domingo, 24 de mayo de 2015

COMO RAYO SOBRE LAS AGUAS


Como espíritu del rayo sobre las aguas,
como semilla que penetra la tierra,
como semen que fecunda al vibrante óvulo,
como mente creadora que ordena la materia,
y la embellece,
como pincel de pintor, que da vida
al lienzo virgen, blanco y liso,
como voz, que da sentido y contenido a los sonidos,
como el creador, que con su mente da forma y vida
y ser a todo lo existente,
como Dios, que deja su firma
en todas sus criaturas vivientes
desde las inmensas hasta las ínfimas,
como el beso, que hace transparente el amor,
como pájaros, que mueven al azul celeste,
como la mano que acaricia, que da calor y vida,
como un amanecer, que disuelve el frío de la noche,
como un barco, que surca las aguas oscuras
y hace su camino, y llega así a su puerto,
como cielo estrellado,
donde infinitas estrellas
envuelve en luz la negrura.
como mirada, mirada que nos enseña un alma,
como músico, que con siete sonidos teje
la más divina de las sinfonías.
como médico, que con sus manos, con su arte,
resuelve el mal que acongoja,
como el arquitecto, que con piedra y argamasa
construye el más excelso de los templos.
como juez que juzga, unido a la esencia de la justicia universal
y puede juzgar los actos humanos.

Porque el hombre, que conoce y se ama a sí mismo,
a su prójimo, a los hombres, la humanidad, la Naturaleza, el Universo, Dios,
y ama a sus hermanos los animales, y a sus hermanas las plantas,
a su escabel mineral también,
y a su madre Tierra, y a su padre, Cielo.



viernes, 22 de mayo de 2015

GLOBALIZACIÓN



He escuchado que la población del primer mundo está atemorizada ante la amenaza de una gripe que puede provocar miles de muertos.
Pero en África hay miles de muertos cada día, no de enfermedad, sino simplemente de hambre.

He visto cómo en algunos países se obliga a toda mujer a ocultar en lo absoluto toda su figura en público de forma permanente y no le es posible hacer ninguna cosa si no es con permiso de su marido, padre o hermano.
Pero en los países de mi entorno, la mujeres muestran la belleza de su cuerpo, o la fealdad, de manera decidida únicamente por ellas. Y deciden lo que hacer o no hacer en su vida, sin que nadie se lo impida.

Sé que en nuestro mundo rico, nuestra mayor preocupación no es comer, sino adelgazar y eliminar los restos luego.
Pero en continentes enteros, la mayor ocupación es conseguir algo para llenar el estómago. Adelgazar y defecar no es ningún problema, y no creo que nadie esté a dieta ni consuma laxantes.

Sé también que la mayor preocupación de nuestros adolescentes y jóvenes es conseguir el ordenador más potente y el televisor más grande.
Y en otros lugares del planeta no saben siquiera de la existencia des estas máquinas.

Veo que en nuestro mundo “civilizado” se puede hablar en público de todo, se puede insultar de forma gratuita a quien uno quiera, se puede robar con escasas probabilidades de ser castigado, y hay muchos chicos que dan palizas a sus padres, a sus profesores, a cualquiera que anda por la calles que les mira “mal”, e incluso a los agentes de la autoridad, sin ser responsabilizados de sus actos.
Y he escuchado que en el mundo “no civilizado” la infidelidad conyugal, la agresión o el robo son castigados con lapidación, apaleamiento, cárcel a pan y agua, o mutilación de la mano derecha. Y la mínima rebelión o crítica al poder, directamente con la pena de muerte en proceso sumario.

Asisto, en nuestro mundo, a museos, teatros, cines, exposiciones, conciertos, fiestas públicas…
Pero sé que en “otros mundos” el único (pero a veces subyugante) espectáculo es el que ofrece la madre naturaleza.

También sé que producimos muchos kilos diarios de basura doméstica, que se convierte luego en abono o desechos más o menos tóxicos.
Pero también sé que en muchos lugares no hay basura, salvo los restos no digeribles de la comida, con los que se alimentan a los cerdos y otros animales comestibles.

Y que estamos preocupados por la contaminación de nuestros automóviles y fábricas, preocupación que no comparten muchos millones de hermanos, porque viajan en burros o mulas, no en automóvil, y sus fábricas funcionan no con máquinas. Funcionan únicamente con sus propias manos.
¿Qué será eso de “la globalización?


domingo, 17 de mayo de 2015

MÉDICOS

 Fui a comprar un cepillo de dientes de esos eléctricos, porque el viejo se cayó (como suele ocurrir no se sabe a quién) y se rompió.

Cuando llegué a la tienda, el dependiente estaba ocupado con unos clientes, así que me puse un poco aparte y esperé pacientemente a que terminara. Estaban comprando una báscula de baño supermoderna. Se trataba de tres personas, dos señoras y un señor, todos de cierta edad, de unos cuarenta y tantos… cuarenta y treinta, más o menos.

El dependiente tenía como dos metros y algo de estatura y, por el diámetro que ostentaba su panza, unos ciento treinta kilos de peso. Algo espectacular.

Yo, siguiendo mi costumbre, me metí en la conversación que tenían acerca de la báscula.

- Nunca me compraría una cosa como esa –dije- total… ya está el espejo…
-A ver, joven –le dije al dependiente- ¿tú te pesas alguna vez?
-Por supuesto que no –me contestó- ¿para qué? ya sé que estoy gordo.

Es que estar obeso es un factor de riesgo para los problemas del corazón, -dijo una de las señoras, recitando como un loro uno de los miles de anuncios de los medios al respecto-.

Pues sí, dije yo, y también el colesterol, y el comer mucho, y no hacer ejercicio, pero yo ya no creo en los médicos. Escudándose en ellos, los mercaderes nos tratan de asustar continuamente y así vendernos toda clase de porquerías. Además no nos dejan vivir, no nos dejan tomar café, ni beber cerveza, ni comer jamón, ni casi nada de lo que está bueno. Pretenden que vivamos como ermitaños. ¡Qué tristeza! Verduras, verduras… ¡no somos vacas! ¿O es que quieren que nos convirtamos en rumiantes abstemios?

Yo, por mi parte, no pienso hacerles ni caso -les dije-, para asustarme ya tengo a la Hacienda, la guardia civil de tráfico, los vecinos, los delincuentes, y el gobierno. No es poca cosa, créame. Suficiente para asustar al más osado.

¿Qué es lo que quieren? ¿Qué no coma jamón, ni queso, ni beba vino, ni cerveza, ni una buena fabada ni un puchero con pringá? ¿Qué me dedique a andar todos los días diez kilómetros a paso de campeonato olímpico? ¿Qué beba cerveza sin alcohol, café sin cafeína, leche sin nata? ¿Pues no ha pasado una generación privándose del atún, del salmón, de las caballas y las sardinas, del aceite de oliva y los huevos fritos? ¿Y si en diez años se descubre, como en la película de Woody Allen “El dormilón”, que lo mejor para la salud es beber un buen coñac francés y fumarse luego un puro habano? ¿Quién me resarce de los placeres omitidos? No, no, y no…

Además, yo creo que los médicos, más que fisiología, patología y cirugía, en lo que son expertos es en lenguas muertas, en griego y en latín. Y además tienen su cajón de sastre. Yo mismo podría ser médico, si me empeñara.

-Buenos días doctor, me duele una barbaridad la cabeza-
- Usted lo que tiene es cefalea, le contesta el doctor con voz de gravedad.
Y lo que el paciente no sabe es que el doctor le ha diagnosticado exactamente lo mismo que él le dijo, porque cefalea, del griego, es dolor de cabeza.
Yo mismo, una vez fui a un dermatólogo, ya que me picaban las piernas una barbaridad. Tras preguntarme, el dermatólogo, sabiamente, sentenció:
- Padece usted de una urticaria idiopática.

Cualquier otro se hubiera ido a su casa con las recetas y ya está, pero yo, que soy difícil de conformar, le pregunté:
-¿Y esas palabras qué quieren decir?
-Pues es fácil, vera: urticaria significa que le pica mucho.
-¿Y lo de idiopática?
-Pues que no sabemos el porqué le pica.

Bien, bien… Efectivamente, y buscando en mi diccionario etimológico de seis tomos, me fue confirmado lo dicho. Urticaria significa que te pica como si te hubieras metido en un sembrado de ortigas, e idiopática significaba que es una enfermedad especial, es decir, de origen desconocido.

Bien… bien… así que me bastaría dominar el griego y el latín para ejercer la medicina. Y si es algo que le pasa a la vez a mucha gente hay una excelente solución:
-Usted lo que tiene es un virus-
A mí una vez me dijeron eso, y yo le contesté
-Pues oiga, con el trancazo que tengo debo de tener millones... además eso del virus... ¿y qué virus? ¿como nos lo cepillamos?-
-Tome mucha agua y abríguese.
-¡Jó, eso me lo podía también haber dicho mi abuela, y no estudió medicina...!

Bueno –me preguntó un amigo- ¿y si no encuentras la etimología de la enfermedad en tu famoso diccionario?

Es fácil –le contesté- Lo mando al especialista…


jueves, 7 de mayo de 2015

DAR Y RECIBIR




 Estábamos delante de unas pizzas, disfrutando de una excelente sangría y riéndonos con verdadera alegría, con la alegría de los verdaderos amigos.
     
       No sé como la conversación se deslizó a temas de cine, música y libros. Bueno, en realidad es algo muy común, sobre todo en nuestro círculo. Y hace mucho tiempo que venía rondándome una idea sobre el asunto, que quise expresar en voz alta. Me costó tanto hacerme entender, no sé si por mi impulsividad al hacerlo, por el rechazo que provocaba, porque es difícil de aceptar, o puede ser quizá también por la gran ingesta que hasta el momento había hecho de la deliciosa sangría. Incluso varias veces me pidieron que dijera claramente “habas claras”
     
       Les contaba que en casi todas las ocasiones que se le pregunta a alguien por sus aficiones suele contestar lo siguiente:
     
       - Leer, escuchar música, ir al cine y viajar.
     
       A veces se añade otra cosa, pero estas aficiones entran casi siempre en los gustos y preferencias digamos “normales”.
     
       Yo les decía que esto tenía un gran inconveniente, y consistía en que eran “actitudes pasivas”, en las que no se participaba activamente, como creador. Para ilustrarlo le dije:
     
       - ¿Y si nadie escribiera libros, ni hiciera música, ni películas, ni hubiera agencias de viajes, a qué demonios se dedicaría tanta gente? ¿Y si no hubiera televisión, a la que, aunque no lo dicen, le dedican muchas horas? Para que alguien lea un libro es preciso que alguien lo escriba primero. Para escuchar música es preciso también un compositor que la escriba, aparte de un director que la interprete y unos músicos que la ejecuten.  Para ver una película es preciso alguien que de a la luz el guión, la música, etc. Creo que la idea es fácil de entender. Si todos nos dedicáramos exclusivamente a esas aficiones terminaríamos por no poder disfrutar de ninguna, porque no habría ni libros, ni música ni cine ni casi nada de nada.
     
       Y ello es producto de la educación “pasiva” que nos imbuye la sociedad de consumo, más interesada en que “consumamos” que en que “creemos”. Cada vez hay más consumidores y menos creadores. Pero la discusión empezó cuando yo planteé que lo verdaderamente enriquecedor es la creación, y no el consumo.
     
       Aunque se planteó que el consumo no es del todo pasivo, circunstancia que admití, generalmente sí lo es, al plantearse elementos de consumo cada vez más digeridos y para los que es preciso cada vez menor esfuerzo.
     
       Así, no es lo mismo leerse el último best-seller, el que por cierto si es el mejor vendido (que es la traducción al castellano de best-seller), seguramente lo será porque la gran mayoría de la población es capaz de tragárselo, con lo que puede deducirse que su profundidad será escasa, que es mucho más fácil que leerse los Diálogos de Platón, las obras de Kant, y, en general, los clásicos, que, como es obvio, necesitan un mayor esfuerzo de comprensión y de asimilación. Afirmé que, mejor que leer “El código da Vinci” yo leería otra vez El Quijote, por ejemplo. Pero resultaba que todo el mundo lo había leído. Eso ya no lo pude pasar. Sí, todos lo leímos en el colegio, de chicos, me dijeron. ¡Claro, y qué remedio! Pero ¿quién lo ha leído de adulto por propia voluntad, sin ser coaccionado? Resulta que es el libro más famoso, más elogiado, más editado de la literatura española, pero pondría la mano en el fuego que es el menos leído. Aunque quien fuera o fuese me jurara o demostrara lo contrario. Será, y lo creo, best-seller, pero para ponerlo en la estantería del mueble bar.
     
       Creo que por este camino, y como los creadores son también y cada vez más, consumidores, salvo bellas excepciones, llegaremos pronto al momento de no tener nada que llevarnos al cerebro, salvo, claro está, los clásicos, de la literatura, del cine, de la música y de todo lo demás.
     
       Pero lo trágico de esta cada vez más fomentada y frecuente actitud pasiva es que no sólo repercute en la creación artística, sino en cualquier plano de la actividad humana. Así, en el amor queremos antes ser amados que amar, en la amistad queremos tener amigos antes que ganarlos, en el trabajo queremos cobrar antes que trabajar, y en la convivencia exigimos de nuestra pareja antes que entregarnos a ella, queremos que Dios nos ayude, sin ayudarle a Él dentro de nosotros, y hasta hay gente que quieren ir al Cielo como se estila ahora, como el aprendizaje del inglés...... ¡Sin esfuerzo!


viernes, 1 de mayo de 2015

BOGANDO CONTRA CORRIENTE







Os ofrezco hoy un artículo de mi Maestro, donde creo que trata de muchas cosas, pero que, en mi caso, hoy, me quedo con lo que nos habla tan claramente de aquello en lo que en verdad estriba la auténtica libertad.




BOGANDO CONTRA CORRIENTE
Dr. Jorge Ángel Livraga

“Lo que diferencia a un tronco flotante de una barca hecha de la misma madera es que esta última tiene remos y puede bogar contra corriente.” Dr. N. Sri Ram.

Estas palabras las escuché de sus labios en mi ya lejana juventud. La frase no formaba parte de ninguno de sus discursos y no sé si la insertó en alguno de sus libros. Surgió espontáneamente en una conversación.

He meditado mucho sobre ella y a la hora de plasmar los más elevados Ideales en una Escuela de Filosofía a la manera clásica, la parábola del tronco y de la barca estampó su sello en todo pensamiento, sentimiento y actividad.

Por lo general, los hombres y las mujeres son como troncos que han sido lanzados al río de la vida y, primero enteros y secos, luego golpeados y humedecidos derivan siempre en el sentido de la corriente o de los brazos de esa corriente que han desviado los poderosos del Mundo... ¡Allá van!... entrechocándose en inútiles violencias, sucios y embarrados, sin rumbo ni puerto fijo, hasta que se deshacen en astillas y desaparecen de la superficie en este río que no cesa de correr, que no sabemos de dónde viene ni hacia dónde va.

¡Meros troncos, desgajados, cortados, arrastrados de un lado a otro y apenas oponiendo la resistencia de su propio peso a la corriente! La oscura majada se desliza balando crujidos en su andar incansable y, sin embargo... ¡tan cansado! De día, el sol hace ver la oscura podredumbre de las cortezas y de noche, el tumulto de sombras corre siempre horizontal y sólo por excepción alguno levanta un extremo hacia las lejanas estrellas.

¡El río de troncos!

Cada vez son más y unos con otros se entrechocan, se lastiman, se despedazan... ¡el río de los troncos!... ¡Cuánto he meditado sobre esto!

Pero año tras año aprendí las casi olvidadas técnicas de ir vaciando y alivianando la mole de madera... esa madera de la cual estamos hechos todos. Rápidos golpes de azada en la superficie y carbones encendidos luego, que se renuevan constantemente. La experiencia, aunque se inspire en los grandes Maestros de la Humanidad, es siempre dolorosa e infinitamente larga. Hay que cavar en lo más hondo, donde los egoísmos y las cobardías entrelazan sus fibras retorcidas, y la ilusión te hace creer que tú eres el tronco y que te estás destrozando a ti mismo. Pero el constante trabajador, impulsado por su voluntad superior a todos los quejidos de la materia semipútrida, sigue su tarea.

Poco a poco el otrora basto tronco se va convirtiendo en una embarcación. Se perfilan la aguzada proa y la redonda popa. La otrora herida, cavidad es ahora; un pulido receptáculo para el Alma Viajera.

Con los restos se han hecho los flexibles remos que, según como se manejen, serán impulsores y a la vez timón. Y con inmensa paciencia se van puliendo los toscos costados hasta que se convierten en bordas livianas y sólidas.

Y... ¡así hemos hecho la barca! La multitud de troncos la mira con mezcla de asombro y de repulsa; le parece vacía, inconsistente, innecesaria, cómica, peligrosa, desechable. Pero es que no es un tronco... ¡Es una barca! Y, por si fuera poco, suele bogar contra la corriente. ¡Esto ya es imperdonable! ¿No estar a la moda, no cambiar de color según el barro que viene? ¿Tener color propio y bogar por encima del lodo, rozándolo apenas?... ¡Inconcebible!

¿Y sus extraños tripulantes?

Dicen éstos que no somos todos iguales, que si lo fuésemos nos podríamos equivocar todos juntos sin esperanza de ayuda de unos a otro, que la igualdad no existe en la Naturaleza ni es cosa posible ni deseable. Que las sanas diferencias embellecen el conjunto y lo arrancan del aburrimiento y del espíritu de majada. También, que las diferentes religiones son adaptaciones en el espacio y en el tiempo de un mismo Mensaje y que, por lo tanto, no hay una mejor ni peor que la otra, ya que, aparte de ese breve Mensaje, todo lo demás lo aportaron los humanos con sus ignorancias y apetitos... Y que se fueron copiando los unos a los otros a través de los miles de años.

Afirman que no creen en Dios, sino que saben de Su Existencia y que ésta es evidente. Basta con conocer y andar las vías para su descubrimiento. Que el Alma es inmortal e incorrupta y que no hay que confundirla con los ropajes y disfraces que adopta periódicamente. Que, si es que hay perdón, éste está más allá de la redención según la ley de acción y reacción y que esas son leyes mecánicas de la Naturaleza: que el que siembra trigo siempre recoge, tarde o temprano, trigo, y el que sembró espinos sólo espinos obtendrá.

El milagro no existe como tal, sólo existen planos de conocimiento. Lo fenoménico es secundario; el sacerdote babilónico que deslumbraba con sus pequeños relámpagos artificiales que le saltaban de una mano a la otra, hoy sería un simple electricista. Y San Patricio un químico que sabría qué ocurre cuando echamos agua sobre el fósforo blanco o la cal viva.

El tripulante de la barca no necesita muletillas de engaños. Busca y encuentra, paulatinamente, la verdad. Pone su esfuerzo en los remos y distingue cosas que los demás no ven, pues rema contra corriente. Va escalando el agua hacia sus fuentes puras y descontaminadas. Hay entusiasmo en su Alma y gusta de la risa y de las cosas bellas.

Le molestan los ruidos cacofónicos y gusta de las hermosas melodías de Strauss, de las catedrales de luces y sombras de Wagner y de las íntimas sonatas de Mozart. No finge ver panoramas más allá de la mezcolanza de ojos, narices y rabos de los modernistas y prefiere caminar por la nieve con Goya, mirar los cielos grises velazqueños, sorprender las lágrimas cristalinas de un Greco o perderse en las calles fantásticas de los murales de Pompeya.

No cree que las drogas sean un bien, sino un mal, pues los que de ellas abusan se convierten en bestias degeneradas, que roban y matan para seguir consiguiéndolas. Tampoco en la sucia borrachera del grito alto y el eructo bajo.

Sí cree en el orden armónico y vital, que sobrepasa al mecanismo ciego de programas ya manufacturados por otros. Cree en la libertad en la medida en que haya personas que la aprecien y respeten la de los demás. Cree en la voluntad, en la bondad y en la justicia, y que un mundo sin estas virtudes es una bola de barro a la que hay que dar formas armónicas, venciendo toda la resistencia de la materia bruta. Cree en un mundo nuevo y mejor... pero para que aparezca en nuestro horizonte, debe haber muchos remeros nuevos y mejores. Los que se abandonan al río de la vida en medio de debilidades y lamentos son inexorablemente arrastrados a su destrucción física, psíquica y mental.

Cree en una ciencia al servicio del Hombre, del animal, del vegetal y, sobre todo, del Planeta en sentido global, pues es nuestra casa cósmica y la estamos derrumbando y desequilibrando. Cree que las estructuras ya viejas e inútiles deben dejar paso, en la renovación natural de la vida, a otras jóvenes y fuertes, sin complejos y limitaciones que huelen ya a podrido, pues son cadáveres a los que la fuerza galvánica del dinero y del poder hace que se contraigan y muevan sus miembros en un horrendo simulacro de vida.

Y... sobre todo... los tripulantes creen en ellos mismos y en la barca que han fabricado.

Cuando pasan remontando el río de la vida, muchos hombres y mujeres de corazón joven y mente despierta se ponen a trabajar y a convertir troncos en naves, para conocer la maravillosa aventura espiritual de bogar contra corriente.



lunes, 27 de abril de 2015

EL PROGRESO PULCRO


- Buenos días- dijo el principito.
- Buenos días- dijo el vendedor.
Era un vendedor de píldoras perfeccionadas, de las que apagan la sed. Tomando una a la semana, ya no se siente la necesidad de beber.
- ¿Por qué vendes esto? –dijo el principito.
- Supone una gran economía de tiempo –dijo el vendedor-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos a la semana.
- ¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
- Se hace lo que se quiere...
“Yo –se dijo el principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, andaría despacito hacia una fuente...”

El principito. A. de Saint-Exupery


  El progreso camina hacia la pulcritud. Vamos camino de un futuro aséptico. Sin suciedad, sin microbios, blanco e inmaculado. Algo así como Mikel Jackson. Que era más negro que el sobaco de un grillo, y sin embargo se puso más blanco que el culo de una monja. Además, y por si los bichos le atacaran, vivía aislado del sucio mundo, en su burbuja, y con su mascarilla anti-polvo. Su dormitorio debía ser lo más parecido a un quirófano, y su cocina será algo similar a un módulo de mando de una nave espacial. ¡Ojalá que se le derramara la leche y le salieran cucarachas por el fregadero! De esas de alas, y se le vuele una hasta la mascarilla. Seguro que se muere de un vahío.

  Yo desconfío de tanta limpieza. Me gusta comer con las manos y chuparme los dedos. Siempre procuro ir a mear a mi platanera en lugar de en la fría taza, y no me gusta llevar zapatos. Prefiero barrer para fuera, y después de un trabajo duro, me siento satisfecho sintiendo el sudor, fruto de mi esfuerzo, y contemplo mis manos sucias y mis brazos arañados con la extraña satisfacción de que estas cosas para mí son pruebas de que he hecho algo por el universo. 

  La cocina no me parece cocina si no huele a puchero, o a sardinas, y creo que de una forma natural, debería de estar repleta de chorizos colgando de la pared, barras de pan en la mesa, y una gran olla de leche recién hervida, con su costra de nata arriba. Siempre recordaré (lo que no recuerdo es dónde ni cuándo la vi) una gran chimenea de campo, de esas que tienen un enorme tiro hasta el techo, y dentro de ese tiro grandes trozos de carne cruda, que de esa manera natural, se estaban ahumando. ¡Eso es vivir bien, y no el “progreso”!

  Una vez, cuando teníamos la caravana en un camping de Tarifa (¡qué paraíso!), me contaron en el supermercado que los alemanes jamás comprarían pata negra recién cortado de la misma pata y delante de ellos. Simplemente porque les parece que esa pata tan sucia y con tanto moho, necesariamente debe de estar podrida. ¡Podrida! ¡Podrida está su cabeza! Ellos lo tienen que comprar con las lonchas ya metiditas, todas igualitas, en un plastiquito de esos tan limpios y tan pulcros. ¡Pues anda que si ven un gran queso de oveja metido en boñiga de vaca, o una ración de ostiones recién cogidos! O una docena de erizos...

  Al parecer en nuestra moderna cultura hay que eliminar el olor de la vida, la visión de la vida, el tacto de la vida. Todo debe ser pulcro, limpio, sin gérmenes nocivos.

   Es una desgracia la cultura de la limpieza que nos ha tocado vivir. Y es una desgracia, porque en suma es un apartarse de la vida, de lo natural. Y todo en aras de unas pretendidas ventajas, que no sé dónde están. Conozco a uno muy pulcro que tiene una casa en Chiclana. Se cambió a otra sin pinos porque decía que daban mucha suciedad, que llenaban todo de pinocha y ensuciaban el gramón y el agua de la piscina. ¡Vaya! No querrá que de los pinos caigan billetes de de 100 euros, ni botes de Don Limpio. Los pinos tienen que echar pinochas. Si no, no serían pinos. Una buena solución para él sería cambiarlos por otros de plástico. 
        
   No tiene perros porque los perros cagan y mean y además sueltan pelos. Tiene chimenea pero no la enciende en invierno, porque suelta ceniza y algunas veces humo. Además, la leña le ensucia el suelo. Y se ha comprado un aparato de aire acondicionado. ¡No te fastidia! Pues en lugar de irte al campo, vete a tu casa-quirófano, toda pulcra, toda limpia, sin moscas, sin arañas, sin pinochas. ¡Ah!, y cómprate una mascarilla para cuando salgas, no te vayas a infectar, como el blanco y negro.

  La vida a veces huele mal, y es sucia, y a veces fea. Pero sólo si se la ve de esa manera. A mí las pinochas no me parecen sucias, ni las arañas, ni las mierdas de mis perros. Son tan solo manifestaciones de la vida, quizá no las más agradables, pero si trato de eliminarlas también eliminaré las más bellas. Si renuncio a estas cosas, ningún pino me dará su benigna sombra en las horas duras del verano, ni podré acariciar a mis perros y darles mi cariño, ni tampoco podré unirme con el fuego contemplándolo en las noches de invierno.

  Y desde luego jamás comeré jamón de pata negra metido en un plastiquito, ni fabada asturiana metida en un bote, ni vino de Jerez en lata. Por cierto que alguno de estos pulcros se desmayarían si vieran, como he visto yo en los días que pasé trabajando en una bodega, que cosas se hacen, algunas de pura alquimia, para conseguir el vino que tienen en la copa.
.....

  Un momento, que me voy a poner un whisky, en una copa limpita, con su hielo pulcro, y su bandejita debajo para no manchar la mesa. Ahora vengo.

.....

        Me acuerdo ahora de mi hermano el mayor, que me decía en una ocasión que deberíamos hacer como las gallinas, que es vivir con el sol de la estación. Quiere decir esto levantarnos con el sol y acostarnos con él, o por lo menos dejar toda actividad a esa hora, que como sabemos varía de invierno a verano. Por algo los días de verano son más largos y los de invierno más cortos. Hay que amoldarse a eso y no ignorarlo. Nuestros “relojes biológicos” no están ahí para nada, no lo olvidemos.
        
 Quizá el mejor modelo de sociedad pulcra esté en Suiza o en los países nórdicos. Países indudablemente fríos y carentes casi de todo interés, salvo las suecas, claro. Nadie habla alto, todo está limpio y ordenado, es impensable encontrarse una mierda de perro en la calle. Todo el mundo es civilizado y respetuoso con los demás. La música y la televisión se ponen bajitas. Nadie se muestra en público mal vestido, sucio ni borracho. Pero como indudablemente vivir así debe ser un auténtico martirio, tienen los índices más elevados de suicidios. Controlan tanto sus sentimientos, sus emociones y su expresividad que me resulta difícil imaginar a dos suecos amándose, todo serios, calladitos y sin dar rienda suelta a sus pasiones más vitales. 

  Como decía antes, todo ello en contra de la vida, que es de por sí incontrolable, salvaje, telúrica, desordenada y anárquica, como vemos en las películas hiperrealistas del antiguo cine italiano.

  Vi una vez una película que trataba de una sueca que tenía que educar a una niña, que creo que no era hija suya, no recuerdo ahora porqué, y era muy representativa de lo que hablo. La señora trataba de una manera exquisita a la niña. Cuando tenía que corregirle duramente porque la niña, como todos los niños, hacía faenas, nunca le daba en ese momento, perdiendo los nervios, un azote, sino que la reconvenía con palabras duras, pero bien dichas, todo sin alterarse exteriormente, manteniendo una frialdad exquisita, con lo que la mala leche se le iba quedando dentro a la señora, y por supuesto la transmitía sin palabras a la niña. 

  Todo un ejemplo de “buena educación”, que en el fondo era una influencia terrible para la niña, que acabaría más traumatizada que si en el momento, y sin violencia, la buena señora le hubiera dado dos sonoras patadas en su pequeño trasero, o dos buenos gritos. Una buena muestra de la auto-represión en la vida. Auto-represión que a la larga degenera en no poder ponerse en contacto con la vida, asustarse de ella y desear largarse.

  Eso es el “progreso pulcro”. Todo ello unido a tener los problemas cotidianos solucionados, como el qué comer, la casa donde vivir cómodamente, escuelas para los niños y el médico que te arregle las inevitables averías del motor y los óxidos de la carrocería. Pero estas cosas, aunque puedan parecerlo, no son lo esencial de la vida. Lo esencial de la vida es tener con quien comunicarse, con quien reírse a carcajadas, con quien emborracharse, con quien acostarse a hacer diabluras y con quien cruzarse por la calle y gritarle: “¡¡Quillo, ¿qué?!!

 Por eso quizá los suecos no entiendan como la gente en Cádiz, o en cualquier pueblo andaluz, son mucho más felices que ellos, más desinhibidos, más alegres y más hospitalarios. Más desprendidos, más generosos, más campechanos y, en el fondo, más seres humanos. Y pensarán: -hay que ver lo felices que son y... ¡con lo pobres que son...!

  Pero el progreso actual es un engaño. Solo se ha tratado de aliviar los problemas materiales de la vida y se ha tratado de evitar todo lo que hiere la sensibilidad más burda, todo lo que tiene un tono vital elevado, lo que hace ruido, lo que altera los nervios. Y así, viven todos cómodamente, confortablemente, pensando que han eliminado todos los problemas, cuando lo que se ha conseguido es realmente eliminar la vida, en lugar darle más calidad y calor. 

   Y llega el momento en que se preguntan por su vida, y empiezan a pensar dónde la dejaron. Y la dejaron en su evasión de la vida. Y no les es posible seguir viviendo de esa manera tan insulsa. Se querrán bajar en la próxima. 
        
  O bien se vienen a vivir al sur, donde hay sol, hay hormonas, hay jamón de pata negra y vino, donde hay risas, hay riñas, hay voces, hay niños corriendo y gritando en las plazas, hay bragas tendidas en los balcones y perros meándose en la calle.



jueves, 23 de abril de 2015

LO QUE IMPORTA



Ayer, paseando con mis perros por las calles casi solitarias y casi silenciosas, vino a mi mente una idea que seguramente habría estado cocinándose durante largo tiempo dentro de mí, esperando una forma clara con la que entrar en mi conciencia. Y entró de repente.

Seguramente la chispa que encendió la llama y luego la luz fue que escuché a dos novios que discutían agriamente, lanzándose recíprocos reproches, y luego a dos ancianos que intercambiaban opiniones sobre cómo se estaba arreglando la calle, si bien o si mal.

Y pensé: Nadie se ocupa de lo que le importa. Todos se ocupan de lo que no les importa.

Y paradójicamente, es así exactamente. Parecería que es al revés, que todos nos ocupamos ante todo de nosotros mismos. Pero nada más lejos de la realidad. En la práctica, todos huimos de nosotros mismos. El mero hecho de acercarnos un poco nos da terror.

Lo nuestro debería ser ocuparnos de nosotros mismos. Del estado de nuestro ser. Del estado de nuestra mente, de nuestra conciencia, de nuestras emociones, de nuestros sentimientos, de nuestras contradicciones, de nuestras manías, de nuestras energías, de nuestro cuerpo, etc., y no tanto de los demás.

Así descubriríamos cosas que distan mucho de la idea que tenemos de nosotros mismos, casi siempre pura fantasía. Y de una manera valiente y osada, cumpliendo el requisito sine qua non del “Conócete a Ti Mismo”, comenzaríamos la tarea de mejorarnos.

Por ahí se llega, no a la meta, sino al comienzo, en cuyo lugar es preciso e indispensable encontrarse con la humildad, esa virtud que nos enseña lo poco que somos en realidad. Y de ese conocimiento básico y necesario del "solo sé que no sé nada" es del que se puede partir en busca de la sabiduría.

Es preciso comenzar por ser un egoísta consciente. Y un egoísta consciente es aquél que se ocupa de lo que en realidad le debe importar: él mismo. A partir de ahí podrá ocuparse de los demás.



lunes, 20 de abril de 2015

HOJAS, FLORES Y FRUTOS




 Paseaba distraídamente por una calle soleada, y mis ojos tropezaron con la esquina descuidada y seca de un pequeño jardín. Unas yucas viejas sobrevivían estoicamente en una tierra yerma y desabrida. Pero ¡oh, milagro! en sus pináculos lucían los grandes penachos blancos de flores que hacen de corona de su verde arquitectura.

 Amo las plantas, y algo se movió en mis aires y en mis pasos. ¡Dando flores en su situación! Me resultaba sorprendente.

 Me vino a la memoria mi amigo Carreño, el campero, aquél día que le pregunté por qué mis tomateras solo daban hojas y hojas, pero no me regalaba flores amarillas ni las veía parir las verdes bolitas.

 Tras mucho preguntarme sobre como las trataba, emitió su veredicto, para mi inapelable: las regaba mucho, mucho más de lo que debiera. Por eso no daban flores ni frutos. Tienes que hacerlas penar –me dijo-, solo así te darán frutos. Solo así sus raíces la fijarán a la tierra y será fuerte. Como tú las tratas saben que nada les falta y se dedican a vivir confortablemente, no se esfuerzan en nada.

 Sus sabias sentencias de viejo labrador se quedaron grabadas en algún lugar de mis misterios, por paradójicas, por sabias y también por incomprensibles.

 Mucho más tarde, y en etapas de mi vida que fueron duras pero fecundas, volvieron a mí. Y pude ver que así era. Y supe que un marino se hace marino en las tormentas y en los temporales, y en los restos del naufragio, mucho más que en sus travesías de bonanza.

 Mis yucas... mis tomateras... ¿son quizá habitantes de mi alma?