sábado, 30 de octubre de 2010

ERA MUY ERGONÓMICO


Era muy ergonómico, muy simbiótico,
sinérgico y entrópico
muy cataléptico y psicodélico.
Neurasténcio, hipocondríaco,
maniático y epiléptico,
político organoléptico,
físico y ecléctico.
Macrobiótico,
energético, simpático…

Y yo lo amaba,
Aunque la verdad es que nunca
llegué a comprenderlo bien del todo...



lunes, 25 de octubre de 2010

CÁDIZ, LA CIUDAD DE LOS BALCONES



Bien se podría bautizar a mi ciudad con ese nombre, porque, si hay algo que forma parte de su identidad son sus balcones, los balcones de sus casas.

Y balcones hay de dos clases. Balcones y cierros. Ambos son de la mayor utilidad y prácticamente todas las casas disponen de ambos lujos.

¿Qué es una casa sin sus balcones? Las ventanas son útiles, pero solo sirven para mirar a lo lejos, en avenidas anchas o en casas en el campo, pero en nuestro caso, donde las calles son casi igual de anchas que el patio interior del edificio ¿qué podríamos ver desde una ventana? A lo sumo averiguar qué está haciendo el vecino de enfrente, pero no lo que ocurre en la calle. Por eso los balcones no son algo ocioso, sino algo necesario.


Parecería que somos chismosos, pero no, lo que pasa es que en mi cuidad ocurren muchas cosas en la calle, porque la calle no es solo vía de vehículos y peatones, sino algo así como la prolongación de las casas. Pasan muchas cosas de interés, casi casi tantas como dentro de las mismas casas.

En Cádiz las calles son “habitables”, sobre todo durante el buen tiempo, que suele ser casi todo el año, menos los meses de lluvia. En la época de calores, en el verano, es habitual en muchos barrios que la terraza natural de los hogares sea la calle. Unas sillas fuera, quizá una mesita de playa, unos tintos con gaseosa, y ya está. Fresquitos y contentos. Ligeritos de ropa se puede pasar una tarde-noche agradable charlando con un vecino o amigo de lo divino y lo humano. Es una gloria, lo más parecido al paraíso perdido. Y si la parienta ha asado unas caballitas y nos las pone por delante con su piriñaca… ya… no tiene nombre la cosa.

Y ¿qué hacer con un balcón si llueve o hace frío? Pues que hay que recurrir al cierro. No se si en tu ciudad hay cierros, por si acaso te lo explicaré. Es sencillo, verás. Se cubre el balcón, justo por dentro de la baranda, con un cerramiento de madera y cristales, desde el piso hasta la altura del techo de la casa. Y ya está, ya estamos libres de lluvia, viento y frío. Que hace bueno, se abren las hojas de ventanas y se asegura, por aquello del viento, con aldabillas, y de esta manera no se cerrarán bruscamente. Que hace malo, se cierran todas las ventanas y se mira a través de los cristales. La calle siempre a la vista, esto es lo importante.

Además, es un buen vivero natural para las macetas, llenas de luz y abrigadas de vientos y frío. Una tarde de lluvia leyendo o cosiendo, sentado en tu sillita preferida, junto al cierro, es una bendición. Y también, su techo, realizado con placas de zinc, es un hábitat perfecto para el anidamiento de palomas. En conjunto, un elemento perfecto no solo para la paz y el disfrute de los seres humanos, sino para la el cultivo de plantas y la crianza de pichones.

En el siglo XVIII hubo un problema, pero se solucionó pronto, no sin un costo adicional. Las señoras y señoritas usaban miriñaques para dar un vuelo artificial pero elegante a sus faldas, y ese artilugio necesitaba una estructura rígida de varillas para mantener abierta la falda, por lo que molestaba la parte inferior del cierro o del balcón. ¡Pues la solución es simple, se le da a la parte inferior la forma adecuada y ya está!



- Pero, Manolo, estas esquinas del cierro son muy antipáticas, cuando estás mirando algo y pasas la vista por ellas me lo pierdo de vista por un momento, ¡y en un momento puede pasar lo más interesante…! ¿no lo podrías arreglar?
- Siiiii… lo pensaré…
Ya está, saldrá algo caro, pero ya está.
- Eres un cielo, Manolo, ¿qué vas a hacer?
- Pues ¿qué va a ser?, que encargaré cristales curvos para las esquinas, que los he visto en casa de los Fossi. Sé que son caros, pero para ti no hay nada demasiado bueno…
- Manolo… mi Manolo…



Ese fue el motivo de la invención de los cristales curvos, y de las barandas curvas… Como se puede ver, la mujer siempre es motor de progreso y de arte…, todo debido a las curvas, como no… por algo lo femenino siempre estuvo enemistado con lo rígido y anguloso.

¡Ya viene el Nazareno, ya viene el Nazareno, vamos al cierro! Y desde allí, como almenas con toldillas, se ve llegar a la santa imagen en su gran pedestal, meciéndose como llevada por las aguas. Y pasa tan cerca que puedes tocar la plata de sus velones y extraer algo de su santidad para presignarte.

¡Ya está aquí la Virgen de los Dolores, bajo su palio, rodeada de flores y del fuego de sus infinitas velas encendidas!



Casi rozando las farolas, en el silencio de la noche, turbado solo por el crujir cimbreante de los varales, llega majestuosa.

Y todo sucede allí, bajo nuestra mirada atónita, tan cerca, que los aromas del incienso y el humo de las velas penetran por toda la casa, y los sonidos de las trompetas, de los tambores, y del gentío… toda una maraña de sensaciones que atraviesan milagrosamente hasta la última fibra del alma.

Todo ocurre en la calle…

Y luego, en Carnaval…
- Mira, ahí va la tía Juanita, vestida de guardia civil, y su marido, disfrazado de pulpo de La Caleta… ¡qué ganas de juerga tienen siempre! ¡No se cansan!

¡¡¡ Al rico pirulí de La Habana!!! ¡¡¡Arropías, llevo arropías!!! ¡¡¡Cangrejo, boca, camarone…!!! ¡¡¡Niña, recién cogiose, que dan sartos!!! ¡¡¡M’acaba de mordé un cangrejo moro, niña…¡¡¡



El gentío va y viene, como las olas, y el murmullo resuena como el batir de las olas en las rocas. Arriba, abajo, arriba… abajo. Todos ríen, bailan, se dicen cosas, se abrazan… todo el espíritu de las saturnales se infunde en las almas y en los cuerpos.

-¡Échame una copita, que estoy seco…! Y vámonos a tomarnos unas tortillitas de camarones en La Guapa… que están acabaítas de salir…





La Navidad, el Carnaval, la Semana Santa, el Corpus, el largo y cálido verano, los Tosantos… ¡y dicen que Cádiz no tiene fiestas…! Y es cierto, porque, como dijo el poeta carnavalero… si Cádiz está de fiestas… todo el año.





domingo, 17 de octubre de 2010

DE TEL AVIV A EILAT A TODA MÁQUINA



346 kms de vía férrea construida... ¡en un mes!

martes, 12 de octubre de 2010

CARTAS CON MI QUERIDA INDÍGENA




Buenos días bello señor.
Hoy 12 de Octubre
qué tienes que decir
en favor de los indígenas.
Bebo cafecito recién colao
y cocinao en fogón de leña
y arepas al budare igual con leña.
Este campo me embriaga de emoción
Reed Door de Elizaeth Arden
ya no figura,
se impone la fragancia silvestre.
Nace la primera flor plantada
por mis prodigiosas manos,
una hermosa Cala tan blanca como la leche
y su pistilo de oro.
Ella genera la enseñanza
fue cortada y nuevamente plantada
nació de nuevo
fue hallada en el camino
y hoy ha dado frutos, una flor,
una Cala.
MORIR Y NACER DE NUEVO.
Se me hace que sufrí dolores de muerte
se me hace que he nacido de nuevo
me siento despierta para comprender
que mi maestro es mi espíritu
que no lo hallaré si no vivo en él
que mi Dios está dentro de mi
que llevo un séquito de ángeles
tan hermosos como el tuyo.
Comprendo que no debo sentirme sola
pues hasta las piedras me hablan
como me habla la inmaculada
blancura de una hermosa Cala.
Viejo, no hay necesidad
de crear necesidades.

..............


Buenas tardes, bella dama.
se ve que tu corazón
ha echado brotes de nieve y de oro,
de aromas sutiles y ciertos.

Las flores del camino,
sencillas y puras,
y tus manos blancas y limpias
han hecho el milagro del Sol.

Naciste de la muerte,
y todo nace de ella, queriendo.
Los ojos de un niño
aprisionan la vida
y en el sencillo pesebre
nació el Niño Dios.

Las piedras, las flores
te hablan de luz,
y el viento cantos susurra
de dulces sonidos
a tu oído limpio .

Son ángeles, sí,
son tuyos y míos,
que cuidan tus días
y tus noches.

Amor.
No estás sola
está tu cala.
Estoy yo.

Siempre,
Siempre.

Sí.

viernes, 1 de octubre de 2010

COMODIDAD




Me parece que, por mi experiencia, vivir con comodidades excesivas conduce inevitablemente a una vida muy incómoda.

Recuerdo que se cuenta que Diógenes, lamparilla en mano, sí, ese que iba diciendo a voces en medio de la multitud de un mercado “busco a un hombre”, tiró su única pertenencia, un cuenco de barro para coger agua de la fuente pública, cuando vio a unos chiquillos beber de ella utilizando el cuenco natural de sus propias manos.

Carecía de la más mínima comodidad, no tenía casa ni pertenencia alguna, dormía en un rincón cualquiera y no se preocupaba por sus ropajes ni por su imagen externa. Pero, en cambio, se pertenecía a sí mismo, lo que no es poco.

Se cuenta también que una vez un hombre poderoso le abordó y le dijo:

- Diógenes, si fueras poderoso y rico como yo podrías obtener, como yo, el favor de los gobernantes y vivir cómodamente.
Diógenes le contestó:

- Y si tú fueras libre como yo, no tendrías que andar todo el día adulándoles, ni temeroso de perder sus favores. Yo, en cambio, tengo el favor de los dioses, a los que no tengo que adular ni tampoco temo perder sus favores.

Comodidad y libertad, he aquí dos circunstancias que parecen no llevarse del todo bien.

En cambio, Marco Aurelio fue emperador de Roma, y por lo tanto disponía de cualquier comodidad que deseara. Pero su condición de estoico le impedía, no disfrutarlas, sino dejarse esclavizar por ellas, lo cual es aún más meritorio, a mi parecer, que la libertad de Diógenes.

Cuento estas anécdotas de antiguos filósofos porque hoy día (por supuesto solo en el primer mundo) vivimos inmersos en tantas comodidades que estamos, no ya esclavizados por ellas, que lo estamos, sino rodeados de incomodidad debido a las mismas.

En cualquier casa se oye casi todos los días:

- Ya se ha vuelto a estropear la lavadora. ¿Cómo vamos a lavar ahora?
- Otra vez se le han acabado las pilas al mando a distancia de la tele…
- Tendré que llevar el coche al taller, a saber cuánto me costará ahora…
- Me tendré que comprar un traje nuevo para la boda de mi sobrina.
- ¡Otra vez goteras en el salón! Este vecino de arriba me tiene frito…
- ¡Se fue la luz, sin vitrocerámica y la comida sin hacer!
- Tenemos que ir pensando que vamos a hacer cuando nazca nuestro bebé. Tendremos que dejarlo con alguien, porque no podemos dejar de trabajar los dos, no nos llegaría para vivir…
(se entiende vivir bien, es decir, con todas las comodidades)

En fin, tu mismo podrías, lector, añadir muchos más ejemplos…

El resultado es que nos llevamos gran parte de nuestro tiempo “libre” enredados en solucionar los problemas que nacen de nuestras ansias de comodidad. De comodidad incómoda, diría yo.

Si hiciéramos como Francisco de Asís, quien decía:

- Para vivir necesito de poco, y de lo poco que necesito necesito muy poco.

indudablemente viviríamos menos “cómodos” pero mucho más tranquilos y libres.

Este difícil término medio entre comodidad y tranquila libertad es la clave del buen vivir, y, actualmente nos preguntamos cómo es posible que en países mucho más “pobres” que nosotros, sus habitantes tengan una menor propensión a las enfermedades cardiovasculares, menos estrés, menor índice de suicidios, y además una vida más calmada, alegre y feliz.

Decía un nórdico que una vez visitó Andalucía hace muchos años:

- Parece absurdo, pero con lo pobres que son son tan felices…

El ignorante nórdico no entendía que no hay tan estrecha relación entre riqueza y felicidad. La prueba es clara, ya que esos países tienen el mayor índice de suicidios y depresiones.

Obviamente no pretendo decir que los países paupérrimos de África sean los más felices, porque no hablo de carecer de lo esencial para la vida, como alimento, agua, techo, trabajo y recursos, sino de un sano equilibrio que distinga las auténticas necesidades de las superfluas.

El sistema económico hoy imperante necesita, para su mantenimiento, del consumo de cientos de cosas de dudosa necesidad, para lo que utiliza todos los medio de difusión para que lleguemos a considerarlos imprescindibles, todo en aras de una falsa necesidad. Con ello consiguen amasar grandes fortunas a costa de nuestra necedad.

Concluyo con una anécdota referente a Sócrates, quien fue llevado por sus discípulos a un gran mercando. Viendo la infinidad de cosas que se vendían, exclamó:

¡Cuántas cosas hay aquí que no necesito!