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martes, 15 de diciembre de 2015

UNA SIMPLE HOJA...







Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla."

La óptica con la que el hombre mira al Universo sigue siendo una óptica antropocentrista. Tratamos de entender lo inmensamente grande desde nuestra inmensa pequeñez.

Sería algo así como si un mosquito analizara, desde su perspectiva, la belleza de una catedral. No la podría entender. En su mosquitocentrismo le parecería algo absurdo, sin sentido ni utilidad, algo disparatado, producto de un ser cretino o caprichoso. ¡Es tan grande, tan grande, que ni siquiera sirve para comer!, se diría. Además, es, simplemente, piedra muerta.

¿Cómo podría imaginar ni comprender el sentido de una catedral, entender que no esta muerta, sino viva y palpitante, que su existencia la debe a la mente de su arquitecto y a la inspiración de muchas almas que albergan en ella su sentido de Dios, que es un lugar sagrado para el hombre, y que no apareció por casualidad, como un simple amontonamiento de piedras, sino con un fin definido que él no es capaz de entender?

Algo así sucede en el hombre frente al Universo.

Miramos el manto negro del firmamento, entretejido de millones de pequeños puntitos brillantes, y las llamamos estrellas. Vemos manchas blanquecinas de diferentes formas, y las llamamos galaxias. Miramos al Sol, y miramos a la Luna, y nos pensamos que sí, que tienen su utilidad, claro está, para nosotros los hombres, pero no alcanzamos a comprender su existencia por sí mismos, su vida y su destino.

¿Destino? Nos preguntamos. ¿Destino de dos bolas inmensas, una de ellas que solo es helio e hidrógeno en combustión, y otra, una piedra redonda dando vueltas a la tierra? ¿Cómo podría tener vida ni destino una simple piedra, una ardiendo y la otra apagada? Sería tanto como asignar vida a un grano de sal de nuestro salero.

En mi opinión, y, haciendo uso de la madurez de la humanidad, tras milenios observando a la Naturaleza, deberíamos empezar a desprendernos de la óptica errónea y pueril que mira todo lo que está fuera del hombre como seres extraños, incomprensibles, faltos de vida, de sentido y de destino.

Actuamos como si quisiéramos entender solo el sexto día del Génesis, ignorando los cinco anteriores. Y, por cierto, andamos con cierto retraso. El Génesis bíblico fue escrito nadie sabe por quién, ni hace cuantos milenios, posiblemente inspirado en otros textos mucho más milenarios de otras culturas, pero indudablemente por gente que sabía de lo que hablaba, y quizá mucho más y mejor que nuestros encumbrados científicos actuales.

¿Vida? ¿Destino? ¿Qué podría pensar el ínfimo microbio de la vida y el destino de un hombre? Y, de la misma manera ¿Qué puede pensar el hombre de la vida y destino de un ínfimo microbio, o de la más inmensa de las galaxias?

“Como es arriba es abajo”, sentenció el llamado Hermes. Quizá deberíamos reflexionar sobre esta sentencia, largamente, antes de pensar sobre la existencia de los diferentes seres que pueblan nuestro Universo.



                                                                            

lunes, 23 de noviembre de 2015

INDIFERENCIA








 Hoy andaba por la calle con mi perro y me pregunté sobre la indiferencia. ¿Qué era, de dónde nacía, podía ser buena o mala, era síntoma de algo, existía realmente?

 Pensé que un filósofo, como ser humano que de todo se asombra, no podría ser indiferente a cosa alguna. Cualquier cosa, incluso las que parecen más nimias al hombre vulgar, es de gran interés para él.

 Una vez escuché que la cosa más insignificante, una vez que se observa detenidamente y con interés, poco a poco se vuelve más interesante y valiosa, al tiempo que cada vez nos resulta menos indiferente. Y creo que es así.

 Una hormiga lleva a lomos el ala de una mariposilla… ¡que tontería!
 El botijo siempre lo ponen sobre un plato lleno de agua… ¡manías!
 Las cabras no se comen el gramón… ¡y a mí que me importa!
Esta parte del mar no parece azul ni verde, parece marrón… bueno ¿y qué?
Etc., etc.

 Bueno, si, sé que hay muchas cosas muy importantes y de mucha trascendencia como para pararse en estas pequeñas cosas. Pero al menos a mí me ocurre que mis grandes cosas nacen de las aparentemente muy pequeñas. Un baobad nace de una pequeña semilla, y luego es gigantesco. Y al Principito le pareció tonta la manía del banquero que poseía estrellas y todos los días las contaba, aunque para él no tuvieran ningún significado, y solo le importara su posesión.

 ¿Realmente nos da igual lo que alguien piense, lo que alguien sienta, lo que alguien haga?

 ¿Nos da igual, en verdad, lo que vemos, oímos, saboreamos, olemos y tocamos?

 ¿Nos da igual lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿nos da igual es sufrimiento ajeno, la alegría ajena, la bondad ajena, la maldad ajena?

 ¿Por qué Francisco de Asís evitaba pisar una hormiga? ¿Es que era tonto?

 ¿Cómo es que a Leonardo da Vinci le daba por estudiar y profundizar en las materias más dispares, incluso jugándose la vida, como en sus estudios de anatomía?

 Pues no, creo que no tengo derecho a dejar entrar a la indiferencia en mi alma, y no creo que nada me pueda aportar sino abandono de mí mismo. Si el Universo es nuestro modelo humano, y Dios es la esencia del Universo, de nada nos serviría intentar descubrirlo si algo consideramos merecedor de nuestra indiferencia.

 Posiblemente la indiferencia sea lo más cómodo para el hombre, pero también lo menos humano.



viernes, 16 de diciembre de 2011

UNIVERSO




Escuché la noticia de que la NASA, para celebrar su redondo aniversario de los 50 años, ha enviado a través de Universo, a la velocidad de la luz, la canción de The Beatles “Across the Universe”, conmemorando también así el 40 aniversario del nacimiento de los músicos "más representativos" en la historia de la humanidad.

Han enfocado al mismo tiempo sus más potentes antenas de captación radio-electromagnéticas-acústicas, en la esperanza de obtener contestación de cualquier lugar donde guste la obra. Quizá se animen a ello en algún lugar, enviándonos alguna cosilla de The Orion’s Little Boys, o de The Sirius Bad Flies, o, aunque solo sea, alguna canción de cualquier programa interespacial del programa “Universal OT”

Recordé a mi tan admirado e incomprendido Albert, cuando decía, tan socarrón como el mejor aragonés:
Lo que para mí se acerca más a la idea de infinito es el Universo y la estupidez humana, aunque de lo primero aún no estoy muy seguro…

Acudí no hace mucho a una reunión científica de altura en mi ciudad, que se celebró en la sede de una de las instituciones de más prestigio y solvencia. Se habló mucho acerca del Universo, comentándose las teorías más actuales sobre su nacimiento, formación, desarrollo y finalidad. La gran explosión, Big Bang, la futura implosión, Big Crunch, y todo eso…

La “sopa cósmica”, producida por el Big Bang, donde no había nada diferente a otra cosa, y donde todo sabía igual en cualquier sitio, todo formado por ínfimas partículas indiferenciadas y desordenadas. Y, lo más sorprendente, solo duró 1 elevado a -48 segundos, para los profanos 0,00000… (cuarenta y ocho ceros)…1, es decir, casi nada de nada, menos de lo que tarda un cura loco en persignarse. Luego empezó a ordenarse y dejó de ser sopa. Su descripción me recordó, casi con todo detalle, a la famosa Sopinstant.

No perdí detalle de las aportaciones de los contertulios, y quedé sorprendido por el avance de la ciencia. Ya se decía hace muchos años en una zarzuela: La ciencia avanza que es una barbaridad…

Pero no es este el motivo de lo que hoy quiero expresar acerca del Universo.

Existe en la Física y Química un principio, nacido de la ciencia llamada Termodinámica, ampliamente aceptado, resuelto en fórmulas matemáticas, siendo posible su medición e influencia en los procesos de la transmisión de la energía, llamado la Entropía. Según definición aceptada, es la tendencia natural a la pérdida del orden en los procesos dinámicos físicos y químicos.

Conforme a esto, todo en el Universo tiende a igualar paulatinamente sus niveles de energía, con lo que, finalmente, al estar cualquier elemento del Universo al mismo nivel energético, no sería posible ningún proceso dinámico. Esto es así porque para producirse cualquier movimiento o cambio resulta preciso que exista una diferencia de energía entre los dos estados, el inicial y el final. En el límite, todo estaría al mismo nivel y el Universo “caería” en una quietud parecida a la muerte. Ningún cambio, ningún proceso, ningún movimiento.

Todos conocemos ejemplos en la Naturaleza de los procesos físicos más elementales. El río corre de la montaña al mar porque la montaña está más alta que el mar. Si estuvieran a la misma altura, los ríos no solo no correrían, sino que su misma existencia sería imposible. El sol calienta el mar porque su energía de calor es superior a la que posee el agua del mar. Si el sol y el mar estuvieran a la misma temperatura, nada se produciría. No habría evaporación de sus aguas, ni nubes, ni lluvia, y el vapor atmosférico estaría equitativamente distribuido por toda la Tierra.

Podemos montar en bicicleta debido a que nuestra fuerza, aplicada a su mecanismo, supera la resistencia que ofrece el camino al deslizamiento de sus ruedas sobre él, y porque existe la gravedad y el equilibrio mecánico en su dinamismo. Si no fuera así, no sería posible.

Curiosamente, esta situación es la descrita por los científicos en lo que llaman “la sopa cósmica”, el sopinstant. Nada se mueve ni reacciona a nada simplemente porque todo está al mismo nivel en cualquiera de sus características. Es la muerte, la ausencia total de orden y de movimiento.

Pero, y esto es lo inaudito, después de ese instante, ya sabemos, 0,0000000000000000000000000000000000000000000000001 segundos, ese sopinstant comienza a organizarse, cosa sorprendente, ya que del desorden no nace nunca espontáneamente el orden. Y a quien así lo crea lo invito a que venga a casa y entre en el cuarto de mi hijo.

Las partículas subatómicas, hasta ese instante formando sopa, se ordenan en átomos, perfectamente estructurados. Un núcleo, una pulpa electrónica, una nube electromagnética a modo de cáscara, resumiendo, una unidad completa de vida, con su morfología, su fisiología, su axiología, y en fin, su vida y su misión vital. Los átomos se agregan en moléculas, igualmente ordenadas y dotadas de vida, las moléculas se reúnen en formas cristalinas, ya visiblemente ordenadas según patrones de cristalización, luego los minerales, los líquidos, los gases… también organizaciones ya mucho más complejas y aún hoy aún encerradas en el más profundo misterio, como los seres unicelulares, pluricelulares, y así hasta llegar a constituirse seres complejísimos, desde la más pequeña brizna de hierba al más desarrollado mamífero.

Todo esto, a nuestro nivel de la Tierra. Igualmente ocurre con los sistemas planetarios, organizados por su estrella regente, las galaxias como organismos superestelares, y así hasta llegar al actual Universo que se nos manifiesta a nuestros ojos y al que nos empeñamos en estudiar como una materia muerta, como si un doctor en medicina se empeñara en estudiar únicamente cadáveres.

Desde antiguo se habla del macrocosmos y del microcosmos, del microbio y del macrobio. El orden dinámico implica vida, así como la vida implica orden dinámico. Entender la vida únicamente como algo similar a la nuestra, a la del hombre, es un concepto pobre, extraño y que ya debería haber sido superado. Existen muchas clases de vida de las que no alcanzamos a comprender su fisiología.

Solo asignamos vida a lo que se mueve y a lo que podemos observar, en nuestro restringido concepto de tiempo y espacio, que nace, se desarrolla, se reproduce y muere. Así, no podemos entender la vida de una estrella o de un mineral, porque su tiempo y su espacio en los que se desenvuelven superan nuestra corta visión humana. Yendo un poco más allá, quizá algunos seres vivientes de nuestra escala evolutiva, cuya existencia desconocemos, desarrollen todo su ciclo vital en nanosegundos, con lo cual nuestros medios de observación no llegan a captar su existencia. Del mismo modo, las estrellas y las galaxias, cuya vida puede alargarse durante miles de millones de años, son consideradas fijas, inmóviles y no sujetas a cambio alguno, y por lo tanto carentes de vida.

Según las tradiciones arcaicas, todos los seres del Universo tienen vida. Si ningún principio vital los mantuviera ordenados y en armonía dinámica, en desarrollo vital, no podrían tener existencia como tales, de la misma manera que un cuerpo humano, despojado de vida, pronto se deshace en sus componentes minerales. Pero los médicos, como dije, no consideran un hombre como un montón de minerales reunidos al azar, sino como un completo sistema en que todo está dispuesto para su función, organizado en elementos unidos por una delicada armonía energética que llamamos vulgarmente vida.

¿Qué mantiene al cuerpo humano con vida? ¿Qué mantiene a nuestro sistema solar con vida? ¿Qué mantiene a las galaxias, al Universo todo, con vida?

Quizá el antiquísimo Génesis de la Biblia judía nos de una pista. Allí se describe la creación del Universo de la siguiente manera, simbólica pero muy sugerente:

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, y el espíritu de Dios se cernía sobre la haz de las aguas.

Y dijo Dios: “Hágase la luz” y la luz fue hecha. Y vio Dios que la luz era buena.

“Fiat Lux”

Parece evidente que, para la formación de un Universo perfectamente organizado, con la dinámica de la vida, no bastan casualidades ni azares. Ya lo dijo mi querido Albert: Dios no juega a los dados con el Universo…

Pero ¿cómo puede decirse que Dios creó al Universo? Esta forma de hablar está bien para una narración simbólica a modo de mito. Pero no para la lógica evidente de las cosas. Si concebimos a Dios dotado de omnipresencia y de infinitud, no existiendo cosa alguna fuera de Él mismo ¿cómo podría crear algo que no contuviera? Si, como dice Albert, lo que más se acerca a su noción de infinito es el Universo y la estupidez humana, si bien considera esto último mucho más seguro, ¿cómo un Universo infinito existe al margen de un Dios infinito? Aquí hay algo que no cuadra… no pueden existir dos infinitos por separado… y a la vez.

Aquí quizá no venga bien recordar la tradición hindú, cuando nos habla de como se desenvuelve la vida del Universo. Decían que Brahma, dios creador y primero de la trinidad hindú, respiraba, como todo hijo de vecino. Cuando espiraba, su aliento daba origen a los mundos, y cuando inspiraba los mundos se resumían otra vez en él mismo. En verdad es una simbología muy sugerente.

A mi parecer, todas las simbologías de relevancia de los pueblos cultos que nos han precedido apuntan, no a una creación de un Universo externo y ajeno al agente creador, sino más bien a una manifestación de ese agente en lo concreto. Al decir de Platón, sería el mismo proceso que el de la plasmación de los arquetipos.

Un espíritu inmanifestado se manifiesta y se encarna en un “cuerpo”, su propio cuerpo. De esta manera, el Universo sería el “cuerpo de Dios” y Dios el espíritu de ese “cuerpo”, el Ánima Mundi.

Este planteamiento estaría acorde con las enseñanzas recurrentes de los pocos sabios que en el mundo han sido, de los creadores de religiones, de los grandes filósofos, de los alquimistas y de todo aquél que ha atisbado la realidad de lo real.

Dios está en todas las cosas… O, mejor dicho, todas las cosas están en Dios. La firma de Dios está escrita en cada una de sus criaturas. La esencia interna de todo lo existente es divina. El espíritu del hombre es de la misma naturaleza divina. Creemos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Sois dioses, pero lo habéis olvidado. Todos somos hijos de Dios, etc. etc. etc.

¿Panteísmo? Sí. Es más que evidente. Todo el Universo está impregnado del Espíritu de Dios, porque es el “Ánima Mundi”. Nada hay fuera de Dios, todo lo visible y lo invisible forma parte de Él, de Él formamos parte, de Él nacimos y a Él volveremos.

El Universo no es un cadáver. Vive. Y, como en el caso del hombre, del animal, de los vegetales, de los minerales, y de cualquier cosas existente, su espíritu forma parte del espíritu de Dios. Ese Espíritu de Dios que se cernía sobre la haz del abismo, cuando la tierra estaba oscura y vacía… cuando Dios dijo:

Fiat lux, y la luz fue hecha.


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lunes, 26 de septiembre de 2011

MANANTIALES


–Pero, dime Teodoro, ¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿No ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿No son las muestras de la alegría?
¿Y, acaso, no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿No sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

–Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Que no pueden existir el uno sin la otra?
¿O que quizá no pueda existir la otra sin el uno?

–Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como un manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.

Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca. ¿No ves una mano divina en ello? ¿No es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

–Cómo no, querido amigo; en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mí me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses. ¿O acaso los dioses no aman?

–Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿Acaso no busca su perfección y completura? ¿Y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?
Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo Dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿No será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

–Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

–Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

–Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

–Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

–Así parece ser como sucede.

–¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

–Me parece que es bueno que así sea.

–Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

–Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a la naturaleza.

–Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

–Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han desvelado de alguna manera el misterio de la vida.


domingo, 15 de febrero de 2009

ENCONTRAR A DIOS

Hoy quiero, en honor a mi Maestro, fundador de la Escuela de Filosofía Nueva Acrópolis, ofreceros uno de sus escritos, en el que trata con claridad el controvertido asunto de "actualidad" de la existencia de Dios.


La Humanidad jamás hubiese dominado la materia natural de su entorno si no hubiese sido por un hecho aparentemente sobrenatural que es la intuición de Dios. Esto y no otra cosa la diferenció definitivamente de las bestias.

Según las más antiguas tradiciones –que no contradicen a las últimas investigaciones de la ciencia- el que habitualmente se llama “Homo Sapiens” no fue el comienzo de la Humanidad, sino los restos de una forma anterior cuya cultura y civilización fue destruida, generando otra nueva, la actual.

Lo característico de este “Homo Sapiens”, y lo que le diferencia del degenerado humanoide al que se denomina “Homo Habilis”, es que desde el principio, toda su vida, reflejada en los restos de sus obras, está impregnada de magia, es decir, de una instrumentación metafísica al servicio de un contacto, más o menos misterioso, entre su propia identidad espiritual y lo Divino.

Los cultos a la Gran Madre o al Padre Oso no son más que formas externalizadas de una percepción viva y permanente de un “Algo” que está más allá de lo estrictamente visible, con un número indeterminado de intermediarios, desde los Espíritus de la Naturaleza hasta los grandes Dioses que rigen el destino de los astros, incluyendo nuestra propia Tierra. A través de los centenares de milenios, de los ciclos y de las vicisitudes de todo tipo, el Hombre trató de comprender más o menos intelectualmente esa Intuición Instintiva de sus antepasados. Y así como algunos se especializaron en el manejo de la madera o de la piedra, otros lo hicieron respecto a lo metafísico y al resumen de los conocimientos más elevados, una Magna Ciencia que se conoció luego como Magia.

Pero la internalización de estos conocimientos espirituales fue diferenciando, en el contexto de cada pueblo, la casta de los sacerdotes. Éstos pronto comprendieron que sus vivencias espirituales no eran transferibles a las masas si no lo hacían a través de parábolas, cuentos anecdóticos, reglas morales y un ceremonial que ayudase a los menos favorecidos en sus contactos con lo Divino a percibirlo aunque fuese esporádicamente. Así nacieron todas las religiones. Pues Aquel que había recibido la Chispa Divina en Su Seno y la posibilidad de expresarla de manera sencilla y codificada, se convirtió en el fundador de una religión.

A pesar de las terribles pérdidas que la ignorancia y vocación por la destrucción que aún sienten casi todos los seres humanos han provocado, nos quedan los restos más o menos enteros de las últimas religiones que en el Mundo ha habido. Estos restos se adaptan al momento histórico y al lugar geográfico en que fueron emitidos, y así es lógico entender que un Sidarta Gotama Buda, en el siglo VI antes de la Era Corriente, no pudo haber dado el mismo Mensaje que un Jesús el Cristo, quinientos o seiscientos años más tarde en otro tiempo y otro lugar.

En el mundo actual existen millones de aparentes ateos y también millones de creyentes de alguna de las grandes religiones, como ser el Brahmanismo, el Budismo, el Cristianismo, el Judaísmo o el Islamismo. Junto a ellas existen miles de sectas de estas mismas creencias y otras de origen confuso.

¿Por qué decimos “aparentes ateos”?

Porque si bien los hay que legítimamente no creen ni perciben a Dios de ninguna manera, y hasta proclaman que éste es un concepto completamente artificial creado a la sombra del terror que inspira la muerte, la mayor parte rechaza, no tanto la posibilidad de una Inteligencia Cósmica movida por una necesidad o Voluntad Superior, sino las formas infantiloides con que las religiones en general presentan los grandes misterios que acucian al Hombre desde su origen.

Los extraordinarios avances tecnológicos y las vías de conocimiento científico que se han abierto a la experiencia humana en los últimos dos o tres siglos, han hecho insostenibles las más populares creencias sobre un Universo creado hace menos de 7.000 u 8.000 años, los infiernos y paraísos físicos, la resurrección de la carne o los mares que se abren para que pasen los pueblos elegidos y se cierran para ahogar a sus enemigos. Hoy hay muchas personas que viven con el corazón o el hígado injertado a partir de un cuerpo ajeno, vuelan en aparatos que superan largamente las más altas montañas y dan la vuelta al mundo, y existen otros artefactos fabricados por manos humanas que han sobrepasado todos los “cielos” que figuraron durante milenios en los Libros Sagrados. Y junto a estos éxitos indudables, como tantos otros que sería tedioso mencionar, el Hombre va descubriendo que el planeta en el que se asienta es como un ser vivo más, y que sus habitantes, sean vegetales, animales o humanos, tienen cuerpos maravillosamente diseñados, con índices de rendimiento, supervivencia y reproducción que ninguna máquina puede lograr.

Sin embargo, el materialismo imperante hace que esas maravillas no pasen de ser objeto de curiosidad, y que en lo religioso se siga exigiendo a los viejos textos, tantas veces distorsionados, las respuestas a todas las preguntas, entre ellas, la muy fundamental del arte de encontrar a Dios. Y cuando no se hallan, no se niega el texto o se buscan sus simbolismos, sino que se niega la existencia del Ser Divino, con su secuela de angustia, depravaciones y maldades.

Este error es funesto para la calidad del Hombre y lo bestializa, haciéndole “caer hacia atrás” en el ateísmo más estúpido o en el fanatismo más cerrado.

Proponemos otra vía, que es la filosófica a la manera clásica.

Esta vía puede, con relativa facilidad, llevarnos al encuentro con Dios en nosotros y en todo nuestro entorno.

Si detenemos nuestra inercia materialista, nuestro “peso” de angustias, ignorancias y cegueras, descubriremos de manera sencilla que todas las cosas, desde las estructuras subatómicas hasta los nidos de galaxias, pasando por los diseños artístico-funcionales de las alas de un insecto hasta el esqueleto que sustenta nuestras carnes mortales, están pensadas y calculadas con sobrehumana precisión. Que es evidente una ecología funcional que relaciona todos los elementos universales, regidos por leyes cíclicas sapientísimas.

Deteneos y observad.

Ved la armonía maravillosa que encierran los pétalos de una flor o las estructuras cristalinas. Ellas, de por sí, jamás pudieron “pensarse” de manera de volverse tan perfectas y asombrosas. Tiene que haber “Algo” que las pensó y diseñó, y ese Pensamiento necesita de una Voluntad que lo genere y justifique.

Un sano “Panteísmo Filosófico” demuestra a los humanos inteligentes y libres de prejuicios la presencia de un “Algo Superior” al que bien podemos llamar Dios, y que expresado a través de innúmeros intermediarios, plasmó tales maravillas. Ese “Algo” no ha olvidado a nadie ni a nada. Todo está inteligentemente vivo y es eficaz.

Deteneos y observad.

No es pérdida de tiempo, sino todo lo contrario la contemplación activa de esos prodigios que se dan en los múltiples ojos de una mosca o en la estructura aerodinámica de una golondrina.

Los materialistas dicen que todo esto es fruto de la evolución, de la casualidad, etc. Los nombres no interesan... una evolución inteligente que aprovecha las experiencias, y una casualidad que no tiene nada de “casual” sino que es un eslabonamiento de causas y efectos, demuestran que nuestro Universo y nosotros mismos estamos dentro de un “Macrobios”, de un Super-Ser que ha motivado una super-existencia de funcionalidad prodigiosa. Y en ella estamos inmersos y ella está en nosotros, en todos nuestros aspectos y planos de conciencia.

Todo es Dios

Pues si así no lo fuese, si una sola mota de polvo estuviese carente de Dios, esta mota de polvo limitaría a Dios y esto es una aberración ya que el atributo esencial de Dios es, por fuerza, la omnipresencia en todo y todas las cosas y seres, los que, si no existiese Dios, tampoco existirían. Esa mota de polvo de nuestro ejemplo, vista a través de un poderoso microscopio, se nos revelará como un micro-universo tan armónico, vivo y eficaz como el Sistema Solar.

Si recobramos el actualmente casi perdido arte de encontrar a Dios, nos liberaremos de muchas limitaciones, racismos y fanatismos. Nos liberaremos de la angustia y seremos naturalmente voluntariosos, buenos y justos.

Dios no es un juez severo, ni un padre, ni una madre, ni un verdugo... Dios es simplemente DIOS... Quien lo encuentra, lo sabe.

Jorge Ángel Livraga


lunes, 12 de enero de 2009

¿EXISTE DIOS?



Hay campañas
sobre si Dios existe
o no existe
sobre si probablemente existe
o si probablemente no existe.

Creo que las promueven
los ateos,
los creyentes ateos
y los no creyentes ateos.

Me parece que no me conciernen,
porque me parece que va dirigida
a los sordos,
a los mudos
y a los ciegos...,
a los duros...
de corazón.



Música: "Ave verum corpus", Wolfgang Amadeus Mozart
Fotografía: Abraxas
Montaje: Abraxas

      

jueves, 7 de agosto de 2008

UNIVERSO



Escuché la noticia de que la NASA, para celebrar su redondo aniversario de los 50 años, ha enviado a través de Universo, a la velocidad de la luz, la canción de The Beatles “Across the Universe”, conmemorando también así el 40 aniversario del nacimiento de los músicos más representativos en la historia de la humanidad.

Han enfocado al mismo tiempo sus más potentes antenas de captación radio-electromagnéticas-acústicas, en la esperanza de obtener contestación de cualquier lugar donde guste la obra. Quizá se animen a ello en algún lugar, enviándonos alguna cosilla de The Orion’s Little Boys, o de The Sirius Bad Flies, o, aunque solo sea, alguna canción de cualquier programa interespacial del programa “Universal OT”

Recordé a mi tan admirado e incomprendido Albert, cuando decía, tan socarrón como el mejor aragonés:
Lo que para mí se acerca más a la idea de infinito es el Universo y la estupidez humana, aunque de lo primero aún no estoy muy seguro…

Acudí no hace mucho a una reunión científica de altura en mi ciudad, que se celebró en la sede de una de las instituciones de más prestigio y solvencia. Se habló mucho acerca del Universo, comentándose las teorías más actuales sobre su nacimiento, formación, desarrollo y finalidad. La gran explosión, Big Bang, la futura implosión, Big Crunch, y todo eso…

La “sopa cósmica”, producida por el Big Bang, donde no había nada diferente a otra cosa, y donde todo sabía igual en cualquier sitio, todo formado por ínfimas partículas indiferenciadas y desordenadas. Y, lo más sorprendente, solo duró 1 elevado a -48 segundos, para los profanos 0,00000… (cuarenta y ocho ceros)…1, es decir, casi nada de nada, menos de lo que tarda un cura loco en persignarse. Luego empezó a ordenarse y dejó de ser sopa. Su descripción me recordó, casi con todo detalle, a la famosa Sopinstant.

No perdí detalle de las aportaciones de los contertulios, y quedé sorprendido por el avance de la ciencia. Ya se decía hace muchos años en una zarzuela: La ciencia avanza que es una barbaridad…

Pero no es este el motivo de lo que hoy quiero expresar acerca del Universo.

Existe en la Física y Química un principio, nacido de la ciencia llamada Termodinámica, ampliamente aceptado, resuelto en fórmulas matemáticas, siendo posible su medición e influencia en los procesos de la transmisión de la energía, llamado la Entropía. Según definición aceptada, es la tendencia natural a la pérdida del orden en los procesos dinámicos físicos y químicos.

Conforme a esto, todo en el Universo tiende a igualar paulatinamente sus niveles de energía, con lo que, finalmente, al estar cualquier elemento del Universo al mismo nivel energético, no sería posible ningún proceso dinámico. Esto es así porque para producirse cualquier movimiento o cambio resulta preciso que exista una diferencia de energía entre los dos estados, el inicial y el final. En el límite, todo estaría al mismo nivel y el Universo “caería” en una quietud parecida a la muerte. Ningún cambio, ningún proceso, ningún movimiento.

Todos conocemos ejemplos en la Naturaleza de los procesos físicos más elementales. El río corre de la montaña al mar porque la montaña está más alta que el mar. Si estuvieran a la misma altura, los ríos no solo no correrían, sino que su misma existencia sería imposible. El sol calienta el mar porque su energía de calor es superior a la que posee el agua del mar. Si el sol y el mar estuvieran a la misma temperatura, nada se produciría. No habría evaporación de sus aguas, ni nubes, ni lluvia, y el vapor atmosférico estaría equitativamente distribuido por toda la Tierra.

Podemos montar en bicicleta debido a que nuestra fuerza, aplicada a su mecanismo, supera la resistencia que ofrece el camino al deslizamiento de sus ruedas sobre él, y porque existe la gravedad y el equilibrio mecánico en su dinamismo. Si no fuera así, no sería posible.

Curiosamente, esta situación es la descrita por los científicos en lo que llaman “la sopa cósmica”, el sopinstant. Nada se mueve ni reacciona a nada simplemente porque todo está al mismo nivel en cualquiera de sus características. Es la muerte, la ausencia total de orden y de movimiento.

Pero, y esto es lo inaudito, después de ese instante, ya sabemos, 0,0000000000000000000000000000000000000000000000001 segundos, ese sopinstant comienza a organizarse, cosa sorprendente, ya que del desorden no nace nunca espontáneamente el orden. Y a quien así lo crea lo invito a que venga a casa y entre en el cuarto de mi hijo.

Las partículas subatómicas, hasta ese instante formando sopa, se ordenan en átomos, perfectamente estructurados. Un núcleo, una pulpa electrónica, una nube electromagnética a modo de cáscara, resumiendo, una unidad completa de vida, con su morfología, su fisiología, su axiología, y en fin, su vida y su misión vital. Los átomos se agregan en moléculas, igualmente ordenadas y dotadas de vida, las moléculas se reúnen en formas cristalinas, ya visiblemente ordenadas según patrones de cristalización, luego los minerales, los líquidos, los gases… también organizaciones ya mucho más complejas y aún hoy aún encerradas en el más profundo misterio, como los seres unicelulares, pluricelulares, y así hasta llegar a constituirse seres complejísimos, desde la más pequeña brizna de hierba al más desarrollado mamífero.

Todo esto, a nuestro nivel de la Tierra. Igualmente ocurre con los sistemas planetarios, organizados por su estrella regente, las galaxias como organismos superestelares, y así hasta llegar al actual Universo que se nos manifiesta a nuestros ojos y al que nos empeñamos en estudiar como una materia muerta, como si un doctor en medicina se empeñara en estudiar únicamente cadáveres.

Desde antiguo se habla del macrocosmos y del microcosmos, del microbio y del macrobio. El orden dinámico implica vida, así como la vida implica orden dinámico. Entender la vida únicamente como algo similar a la nuestra, a la del hombre, es un concepto pobre, extraño y que ya debería haber sido superado. Existen muchas clases de vida de las que no alcanzamos a comprender su fisiología.

Solo asignamos vida a lo que se mueve y a lo que podemos observar, en nuestro restringido concepto de tiempo y espacio, que nace, se desarrolla, se reproduce y muere. Así, no podemos entender la vida de una estrella o de un mineral, porque su tiempo y su espacio en los que se desenvuelven superan nuestra corta visión humana. Yendo un poco más allá, quizá algunos seres vivientes de nuestra escala evolutiva, cuya existencia desconocemos, desarrollen todo su ciclo vital en nanosegundos, con lo cual nuestros medios de observación no llegan a captar su existencia. Del mismo modo, las estrellas y las galaxias, cuya vida puede alargarse durante miles de millones de años, son consideradas fijas, inmóviles y no sujetas a cambio alguno, y por lo tanto carentes de vida.

Según las tradiciones arcaicas, todos los seres del Universo tienen vida. Si ningún principio vital los mantuviera ordenados y en armonía dinámica, en desarrollo vital, no podrían tener existencia como tales, de la misma manera que un cuerpo humano, despojado de vida, pronto se deshace en sus componentes minerales. Pero los médicos, como dije, no consideran un hombre como un montón de minerales reunidos al azar, sino como un completo sistema en que todo está dispuesto para su función, organizado en elementos unidos por una delicada armonía energética que llamamos vulgarmente vida.

¿Qué mantiene al cuerpo humano con vida? ¿Qué mantiene a nuestro sistema solar con vida? ¿Qué mantiene a las galaxias, al Universo todo, con vida?

Quizá el antiquísimo Génesis de la Biblia judía nos de una pista. Allí se describe la creación del Universo de la siguiente manera, simbólica pero muy sugerente:

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, y el espíritu de Dios se cernía sobre la haz de las aguas.

Y dijo Dios: “Hágase la luz” y la luz fue hecha. Y vio Dios que la luz era buena.

“Fiat Lux”

Parece evidente que, para la formación de un Universo perfectamente organizado, con la dinámica de la vida, no bastan casualidades ni azares. Ya lo dijo mi querido Albert: Dios no juega a los dados con el Universo…

Pero ¿cómo puede decirse que Dios creó al Universo?. Esta forma de hablar está bien para una narración simbólica a modo de mito. Pero no para la lógica evidente de las cosas. Si concebimos a Dios dotado de omnipresencia y de infinitud, no existiendo cosa alguna fuera de Él mismo ¿cómo podría crear algo que no contuviera? Si, como dice Albert, lo que más se acerca a su noción de infinito es el Universo y la estupidez humana, si bien considera esto último mucho más seguro, ¿cómo un Universo infinito existe al margen de un Dios infinito? Aquí hay algo que no cuadra… no pueden existir dos infinitos por separado… y a la vez.

Aquí quizá no venga bien recordar la tradición hindú, cuando nos habla de como se desenvuelve la vida del Universo. Decían que Brahma, dios creador y primero de la trinidad hindú, respiraba, como todo hijo de vecino. Cuando espiraba, su aliento daba origen a los mundos, y cuando inspiraba los mundos se resumían otra vez en él mismo. En verdad es una simbología muy sugerente.

A mi parecer, todas las simbologías de relevancia de los pueblos cultos que nos han precedido apuntan, no a una creación de un Universo externo y ajeno al agente creador, sino más bien a una manifestación de ese agente en lo concreto. Al decir de Platón, sería el mismo proceso que el de la plasmación de los arquetipos.

Un espíritu inmanifestado se manifiesta y se encarna en un “cuerpo”, su propio cuerpo. De esta manera, el Universo sería el “cuerpo de Dios” y Dios el espíritu de ese “cuerpo”, el Ánima Mundi.

Este planteamiento estaría acorde con las enseñanzas recurrentes de los pocos sabios que en el mundo han sido, de los creadores de religiones, de los grandes filósofos, de los alquimistas y de todo aquél que ha atisbado la realidad de lo real.

Dios está en todas las cosas… O, mejor dicho, todas las cosas están en Dios. La firma de Dios está escrita en cada una de sus criaturas. La esencia interna de todo lo existente es divina. El espíritu del hombre es de la misma naturaleza divina. Creemos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Sois dioses, pero lo habéis olvidado. Todos somos hijos de Dios, etc. etc. etc.

¿Panteísmo? Sí. Es más que evidente. Todo el Universo está impregnado del Espíritu de Dios, porque es el “Ánima Mundi”. Nada hay fuera de Dios, todo lo visible y lo invisible forma parte de Él, de Él formamos parte, de Él nacimos y a Él volveremos.

El Universo no es un cadáver. Vive. Y, como en el caso del hombre, del animal, de los vegetales, de los minerales, y de cualquier cosas existente, su espíritu forma parte del espíritu de Dios. Ese Espíritu de Dios que se cernía sobre la haz del abismo, cuando la tierra estaba oscura y vacía… cuando Dios dijo:

Fiat lux, y la luz fue hecha.