miércoles, 28 de enero de 2015

EN LA TOSCANA, EN LA BELLA ITALIA...


En la Toscana, en la bella Italia...

Donde música hubiere
cosa mala no existiere.

Estas palabras de nuestro Señor Don Quijote, que tengo escritas permanentemente frente a mí en el pequeño lugar donde trabajo, las he visto escritas en el vídeo que quiero hoy ofreceros.

En la Toscana, la bella Italia... miren y escuchen... y contengan sus lágrimas... o mejor: no las contengan, porque surgirán del amor por la poesía y por la música, y manarán de las cristalinas fuentes de donde fluyen las puras esencias de la humanidad auténtica .

Va', pensiero, sull'ali dorate...
Un abrazo a todos.



jueves, 22 de enero de 2015

TIERRA Y ESPÍRITU




















Nada grande se realiza de golpe y porrazo, ni una manzana, ni tan siquiera una uva. Si me dices: “Quiero ahora mismo una manzana”, te contestaré: aguarda a que nazca, crezca y que madure, da tiempo al tiempo. Y si esto es con los frutos de la tierra, ¿quieres que el espíritu dé de repente los suyos?
EPÍCTETO


Escuché que alguien dijo que si de repente desaparecieran todos los libros y textos de la tierra, la civilización se volvería a reconstruir, simplemente porque los hombres volverían a reconstruir todo el saber humano simplemente observando y reflexionando sobre la Naturaleza, y aprendiendo de ella. Yo, estoy de acuerdo.

Muchas veces digo que las hojas para leer que más me interesan son las hojas de mis árboles. Y, aunque siempre se me toma en broma, lo digo en serio. Leí una vez que la arquitectura de la más hermosa catedral gótica no se podía comparar a la arquitectura de una simple hoja cualquiera. En realidad, el hombre solo persigue con sus obras un acercamiento a la perfección de la Naturaleza que nos rodea por todas partes. Solo que, cuando la humanidad se vuelve loca, pensamos que nuestras obras son más perfectas que las de la Naturaleza. En mi opinión solo se acercan burdamente en su perfección, solo que las apreciamos más porque hemos perdido en gran medida nuestra conexión natural con lo creado. Así, un labrador, o un pastor, es capaz de entender, por su trato diario con el mundo natural, los hondos misterios del espíritu, porque se lo cuentan día a día las ovejas, los árboles, el trigo, o las estrellas.

Así, somos tan ignorantes como para pedir frutos cuando ni siquiera hemos sembrado. A cualquier labrador le parecería algo sin ningún sentido. Cosa de estúpidos. Él sabe lo que cuesta cosechar frutos, y los procesos encadenados que requiere, amoldándose a la naturaleza.

Y, como nos dice Epíctecto, nos ocurre lo mismo con las cosas del espíritu.

Hay quien cree que, mediante unos pases mágicos de un “gurú”, llegamos sin más ni más al estado de iluminados, que, a través de un proceso que llaman de “iniciación” llegamos a las más altas cumbres de la sabiduría humana, que amar la música es solo cuestión de escucharla de vez en cuando, que ser filósofo consiste en estudiar lo que otros contaron… y así.

Y nos dice Epícteto que el proceso del desarrollo de la vida del espíritu es el mismo que el que sigue el labrador con su campo. Y ya sabemos cómo es. Y si no lo sabemos, podemos tomar unas cervezas con cualquier hombre del campo que nos puede contar, por ejemplo el cultivo del trigo.

Labrar la tierra, abrir los surcos y removerla, eliminar la cizaña y las malas hierbas cuando se presente “la otoñá”, abonarla con buen estiércol, sembrar con amor, rezar para que llueva, proteger los brotes cuando nacen, seguir eliminando las malas hierbas, seguir abonando, esperar… esperar, con paciencia, pendientes de lo que la siembra necesitad en cada momento, vigilar… vigilar…, y, cuando llegue el momento, segar, llevar a la era, trillar, aventar, separar y guardar los granos, empacar la paja, guardar el afrecho para las gallinas.

Y luego toca hace el pan. Moler el grano para conseguir la harina, guardarla en lugar seco, amasar con agua, sal y levadura, hacer los panes, hornear al fuego y…

… quizá después de todo el proceso nos podremos tomar una olorosa hogaza de pan tierno y crujiente.

Pero no antes, ni de repente.

Y ¿qué creemos? ¿que la vida interior se hace sólo pidiéndola, a gritos o por una gracia especial? Pues, evidentemente no. Es preciso hacer todo lo que hace el labrador con su trigo. De otra manera, es mejor que lo olvidemos.

Es inútil.



jueves, 15 de enero de 2015

EVADIRSE





Sólo tienes una vida...
No la vivas como espectador.


Hoy fui temprano a comprar el Diario donde siempre, es un chico agradable y simpático con el que siempre suelo cambiar unas palabras y reírnos un rato. Cuando estaba con él, pasaron unas señoras, charlando. Y ocurrió lo que tantas veces me ocurre últimamente. Las escuché, porque hablaban en voz muy alta y no puedo cerrar los oídos. Hablaban de alguien, y decían –es un sinvergüenza, un sinvergüenza... no sabes lo que me ha hecho... –

Le dije a Luis, que así se llama el de los Diarios:
-¿Qué te parece, Luis? Por lo visto el único que tiene vergüenza siempre es solo el que habla-
Y me dijo:
- No pienses, que te vuelves loco...- me contestó. Y, añado yo, y mucho menos no pensemos sobre nosotros mismos.

Escucho más o menos lo mismo que dijeron las señoras todos los días. En la calle, en el autobús, en todos sitios. El resto de los mortales, excepto el que habla y su interlocutor (ya le acusará luego de lo mismo, cuando se haya ido) son unos sinvergüenzas, unos malvados, gente que debería estar en la cárcel, o como mínimo internado en un centro para enfermos mentales.


¿Qué es lo que pasa? Pues lo que pasa es que pensamos que vivimos en una sociedad en que todo el mundo es perverso, menos nosotros, claro. Y, a poco que miráramos dentro de nosotros veríamos que no somos muy distintos. Pero preferimos ignorarnos. No. No hay que pensar cómo somos nosotros. No hay que pensar, no hay que reflexionar, y, mucho menos ocuparnos de nuestra vida. Para eso tenemos la de los demás para entretenernos. Sobre la nuestra todo lo que hay que hacer es evadirse. A toda costa. Los que deben cambiar (y no ser tan sinvergüenzas) son los otros. ¿Infantil, verdad?

Parece que esta es la consigna actual e universal. Evadirse, evadirse, evadirse... Y, ¿de qué? Evidentemente, de uno mismo.

Hoy, lo cierto es que el “progreso” nos brinda infinidad de posibilidades para hacerlo hasta ahora impensables y desconocidas. La ciencia evoluciona que es una barbaridad... cantaba una antigua opereta. Podemos entontecernos de mil maneras diferentes, y todas muy sugestivas e a hipnotizantes.

Desde la omnipresente y omnipotente televisión, hasta la radio, el fútbol, las películas, la infinidad de revistas existentes, los millares de libros de todo tipo y tema, los viajes por el mundo, los ordenadores y la internet, la “música”, los periódicos, la política, los chismes de todo tipo y color y, a qué abundar, miles de ocupaciones ociosas en que “distraernos” ¿Distraernos de quién” Pues, naturalmente, de nosotros mismos. Somos unos indeseables para nosotros mismos. Somos un peligro a evitar, un ser al que tememos profundamente, del que hay que huir, y por supuesto no entrar en ninguna clase de tratos con él. Nos podría traer un montón de problemas, problemas que nos aterrorizan porque “sabemos” que no tienen solución.

Preferimos dedicarnos a la vida de los demás. Eso no es peligroso. Es la vida de otros. Así, como los niños, somos amantes de las historias. No importa de qué tipo sean. Que nos cuentes historias... Historias, historias... pero no nuestras, mejor de los demás.

Contemplamos, y juzgamos, las que en la tele o en la radio, o en una película o en un libro, nos cuentan sobre los demás, sobre sí mismos o sobre cualquier cosa. Eso no es peligroso, no hablan de nosotros. Son los otros, los otros son el motivo primordial de nuestra atención.

Nos interesa sobremanera como vive el vecino del cuarto, o el de la casa de al lado, o del que aparece en la tele contando su vida por un puñado de billetes. De cómo vive el indígena en Brasil o de cómo vivía el persa en su época, o el maya, o cómo viven los lapones, o los esquimales. De qué le ocurrió al protagonista de aquella película y de cómo reaccionó. Quien sea... no importa. Lo único a evitar es dedicarnos a examinar cómo vivimos nosotros, cómo vivo yo. Eso es muy peligroso y muy desagradable.

¡Qué interesante! -oímos- Me he leído una monografía sobre los enterramientos en el mundo persa, de cómo eran sus tumbas, sus ritos, sus pinturas... ¡Fascinante! Y otra vez leí una historia sobre como era la vida del sacerdote egipcio y qué cosas hacía, y cómo... etc.


¡Como si supiéramos qué era un sacerdote, no solo egipcio, sino uno cualquiera! A qué se dedicaba, qué hacía y a qué destinaba su vida...

Hoy en día, gracias a Dios, lo podemos saber casi todo. Tenemos toda clase de accesos a toda clase de información. Eso sí, de lo que está fuera. Lo de dentro es tabú. Y si no fuera por los perversos amos del Vaticano, y pudiéramos entrar en sus archivos y bibliotecas secretas, bueno... entonces ya lo sabríamos absolutamente todo.

¡Ilusos! ¿Acaso entenderíais algo de lo escrito? Si no sabéis casi leer... y por supuesto mucho menos comprender. Leéis libros como el turista que va a Chiclana y, sin haber salido para nada del hotel, luego va contando en su ciudad, Ulm, por ejemplo, que él ya conoce España. Ha estado en Chiclana, Cádiz, Spain. Y allí también conoció el flamenco, los toros, el baile andaluz y... el alma del andaluz.

Algo así conocemos nosotros las cosas. Por la piel, por el barniz. Pero nos interesan sobremanera, porque cumplen con la absolutamente necesaria labor de impedirnos entrar en nosotros mismos.

Si ocurre algo que entorpece nuestros deseos o intereses más vulgares, rápidamente buscamos qué hizo mal el otro. Probablemente sea un sinvergüenza. No actuó como debía. No cumplió las normas de convivencia, sí, esas que en este caso, y en cualquier otro, nos dan la razón. ¿Pero, pensar y reflexionar en qué hicimos mal nosotros? No, hombre no... Primero que nos da terror, y segundo que, aunque nos lo propusiéramos, no tenemos ni idea de quienes somos, aunque estamos completamente seguros de cómo somos (y sobre todo de que no somos unos sinvergüenzas).

Afortunadamente está en gestación una generación de hombres libres, que no le tienen miedo a sí mismos, de esos que cuando algo les ocurre, inmediatamente se preguntan:

-¿Qué he hecho mal?-

Que aceptan su propia responsabilidad sobre su vida, y que no buscan motivos fuera para explicar lo que les pasa dentro. Que empiezan a vislumbrar que todo nuestro bien y nuestro mal nace de nuestro interior y no de nuestro exterior. Que saben que nuestra vida no depende de la ayuda de los demás, sino sólo de la que nos demos nosotros. Que no esperan las instrucciones, a modo de consejos, de aquellas personas a las que sitúan en un pedestal. Que están dispuestos a encontrar sus propias normas, con las armas de la filosofía, antes que adoptar infantilmente las que le dan sus “maestros”, sin tener en cuenta que un maestro no lo tiene sino el que antes ha sido un discípulo. Que no se arredran ante la descalificación de todos. Que no admiten censuras sin razón ni acusaciones inmaduras. Que actúan según entienden cual es su propio deber, sin aceptar deberes ajenos ni otros deberes que digan por ahí.

Y, si todo el mundo circula por el mismo carril, o pastan juntos, arrodillados y desnudos como los de la foto, ellos se yerguen, se revisten de dignidad y de valor y, como Don Quijote, protegido de su adarga y su escudo, no aceptan ninguna crítica de toda esa gente, "canalla y descomunal".



martes, 6 de enero de 2015

PÁJAROS








Poco a poco, día a día, noche a noche, vuelven a mí los pájaros del pasado lejano. Sobrevuelan su presa en el aire espeso sobre mi cabeza, dibujan a penas sus formas sobre el cielo gris oscuro.

Se dejan oír sus desdibujados graznidos rasgando el extremo silencio que les envuelve. Como palabras sin significado y, peor, a veces, con nombres siniestros arrancados de la tierra de mis antepasados.

Una fina niebla atraviesa mis huesos con un frío de no se qué origen ni qué dirección. Trato de recordar el sentido, de ordenar mis movimientos, de recuperar mi capacidad de ser y actuar.

Camino torpe, cansino, sin ningún rumbo. Al parecer mis piernas no me obedecen, y los vaivenes de mi cuerpo me hacen sentirme perdido e impotente. Miro al frente, detrás de mí, en lo alto de mí, en lo bajo, todo está confundido.

En el frío de afuera oigo grillos, persistentes, implacables, monótonos… como martillos en el yunque. Conversaciones absurdas, negras acusaciones, sospechas malditas, injustos reproches. No es así… no fue así…

Un fuerte dolor en el pecho, todo da vueltas, en torbellinos, locos, que me llevan hacia arriba, a prisa, arriba. Me agarro con fuerza a una argolla y… mis ojos se abren como de lechuza. Inmóviles, con pena, recorren poco a poco mi habitación.

La primera luz del alba entra por mi ventana.


miércoles, 31 de diciembre de 2014

LA MIRADA SORPRENDIDA



















Quizá sean los niños los únicos que de verdad ven las cosas con asombro. Ya de mayores vemos todo como con unas gafas sucias, todo borroso y distorsionado. No, no es la vista cansada. Es el alma cansada. Es el corazón cansado. Quizá por ello el maestro nos recomendó que tratáramos de ser siempre como niños. Con mirada pura, sin juicios, sin enfadarnos, sin alegrarnos, sin querer cambiar nada, sin querer arreglar nada. Solo viendo la creación en su milagro de todos los días.

Siempre recordé aquella canción de mis días jóvenes en la que se hablaba del tonto de la colina, “The fool on the hill”. Me dio mucho que pensar. En alguno de sus versos decía: El tonto, sentado en la colina, ve, al atardecer, como se mueve el planeta bajo sus pies. Aquellos versos quedaron, como el arpa, en un ángulo oscuro de mi salón interior. Y mucho años más tarde, he empezado a vislumbrar su significado. ¿Quién de nosotros siente la tierra moverse en el espacio infinito? ¿Quién de nosotros mira con asombro a las estrellas?


Siempre fui un habitante de la ciudad. Desde pequeño y hasta hace unos años. Nunca llegué a saber si los melones los daban alguna clase de árbol frutal o se sacaban de dentro de la tierra. No tenía la menor idea de como pudiera ser una mata de pimientos. Y llegó un día en que soñamos con un pedacito de tierra, en la que, a la sombra apacible de unos pinos, pudiéramos recrear nuestro pequeño paraíso verde.


Y, poco a poco, como de verdad se hacen las cosas que luego merecen la pena, fuimos construyendo un jardín en un camino de cabras. Y también nació mi pequeño sueño. Un huerto, también pequeño, como mi sueño. Pero a lo largo de los años, los inquilinos de ese pequeño pedazo de tierra lo han hecho grande para mí. Para mi amor y para sus amores. Y planté una primavera algunas tomateras. Pero luego, tras el verano, llegó el otoño. Y un día gris de Noviembre fui al campo con Miguelito. Mientras el se dedicaba a la diversión del siglo, ver la tele, y pensando por mi parte que podría hacer de utilidad, me fui a mi pequeño huerto con idea de desmontar los soportes de las tomateras, ya mustias por los fríos. Iba pensando en aquello que leí un día...

Si quieres ser feliz una hora, embriágate 
Si quieres ser feliz un día, haz una bonita fiesta
Si quieres ser feliz una semana, prepara un viaje
Si quieres ser feliz un mes, cásate
Si quieres ser feliz toda la vida, cuida tu huerto

Y mientras me ocupaba en cortar los lazos que aún las tenían prisioneras, mientras desmontaba los palos de la estructura, mientras arrancaba de la tierra sus cortas pero firmes raíces,

Solo podré dar dos cosas a mi hijo: Raíces y alas

pensaba en estos pequeños arbustos que alguien nos trajo un día del otro lado del Atlántico.

Y también pensé en Carreño, ese hombre de pelo ya casi teñido de blanco que un día volvió de Holanda y compró un trozo de tierra roja con el sudor que dejó en las fábricas. En esa tierra hizo lo que llevó en la sangre desde que vio la luz, el milagro de los paritorios, de los alumbramientos, de las creaciones cotidianas. De sus almácigas salían miles y miles de plantitas. Esta es lechuga, aquella pimiento, la de más allá calabacín.Imaginé cómo Carreño puso sus semillas con mimo y amor bajo la gran caseta de plástico, en la tierra estercolada, al abrigo de fríos y vientos del invierno. Como allí, todas juntas, casi abrigándose, fueron creciendo esas plantitas, pequeñas yerbas como niños, endebles e indecisas, pero con toda la fuerza que guardaba su semilla, buscando el cielo, buscando el sol y el aire.

Cómo cuando fueron haciéndose mayores, y el cielo más clemente, fue llevándolas a la tierra abierta, al espacio, a la lluvia y al viento. Ya no las puso tan cerca unas de otras. Los jóvenes necesitan más espacio en que moverse, necesitan abrir sus ramas, enterrar sus pies y mover sus manos. Alguien vendría a tomarlas de la mano, alguien las llevaría lejos, alguien las amaría. Habría seguramente alguien que las valoraría, les daría un porqué y un destino.

Y yo me acerqué por el camino de zahorra mojado, en la primavera aún húmeda y fresca, buscando a Carreño, esperando que apareciera entre su mundo verde, mientras jugaba un poco con los pequeños gatitos de la caja. Siempre con ganas de jugar... Tu madre nunca para ¿eh?... también es cierto que no tiene que daros de comer.

Miraba su porche de hiedras tan verdes,... sí, se han recuperado.

-¿Recuerdas como se me secaron el pasado año?

-¿Ves, Carreño?, lo verde es fuerte. Ahí la tienes. Solo mirarla te curas de la tristeza.

Y vi como elegía de su huerta las plantas más fuertes, las más alegres, las más decididas a marchar. Otra vez juntas, atadas con la cinta de palmera que solo él sabe anudar, las llevé conmigo.

Y pensé, mientras arrancaba mis tomateras secas, en aquél día en que las llevé a su nueva casa, que yo había preparado con tanto mimo para ellas. ¿Qué pensarían?

La tierra mullida y negra. El aire fresco y limpio. El sol brillante de abril. ¡Tenía hasta preparado los palos en que treparíamos cuando fuéramos mayores! Siempre soñé con escalar hacia el cielo, con subir más alto. Colgaré mis frutos de ahí. En racimos caerán, rojos, frescos y brillantes. Alguien los tomará para él. Alguien sentirá el aroma de mi alma, el frescor de mi cuerpo.

Y crecieron. Crecieron alegres y confiadas. Mi mano las fue llevando hacia arriba. Mis manos cuidaron de sus pies y de sus manos. Sus flores amarillas, amarillo robado al sol, pronto entregaron su belleza al verde corazoncito, al que el estío vistió de gala, rojos corazones.

¡Cómo los miré, como los miraba, una y otra vez! Era un milagro, era una aparición, era inexplicable, era hermoso, era... glorioso. Era el milagro de la creación.

Y eran los hijos de mis manos. Los nietos de mi corazón.

Cuando los cosechaba -hay que tomarlos con cuidado, no hay que dañar la rama- los ponía suavemente en la cesta. Y cuando la cesta estaba llena, la miraba... ¡Ah! ¿Hay espectáculo más hermoso? ¿Hay cuadro pintado por la mano humana con más belleza?

Y cuando mis almas más cercanas visitaban mi casa, los llevaba a la mesa, bien cortados, y ponía encima el plato con cuidado, casi religiosamente. Cerca ya de la boca de mi amigo, miraba sus ojos, para comprobar si el milagro del frescor de días y días, el milagro del sol allí almacenado, movería su alma como movía la mía.

Y día tras día, en el largo y cálido verano, sus fibras y su alma se fundieron con las mías, fueron carne de mi carne, y su espíritu impregnó el mío. Miré el sol, y lo sentí dentro de mí.

Y ahora estaban a mis pies. Secas y yertas. Pero gloriosas en su destino cumplido, y sus talentos bien empleados. No, no han muerto, porque aún sus secas hojas alimentarán la tierra, y porque su vida está ahora en mis venas, en mi carne y en mi alma.

Benditas tomateras, ¡gracias!



domingo, 21 de diciembre de 2014

SOL INVICTUS




Sol que naces invicto
de lo profundo del invierno,
sobre la tierra yerma y fría
que recuerda tu esplendor
de los amables y cálidos días.

Proclamas ahora tu promesa
de resurrección y de fuerza.

Naces niño, y pequeño,
como la luz en la gruta,
como una chispa en las ascuas,
con el poder milagroso
de la fuerza del cachorro,
de la claridad del arroyo.

Hundirás las semillas
en la tierra dormida,
y un día volverán
a prender la inmensa hoguera
de una nueva primavera.

Sol triunfante, naciente
en un mundo oscuro
disolverás las negruras,
y ante tu luz morirán.

Y darás vida a los seres,
otra vez renacidos
de la tierra, iluminados
tomando tu luz y tu vida.

Si nuestra fe mengüa
y nuestra llama tiembla temerosa
en los fríos y cortos días
de estremecimientos y miedos,
muéstranos que la victoria
duerme en nuestros pechos
soñando la compañía de tu fuerza.


Y danos la fe
de una nueva primavera,
de vida y de flores
nacidas por tu fuego.

Y así recogeremos luego
en la paz dulce del estío,
los dorados frutos
nacidos de tu mano.

Así sea.




jueves, 18 de diciembre de 2014

¿HIERBA QUE EL SOL SECARÁ...?






¿Hierba que el sol secará
en los rigores del estío?

¿Ola de bravura desmedida
que, rozando fondos,
marcará su fin 
en la efímera espuma?

¿Nieve blanca, sin mancha,
que descubrirá la parda tierra
en su deshielo inevitable y final?

No sé...
No sé...

Pero no. No será.
El manantial no cesa, en su llanto.
La simiente enterrada brota sin cesar
y sin cesar la lluvia fecunda
los pechos abiertos a la luz,
los brillos y albores del hechizo,
las manos que no pudieron zafarse
lo unido que las llamas unió.

No puede ser...
No puede...

No será.


viernes, 12 de diciembre de 2014

LA MIRADA TRANSPARENTE








Tiene Turca una mirada... No sé que hay en esos ojos, pero es lo más cercano que encuentro a la pureza. Sus grandes ojos negros son limpios y transparentes. Te asomas a ellos como a las aguas quietas de un lago profundo.

Seguramente Dios sí la hizo a su imagen y semejanza. Y no fue necesario expulsarla del paraíso. Vive en él, y nada sabe del bien ni del mal.

Como un ángel negro se acerca a mi costado y me mira.

Su silencio es solo de palabras. Sus ojos hablan mucho más que cualquier libro de poesía. Su voz está en el aire, en la luz que desprende su mirada. ¿Para qué quiere la palabra? Todos sabemos que casi siempre solo sirve para crear malentendidos. Todos sabemos que solo es claro el lenguaje del corazón. Y ella lo tiene. Grande y limpio.

Cuando duerme, se desprende de su cuerpo, no sé a donde va. Solo sé que su huida ha sido tan completa que parece muerta. A veces la toco para sentir el aire mover su pecho, o acerco mi oído a su cara para sentir su aliento. 

Siempre descansa cerquita de mí. Ella sabe que estoy a su lado. Con mi compañía le basta. Le rodea mi hálito. Y ella me rodea con el suyo. Es su mundo. Es el mío.

A solas en la noche, me acerco a contemplar lo ancho donde vivo, mi casa celeste, negra en la noche, pintada de estrellas, átomos de nuestras entrañas. Ella se sienta conmigo y me mira. Mira su universo,... y yo miro el mío. Pelo negro, como el cielo, ojos brillantes, como la luna.

Su vida de niño es clara, sencilla y simple. No hay engaños, ni deudas, ni reproches. No conoce la falta ni necesita el perdón. Pide sin reparo, toma sin solicitudes, descansa sin horas.

Toda su vida la ha tejido en mi telar. Estuve en todas sus horas, en todos sus días y en todas sus noches. En todos sus dolores y sus placeres. En todos sus juegos y en todas sus horas plácidas. Fue niña, fue adolescente, fue joven, es adulta.

Jugó de niña en mis manos. Cuidé de su primera sangre en la adolescencia. Estuve junto a ella cuando la vida sembró vida en su seno. Y sufrí sus dolores de parto, su desazón desgarradora. Tuve en mis manos, aún sin vida, los retoños brotados de sus entrañas. Y mis manos hicieron que el primer aire del mundo entrara en sus pequeños pechos. Y enterré en mi huerto, llorando, uno de sus pequeños hijos, de las estrellas devuelto a las estrellas.

Milagro de una vida entera en solo uno de mis días.

Y ahora está aquí a mi lado. Sus ojos transparentes acarician mi corazón abierto en lágrimas, que se desborda regando los sembrados donde nacen las flores más bellas. Las flores del corazón.


martes, 9 de diciembre de 2014

¿DÓNDE HABITA LA POESÍA?







Anoche hablé contigo, y nuestras íntimas miradas me hicieron preguntarme cosas, que ahora te quiero contar.

A veces me pregunto donde va la poesía cuando te abandona. Un poeta hizo una pregunta parecida: Cuándo el amor se acaba ¿sabes tú adonde va?

Me pregunto lo que se preguntaba Leonard Cohen en una de sus canciones:

“¿Where is your famous golden touch?”

¿Donde dejé la poesía, donde el amor, donde el añorado toque de oro? Seguramente se marcharon de mí en los ojos y en el pecho de mis vírgenes amantes. O se quedaron en los verdes brotes nacientes y poderosos. O se los llevó, al decir del poeta, como el viento de otoño se lleva las hojas pardas.

Pero también estén quizá en el próximo recodo del camino, que ya se vislumbra tras el frío y la niebla del invierno.

Quizá mi mano perdió su pátina de oro cuando dejé de cavar en la mina, cuando dejé de cernir las arenas auríferas de mis arroyos más limpios.

Pero lo que he visto existe, y ya no me puedo engañar. No puedo negar el brillo del sol, aunque el cielo hoy esté nublado. Sé que está detrás de las nubes, detrás de mí y de mi desesperanza.

Dime que sí, hermana, dime que mi aliento puede abrasar otra vez, que mi voz puede llevar almas a su nido, que mi mano puede ayudar a guiar a los ciegos, que puedo soportar el peso de los que quiero llevar al otro lado del tránsito doloroso.

Dime que aún tengo fuerzas, que mi corazón enciende aún ilusiones, que mi amor abrasa aún corazones, que mi clarín todavía es capaz de traspasar el ruido y de hacerse oír entre los estériles rumores. Dime, aunque yo no consiga creerlo, que mi voz es aún dulce a tus oídos, que mi alma aún tiene brasas que calientan, y que mi mano aún puede dar caricias que sean benéficas y portadoras de alegría.

Dime… que aún puedo ser un amante para un alma sedienta, agua fresca para el abrasado, cama en que repose un alma cansada, musa que inspire un corazón ardiente.

Dímelo.


sábado, 29 de noviembre de 2014

YO SOY ABRAXAS









Yo soy Abraxas.
Y canto en la noche profunda,
empeñado en romper su negrura,
e invocar con mi canto
la luz de la aurora.

No canto en las luces,
ya que luces parecen
lo que sombras son.
Sombras de sueño y dolor,
ávidas de luz y color.

Recorro la tierra,
arrastrando mi pies doloridos,
ahondando raíces,
abriendo los surcos profundos
de la tierra negra y vacía.

Del alfa al omega
todo es mío y por siempre.
Del todo es mi sangre,
mi vestido entero
mi cuerpo y mi ser.

Y la tierra surte
de savias mi tronco.
Y la savia provee
de sonidos mi voz,
la que canta a la luz.

En lo oscuro defiendo
mi ser con mi escudo,
y mi látigo ahuyenta
fantasmas terribles
que en la aurora morirán.

Mis estrellas me cubren
en mi huevo sagrado.
Estrellas que llaman
por poder de mi canto
al sol que vendrá.

Recorro un oscuro camino,
solitario y terrible
que lleva al enigma,
a la puerta escondida
del templo sagrado y secreto.