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viernes, 1 de octubre de 2010

COMODIDAD




Me parece que, por mi experiencia, vivir con comodidades excesivas conduce inevitablemente a una vida muy incómoda.

Recuerdo que se cuenta que Diógenes, lamparilla en mano, sí, ese que iba diciendo a voces en medio de la multitud de un mercado “busco a un hombre”, tiró su única pertenencia, un cuenco de barro para coger agua de la fuente pública, cuando vio a unos chiquillos beber de ella utilizando el cuenco natural de sus propias manos.

Carecía de la más mínima comodidad, no tenía casa ni pertenencia alguna, dormía en un rincón cualquiera y no se preocupaba por sus ropajes ni por su imagen externa. Pero, en cambio, se pertenecía a sí mismo, lo que no es poco.

Se cuenta también que una vez un hombre poderoso le abordó y le dijo:

- Diógenes, si fueras poderoso y rico como yo podrías obtener, como yo, el favor de los gobernantes y vivir cómodamente.
Diógenes le contestó:

- Y si tú fueras libre como yo, no tendrías que andar todo el día adulándoles, ni temeroso de perder sus favores. Yo, en cambio, tengo el favor de los dioses, a los que no tengo que adular ni tampoco temo perder sus favores.

Comodidad y libertad, he aquí dos circunstancias que parecen no llevarse del todo bien.

En cambio, Marco Aurelio fue emperador de Roma, y por lo tanto disponía de cualquier comodidad que deseara. Pero su condición de estoico le impedía, no disfrutarlas, sino dejarse esclavizar por ellas, lo cual es aún más meritorio, a mi parecer, que la libertad de Diógenes.

Cuento estas anécdotas de antiguos filósofos porque hoy día (por supuesto solo en el primer mundo) vivimos inmersos en tantas comodidades que estamos, no ya esclavizados por ellas, que lo estamos, sino rodeados de incomodidad debido a las mismas.

En cualquier casa se oye casi todos los días:

- Ya se ha vuelto a estropear la lavadora. ¿Cómo vamos a lavar ahora?
- Otra vez se le han acabado las pilas al mando a distancia de la tele…
- Tendré que llevar el coche al taller, a saber cuánto me costará ahora…
- Me tendré que comprar un traje nuevo para la boda de mi sobrina.
- ¡Otra vez goteras en el salón! Este vecino de arriba me tiene frito…
- ¡Se fue la luz, sin vitrocerámica y la comida sin hacer!
- Tenemos que ir pensando que vamos a hacer cuando nazca nuestro bebé. Tendremos que dejarlo con alguien, porque no podemos dejar de trabajar los dos, no nos llegaría para vivir…
(se entiende vivir bien, es decir, con todas las comodidades)

En fin, tu mismo podrías, lector, añadir muchos más ejemplos…

El resultado es que nos llevamos gran parte de nuestro tiempo “libre” enredados en solucionar los problemas que nacen de nuestras ansias de comodidad. De comodidad incómoda, diría yo.

Si hiciéramos como Francisco de Asís, quien decía:

- Para vivir necesito de poco, y de lo poco que necesito necesito muy poco.

indudablemente viviríamos menos “cómodos” pero mucho más tranquilos y libres.

Este difícil término medio entre comodidad y tranquila libertad es la clave del buen vivir, y, actualmente nos preguntamos cómo es posible que en países mucho más “pobres” que nosotros, sus habitantes tengan una menor propensión a las enfermedades cardiovasculares, menos estrés, menor índice de suicidios, y además una vida más calmada, alegre y feliz.

Decía un nórdico que una vez visitó Andalucía hace muchos años:

- Parece absurdo, pero con lo pobres que son son tan felices…

El ignorante nórdico no entendía que no hay tan estrecha relación entre riqueza y felicidad. La prueba es clara, ya que esos países tienen el mayor índice de suicidios y depresiones.

Obviamente no pretendo decir que los países paupérrimos de África sean los más felices, porque no hablo de carecer de lo esencial para la vida, como alimento, agua, techo, trabajo y recursos, sino de un sano equilibrio que distinga las auténticas necesidades de las superfluas.

El sistema económico hoy imperante necesita, para su mantenimiento, del consumo de cientos de cosas de dudosa necesidad, para lo que utiliza todos los medio de difusión para que lleguemos a considerarlos imprescindibles, todo en aras de una falsa necesidad. Con ello consiguen amasar grandes fortunas a costa de nuestra necedad.

Concluyo con una anécdota referente a Sócrates, quien fue llevado por sus discípulos a un gran mercando. Viendo la infinidad de cosas que se vendían, exclamó:

¡Cuántas cosas hay aquí que no necesito!



domingo, 25 de enero de 2009

DIÓGENES





Hace unos días nos reunimos en casa unos amigos, y, ya en la mesa, rodeados como estábamos, de jamón serrano, queso de oveja manchega, espléndidos boquerones en vinagre con su necesaria cebolleta fresca, buen vino de León, y demás exquisiteces de nuestra bendita tierra, comenté que, considerándonos filósofos, pensaba en qué diría mi querido y admirado Diógenes de semejante reunión.

Alguien dijo: -bueno, sí, Diógenes solo comería lo que le diesen, y dormiría en un viejo barril, desnudo de todo lo superfluo, pero también es cierto que se confesaba pajillero-
-El impulso sexual es algo humano, como el comer o el dormir- dije yo. Algo tendría que hacer para liberarlo...

Yo no lo sabía la anécdota, pero les comenté lo que una vez escuché de un ermitaño, cuando le preguntaron como podía soportar la soledad del sexo. Y vino a decir que se complacía a sí mismo, pero que no lo consideraba pecado alguno, ya que no lo hacía deseando a ninguna mujer, y que por tanto no dañaba a nadie. Me sorprendió su respuesta, porque repasando en ese momento los mandamientos entregados a Moisés, no encontré que trasgrediera ninguno. Por lo que su actitud me pareció una actitud razonable, y añadí que yo pensaba igual.

Os cuento esta anécdota porque me ha sucedido a veces que, tras enviar alguno de mis escritos, en los que hablaba, pongamos por caso, de Mozart, de los romanos, o de alguna persona en particular, viva o muerta, famosa o no, alguien me ha contestado que estoy muy equivocado. Que Mozart era en su vida corriente un imbécil infantiloide, que los romanos eran unos borricos con dos patas, o que tal persona no era como yo la describía, que yo estaba muy equivocado y que en realidad era un sinvergüenza.

Y siempre he contestado lo mismo a estas objeciones:

Que me importa un pepino si lo que pienso y siento de ellos se acomoda a la realidad o no. Que lo que me vale son los valores que extraigo de ellos, lo que me aportan tal como los pienso (o los sueño).

¡Qué me puede importar a mí que Mozart fuera, como dicen muchos, un inmaduro para la vida o un juerguista ridículo! Eso no cuenta, en el dudoso caso que fuera verdad, lo que no creo. Lo que cuenta son las páginas que escribió, que hacen brotar de mi corazón, y de muchos otros, lágrimas de dicha. Que me lleva a paraísos nunca soñados, que consiguen que ame a los hombres y descubra a Dios. Eso es lo que me importa, y los que ponen el énfasis en su aspecto vulgarmente humano, seguramente no tienen la sensibilidad suficiente para valorar su inmensa aportación a la Humanidad.

¡Qué me importa a mí que Diógenes se aliviara en soledad! Bendita sea su alma, y que lo disfrutara. A mí lo que me importa es su terrible ejemplo de sencillez, de austeridad, de grandeza, de valor y de humanidad en suma. Eso es lo que me importa.

O que me digan que los romanos eran unos degenerados y unas acémilas. A mí lo que me importa es que tenían los ... más grandes que el caballo de Espartero, y que para tender un puente o hacer un acueducto no se andaban con las pamplinas de hoy día. Lo hacían y punto. Y hoy están donde mismo los pusieron, y seguramente estarán en el mismo sitio dos o tres milenios más. Nuestros nietos verán caerse los nuevos puentes y los puentes romanos seguirán en el mismo sitio, como si nada.

Y lo que cuenta, de verdad, es que el derecho que hoy día dirige nuestra cultura es el de ellos, y que nadie ha inventado todavía nada nuevo ni mejor. Y que extendieron la cultura griega por toda Europa, que es la misma y la única que tenemos hoy día y de la que tenemos que mamar lo queramos o no. Aunque muchos presuntuosos se pasen la vida haciendo inventos y pretendiendo demostrarnos que han inventado la pólvora. Pues no, queridos, la pólvora ya la inventaron los chinos hace no sé cuantos siglos, y si queréis hacer inventos, hacedlos con gaseosa. Y no nos toquéis más las narices.