viernes, 29 de marzo de 2013

¡CARACOLES!


















A todos nos es muy familiar la exclamación española de ¡caracoles! Yo nunca había intuido su significado, claro que tampoco nunca me había propuesto cocinar caracoles.

Un día estuvo en casa una amiga, la que, entusiasmada, nos dio una emotiva conferencia sobre la facultad restauradora de la piel que dicen que posee la baba de caracol, de la que ella, por experiencia, podía dar fe. De todos los fluidos de consistencia mucosa producidos por la naturaleza, ya sean de origen vegetal o animal, éste era el mejor con diferencia. Al parecer ya pasó la moda del aloe vera. La baba de caracol es muchísimo mejor para la piel.

Y también hace unos días degusté con sumo placer un tazón de caracoles que hizo, pura alquimia natural, otra amiga, experta cocinera, al parecer, de origen genético. Yo soy un amante (o lo era) de estos bichos curiosos, a los que las mujeres ponen de símbolo del hombre y los hombres de las mujeres. Con el caldo tradicional, con el caldo cordobés, con la salsa tomatera… en fin, de cualquier manera. Primero los bichos, y luego el caldo, y si es con salsa… a mojar pan.

Y resulta que hoy, que fui a la plaza a buscar a alguien a quien debía dinero, para pagarle (quien paga descansa, y quien cobra más), me topé en la puerta con un puesto de caracoles (al natural). Y caí estúpidamente en la tentación.
- Deme un kilo, y los avíos.
- Son 2,50 más los avíos, 3,50
- Muy bien, póngalos.

Me fui a casa, contento, imaginando la hermosa olla que prepararía, para mí y para mis amigos que, al igual que yo, son amantes de su exquisito paladar. Herencia francesa, debe ser, supongo. L’escargots… oh, la, la, l’escargots! Pero al fin y al cabo tampoco tengo tantos apellidos franceses, creo recordar que solo uno. En realidad me deberían gustar mucho más las pizzas, tengo varios italianos…

Cuando llegué no había comido aún. La comida la estaba preparando mi mujer, la que, cuando vio la bolsa de caracoles, adivinando mis intenciones, me espetó agriamente:

¡Eres un asesino en masa!
¿Todos esos caracoles vas a exterminar? y ¡vivos!
¡No voy a consentir tal caracolicidio en mi casa!

A pesar de recordarle a los pobres cerditos, a los pobres pollitos, a las pobres terneritas y demás bichos comestibles cuya carne pasa día a día por nuestro gaznate, no la pude desanimar de la imputación que me hacía de exterminador de animales.

Tras recordarle que el asesinato no se iba a producir en su casa, sino también en la mía, y que, tras hacerlo, pediría perdón a Buda y a Francisco de Asís, asumiendo la culpa y la penitencia que me impusieran, me dispuse a empezar con mi tarea.

Antes que nada, por supuesto, llamé a mi amiga la experta en cocina, y le pedí instrucciones. Para empezar –me dijo- tienes que lavar los caracoles repetidas veces hasta que no tengan nada de baba. ¿Con Fairy? –pregunté yo-. No, hombre no, con agua solo, pero tienes que hacerlo muchas veces, y continuamente cambiando el agua, hasta que ya no salga espuma. Cuando estén completamente limpios ya puedes matarlos y luego cocinarlos. Matarlos… ¿uno a uno? –pregunté- No seas idiota, los pones en agua a fuego lento y se van muriendo. En este punto me puse a pensar que Mari Luz tenía razón. No era asesinato, era tortura. Me pensé a mí mismo sometido al mismo tormento y un escalofrío recorrió mi espalda.
-Bueno, bien, gracias, empezaré por lo del lavado. Si consigo conservar intacta mi conciencia durante la hora del lavado, los mataré. Pero que conste que me lo has dicho tú. Y si alguien me pregunta diré que tú eres la culpable-
Y me puse a lavarlos.

Al principio bien. Los frotaba, los frotaba, dentro del agua, y yo diría que a los bichos le gustaba. ¿Y a quién no, pensé yo? Un bañito con suave masajeo, en agua fresca y limpia. ¿No querréis que os ponga desodorante cuando termine, supongo? –les pregunté en voz baja- Hasta ahí podríamos llegar.

Cuando acababa de ducharlos por decimoquinta vez, ya un poco mosqueado, era ya la hora de comer. Así que les quité el agua, y les di un descanso hasta después. Portaros bien –les dije- y no hacer más baba, por favor… y mucho menos se os ocurra cagaros… por lo menos hasta que vuelva.

Era ya por la tarde, después de la siesta, y fui a verlos. No, no se habían portado bien. A pesar de que, según las instrucciones, había frotado un limón por el borde de la olla para que nos se salieran, no habían parado en barras. Estaban por todos sitios, por la encimera, por el paño, por las esquinas, y lo que es peor, comiéndose el jamón. ¡Por favor! ¡El jamón es de Guijuelo! Pues por eso, ¡qué te crees! –pensé que me respondían-
Apresuradamente, comencé a llevarlos al redil otra vez, maldiciendo su atrevimiento. No había tomado café, y tenía todavía la neurona espesa. Pero decidí que había que coger al toro por los cuernos, mejor dicho a los caracoles. Así que, antes de salir a lo del café, los dejaría limpios. Como fuera.

Tras otros quince lavados, los puñeteros caracoles aún seguían babeando. Para mí que estaban hechos exclusivamente de baba, o al menos en un gran porcentaje. Pero yo, impertérrito, impasible el ademán, continué y continué. Cuando miré distraídamente el reloj eran ya las nueve menos cuarto. Y, considerando la total desaparición de baba como un asunto imposible, ya que me di cuenta que eran mucho más rápidos fabricándola que yo eliminándola, los consideré con la baba mínima para mis facultades, y me fui a tomar café, eso sí, después de pasar el limón otra vez por el filo de la olla. Quien sabe, quizá esta vez tenga efecto, deben estar muy debilitados o por lo menos mareados –pensé-

Una vez que subí, con la neurona ya más dócil, decidí que era el momento de vengarme, sometiéndolos a una muerte lenta. Y tras el permiso de la autoridad, me dispuse al tormento. A la olla, y a fuego lento. Y ahora, si persistís en vuestra contumacia, seguid babeando. Sospeché por un momento que, aún después de muertos, seguirían babeando. Pero me tranquilicé pensando que no hay bicho viviente que haga nada siendo difunto.

Una vez cadáveres, eliminé la baba que expulsaron en su agonía. Normal, pensé. Cualquiera lo haría, quizá hasta yo mismo en tales circunstancias. Y tras colarlos por vigésimo quinta vez, los eché al caldo de especies preparado al efecto. ¡A hervir, y a poneros en su punto!
¡Caso omiso! El caldo era un líquido filante, bastaba meter la cuchara de madera y luego sacarla para comprobarlo.

Me sentía vencido. Vencido por unos bichos cornudos y babeantes. Era inaudito. Yo ¡el rey de la creación, vencido por un animal insignificante!
Puse el fuego más fuerte. ¡Anda! ¡Seguid babeando, anda! ¿Os creéis muy listos eh? Cuando volví a la calma, pensé en que quizá pudieran ser comidos por alguien que no conociera la triste historia. Pensé –ojos que no ven, corazón que no siente- Así que decidí que, en venganza, se los daría a probar a mi amiga consejera, que era después de todo la culpable de mi tragedia. Si no decía nada… ¡adelante!, invitaría a todo el mundo, y yo, para evitar tomar aquél ungüento baboso, haría playback moviendo la boca como si comiera. Después de todo canto en un coro, y estoy acostumbrado a hacerlo.


lunes, 25 de marzo de 2013

OLORES Y BOÑIGAS




















Una amiga me hizo una crítica, constructiva, sobre un escrito que le envié. Y me dijo algo así como que era demasiado bucólico, demasiado bonito, demasiado agradable. Que le faltaban algunas boñigas de vaca y algún que otro olor a sudores.
       Me chocó al principio. Incluso, irritado, le contesté que no estaba dispuesto a malgastar mi tiempo y mi cabeza en escribir sobre esas cosas, que para eso ya estaban los “artistas” del momento, los que se dedican a exponer con la mayor desfachatez sus excrementos a manera de obras de arte (y lo más cachondo es que las vende...) Así que, como la mierda ya tiene sus adoradores, yo me dedico a lo que me parece bello. Cada cual a lo suyo. La mierda a la mierda y yo, bello por mí mismo, a lo bello.

Pero, pasado el tiempo, pensé mejor lo que dijo, y, reflexionando, encontré que estas cosas encierran una belleza, no en sí mismas, sino en el lugar que ocupan en la naturaleza. Me explico, y mejor me explico con una bella poesía de Miguel Hernández que ilustrará lo que digo:



ROMANCILLO DE MAYO

Por fin trajo el verde Mayo
Correhuelas y albahacas
A la entrada de la aldea
Y al umbral de las ventanas

Al verlo venir se han puesto
Cintas de amor las guitarras,
Celos de amor las clavijas,
Las cuerdas lazos de rabia,
Y relinchan impacientes
Por salir de serenata.

En los templados establos
Donde el amor huele a paja
A honrado estiércol y a leche
Hay un estruendo de vacas
Que se enamoran a solas
Y a solas rumian y braman.

La cabra cambia de pelo,
Cambia la oveja de lana
Cambia de color el lobo
Y de raíces la grama.
Son otras las intenciones
Y son otras las palabras
En la frente y en la lengua
De la juventud temprana.

Van los asnos suspirando
Reciamente por las asnas.
Con luna y aves las noches
Son vidrio de puro claras.
Las tardes de puro verde,
De puro azul esmeraldas
Plata pura las auroras
Parecen de puro blancas
Y las mañanas son miel
De puro y puro doradas.

Campea Mayo amoroso
Que el amor ronda majadas
Ronda establos y pastores
Ronda puertas, ronda camas,
Ronda mozas en el baile
Y en el aire ronda faldas.

Así que ya veis, mi tocayo me saco del error. El amor huele a paja, a honrado estiércol y a leche. Y podréis preguntarme: ¿es que el estiércol puede ser honrado? Y yo puedo responderos: Sí. Y a continuación podréis inquirirme: ¿Y por qué? Y yo puedo espetaros:

Porque hay cacas honradas y cacas sin honra. Al igual que hay olores a sudor honrados y otros que no tienen honra.

  Creo que el olor a sudor de un hombre que con su trabajo y su esfuerzo ha aportado a la humanidad y al mismo Universo una mejoría en su perfección, haciéndoles aún más perfectos, es, no un mal olor, sino el mejor y más delicado perfume, porque demuestra que se comporta a imagen y semejanza de su creador, es decir, un creador más. Ganar el pan con el sudor de la frente. Así se dijo. ¿Cuántos pueden presumir hoy de ello? ¿De sudar su pan? El trabajo honrado lleva al sudor honrado, y su olor solo muestra el orgullo y el valor del que ha demostrado su hombría con su trabajo. Preferiría tomarme unos vinos con un hombre así que con un metrosexual cretino embadurnado de perfumes exóticos, que gane su pan (intregral, por supuesto) con trabajos (?) cuya realización probablemente sea de dudoso esfuerzo.

Creo que la boñiga de una vaca es hermosa, porque, a más de ser la vaca un animal noble y digno de agradecimiento por muchas cosas, devuelve a la tierra lo que justamente le es necesario para volver a producir su propio alimento, la yerba. Benditas boñigas. Me contó un agricultor que con ellas no sólo abonaba su huerta, sino que las recogía del campo una vez secas para usarlas como combustible en la cocina. ¿Veis? Cacas honradas y además útiles.

Pero la caca del “artista”... por favor... que se la meta por donde le salió.






miércoles, 20 de marzo de 2013

REVERDECER










































El aire del norte desnudó los árboles frondosos del estío.
Las hojas secas, otrora vivas, tejieron un manto muerto a los pies del tronco desolado.
Las ramas, ausentes de nidos y pájaros, cantan tristes su ausencia, arañan estérilmente el cielo vacío.

El pálpito se cierra sobre sí mismo.
La vida se hace mínima, pero suficiente.
Solo es el sueño del invierno.

Duerme todo, en el silencio, truncado solo por el soplo del viento sonoro, seco y frío.

Pero un día sonaron fuertes los clarines de la tierra parda.
Sonaron los benignos aires del mediodía.
Dulces caricias calentaron las duras raíces y las cortezas se fueron haciendo tiernas y fecundas.
Poco a poco, y de nuevo, la sangre del planeta movió las entrañas del árbol desnudo.
Y en la melodía del nuevo rayo rompieron los recios troncos.
Se abrieron, como en un parto, al aire, a la luz, los verdes brotes,
como nace el Fénix de su ceniza, como rompe el huevo acunado en el calor.

Verdes hojas, hojas verdes, vida verde de nueva vida, nueva esperanza de verdor.
Teje y teje, como maga hilandera ancestral, verdes togas, hábitos verdes.

Reverdece.
El pardo gris y frío se muda en verdes, en manos de vida, cabelleras verdes.

Reverdece... y en nuestros corazones, fríos de invierno, retoñan los brotes olvidados, dando a luz millones de átomos de sol.

Del salón en el ángulo oscuro...
De su dueño tal vez olvidada...
Ha vuelto la primavera.




miércoles, 13 de marzo de 2013

FEMINEIDAD

























 Llevaba mucho tiempo intentando explicarme por qué razón me enamoraba instantáneamente de algunas mujeres, apenas sin conocerlas. Y nunca me quise dar una respuesta fácil. No me servían. Me resultaba un misterio inexplicable y a la vez inquietante.

La respuesta es que solo soy un hombre.

...


 El enigma se fue desvaneciendo poco a poco. La primera pieza del rompecabezas la puso Helena, con hache. Escuché atentamente, en la biblioteca, su charla sobre la danza oriental. Siempre graciosa y culta hizo un interesante recorrido por la expresión corporal de la danza en las culturas que lo fueron y que nos precedieron, para terminar ofreciéndonos las mejores enseñanzas que recibió en las clases que toma de esa danza del oriente.

 A pesar de que fue toda su charla enriquecedora, solo me impactaron unas palabras que, al parecer Zulema, su maestra, les dijo a sus nuevas alumnas el día que comenzaron sus clases:

“Lo primero que necesitáis para comenzar a aprender el misterio de la danza es ser consciente de que tenéis unas caderas”

       Estas sencillas palabras me sorprendieron, y quedaron grabadas en mi mente, ya que, a pesar de su aparente obviedad, encerraban la primera piedra de mi rompecabezas.
     
       Desde entonces reconocí su decisiva importancia en la resolución de mi particular enigma.
     
       ...      
     
       Pero el asunto se resolvió poco a poco de forma definitiva. Encajaron todas las piezas.
     
       Estuve en cierta ocasión con Mari Luz en el más delicioso concierto que recuerdo de los últimos años. Fue un concierto de preludios y romanzas de zarzuela. En realidad este género no ha sido nunca de mi predilección, si bien siempre tuve cariño y respeto por esta expresión artística sencilla, emotiva y encantadora, fielmente amada por mi madre y por mi mujer. Es lástima que no nos sea ofrecida frecuentemente en los teatros españoles, porque llenaría de vida, de alegría y de bondad los corazones de la gente, ya demasiado castigados por la cultura que nos ha tocado vivir.
     
       En realidad, mi gran interés en acudir a ese concierto radicaba, primero por ver a Mari Luz disfrutar, y compartir con ella esa dicha. Por otra parte, escuchar a la orquesta Manuel de Falla, muy amada por mí. Pero, egoísta y secretamente, lo que quería era volver a ver cantar a Ruth...
     
...

 La primera vez que vi cantar a Ruth fue en la Catedral hace muchos años. Cantaba la voz solista de soprano en la monumental obra del Maestro Haydn, su Stabat Mater.

 Qui non posset contristari, piam Matrem contemplari dolentem, dolentem cum Filio?...

 Mientras ella cantaba, yo, diminutamente perdido, sentado en los nobles e imponentes sillones del Coro, sentía henchirse mi pecho, volar mi alma, abrirse las fuentes de mi corazón pequeño. Las inmensas bóvedas me parecieron más infinitas que el mismo cielo y la luz más hermosa que los ojos de ninguna doncella.

 No la conocía de nada, pero desde ese mismo momento amé a esa desconocida mujer.

.....................


 Una noche, Zulema bailó para nosotros, mientras algunos recitamos poesías del hermoso mundo andalusí.

 Y ocurrió igual que siempre... Cuando terminó su baile Zulema, salimos ambos del escenario, y yo, mudo y trastornado, sólo acerté a besarla y a susurrarle al oído un quedo y tímido “gracias”. Os trascribo lo que esa misma noche escribí sobre lo que sentí mientras contemplaba absorto y perturbado sus expresivos movimientos, la expresión de su rostro y los vuelos de su ser en el espacio. Y la poesía que me tocó declamar a mí, que es esta:

La cita nocturna

Recatándose medrosa
de la gente que la espía,
con andar tácito y ágil
llegó mi prenda querida.

Su hermosura por adorno
en vez de joyas lucía.
Al ofrecerle yo un vaso
y darle la bienvenida,
el vino en su fresca boca
se puso rojo de envidia.

Con el beber y el reír
cayó en mi poder rendida.
por almohada amorosa
le presenté mi mejilla,
y ella me dijo: “en tus brazos
dormir anhelo tranquila”

Durante su dulce sueño
a robar mil besos iba;
mas ¿quién sacia el apetito
robando su propia finca?

Mientras esta bella luna
sobre mi pecho yacía,
se oscureció la otra luna,
que los cielos ilumina.

Pasmada dijo la noche:
“¿Quién su resplandor me quita?”
¡Ignoraba que en mis brazos
la luna estaba dormida!

Ibn Al Abbar


Lo siguiente es lo que escribí aquella misma noche:        

Aquella noche, Zulema bailó para mí.

No puedo ahora recordar casi, por la embriaguez amorosa en que quedé sumido,  los dulces ensueños que movieron mi ser entero al ritmo de su cuerpo vibrante.

Sé que subí a mundos luminosos, que mi cuerpo, mi corazón y mi vida, desde el más pequeño de sus poros, se inundaron de los efluvios de Zulema.

Su ser entero, sus ojos negros, su dulce risa, las ondas lentas, sinuosas y vibrantes de su glorioso vestido terrenal, envueltos en las flores cálidas y voluptuosas de la música, me transportaron a no sé aún que radiantes esferas, de las que pretendí nunca retornar.

Sé que cuando bajó de su  gloria, solo pude besarla y balbucear en su oído
“Gracias, Zulema,... Alá es Grande”

Aquella noche, Zulema bailó para mí. Y mi corazón bailó para ella.                                  

                           . . . . . . . . .
     
       Mari Luz llevó siempre en su sangre y en su corazón el amor por el baile flamenco. Y no sólo lo llevó dentro. Lo sacó fuera y lo expresó para delicia de todos y mía en particular.
     
       Yo la acompañaba siempre a los bailes. En los teatros, en las ferias, en los más diversos lugares donde iba con el grupo en el que en ese momento estuviera.
     
       Y siempre tuve la dicha de enredarme en su ser, mi ser... la vi abriendo el aire y abriendo el albero con el vuelo de su falda, abriendo tirabuzones de sal en el cielo con sus manos aladas, golpear la tierra con sus firmes tacones, despertando a Gea en una invocación sagrada, envuelta en una música atávica y telúrica, ofreciendo a la vida un sacrificio de calor y color en el ara de la danza de sus gloriosas caderas.
     
       No conozco ritual más religioso en ninguna religión, ni canto más bello a la tierra y al cielo de ningún poeta.
     
       ..................
     
     
       Pero no sé de dioses, ni sé de poetas... Sólo tengo ojos, corazón y vida. Y me bastan, gracias al cielo, para recibir del cielo su canto. Y su gloria.
     
       Y ahora tenéis derecho a preguntarme: ¿Por qué pusiste de título Femineidad?
     
       Y os contestaré que como hombre adoro Lo Femenino. Me enamora, me abre a un mundo nuevo, me muestra lo celeste que no tengo, y ansío fundirme en esa divinidad femenina que no puedo ver en mí, que falta a mi alma incompleta y pequeña.
     
       Y ese misterio me arrastra, me devora, me asusta, pero en el vértigo de su presencia me arrodillo humilde, y ruego a Dios me conceda un día penetrar, aunque solo sea un poco, en su hondo Misterio.
     



miércoles, 6 de marzo de 2013

INDIFERENCIA


















A mí se me importa poco
que un pájaro en la Alamea
se cambie de un árbo a otro.

Esto escuché una vez hace muchísimos años a un hombre sabio. Y no se me ha vuelto a olvidar porque, de forma muy poética y gaditana, describe muy bien la indiferencia, en este caso más bien orgullosa.

Hoy andaba por la calle con mis perros y me pregunté sobre la indiferencia. ¿Qué era, de dónde nacía, podía ser buena o mala, era síntoma de algo, existía realmente?

Pensé que un filósofo, como ser humano que de todo se asombra, no podría ser indiferente a cosa alguna. Cualquier cosa, incluso las que parecen más nimias al hombre vulgar, es de gran interés para él.

Una vez escuché que la cosa más insignificante, una vez que se observa detenidamente y con interés, poco a poco se vuelve más interesante y valiosa, al tiempo que cada vez nos resulta menos indiferente. Y creo que es así.

Una hormiga lleva a lomos el ala de una mariposilla… ¡qué tontería!

El botijo siempre lo ponen sobre un plato lleno de agua… ¡manías!

Las cabras no se comen el gramón… ¡y a mí que me importa!

Esta parte del mar no parece azul ni verde, parece marrón… bueno ¿y qué? Etc., etc.

Bueno, sí, sé que hay muchas cosas muy importantes y de mucha trascendencia como para pararse en estas pequeñas cosas. Pero al menos a mí me ocurre que mis grandes cosas nacen de las aparentemente muy pequeñas. Un baobab nace de una pequeña semilla, y luego es gigantesco. Y al Principito le pareció tonta la manía del banquero que poseía estrellas y todos los días las contaba, aunque para él no tuvieran ningún significado, y solo le importara su posesión.

¿Realmente nos da igual lo que alguien piense, lo que alguien sienta, lo que alguien haga?

¿Nos da igual, en verdad, lo que vemos, oímos, saboreamos, olemos y tocamos?

¿Nos da igual lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿Nos da igual el sufrimiento ajeno, la alegría ajena, la bondad ajena, la maldad ajena?

¿Por qué Francisco de Asís evitaba pisar una hormiga? ¿Es que era tonto?

¿Cómo es que a Leonardo da Vinci le daba por estudiar y profundizar en las materias más dispares, incluso jugándose la vida, como en sus estudios de anatomía?

Pues no, creo que no tengo derecho a dejar entrar a la indiferencia en mi alma, y no creo que nada me pueda aportar sino abandono de mí mismo. Si el universo es nuestro modelo humano, y Dios es la esencia del universo, de nada nos serviría intentar descubrirlo si algo consideramos merecedor de nuestra indiferencia.

Posiblemente la indiferencia sea lo más cómodo para el hombre, pero también lo menos humano.