sábado, 26 de abril de 2014

CAÑONES DE CÁDIZ


Cualquier forastero no informado pudiera pensar que los hombres de Cádiz son de por sí guerreros, amantes de la guerra. Y lo digo porque al doblar cualquier esquina se encuentra, marcando el ángulo de las dos calles, un antiguo cañón empotrado.

Y sí que lo somos, y bien, pero, eso sí, sólo si alguien aparece por aquí con no muy buenas intenciones, a darnos la vara. El mismo Napoleón pudo comprobarlo acremente. Desde entonces fue nuestro “vajancia”. Fuimos el único territorio español que no consiguió pisar el francés.

Pero si el que llega mantiene las buenas maneras, entonces el gaditano es el más hospitalario, el más cariñoso y el más servicial. Se diría que cualquiera es de su familia, y lo trata como tal, como a su primo o a su cuñado, con la misma atención y con la misma ausencia de etiqueta. Si pregunta por cualquier sitio le acompaña hasta señalárselo con el dedo, si quiere comprar algo enseguida lo lleva a la tienda de su compadre, que le atenderá de lujo. Si lo que apetece es dormir calentito, pues le encuentra el lugar adecuado. Además cuenta con la ventaja de entenderse en veinte idiomas (por señas)

Pero resulta que Cádiz fue la puerta de entrada de la riqueza americana, y para cualquier pirata, era algo así como el Dorado europeo. Flotas que enarbolaban la bandera negra de los huesos y la calavera, y alguna que otra bandera nacional de países muy envidiosos y con pocos escrúpulos, asediaron, asaltaron y saquearon nuestra ciudad en varias ocasiones. Y hubo que amurallarla y cubrir sus murallas con cañones de artillería.

Así llegó Cádiz a convertirse en una auténtica fortaleza, donde sólo había una puerta para entrar por tierra, La Puerta de Tierra. Por mar era prácticamente impensable. Y gracias a eso, nuestra ciudad mantuvo casi intactas sus edificaciones, sus calles, sus iglesias y sus palacios. Más destruyó luego la piqueta de Don Dinero que todos los que intentaron robarnos las riquezas americanas entrando a saco.

Pero Cádiz dejó, con el tiempo, de ser puerta de las Américas, las Américas dejaron de ser tributarias de nuestro Reino, y la armada y su artillería se modernizaron. Las murallas y sus cañones ya no podían protegerla, y ni falta que hacía. De este modo, las hermosas murallas, poco a poco y hasta hoy, han sido, y son, balcones al mar para delicia de propios y extraños, lugares idóneos para arrojar “la anguá” y colocar la caña de pescar, y diván improvisado para amantes que gustan de amar a la luz de la luna.

Y aquellos cañones que tronaron una y otra vez ofreciendo su fuego a los que, sin el menor rubor, se nos acercaban a robarnos, esos temidos cañones de Cádiz, que ahuyentaron a flotas de las mas variadas banderas, pasaron a cumplir en su jubilación tarea más humilde. Protegieron nuestras esquinas de los golpes de los coches de punto que pululaban nuestras calles y plazas, porque, ya se sabe, siempre han habido locos conduciendo.

Y hoy, cuando me acerco a alguno de ellos, los acaricio con cariño y agradecimiento, consciente de que una vez nos protegieron, salvaron el pellejo de nuestros bisabuelos y las fachadas de nuestras bellas casas e iglesias.

Ahora estás jubilado, hermoso y gallardo cañón, pero mereces bien tu benigno descanso. Y es seguro que tendrás infinitas historias que contar a cualquier gaditano o forastero amante de nuestras cosas que se moleste en preguntarte, como el nieto le pregunta a su canoso y plácido abuelo.




viernes, 25 de abril de 2014

R. WAGNER, CORO DE LOS PEREGRINOS DE TANNHÄUSER

Especialmente dedicado a mi hermano Carlos...

martes, 22 de abril de 2014

sábado, 19 de abril de 2014

miércoles, 9 de abril de 2014

LA GRASIA DE CAI



























     Hablaba con un viejo amigo, casado felizmente con una mujer japonesa, matrimonio de muchos años, cosa por cierto hoy poco corriente, sobre lo difícil y complicado que puede resultar para un gaditano entenderse con una persona nacida en oriente, como es su caso.
   
       Yo le decía que ya es difícil entenderse con un español del norte, como pudiera ser un catalán, un vasco o un gallego. Y, apurando más aún con un andaluz de cualquier otra provincia, granaíno, por poner un caso. Así que con una japonesa…
   
       No lo digo, por supuesto, en el terreno del lenguaje, que todos sabemos es difícil también, o en las costumbres, o en la cultura. Y si no lo cree así, pruebe un gaditano a explicarle a alguien que no lo sea en qué consiste que algo esté “cambembo”. Poco menos que imposible que lo podamos explicar, y mucho más imposible que el otro lo entienda. Yo, en este caso, para no empeñarme en algo destinado al fracaso, lo que hago es enseñarle una sartén cambemba, o una mesa cambemba. Así es más fácil que lo comprendan.
   
       Lo verdaderamente difícil, que a veces se convierte en un tormento para el gaditano, y mucho más aún para el forastero, es entender la grasia de Cai. El doble sentido, la exageración, el hablar en serio algo que es en broma, o en broma algo que es serio, y otras muchas cosas propias de aquí.
   
       ¿Cómo puede entender un forastero que llamemos cariñosamente a alguien “hijo puta”, por ejemplo, y nos quedemos tan tranquilos ese alguien y nosotros? ¿Y por qué no puede entenderlo? Pues porque ese alguien, también gaditano, sabe perfecta e inmediatamente si se trata de un apelativo cariñoso o de un insulto, pero el forastero no puede entender cómo logra adivinarlo en décimas de segundo.
   
       La guasa no tiene cura, dicen por aquí. Y es bien cierto. Está tan enraizada en la gente de Cai que, si tratáramos de extirparla sería imposible, a riesgo de extirparle su esencia de gadita.
   
       Por experiencia, creo que lo más complicado para un forastero es conseguir descifrar rápidamente si lo que un gadita le cuenta se trata de algo en serio, verídico, o lo está diciendo en broma. Lo más usual es que piense que le está tomando el pelo, e incluso más de uno se ofende.
   
       Para mí es un auténtico placer y un baño gadita el hacer cola en el puesto de churros de mi amigo El Luna, el del puesto de La Guapa, y sobre todo en verano, que hay mucho forastero. Me contaron que el mes pasado, agosto, había una cola considerable esperando para comprar los excelentes churros que hace y vende allí mismo, a la vista de los clientes. Y en estas, llegó un hombre que, saltándose la cola, pidió que le despacharan. Por supuesto, El Luna le señaló la cola, con una breve pero clara instrucción, a lo que el hombre, que era forastero, le espetó en alta voz:
   
       - Oiga, que yo no soy de aquí, que soy de fuera…
   
       Tras oír toda la cola tan absurdo argumento, comenzó el cachondeo.
   
       - Venga, Luna, despáchale a este hombre ya, que no es de Cai.
   
       - Joé, Luna, ¿lo vas a hacer esperar? ¿No te ha dicho que es de fuera?  ¿Qué van a pensar de la gente de aquí, que hacemos esperar a los  veraneantes? A lo mejor el hombre tiene prisa, o lo está esperando su  familia en la Caleta con el cafelito en la mesa…
   
       - Desde luego, Luna, eres un cabrón. A partir de mañana me voy al  puesto de al lao, sieso. ¡Vaya forma de tratar a una persona que es de  fuera…!
   
       En fin. A qué abundar. Os lo podéis imaginar. Guasa y risa para un buen rato.
   
       Esto es una anécdota de los cientos que se pueden vivir todos los días. Me han contado que hay gente “de fuera” que va a ver los partidos de fútbol en Cádiz no para ver el partido, que es lo que menos le interesa, sino para escuchar los comentarios de los que tiene alrededor. Por supuesto, coincido con ellos. Los comentarios suelen ser mucho más interesantes que el partido. Mucho más. Y sobre todo para una persona “de fuera”.
   
       Tengo amigos y amigas sudamericanos, inteligentes y con sentido del humor, que han tardado años en acomodarse a este batiburrillo verdaderamente infernal del doble sentido y de la guasa, de la mezcla constante entre lo serio y lo jocoso, entre lo cierto y lo falso, entre lo justo y lo exagerado.
   
       - Quillo, el otro día estuve a punto de coger una corvina de tres kilos.
       - ¿Se te perdió? ¿Rompió la línea? ¿No pudiste subirlo? ¡Que pena ¿no?!
       - ¡Qué va! ¡Peor! Estuve a punto, pero se dio cuenta el del puesto del pescao…
   
       Todo el día igual. De ahí la fama que tenemos de que todo lo tomamos a broma y de que no hay manera de entenderse con nosotros.
   
       Pero yo diría que sí que hay forma. Es cuestión de paciencia, cariño, sentido del humor y finura de inteligencia. Y lo que sí puedo asegurar a cualquiera es que, una vez conseguido, se tiene uno asegurado una vida alegre, risueña y apacible en esta tierra, difícil, sí, pero, como todo lo valioso, inapreciable.



sábado, 5 de abril de 2014

viernes, 4 de abril de 2014

HERMANO


Hermano… Hermano… Quédate aquí conmigo un poco más. Me recordarás a nuestro padre. Me recordarás a nuestra madre. Me recordarás mi origen, nuestro origen. Me indicarás otra vez la senda que ellos nos marcaron, la vida que para nosotros quisieron aquellos que nos dieron la vida, esos que son la hermosa familia a la que pertenecemos.

Hermano, no te vayas nunca de mi lado. Y si estás lejos piensa en mí, sigue creyendo en mí, sigue hablándome, sigue recordándome. Será suficiente. Seremos hermanos hasta más allá de la muerte, porque somos hermanos de lo alto, y juntos estaremos por siempre.

Has hecho un largo viaje, hermano. Ven, siéntate aquí conmigo, junto al fuego. Lavaré tus pies y tus manos. Curaré tus heridas, mientras tú me relatas tus batallas, tu guerra y tus conquistas. Descansa de tu dolor y de tu cansancio. Comparte conmigo tu gloria, para que pueda sentirme orgulloso de mi sangre.

Hermano… tus pies anduvieron largos y dolorosos caminos, tus manos empuñaron armas pesadas, y enfrentaron terribles enemigos. Pero tu gloria es grande, y tu destino celeste. Descansa esta noche en mi casa, en mi lecho más mullido, y hazme el honor de sentirme de tu sangre y de tus huesos.

Y mientras descansas, yo velaré tu sueño y velaré mis armas. Les daré el brillo que merece nuestro nombre, y puliré en ellas nuestro emblema, y soñaré batallas que libraremos codo a codo. Y mañana, al despuntar el día, marcharemos, cabalgando juntos hacia nuestra guerra, y nuestras risas y nuestros gritos alegrarán el cielo y alegrarán la tierra. Y junto a los de nuestra estirpe, como un solo corazón y como un solo brazo, levantaremos nuestras brillantes espadas a lo alto, y, otra vez juntos y fundidos en un solo espíritu, conquistaremos la victoria que nos pertenece.

Hermano…, hermano…, tú y yo…, nuestra familia…, solo somos uno.