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miércoles, 5 de agosto de 2015

TRASCENDER







Hace unos días, en el Blog del Filósofo Cotidiano, donde participo, con motivo de un comentario a la entrada de mi compañero Quijote titulada “La intención” se aludía al hecho de trascender, en relación con los actos morales. Llevo varios días reflexionando lo que para un ser humano puede implicar dicho concepto.

Trascender, trascendencia… me pareció oportuno recurrir a mi querido diccionario etimológico de E. de Echegaray, y ésta es la etimología que cita:

“Del latín trascendere, pasar a la otra parte, atravesar subiendo;
de trans, más allá, y scendere tema frecuentativo de scandere, subir.”

Se ve que no hay cosa mejor que buscar el origen de las palabras para aclararse. ¡Es maravilloso! ¡Atravesar subiendo! ¡Pasar a la otra parte! Es como si un foco iluminara la palabra dejándonos ver su alma…

Así que cuando hablamos de trascender, de lo trascendente, de lo que es trascendental, estamos queriendo decir que pasamos de un lugar a otro distinto, a un lugar de distinta calidad, y, por aquello de scendere, de más alta calidad, a un lugar más sutil. Hemos subido de nivel. Ahora estamos ya en una situación más alta y que además es de cualidad distinta a la que hemos dejado atrás, es “otra parte”.

Recuerdo aquellas clases de física donde nos explicaban “los estados de la materia”. Se ponía el clásico y hermoso ejemplo del agua. Del agua hielo, del agua líquida y del agua vapor. Todas eran agua, pero en estados físicos diferentes. Si aplicábamos energía, por ejemplo calor, al hielo, éste cambiaba de “estado”. Seguía siendo agua, pero ya sus moléculas no se ordenaban de manera cristalina, normalmente de estructura hexagonal, y el ocasiones especiales, cúbica. Ahora, sus moléculas estaban relativamente más libres en su movimiento y podían deslizarse unas sobre otras, dando lugar a los movimientos propios de un fluido líquido. De la misma manera, y aplicando energía al agua líquida, las moléculas escapaban unas de otras, configurando entonces un gas, el vapor de agua. El movimiento de las mismas era ahora aparentemente errático, no sometida tanto como en el agua a rozamientos e interacciones entre ellas.

Estaba también el proceso de “sublimación”, por el que el agua hielo pasaba directamente a agua vapor, en determinadas condiciones de presión y temperatura. Y los fenómenos descritos se dan igualmente en sentido inverso.

Estos procesos se refieren a la “transformación”, ya que el agua solo cambia de forma, si bien sigue siendo agua. Pero existen otros procesos en los que el cambio es más profundo. Así, por ejemplo, en la “transmutación”, una cosa cambia en otra diferente y de mayor nivel de calidad, y en la “transustanciación” una cosa cambia en otra absolutamente diferente y de orden mucho más elevado.

Pero… ¿cómo podríamos traducir esto a la vida de un ser humano? ¿tenemos partes de diferente calidad, unas más “altas” y otras más “bajas”? ¿Podemos pasar de una a otra, elevándonos, es decir, trascendiendo, o transmutando, o transustanciando?

En este punto es preciso situarnos en qué tipo de lugar estamos establecidos como seres humanos dentro del panorama general, ya que, si miramos a nuestro alrededor, hasta donde la vista y la inteligencia nos alcanza, podemos ver seres vivos de muy diversas cualidades, algunos que por cercanía con nosotros, o por compartir cualidades, podemos entenderlos e incluso compararnos con ellos, y otros en cambio que escapan de nuestra comprensión, por estar su vida en un nivel que no compartimos ni entendemos.

Podemos entender en cierta forma a los seres del mundo mineral, ya que nuestro cuerpo físico está compuesto por minerales diversos ordenados de una manera milagrosa y perfecta, en un equilibrio impensable para cualquier físico, químico o matemático.

Podemos, igualmente, entender los procesos vitales y el ser del mundo vegetal, la hierba y los árboles, porque sentimos en nosotros que su vitalidad y la fuerza que los hace nacer, crecer y reproducirse son muy parecidas a las que nos impulsan en la vida a los mismos fines de conservación y perpetuación de las especies.

Los animales aún nos son más familiares. Con ellos compartimos la lucha por la vida y la supervivencia, dotados como ellos de medios muy parecidos con los que poder desenvolvernos en el medio natural.

En cambio otros seres nos resultan incomprensibles, por los que les consideramos exentos de vida, ya que no alcanzamos a comprender cómo puede existir alguna vida que no tenga, aparentemente al menos, las mismas leyes y fines que la nuestra. Así, un planeta, una estrella o una galaxia nos resultan incomprensibles, de la misma manera que está fuera de nuestra comprensión los seres invisibles de la naturaleza o de los espacios sutiles. No los vemos, y como no los vemos no los podemos entender, ni siquiera consideramos que pudieran existir. Lo que no vemos no existe, y ya está.

Todo este preámbulo, que aparentemente no tiene nada que ver con el propósito de este estudio, sí que tiene que ver, por una sencilla cuestión, que es la siguiente:

Cuándo hablamos de trascender, es decir, pasar a otra parte, ¿qué parte consideramos que hemos de dejar y a qué parte hemos de pasar? Esta es la pregunta a contestar, y quizá la respuesta a esta cuestión es absolutamente decisiva.

Para mí que una respuesta errónea a esta cuestión es el origen de metas falsas, equivocadas y que echan a perder muchas vidas de potenciales idealistas, porque hay muchas personas cándidas de buena voluntad cuyo propósito es trascender la naturaleza humana, tratando de pasar a lo que llaman vida “espiritual”, considerando ésta como una vida más allá y más elevada de la que vive aquél que llaman o entienden como “el hombre vulgar”.

Pero yo les preguntaría a estas personas: ¿has cumplido ya con el desarrollo total de lo que es tu naturaleza humana como para querer dejarla atrás y pasar a la vida de los dioses mentales? ¡Pero bueno! Si aún sigues viviendo atado a tu vida animal, cuando no a la vegetal, y, a veces, a la mineral ¿cómo pretendes vivir una vida más allá de la humana? ¿acaso sabes lo que eso implica? ¿acaso sabes siquiera en lo que consiste un ser humano completo?

Es evidente que resulta mucho más fácil buscar (?) una vida “espiritual” (?) que luchar día a día para superar nuestras naturalezas inferiores, es decir, lo que en nosotros es animal, vegetal o mineral. Superar estas naturalezas (que no significa eliminarlas sino trascenderlas) no es trabajo fácil, y tanto es así que el hombre, en cuanto hombre, lleva muchos evos intentándolo, más de nueve millones de años. ¿Y tú ya la has trascendido, como para ahora querer dedicarte a la vida “espiritual”, a la vida de los dioses? Evidentemente todo esto es pura tontería, y quien en ello se empeña está perdiendo su tiempo y sus energías en algo inútil para él y, además, para la humanidad.

Yo creo que la ocupación que nos toca hic et nunc, aquí y ahora, es trascender nuestra naturaleza animal, que engloba ya la vegetal y la mineral, y, dejando de ser animales, ir conquistando nuestra naturaleza propiamente humana.

¿Es que quizá alguien piensa que se ha desprendido de la esclavitud de sus instintos, de su agresividad, de su violencia, de su ansiedad por la posesión de bienes materiales, de su afán de comodidad? ¿alguien considera ya superada las dificultades de la convivencia diaria, las de su trabajo para los demás, sus problemas psicológicos? ¿alguien ha llegado a dominar su pereza, si indolencia, su indiferencia, su ira, su impaciencia, su lujuria, su vanidad, su orgullo, sus dependencias, como para que estas cosas no le condicionen su vida?

Cada quien que conteste en su interior estas preguntas. Y si hay alguien que crea que ya no le queda nada por superar en su etapa humana, que intente trascenderla y busque nuevos horizontes en el camino de los dioses.

Pero, me temo que no estamos en disposición ninguno de los seres humanos de creer esto. La razón por la que lo creo es simple: ya no estaríamos aquí. Estaríamos, como muy bien dice mi diccionario etimológico “en otro lugar, más elevado”.



lunes, 3 de diciembre de 2012

lunes, 26 de septiembre de 2011

MANANTIALES


–Pero, dime Teodoro, ¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿No ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿No son las muestras de la alegría?
¿Y, acaso, no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿No sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

–Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Que no pueden existir el uno sin la otra?
¿O que quizá no pueda existir la otra sin el uno?

–Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como un manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.

Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca. ¿No ves una mano divina en ello? ¿No es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

–Cómo no, querido amigo; en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mí me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses. ¿O acaso los dioses no aman?

–Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿Acaso no busca su perfección y completura? ¿Y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?
Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo Dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿No será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

–Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

–Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

–Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

–Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

–Así parece ser como sucede.

–¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

–Me parece que es bueno que así sea.

–Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

–Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a la naturaleza.

–Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

–Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han desvelado de alguna manera el misterio de la vida.


miércoles, 10 de noviembre de 2010

ALEGRÍA Y TRISTEZA


“Si estamos tristes entristecemos a todo el barrio”
Esto decía Facundo Cabral, y aún suponiendo que estar triste es cuestión nuestra, a lo segundo me parece que no tenemos derecho.
Yo creo que la tristeza la deberíamos desterrar de nuestras vidas, porque no nos es de ninguna utilidad y además nunca tenemos motivos para estarlo. Y si por un momento pensamos que tenemos motivos… pues habrá que superarlos.
No conlleva sino mal para nosotros y, lo que es peor, mal para los que nos rodean.

“Vuestra alegría es vuestra tristeza sin máscara” decía Khalil Gibran.
Y lo explica muy bien, creo, según yo lo interpreto. La alegría es nuestra tristeza, pero sin máscara. Y me pregunto ¿por qué hemos de ponerle máscaras a nuestra tristeza? ¿No sería mejor mostrar nuestra alma sin máscaras y así sería solo alegría lo que transmitiera?

Creo que solo hay una fuente de la que manan los sentimientos y es la misma agua la que surge siempre, pero ¿no es mejor que esa agua fluya clara y cristalina a que lo haga turbia y gris? ¿De dónde viene nuestra manía de ensuciarla?

Con el tiempo uno se da cuenta que es mejor lo primero, pero antes hay que sufrir lo segundo… hasta que uno se convence de no tiene ningún sentido.

Es fácil estar triste. Es difícil, pero benéfico para uno y para todos, estar alegre.

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses, hija del Elíseo…! Esto canta la novena sinfonía de Beethoven.

Sí, destello hermoso y reflejo de los dioses. Nunca podré imaginar un dios triste, siempre los imaginaré radiantes de alegría.


viernes, 20 de agosto de 2010

TRASCENDER




Hace unos días, en el Blog del Filósofo Cotidiano, donde participo, con motivo de un comentario a la entrada de mi compañero Quijote titulada “La intención” se aludía al hecho de trascender, en relación con los actos morales. Llevo varios días reflexionando lo que para un ser humano puede implicar dicho concepto.

Trascender, trascendencia… me pareció oportuno recurrir a mi querido diccionario etimológico de E. de Echegaray, y ésta es la etimología que cita:

“Del latín trascendere, pasar a la otra parte, atravesar subiendo;
de trans, más allá, y scendere tema frecuentativo de scandere, subir.”

Se ve que no hay cosa mejor que buscar el origen de las palabras para aclararse. ¡Es maravilloso! ¡Atravesar subiendo! ¡Pasar a la otra parte! Es como si un foco iluminara la palabra dejándonos ver su alma…

Así que cuando hablamos de trascender, de lo trascendente, de lo que es trascendental, estamos queriendo decir que pasamos de un lugar a otro distinto, a un lugar de distinta calidad, y, por aquello de scendere, de más alta calidad, a un lugar más sutil. Hemos subido de nivel. Ahora estamos ya en una situación más alta y que además es de cualidad distinta a la que hemos dejado atrás, es “otra parte”.

Recuerdo aquellas clases de física donde nos explicaban “los estados de la materia”. Se ponía el clásico y hermoso ejemplo del agua. Del agua hielo, del agua líquida y del agua vapor. Todas eran agua, pero en estados físicos diferentes. Si aplicábamos energía, por ejemplo calor, al hielo, éste cambiaba de “estado”. Seguía siendo agua, pero ya sus moléculas no se ordenaban de manera cristalina, normalmente de estructura hexagonal, y el ocasiones especiales, cúbica. Ahora, sus moléculas estaban relativamente más libres en su movimiento y podían deslizarse unas sobre otras, dando lugar a los movimientos propios de un fluido líquido. De la misma manera, y aplicando energía al agua líquida, las moléculas escapaban unas de otras, configurando entonces un gas, el vapor de agua. El movimiento de las mismas era ahora aparentemente errático, no sometida tanto como en el agua a rozamientos e interacciones entre ellas.

Estaba también el proceso de “sublimación”, por el que el agua hielo pasaba directamente a agua vapor, en determinadas condiciones de presión y temperatura. Y los fenómenos descritos se dan igualmente en sentido inverso.

Estos procesos se refieren a la “transformación”, ya que el agua solo cambia de forma, si bien sigue siendo agua. Pero existen otros procesos en los que el cambio es más profundo. Así, por ejemplo, en la “transmutación”, una cosa cambia en otra diferente y de mayor nivel de calidad, y en la “transustanciación” una cosa cambia en otra absolutamente diferente y de orden mucho más elevado.

Pero… ¿cómo podríamos traducir esto a la vida de un ser humano? ¿tenemos partes de diferente calidad, unas más “altas” y otras más “bajas”? ¿Podemos pasar de una a otra, elevándonos, es decir, trascendiendo, o transmutando, o transustanciando?

En este punto es preciso situarnos en qué tipo de lugar estamos establecidos como seres humanos dentro del panorama general, ya que, si miramos a nuestro alrededor, hasta donde la vista y la inteligencia nos alcanza, podemos ver seres vivos de muy diversas cualidades, algunos que por cercanía con nosotros, o por compartir cualidades, podemos entenderlos e incluso compararnos con ellos, y otros en cambio que escapan de nuestra comprensión, por estar su vida en un nivel que no compartimos ni entendemos.

Podemos entender en cierta forma a los seres del mundo mineral, ya que nuestro cuerpo físico está compuesto por minerales diversos ordenados de una manera milagrosa y perfecta, en un equilibrio impensable para cualquier físico, químico o matemático.

Podemos, igualmente, entender los procesos vitales y el ser del mundo vegetal, la hierba y los árboles, porque sentimos en nosotros que su vitalidad y la fuerza que los hace nacer, crecer y reproducirse son muy parecidas a las que nos impulsan en la vida a los mismos fines de conservación y perpetuación de las especies.

Los animales aún nos son más familiares. Con ellos compartimos la lucha por la vida y la supervivencia, dotados como ellos de medios muy parecidos con los que poder desenvolvernos en el medio natural.

En cambio otros seres nos resultan incomprensibles, por los que les consideramos exentos de vida, ya que no alcanzamos a comprender cómo puede existir alguna vida que no tenga, aparentemente al menos, las mismas leyes y fines que la nuestra. Así, un planeta, una estrella o una galaxia nos resultan incomprensibles, de la misma manera que está fuera de nuestra comprensión los seres invisibles de la naturaleza o de los espacios sutiles. No los vemos, y como no los vemos no los podemos entender, ni siquiera consideramos que pudieran existir. Lo que no vemos no existe, y ya está.

Todo este preámbulo, que aparentemente no tiene nada que ver con el propósito de este estudio, sí que tiene que ver, por una sencilla cuestión, que es la siguiente:

Cuándo hablamos de trascender, es decir, pasar a otra parte, ¿qué parte consideramos que hemos de dejar y a qué parte hemos de pasar? Esta es la pregunta a contestar, y quizá la respuesta a esta cuestión es absolutamente decisiva.

Para mí que una respuesta errónea a esta cuestión es el origen de metas falsas, equivocadas y que echan a perder muchas vidas de potenciales idealistas, porque hay muchas personas cándidas de buena voluntad cuyo propósito es trascender la naturaleza humana, tratando de pasar a lo que llaman vida “espiritual”, considerando ésta como una vida más allá y más elevada de la que vive aquél que llaman o entienden como “el hombre vulgar”.

Pero yo les preguntaría a estas personas: ¿has cumplido ya con el desarrollo total de lo que es tu naturaleza humana como para querer dejarla atrás y pasar a la vida de los dioses mentales? ¡Pero bueno! Si aún sigues viviendo atado a tu vida animal, cuando no a la vegetal, y, a veces, a la mineral ¿cómo pretendes vivir una vida más allá de la humana? ¿acaso sabes lo que eso implica? ¿acaso sabes siquiera en lo que consiste un ser humano completo?

Es evidente que resulta mucho más fácil buscar (?) una vida “espiritual” (?) que luchar día a día para superar nuestras naturalezas inferiores, es decir, lo que en nosotros es animal, vegetal o mineral. Superar estas naturalezas (que no significa eliminarlas sino trascenderlas) no es trabajo fácil, y tanto es así que el hombre, en cuanto hombre, lleva muchos evos intentándolo, más de nueve millones de años. ¿Y tú ya la has trascendido, como para ahora querer dedicarte a la vida “espiritual”, a la vida de los dioses? Evidentemente todo esto es pura tontería, y quien en ello se empeña está perdiendo su tiempo y sus energías en algo inútil para él y, además, para la humanidad.

Yo creo que la ocupación que nos toca hic et nunc, aquí y ahora, es trascender nuestra naturaleza animal, que engloba ya la vegetal y la mineral, y, dejando de ser animales, ir conquistando nuestra naturaleza propiamente humana.

¿Es que quizá alguien piensa que se ha desprendido de la esclavitud de sus instintos, de su agresividad, de su violencia, de su ansiedad por la posesión de bienes materiales, de su afán de comodidad? ¿alguien considera ya superada las dificultades de la convivencia diaria, las de su trabajo para los demás, sus problemas psicológicos? ¿alguien ha llegado a dominar su pereza, si indolencia, su indiferencia, su ira, su impaciencia, su lujuria, su vanidad, su orgullo, sus dependencias, como para que estas cosas no le condicionen su vida?

Cada quien que conteste en su interior estas preguntas. Y si hay alguien que crea que ya no le queda nada por superar en su etapa humana, que intente trascenderla y busque nuevos horizontes en el camino de los dioses.

Pero, me temo que no estamos en disposición ninguno de los seres humanos de creer esto. La razón por la que lo creo es simple: ya no estaríamos aquí. Estaríamos, como muy bien dice mi diccionario etimológico “en otro lugar, más elevado”.



miércoles, 2 de junio de 2010

LA ESCALA MÁGICA DE LOS DIOSES

Del espíritu del cielo
al alma de Beethoven
al alma de Karajan
al alma de Mutter
al alma de cada músico
a mi alma
a la tuya
al alma de todos los seres
que aman la belleza...









miércoles, 7 de abril de 2010

MANANTIALES



- Pero, dime Teodoro,

¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿no ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿no son las muestras de la alegría?
Y, acaso, ¿no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿no sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

- Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Qué no pueden existir el uno sin la otra?
¿O qué quizá no pueda existir la otra sin el uno?

- Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.
Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca.
¿No ves una mano divina en ello? ¿no es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

- Como no, querido amigo, en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mi me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses ¿o acaso los dioses no aman?

- Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿acaso no busca su perfección y completura? ¿y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?

Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿no será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría, y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

- Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

- Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

- Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

- Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

- Así parece ser como sucede.

- ¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

- Me parece que es bueno que así sea.

- Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

- Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a naturaleza.

- Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

- Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han encerrado de alguna manera el misterio de la vida.


sábado, 13 de diciembre de 2008

BEETHOVEN, FANTASÍA CORAL. Texto de Christoph Kuffner


























Con gracia y dulzura resuenan
las armonías de nuestra vida
y el sentido de la belleza engendra
flores que eternamente florecen.
La paz y la alegría avanzan cual amigas
como el juego alternante de la olas;
y lo que insistía en ser rudo y hostil
entra a formar parte de lo sublime.
Cuando en los tonos reina la magia
y en las palabras la inspiración
se configura lo maravilloso,
noche y tempestad se vuelven luz.
Calma exterior y alegría interior
priman para el bienaventurado;
y el sol primaveral de las artes
permite que de ambas nazca luz.
Algo grande contenido en el pecho
florece de nuevo en toda su belleza;
si un espíritu se ha encumbrado
todo un coro de espíritus resuena siempre a su alrededor.
Aceptad, pues, almas bellas,
alegremente los dones del buen arte.
Cuando se unen el amor y la fuerza
el favor de los dioses al hombre recompensa.
Christoph Kuffner

miércoles, 20 de agosto de 2008

MÚSICA, POESÍA Y AMOR



Solo hay tres cosas dignas de romper el silencio. La música, la poesía y el amor.
Amado Nervo


En una composición musical están presente las tres cosas. Música, poesía y amor. Si faltara alguna, no habría música. Sería preferible el silencio. Pero cuando el silencio se expresa, necesita de las tres vías. Y si no están presentes las tres, solo hay ruido, que no tiene nada que ver con el silencio, ni con su expresión.

Hay música y ¡qué música! Pero también hay poesía. Porque ¿no son poesía los sonidos que nos revelan el misterio de la belleza en toda su extensión, que abre los ojos del alma para que en verdad puedan ver? ¿que abre nuestro ser interior al universo que nos rodea, y nos adentra igualmente a nuestro universo interior? ¿Y no son los dos universos el mismo universo, una y la misma cosa?

Y también es amor, porque el amor es la llave de la poesía, y también de la música. En verdad el amor es la llave de todas las cosas. No hay nada que se mueva sin amor y no hay música sin poesía y sin amor, como tampoco puede existir poesía sin amor ni música, ni amor sin música y poesía.

La poesía del universo y la música de los astros se expresan por el amor que los mueve. Nada se manifiesta sino por el poder de Eros. Y Eros es poeta. Y Eros también es músico.

Antes de escucharla, necesitamos unos momentos para invocar a Eros y colocarlo en el altar sagrado de nuestro ser interior. Si no está, no amaremos, y si no amamos no podríamos escuchar música. Solo oiríamos ruidos.

Todos sabemos que antes de entrar en el templo es preciso lavarse a conciencia, purificarse, desnudarse de toda vestimenta impura, callar nuestra mente y abrir nuestro corazón. Solo así podremos recibir la música dentro de nosotros. Solo así seremos purificados por ella. Y con ella vendrán de su mano, seguro, otros dioses, otros seres de luz.

Recibámoslos y prestémosle veneración. La música tiene el poder de invocar a los dioses, que a buen seguro responderán a la llamada. Pero solo si nuestro corazón es digno de su visita. Y podremos oír su voz. Pero su voz no suena en palabras. La voz de los dioses suena, necesariamente, en amor, en poesía y en música.