miércoles, 15 de abril de 2015

martes, 7 de abril de 2015

AZOTEAS DE CÁDIZ

En Cádiz, las casas comienzan en la casapuerta, nombre gaditano de zaguán, que se dice en algunos sitios “SanJuan”, quizá porque crean que es un nombre más acorde y más bonito que el otro, y para mí que es así. Y, comenzando por la casapuerta, termina en la azotea, también llamada terraza en otros lugares, pero aquí tomó su hermoso nombre del árabe. No se hicieron aquí las casas con techo de tejas porque no hay nunca peso de nieve que soportar. Así que las casas tienen dos espacios comunes, el patio y la azotea.

En nuestros días, las azoteas tienen poca utilidad, y por lo tanto, poca historia, no así en mis tiempos de niño y adolescente. En esos años, la azotea era como un lugar de encuentro de los vecinos, aún más que el patio central de la casa.

Había en ellas un pequeño cuarto donde los vecinos lavaban la ropa, el lavadero. Lo presidía un gran recipiente circular de barro que se llenaba con agua, el lebrillo, se colocaba una tabla de madera de superficie ondulada y se restregaba la ropa mojada con jabón verde, antaño el único disponible, y hoy muy apreciado e imitado por su naturaleza neutra y su eficacia limpiadora. Ese era todo el equipamiento del magnífico artilugio, probablemente traído a Al-Andalus supongo que por los árabes, quienes trajeron casi todos los refinamientos en materia de limpieza e higiene.

Y ¡qué de historias sabía el lavadero! ¡si el lebrillo hablara…! Bueno, al fin y al cabo era normal. Ese cuarto solo se usaba por las mañanas o por las tardes hasta que se ponía el sol, porque no era usual que hubiera bombilla. Pero luego por la noche, y oscuro… ya se sabe, los niños son niños, pero luego crecen, claro y…, bueno, es fácil imaginar. Para mí que más de un gaditano fue fabricado en un lavadero y nacería con una fragancia a jabón verde y a ropa limpia envidiable.

Luego cayó en desuso y hoy en día solo se consiguen sus elementos en algunos anticuarios a precios exorbitantes. Tan raro se ha vuelto ver uno que no he podido encontrar una sola imagen de un lebrillo en el buscador de Google. De la tabla de lavar sí que he encontrado, y me parece que sé porqué. En casi todos los pueblos había un riachuelo cercano, donde se iba a lavar, pero en Cádiz, casi una isla, como no se lavara con agua de mar… así que se necesitaba un recipiente, el lebrillo.

Pero ¿y el agua dulce? porque entonces no llegaba el agua a la azotea, y las casas solo tenían un solo grifo, en la cocina, así que para coger agua era preciso avisar a todos los vecinos de los pisos inferiores para que cerraran los suyos. La solución era subir en cubos agua del aljibe que estaba… ¡en el patio! Eso eran otros tiempos, en los que las señoras no necesitaban ir al gimnasio.

Una vez limpia, y tras el remojo en agua azulada con añil, la ropa se escurría bien y se ponía a solear en la azotea. Había que evitar que el levante hiciera de las suyas, para lo que se le colocaban encima unos pesados pelotes, redondos como cocos, que aún hoy no se de donde se sacaban. Luego ya se le sacudiría el polvo que inevitablemente hubieran acumulado.

Pero, claro, estábamos también los niños, y ocurría que la azotea era nuestro improvisado campo de fútbol, en el que celebrábamos un día sí y otro también un partidito entre los vecinos.

Yo era un niño, pero participábamos todos, incluso Eulogio, el ditero, que era ya más que talludito. Y claro, había que evitar pisar la ropa, pero… en el fragor del partido… a punto de meter un gol, la ropa acababa con las huellas de nuestro ajetreo, con la consabida reprimenda de nuestras esforzadas madres y alguna que otra esposa.

La pelota, por llamarle de alguna manera, no era ni siquiera de trapo. Las hacía Alfonso, quien, aprovechando un descuido de su madre, despistaba un calcetín de su padre, el cual, relleno de papel de estraza, cosido, vuelto, y otra vez cosido, hacía las veces de balón. Pero no era de cuero, y cuando alguien la pisaba en una atrevida jugada se convertía en algo parecido a una tortilla, que más que rodar, era arrastrada.

Las más de las veces acababa en la azotea de un vecino. -¡Ya la has embarcao!- se escuchaba, palabra marinera que significaba que se había ido allende los mares, en nuestro caso a un lugar inaccesible. A veces se la rescataba, con el riesgo de mi hermano mayor, que era experto en bajar y subir bajantes de agua, y la de un vecino, que saltaba con la facilidad de un hombre del circo de azotea en azotea. Y si no era posible rescatarla, pues… al padre de Alfonso aún le quedaban calcetines en el cajón…

Y las macetas, ¡que decir de las macetas! Las azoteas estaban repletas de macetas, a cual más florida y sana. Yo no sé como eran capaces las mujeres de mantenerlas así. ¡Subían el agua del aljibe, a cubos, desde el patio, para regarlas! Y es que en Cádiz, si el levante se mantiene vivo y soplando más de dos días era seguro que todas morirían. Era un milagro, el milagro del esfuerzo y del cariño. Antes se dejarían morir ellas que se les muriera una planta.

Y estaba también el “patinillo”, un pequeño hueco que atravesaba la casa desde la azotea hasta el pequeño patio del piso bajo. Calculo que a lo sumo tendría seis metros cuadrados. El patinillo era también una pieza fundamental en la casa. Como todas las casas tenían acceso a él a través de un gran ventanal en la cocina, las señoras de la casa podían charlar por el hueco durante sus faenas del hogar. Y lo hacían durante horas, casi de continuo, yo diría que todo el día, menos en las horas de ir a la plaza. Se despotricaba de los maridos, se hablaba de los hijos, de lo que a cada una se le había ocurrido hacer ese día de comer, de cómo estaba la plaza y el pescado, y de todo lo que constituía por aquél entonces la vida cotidiana, sin televisión, sin prensa rosa, sin famosos, en días de mucho trabajo y angustias, pero de poco tiempo desocupado que ocupar con frivolidades y con poco espacio para ocupar con intereses extraños y con vicios degradantes.

Mucho trabajo y penuria, pero menos estrés y menos pensamientos circulares y obsesivos. No tenían energías sobrantes que dedicar a la ociosidad, la que, como se sabe, si no la ocupa Dios, la ocupan los demonios.

Ya cerca de la azotea, el patinillo se cubría con una reja, para evitar así el peligro de caída de las personas, sobre todo de los niños. De los niños, pero no de las pelotas, que se nos caían cada dos por tres hasta el piso bajo. Y en el piso bajo María había colocado su lebrillo de lavar particular, para no tener que subir al lavadero. En cada partido era casi seguro que una pelota caía en mitad del lebrillo de María, madre de Enriqueta, que era madre de Loli.

María era una viejecita enérgica y trabajadora, y de muy mal genio. Cuando una pelota estallaba ante sus narices en el agua del lebrillo, estropeando el lavado y salpicándola, a ella y a todo en derredor, María nos abrumaba con todo tipo de epítetos a cual más grave acerca de nosotros, de nuestros padres y de nuestros antepasados. Pero se le pasaba pronto el enfado, y el momento nos daba para muchas risas. Los niños… éramos niños, pero… ¡qué niños!

Las aventuras más excitantes eran los recorridos por toda la manzana de casas, de azotea en azotea. Aún hoy me resulta inexplicable que no ocurriera al menos una fractura de hueso, porque el recorrido era similar al de un escalador de montaña, pero aún más arriesgado, porque nadie llevaba ni arnés ni cordajes. Era a pelo. Unas veces se escalaba una pared, otra se trataba de dejarse caer a una azotea más baja, o también en descender por un bajante, y las peores consistían en saltar en el vacío de un pretil a otro de una casa adyacente. Creo que nos sentíamos como Tarzán en la selva, eso sí, sin lianas y ni taparrabos. No había azotea que nos fuera extraña. La más visitada era la contigua, ya que solo había que franquear un muro de unos tres metros. Esa azotea la coronaba una torre mirador, de las muchas que proliferan por todo Cádiz. Estaba de pié, pero en ruina, y era uno de los fantasmas de nuestras madres, quienes una vez y otra nos advertían:
-No os vayáis a subir a la torre, que está apunto de caerse…
Pero lo prohibido tiene un encanto irresistible, así que… aún siendo un lugar fantasmagórico y ruinoso, la subíamos con frecuencia.

Mucho después empezaron a llegar las primitivas lavadoras, y los niños dejamos de serlo. Y la azotea se quedó sola y tranquila, decorada con sus pacíficas y silenciosas macetas, y quizá, pienso yo, echando de menos nuestras visitas, nuestra alegría, nuestra inocencia, nuestras pisadas y nuestra compañía.

Pero también nosotros nos la quedamos en nuestros corazones para siempre, como un lugar donde dejamos gran parte de la infancia y donde vivimos nuestras mejores aventuras y nuestros mejores juegos.


lunes, 23 de marzo de 2015

REVERDECER


El aire del norte desnudó los árboles frondosos del estío.
Las hojas secas, otrora vivas, tejieron un manto muerto a los pies del tronco desolado.
Las ramas, ausentes de nidos y pájaros, cantan tristes su ausencia, arañan estérilmente el cielo vacío.

El pálpito se cierra sobre sí mismo.
La vida se hace mínima, pero suficiente.
Solo es el sueño del invierno.

Duerme todo, en el silencio, truncado solo por el soplo del viento sonoro, seco y frío.

Pero un día sonaron fuertes los clarines de la tierra parda.
Sonaron los benignos aires del mediodía.
Dulces caricias calentaron las duras raíces y las cortezas se fueron haciendo tiernas y fecundas.
Poco a poco, y de nuevo, la sangre del planeta movió las entrañas del árbol desnudo.
Y en la melodía del nuevo rayo rompieron los recios troncos.
Se abrieron, como en un parto, al aire, a la luz, los verdes brotes,
como nace el Fénix de su ceniza, como rompe el huevo acunado en el calor.

Verdes hojas, hojas verdes, vida verde de nueva vida, nueva esperanza de verdor.
Teje y teje, como maga hilandera ancestral, verdes togas, hábitos verdes.

Reverdece.
El pardo gris y frío se muda en verdes, en manos de vida, cabelleras verdes.

Reverdece... y en nuestros corazones, fríos de invierno, retoñan los brotes olvidados, dando a luz millones de átomos de sol.

Del salón en el ángulo oscuro...
De su dueño tal vez olvidada...
Ha vuelto la primavera.




La Creación (Die Shöpfung) F.J Haydn-DUO DE ADAN Y EVA

miércoles, 18 de marzo de 2015

JUVENTUDES




Viéndolo bien no somos tan viejos, lo que pasa es que tenemos muchas juventudes acumuladas.
Francisco Arámburo

       Esto he leído en un escrito que me envió un hermano. Me dio que pensar, ya que tengo la costumbre de pensar en que, si es cierto que existe la reencarnación, yo, con mis años, siento que lo he hecho en muchas ocasiones.

       Tengo un amigo que recuerda casi con toda exactitud lo que ocurrió y lo que me ocurrió en casi todas las ocasiones en que compartimos las locuras comunes de la adolescencia y primera juventud. Debo confesar que siempre me asombro por dos motivos, a saber: que yo no me acuerdo en absoluto de los detalles, y muchas veces ni siquiera de la situación en sí, y que siempre me parece que me estuviera hablando de otra persona, o tal vez de mí misma pero de un pasado tan remoto que no puedo asimilar que fui yo el que vivió aquello. En esos casos me da la impresión de que no he vivido los años que tengo, sino algo así como diez o veinte veces más, e incluso algunos de esos años no como yo mismo, sino como otro ajeno por completo al mí mismo que ahora conozco.
     
       “Miguel, ¿recuerdas cuando en la feria de San Fernando te entró un apretón y no se te ocurrió nada mejor que llegarte a un campo cercano para obtener alivio, y para entrar en él tuviste que atravesar andando un seto de chumberas? Claro que, con lo que habías bebido, no te diste ni cuenta del dolor de las púas en tus piernas… te las estuvo quitando durante horas Mari Trini… ¿te acuerdas?”
       “Pues vagamente, sí,… ¡qué cosas! ¿de verdad hice yo eso?”
       –contesto yo, asombrado…-
     
       -¡Venga, no me jodas, no me digas que no te acuerdas…!
     
       ¿Y aquella vez que estuvimos toda una noche descargando el pescado del barco del padre de Pepe? ¡Joder… que frío pasamos…! Estuviste enfermo cuatro días…! ¡cajas de ochenta kilos! ¡y en pleno invierno…!
     
       -Si, hombre, claro que me acuerdo…- contesto, con poca convicción…
     
       Cuando pienso en estas cosas siempre viene a mi mente aquella sentencia que se hizo tan famosa de: “hay otros mundos, pero están en éste”, y así, parafraseándolo, pienso: “hay otras vidas, pero están en ésta”.
     
       De hecho dicen que es muy difícil recordar vidas anteriores, por aquello que dijeron los sabios griegos de que entre una y otra estamos obligados a beber el agua del río Leteo, la que, según cuentan, tiene la piadosa propiedad de sumirnos en el olvido de todo lo vivido con anterioridad. Me parece que yo la he bebido ya en muchas ocasiones en esta vida… aunque también sé que las cosas vividas con poca conciencia, o con ninguna, no se fijan en la memoria…
     
       Sí, sé que he sido joven, pero también que quizá nunca dejé de serlo, aunque el benéfico y piadoso manto de la madurez haya aportado un halo de serenidad y perdón a todas aquellas vidas… que, aunque sé que son mías, solo perviven para afianzar mi seguridad en que las juventudes se superponen, como dicen que dijo Francisco Arámburo y como me lo ha escrito mi hermano.
     
       Me enseñaron mis maestros algo que fue recogido de antiguas enseñanzas tibetanas, luego escritas en un pequeño libro titulado “La Voz del Silencio”:
     
       “Mata el recuerdo de pasadas experiencias”
     
       Nunca me lo propuse, aunque… quizá… lo vengo haciendo sin proponérmelo. Leí que Nietsche presumía de mala memoria. Yo también, y creo que para mi fortuna, presumo de lo mismo. Todo siempre es nuevo, todo siempre es fresco y todo siempre tiene algo que aportarme.
     
       Bendigo a Dios por ello.


martes, 10 de marzo de 2015

CÁDIZ, LA CIUDAD DE LAS TORRES



¡Ya arriba en lontananza el bergantín “Victoria”...!

¡A cuatro leguas, al suroeste, con viento fresco!

Las banderas de señales de la torre se agitaban como gaviotas, bellas, ágiles y al viento. Todos en el puerto las leen lentamente, sin perder un detalle. ¡Al puerto, preparad los faluchos, mandad recado a los arrumbadores, preparad los carros, los aparejos! ¡Todos a arrimar el hombro! ¡Y no olvidéis el barril de ron! ¡Llega la “Victoria”, y hoy es día grande!

El puerto es un hervidero de hombres que van, vienen, se tropiezan, se agolpan. Todos ríen, cantan... y, como pequeñas hormigas, llevan, traen, colocan, amarran, afianzan...

El vigía, con su catalejo, los contempla orgulloso. A la voz de sus banderas todo el pequeño ejército se puso en movimiento, sus ojos fueron los ojos de su pueblo.

Sentado, alerta y gallardo, como un capitán, siente gozoso que su torre es el puente de su barco, que su barco es su ciudad, surcando la mar, que su mirada alcanza más allá del horizonte. El velamen de la “Victoria” o de cualquier otro buque, de carga o de guerra, le resulta tan familiar como cualquier dedo de su mano derecha.

¡Ya arriba la “Victoria”! ...y es seguro que trae sus bodegas repletas de dulce cacao, de caña, de oro y de plata, que trae en su quilla las cálidas huellas de las tierras del indio, aromas de miel, de plátanos ricos, de ron de las Islas.

Hoy arriba la “Victoria”, su carga intacta y su gente toda. Hoy Cádiz es fiesta.

Torres de Cádiz, mudos vigilantes de la mar océana, atentos testigos de bienes y males, de arribadas venturosas y de tristes naufragios, de reencuentros dichosos y de lágrimas de viudas, de hermosas bonanzas y duros temporales.

¿Qué no habéis visto con calma serena de años, qué no sabéis de dichas y duelos, qué velero desconoce tu hermosa silueta, tu blanco semblante?

Torres de Cádiz, ojos del cielo, gaviotas de luz, centinelas perennes, ¡vigilad siempre el camino de nuestra tierra!





viernes, 6 de marzo de 2015

miércoles, 4 de marzo de 2015

CANTAR



En este pequeño cuarto en el que trabajo tengo colgada en la pared una cerámica que, junto a una hermosa imagen de antiguos músicos, tiene una leyenda que dice:

Donde música hubiere cosa mala no existiere

Y no lo dijo cualquiera. Lo dijo nuestro señor Don Quijote. Y hoy he tenido ensayo en la Coral.

Siempre canto absorto en la partitura y solo levanto la vista para mirar al director, sus manos, su rostro, su expresión. Lo primero porque debo atenerme a lo escrito por el compositor en la mejor manera en que pueda, y lo segundo porque debo seguir el tempo, la expresión y la dinámica de la obra según la interpretación de quien nos dirige.

Pero hoy levanté la mirada, y pasé largo tiempo sin fijarme ni en la partitura ni en el director.

Y mereció la pena. Por supuesto a los pocos minutos me había perdido, pero preferí callarme y seguir con mi mirada. Nunca lo había hecho antes, y tampoco nunca imaginé lo que me había perdido.

El coro estaba formado en semicírculo, disposición poco corriente, y ello porque en el repertorio teníamos algunas obras a seis en lugar de a cuatro voces. De esta manera podía ver cantar a las damas, que tenía frente a mí y también a mi derecha.

Contemplaba, absorto y dichoso, la expresión de sus rostros. El canto los trasfiguraba, llenaba sus caras de dulzura, de pureza, de energía, de vitalidad.

No, no eran ya las mismas con la que charlaba en los descansos, con las que bromeaba y compartía un chiste o un cigarrillo. No, no eran esas. La música había hecho aflorar a sus ojos, a su ser entero, el alma muchas veces prisionera, los más puros sentimientos, había extraído de sus profundos pozos el agua más limpia, purificado el aire de sus pechos, limpiado de sus venas todo lo impuro y vulgar.

Me di cuenta lo que el cantar hacía en nosotros, lo que en nosotros trasmutaba, lo que en nosotros blanqueaba.

Cantando, la mente y el corazón se ponen en movimiento, y es preciso buscar y encontrar los más bellos sentimientos, y también el cuerpo y su energía deben ponerse al servicio de la música.

Y reflexionando me percaté que quizá no exista acto humano más completo ni más hermoso que el canto en la búsqueda de la belleza interior.

Y también entendí, hasta ahora solo sospechado e intuido, lo que nuestro señor Don Quijote nos dijo, de manera tan clara, y tan rotunda.




sábado, 28 de febrero de 2015

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS



A Hassan yo le llamo mi maestro de pintura. En realidad lo considero mi maestro de arte, no solo del arte de la pintura. Aunque reconozco que es un atrevimiento por mi parte, ya que para considerar a alguien tu maestro debes de ser tú un discípulo de manera digna, y no sé si lo soy o no.

De cualquier forma, su visión del arte me interesa sobremanera, me hace reflexionar sobre sus palabras, tratando siempre de no perderme ninguna, al igual que procuro no perderme ni uno solo de sus movimientos con el pincel sobre el lienzo. Y lo hago porque sé que cada una de sus palabras y de sus pinceladas tiene un valor en sí, y que la única manera de que dispongo para descubrir su sentido es observándolas con la máxima atención y reflexionando sobre su necesidad y su por qué.

No es un teórico de la pintura ni del arte. Es un artista. Y esto quiere decir que el arte no es algo ajeno a añadido a su ser, sino algo consustancial a él mismo, algo que le da consistencia y forma a los tejidos de su alma. Al decir de Beethoven, no vive de su música, sino en su música. Son dos cosas muy diferentes. El arte no es algo externo, algo que se ejercita en determinados momentos del día. El arte es algo consustancial, que se lleva dentro continuamente, al igual que el corazón late continuamente o los pulmones continuamente toman el aire y lo reparten por el cuerpo entero.

Muchas veces el arte ha sido nuestro tema de conversación. Y yo lo escucho fascinado porque sé que no me habla del arte. Me habla de él mismo.

Hoy, una vez más, y sabiendo de mi amor por la música, nos hablaba del paralelismo entre pintura y música. En realidad, pienso yo, y creo que él, que no es tal paralelismo, porque paralelas son dos cosas que marchan en la misma dirección pero separadas. Sería mejor quizá llamarlo comunión, o igualdad de esencias. Realmente les alimenta la misma esencia.

Y, abundando en lo mismo y abriendo un poco la mente, no son solo la pintura y la música, artes que ambos amamos, sino todas las otras artes. Todas las artes son comunes en su esencia.

Y al participar de la misma esencia, decía Hassan, todas tienen las mismas características universales, e incluso se puede usar la misma terminología para nombrarlas: armonía, tonalidad, equilibrio, composición, ritmo, dinámica, etc. etc.

Y yo, por mi parte, en este momento estoy dispuesto a no limitar las artes a las siete tradicionales, porque creo que hay muchas más. Tantas como actividades hay propias del ser humano. Pintura, escultura, música, arquitectura, etc. son actividades artísticas, sí.

Pero, ¿y el arte de amar, el arte de hablar, el arte de cocinar, el arte de cultivar las plantas, el arte de educar, el arte de enseñar, el arte de bailar, de mirar, de escuchar, de andar... y así hasta el infinito? ¿No es cierto que, según decían los antiguos griegos, a los discípulos de Pitágoras se les conocía simplemente por su manera de andar?

El arte impregna todo movimiento del alma humana y lo dignifica, lo hace propiamente humano. Lo hace humano, distingue al hombre de una máquina, la cual, aún haciendo algo más perfectamente que el hombre, nunca lo podrá hacer con arte, nunca le podrá dar alma.

Y en realidad, ¿qué nos distingue de otros seres de la creación? Pues el arte y la boina. Ya sabéis el chiste del lepero:

- Oye, chaval, ¿dónde está tu padre?
- Está en la pocilga, con los cerdos. Si no lo distingue usted, es el que lleva boina.