miércoles, 21 de junio de 2017

SOLSTICIO





Sol que nació invicto
en lo profundo del invierno.
Que fecundó brotes y nidos,
amores y ternuras,
por la primavera blanca.

Sol que agostó flores,
en la vieja alquimia,
encerrando sus rayos
en la fruta jugosa
y en los tiernos corazones.

Sol niño, joven y viejo.
Sol nuevo y antiguo,
Novio, amante y esposo,
en brotes, flores y frutas.

Naciente, y pleno, y poniente,
amarillo, blanco y rojo,
padre amante, hijo sonriente,
complaciente y amado abuelo.
Siempre tú, tú por siempre.

Viajamos contigo, sentados
en el hueco de tu mano triunfante,
sobre el arco noble de tu brazo,
en la cuna amorosa de tu centro,
en tu ser, que es el nuestro perdido.

Lleva mis pasos amantes
como débiles huevos primero,
orugas cansinas y crisálidas luego,
al reino de tu luz,
de mariposas aladas,
a unirnos con tu brillo,
a morir en tu fuego.



miércoles, 14 de junio de 2017

¿DÓNDE HABITA LA POESÍA?




Anoche hablé contigo, y nuestras íntimas miradas me hicieron preguntarme cosas, que ahora te quiero contar.

A veces me pregunto donde va la poesía cuando te abandona. Un poeta hizo una pregunta parecida: Cuándo el amor se acaba ¿sabes tú adonde va?

Me pregunto lo que se preguntaba Leonard Cohen en una de sus canciones:

“¿Where is your famous golden touch?”

¿Dónde dejé la poesía, donde el amor, donde el añorado toque de oro? Seguramente se marcharon de mí en los ojos y en el pecho de mis vírgenes amantes. O se quedaron en los verdes brotes nacientes y poderosos. O se los llevó, al decir del poeta, como el viento de otoño se lleva las hojas pardas.

Pero también estén quizá en el próximo recodo del camino, que ya se vislumbra tras el frío y la niebla del invierno.

Quizá mi mano perdió su pátina de oro cuando dejé de cavar en la mina, cuando dejé de cernir las arenas auríferas de mis arroyos más limpios.

Pero lo que he visto existe, y ya no me puedo engañar. No puedo negar el brillo solar, aunque el cielo hoy esté nublado. Sé que está detrás de las nubes, detrás de mí y de mi desesperanza.

Dime que sí, hermana, dime que mi aliento puede abrasar otra vez, que mi voz puede llevar almas a su nido, que mi mano puede ayudar a guiar a los ciegos, que puedo soportar el peso de los que quiero llevar al otro lado del tránsito doloroso.

Dime que aún tengo fuerzas, que mi corazón enciende aún ilusiones, que mi amor abrasa aún corazones, que mi clarín todavía es capaz de traspasar el ruido y de hacerse oír entre los estériles rumores. Dime, aunque yo no consiga creerlo, que mi voz es aún dulce a tus oídos, que mi alma aún tiene brasas que calientan, y que mi mano aún puede dar caricias que sean benéficas y portadoras de alegría.

Dime… que aún puedo ser amante para un alma sedienta, agua fresca para el abrasado, cama en que repose un alma cansada, musa que inspire un corazón ardiente.

Dímelo.



jueves, 1 de junio de 2017

LA MIRADA SERENA







Pasé algunos veranos en El Palmar de Vejer. Es una playa de Cádiz muy particular, al menos lo era en aquellos días.

Hace años que no voy, pero entonces era virgen. Todo estaba justo como se puso en el comienzo. Arena, mar, viento, y esas plantas que uno nunca entiende como pueden crecer en la playa. Y algo todavía más particular. Donde acababa la arena comenzaban los sembrados. A tres metros de la dorada pero estéril arena crecían espléndidas zanahorias en una tierra increíblemente negra y olorosa.

Me resultaba un milagro. Un día pregunté a Domingo, el hijo hortelano de José, cómo era posible. Sonriendo, me contesto: - Esto que ves –me dijo señalando a su amada tierra-, solo es arena y estiércol. Nada más es preciso.

Vivíamos en unas pequeñas y humildes casas que José había transformado de establos para vacas en casitas para veraneantes. Y estaban junto a la gran huerta, donde cultivaba, bien pimientos, tomates o calabacines, si era verano, o apios tempraneros, habas, coles o lechugas si era invierno. Y muchas otras cosas que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que amaba su tierra. Seguramente la tierra en que vio la luz, y también seguramente la tierra donde verá la otra luz.

Su corazón es sencillo, y tan claro y humilde como el agua que riega sus campos. Ya es mayor, anciano, y una tarde de Septiembre le vi caminar despacio, andando en la luz benigna del atardecer andaluz. ¿Dónde irá José? –me pregunté- Le vi sentarse más tarde en la acera que rodea la casa que se hizo su hijo junto a la suya. De lejos le observaba, sin querer turbar su paz. Pero algo me empujó a ir junto a él. Y me senté a su lado. -¿Que tal José?-, dije. Volvió su cara lentamente y me miró. Nunca olvidaré su mirada. Abrió algún surco en mi pecho que aún no he cerrado esperando que germine su semilla de serenidad.

Quizá muchas veces me pregunté qué sería la serenidad, esa perdida virtud que solo atribuyen a los sabios antiguos. Pero no sé si hoy existen sabios. Sí sé que José sí lo es y que su mirada está en mí y que desde entonces su semilla ha ido germinando.

Comprendo que las virtudes no son gratuitas ni fruto del pensar o meditar. Son fruto de la vida. Y sé algo de su vida que me contó su hijo. Y desde entonces entiendo su tranquila mirada al sol poniente.

Pasó sus días abriendo las entrañas de la tierra, regándolas con su sudor, entregándole sus días de fuerza, llevando en sus espaldas el sol del sur, mirando al cielo, observando los vientos. Riendo con los brotes y los frutos, llorando con las heladas.

Engendró sus hijos, crió sus vacas, cebó sus cerdos. En tiempo de garbanzos, garbanzos. En tiempo de lentejas, lentejas. Carne en manteca y alguna arroba de vino conseguida por algunos sacos de trigo.

Sembrar, segar, trillar, aventar, moler, hornear,... comer. Esa fue su vida. Comió su tierra amada, entró en sus venas, en todo su ser. Y él es ahora la tierra, germinada con el sol, las lluvias y los vientos.

Y su mirada, esa que quedó en mí aquella tarde como un regalo, como una prenda, es para mí la mirada del planeta, de los soles y de las galaxias.


jueves, 25 de mayo de 2017

COMO RAYO SOBRE LAS AGUAS





Como espíritu del rayo sobre las aguas,
como semilla que penetra la tierra,
como semen que fecunda al vibrante óvulo,
como mente creadora que ordena la materia,
y la embellece,
como pincel de pintor, que da vida
al lienzo virgen, blanco y liso,
como voz, que da sentido y contenido a los sonidos,
como el creador, que con su mente da forma y vida
y ser a todo lo existente,
como Dios, que deja su firma
en todas sus criaturas vivientes
desde las inmensas hasta las ínfimas,
como el beso, que hace transparente el amor,
como pájaros, que mueven al azul celeste,
como la mano que acaricia, que da calor y vida,
como un amanecer, que disuelve el frío de la noche,
como un barco, que surca las aguas oscuras
y hace su camino, y llega así a su puerto,
como cielo estrellado,
donde infinitas estrellas
envuelve en luz la negrura.
como mirada, mirada que nos enseña un alma,
como músico, que con siete sonidos teje
la más divina de las sinfonías.
como médico, que con sus manos, con su arte,
resuelve el mal que acongoja,
como el arquitecto, que con piedra y argamasa
construye el más excelso de los templos.
como juez que juzga, unido a la esencia de la justicia universal
y puede juzgar los actos humanos.

Porque el hombre, que conoce y se ama a sí mismo,
a su prójimo, a los hombres, la humanidad, la Naturaleza, el Universo, Dios,
y ama a sus hermanos los animales, y a sus hermanas las plantas,
a su escabel mineral también,
y a su madre Tierra, y a su padre, Cielo.




sábado, 20 de mayo de 2017

¡CARACOLES!





 A todos nos es muy familiar la exclamación española de ¡caracoles! Yo nunca había intuido su significado, claro que tampoco nunca me había propuesto cocinar caracoles.

Un día estuvo en casa una amiga, la que, entusiasmada, nos dio una emotiva conferencia sobre la facultad restauradora de la piel que dicen que posee la baba de caracol, de la que ella, por experiencia, podía dar fe. De todos los fluidos de consistencia mucosa producidos por la naturaleza, ya sean de origen vegetal o animal, éste era el mejor con diferencia. Al parecer ya pasó la moda del aloe vera. La baba de caracol es muchísimo mejor para la piel.

Y también hace unos días degusté con sumo placer un tazón de caracoles que hizo, pura alquimia natural, otra amiga, experta cocinera, al parecer, de origen genético. Yo soy un amante (o lo era) de estos bichos curiosos, a los que las mujeres ponen de símbolo del hombre y los hombres de las mujeres. Con el caldo tradicional, con el caldo cordobés, con la salsa tomatera… en fin, de cualquier manera. Primero los bichos, y luego el caldo, y si es con salsa… a mojar pan.

Y resulta que hoy, que fui a la plaza a buscar a alguien a quien debía dinero, para pagarle (quien paga descansa, y quien cobra más), me topé en la puerta con un puesto de caracoles (al natural). Y caí estúpidamente en la tentación.
- Deme un kilo, y los avíos.
- Son 2,50 más los avíos, 3,50
- Muy bien, póngalos.

Me fui a casa, contento, imaginando la hermosa olla que prepararía, para mí y para mis amigos que, al igual que yo, son amantes de su exquisito paladar. Herencia francesa, debe ser, supongo. L’escargots… oh, la, la, l’escargots! Pero al fin y al cabo tampoco tengo tantos apellidos franceses, creo recordar que solo uno. En realidad me deberían gustar mucho más las pizzas, tengo varios italianos…

Cuando llegué no había comido aún. La comida la estaba preparando mi mujer, la que, cuando vio la bolsa de caracoles, adivinando mis intenciones, me espetó agriamente:

¡Eres un asesino en masa!
¿Todos esos caracoles vas a exterminar? y ¡vivos!
¡No voy a consentir tal caracolicidio en mi casa!

A pesar de recordarle a los pobres cerditos, a los pobres pollitos, a las pobres terneritas y demás bichos comestibles cuya carne pasa día a día por nuestro gaznate, no la pude desanimar de la imputación que me hacía de exterminador de animales.

Tras recordarle que el asesinato no se iba a producir en su casa, sino también en la mía, y que, tras hacerlo, pediría perdón a Buda y a Francisco de Asís, asumiendo la culpa y la penitencia que me impusieran, me dispuse a empezar con mi tarea.

Antes que nada, por supuesto, llamé a mi amiga la experta en cocina, y le pedí instrucciones. Para empezar –me dijo- tienes que lavar los caracoles repetidas veces hasta que no tengan nada de baba. ¿Con Fairy? –pregunté yo-. No, hombre no, con agua solo, pero tienes que hacerlo muchas veces, y continuamente cambiando el agua, hasta que ya no salga espuma. Cuando estén completamente limpios ya puedes matarlos y luego cocinarlos. Matarlos… ¿uno a uno? –pregunté- No seas idiota, los pones en agua a fuego lento y se van muriendo. En este punto me puse a pensar que Mari Luz tenía razón. No era asesinato, era tortura. Me pensé a mí mismo sometido al mismo tormento y un escalofrío recorrió mi espalda.
-Bueno, bien, gracias, empezaré por lo del lavado. Si consigo conservar intacta mi conciencia durante la hora del lavado, los mataré. Pero que conste que me lo has dicho tú. Y si alguien me pregunta diré que tú eres la culpable-
Y me puse a lavarlos.

Al principio bien. Los frotaba, los frotaba, dentro del agua, y yo diría que a los bichos le gustaba. ¿Y a quién no, pensé yo? Un bañito con suave masajeo, en agua fresca y limpia. ¿No querréis que os ponga desodorante cuando termine, supongo? –les pregunté en voz baja- Hasta ahí podríamos llegar.

Cuando acababa de ducharlos por decimoquinta vez, ya un poco mosqueado, era ya la hora de comer. Así que les quité el agua, y les di un descanso hasta después. Portaros bien –les dije- y no hacer más baba, por favor… y mucho menos se os ocurra cagaros… por lo menos hasta que vuelva.

Era ya por la tarde, después de la siesta, y fui a verlos. No, no se habían portado bien. A pesar de que, según las instrucciones, había frotado un limón por el borde de la olla para que nos se salieran, no habían parado en barras. Estaban por todos sitios, por la encimera, por el paño, por las esquinas, y lo que es peor, comiéndose el jamón. ¡Por favor! ¡El jamón es de Guijuelo! Pues por eso, ¡qué te crees! –pensé que me respondían-
Apresuradamente, comencé a llevarlos al redil otra vez, maldiciendo su atrevimiento. No había tomado café, y tenía todavía la neurona espesa. Pero decidí que había que coger al toro por los cuernos, mejor dicho a los caracoles. Así que, antes de salir a lo del café, los dejaría limpios. Como fuera.

Tras otros quince lavados, los puñeteros caracoles aún seguían babeando. Para mí que estaban hechos exclusivamente de baba, o al menos en un gran porcentaje. Pero yo, impertérrito, impasible el ademán, continué y continué. Cuando miré distraídamente el reloj eran ya las nueve menos cuarto. Y, considerando la total desaparición de baba como un asunto imposible, ya que me di cuenta que eran mucho más rápidos fabricándola que yo eliminándola, los consideré con la baba mínima para mis facultades, y me fui a tomar café, eso sí, después de pasar el limón otra vez por el filo de la olla. Quien sabe, quizá esta vez tenga efecto, deben estar muy debilitados o por lo menos mareados –pensé-

Una vez que subí, con la neurona ya más dócil, decidí que era el momento de vengarme, sometiéndolos a una muerte lenta. Y tras el permiso de la autoridad, me dispuse al tormento. A la olla, y a fuego lento. Y ahora, si persistís en vuestra contumacia, seguid babeando. Sospeché por un momento que, aún después de muertos, seguirían babeando. Pero me tranquilicé pensando que no hay bicho viviente que haga nada siendo difunto.

Una vez cadáveres, eliminé la baba que expulsaron en su agonía. Normal, pensé. Cualquiera lo haría, quizá hasta yo mismo en tales circunstancias. Y tras colarlos por vigésimo quinta vez, los eché al caldo de especies preparado al efecto. ¡A hervir, y a poneros en su punto!
¡Caso omiso! El caldo era un líquido filante, bastaba meter la cuchara de madera y luego sacarla para comprobarlo.

Me sentía vencido. Vencido por unos bichos cornudos y babeantes. Era inaudito. Yo ¡el rey de la creación, vencido por un animal insignificante!
Puse el fuego más fuerte. ¡Anda! ¡Seguid babeando, anda! ¿Os creéis muy listos eh? Cuando volví a la calma, pensé en que quizá pudieran ser comidos por alguien que no conociera la triste historia. Pensé –ojos que no ven, corazón que no siente- Así que decidí que, en venganza, se los daría a probar a mi amiga consejera, que era después de todo la culpable de mi tragedia. Si no decía nada… ¡adelante!, invitaría a todo el mundo, y yo, para evitar tomar aquél ungüento baboso, haría playback moviendo la boca como si comiera. Después de todo canto en un coro, y estoy acostumbrado a hacerlo.

viernes, 12 de mayo de 2017

¿Buena suerte? ¿Mala suerte?







Hoy quiero ofreceros un viejo cuento, de autor desconocido, que ha sido conservado por cristianos y sufíes.
Esta es la versión sufí.


Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra. El vecino que se percató de este hecho corrió a la puerta de nuestro hombre diciéndole:

-Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes con los que se había unido. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar. ¡Qué buena suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Más adelante el hijo de nuestro hombre montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y calló al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

-¡Qué mala suerte has tenido! Tu hijo se accidentó y no podrá ayudarte, tu eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miró y dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Pasó el tiempo y en ese país estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército iba por los campos reclutando a los jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al de nuestro hombre se le declaró no apto por estar imposibilitado. Nuevamente el vecino corrió diciendo:

-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo:


-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.



martes, 9 de mayo de 2017

TENSIÓN




Lo que hace posible que el violín dé notas hermosas es la tensión de sus cuerdas.

Desde que entró la nueva directora de la coral se comenta que hay mucha tensión en el ambiente. Y yo creo que es cierto. Pero hay que preguntarse si la tensión en un proyecto, en un trabajo, en algo que queremos conseguir, es positiva o es negativa, es necesaria o es indeseable.

Yo creo que lo contrario de la tensión, que es el relajamiento, no lleva en realidad a sitio alguno de progreso, porque la consecución de un objetivo, la consecución de un logro, exige un esfuerzo, y el esfuerzo exige una tensión. Para relajarse está la playa, tumbarse al dolce far niente, está también quedarse embobado ante un programa de televisión, que no exige ni siquiera pensar, dejarse llevar por las influencias adormecedoras de muchos, muchísimos, inventos y modas de nuestro siglo, que buscan entontecer al hombre y hacerlo un perfecto inútil para conseguir cualquier cosa, tanto para sí mismo como para los demás.

La tensión genera fuerza. La tensión, bien encauzada, produce modificaciones, en nosotros mismos y como consecuencia, en aquella empresa que emprendamos, en aquél ambiente en el que estemos. Una persona anodina es una persona relajante, pero no transmite energía.

En esta nueva directora se encuentra para mí el paradigma de la tensión, de la voluntad, de la fuerza, del impulso necesario para conseguir que los miembros de la coral seamos músicos, amemos la música, y por lo tanto nos entreguemos a ella en mayor medida, con nuestro esfuerzo, con nuestro trabajo, con nuestra sana tensión del alma. Y todo ello para conseguir logros como el que recientemente hemos conseguido hace unos días.

No es cierto. No es cierto que haya que huir de la tensión. Eso es un escape de lo único que realmente nos hace hombres, la conquista de nuestras metas más elevadas, de nuestras metas más válidas. Decía un sabio que existía una estrecha vinculación entre lo difícil y lo válido. Nada válido es fácil. Nada válido se consigue sin esfuerzo. Y ningún esfuerzo se emprende sin tensión. Así es. Y por eso creo que hoy día, en nuestra abúlica y aburrida sociedad, son necesarios hombres y mujeres que transmitan esa sana tensión del alma, ese esfuerzo del alma por dirigirse allí donde le lleva su ser más propiamente humano, sus anhelos más propiamente humanos.

Estos anhelos no se van a conseguir con el “relax”, con el relajamiento, con la tranquilidad, con la quietud, con el adormecimiento, que es justamente lo que nos ofrece hoy esta sociedad podrida en la que vivimos. Justamente es lo contrario. Lo que dignifica al hombre es su esfuerzo por conseguir sus metas. Y el esfuerzo por conseguir las metas es lo primero y más necesario, y junto con la inteligencia, la perseverancia y la voluntad es posible llegar a cualquier sitio. Pero todas estas virtudes no valen nada si no está presente el esfuerzo.


























domingo, 9 de abril de 2017

UN CÉNTIMO



Dedicado a mi querida amiga Altea





Estaba en El Florín cumpliendo mi rito matinal del café despertador y del Diario, que leo con un interés que a mí mismo me sorprende. Aquello estaba lleno de gente, a pesar de la hora temprana. Busqué mesa, y sólo encontré una que estaba llena de vasos vacíos y restos de comida. Me hice un sitio y esperé pacientemente el café y que me limpiaran la mesa. Los camareros estaban agobiados.

Mientras esperaba miré alrededor distraídamente y vi un céntimo en el suelo. Observé a la gente que pasaba por su lado. Al parecer nadie reparaba en él. También podría ocurrir que alguien lo viera y pensara: -¡Bah!, sólo es un céntimo.

Al rato, me agaché, lo cogí, y lo puse en mi mesa. Al poco vino el camarero, recogió los restos del desayuno ajeno, pasó un trapo, pero... dejó el céntimo en la mesa.

Tenía ya el Diario abierto y el café esperándome, pero cogí el céntimo y lo observé. No era de oro falso y plata falsa, como la moneda de euro. Solo era de humilde cobre. Era pequeña, muy pequeña, si acaso como un botón de camisa.

Me quité las gafas (soy miope) y la miré de cerca por ambas caras. Y quedé sorprendido. No tenía efigie de reyes. No tenía mapas de pueblos opulentos. No tenía siquiera adornos en su canto. En suma, vista de lejos era sumamente insignificante. Pero yo procuré quitarme mis gafas de la vida y mirarla con detalle, tratando de resolver su misterio.

Y vi una de sus caras. Era una catedral, la fachada de una espléndida catedral. ¡Vaya! Que cosa podría ser más grande que una catedral, atemporal, sagrada, casa y templo de sentimientos puros. Descanso del viajero en el tortuoso camino al cielo lejano.

Sorprendido le di la vuelta. Esperaba el mapa de los pueblos ricos y “de progreso”. Pero no. Tenía una imagen del planeta Tierra. ¡Incluso estaba África! Allí estaba toda la Humanidad. Los que malgastan inútilmente la riqueza y los que nunca conocieron siquiera la existencia de un grifo. Los sumamente tontos y los sumamente listos. Los cobardes y los valientes. Los hombres de todos los colores. Los esclavos y los traficantes de esclavos. Todos allí, en la pequeña moneda de céntimo.

La guardé en mi bolsillo, después de limpiar la suciedad de los que la pisaron, de los que la ignoraron y de los que la despreciaron. Y ahora la tengo delante de mí, como mi símbolo, como mi despertador, como mi pequeña y gran amiga.

Ahora no es un céntimo. Es mi céntimo.





miércoles, 8 de febrero de 2017

Jean Philippe Rameau Les Indes Galantes (final)

Final de la Ópera-Ballet de Jean-Philippe Rameau (Dijon, 25 de septiembre de 1683 - París, 12 de septiembre de 1764) "Les indes galantes"