jueves, 26 de mayo de 2016

ABRAMOS NUESTRAS ALAS


Dedicado a Helena


Saquemos nuestros pies
de su entierro arenoso
y fijos nuestros ojos
en el eterno azul
abramos nuestras alas
pequeñas pero fuertes
y hendiendo el suave viento
subamos la mirada
hacia el divino sol
cuya alma nos da
aliento, vida y calor.

Anclados como estamos
entre tierras y cielos
puentes de cuerpo y alma
busquemos la armonía,
el sonido perfecto,
para alumbrar sonrisas
en los ojos grises
en las manos abiertas
en las bocas sedientas
de nuestros hermanos,
forzando los músculos,
aleteando en el viento
sin buscar el descanso
sin querer recompensa.


¿Qué somos? ¿Qué tenemos?
Somos solo aire suave
que barre tus tristezas
que disipa tus dudas
que hace nacer tu fe
que aclara tus nieblas
y que en el alba despierta
tu ser aún dormido
para que también pueda
volar ya libremente
hacia el cielo dorado
para hacer con tu plomo
un purísimo oro.











domingo, 22 de mayo de 2016

LA TIERRA Y EL ESPÍRITU















Nada grande se realiza de golpe y porrazo, ni una manzana, ni tan siquiera una uva. Si me dices: “Quiero ahora mismo una manzana”, te contestaré: aguarda a que nazca, crezca y que madure, da tiempo al tiempo. Y si esto es con los frutos de la tierra, ¿quieres que el espíritu dé de repente los suyos?
EPICTETO


Escuché que alguien dijo que si de repente desaparecieran todos los libros y textos de la tierra, la civilización se volvería a reconstruir, simplemente porque los hombres volverían a reconstruir todo el saber humano simplemente observando y reflexionando sobre la Naturaleza, y aprendiendo de ella. Yo, estoy de acuerdo.

Muchas veces digo que las hojas para leer que más me interesan son las hojas de mis árboles. Y, aunque siempre se me toma en broma, lo digo en serio. Leí una vez que la arquitectura de la más hermosa catedral gótica no se podía comparar a la arquitectura de una simple hoja cualquiera. En realidad, el hombre solo persigue con sus obras un acercamiento a la perfección de la Naturaleza que nos rodea por todas partes. Solo que, cuando la humanidad se vuelve loca, pensamos que nuestras obras son más perfectas que las de la Naturaleza. En mi opinión solo se acercan burdamente en su perfección, solo que las apreciamos más porque hemos perdido en gran medida nuestra conexión natural con lo creado. Así, un labrador, o un pastor, es capaz de entender, por su trato diario con el mundo natural, los hondos misterios del espíritu, porque se lo cuentan día a día las ovejas, los árboles, el trigo, o las estrellas.

Así, somos tan ignorantes como para pedir frutos cuando ni siquiera hemos sembrado. A cualquier labrador le parecería algo sin ningún sentido. Cosa de estúpidos. Él sabe lo que cuesta cosechar frutos, y los procesos encadenados que requiere, amoldándose a la naturaleza.

Y, como nos dice Epictecto, nos ocurre lo mismo con las cosas del espíritu.

Hay quien cree que, mediante unos pases mágicos de un “gurú”, llegamos sin más ni más al estado de iluminados, que, a través de un proceso que llaman de “iniciación” llegamos a las más altas cumbres de la sabiduría humana, que amar la música es solo cuestión de escucharla de vez en cuando, que ser filósofo consiste en estudiar lo que otros contaron… y así.

Y nos dice Epícteto que el proceso del desarrollo de la vida del espíritu es el mismo que el que sigue el labrador con su campo. Y ya sabemos cómo es. Y si no lo sabemos, podemos tomar unas cervezas con cualquier hombre del campo que nos puede contar, por ejemplo el cultivo del trigo.

Labrar la tierra, abrir los surcos y removerla, eliminar la cizaña y las malas hierbas cuando se presente “la otoñá”, abonarla con buen estiércol, sembrar con amor, rezar para que llueva, proteger los brotes cuando nacen, seguir eliminando las malas hierbas, seguir abonando, esperar… esperar, con paciencia, pendientes de lo que la siembra necesitad en cada momento, vigilar… vigilar…, y, cuando llegue el momento, segar, llevar a la era, trillar, aventar, separar y guardar los granos, empacar la paja, guardar el afrecho para las gallinas.

Y luego toca hace el pan. Moler el grano para conseguir la harina, guardarla en lugar seco, amasar con agua, sal y levadura, hacer los panes, hornear al fuego y…

… quizá después de todo el proceso nos podremos tomar una olorosa hogaza de pan tierno y crujiente.

Pero no antes, ni de repente.

Y ¿qué creemos? ¿que la vida interior se hace sólo pidiéndola, a gritos o por una gracia especial? Pues, evidentemente no. Es preciso hacer todo lo que hace el labrador con su trigo. De otra manera, es mejor que lo olvidemos.

Es inútil.






martes, 17 de mayo de 2016

HIERBA QUE EL SOL SECARÁ...






¿Hierba que el sol secará
en los rigores del estío?

¿Ola de bravura desmedida
que, rozando fondos
marcará su fin en la efímera espuma?

¿Nieve blanca, sin mancha,
que descubrirá la parda tierra
en su deshielo inevitable y final?

No sé...
No sé...

Pero no. No será.
El manantial no cesa, en su llanto,
la simiente enterrada brota sin cesar
y sin cesar la lluvia fecunda
los pechos abiertos a la luz,
los brillos y albores del hechizo,
las manos que no pudieron zafarse,
lo unido que las llamas unió.

No puede ser...
No puede...

No será.



martes, 10 de mayo de 2016

EL QUE LLEGÓ EN VERANO


Hoy os quiero ofrecer un homenaje a un perro, escrito por la pluma de un paisano. Y quiero dedicarlo a otro paisano, a Canelo, el perro que esperó, durante doce años, en la puerta del Hospital de Cádiz, a que algún día saliera su dueño, al que acompañaba siempre a la diálisis. Un día, Canelo murió. Y seguramente se encontró con su dueño, entre las nubes blancas del cielo.

EL QUE LLEGÓ EN VERANO

Está sobre las hojas del otoño.
En el viento nocturno que las barre.
En medio de la helada solitaria.
En el radiante polvo del rocío.
En el ligustro verde de la cerca.
En las fresas silvestres escondidas.
Bajo el escudo abierto de las dalias.
Sobre la estrella del jazmín caído.
En la sangre jovial de las anémonas.
En las ardientes rosas derramadas.
Al pie de las coronas del granado.
En los brazos azules de los cedros.
En el negro perfil de los cipreses.
En el tiemblo de plata de los álamos.
Bajo la pleamar de los aromos.
En el aliento de los azahares.
En el áureo pezón de los limones
fijo en la luna de la primavera.
Entre los duros cardos del verano.
Bajo las repentinas tormentas del verano.
En las quemadas noches del verano.
En la sed del verano.
Porque llegó en verano.

No conocía el bosque.
Tampoco el bosque a él lo conocía.
Si, te tenemos miedo.
Nos inspira temor tu súbita presencia.
¿De dónde vienes y por qué a esta casa?
Mirabas serio y nada respondías.
Se sentó en el portal como un mendigo.
Después de varias noches:
puedes pasar. Pareces,
a pesar de tu rostro severo,
un buen muchacho.
Aquí tienes tu hogar. Un plato lleno
habrá para ti siempre en esta mesa.
Pero tú sonreíste de pronto y te marchaste,
bajo las casuarinas, con los niños.
De tanto en tanto desaparecías,
y eran largas las noches esperándote.

¿En dónde estabas? Nunca lo dijiste,
ni contaste el porqué de tus heridas:
aquella oreja casi desgarrada
o el navajazo aquel entre las ingles.
Pero eras fuerte, duro y obstinado.
Era la juventud lo que en ti ardía.
Te daba igual dormir sobre una estera
que en el lívido barro del camino.
Meses enteros te quedabas solo.
La soledad, en vez de ensombrecerte,
te llenó de una alegre valentía.
Todo el bosque te quiso. Enamoradas,
no dormían sin ti por todo el bosque,
rubio y veloz galán siempre encendido.

Y así volvió el otoño. Y una noche
de despoblados árboles, de cielo
despoblado de estrellas y de luna,
cuando el amor rondabas en la niebla,
de súbito, una bala
dobló tu corazón sobre las hojas.
Sé que por vez primera
fue tu ladrido prolongado y triste.

¿En dónde estás, Alano, buen amigo?
Solo, ahora, en lo oscuro
–fijos en mí tus ojos vigilantes,
apretada tu boca de colmillos atentos–,
te pregunto y te llamo por tu nombre,
el mismo nombre de tu clara estirpe.
¿En dónde estás, Alano?
Estás bajo las hojas del otoño.
En todos los jardines que cuidabas.
En el llanto furioso de los niños.
En el corazón verde de los bosques,
porque tú eres ya el alma de los bosques,
y siempre
los bosques hablarán de ti mientras las brisas
agiten en sus ramas tu recuerdo.

Rafael Alberti.

In memoriam


miércoles, 4 de mayo de 2016

REPETICIÓN



“Si quieres resultados distintos, no hagas siempre las mismas cosas”.
A. Einstein

Un magnate norteamericano viajó a Inglaterra invitado por un lord inglés, por la mediación de un amigo común.

El lord lo recibió a las puertas del vasto jardín que se extendía como una verde y cuidada pradera, al final de la cual se levantaba, solemne, su “castillo” (an english man home is his castle).

Recorrieron ambos, a pie, plácida y lentamente, el trecho que mediaba entre la verja y la casa, hollando silenciosamente el mullido césped, en amables minutos de paz y coloquio.

En poco tiempo, el americano, asombrado por la belleza de la inmensa alfombra, preguntó al inglés:

–¿Cómo ha conseguido Vd. tal perfección en su césped? ¿Le ha resultado difícil? Si me explicara Vd. la manera de hacerlo, querría hacer algo como esto en mi tierra.

–Oh, es muy sencillo de hacer, se lo explicaré brevemente. Mire, solo hay que preparar la tierra, sembrar el césped y, una vez nacido, regar moderadamente cada tres días, cortarlo cada semana y abonarlo al principio de cada temporada. Así de sencillo.

-Si se es constante y se hace durante quinientos años, tendrá con seguridad una pradera como esta.

Llevaba razón el inglés. Era sencillo. Solo que las labores no eran cuestión de hacerlas un par de meses o un par de veces.

Esta anécdota se me quedó grabada desde que la escuché, porque es muy ilustrativa de la importancia de la repetición en el logro de la maestría, cuestión de la que ya nos hablaba el pueblo egipcio antiguo.

En nuestra actual cultura, la repetición tiene mala fama. La llamamos rutina, sin darnos cuenta de que la rutina es repetición, pero con la falta de conciencia e intención de perfeccionamiento pierde todo su inmenso valor de experiencia.

Hoy decimos que el trabajo es embrutecedor y degradante. Y efectivamente lo es si se realiza sin conciencia y amor, si se lleva a cabo de manera mecánica. Y nos lleva lógicamente a la rutina, a la monotonía y, finalmente, al sufrimiento inútil. No es culpa del trabajo. Es culpa de la actitud del trabajador.

¿Cuántas veces hace una paella un buen cocinero?

¿Cuántas veces escribió y reescribió Khalil Gibrán “El Profeta”?

¿Cuántas veces repite el pianista el mismo fragmento de una sonata?

¿Cuántas veces hemos cambiado los pañales a nuestro bebé?

La repetición consciente establece una mágica relación entre el obrador y la obra, llegando ambos a ser una sola cosa. El alma del obrador se infunde en la obra, y la obra se impregna en el alma del obrador.

El obrador perfecciona la obra. Y la obra perfecciona al obrador.

¿Magia?



sábado, 23 de abril de 2016

miércoles, 13 de abril de 2016

FRATERNIDAD Y GLOBALIZACIÓN


Yo me considero un defensor de la fraternidad entre todos los seres humanos, sin ninguna distinción ni de sexo, ni de color de piel, ni de religión, ni de condición social,
ni de nacionalidad, ni ninguna otra que se nos pueda ocurrir.

Y lo soy porque creo en el alma de los seres humanos, y las almas no son diferentes. Todos participamos de los mismos anhelos, inquietudes y alegrías. Y todos somos herederos del acerbo espiritual de nuestros congéneres que nos han precedido en la historia.

Muy bien lo expresó Shakespeare en “El mercader de Venecia”:

"Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos?..."

…Seamos quienes seamos, compartimos la condición humana en los intereses que nos son más propios, el amor, el dolor, la dignidad, la muerte, el honor y cualesquiera de las características que nos identifican.

Por ello, deberíamos considerar a todos los hombres como nuestros hermanos, ya que somos nacidos de la misma raíz, y ansiamos resolver los enigmas que de forma común nos plantea la vida.
Pero la fraternidad busca la unidad de los hombres, pero no su igualdad absoluta. A todos nos es conocido que en familia de varios hermanos, aún habiendo recibido la misma educación, hay disparidad de caracteres. Nunca son copias unos de otros. Existe sí, un lazo de sangre, una hermandad, pero no existe igualdad, ni siquiera en los gemelos.

Ser fraternos con el prójimo lo que exige es que mantengamos con él siempre la cortesía, la cordialidad, el respeto y una buena convivencia. Y no es poco. Nuestra experiencia diaria nos muestra lo escaso que estamos hoy día de estas virtudes. Otro mundo sería este si las practicásemos con asiduidad.

Habitualmente, en ámbitos pequeños, como una reunión de propietarios de una comunidad, o en grandes, como puede ser la Comunidad de Naciones, la ONU, o la Unión Europea, la hermandad es muy escasa, por no decir nula. Cada cual vela exclusivamente por sus intereses sin importarles nada los de sus vecinos. Y, como nadie puede imponerse al otro, las discusiones e incluso insultos son interminables, con  lo que todo termina en más desunión que, en contra de lo que debería esperarse, en más unión.

Pero lo que se ha impuesto en nuestros tiempos, poco a poco pero con un gran éxito, es la idea de la “globalización”. Y lo que nos está trayendo hasta ahora es una gran crisis mundial. No debe constituir para nosotros ninguna sorpresa, pues el germen de la desunión está en el mismo desarrollo de esa idea.

Como el dios de nuestro siglo es el dinero, el actual becerro de oro bíblico, es un movimiento realizado por sus adoradores, no para lograr la concordia entre los hombres, sino para ahondar más en la discordia, no para beneficiar a los países, sino para someterlos a los mitos que convienen a los magos negros.

Vivimos inmersos en un materialismo (adoración a lo material) que ha conseguido casi destruir lo más noble de los hombres, la espiritualidad, lo sagrado, lo tradicional, aquellos fundamentos que han sido siempre los cimientos del desarrollo de las civilizaciones auténticas.

Nos han convencido que el dinero, la ciencia y la tecnología son la trinidad que nos traerá la felicidad a los pueblos. Y para mí que el más remoto poblado escondido en la selva tropical mantiene mucho mejor que nosotros el ideal de fraternidad.

Día a día, mes a mes y año a año, los imperios nefastos de la globalización imponen su forma de ver la vida (siempre a través del dinero), sus costumbres, siempre de nulas ética y estética, a la vez que van vaciando de contenido las tradiciones de siglos de las diversas comunidades del globo. Y esta base tradicional, constitutiva de idiosincrasia de cada una de ellas, está siendo demolida, cuando en realidad, la hermanad incluye el respeto a todas las culturas y la de cada pueblo en particular.
Las grandes luminarias de las civilizaciones que nos antecedieron son sumidas en el olvido o en la difamación. La cultura y el arte en todas sus facetas prácticamente no existen, ya que lo que tales se llama están vendidos al poder del dinero.

Alguien llegó a decirme que la filosofía había muerto ya en el siglo XIX. Esto es una prueba del desarme que se ha ido realizando de los instrumentos de que dispone el hombre para su desarrollo como tal.

Esta idea absurda, que ya no es solo idea, puesto que se está plasmando en el mundo, ha llegado a los últimos rincones del globo con la intervención de los medios de comunicación social. Parece que es una constante y desgraciada realidad que estos medios sean manejados siempre para mal que para bien. Está claro que los mueve el dinero, que está siempre en manos de los magos negros. La televisión, la radio, los periódicos, los libros que se publican… todos están intervenidos por el becerro de oro. Y llevan a la ingenua población a ajustar sus vidas a lo que en esos medios se proponen como componentes de la felicidad, el tener más dinero, a costa de lo que sea. Es la nueva moral, a saber: si algo da dinero es bueno, si no lo da es malo.





miércoles, 6 de abril de 2016

HOJAS,FLORES Y FRUTOS


 Paseaba distraídamente por una calle soleada, y mis ojos tropezaron con la esquina descuidada y seca de un pequeño jardín. Unas yucas viejas sobrevivían estoicamente en una tierra yerma y desabrida. Pero ¡oh, milagro! en sus pináculos lucían los grandes penachos blancos de flores que hacen de corona de su verde arquitectura.

 Amo las plantas, y algo se movió en mis aires y en mis pasos. ¡Dando flores en su situación! Me resultaba sorprendente.

 Me vino a la memoria mi amigo Carreño, el campero, aquél día que le pregunté por qué mis tomateras solo daban hojas y hojas, pero no me regalaba flores amarillas ni las veía parir las verdes bolitas.

 Tras mucho preguntarme sobre como las trataba, emitió su veredicto, para mi inapelable: las regaba mucho, mucho más de lo que debiera. Por eso no daban flores ni frutos. Tienes que hacerlas penar –me dijo-, solo así te darán frutos. Solo así sus raíces la fijarán a la tierra y será fuerte. Como tú las tratas saben que nada les falta y se dedican a vivir confortablemente, no se esfuerzan en nada.

 Sus sabias sentencias de viejo labrador se quedaron grabadas en algún lugar de mis misterios, por paradójicas, por sabias y también por incomprensibles.

 Mucho más tarde, y en etapas de mi vida que fueron duras pero fecundas, volvieron a mí. Y pude ver que así era. Y supe que un marino se hace marino en las tormentas y en los temporales, y en los restos del naufragio, mucho más que en sus travesías de bonanza.

 Mis yucas... mis tomateras... ¿son quizá habitantes de mi alma?



martes, 29 de marzo de 2016

DISCUTIR





- Oye, ¿tú de qué estás tan gordo?
- ¿Yo? De no discutir.
- ¡Hombre! Eso no es posible, tiene que ser de otra cosa.
- Pues sí,… es posible que sea de otra cosa…

 A mí me cuentan muchos chistes, será porque yo los cuento también. Me gustan los chistes, sobre todo porque casi todos encierran alguna enseñanza de la vida. Y este que acabo de contar también.

 Hay gente a la que, incomprensiblemente para mí, le gusta discutir. De lo que sea. Hay incluso gente que su manera de conversar es la discusión. No practica, o no sabe, otra. Pero yo creo que la discusión es no solo perfectamente inútil, sino dañina.

 Es preciso ser consciente de que cuando dos o más personas discuten, el discurso de cada uno está enfocado a imponer su visión del tema. Y, teniendo en cuenta esa meta, cuando una persona discutidora expone algo, cualquier otro enfoque que exponga alguien que esté presente, y que no se ajuste al suyo, será tratado por ella como un enfoque del todo erróneo y además como una ofensa a su buen criterio. Y por lo tanto sus esfuerzos no se dirigirán a reafirmar sensatamente el suyo propio, sino a desbaratar el ajeno.

 Lo más característico de la situación es que ninguno de los discutidores escucha atentamente la disertación de otro, sino que únicamente analiza lo que le da la razón y lo que se la quita. No reflexiona sobre el punto de vista ajeno, que al parecer no le interesa en absoluto, sino que pasa todo el tiempo comparándolo con el que él tiene para tratar de encontrar en las palabras que dijo las que pueden avalar su versión. Su proceso de pensamiento va siempre dirigido a encontrar rápidamente argumentos con el que rebatir cualquier planteamiento contrario al suyo, o a buscar en los discursos ajenos aquello que puedan apoyarlo.

 El resultado es que la comunicación es nula y el derroche de energía inmenso. Y lo que es aún peor, no sólo se malgasta el tiempo y las palabras, porque en las discusiones siempre está presente una gran implicación emocional, con lo que estas situaciones son una sangría de fuerza muy grande.

 Estos episodios suelen acabar en rencores, reproches, desprecios, e incluso muchas veces en violencia: agresiones, mentales, psíquicas e incluso físicas. ¡Lo que era únicamente (o debiera ser) tratar de compartir visiones sobre las cosas de la vida!

 Sabemos que la comunicación es difícil, pero de esta manera no es solo difícil, es simplemente imposible.

 Yo por mi parte, ante un discutidor, siempre diré que posiblemente esté gordo no por no discutir, que es muy posible que sea por cualquier otra cosa.




martes, 15 de marzo de 2016

COMPRENSIÓN

 Hay una prueba para saber si comprendemos bien algo.
Consiste en explicárselo a tu abuela mayor.
Si lo comprende es que nosotros lo hemos comprendido también.
Albert Einstein


Esta prueba que nos propone el Sr. Einstein es definitiva. Lo más complicado, si se comprende, puede explicarse en el lenguaje más sencillo.

Probad a explicar a vuestro hijo de cinco años quién es Dios, o porqué amáis a su madre, o porqué existe el trabajo. Si él consigue entenderlo es que vosotros lo comprendéis. Si no… lo más probable es que no lo comprendáis, y la causa más probable es que nunca os lo planteasteis. Por algo son incómodas las preguntas de los niños. Y esta incomodidad que producen es la causa de la pérdida de tantos filósofos precoces.

Generalmente el asunto termina con un: “Niño, porque sí, y ya está.” Ahí acaba la vida de un buscador de la verdad de las cosas. Semejante asesinato de la curiosidad es el germen de futuros adultos que nunca se preguntan nada. Y si no se preguntan nada, nada comprenderán nunca.

Hoy la comprensión es algo en verdad raro. Hay mucha gente que cree que sabe cosas, y que además las comprende, y lo creen simplemente porque han leído libros. Si esto funcionara así, podríamos comprender perfectamente el pensamiento de Platón, gracias a que sus escritos están publicados en casi cualquier idioma.

Pero… no basta leer. Leer sabe un chico con, digamos, diez o doce años. Pero comprender… puede ser cuestión de una vida. Y a veces una vida solo alcanza para comprender muy escasas cosas importantes. E incluso a veces para no comprender ninguna, es decir, nada.

Últimamente he recibido muchos emails con una pretendida respuesta de S. Freud a una pregunta de una pretendida alumna, o entrevistadora. Es como sigue:

- Doctor, usted que es un eminente psicoanalista, ¿Cómo cree que debe ser un ser humano válido como tal?
- En mi opinión, responde Freud, alguien que sabe amar y trabajar.

El simple deduce de ello que es fácil ser un ser humano válido. Al fin y al cabo solo es necesario amar y trabajar, y yo ya trabajo y amo a mi mujer y a mis hijos, y también a mis amigos. Así que ya está.

Si todo fuera tan sencillo… Pero aprender a amar y a trabajar no lo es, como no lo es nada de lo que es importante y decisivo en nuestras vidas. En el camino a lo real no hay nada regalado, todo debe conseguirse con nuestro trabajo. De reflexión, de asunción de nuestra ignorancia, de auténtica humildad, de paciente trabajo, de experiencias, de amplitud de miras, de… de muchas cosas.

No somos sabios por naturaleza. Llegar a ser sabio, al que le interese esto, claro, es una carrera muy larga. Si llegar a ser médico, ingeniero o arquitecto toma cinco o diez años, llegar a comprender lo esencial de la vida ¿cuánto nos tomaría? Posiblemente la vida entera.

¿Cuántos años de intenso trabajo, de estudios, de reflexión, de prácticas en su profesión creéis que necesitó S. Freud para concluir que el hombre culmina su vida consiguiendo ser doctor en las artes de amar y de trabajar? Me parece que muchos… Y con el grado de formación que tuvo este genio ¿seguimos considerando tan sencillo conseguir lo que afirma? A veces, casi siempre diría yo, somos muy ingenuos.

Hay mucha gente que cree, y lo defiende, que todo ser humano por naturaleza comprende lo que es bueno, lo que es justo, lo que es bello, lo que es verdadero. Esta comprensión se supone que nace con cualquier ser humano. ¡Qué mundo tan perfecto tendríamos si esto fuera así! Porque, contrariamente a lo que se piensa, el sabio que logra comprender estas cosas y vivir conforme a ellas no es un ser amargado, triste, y que vive así por obligación moral, sino que resulta que es un ser alegre, feliz y actúa libremente y por libre elección.

Decía un sabio que conocí que hay una prueba irrefutable para saber si alguien que parece sabio por sus palabras y actos es sabio en verdad.

La prueba del algodón era:
Si es alegre, veraz, honrado y trabajador, lo es en verdad. Si no, probablemente sea un farsante.

Esta vida no es un valle de lágrimas y el que se amarga en cumplimiento de su “moral” es en verdad un amoral, porque dispone de una moral ficticia e inexistente. Más le valiera dedicarse a cualquier otra cosa que lo hiciera mínimamente feliz.