viernes, 28 de agosto de 2009

UN VISITANTE SIN INVITACIÓN



Estaba en mi submarino, trasteando con el ordenador, y mis dos perrillos descansaban plácidamente en el sofá. Una vida perra la que llevan… a veces ya la quisiera yo, aunque solo fuera por unos días.

De repente escuché los ladridos de Chispa en una habitación contigua. Qué raro –me dije- no es la hora de recoger la basura… Chispa solo ladra, por la rendija de la puerta, cuando alguien se acerca, como el señor que recoge las bolsas de basura para el contenedor de la calle, la señora de la limpieza, aunque esto es por la mañana, y cuando llama alguien desconocido, como el cartero o algún amigo, o alguien que traiga algo.

Intrigado, me llegué a ver lo que pasaba. Chispa acosaba a algo en la habitación, y enseguida vi lo que era. Era un gorrión, un pequeño gorrión que correteaba y revoloteaba intentando evadirse del acoso.

Acudí en su ayuda inmediatamente, e hice primero lo más fácil, sacar al perro, y luego, tras largas maniobras, conseguí atrapar al pequeño pájaro, el que, una vez en mi mano, se tranquilizó.

¿Y ahora qué? –pensé- no es tan pequeño como para que haya que tener excesivos cuidados, ni tan grande para que pueda valerse por sí mismo. ¿Qué hacer? Pensé en dejarlo en la calle, o en llevarlo a una plaza de Cádiz con arboleda, pero ninguna de estas cosas me parecieron adecuadas.

Iré a pedir consejo a la tienda de animales de la esquina –me dije-, ellos sabrán mejor que yo qué es lo mejor. Pero no, no tenían ni idea… y lo consideré lógico. No venden gorriones, claro.

Así que me propuse criarlo en casa y ya mayor soltarlo al albur de la naturaleza. Compré una jaula pequeña, y, ya en casa, le puse su bebedero con agua y su comedero con pan desecho en leche.

Cada vez que entraba en la cocina se alteraba y revoloteaba, pero pronto se acostumbró a mi presencia. Todo va bien, pensé…

Al despertarme al día siguiente lo primero que hice fue ir a verlo.
Y… estaba muerto, en el fondo de la jaula, y ya frio…


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