sábado, 23 de abril de 2016

miércoles, 13 de abril de 2016

FRATERNIDAD Y GLOBALIZACIÓN


Yo me considero un defensor de la fraternidad entre todos los seres humanos, sin ninguna distinción ni de sexo, ni de color de piel, ni de religión, ni de condición social,
ni de nacionalidad, ni ninguna otra que se nos pueda ocurrir.

Y lo soy porque creo en el alma de los seres humanos, y las almas no son diferentes. Todos participamos de los mismos anhelos, inquietudes y alegrías. Y todos somos herederos del acerbo espiritual de nuestros congéneres que nos han precedido en la historia.

Muy bien lo expresó Shakespeare en “El mercader de Venecia”:

"Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos?..."

…Seamos quienes seamos, compartimos la condición humana en los intereses que nos son más propios, el amor, el dolor, la dignidad, la muerte, el honor y cualesquiera de las características que nos identifican.

Por ello, deberíamos considerar a todos los hombres como nuestros hermanos, ya que somos nacidos de la misma raíz, y ansiamos resolver los enigmas que de forma común nos plantea la vida.
Pero la fraternidad busca la unidad de los hombres, pero no su igualdad absoluta. A todos nos es conocido que en familia de varios hermanos, aún habiendo recibido la misma educación, hay disparidad de caracteres. Nunca son copias unos de otros. Existe sí, un lazo de sangre, una hermandad, pero no existe igualdad, ni siquiera en los gemelos.

Ser fraternos con el prójimo lo que exige es que mantengamos con él siempre la cortesía, la cordialidad, el respeto y una buena convivencia. Y no es poco. Nuestra experiencia diaria nos muestra lo escaso que estamos hoy día de estas virtudes. Otro mundo sería este si las practicásemos con asiduidad.

Habitualmente, en ámbitos pequeños, como una reunión de propietarios de una comunidad, o en grandes, como puede ser la Comunidad de Naciones, la ONU, o la Unión Europea, la hermandad es muy escasa, por no decir nula. Cada cual vela exclusivamente por sus intereses sin importarles nada los de sus vecinos. Y, como nadie puede imponerse al otro, las discusiones e incluso insultos son interminables, con  lo que todo termina en más desunión que, en contra de lo que debería esperarse, en más unión.

Pero lo que se ha impuesto en nuestros tiempos, poco a poco pero con un gran éxito, es la idea de la “globalización”. Y lo que nos está trayendo hasta ahora es una gran crisis mundial. No debe constituir para nosotros ninguna sorpresa, pues el germen de la desunión está en el mismo desarrollo de esa idea.

Como el dios de nuestro siglo es el dinero, el actual becerro de oro bíblico, es un movimiento realizado por sus adoradores, no para lograr la concordia entre los hombres, sino para ahondar más en la discordia, no para beneficiar a los países, sino para someterlos a los mitos que convienen a los magos negros.

Vivimos inmersos en un materialismo (adoración a lo material) que ha conseguido casi destruir lo más noble de los hombres, la espiritualidad, lo sagrado, lo tradicional, aquellos fundamentos que han sido siempre los cimientos del desarrollo de las civilizaciones auténticas.

Nos han convencido que el dinero, la ciencia y la tecnología son la trinidad que nos traerá la felicidad a los pueblos. Y para mí que el más remoto poblado escondido en la selva tropical mantiene mucho mejor que nosotros el ideal de fraternidad.

Día a día, mes a mes y año a año, los imperios nefastos de la globalización imponen su forma de ver la vida (siempre a través del dinero), sus costumbres, siempre de nulas ética y estética, a la vez que van vaciando de contenido las tradiciones de siglos de las diversas comunidades del globo. Y esta base tradicional, constitutiva de idiosincrasia de cada una de ellas, está siendo demolida, cuando en realidad, la hermanad incluye el respeto a todas las culturas y la de cada pueblo en particular.
Las grandes luminarias de las civilizaciones que nos antecedieron son sumidas en el olvido o en la difamación. La cultura y el arte en todas sus facetas prácticamente no existen, ya que lo que tales se llama están vendidos al poder del dinero.

Alguien llegó a decirme que la filosofía había muerto ya en el siglo XIX. Esto es una prueba del desarme que se ha ido realizando de los instrumentos de que dispone el hombre para su desarrollo como tal.

Esta idea absurda, que ya no es solo idea, puesto que se está plasmando en el mundo, ha llegado a los últimos rincones del globo con la intervención de los medios de comunicación social. Parece que es una constante y desgraciada realidad que estos medios sean manejados siempre para mal que para bien. Está claro que los mueve el dinero, que está siempre en manos de los magos negros. La televisión, la radio, los periódicos, los libros que se publican… todos están intervenidos por el becerro de oro. Y llevan a la ingenua población a ajustar sus vidas a lo que en esos medios se proponen como componentes de la felicidad, el tener más dinero, a costa de lo que sea. Es la nueva moral, a saber: si algo da dinero es bueno, si no lo da es malo.





miércoles, 6 de abril de 2016

HOJAS,FLORES Y FRUTOS


 Paseaba distraídamente por una calle soleada, y mis ojos tropezaron con la esquina descuidada y seca de un pequeño jardín. Unas yucas viejas sobrevivían estoicamente en una tierra yerma y desabrida. Pero ¡oh, milagro! en sus pináculos lucían los grandes penachos blancos de flores que hacen de corona de su verde arquitectura.

 Amo las plantas, y algo se movió en mis aires y en mis pasos. ¡Dando flores en su situación! Me resultaba sorprendente.

 Me vino a la memoria mi amigo Carreño, el campero, aquél día que le pregunté por qué mis tomateras solo daban hojas y hojas, pero no me regalaba flores amarillas ni las veía parir las verdes bolitas.

 Tras mucho preguntarme sobre como las trataba, emitió su veredicto, para mi inapelable: las regaba mucho, mucho más de lo que debiera. Por eso no daban flores ni frutos. Tienes que hacerlas penar –me dijo-, solo así te darán frutos. Solo así sus raíces la fijarán a la tierra y será fuerte. Como tú las tratas saben que nada les falta y se dedican a vivir confortablemente, no se esfuerzan en nada.

 Sus sabias sentencias de viejo labrador se quedaron grabadas en algún lugar de mis misterios, por paradójicas, por sabias y también por incomprensibles.

 Mucho más tarde, y en etapas de mi vida que fueron duras pero fecundas, volvieron a mí. Y pude ver que así era. Y supe que un marino se hace marino en las tormentas y en los temporales, y en los restos del naufragio, mucho más que en sus travesías de bonanza.

 Mis yucas... mis tomateras... ¿son quizá habitantes de mi alma?



martes, 29 de marzo de 2016

DISCUTIR





- Oye, ¿tú de qué estás tan gordo?
- ¿Yo? De no discutir.
- ¡Hombre! Eso no es posible, tiene que ser de otra cosa.
- Pues sí,… es posible que sea de otra cosa…

 A mí me cuentan muchos chistes, será porque yo los cuento también. Me gustan los chistes, sobre todo porque casi todos encierran alguna enseñanza de la vida. Y este que acabo de contar también.

 Hay gente a la que, incomprensiblemente para mí, le gusta discutir. De lo que sea. Hay incluso gente que su manera de conversar es la discusión. No practica, o no sabe, otra. Pero yo creo que la discusión es no solo perfectamente inútil, sino dañina.

 Es preciso ser consciente de que cuando dos o más personas discuten, el discurso de cada uno está enfocado a imponer su visión del tema. Y, teniendo en cuenta esa meta, cuando una persona discutidora expone algo, cualquier otro enfoque que exponga alguien que esté presente, y que no se ajuste al suyo, será tratado por ella como un enfoque del todo erróneo y además como una ofensa a su buen criterio. Y por lo tanto sus esfuerzos no se dirigirán a reafirmar sensatamente el suyo propio, sino a desbaratar el ajeno.

 Lo más característico de la situación es que ninguno de los discutidores escucha atentamente la disertación de otro, sino que únicamente analiza lo que le da la razón y lo que se la quita. No reflexiona sobre el punto de vista ajeno, que al parecer no le interesa en absoluto, sino que pasa todo el tiempo comparándolo con el que él tiene para tratar de encontrar en las palabras que dijo las que pueden avalar su versión. Su proceso de pensamiento va siempre dirigido a encontrar rápidamente argumentos con el que rebatir cualquier planteamiento contrario al suyo, o a buscar en los discursos ajenos aquello que puedan apoyarlo.

 El resultado es que la comunicación es nula y el derroche de energía inmenso. Y lo que es aún peor, no sólo se malgasta el tiempo y las palabras, porque en las discusiones siempre está presente una gran implicación emocional, con lo que estas situaciones son una sangría de fuerza muy grande.

 Estos episodios suelen acabar en rencores, reproches, desprecios, e incluso muchas veces en violencia: agresiones, mentales, psíquicas e incluso físicas. ¡Lo que era únicamente (o debiera ser) tratar de compartir visiones sobre las cosas de la vida!

 Sabemos que la comunicación es difícil, pero de esta manera no es solo difícil, es simplemente imposible.

 Yo por mi parte, ante un discutidor, siempre diré que posiblemente esté gordo no por no discutir, que es muy posible que sea por cualquier otra cosa.




martes, 15 de marzo de 2016

COMPRENSIÓN

 Hay una prueba para saber si comprendemos bien algo.
Consiste en explicárselo a tu abuela mayor.
Si lo comprende es que nosotros lo hemos comprendido también.
Albert Einstein


Esta prueba que nos propone el Sr. Einstein es definitiva. Lo más complicado, si se comprende, puede explicarse en el lenguaje más sencillo.

Probad a explicar a vuestro hijo de cinco años quién es Dios, o porqué amáis a su madre, o porqué existe el trabajo. Si él consigue entenderlo es que vosotros lo comprendéis. Si no… lo más probable es que no lo comprendáis, y la causa más probable es que nunca os lo planteasteis. Por algo son incómodas las preguntas de los niños. Y esta incomodidad que producen es la causa de la pérdida de tantos filósofos precoces.

Generalmente el asunto termina con un: “Niño, porque sí, y ya está.” Ahí acaba la vida de un buscador de la verdad de las cosas. Semejante asesinato de la curiosidad es el germen de futuros adultos que nunca se preguntan nada. Y si no se preguntan nada, nada comprenderán nunca.

Hoy la comprensión es algo en verdad raro. Hay mucha gente que cree que sabe cosas, y que además las comprende, y lo creen simplemente porque han leído libros. Si esto funcionara así, podríamos comprender perfectamente el pensamiento de Platón, gracias a que sus escritos están publicados en casi cualquier idioma.

Pero… no basta leer. Leer sabe un chico con, digamos, diez o doce años. Pero comprender… puede ser cuestión de una vida. Y a veces una vida solo alcanza para comprender muy escasas cosas importantes. E incluso a veces para no comprender ninguna, es decir, nada.

Últimamente he recibido muchos emails con una pretendida respuesta de S. Freud a una pregunta de una pretendida alumna, o entrevistadora. Es como sigue:

- Doctor, usted que es un eminente psicoanalista, ¿Cómo cree que debe ser un ser humano válido como tal?
- En mi opinión, responde Freud, alguien que sabe amar y trabajar.

El simple deduce de ello que es fácil ser un ser humano válido. Al fin y al cabo solo es necesario amar y trabajar, y yo ya trabajo y amo a mi mujer y a mis hijos, y también a mis amigos. Así que ya está.

Si todo fuera tan sencillo… Pero aprender a amar y a trabajar no lo es, como no lo es nada de lo que es importante y decisivo en nuestras vidas. En el camino a lo real no hay nada regalado, todo debe conseguirse con nuestro trabajo. De reflexión, de asunción de nuestra ignorancia, de auténtica humildad, de paciente trabajo, de experiencias, de amplitud de miras, de… de muchas cosas.

No somos sabios por naturaleza. Llegar a ser sabio, al que le interese esto, claro, es una carrera muy larga. Si llegar a ser médico, ingeniero o arquitecto toma cinco o diez años, llegar a comprender lo esencial de la vida ¿cuánto nos tomaría? Posiblemente la vida entera.

¿Cuántos años de intenso trabajo, de estudios, de reflexión, de prácticas en su profesión creéis que necesitó S. Freud para concluir que el hombre culmina su vida consiguiendo ser doctor en las artes de amar y de trabajar? Me parece que muchos… Y con el grado de formación que tuvo este genio ¿seguimos considerando tan sencillo conseguir lo que afirma? A veces, casi siempre diría yo, somos muy ingenuos.

Hay mucha gente que cree, y lo defiende, que todo ser humano por naturaleza comprende lo que es bueno, lo que es justo, lo que es bello, lo que es verdadero. Esta comprensión se supone que nace con cualquier ser humano. ¡Qué mundo tan perfecto tendríamos si esto fuera así! Porque, contrariamente a lo que se piensa, el sabio que logra comprender estas cosas y vivir conforme a ellas no es un ser amargado, triste, y que vive así por obligación moral, sino que resulta que es un ser alegre, feliz y actúa libremente y por libre elección.

Decía un sabio que conocí que hay una prueba irrefutable para saber si alguien que parece sabio por sus palabras y actos es sabio en verdad.

La prueba del algodón era:
Si es alegre, veraz, honrado y trabajador, lo es en verdad. Si no, probablemente sea un farsante.

Esta vida no es un valle de lágrimas y el que se amarga en cumplimiento de su “moral” es en verdad un amoral, porque dispone de una moral ficticia e inexistente. Más le valiera dedicarse a cualquier otra cosa que lo hiciera mínimamente feliz.





domingo, 6 de marzo de 2016

lunes, 29 de febrero de 2016

LUZ Y ENVIDIA



Refugiado en mi pequeño lugar, casi inmóvil,
miraba las cascadas de luz que surgían de lo alto.
La veía robar destellos dorados,
plateados y cobrizos.
Miraba hechizado los brillos en su movimiento,
en su armonía.
Y todo envuelto en una música suprema.

Los trombones de oro,
la plata en las flautas.
Negro carbón de los oboes,
la pesada tuba y los clarinetes
y las trompetas.

Todos entrelazados en el fino papel.
Todos llevados del brazo de la delgada batuta.
Unos hablaban, otros contestaban.
Todos reían, todos lloraban.

No, no eres tú mi cantar,
no puedo cantar ni quiero
a ese Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar.

Cantaban... cantaban llenando el aire,
robándome el aliento,
abriéndome el pecho,
moviendo mi corazón.

Un pequeño de pelo dorado
apresó mi mirada.
apenas mi hijo,
...casi mi padre.

Una trompeta en sus manos
vibraba el espacio.
Más grande que sus manos,
más pequeña que su alma.

Miré la batuta.
Abría en el aire,
dibujando los pasos,
la marcha solemne,
los ritmos sagrados.

Cuatro por cuatro,
repetía insistente.
... Su padre murió,
días atrás acaso.


Sus ojos brillaban,
su cara encendida...
Envidié su alma...
Envidié su vida.





Dedicado a mi director musical, en una  noche, entre las bambalinas del Teatro Falla, a los pocos días de la muerte de su padre.




martes, 23 de febrero de 2016

DISCERNIMIENTO


El Ave Kalahansa es, en uno de sus aspectos, símbolo del discernimiento. Se decía que cuando bebía agua mezclada con leche era capaz de tomar solo la leche y desechar el agua.

El alma de la palabra discernir la podemos encontrar en su etimología latina, del verbo discernere, cuyo significado es: “distinguir una cosa de otra por la diferencia que hay entre ellas”.

En esta ocupación me parece que pasamos ocupados la totalidad de nuestra vida. La empleamos continuamente en nuestro esfuerzo de separar lo auténtico de lo falso, lo bueno de lo malo, lo luminoso de lo oscuro, y separar todas las mezclas que, inevitablemente se nos presentan los hechos, a veces tan íntimas como el agua y la leche. Nos va en ello todo nuestro avance y progreso en la difícil tarea de distinguir lo real de las apariencias, de llegar a conocer la diferencia en nosotros entre lo que somos y lo que creemos ser, de conseguir ver las leyes que nos mueven, que, como nos indica la analogía, son las mismas que mueven la Naturaleza y el Universo.

Pensemos un poco en nuestro propio cuerpo y sus órganos.

El sistema digestivo es capaz de aprovechar lo que realmente necesitamos de los alimentos que ingerimos, desechando todo aquello que es inútil, innecesario o perjudicial. Y lo hace por esta virtud del discernimiento.

El sistema respiratorio toma aquellos gases que nos son beneficiosos y desecha aquellos que son perniciosos o inútiles.

El sistema renal depura los líquidos presentes en nuestro organismo, tomando los que nos interesan y apartando de nosotros aquellos tóxicos o sobrantes.

El sistema circulatorio dispone de sistemas de defensa, los leucocitos y plaquetas, con el fin de mantener pura nuestra sangre y eliminar todo aquella escoria que por haberse introducido en su torrente, nos pueden dañar.

Nuestro sistema glandular mantiene la armonía y el equilibrio en el funcionamiento de todo nuestro cuerpo, en servicio a nuestra misión corporal, desde el nacimiento a la muerte, disponiendo adecuadamente en cada instante las proporciones correctas de vertido de sustancias necesarias para nuestra sobrevivencia y nuestra reproducción.

Y así, uno por uno, todos, por virtud del discernimiento, mantienen el increíble y milagroso mantenimiento de la vida.

Pero esta virtud, ley universal, no solo podemos observarla en nuestro cuerpo físico o en el de cualquier ser vivo, sea un átomo, un mineral, una ameba, un vegetal, un animal, un ser humano, un astro o una galaxia o cualquier manifestación de la que tengamos conciencia. En verdad, todo lo existente dispone de vida, está vivo, y usa continuamente de discernimiento.

Si pensamos en el ser humano, no solo necesita de esta herramienta para mantenerse vivo. A poco que observemos las cualidades del hombre distinguiremos en nosotros otros aspectos de la vida que no son medibles ni pesables. Somos conscientes de nuestras sensaciones, nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestro pensar y, como no, nuestra capacidad de discernir.

Y en estos asuntos es donde nos resulta más importante y más difícil manejarse con el discernimiento, porque nuestro físico actúa automáticamente. No necesitamos estar pendientes de que nuestros pulmones funciones ni que el corazón lata. Es un mecanismo perfecto que funciona por sí solo y resulta algo maravilloso pensarlo. Una vez, en una tertulia científica a la que asistí, el ponente nos planteó que podríamos morir por el fallo de cualquier sistema de los muchos que tiene el cuerpo humano, y que, por lo tanto, resultaba milagroso que estuviéramos vivos. No nos imaginamos la asombrosa manera en la que nuestro cuerpo gobierna con precisión de relojero suizo la enorme complejidad que supone mantenerlo vivo. En suma, es un perfecto instrumento y su funcionamiento es automático.

Pero nuestros aspectos emocional y mental son cuestiones diferentes.

Estas potencialidades humanas, cuando no carecen de dirección ni de control tienen “autonomía propia” para funcionar. En la mayoría de ocasiones funcionan así, sentimos y pensamos lo que aleatoriamente llega a nuestro interior, sin preocuparnos demasiado qué sentimos ni qué pensamos, ni si nos conviene dejarlas entrar, aceptarlas y considerarlas o bien tratar de eliminarlas o de ignorarlas por inútiles o dañinas.

Hubo un tiempo que yo viví de joven en que esta actitud estuvo de moda, y se le llamaba “fluir”. Consistía en admitir como correcto toda emoción o sentimiento y todo pensamiento que de forma “natural y espontáneo” acudía a nuestro interior. Esto convirtió en un desastre a muchas personas que se abandonaros a esta actitud y terminaron en un nihilismo total. Estaban a merced de lo que surgía, sin discriminación alguna. No se planteaban ninguna meta ni ningún camino y sus vidas eran parecidas a un navío a la deriva. Cualquier cosa que llegaba a su mente o a su corazón era inmediatamente admitida. Pero… con esta especie de “barra libre” se le colaban cualquier tipo de cosas, muchas contradictorias entre sí o directamente contrarias. Sin ningún tipo de educación propia ni emocional ni mental,  llegaban a no convencerles nada, ya que nada hacían por progresar hacia el bien para sí propio. Sus actos dependían siempre de impulsos exteriores o, aún peor, de raíces instintivas.

Todo ello se produjo por la ausencia del filtro del discernimiento, virtud que cuando desarrollamos, nos hace distinguir entre aquello que nos hace bien y aquello que nos hace mal.

Hoy en día estamos muy preocupados en qué hace bien a nuestro cuerpo y qué hace mal. Hay dietas que evitan ciertos alimentos y recomiendan otros, hay que tomar antioxidantes, o ser vegetarianos, o también veganos, ect.  Pero ¿quién cuida de los alimentos de nuestro sentir y nuestro pensar? Una de tres, o creemos que no hay que cuidarlos, o ni siquiera nos planteamos que podamos hacerlo o creemos que es un intento difícil y de escaso valor. ¿Es que lo que sentimos, lo que nos apasiona, lo que pensamos, las ideas que circulan por nuestra cabeza no tienen la mayor importancia? Pues para información de los que “fluyen”, cada vez la medicina acepta más y más que prácticamente todas las enfermedades surgen en los niveles emocional y mental del ser humano. Aunque sólo fuera para conservar la salud ya sería importante. Pero no solo eso es por lo que debemos emprender la ordenación de esos planos de nuestra naturaleza. Cualquier ser humano que pretenda iniciar un camino hacia una meta del tipo que sea ha de hacerlo. De otra manera, las energías de que naturalmente dispone se diluirían en un caos sin sentido, orden ni fin.

Se dice que el temperamento nace con nosotros, pero que el carácter se forja a lo largo de la vida. La cuestión pues es forjar el carácter. ¿Y cómo se hace eso? Para empezar, forjando la herramienta del discernimiento. Será necesaria. Y luego… ya lo hablaremos otro día.


lunes, 15 de febrero de 2016

RUIDOS





Sorprendentemente, todos vivimos inmersos en el ruido. ¿Es que nos gusta? ¿O es que lo necesitamos?

Seguramente es lo segundo. El ruido es muy eficaz para impedirnos escuchar. Escucharnos. Por eso nunca escuchamos lo importante. Por eso nunca escuchamos lo que en verdad nos importa. Porque nuestro hablante es silencioso, y más que hablar, susurra. Y no se puede escuchar un susurro en medio del ruido.

Y porque tememos el silencio buscamos el ruido. De un motor, de un televisor, de una multitud, de un partido de fútbol, de una fiesta, de una reunión, de una radio, de lo que haga falta… con tal de esquivar la inseguridad del silencio.

Y, poco a poco, el hablante se cansa, y ya no dice nada. ¿Para qué? No estamos dispuestos a escucharle, no nos interesa lo que nos dice, nos incomoda, puede plantearnos cosas difíciles, puede pedirnos explicaciones, puede acuciarnos a tomar senderos complicados y escarpados… en fin, puede poner en peligro nuestra “comodidad”.

La aceptación del silencio quizá sea el primer paso para encontrar la puerta del camino, de la senda… la escondida senda por donde han ido…