jueves, 26 de mayo de 2016

ABRAMOS NUESTRAS ALAS


Dedicado a Helena


Saquemos nuestros pies
de su entierro arenoso
y fijos nuestros ojos
en el eterno azul
abramos nuestras alas
pequeñas pero fuertes
y hendiendo el suave viento
subamos la mirada
hacia el divino sol
cuya alma nos da
aliento, vida y calor.

Anclados como estamos
entre tierras y cielos
puentes de cuerpo y alma
busquemos la armonía,
el sonido perfecto,
para alumbrar sonrisas
en los ojos grises
en las manos abiertas
en las bocas sedientas
de nuestros hermanos,
forzando los músculos,
aleteando en el viento
sin buscar el descanso
sin querer recompensa.


¿Qué somos? ¿Qué tenemos?
Somos solo aire suave
que barre tus tristezas
que disipa tus dudas
que hace nacer tu fe
que aclara tus nieblas
y que en el alba despierta
tu ser aún dormido
para que también pueda
volar ya libremente
hacia el cielo dorado
para hacer con tu plomo
un purísimo oro.











domingo, 22 de mayo de 2016

LA TIERRA Y EL ESPÍRITU















Nada grande se realiza de golpe y porrazo, ni una manzana, ni tan siquiera una uva. Si me dices: “Quiero ahora mismo una manzana”, te contestaré: aguarda a que nazca, crezca y que madure, da tiempo al tiempo. Y si esto es con los frutos de la tierra, ¿quieres que el espíritu dé de repente los suyos?
EPICTETO


Escuché que alguien dijo que si de repente desaparecieran todos los libros y textos de la tierra, la civilización se volvería a reconstruir, simplemente porque los hombres volverían a reconstruir todo el saber humano simplemente observando y reflexionando sobre la Naturaleza, y aprendiendo de ella. Yo, estoy de acuerdo.

Muchas veces digo que las hojas para leer que más me interesan son las hojas de mis árboles. Y, aunque siempre se me toma en broma, lo digo en serio. Leí una vez que la arquitectura de la más hermosa catedral gótica no se podía comparar a la arquitectura de una simple hoja cualquiera. En realidad, el hombre solo persigue con sus obras un acercamiento a la perfección de la Naturaleza que nos rodea por todas partes. Solo que, cuando la humanidad se vuelve loca, pensamos que nuestras obras son más perfectas que las de la Naturaleza. En mi opinión solo se acercan burdamente en su perfección, solo que las apreciamos más porque hemos perdido en gran medida nuestra conexión natural con lo creado. Así, un labrador, o un pastor, es capaz de entender, por su trato diario con el mundo natural, los hondos misterios del espíritu, porque se lo cuentan día a día las ovejas, los árboles, el trigo, o las estrellas.

Así, somos tan ignorantes como para pedir frutos cuando ni siquiera hemos sembrado. A cualquier labrador le parecería algo sin ningún sentido. Cosa de estúpidos. Él sabe lo que cuesta cosechar frutos, y los procesos encadenados que requiere, amoldándose a la naturaleza.

Y, como nos dice Epictecto, nos ocurre lo mismo con las cosas del espíritu.

Hay quien cree que, mediante unos pases mágicos de un “gurú”, llegamos sin más ni más al estado de iluminados, que, a través de un proceso que llaman de “iniciación” llegamos a las más altas cumbres de la sabiduría humana, que amar la música es solo cuestión de escucharla de vez en cuando, que ser filósofo consiste en estudiar lo que otros contaron… y así.

Y nos dice Epícteto que el proceso del desarrollo de la vida del espíritu es el mismo que el que sigue el labrador con su campo. Y ya sabemos cómo es. Y si no lo sabemos, podemos tomar unas cervezas con cualquier hombre del campo que nos puede contar, por ejemplo el cultivo del trigo.

Labrar la tierra, abrir los surcos y removerla, eliminar la cizaña y las malas hierbas cuando se presente “la otoñá”, abonarla con buen estiércol, sembrar con amor, rezar para que llueva, proteger los brotes cuando nacen, seguir eliminando las malas hierbas, seguir abonando, esperar… esperar, con paciencia, pendientes de lo que la siembra necesitad en cada momento, vigilar… vigilar…, y, cuando llegue el momento, segar, llevar a la era, trillar, aventar, separar y guardar los granos, empacar la paja, guardar el afrecho para las gallinas.

Y luego toca hace el pan. Moler el grano para conseguir la harina, guardarla en lugar seco, amasar con agua, sal y levadura, hacer los panes, hornear al fuego y…

… quizá después de todo el proceso nos podremos tomar una olorosa hogaza de pan tierno y crujiente.

Pero no antes, ni de repente.

Y ¿qué creemos? ¿que la vida interior se hace sólo pidiéndola, a gritos o por una gracia especial? Pues, evidentemente no. Es preciso hacer todo lo que hace el labrador con su trigo. De otra manera, es mejor que lo olvidemos.

Es inútil.






martes, 17 de mayo de 2016

HIERBA QUE EL SOL SECARÁ...






¿Hierba que el sol secará
en los rigores del estío?

¿Ola de bravura desmedida
que, rozando fondos
marcará su fin en la efímera espuma?

¿Nieve blanca, sin mancha,
que descubrirá la parda tierra
en su deshielo inevitable y final?

No sé...
No sé...

Pero no. No será.
El manantial no cesa, en su llanto,
la simiente enterrada brota sin cesar
y sin cesar la lluvia fecunda
los pechos abiertos a la luz,
los brillos y albores del hechizo,
las manos que no pudieron zafarse,
lo unido que las llamas unió.

No puede ser...
No puede...

No será.



martes, 10 de mayo de 2016

EL QUE LLEGÓ EN VERANO


Hoy os quiero ofrecer un homenaje a un perro, escrito por la pluma de un paisano. Y quiero dedicarlo a otro paisano, a Canelo, el perro que esperó, durante doce años, en la puerta del Hospital de Cádiz, a que algún día saliera su dueño, al que acompañaba siempre a la diálisis. Un día, Canelo murió. Y seguramente se encontró con su dueño, entre las nubes blancas del cielo.

EL QUE LLEGÓ EN VERANO

Está sobre las hojas del otoño.
En el viento nocturno que las barre.
En medio de la helada solitaria.
En el radiante polvo del rocío.
En el ligustro verde de la cerca.
En las fresas silvestres escondidas.
Bajo el escudo abierto de las dalias.
Sobre la estrella del jazmín caído.
En la sangre jovial de las anémonas.
En las ardientes rosas derramadas.
Al pie de las coronas del granado.
En los brazos azules de los cedros.
En el negro perfil de los cipreses.
En el tiemblo de plata de los álamos.
Bajo la pleamar de los aromos.
En el aliento de los azahares.
En el áureo pezón de los limones
fijo en la luna de la primavera.
Entre los duros cardos del verano.
Bajo las repentinas tormentas del verano.
En las quemadas noches del verano.
En la sed del verano.
Porque llegó en verano.

No conocía el bosque.
Tampoco el bosque a él lo conocía.
Si, te tenemos miedo.
Nos inspira temor tu súbita presencia.
¿De dónde vienes y por qué a esta casa?
Mirabas serio y nada respondías.
Se sentó en el portal como un mendigo.
Después de varias noches:
puedes pasar. Pareces,
a pesar de tu rostro severo,
un buen muchacho.
Aquí tienes tu hogar. Un plato lleno
habrá para ti siempre en esta mesa.
Pero tú sonreíste de pronto y te marchaste,
bajo las casuarinas, con los niños.
De tanto en tanto desaparecías,
y eran largas las noches esperándote.

¿En dónde estabas? Nunca lo dijiste,
ni contaste el porqué de tus heridas:
aquella oreja casi desgarrada
o el navajazo aquel entre las ingles.
Pero eras fuerte, duro y obstinado.
Era la juventud lo que en ti ardía.
Te daba igual dormir sobre una estera
que en el lívido barro del camino.
Meses enteros te quedabas solo.
La soledad, en vez de ensombrecerte,
te llenó de una alegre valentía.
Todo el bosque te quiso. Enamoradas,
no dormían sin ti por todo el bosque,
rubio y veloz galán siempre encendido.

Y así volvió el otoño. Y una noche
de despoblados árboles, de cielo
despoblado de estrellas y de luna,
cuando el amor rondabas en la niebla,
de súbito, una bala
dobló tu corazón sobre las hojas.
Sé que por vez primera
fue tu ladrido prolongado y triste.

¿En dónde estás, Alano, buen amigo?
Solo, ahora, en lo oscuro
–fijos en mí tus ojos vigilantes,
apretada tu boca de colmillos atentos–,
te pregunto y te llamo por tu nombre,
el mismo nombre de tu clara estirpe.
¿En dónde estás, Alano?
Estás bajo las hojas del otoño.
En todos los jardines que cuidabas.
En el llanto furioso de los niños.
En el corazón verde de los bosques,
porque tú eres ya el alma de los bosques,
y siempre
los bosques hablarán de ti mientras las brisas
agiten en sus ramas tu recuerdo.

Rafael Alberti.

In memoriam


miércoles, 4 de mayo de 2016

REPETICIÓN



“Si quieres resultados distintos, no hagas siempre las mismas cosas”.
A. Einstein

Un magnate norteamericano viajó a Inglaterra invitado por un lord inglés, por la mediación de un amigo común.

El lord lo recibió a las puertas del vasto jardín que se extendía como una verde y cuidada pradera, al final de la cual se levantaba, solemne, su “castillo” (an english man home is his castle).

Recorrieron ambos, a pie, plácida y lentamente, el trecho que mediaba entre la verja y la casa, hollando silenciosamente el mullido césped, en amables minutos de paz y coloquio.

En poco tiempo, el americano, asombrado por la belleza de la inmensa alfombra, preguntó al inglés:

–¿Cómo ha conseguido Vd. tal perfección en su césped? ¿Le ha resultado difícil? Si me explicara Vd. la manera de hacerlo, querría hacer algo como esto en mi tierra.

–Oh, es muy sencillo de hacer, se lo explicaré brevemente. Mire, solo hay que preparar la tierra, sembrar el césped y, una vez nacido, regar moderadamente cada tres días, cortarlo cada semana y abonarlo al principio de cada temporada. Así de sencillo.

-Si se es constante y se hace durante quinientos años, tendrá con seguridad una pradera como esta.

Llevaba razón el inglés. Era sencillo. Solo que las labores no eran cuestión de hacerlas un par de meses o un par de veces.

Esta anécdota se me quedó grabada desde que la escuché, porque es muy ilustrativa de la importancia de la repetición en el logro de la maestría, cuestión de la que ya nos hablaba el pueblo egipcio antiguo.

En nuestra actual cultura, la repetición tiene mala fama. La llamamos rutina, sin darnos cuenta de que la rutina es repetición, pero con la falta de conciencia e intención de perfeccionamiento pierde todo su inmenso valor de experiencia.

Hoy decimos que el trabajo es embrutecedor y degradante. Y efectivamente lo es si se realiza sin conciencia y amor, si se lleva a cabo de manera mecánica. Y nos lleva lógicamente a la rutina, a la monotonía y, finalmente, al sufrimiento inútil. No es culpa del trabajo. Es culpa de la actitud del trabajador.

¿Cuántas veces hace una paella un buen cocinero?

¿Cuántas veces escribió y reescribió Khalil Gibrán “El Profeta”?

¿Cuántas veces repite el pianista el mismo fragmento de una sonata?

¿Cuántas veces hemos cambiado los pañales a nuestro bebé?

La repetición consciente establece una mágica relación entre el obrador y la obra, llegando ambos a ser una sola cosa. El alma del obrador se infunde en la obra, y la obra se impregna en el alma del obrador.

El obrador perfecciona la obra. Y la obra perfecciona al obrador.

¿Magia?