martes, 26 de febrero de 2013

EL CRISTAL




Venía de cumplir mi rito matutino, café y diario, y era aún muy temprano. Al pasar por la tienda de animales de la esquina, que todavía estaba cerrada, miré el escaparate distraídamente. Como os imagináis, había en él toda clase de cositas: correas, huesos de mentira. Pero hubo uno de los juguetes que me llamó poderosamente la atención. Era una serpiente de tela rellena, pintada en vivos colores, y enroscada; en el centro de la espiral que formaba, había un pequeño gato siamés. Un perfecto gato siamés durmiendo plácidamente, seguramente de peluche.

Me agaché para observar más cuidadosamente y, al cabo de unos minutos intrigado, concluí una respuesta. El siamés no era de peluche. A pesar de su fascinante inmovilidad de estatua no se me podía escapar su suavísima respiración, aunque ni uno solo de sus músculos se contraía ni se distendía. Ni siquiera en su cara se movía ni un solo pelo. Pero yo sabía que no era de peluche, que tenía vida y que dormía profundamente.

Cuando ya me empezaban a doler las rodillas de estar agachado (principio de “astrosi”), abrió los ojos. Yo sé que los gatos son vigilantes incluso durante el sueño, y que, a pesar del grueso cristal que nos separaba, debió de sentir mi constante mirada, que le hizo volver a la vigilia. Abrió los ojos y me miró fijamente. Era muy pequeño, quizá un mes, y gloriosamente hermoso, con la graciosa pureza del cachorrillo. Se levantó muy suave, muy despacio… salió de la serpiente enroscada y, salvando los escasos centímetros que nos separaban, vino a mí a darme “topadas”, su bella manera de dar y recibir caricias al mismo tiempo.

Pero estaba el cristal. Se frotó una y otra vez con el cristal y yo sentí sus caricias, y quizá él sintió también mi calor. Estuvimos así unos minutos aún, él con su cara y su cuerpo pegados al cristal, y yo con mi nariz igualmente pegada a la invisible barrera.

Me fui a casa, despacio, maldiciendo aquel terrible cristal, ese impenetrable muro que, en su refinada crueldad nos había dejado contemplarnos, sentirnos y amarnos y, a la vez nos había impedido expresar nuestro cariño y compartir nuestro calor.

Y pensé…, tristemente, cuántos cristales de esa clase existen entre nosotros. Algunos que afortunadamente se pueden romper y otros, igual de trasparentes, pero irrompibles. Esos son los más crueles.


martes, 12 de febrero de 2013

LA NADA AVANZA



























La nada avanza… Esto decía un personaje de “La historia interminable” Y hoy todo está realmente disolviéndose en la nada. La nada avanza. Imparable.

Pero... estamos nosotros. Como un conservatorio, donde se guarda toda la música de valor, como un museo, donde se guardan las obras de arte que tienen belleza. Seremos como los navegantes del arca, que, después del diluvio, cuando todo hubo muerto, cuando la paloma trajo en el pico la rama de olivo y no quedaba entonces nada en el planeta, supieron recomponer el mundo.

No lo veremos los que hoy vivimos. Pero, cuando la humanidad toque fondo, cuando no haya ya nada que tenga valor, cuando la gentes buenas levanten sus miradas y levanten sus manos buscando una ayuda, una respuesta para su vidas, un auxilio, un refugio... allí estaremos nosotros.

Estaremos, y habremos guardado en nuestros corazones, en nuestra alma, en nuestras manos, todo lo necesario para recomponer el mundo, como en la historia del arca, y tendremos todas las especies, todos los valores, todo aquello donde se guarda la semilla de lo nuevo que deberá crecer entones.

No será fácil, porque no veremos los resultados, y nuestra fe tendrá que ser grande, pero seremos como los copistas de la Edad Media, que copiaban los antiguos libros de sabiduría de los griegos y de los árabes, que los copiaban aún sin comprender nada de lo que decían, pero que eran conscientes de que eran libros necesarios a la humanidad futura. Y así, gracias e ellos, hoy día nosotros podemos renovarlos, podemos retomarlos, y podemos conservarlos, para el futuro después de la nada, al igual que en el conservatorio se guardan con amor las almas de los grandes músicos, y las hermosas páginas que escribieron. Para que no se pierdan, para que estén ahí el día en que el hombre tenga la sensibilidad necesaria y la necesidad de acudir a ellos.

Es un tormento ver lo que está ocurriendo, pero nuestro siglo lucha frontalmente contra todo lo que tiene valor. Es necesario esperar, como se espera el paso del huracán, para empezar luego a recomponer todo lo que destruyó. No se puede parar un huracán, pero sí puede prepararse todo para el momento en que se haya de recomponer su daño. Para eso debemos estar preparados, para eso debemos prepararnos eficazmente.

Como la anciana del cuento que preparó con esfuerzo su pequeña lámpara, y, cuando Devadatta desató un viento terrible que apagó todas las lámparas de los ricos devotos de Buda, ella pudo encender todas las demás, que, a pesar de que eran grandes y de oro, se apagaron.

Y nuestro mundo es ahora así, es un mundo que parece grande y de oro, pero un gran viento apagará sin duda todas esas grandes lámparas. Pero la nuestra, la de la viejecita, será la encargada de dar de nuevo la luz al mundo.

En esa época no existirán libros, ni museos, ni música, pero, como en el libro Pelham 451, cada uno de nosotros será un libro, cada uno será una obra de arte, cada uno será una música, y podremos así reconstruir con facilidad todas las bibliotecas, todos los museos, todas las músicas.

Y cada uno de nosotros tendrá entonces dentro de sí un mundo que construir fuera. Y será muy fácil.

Será muy fácil construir de nuevo un Partenón...



jueves, 7 de febrero de 2013

MARIPOSAS...





















¿Hasta cuando? ¿Hasta cuando aguardarán mis mariposas? ...
No lo sé, quizá deban aguantar a que se sequen mis lacrimales
y la última lágrima sea absorbida por la arena
del desierto por el que camino.

Esa manera heroica de crecer no es buscada, sólo aceptada y sentida fecunda, pero no deseada.
Pero el camino lo exige. Y es mi única responsabilidad.

Sueño con compartir la vereda, pero pocas son las almas solitarias que me cruzo.
Y sueño con los amores compartidos y los dolores compartidos, y los sueños compartidos.

Pero no me es dado exigir mis sueños,
ni quiero tampoco arrancarme el corazón y echarlo,
lo quiero echar en los cuencos ansiosos de mis hermanos solitarios,
en los corazones que esperan el agua negada de los mayos.

Pero somos pocos... somos muy pocos...

Somos pocos los que aceptamos el desierto y las largas y solitarias caminatas...
Buscando... buscando... buscando nuestra Dulcinea.
Y sin Sancho, y sin bálsamo de Fierabrás para curar nuestras heridas...

No falta menos. Falta lo mismo.
Estamos detenidos en el instante permanente,
esperando encontrarnos la escala de Jacob
y prestos a la lucha cuerpo a cuerpo con su ángel guardián.

Pero estoy preparado. El dolor no me asusta, y la soledad es mi permanente compañera.
Quizá sea un estúpido, pero solo espero un día merecerme
volcar de un golpe mis semillas,
mis lluvias y mi trabajo sobre una tierra fértil que quiera cosechas y labrador.

No es mi cuestión decidir el momento.
Mi deber solo es estar preparado.


lunes, 4 de febrero de 2013

NUEVOS INVENTORES

















Leía esta mañana en el Diario de Cádiz las declaraciones de un señor, Inspector de Educación e inventor del método ABN, tal como indicaba el titular de la entrevista, y Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, según su curriculum.

Y… ¿qué había inventado? Claramente se desprendía del gran titular, que decía así:
“Libremos a los niños del martirio de hacer cuentas”.

Y comenzaba así:
“Hay que acabar con ellas cuanto antes. Enseñar a hacer cuentas es antinatural y no sirve para nada en la vida diaria. Libremos a los niños de ese martirio.”

Añadía más adelante que no se puede, haciendo cuentas, razonar lo que se hace. Como si las matemáticas fuera cuestión de razonar. Aduce, además, que hoy ni los comerciantes hacen cuentas, que ya las calculan con las máquinas.

¡Espléndido! Continuando con su notable razonamiento, ¿para qué estudiar filosofía, si todo ya está escrito en los libros? ¿y para qué estudiar griego o inglés, si existen los traductores automáticos de Internet y, además, son gratis?

Más adelante descubre que el problema de las matemáticas es que “son abstractas”, y como tal no es posible razonarlas, así que los niños no pueden comprenderlas. Como conclusión podríamos decir que es preciso desechar todo estudio de lo abstracto, sin tener en cuenta que lo más válido en la formación y en la vida del hombre es abstracto, es decir, no tiene materialidad. ¿Alguien puede pesar una amistad? ¿Alguien puede medir una cantidad de vida? ¿Alguien puede hacer el esquema de un amor?

En verdad no me preocuparía si esto fuera solo el caso aislado de “un gran inventor”, sin que su “invento” fuera tomado en cuenta y sin producir repercusiones en la vida diaria. Pero no es así. Esto es lo que de verdad me preocupa.

En nuestra actual cultura “moderna” existen muchos inventores como este señor. Yo preferiría que sus inventos los hicieran con gaseosa y no con ingredientes mucho más dañinos y peligrosos, usados además encaramados en un cargo que asume y ejerce responsabilidad sobre muchos miles de seres humanos indefensos.

El modernismo tiene la vista muy corta. No ve más allá de cincuenta o cien años. Cree que todo está por inventar. Y esto es así porque desdeña por inútil la labor de la humanidad en los últimos milenos. Me parece ridículo, ya que, y más al contrario, pienso que no hay nada nuevo por inventar acerca de la naturaleza del hombre. Todo fue ya inventado. Y quien piense que ha inventado la pólvora se equivoca, porque ya la inventaron los chinos, aunque a lo mejor es que él no lo sabe, no se acuerda o prefiere ignorarlo.

Si Leonardo da Vinci, Einstein, Niels Borh, Petrarca, Platón, Kant, Confucio, Shakespeare y muchos más levantaran la cabeza y contemplaran la estupidez en la que estamos sumidos, desearían volver a morir inmediatamente.

“Sabios” que han eliminado la filosofía de los planes de estudio, por “inútil”, que intentan eliminar las matemáticas básicas, por “abstractas”, la herencia de las antiguas culturas por “infantiles”, los principios éticos por “encorsetantes” y “represivos”, el arte antiguo por “anticuado”, el pensamiento por “ocioso”, las normas de convivencia por “anacrónicas”, la poesía por “incomprensible y delirante” y muchas otras cosas que se os ocurran porque “no nos sirven de nada en nuestra época moderna”.

Parecería como si nuestra humanidad actual quisiera hacerse voluntariamente huérfana y renunciara por nada a todo el legado que, durante milenios, han construido con su esfuerzo muchos otros seres humanos que, pensándolo bien, tenían los mismos problemas e inquietudes que el hombre de hoy.

Enhorabuena, amigos. Habéis conseguido para la humanidad la mayor y más cruel orfandad que pudiera concebirse.