viernes 5 de febrero de 2010

LA NADA




La nada avanza… Esto decía un personaje de “La historia interminable” Y hoy todo está realmente disolviéndose en la nada. La nada avanza. Imparable.

Pero... estamos nosotros. Como un conservatorio, donde se guarda toda la música de valor, como un museo, donde se guardan las obras de arte que tienen belleza. Seremos como los navegantes del arca, que, después del diluvio, cuando todo hubo muerto, cuando la paloma trajo en el pico la rama de olivo y no quedaba entonces nada en el planeta, supieron recomponer el mundo.

No lo veremos los que hoy vivimos. Pero, cuando la humanidad toque fondo, cuando no haya ya nada que tenga valor, cuando la gentes buenas levanten sus miradas y levanten sus manos buscando una ayuda, una respuesta para su vidas, un auxilio, un refugio... allí estaremos nosotros.

Estaremos, y habremos guardado en nuestros corazones, en nuestra alma, en nuestras manos, todo lo necesario para recomponer el mundo, como en la historia del arca, y tendremos todas las especies, todos los valores, todo aquello donde se guarda la semilla de lo nuevo que deberá crecer entones.

No será fácil, porque no veremos los resultados, y nuestra fe tendrá que ser grande, pero seremos como los copistas de la Edad Media, que copiaban los antiguos libros de sabiduría de los griegos y de los árabes, que los copiaban aún sin comprender nada de lo que decían, pero que eran conscientes de que eran libros necesarios a la humanidad futura. Y así, gracias e ellos, hoy día nosotros podemos renovarlos, podemos retomarlos, y podemos conservarlos, para el futuro después de la nada, al igual que en el conservatorio se guardan con amor las almas de los grandes músicos, y las hermosas páginas que escribieron. Para que no se pierdan, para que estén ahí el día en que el hombre tenga la sensibilidad necesaria y la necesidad de acudir a ellos.

Es un tormento ver lo que está ocurriendo, pero nuestro siglo lucha frontalmente contra todo lo que tiene valor. Es necesario esperar, como se espera el paso del huracán, para empezar luego a recomponer todo lo que destruyó. No se puede parar un huracán, pero sí puede prepararse todo para el momento en que se haya de recomponer su daño. Para eso debemos estar preparados, para eso debemos prepararnos eficazmente.

Como la anciana del cuento que preparó con esfuerzo su pequeña lámpara, y, cuando Devadatta desató un viento terrible que apagó todas las lámparas de los ricos devotos de Buda, ella pudo encender todas las demás, que, a pesar de que eran grandes y de oro, se apagaron.

Y nuestro mundo es ahora así, es un mundo que parece grande y de oro, pero un gran viento apagará sin duda todas esas grandes lámparas. Pero la nuestra, la de la viejecita, será la encargada de dar de nuevo la luz al mundo.

En esa época no existirán libros, ni museos, ni música, pero, como en el libro Pelham 451, cada uno de nosotros será un libro, cada uno será una obra de arte, cada uno será una música, y podremos así reconstruir con facilidad todas las bibliotecas, todos los museos, todas las músicas.

Y cada uno de nosotros tendrá entonces dentro de sí un mundo que construir fuera. Y será muy fácil.

Será muy fácil construir de nuevo un Partenón...



domingo 31 de enero de 2010

BENDITO SEMBRADOR





Sembraron en mí semillas
cuando yo ya creía
que mi tierra era estéril,
pedregosa y árida.

Invierno y otro invierno,
sin brotes en primavera,
sin esperanza casi,
casi sin fe.

Estiércol y estiércol,
araron y araron,
lluvia en otoño,
sol en primavera.

Pasaron los ciclos,
mi tierra yerta,
mis ojos ciegos,
mi palabra muerta.

Un día, una luz
alumbró mi frente.
Y oí una voz.
¡Eres labrador!

Tomé mi azada,
amé mi tierra,
miré hasta el sol,
y comprendí.

Nueva primavera
llegó, y entendí.
Los brotes surgieron,
y luego crecieron.

Bendije semillas,
labrador y azadón.
Bendije los brotes...
bendije al sembrador.









jueves 28 de enero de 2010

GUSTAVO DUDAMEL Y MAHLER EN LA SCALA

Dedicado a mi amigo Juan Carlos, amante de Mahler... espero que lo disfrutes.

GUSTAVO DUDAMEL

... y la Joven Orquesta Simón Bolívar...



martes 26 de enero de 2010

ALMA LLANERA

Un gran homenaje al alma llanera de los venezolanos, con la genial dirección del músico venezolano Gustavo Dudamel.
Venezuela, tierra hermana de España y de Cádiz, donde se la ama especialmente.
Y mi agradecimiento a mi querida amiga venezolana que me lo hizo conocer...

Este genio se formó en la inmensa y absolutamente encomiable labor del Sr. José Antonio Abreu, músico, benefactor de la humanidad y creador de las escuelas musicales en Venezuela, que, tras 30 años de duro pero amoroso trabajo, han dado lugar al inmenso desarrollo en este país de la música, la cultura, el arte, y el desarrollo personal y espiritual de sus ciudadanos.

Personas como el Sr. Abreu son las que, como grandes luminarias, iluminan y guían a la humanidad en su progreso hacia un mundo más bello, más justo y más bueno.

Gracias Sr. Abreu. Desde Cádiz, España, hermanos de nuestros hermanos venezolanos, nos quitamos el sombrero ante Vd.
Reciba un fuerte y cariñoso abrazo desde aquí.

Gracias, mil gracias, Sr. Abreu, hombres como Vd. son los que necesita la humanidad.



domingo 24 de enero de 2010

EL AZOTE DEL LÁTIGO ALETARGADOR




A veces alguien me ha comentado cosas que ha escuchado y visto por la televisión, dando por supuesto que yo también estoy al tanto, pues todo el mundo lo ha “visto” en el telediario.

Yo siempre digo que el pediatra me ha prohibido ver la tele, y cuando preguntan
- ¿El pediatra?
Les contesto:
- ¡Ah! No, perdón, el geriatra, que siempre me equivoco…

Se ríen siempre, pero creo que no llegan a creer que nunca mire la televisión, seguramente porque hoy la gente “intelectual”, e incluso la gente normal, niega que vea mucho la tele, cuando pasan casi todo su tiempo libre delante de la caja tonta. Así que dirán: Eso es lo que dicen todos, pero luego se empapará de ella.
Quizá ha llegado el momento en que no es posible creer que alguien no pase dos o tres horas delante del artefacto intruso, a no ser que sea marciano o sordo y ciego.

Pero es verdad, me quité de la tele por propia orden facultativa, cuando me di cuenta del daño cerebral que produce en las personas, y, por ende, en la sociedad. Creo que hoy, el síndrome de Peter Pan está tan difundido en la sociedad debido a que es intencionalmente fomentado por los oscuros poderes que gobiernan el tinglado.

Pero no quería hacer hoy una reflexión sobre todo el daño que produce la tele, porque tendría que hacerlo por capítulos, tan extenso es. Y lo es porque absorbe y casi anula el noble ejercicio de la vida humana, y lleva a “vivir” la vida de otros, se infunden en el adormecido espectador la forma de ver la vida que conviene a otros, los sentimientos que interesan, los intereses que necesita el gran ogro, devorador de cerebros y almas humanas.

Hoy solo quería reflexionar sobre uno de sus innumerables males. Pero, antes de hacerlo, debo, en justicia, declarar inocente a la televisión de cualquier culpa, en aplicación de la eximente de “obediencia debida”. Es solo un medio potentísimo que, como otros, puede usarse tanto para buenos fines como para malos fines. Eso depende de su utilización.

El mal al que me refería se muestra cuando alguien te comenta:

- ¡Hay que ver cómo está el mundo, solo pasan cosas malas!
O bien:
- ¡Qué cantidad de maldad tenemos en la humanidad!

En estos casos yo siempre le pregunto:

- ¿Por qué lo dices?
- Pero bueno, ¿es que no has visto hoy la tele?
- No. Lo tengo prohibido por el pediatra.
- ¿Tu sabes la de cosas que han pasado, la cantidad de cosas malas?
¿la maldad que hay en la humanidad?
- Bueno, sí, hay cosas malas, y también hay gente mala, -le contesto- pero lo bueno nunca sale en televisión. No es noticia. Además ¿tú crees que el mundo es como nos muestra la tele? Si así fuera, mejor sería que viniera el meteorito ese y nos mandara a todos a hacer puñetas ¿no?
- ¿Cosas buenas? ¿Qué cosas? Como no sea qué el Barça va ganando la liga…

El meollo de la cuestión es que, para casi toda la gente, el mundo es según nos muestran en televisión. Aquí justamente radica el gran engaño.

Leí una vez lo siguiente:

“Hace más ruido el desplome de un árbol en el bosque que los otros cientos de ellos que crecen alegremente en él”

Esta es la cuestión. Es el ruido, físico, emocional o mental lo que cuenta. Lo que no hace ruido y se desarrolla en silencio no interesa.

Y resulta que para mí es justamente al revés. Lo que hace ruido dura solo lo que dura el ruido. Lo silencioso permanece en el tiempo, vive, se desarrolla y da frutos. El ruido es efímero e infecundo. El silencio es duradero y rico en frutos.

¿Nadie es consciente de que una madre dio placentera y generosamente la leche de sus pechos a su pequeño bebé?
¿Nadie tiene en cuenta que millones de seres realizaron en el día su trabajo con alegría?
¿Nadie vio los abrazos de corazón de los amigos o de los amantes?
¿Nadie se dio cuenta de las sonrisas, de los besos, de las ayudas generosas, de los trabajos hechos con cariño, de las hermosas atenciones y delicadezas?
¿Nadie pensó en el cirujano que extirpó el mal de un cuerpo desahuciado?
¿Nadie pensó en el panadero que, en la noche, nos regaló el pan que comemos?
¿Nadie en el artista, quien, con solo sus manos y su corazón, nos brindó amorosamente la contemplación de su bella obra?
¿Nadie en una sonrisa recibida, en unas palabras de aliento, en la ayuda que recibimos de alguien a quien no conocíamos?


You may say I’m a dreamer… como decía Lennon, pero también continuaba:
But I’not de only one.

Yo, desde luego, me niego a creer en el falso mundo que nos presenta la gente negra en la televisión, y renuevo, una vez más, mi fe en la Humanidad.

El hombre no es un lobo para el hombre, y la Humanidad no está destinada a su destrucción.
Eso solo es el miedo con el que los infames nos quieren maniatar.
Pero, quitémosles las riendas de nuestro carruaje y, entregándolas a gente buena, generosa y justa, otro gallo nos va a cantar.


jueves 21 de enero de 2010

ADIOS A TURCA




Turca ya no vive. Su corazón grande y potente sigue latiendo con fuerza, pero su cuerpo se apaga, como una llama que acaba su cera y solo quema el resto de su pabilo.

Sus oídos no oyen mis palabras, y sus ojos no ven los míos, y ya no puede seguir mis pasos, pero sé que su corazón aún oye al mío. Su alma grande está aún conmigo, pero su cuerpo ya no es capaz de albergarla.

Tanto años… tantos días… tantas horas… tanto juego, tanto cariño, tanta compañía… ahora se van. Entiendo y acepto la ley natural que rige la vida y la muerte, pero eso no es suficiente para evitar que mi corazón lata por ella y mis ojos se llenen de lágrimas de agradecimiento y de pena.

Fue niña, joven, madre, adulta, pero… ahora su vida se desvanece irremediablemente. Estuve con ella en todos sus días, los días de sus mimos, de sus juegos, de su miedo, de sus amores, de su descendencia, de su madurez, de su ancianidad. Y ya no me es posible hacer nada que impida su marcha.

Se que existe un cielo para los perros, y se que allí la encontraré algún día. Y se que allí volveremos a estar juntos, porque los corazones que se unieron no pueden separarse nunca, ni en este mundo ni en el otro.

Hoy solo quiero agradecerle su fiel compañía, su cariño incondicional, su fortaleza de alma, su mirada limpia, sus juegos ligeros, su amistad, aunque tanto me dio y tanto recibí que no se la manera de hacerlo. Creo que no puedo llegar a entregarle ni una pequeña porción de que que me dio.

Pero se que su corazón y su mirada tienen ya un lugar dentro de mí, que guardaré como uno de mis mayores tesoros.

Adios, Turca, espérame…



miércoles 20 de enero de 2010

SABER LEER



Parece una cosa de Perogrullo. ¿Qué tiene de particular saber leer? A leer se aprende a los, digamos, siete u ocho años. Luego se coge velocidad y soltura, e incluso se pueden leer textos con las letras mal puestas, ya que no se leen en realidad todas las letras para leer la palabra. La palabra, más que “ser leída” es “intuída”

Y si no lo creéis, os trascribo un curioso párrafo que me enviaron, donde esto último queda demostrado. Tenéis que leerlo a toda prisa y sin fijaros mucho en las letras. Si no es así, no funcionará. Venga…, a probar...

Sgeun un etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ecsritas, la uicna csoa iportmnate es que la pmrirea y la utlima ltera esten ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams. Etso es pquore no lemeos cada ltera por sí msima snio que la paalbra es un tdoo.
Pesornamelnte me preace icnreilbe...

¿A que es cierto lo que decía? Si, a mí también me pareció icnreilbe. Pero, aparte de increíble, además es cierto. No haré más demostraciones.

Pero no voy a hablaros del lenguaje ni de sus misterios, que es seguro que los tiene, tanto el hablado como el escrito. No. Lo que quiero trasmitiros es otra cosa.

Quiero hablar de la forma en que leemos. Ya sé... me diréis, claro, se puede leer sentado en una silla, en la taza del water, en la cama, en la playa, e incluso en el coche. Vale... es cierto.

Quiero dejar sentado que el objeto, a mi parecer, del hecho de la lectura, es el comunicarse con el escritor. Entender o sentir lo que dice, lo que quiere decirnos, lo que calla y lo que escribe sin escribirlo. Llegar a su mente, a su corazón, a su idiosincrasia, a su filosofía o incluso a su estómago u otros de sus órganos vitales o menos vitales. Sólo así, entrando dentro del escritor y desentrañando cada palabra, cada frase y cada párrafo, descubriremos su visión de la vida.
Así, veremos por sus ojos, oiremos por sus oídos, sentiremos con su corazón y pensaremos con su mente.

Pero todo esto no es fácil, sino más bien muy difícil. Solo se comparte cuando se llega a entrar en sintonía con el autor, cuando en nosotros resuenan las mismas cuerdas y las mismas notas que resonaron en él cuando trasmitió su energía y las plasmó en forma de expresiones. No es fácil hacerlo para el escritor y tampoco para el lector.

En la poesía, arte supremo de la trasmisión lingüista, solo una unión previa entre las almas del poeta y del lector hará el milagro del florecimiento en el huerto de éste lo sembrado por las manos de aquél.

Pienso que por esto, y no por otra cosa, la poesía, y la literatura en general, entran a formar parte, por derecho propio, del reino de las Musas. Las Musas, con sus manos celestes y puras, llevan el tesoro de las manos del uno, abiertas como la del sembrador, a las del otro, unidas en cuenco, como las del que trata de apresar el agua transparente del manantial.

Recuerdo mis lecturas como algo casi siempre irreflexivo, impulsivo, ligero y superficial. No se pueden comer manjares delicados engullendo como un pavo. Ni resulta placentero ni alimenticio. Atracones que solo producen malas digestiones, empachos y que generalmente llevan a vomitar o a eliminar la comida en grandes deposiciones.

Pero no me culpo, ni culpo a nadie, de esa falta total de escrúpulos a la hora de leer. Así fui educado y creo que de la misma manera nefasta lo hemos sido casi todos. Hemos pasado por un enorme atracón de libros y más libros, sobre los que hemos pasado corriendo sin siquiera mirar el paisaje, como un loco de estos de ahora que creen conocer China porque estuvo allí en un viaje de diez días, en los que consiguió ver “todo” lo interesante del país, tal como le anunciaron en la agencia de viajes. Ahora se siente como un chino más. Sin embargo todos sabemos que para conocer y comprender algo de un país son necesarios algo más que diez días... y que diez años. Otra cosa es volver de allí con una maleta llena de objetos de recuerdo de muy dudosa autenticidad y con un maletín repleto de mil fotografías. Hubiera resultado más barato y quizá hasta más edificante haberlo comprado todo en el país de origen sin tener que ir a ningún sitio.

Solo recuerdo un caso, el de un amigo mío empresario, quien, en sus viajes de negocios a oriente empleaba una semana en sus quehaceres profesionales y dos o tres en fundirse con el alma de la región a la que iba. Y esto último solo es posible viviendo como un oriundo, y junto con los oriundos. Solo se certifica que eres aceptado como uno más cuando eres invitado a sus ceremonias familiares más íntimas y cuando eres admitido en sus costumbres y “ritos” más ancestrales. Y lo que digo no es nada misterioso ni rocambolesco. Solo consiste, quizá, en ser invitado a tomar el té en casa de un nuevo amigo de ese país, en subir andando hasta donde ellos andan hasta un lejano santurario, en comer su comida y beber su bebida, en amar como ellos y sentir como ellos.

Lawrence de Arabia sería un buen ejemplo. Solo montando torpemente en su camello con sus ropajes árabes y durmiendo en el desierto como los demás pudo ser considerado uno de ellos, y se le permitió entrar en el alma del pueblo al que amaba. Y fue un árabe más entre árabes, cosa que no alcanzaban a comprender sus antiguos compatriotas.

Pensaréis: ¿y qué tiene que ver todo esto con saber leer? Yo, simplemente, no lo pienso, pero me huele que sí que tiene que ver, porque leemos igual que vivimos, es decir, muy superficialmente.

Un entrañable amigo, prejubilado de una profesión que a nadie haría pensar de su cultura, erudición, sentido común, comprensión, y madurez, me dijo, con ocasión de haberle dado a leer un escrito, en alguna manera poético, que lo leería. Y me dijo cómo lo haría. Lo haría como lo hacía siempre. Y me lo detalló, y ahora yo os lo cuento a vosotros:

- Primero, lo leo una vez.
- Después lo leo una segunda vez, esta vez más despacio que la anterior.
- Luego lo leo otra vez, despacio pero en voz alta. Tengo que escucharlo.
- Por último lo leo otra vez, pero ahora andando, para captar su ritmo, si lo tiene.
- Y si es preciso, en unos días lo vuelvo a leer de todas las maneras anteriores.

Y cuando lo terminó de explicar, una vez que conseguí cerrar la boca, no porque yo estuviera hablando, sino de puro pasmo, entendí, por primer vez en mi vida, qué cosa era leer, y qué cosa no lo era.

¡Ah!, -pensé- ¡si yo hubiera leído así los cincuenta libros que, como decía el Abate Faria, son suficientes y necesarios para comprender toda la sabiduría de todos los tiempos!

jueves 14 de enero de 2010

FILOSOFÍA




En nuestro mundo actual, la filosofía ha sido mal entendida, mal utilizada y, finalmente, defenestrada y desterrada de la enseñanza.

Se perdió su sentido original, su porqué, su para qué, y, en consecuencia, perdimos su cómo.
El soberbio hombre de nuestro siglo se enorgullece de no necesitar de la sabiduría de nada ni de nadie.

Pero, cosa curiosa, han aparecido, como los hongos, un enorme ejército de psicólogos, psiquiatras y entrenadores personales (los del coaching). Se hacen terapias de pareja, o de grupo, por todos los lugares, y se escriben y venden infinidad de libros de “autoayuda”.

Y también nacen, se desarrollan y mueren, una inmensidad de grupúsculos, liderados por un “gurú”, un “maestro”, o un “sabio”, quienes para sus “discípulos” detentan el summum de la sabiduría humana y siguen sus indicaciones a pie juntillas, sin duda ni reflexión alguna.

Se detesta la filosofía, pero se siguen con gran devoción los consejos de cualquiera de los profesionales y líderes que he citado. Y me parece que en esta situación hay gato encerrado, ya que es una situación extraña, y muy chocante.

Si la libertad ha sido declarada como el bien supremo del ser humano, si esta libertad es nuestra desde el nacimiento, por el hecho de nuestra condición humana ¿a qué se debe que tengamos que seguir las indicaciones de nadie para guiar nuestra vida? ¿A qué oscura razón se debe que dejemos las riendas de nuestro caballo a alguien ajeno a nosotros? ¿Qué sigamos sus normas de conducta, de pensamiento y de sentimiento y no las nuestras propias? ¿Hemos renunciado a nuestra libertad para dejar en manos ajenas el curso de nuestra vida?

Es extraño ¿verdad? Cualquiera diría que absurdo. Un hombre libre entrega su vida a las directrices de otro hombre? ¿Existe mayor esclavitud? ¿Somos libres o esclavos? ¿Somos independientes o dependientes?

Una persona sufre una gran pérdida, o una gran desgracia, o quizá solo un contratiempo, y corriendo va o se le lleva a un psicólogo, para que le guíe en la solución del estado incontrolable en el que cae el afectado. Esto solo quiere decir que no dispone de la sabiduría suficiente para abordar por sí mismo su situación vital ante el problema. Es como una orfandad en la que vive la gran mayoría de la humanidad. Nos resulta preciso que nos digan cómo pensar, cómo sentir, cómo comportarnos, cómo afrontar nuestros retos, nuestras debilidades y nuestras dificultades.

Y ¿no sería mejor aprender a hacerlo?

Desde el fondo de los siglos, Séneca, Epicteto, Platón, Confucio, Plotino, Buda, Aristóteles, Hermes, los Vedas, y un sinnúmero de sabios, que comportan la herencia más valiosa de la humanidad, deben sentirse tristes y defraudados por nosotros, los hombres de este siglo soberbio. Tanto buscar la sabiduría a lo largo de todas sus vidas y nadie les concede ni la menor importancia ni crédito. Sobran en las aulas, y sobran en nuestras vidas… Nos decimos: ¿Es que dijeron algo de interés, algo de utilidad, algo que merezca la pena ser considerado? ¿No se trataba más bien de gente ociosa, gente de vagancia, que vivían a costa de ir contando sus estrambóticos delirios a los demás mortales, complicándoles la vida? ¿Gente que nos decía que debíamos conquistar nuestra libertad, cuando somos libres por naturaleza? ¿Qué deberíamos buscar la verdad y la sabiduría, cuando ya lo sabemos todo? ¿Qué deberíamosde tomar las riendas de nuestra vida, cuando sabemos que la vida es un azar y las riendas son innecesarias, porque no vamos a ningún sitio?
¡Que el caballo galope a donde él quiera! ¿Para qué necesitamos riendas, ni caballo, ni destino?

La filosofía es cosa de gente que, en lugar de trabajar, se dedica a pensar cosas inútiles, difícilmente entendibles para nadie, y que solo nos hace volvernos más locos todavía…

…….

Nunca fue eso la filosofía… Nunca fue inútil… Nunca ociosa… Nunca.

Para mí, la filosofía es el manto de sabiduría que cubre todos los saberes del hombre en todas sus facetas y en todos los tiempos.
Es la esencia que subyace en toda forma de entender la vida y de vivirla.
Es la conformadora de los cimientos y los pilares de cualquier quehacer humano.
Es la que guía y da impulso, o debiera hacerlo, a las ciencias, a las artes y a las religiones.


La filosofía fue siempre la ciencia más alta y más noble, porque es la ciencia de la vida, la lámpara de los hombres, la luz que nos guía en la gran aventura de la vida humana.


sábado 9 de enero de 2010

MUNDO VIRTUAL



Tengo un amigo que siempre se compra el último modelo de lo que sea, de lo que continuamente ofrece la tecnología en estos tiempos tan acelerados. Yo, por mi parte, siempre aprovecho para hacerle ofertas sobre el penúltimo modelo que abandona.

Lo más reciente que me enseñó fue el mejor modelo de teléfono móvil, por llamarle algo al aparato, porque el invento hace como cualquier cosa que uno pueda imaginarse, qué digo, que pudiera imaginarse el mismísimo Julio Verne.

Por poner un botón de muestra, si quieres disfrutar de un hermoso estanque de peces, le das a la tecla y aparece en pantalla. Los peces van dándose una vueltecita, pero si les echas comida, van corriendo a comérsela, y si metes el dedo en el estanque, es decir, tocas la pantalla con un dedo, el pececito que pase por allí te da un mordisco, y sientes un calambre en tu dedo. Si lo pasas a través del charco, el agua se agita y forma onditas. Le puedes poner hierbas flotando, y también cambiarlas de lugar tocándolas. En fin, me parece que acabo de descubrir el porqué se llama digital a esta tecnología. Todo se hace con los dedos.
Pero me parece a mí que es mucho más divertido ir a darle de comer a los patos del estanque del parque…

Y si tienen un chat de internet, un chaval y una chavala pueden mantener una conversación , y mucho más que eso, ¡pueden verse! y a saber qué cosas se enseñan… y qué cosas se dicen…
Yo soy antiguo y tradicional, y continúo prefiriendo el llamado vis a vis. Prefiero el directo al playback. Es más sano y mucho más divertido. Siempre es mejor lo natural, y creo que por mucho que avance la tecnología nunca será capaz de hacernos enternecer por unos ojos húmedos ni vibrar con el aire de un suspiro. Y, aunque lo consiga… nunca lo cambiaría por mis ojos, ni por mis oídos, ni por los latidos de mi corazón y por los de mi amante.

¿Cómo voy a hablar por un chat con un amigo, si puedo quedar con él para tomar un aromático café, y charlar juntos, durante horas, de lo humano y de lo divino, mientras disfrutamos de la belleza de una bonita plaza de Cádiz, de las nubes que corren por el cielo azul, del perfume del aire y de las flores, de nuestras palabras y nuestros silencios, en una gloriosa tarde de primavera, o en una lluviosa o nublada de otoño, donde día a día vemos deshojarse el álamo que amamos desde pequeños…?

¿Cómo va a ser igual dar un paseo “virtual” por Cádiz que darse una vueltecita, despacio y apaciblemente, por la Caleta, o por la Alameda?

Imposible. No puede ser. No quiero que así sea.