jueves, 20 de mayo de 2010

LAUDATE PUERI



No sé bien por qué me he puesto a escribir.
Quizá sea de noche.
Quizá esté especialmente sensible.
Quizá sea porque escucho Laudate Pueri.

No lo sé... pero... siento que necesito escribir.
¿De qué? No sé. Pero sé que si me pongo saldrá.
No sé qué, pero creo que hay algo que pugna por salir, que quiere salir.
Y creo que merece la oportunidad de hacerlo.

Desde que escuché las primeras notas algo se movió dentro de mí.
Eso es música.
Algo que mueve el interior, que hace resonar nuestro instrumento interno.
Que, al igual que vibran las cuerdas del violín o del piano, vibran las cuerdas del alma.
Es resonancia. Suena una cuerda y suena tu cuerda.

Y en este caso mis cuerdas vibran porque vibra la voz de una mujer deliciosa.
Canta los sentimientos de Antonio Vivaldi, los suyos propios y también los míos.

Y los míos me llevan a un mundo de paz, de dicha.
Como a la orilla de un lago de un día soleado y luminoso.
Me llevan más allá de mi ser cotidiano, más allá de mis fútiles inquietudes.
Más allá de lo vulgar de mis actos vulgares.
Más allá de mi pequeño tirano.

Me llevan a un mundo soñado, pero que sé existente.
Me llevan a un mundo puro y sagrado.
A un mundo de silencios llenos de dicha.
A un mundo en que los silencios son más hermosos que los sonidos.
Al mundo estrellado de la noche en el que estás solo con Dios.

Está ahí, está aquí. Está fuera y está dentro.
Está arriba y abajo.
Lo inunda todo y también dejo que me inunde.

Sé que es frío, pero sé que es puro.
Sé que es tenue, pero sé que es mío.
Sé que es lejano y está cerca.

Pero realmente lo amo...
...porque eso soy yo.


martes, 11 de mayo de 2010

AZOTEAS DE CÁDIZ



En Cádiz, las casas comienzan en la casapuerta, nombre gaditano de zaguán, que se dice en algunos sitios “SanJuan”, quizá porque crean que es un nombre más acorde y más bonito que el otro, y para mí que es así. Y, comenzando por la casapuerta, termina en la azotea, también llamada terraza en otros lugares, pero aquí tomó su hermoso nombre del árabe. No se hicieron aquí las casas con techo de tejas porque no hay nunca peso de nieve que soportar. Así que las casas tienen dos espacios comunes, el patio y la azotea.

En nuestros días, las azoteas tienen poca utilidad, y por lo tanto, poca historia, no así en mis tiempos de niño y adolescente. En esos años, la azotea era como un lugar de encuentro de los vecinos, aún más que el patio central de la casa.

Había en ellas un pequeño cuarto donde los vecinos lavaban la ropa, el lavadero. Lo presidía un gran recipiente circular de barro que se llenaba con agua, el lebrillo, se colocaba una tabla de madera de superficie ondulada y se restregaba la ropa mojada con jabón verde, antaño el único disponible, y hoy muy apreciado e imitado por su naturaleza neutra y su eficacia limpiadora. Ese era todo el equipamiento del magnífico artilugio, probablemente traído a Al-Andalus supongo que por los árabes, quienes trajeron casi todos los refinamientos en materia de limpieza e higiene.

Y ¡qué de historias sabía el lavadero! ¡si el lebrillo hablara…! Bueno, al fin y al cabo era normal. Ese cuarto solo se usaba por las mañanas o por las tardes hasta que se ponía el sol, porque no era usual que hubiera bombilla. Pero luego por la noche, y oscuro… ya se sabe, los niños son niños, pero luego crecen, claro y…, bueno, es fácil imaginar. Para mí que más de un gaditano fue fabricado en un lavadero y nacería con una fragancia a jabón verde y a ropa limpia envidiable.

Luego cayó en desuso y hoy en día solo se consiguen sus elementos en algunos anticuarios a precios exorbitantes. Tan raro se ha vuelto ver uno que no he podido encontrar una sola imagen de un lebrillo en el buscador de Google. De la tabla de lavar sí que he encontrado, y me parece que sé porqué. En casi todos los pueblos había un riachuelo cercano, donde se iba a lavar, pero en Cádiz, casi una isla, como no se lavara con agua de mar… así que se necesitaba un recipiente, el lebrillo.

Pero ¿y el agua dulce? porque entonces no llegaba el agua a la azotea, y las casas solo tenían un solo grifo, en la cocina, así que para coger agua era preciso avisar a todos los vecinos de los pisos inferiores para que cerraran los suyos. La solución era subir en cubos agua del aljibe que estaba… ¡en el patio! Eso eran otros tiempos, en los que las señoras no necesitaban ir al gimnasio.

Una vez limpia, y tras el remojo en agua azulada con añil, la ropa se escurría bien y se ponía a solear en la azotea. Había que evitar que el levante hiciera de las suyas, para lo que se le colocaban encima unos pesados pelotes, redondos como cocos, que aún hoy no se de donde se sacaban. Luego ya se le sacudiría el polvo que inevitablemente hubieran acumulado.

Pero, claro, estábamos también los niños, y ocurría que la azotea era nuestro improvisado campo de fútbol, en el que celebrábamos un día sí y otro también un partidito entre los vecinos.

Yo era un niño, pero participábamos todos, incluso Eulogio, el ditero, que era ya más que talludito. Y claro, había que evitar pisar la ropa, pero… en el fragor del partido… a punto de meter un gol, la ropa acababa con las huellas de nuestro ajetreo, con la consabida reprimenda de nuestras esforzadas madres y alguna que otra esposa.

La pelota, por llamarle de alguna manera, no era ni siquiera de trapo. Las hacía Alfonso, quien, aprovechando un descuido de su madre, despistaba un calcetín de su padre, el cual, relleno de papel de estraza, cosido, vuelto, y otra vez cosido, hacía las veces de balón. Pero no era de cuero, y cuando alguien la pisaba en una atrevida jugada se convertía en algo parecido a una tortilla, que más que rodar, era arrastrada.

Las más de las veces acababa en la azotea de un vecino. -¡Ya la has embarcao!- se escuchaba, palabra marinera que significaba que se había ido allende los mares, en nuestro caso a un lugar inaccesible. A veces se la rescataba, con el riesgo de mi hermano mayor, que era experto en bajar y subir bajantes de agua, y la de un vecino, que saltaba con la facilidad de un hombre del circo de azotea en azotea. Y si no era posible rescatarla, pues… al padre de Alfonso aún le quedaban calcetines en el cajón…

Y las macetas, ¡que decir de las macetas! Las azoteas estaban repletas de macetas, a cual más florida y sana. Yo no sé como eran capaces las mujeres de mantenerlas así. ¡Subían el agua del aljibe, a cubos, desde el patio, para regarlas! Y es que en Cádiz, si el levante se mantiene vivo y soplando más de dos días era seguro que todas morirían. Era un milagro, el milagro del esfuerzo y del cariño. Antes se dejarían morir ellas que se les muriera una planta.


Y estaba también el “patinillo”, un pequeño hueco que atravesaba la casa desde la azotea hasta el pequeño patio del piso bajo. Calculo que a lo sumo tendría seis metros cuadrados. El patinillo era también una pieza fundamental en la casa. Como todas las casas tenían acceso a él a través de un gran ventanal en la cocina, las señoras de la casa podían charlar por el hueco durante sus faenas del hogar. Y lo hacían durante horas, casi de continuo, yo diría que todo el día, menos en las horas de ir a la plaza. Se despotricaba de los maridos, se hablaba de los hijos, de lo que a cada una se le había ocurrido hacer ese día de comer, de cómo estaba la plaza y el pescado, y de todo lo que constituía por aquél entonces la vida cotidiana, sin televisión, sin prensa rosa, sin famosos, en días de mucho trabajo y angustias, pero de poco tiempo desocupado que ocupar con frivolidades y con poco espacio para ocupar con intereses extraños y con vicios degradantes.

Mucho trabajo y penuria, pero menos estrés y menos pensamientos circulares y obsesivos. No tenían energías sobrantes que dedicar a la ociosidad, la que, como se sabe, si no la ocupa Dios, la ocupan los demonios.

Ya cerca de la azotea, el patinillo se cubría con una reja, para evitar así el peligro de caída de las personas, sobre todo de los niños. De los niños, pero no de las pelotas, que se nos caían cada dos por tres hasta el piso bajo. Y en el piso bajo María había colocado su lebrillo de lavar particular, para no tener que subir al lavadero. En cada partido era casi seguro que una pelota caía en mitad del lebrillo de María, madre de Enriqueta, que era madre de Loli.

María era una viejecita enérgica y trabajadora, y de muy mal genio. Cuando una pelota estallaba ante sus narices en el agua del lebrillo, estropeando el lavado y salpicándola, a ella y a todo en derredor, María nos abrumaba con todo tipo de epítetos a cual más grave acerca de nosotros, de nuestros padres y de nuestros antepasados. Pero se le pasaba pronto el enfado, y el momento nos daba para muchas risas. Los niños… éramos niños, pero… ¡qué niños!

Las aventuras más excitantes eran los recorridos por toda la manzana de casas, de azotea en azotea. Aún hoy me resulta inexplicable que no ocurriera al menos una fractura de hueso, porque el recorrido era similar al de un escalador de montaña, pero aún más arriesgado, porque nadie llevaba ni arnés ni cordajes. Era a pelo. Unas veces se escalaba una pared, otra se trataba de dejarse caer a una azotea más baja, o también en descender por un bajante, y las peores consistían en saltar en el vacío de un pretil a otro de una casa adyacente. Creo que nos sentíamos como Tarzán en la selva, eso sí, sin lianas y ni taparrabos. No había azotea que nos fuera extraña. La más visitada era la contigua, ya que solo había que franquear un muro de unos tres metros. Esa azotea la coronaba una torre mirador, de las muchas que proliferan por todo Cádiz. Estaba de pié, pero en ruina, y era uno de los fantasmas de nuestras madres, quienes una vez y otra nos advertían:
-No os vayáis a subir a la torre, que está apunto de caerse…
Pero lo prohibido tiene un encanto irresistible, así que… aún siendo un lugar fantasmagórico y ruinoso, la subíamos con frecuencia.

Mucho después empezaron a llegar las primitivas lavadoras, y los niños dejamos de serlo. Y la azotea se quedó sola y tranquila, decorada con sus pacíficas y silenciosas macetas, y quizá, pienso yo, echando de menos nuestras visitas, nuestra alegría, nuestra inocencia, nuestras pisadas y nuestra compañía.

Pero también nosotros nos la quedamos en nuestros corazones para siempre, como un lugar donde dejamos gran parte de la infancia y donde vivimos nuestras mejores aventuras y nuestros mejores juegos.




domingo, 9 de mayo de 2010

martes, 4 de mayo de 2010

OLVIDO



Creo que fue Buda quien, tras una serie encadenada de causas y efectos, llegó a la conclusión de que la causa última de los males de hombres era el olvido. Y continuaba diciendo que el olvido era la causa de todo lo demás, de todo lo que le ocurría.

Dicen, por otra parte, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y creo que esto ocurre porque los otros animales recuerdan el lugar, la piedra y su tropiezo. Y además recuerdan como tropezaron y por qué. Así que, actuando consciente y consecuentemente, hacen lo necesario para no tropezar otra vez en igual situación.

Pero en el hombre existe el olvido. Y el olvido le lleva a caer en los mismos errores una y otra vez. El olvido borra todo acerca del primer tropiezo, y la mente y el deseo le llevan a imaginar que la siguiente piedra no es la misma, que el lugar tampoco es el mismo, y que ahora son más listos que la primera vez que tropezaron. Pero como todo son solo imaginaciones, ¡zas!, nuevo tropezón.

Prácticamente, todos los males del hombre tienen su origen en el olvido. En el olvido personal o en el olvido histórico. Ya sabemos el dicho: “El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y no hay nada más cierto. Parafraseando podríamos decir: “El hombre que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y también es cierto.

El olvido se produce de varias maneras.

En primer lugar, la mayoría de nuestros actos son inconscientes, causados y motivados por los hábitos, los personales o los sociales adquiridos de las costumbres dominantes. Y si nuestros actos no son producto de nuestra voluntad y no está presente en ellos la conciencia, literalmente no sabemos qué cosa estamos haciendo. Ni haciendo, ni pensando, ni sintiendo. Simplemente todo sucede de manera mecánica. De esta manera no es posible realizar ninguna reflexión ni extraer ninguna experiencia de nuestros actos. Y no es posible porque no estamos actuando nosotros. “Algo” actúa por sí solo, algo ajeno a nosotros mismos. Y, como no somos nosotros, no tenemos nada que ver con nuestros actos. Ni siquiera nos sentimos responsables de los mismos.

En segundo lugar, y a veces, la conciencia puede iluminarnos sin nuestra participación, motivada por el intenso dolor o placer de la experiencia. Se nos presentan situaciones en las que, a través de su fuerte impacto emocional, somos conscientes de lo que nos está sucediendo, al menos en el plano más superficial, en el plano de los hechos y de la significación psicológica que le atribuimos. Pero, en el caso del dolor y aún a veces en el del placer, rápidamente interviene el sistema de protección.

El ser humano tiene un sistema psicológico de protección, mediante el cual relega a planos inconscientes aquellas experiencias que le resultaron negativas y dolorosas, con la consecuencia lógica de que, en una nueva experiencia, como olvidamos la anterior, repetimos los mismos errores que la primera vez. No podemos ser conscientes de lo que desechamos al inconsciente. Rara vez nos atrevemos a encarar, de frente y superando el miedo, sucesos que nos conmocionaron. Lo más habitual es que, en estos casos, nuestra mente utilice su amplio abanico de recursos para tergiversar el asunto, sus causas, sus motivos, sus implicaciones afectivas y, en muchos casos, incluso los mismos hechos.

Como consecuencia de todo ello, el hombre permanece constantemente en el mismo lugar, en la misma situación vital, repitiendo constantemente los mismos errores, actuando siempre de la misma manera, mecánicamente, sin posibilidad alguna de cambio, evolución o mejora personal.

Y, si hemos de pensar en la existencia real de la reencarnación, sobre la que todos sin excepción fantaseamos, con toda seguridad en nuestra próxima vida terrena volveremos a vivir exactamente las mismas cosas y a sufrir las mismas experiencias.

De la misma manera ocurre con la humanidad en su conjunto, que, por ley de analogía, sigue el mismo proceso. La historia es olvidada por los mismos motivos que el hombre individual olvida la suya. Y es tergiversada continuamente con total desfachatez, tergiversación que solo es posible gracias al olvido de los hombres.

Y me diréis:
-Si esto es así, irremediablemente, ningún cambio ni evolución es posible-
Sí, la evolución es posible, pero no es posible realizarla de manera mecánica, sino únicamente de manera consciente. Y solo la acumulación de conciencia en el hombre y en la humanidad puede hacer posible la “posible” evolución.

Y recalco lo de “posible”, porque tanto la evolución del hombre como la de la humanidad no son hechos naturales y espontáneos. Son solo “posibles”. Pueden darse, pero también pueden no darse.

Dependen, pues, de nosotros. En ello consiste nuestra responsabilidad.
Y el tiempo para ello no es ilimitado.