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lunes, 23 de noviembre de 2015

INDIFERENCIA








 Hoy andaba por la calle con mi perro y me pregunté sobre la indiferencia. ¿Qué era, de dónde nacía, podía ser buena o mala, era síntoma de algo, existía realmente?

 Pensé que un filósofo, como ser humano que de todo se asombra, no podría ser indiferente a cosa alguna. Cualquier cosa, incluso las que parecen más nimias al hombre vulgar, es de gran interés para él.

 Una vez escuché que la cosa más insignificante, una vez que se observa detenidamente y con interés, poco a poco se vuelve más interesante y valiosa, al tiempo que cada vez nos resulta menos indiferente. Y creo que es así.

 Una hormiga lleva a lomos el ala de una mariposilla… ¡que tontería!
 El botijo siempre lo ponen sobre un plato lleno de agua… ¡manías!
 Las cabras no se comen el gramón… ¡y a mí que me importa!
Esta parte del mar no parece azul ni verde, parece marrón… bueno ¿y qué?
Etc., etc.

 Bueno, si, sé que hay muchas cosas muy importantes y de mucha trascendencia como para pararse en estas pequeñas cosas. Pero al menos a mí me ocurre que mis grandes cosas nacen de las aparentemente muy pequeñas. Un baobad nace de una pequeña semilla, y luego es gigantesco. Y al Principito le pareció tonta la manía del banquero que poseía estrellas y todos los días las contaba, aunque para él no tuvieran ningún significado, y solo le importara su posesión.

 ¿Realmente nos da igual lo que alguien piense, lo que alguien sienta, lo que alguien haga?

 ¿Nos da igual, en verdad, lo que vemos, oímos, saboreamos, olemos y tocamos?

 ¿Nos da igual lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿nos da igual es sufrimiento ajeno, la alegría ajena, la bondad ajena, la maldad ajena?

 ¿Por qué Francisco de Asís evitaba pisar una hormiga? ¿Es que era tonto?

 ¿Cómo es que a Leonardo da Vinci le daba por estudiar y profundizar en las materias más dispares, incluso jugándose la vida, como en sus estudios de anatomía?

 Pues no, creo que no tengo derecho a dejar entrar a la indiferencia en mi alma, y no creo que nada me pueda aportar sino abandono de mí mismo. Si el Universo es nuestro modelo humano, y Dios es la esencia del Universo, de nada nos serviría intentar descubrirlo si algo consideramos merecedor de nuestra indiferencia.

 Posiblemente la indiferencia sea lo más cómodo para el hombre, pero también lo menos humano.



sábado, 1 de marzo de 2014

COPIAR Y PEGAR (COPY AND PASTE)
















Todo el mundo sabe hoy día en qué consiste esta sencilla herramienta que usamos continuamente en Internet. Se busca algo en la red, se selecciona lo que a uno le interesa y se copia en el propio ordenador para uso propio. No tiene nada de malo, incluso a veces es muy útil, y se puede recoger así multitud de cosas que otros han creado. Nos sirve para reflexionar con más tranquilidad sobre un texto ajeno, para atesorar una imagen que nos sugiere mucho, para examinar detenidamente una grabación o película que nos impactó. Y, en el tiempo, poder volver sobre ello, extrayendo un poco más que la primera vez que la encontramos. La misma foto que incluyo al principio del texto la he obtenido de internet por este mismo sistema. Espero que las chicas no se ofendan, ya que, al fin y al cabo, si están en la red es que son públicas.

El problema comienza cuando se habitúa uno a esto, dándole un uso de suplantación de la propia creación. Me explico.

¿Para qué hacer algo, si ya está hecho? Se preguntan los copiones. Y seguro que es mejor que lo que yo pueda hacer. Solo basta buscarlo en el buscador de Internet y copiarlo. Y ya está. Me he ahorrado tiempo y esfuerzo, y además será mejor que lo que yo nunca pudiera hacer. Aprendamos de los que lo hacen bien otros –se dicen-

Bueno –pienso yo siempre- esto tiene truco. Y, dándole vueltas al asunto, el truco es muy fácil de descubrir. Es el viejo asunto del plagio, tan extendido hoy, gracias a que las creaciones son siempre públicas mediante la red de redes, lo que facilita la copia.

Estoy de acuerdo en que lo copiado puede ser mejor que lo que el copión logre hacer, en que toma menos esfuerzo y en que ahorra tiempo. Estoy también de acuerdo en que hay que aprender del que sabe hacerlo bien.

Pero… hay muchos peros.

El copión ¿aporta algo a los demás? No, ya estaba aportado.

El copión ¿mejora sus aptitudes? No, no usa sus aptitudes propias ¿cómo habría de mejorarlas?

¿El copión aprende del creador de lo que copia? Es evidente que no. Simplemente le gusta lo que hizo y lo copia. No mejora su creación, ya que su creación está ausente. No pretende usarla para nada. La ignora, no cree en ella, no la pone en marcha.

¿El creador ahorra tiempo? Creo más bien que lo pierde, ya que el tiempo mejor usado es el tiempo de crear, cualidad específica del ser humano, con lo que al copiar está perdiendo el tiempo, utilizándolo en copiar en lugar de crear.

¿Le es más útil? Tampoco. Lo que es útil a un ser humano es emplearse a fondo en crear algo personal. Eso sí es de su propia utilidad, ya que hace crecer sus capacidades como creador, posiblemente lo único en lo que nos asemejamos a los dioses. Hacer eso lo hace más inútil cada vez que lo hace.

Este asunto parece que se agota con lo que he dicho hasta ahora, pero hay más, mucho más y mucho más importante.

¿No habéis visto a menudo a personas repetir como loros, sin la menor convicción (por lo que fácilmente se les descubre) lo que otra personas han dicho? Ocurre mucho en la política, en el arte, o en la filosofía. La moda, o las disciplinas de partido, imponen a sus siervos qué deben decir, qué deben hacer, y, aún más, cómo deben decirlo o hacerlo.

He visto segundones de líderes repitiendo las mismas palabras que su amado jefe, y no solo eso, sino utilizando el mismo acento, los mismos gestos, los mismos movimientos… Si se pusiera una careta de su jefe nos creeríamos que estábamos escuchándole en vez de al que le imita.

Los “escritores” lo tienen más fácil, porque no se les ve. Simplemente, toman un párrafo de aquí, otro de allá y otro de acullá, lo meten en la coctelera y ¡zas! Ya está. Solo falta firmarlo. Esto en los textos. Pero en las ideas se hace exactamente lo mismo. Un plagiador lee a un filósofo, ensayista o pensador y ya está. Ya tiene lo que va a dar al público, con su firma, claro. Supongo que consistirá en lo poco, o poquísimo, que logró entender del autor, con lo que, además, está tergiversando y enrevesando sus ideas. Para comprobarlo es fácil: lean cualquier comentarista de Platón, o de las enseñanzas hindúes de los Vedas, de la Biblia hebrea o de cualquier otra cosa. Pero como cuenta con que el gran público no se atreve con tan altos pensadores, él se lo da mascado. Y totalmente erróneo, añado yo.

Cierta vez escuche una serie de canciones de una famosa cantante española, allá por los años 80. Me gustaron, mucho más por la música que por la letra, a la que nunca suelo atender por ser casi siempre vulgar. Esa música, esa música… me suena… Y por supuesto que me sonaba. Había copiado, nota por nota y compás por compás, íntegro, el pequeño libro de Anna Magdalena Bach, del que algunas de sus piezas estudiamos en los primeros cursos de piano en el conservatorio. Y vendió discos como churros.

Y digo yo:
Si nadie piensa por su cuenta, sino solo copia y pega.
Si nadie escribe con su pluma, sino solo copia y pega.
Si nadie actúa con sus características personales, sino tan solo copia y pega.
Si nadie es él mismo, sino tan solo quiere imitar y copiar a otro.
Si nuestra vida se resume en copiar lo que hacen los pocos creadores que quedan...

¿qué ocurrirá cuando todos copiemos y nadie cree?
¿a quién copiaremos entonces?

Nuestra época se conocerá como la de los hombres que copiaban a otros.
Pobre herencia.



domingo, 20 de febrero de 2011

OBSERVA ESTA PEQUEÑA HOJA...

"Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla."

La óptica con la que el hombre mira al Universo sigue siendo una óptica antropocentrista. Tratamos de entender lo inmensamente grande desde nuestra inmensa pequeñez.

Sería algo así como si un mosquito analizara, desde su perspectiva, la belleza de una catedral. No la podría entender. En su mosquitocentrismo le parecería algo absurdo, sin sentido ni utilidad, algo disparatado, producto de un ser cretino o caprichoso. ¡Es tan grande, tan grande, que ni siquiera sirve para comer!, se diría. Además, es, simplemente, piedra muerta.

¿Cómo podría imaginar ni comprender el sentido de una catedral, entender que no esta muerta, sino viva y palpitante, que su existencia la debe a la mente de su arquitecto y a la inspiración de muchas almas que albergan en ella su sentido de Dios, que es un lugar sagrado para el hombre, y que no apareció por casualidad, como un simple amontonamiento de piedras, sino con un fin definido que él no es capaz de entender?

Algo así sucede en el hombre frente al Universo.

Miramos el manto negro del firmamento, entretejido de millones de pequeños puntitos brillantes, y las llamamos estrellas. Vemos manchas blanquecinas de diferentes formas, y las llamamos galaxias. Miramos al Sol, y miramos a la Luna, y nos pensamos que sí, que tienen su utilidad, claro está, para nosotros los hombres, pero no alcanzamos a comprender su existencia por sí mismos, su vida y su destino.

¿Destino? Nos preguntamos. ¿Destino de dos bolas inmensas, una de ellas que solo es helio e hidrógeno en combustión, y otra, una piedra redonda dando vueltas a la tierra? ¿Cómo podría tener vida ni destino una simple piedra, una ardiendo y la otra apagada? Sería tanto como asignar vida a un grano de sal de nuestro salero.

En mi opinión, y, haciendo uso de la madurez de la humanidad, tras milenios observando a la Naturaleza, deberíamos empezar a desprendernos de la óptica errónea y pueril que mira todo lo que está fuera del hombre como seres extraños, incomprensibles, faltos de vida, de sentido y de destino.

Actuamos como si quisiéramos entender solo el sexto día del Génesis, ignorando los cinco anteriores. Y, por cierto, andamos con cierto retraso. El Génesis bíblico fue escrito nadie sabe por quién, ni hace cuantos milenios, posiblemente inspirado en otros textos mucho más milenarios de otras culturas, pero indudablemente por gente que sabía de lo que hablaba, y quizá mucho más y mejor que nuestros encumbrados científicos actuales.

¿Vida? ¿Destino? ¿Qué podría pensar el ínfimo microbio de la vida y el destino de un hombre? Y, de la misma manera ¿Qué puede pensar el hombre de la vida y destino de un ínfimo microbio, o de la más inmensa de las galaxias?

“Como es arriba es abajo”, sentenció el llamado Hermes. Quizá deberíamos reflexionar sobre esta sentencia, largamente, antes de pensar sobre la existencia de los diferentes seres que pueblan nuestro Universo.


sábado, 27 de noviembre de 2010

ADIVINOS


Cuentan que se rodaba una película , a mediados del siglo pasado, en el perdido oeste americano El equipo de rodaje desplegó al amanecer y en mitad del llano toda su habitual parafernalia de cámaras, equipos de iluminación, camiones de vestuarios, etc.

Al mediodía estaba ya todo dispuesto para el rodaje de las primeras escenas esa misma tarde. Para sorpresa de todos vieron llegar una cabalgadura a lo lejos, levantando polvareda. Ya más cerca pudieron divisar la figura con más detalles, se trataba de un indígena del lugar, que vestía el atuendo propio de su tribu. Se detuvo cerca de ellos para interesarse por el motivo de tal despliegue.

-Vamos a rodar una película aquí- dijo el director.
-Bien. Bien. Lugar hermoso. Nuestra tribu ayudar, si necesario- dijo el guerrero indio.
- ¿Es usted el jefe de la tribu?
- No. Ser solo hechicero.
- ¿Sabría usted si lloverá esta tarde?
- Tarde llover.
-Bien, gracias, mucha suerte en su viaje de vuelta. Y presente nuestros respetos al Gran Jefe.

Marchó el indio, y todos rieron de su arrogancia.
A la tarde, estaban todos los focos encendidos, las cámaras preparadas, los actores vestidos y en disposición de comenzar los primeros planos cuando… una repentina y fiera tormenta descargó sobre todos un inmenso diluvio. Recogieron todo tan rápido como pudieron y, nada más terminar, apareció un sol glorioso tan de repente como apareció el aguacero.

Será cuestión de consultar mañana al hechicero –dijo el productor al director- Puede que, al ser de esta tierra, sepa fielmente qué sucederá mañana con el tiempo. No quiero arriesgarme a que se me deteriore todo el material.

A la mañana siguiente volvió el indio por allí. Nada más verlo le preguntó el director:

- ¿Lloverá esta tarde, gran hechicero?
- No saber, rostro pálido, averiarse transistor…

Este pequeño chiste puede resultar muy ilustrativo para lo que pretendo exponer.
A veces mi hijo me pregunta si lloverá mañana, o pasado mañana. Y yo soy gaditano, y todo gaditano es bastante buen meteorólogo y sabe más o menos lo que ocurrirá en la atmósfera salvo cambios imprevistos en los vientos. Por supuesto para el ámbito, en el caso de la capital, de su entorno, es decir, de la bahía de Cádiz. Así que le hago mi predicción, y casi siempre acierto.

La cuestión es que él no puede saber en qué factores se basa mi predicción, por lo que para él soy… ¡un adivino!

«Eppur si muove»

Galileo Galilei fue condenado a cadena perpetua por el Santo Oficio, y obligado a retractarse de sus demoníacas teorías sobre los movimientos de los astros en nuestro sistema solar, con las que desbarataba la hasta entonces imperante doctrina del geocentrismo y establecía el modelo heliocéntrico en nuestro sistema.

Es muy probable que la gente vulgar pensara que sus afirmaciones eran adivinaciones hechas con ayuda de conjuros o de entidades del mundo infernal. Simplemente no podían entender sus descubrimientos, o simplemente, no les interesaba. El poder del momento les había dicho lo que habían de creer, so pena de seguir sus pasos a la cautividad. Así pues, Galileo era simplemente un “poseído por los demonios”, y sus teorías eran “peligrosas”.

Del gran músico y excelente violinista Nicolo Paganini se cuenta que terminó una sonata de violín con una sola cuerda en su instrumento. Alguien se había ocupado de serrar al límite todas las cuerdas, y solo la prima resistió hasta el final. La gente vulgar no podía creer lo que estaba contemplando, era imposible –pensaban-, solo sería posible hacerlo con el producto de la venta de su alma al “Maligno”.

Se podrían poner ejemplos hasta cansarnos, pero la conclusión que quiero extraer es la de que, para la gente ignorante, cualquier situación que exceda su escasa capacidad de comprensión será considerada como consecuencia de una ayuda externa, generalmente obtenida acudiendo a poderes malignos y peligrosos.

No hay nada que más asuste al ignorante que lo inusual o incomprensible, lo maravilloso o lo inexplicable. Ante la presencia de un poder superior, el pánico les envuelve, y se unen, capitaneados por los mediocres, para derribar a quien se sitúe fuera de su comunidad de ignorancia.

Vi no hace mucho una excelente película, que os recomiendo, titulada “El Greco”. En uno de sus pasajes, Tiziano, conversando con Doménico, le recomendaba:

- No muestres nunca demasiado clara la verdad. No la podrían soportar.
Esto es, en general, lo que los mediocres nunca podrán soportar. Alguien que, como Sócrates, les muestre su incapacidad para captar y aceptar las grandes evidencias.

Virgencita, que me quede como estoy…




domingo, 26 de septiembre de 2010

EL ASUNTO DE LAS FUENTES



Lo grave no es el que no sabe, no contesta
sino el que no sabe pero contesta.
Esta profunda conclusión, no exenta de gracia dentro de su importancia, me la solía repetir un viejo amigo.

Vivimos en un mundo en el que impera la fuerza de la opinión, en detrimento de la fuerza de la sabiduría. Es cierto que los sabios son pocos, si es que queda alguno, y se les exige grandes conocimientos de la naturaleza humana y divina, así como largos años de reflexión y meditación sobre los temas de trascendencia antes de abrir la boca.

En cambio, se considera que cualquier persona puede dar su opinión, sin exigirle ningún conocimiento sobre lo que opina. Y lo sorprendente de esto, por lo absurdo, es que la opinión de cualquiera es tan válida y posee el mismo peso que la de un sabio o experto en la materia sobre la que se opina.

Tanto es así que se hacen estadísticas (oh, las estadísticas…) sobre casos tan complejos como, por ejemplo, si cree usted en el calentamiento global del planeta, los peligros de la energía nuclear, la existencia de Dios, la fecha de la próxima hecatombe económica o cualquier otra cosa que se nos ocurra.

Los que dan su opinión, en una mayoría casi absoluta, no tienen la menor idea de estos asuntos, ya que ni han dedicado el mínimo tiempo en documentarse sobre ellos ni por supuesto a reflexionar largamente sobre los mismos. Pero se hace la estadística, se cuentan los votos a favor y en contra, y así se descubre cual es la opinión de más peso, considerándola la más cercana a la verdad.

Ya decía Platón que la opinión era el estado intermedio entre la ignorancia y la estupidez. En verdad, el comienzo del camino a la sabiduría es la ignorancia, si se la asume, como lo hizo Sócrates, pero la estupidez le cierra la puerta a ese camino, ya que el estúpido habla de lo que no sabe, creyendo con soberbia que sabe mucho de todo. Pero, sorprendentemente hoy se hace a la opinión superior aún a la sabiduría, suplantándola sin más.

Esto equivaldría a la situación en la que un cirujano hiciera una encuesta entre sus ayudantes, médicos y enfermeros presentes en el quirófano, para decidir por donde seccionar un órgano o qué arteria cortar para proseguir con una operación a corazón abierto. De seguro que el enfermo dejaría de serlo, para pasar a engrosar la lista de las esquelas del día siguiente.

Cosa tan simple de entender, como que la opinión de un experto vale más que la de miles de inexpertos, nos lleva poco a poco a situaciones absurdas y carentes de mínimo sentido común.

Pero la opinión no es asunto de este artículo, aunque tiene mucha relación con él. Me proponía reflexionar sobre el asunto de las fuentes.

Acudo nuevamente a mi querido diccionario etimológico, precisamente para encontrar las fuentes del significado de la palabra “fuente”. Dice así:

Del latín fons, fontis; de fundere, fundir, buscar el fondo, nivelarse.
Como siempre, la etimología es muy iluminadora del alma de las palabras.

De esto es de lo que quería hablaros hoy, del lugar donde se funden las distintas corrientes sucesivas y posteriores, es decir del nacimiento o raíz de algo, algo similar a las fuentes de los ríos. Y cómo no, de buscar el fondo de las cosas, y también de nivelar, es decir de buscar el orden y la dirección estructural armónica de algo.

La búsqueda de las fuentes es quizá, tras la asunción de la propia ignorancia, el comienzo del camino en la búsqueda de la sabiduría, ya que es de sentido común aceptar que no somos los primeros (ni seremos los últimos) en preguntarnos sobre la naturaleza y fin de las cosas existentes, por lo que es sensato acudir a los sabios que nos han precedido, que son muchos y muy insignes.

Afortunadamente, de algunos de ellos nos ha llegado hasta nuestros días restos de su sabiduría, bien en textos, milagrosamente salvados de las garras de la ignorancia o del desdén, bien en obras, quizá erróneamente consideradas de arte, como construcciones, templos, pinturas, música, danzas y otras obras inspiradas por las Musas. Incluso en algunos casos, las menos, la sabiduría ha recorrido la historia, de manera soterrada, pasando de maestros a discípulos hasta el día de hoy.

Pero ¿dónde acudir para conocer y comprender, por ejemplo, la cuestión de los arquetipos fijos o el mito de la caverna? La respuesta es de lo más tonta:

- Pues en los escritos de Platón, claro. Fue quien los explicó en sus libros…

Sorprendentemente no se suele acudir a los textos de Platón para conocer estos asuntos o muchos otros, sino a comentaristas o divulgadores de su pensamiento. Es lo habitual. Pero ¿cuál puede ser la razón de tan aparente sinsentido?

Decía Amado Nervo que “todo es cuestión de recipiente”.

Parece ser que se estima que es difícil, trabajoso y a veces imposible entender las palabras y los pensamientos de los sabios, por lo que resulta preciso contar con una especie de “traductor”. Quizá éste también sea muy confuso, oscuro o difícil de digerir, por lo que hará falta un traductor del traductor. De esta manera, muchas veces acudimos al traductor número 27º para intentar comprender las ideas de Platón, o, para perder menos tiempo aún, recurrimos a la conocida enciclopedia virtual Wikipedia, con lo que la intervención de “traductores” llega casi al infinito.

Evidentemente, esto es como el juego del teléfono, que seguramente conoceréis, ese en el que, reunidos un grupo numeroso de participantes, y dispuestos en círculo, uno de ellos dice una frase al oído del que tiene a su derecha, y éste a su vez la dice al de su derecha, y así hasta que la frase llega finalmente al primero que la dijo. Todos los que hemos jugado a este juego sabemos que no solo la última frase no tiene nada que ver en absoluto con la primera, sino que es incomprensible y sin ningún sentido. Esto es algo parecido a lo que ocurre con los comentaristas e intérpretes, los que llamé “traductores”.

Dije que decía Amado Nervo que “todo es cuestión de recipiente”. Y esta puede ser la clave de este confuso asunto.

Una cuchara puede tomar una cucharada de agua del mar si la sumergimos en él.
Un jarro puede tomar un jarro.
Un tonel puede tomar su capacidad.
Una gabarra muchos metros cúbicos.
Un buque tanque, miles de metros cúbicos.

¿En qué consiste la diferencia? Es obvio que en la capacidad del recipiente.

He oído decir muchas, muchas veces, que si fueran de libre acceso las bibliotecas secretas del Vaticano tendríamos a nuestra disposición infinidad de nuevos conocimientos. Y yo siempre me pregunto: ¿cuántos podrían entender la sabiduría de esos textos? Muy pocos, seguro. Y, de hecho, harían mal uso del mal entendimiento de ellos, ya que el asunto no es nuevo. Las conclusiones que han extraído del Corán ciertos fanáticos son producto exclusivamente de su nula comprensión de lo que Mahoma dispuso en ese libro.

Desgraciadamente así ocurre con casi todas las tradiciones antiguas que han llegado hasta nosotros, ya que nuestro siglo, ignorante y soberbio, considera como antiguallas todas ellas, o bien cuentos para niños o engañabobos para adultos.

Las mitologías griega, nórdica, celta, maya o cualquier otra se consideran solo cuentecitos con los que trataba de distraer y dominar a los hombres de aquellos pueblos antiguos y atrasados.

La simbología egipcia, cretense, asiria, hindú, azteca o cualquier otra eran, según dicen, simplemente maneras de gobernar las cosechas o de aludir a las fuerzas naturales que para esos pobres ignorantes resultaba incomprensible y temible.

- Oiga, serían muy ignorantes, pero ni aún hoy en día, con nuestra gran tecnología, seríamos capaces de construir templos y pirámides que ellos parece que hacían con una facilidad pasmosa, y con una perfección técnica hoy muy lejos de conseguir. El simple plano de uno de los millones cubos de piedra de la pirámide llamada de Keops tiene una perfección mayor que la mejor lente construida para el mejor observatorio astronómico.
- Bueno, sí, pero la hicieron los extraterrestres…
- Ya, ya… seguro… los extraterrestres…

En nuestro siglo se considera que cualquier persona, hasta el que asó la manteca, tiene la misma capacidad de comprensión de las cosas del Universo que cualquier otro. Pero, por mucho que nos lo repitan, una y otra vez, pensar eso es simplemente… una estupidez.

Pero ¿a qué se refiere Nervo cuando nos habla de recipientes?
¿de cuáles de nuestras potencialidades depende nuestra capacidad de comprensión de las esencias de las cosas?
¿podemos ampliar nuestro recipiente para ser capaces de, atravesando la superficie y buceando a lo profundo, llegar a conocer la naturaleza más íntima de las cosas?
Cuando alguien dice "he comprendido", y otro dice "he comprendido" ¿han comprendido los dos en la misma amplitud, o quizá alguno, o los dos, han creído comprender algo y no han comprendido nada?

Recordando a Shakespeare, podemos decir pues:

To be or not to be,
that is the question




lunes, 26 de abril de 2010

LEMAS Y CONSIGNAS



Me regalaron en el estanco de mi barrio un encendedor donde figura el símbolo, creo que del movimiento pacifista, con unas hojas que parecen de marihuana, todo ello sobre un fondo de colores listados, a manera de bandera, verde, amarillo y rojo. No sé, aunque es probable, que sea la bandera del citado movimiento. Debajo del símbolo hay una leyenda que dice: LOVE PEACE, que, como todo el mundo ya sabe, son palabras inglesas que significan AMOR PAZ.

Hasta aquí nadie se hubiera sorprendido, ya que es ya muy conocido este lema, Paz y Amor. Pero a mí, que todos mis amigos saben que siempre le busco los tres pies al gato, me provocó asombro y me llevó a reflexión, reflexión acerca de los lemas y las consignas.

Lo primero que me fascinó es que son universales, y aún más, doblemente universales. Son universales, en primer lugar, porque su contenido es aceptado por todo ser humano, y no conozco a nadie que le quite su valor ni que le niegue la importancia de su contenido. ¿Quién no quiere paz? ¿Quién negaría la importancia del amor?

Y, en segundo lugar, at last but not at least, son universales por el motivo de que cualquiera puede entender lo que le parezca del contenido de sus palabras, que son tan manidas que, a fuerza de usarse, ya no tienen un significado concreto, sino diverso e inlcuso a veces contradictorio según quien los utilice.

Así, en el caso que he puesto, pensemos en que consistiría para, por ejemplo, un católico.
Sería como sigue: Paz en el cielo y amor a Jesucristo.
Para un capitalista: Paz para los ricos y amor al dinero.
Para un comunista: Paz para los ciudadanos que obedecen al partido y amor a sus dirigentes.
Para un pacifista: Paz sin guerras y amor sin trabas.
Para un budista: Paz interior y amor a la humanidad.
Para un nazi: Paz para los judíos (en el cementerio) y amor al Führer.
Para un hippie: Paz (que me dejen en paz) y amor libre (para el que lo consiga, claro).
Para un casado tras sus bodas de oro: Paz (¡dejádme ya en paz!) y amor (con la querida).
Para un trabajador estresado: Paz con mi jefe y mis compañeros y amor con subida de sueldo.

Y así, todos los casos que sin duda podréis considerar.

Lo bueno, y lo malo, de estos lemas es que pueden servir a todo el mundo, a su gusto y manera. Y esto sucede porque los conceptos Paz y Amor, como no consigue abarcarlos nadie, cada cual tiene su “libertad” para entenderlos como le guste, ya que nadie podría contradecirle. El relativismo ordena que cualquier cosa puede ser entendida de cualquier manera, y cualquier manera es justa y verdadera. Y como todo puede ser verdadero, nada es verdad ni mentira, sino todo lo contrario. El resultado es que carece de ningún significado concreto. De ahí su versatilidad y su fácil uso en lemas y consignas.

Y, como esta consigna o lema que he puesto de ejemplo, los hay a cientos:

“Pan y trabajo”
“Justicia y libertad”
“Tolerancia y diversidad”
“Respeto e igualitarismo”
Sex, drugs and rock and roll. (bueno... esto era un chiste)
etc. etc.

Pero lo cierto es que estos lemas no valen nada. Y no valen nada porque no implican nada. ¿Cómo nos va a implicar nada ni exigir nada, si entendemos las palabras como nos conviene? Y, además, ¿quién puede refutarnos que nuestros significados no son los válidos? Son válidos para nosotros, y eso basta.

Así, guiarse por lemas no sirve de nada a la gente ignorante, lo que no implica que no sirvan al sabio, quien conoce el real contenido de las palabras usadas.

A ese sí que le sirven. Y mucho. Pero sólo a ese.


domingo, 1 de febrero de 2009

INDIFERENCIA



Hoy andaba por la calle con mis perros y me pregunté sobre la indiferencia. ¿Qué era, de dónde nacía, podía ser buena o mala, era síntoma de algo, existía realmente?

Pensé que un filósofo, como ser humano que de todo se asombra, no podría ser indiferente a cosa alguna. Cualquier cosa, incluso las que parecen más nimias al hombre vulgar, es de gran interés para él. 

Una vez escuché que la cosa más insignificante, una vez que se observa detenidamente y con interés, poco a poco se vuelve más interesante y valiosa, al tiempo que cada vez nos resulta menos indiferente. Y creo que es así.

Una hormiga lleva a lomos el ala de una mariposilla… ¡que tontería!
El botijo siempre lo ponen sobre un plato lleno de agua… ¡manías!
Las cabras no se comen el gramón… ¡y a mí que me importa!
Esta parte del mar no parece azul ni verde, parece marrón… bueno ¿y qué?
Etc., etc.

Bueno, si, sé que hay muchas cosas muy importantes y de mucha trascendencia como para pararse en estas pequeñas cosas. Pero al menos a mí me ocurre que mis grandes cosas nacen de las aparentemente muy pequeñas. Un baobad nace de una pequeña semilla, y luego es gigantesco. Y al Principito le pareció tonta la manía del banquero que poseía estrellas y todos los días las contaba, aunque para él no tuvieran ningún significado, y solo le importara su posesión.

¿Realmente nos da igual lo que alguien piense, lo que alguien sienta, lo que alguien haga?

¿Nos da igual, en verdad, lo que vemos, oímos, saboreamos, olemos y tocamos?

¿Nos da igual lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿nos da igual es sufrimiento ajeno, la alegría ajena, la bondad ajena, la maldad ajena?

¿Por qué Francisco de Asís evitaba pisar una hormiga? ¿Es que era tonto?

¿Cómo es que a Leonardo da Vinci le daba por estudiar y profundizar en las materias más dispares, incluso jugándose la vida, como en sus estudios de anatomía?

Pues no, creo que no tengo derecho a dejar entrar a la indiferencia en mi alma, y no creo que nada me pueda aportar sino abandono de mí mismo. Si el Universo es nuestro modelo humano, y Dios es la esencia del Universo, de nada nos serviría intentar descubrirlo si algo consideramos merecedor de nuestra indiferencia.

Posiblemente la indiferencia sea lo más cómodo para el hombre, pero también lo menos humano.