuentes de los corazones, fluían poderosos los arroyos de las devociones, se abigarraban los soles de las entregas. Todo lo que en la ceguera de mi vida nunca pude ver. ¡Cuánta gente, cuánta gente maravillosa me rodeaba!. ¡Cómo los quise, desde mi nuevo mundo! ¡Cuánto quise entonces haberlos querido en mi vida anterior, cuando los tenía, cuando su amor invisible para mí me rodeaba constantemente, como telaraña de hermosos sentimientos, como cintas de colores, como manos de ternura, como besos constantes de hermanos y hermanas!

Pero ya no me era dado. De repente me di cuenta que había llegado tarde a la vida. Escuché una voz en mi interior, voz suave pero terrible, que me dijo:

-Ya no hay tiempo, tu tiempo ha terminado y solo has hecho lo que hiciste. Ahora solo es tiempo de arrepentimientos, del llorar y de la añoranza-

Oí esas palabras aterrado, e inmediatamente comprendí que eso era no solo cierto, sino perfectamente justo. Comprendí que el tiempo se acaba, y que las vírgenes prudentes son sólo las que guardan el aceite para el momento supremo. Fue mi ignorancia y sería mi castigo. Entendí con claridad que me encontraba en el lugar justamente destinado para mí, en un lugar terrible de penas y lágrimas, en el lugar del arrepentimiento: en el Purgatorio.

Lloré con una pena infinita. Lloraba constantemente. Recordé que me contaron que cuando el tiempo se acaba la propia vida desfila delante de uno. Pero algo comprendí que no me contaron. No solo la propia vida pasó ante mis ojos húmedos. También la terrible conciencia de las omisiones, de los actos que nunca fueron, de los pasos que nunca di, de las puertas que nunca abrí y de las manos que quedaron tendidas hacia las mías, y que nunca agarré. Todo ello intuí entre mi mar de lágrimas, entre mis sollozos tardíos, en mi congoja ya irredentora.

Escuché como entre silencios la voz tenue pero clara del Único Justo. Y me preguntó, me preguntaba sin cesar... Y la pregunta era solo una, pero resonaba sin misericordia en los recovecos de mi alma en pena infinita. Solo me requería una respuesta, una respuesta que yo no era capaz de dar.
Una pregunta escueta, de la que supe inmediatamente su significado, y también la respuesta hueca de mi vida.

Solo decía, una y otra vez:
¿Qué bien has hecho?


sábado, 17 de mayo de 2008

LA TIERRA Y EL ESPÍRITU




Nada grande se realiza de golpe y porrazo, ni una manzana, ni tan siquiera una uva. Si me dices: “Quiero ahora mismo una manzana”, te contestaré: aguarda a que nazca, crezca y que madure, da tiempo al tiempo. Y si esto es con los frutos de la tierra, ¿quieres que el espíritu dé de repente los suyos?
EPÍCTETO


Escuché que alguien dijo que si de repente desaparecieran todos los libros y textos de la tierra, la civilización se volvería a reconstruir, simplemente porque los hombres volverían a reconstruir todo el saber humano simplemente observando y reflexionando sobre la Naturaleza, y aprendiendo de ella. Yo, estoy de acuerdo.

Muchas veces digo que las hojas para leer que más me interesan son las hojas de mis árboles. Y, aunque siempre se me toma en broma, lo digo en serio. Leí una vez que la arquitectura de la más hermosa catedral gótica no se podía comparar a la arquitectura de una simple hoja cualquiera. En realidad, el hombre solo persigue con sus obras un acercamiento a la perfección de la Naturaleza que nos rodea por todas partes. Solo que, cuando la humanidad se vuelve loca, pensamos que nuestras obras son más perfectas que las de la Naturaleza. En mi opinión solo se acercan burdamente en su perfección, solo que las apreciamos más porque hemos perdido en gran medida nuestra conexión natural con lo creado. Así, un labrador, o un pastor, es capaz de entender, por su trato diario con el mundo natural, los hondos misterios del espíritu, porque se lo cuentan día a día las ovejas, los árboles, el trigo, o las estrellas.

Así, somos tan ignorantes como para pedir frutos cuando ni siquiera hemos sembrado. A cualquier labrador le parecería algo sin ningún sentido. Cosa de estúpidos. Él sabe lo que cuesta cosechar frutos, y los procesos encadenados que requiere, amoldándose a la naturaleza.

Y, como nos dice Epíctecto, nos ocurre lo mismo con las cosas del espíritu.

Hay quien cree que, mediante unos pases mágicos de un “gurú”, llegamos sin más ni más al estado de iluminados, que, a través de un proceso que llaman de “iniciación” llegamos a las más altas cumbres de la sabiduría humana, que amar la música es solo cuestión de escucharla de vez en cuando, que ser filósofo consiste en estudiar lo que otros contaron… y así.

Y nos dice Epícteto que el proceso del desarrollo de la vida del espíritu es el mismo que el que sigue el labrador con su campo. Y ya sabemos cómo es. Y si no lo sabemos, podemos tomar unas cervezas con cualquier hombre del campo que nos puede contar, por ejemplo el cultivo del trigo.

Labrar la tierra, abrir los surcos y removerla, eliminar la cizaña y las malas hierbas cuando se presente “la otoñá”, abonarla con buen estiércol, sembrar con amor, rezar para que llueva, proteger los brotes cuando nacen, seguir eliminando las malas hierbas, seguir abonando, esperar… esperar, con paciencia, pendientes de lo que la siembra necesitad en cada momento, vigilar… vigilar…, y, cuando llegue el momento, segar, llevar a la era, trillar, aventar, separar y guardar los granos, empacar la paja, guardar el afrecho para las gallinas.

Y luego toca hace el pan. Moler el grano para conseguir la harina, guardarla en lugar seco, amasar con agua, sal y levadura, hacer los panes, hornear al fuego y…

… quizá después de todo el proceso nos podremos tomar una olorosa hogaza de pan tierno y crujiente.

Pero no antes, ni de repente.

Y ¿qué creemos? ¿que la vida interior se hace sólo pidiéndola, a gritos o por una gracia especial? Pues, evidentemente no. Es preciso hacer todo lo que hace el labrador con su trigo. De otra manera, es mejor que lo olvidemos.

Es inútil.


viernes, 16 de mayo de 2008

GUERRA


Se fueron todos. De repente, todo se quedó vacío y la otrora gran explanada me pareció ahora enorme y desolada. Solo un polvo fino y un amarillo quemado bajo el sol del mediodía. Y en aquélla soledad inmensa solo estaba yo, pequeño y temeroso, asustado, insignificante.

Todos se habían retirado. Estaban a salvo. No era su lucha, no era su asunto. Sentía sus risas, sus miradas irónicas, su pequeño desprecio recubierto de superioridad. ¡Pobre! No sabe que este mundo es así. ¿Qué pensará, que pájaros tendrá en su cabeza? ¿Adónde querrá ir, si no hay dónde ir? Alguien le habrá metido vanas ideas en su alma cándida. En el fondo es un inocente, qué vamos a decir…, es un pobre hombre. Pero le queremos, porque en el fondo es bueno. Solo que esta vida le viene ancha.


Los fantasmas aparecieron. Algunos cabalgando enormes monturas. Otros de negro, con vestiduras horrendas. Caras horribles, manos huesudas, portando pequeños espejos en los que mi figura aparecía diminuta, triste y abatida, ridícula, deforme. Unos reían, otros me hablaban parodiando mis palabras, haciéndolas estúpidas, pretenciosas y vacías.

Yo estaba solo y pequeño frente a ellos, como el pequeño David frente a los filisteos. Mi ejército no estaba. No tenía ejército. Sabía imposible la lucha. Y yo estaba solo, como el nacido, como el loco, como el náufrago, como el indigente. Y un enorme terror se apoderó de mí.

Pensé muchas cosas. Pero ninguna era ya posible. No había sitio ya para mí. En un momento de claridad, entendí. Aquella era mi guerra. Y no importaba a nadie. Solo era mi trance, mi precipicio, mi naufragio. Mis enemigos eran sólo míos y los fantasmas vivían en mi casa, sólo en mi casa.

Entendí mi soledad y entendí mi desamparo. Pude, poco a poco, olvidarme de todos, y poco a poco entendí que aquello era mi guerra, que sólo de mí se trataba. Yo mismo, mis enemigos, sus armas, el campo de batalla, el sol ardiente. Todo era yo mismo, y no había nada fuera de mí. El Universo entero era yo, y no había nada fuera de él. Y en un instante mi terror se tornó paz, mi miedo fuerza, y vi en mi mano la pequeña honda, y a mis pies la pequeña piedra. Quería comenzar mi guerra. Busqué una consigna, y recordé...

Y sola, y sin su nido, volará el águila al encuentro del sol...


jueves, 15 de mayo de 2008

SENTIDO COMÚN

Escuché que una vez un discípulo hizo una pregunta a su Maestro.

- ¿Qué es lo que está Vd. intentando explicarnos, Maestro?

El Maestro le contestó:

- Solo estoy intentando explicaros que cuando llueve las calles están mojadas.

Bueno, quizá a alguien le parezca una contestación absurda, por ser algo obvio. A mí, cuando lo escuché, también me pareció rara. Pero, si lo había dicho un Maestro, algo querría decir. Y con el tiempo me pareció descubrirlo.

Las enseñanzas están íntimamente ligadas con el sentido común. No hay ninguna enseñanza que no se someta al sentido común. Y como el sentido que ofrece las verdades más nítidas es el común, no es preciso estar en posesión de título ni master alguno para entenderlas. Basta el sentido común, por cierto, el menos común de los sentidos. ¿Por qué es el menos común? Seguramente porque el hombre se niega a admitir lo que es evidente y todo el mundo lo sabe, y prefiere cualquier otra interpretación que se pliegue a sus pueriles deseos.

Cuando llueve las calles están mojadas. Es seguro que habrá gente que lo niegue, o que actúe sin tener esto en cuenta. Pero es así de simple y a la vez de irrefutable. No actuar conforme a esta verdad lleva sin duda a actos estériles, nefastos y estúpidos. Igual que en las otras cosas. Salvo que en otras cosas las consecuencias suelen ser más graves.

Hay unas leyes que rigen los acontecimientos, y son leyes que son casi siempre obvias, o de fácil entendimiento. Y si alguien se empeña en llevarles la contraria o en no tenerlas en cuenta, los resultados de sus actos no serán los esperados, sino cualquier otro, que, además de inesperados serán sin duda dolorosos y dañinos.

La Ley Natural suele ser tan sencilla como lo de la lluvia y las calles. De ahí que la sabiduría popular de la gente sencilla la conoce con mucha más profundidad que los doctos y sesudos estudiosos, que, perdiéndose en divagaciones fantasiosas, llegan a cualquier conclusión por más peregrina y absurda que pueda ser.

Así, los magos llegaron a conocer las leyes naturales, que son todas de aplicación, en su sentido amplio, a todos los seres existentes. De esta forma comprendían no solo una parcela del saber, sino todo el saber en su conjunto, ya que las leyes de una parcela se aplican a cualquier otra, por ser leyes universales. Lo que es arriba es abajo, como decía Hermes.

Con el tiempo uno llega a intuir la razón de porqué los auténticos sabios dicen constantemente las mismas cosas, sea en cualquier tiempo o lugar. Creo que es así porque las leyes son siempre las mismas, la naturaleza es siempre la misma, y el hombre es siempre el mismo. ¿En qué podrían diferir sus enseñanzas? Quizá únicamente en su manera de hablar, o en su idioma, nada más. La ley de gravedad se puede decir de muchas maneras, pero el asunto es constantemente el mismo. Y lo mismo ocurre con las demás leyes.

Por ello no me interesa un sabio más que otro, a no ser que entienda mejor el lenguaje de uno mejor que el del otro. Pero siempre estaré seguro de que me dicen exactamente lo mismo de la misma cosa.

¿Cómo podría ser de otra manera?


viernes, 9 de mayo de 2008

CANTAR





En este pequeño cuarto en el que trabajo tengo colgada en la pared una cerámica que, junto a una hermosa imagen de antiguos músicos, tiene una leyenda que dice:

Donde música hubiere cosa mala no existiere

Y no lo dijo cualquiera. Lo dijo nuestro señor Don Quijote. Y hoy he tenido ensayo en la Coral.

Siempre canto absorto en la partitura y solo levanto la vista para mirar al director, sus manos, su rostro, su expresión. Lo primero porque debo atenerme a lo escrito por el compositor en la mejor manera en que pueda, y lo segundo porque debo seguir el tempo, la expresión y la dinámica de la obra según la interpretación de quien nos dirige.

Pero hoy levanté la mirada, y pasé largo tiempo sin fijarme ni en la partitura ni en el director.

Y mereció la pena. Por supuesto a los pocos minutos me había perdido, pero preferí callarme y seguir con mi mirada. Nunca lo había hecho antes, y tampoco nunca imaginé lo que me había perdido.

El coro estaba formado en semicírculo, disposición poco corriente, y ello porque en el repertorio teníamos algunas obras a seis en lugar de a cuatro voces. De esta manera podía ver cantar a las damas, que tenía frente a mí y también a mi derecha.

Contemplaba, absorto y dichoso, la expresión de sus rostros. El canto los trasfiguraba, llenaba sus caras de dulzura, de pureza, de energía, de vitalidad.

No, no eran ya las mismas con la que charlaba en los descansos, con las que bromeaba y compartía un chiste o un cigarrillo. No, no eran esas. La música había hecho aflorar a sus ojos, a su ser entero, el alma muchas veces prisionera, los más puros sentimientos, había extraído de sus profundos pozos el agua más limpia, purificado el aire de sus pechos, limpiado de sus venas todo lo impuro y vulgar.

Me di cuenta lo que el cantar hacía en nosotros, lo que en nosotros trasmutaba, lo que en nosotros blanqueaba.

Cantando, la mente y el corazón se ponen en movimiento, y es preciso buscar y encontrar los más bellos sentimientos, y también el cuerpo y su energía deben ponerse al servicio de la música.

Y reflexionando me percaté que quizá no exista acto humano más completo ni más hermoso que el canto en la búsqueda de la belleza interior.

Y también entendí, hasta ahora solo sospechado e intuido, lo que nuestro señor Don Quijote nos dijo, de manera tan clara, y tan rotunda.