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domingo, 29 de diciembre de 2013

martes, 3 de enero de 2012

MÚSICOS Y POETAS






Hoy vino a comer a casa una amiga, y cuando llegó acababa yo de terminar de imprimir la partitura del concierto para piano número 3 de los de Beethoven. Y como ella estudió música en su día, y además le encanta, le puse el disco para que los dos la fuéramos siguiendo en la partitura. Debo confesar que nos perdimos enseguida.

Después de escuchar un rato, me dijo, pensativa:

- A los músicos yo creo que les pasa lo mismo que a los poetas. Que sufren... están tristes... quiero decir, lo pasan mal en sus vidas. Todos tienen unas vidas atormentadas. Siempre los he visto propensos a la melancolía. Yo creo que para vivir más o menos feliz se necesita ser un poco más insensible a las cosas... Estar a esos niveles parece que te lleva al sufrimiento.

Yo me quedé un rato perplejo, quizá porque me sonaba que yo había tenido esa impresión en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, y cuando escuché sus palabras me puse a bucear en mi interior tratando de hallar impresiones, explicaciones, símbolos y... respuestas.

Seguramente el motivo es la sensibilidad. El que es sensible puede sufrir más, aunque también puede conocer más dicha. A mí me parece que es como la cuestión de la piel. Hay gente que la tiene más dura... más curtida, quizá por su trabajo... o por su forma de vida... Y también hay otras, por el contrario, que tienen la piel muy fina y delicada.

Si se rozaran con rastrojos, se pusieran largo tiempo al sol, o le picaran los mosquitos, el de piel dura sufriría menos. Está claro. La tiene más fuerte y así le protege más. Pero imaginémoslos a cada uno de ellos en la cama compartiendo caricias con su amante ¿Cuál de los dos sentiría más placer?

Todos hemos oído alguna vez lo desgraciado que fue Beethoven, siempre anhelando su amada inmortal, a la que nunca poseyó. A Bécquer que por solo una mirada daba un mundo y por una sonrisa un cielo... y al que no se le ocurría siquiera que pudiera dar a cambio de un beso...

Todos conocemos más o menos la triste historia del “loco del pelo rojo”, las desventuras de Don Quijote y lo mal que lo pasó Epícteto con su cruel amo.

Sí. Todos conocemos eso porque todos hemos vivido en alguna medida el sufrimiento y creemos poder imaginar esos mismos sufrimientos en las almas grandes. Recuerdo a L. Cohen cuando decía:

Your pain have no credentials here, it’s just a shadow of my wound…, que, en español viene a decir más o menos: Tu dolor no tiene credenciales aquí, es solo la sombra de mi herida.

Así que no presumamos de dolor, porque nuestros dolores, como nosotros, suelen ser muy pequeños, pequeñeces, para los hombres grandes.

Pero no olvidemos lo de la piel. Imaginamos (fantaseamos) sobre sus dolores y penas, pero no tenemos idea de su dicha, de su gloria, de su visión y de su cercanía con la belleza divina. No podemos siquiera vislumbrar los placeres de sus amplios espíritus.

Si para nosotros un beso de la amada es eso, solo un beso, ¿imagináis que sería para Beethoven, o para Bécquer?

Si para nosotros una música es bella y gloriosa, ¿podemos imaginar qué ocurriría en el alma de Mozart mientras garabateaba sus papeles en su “soledad” con lo divino?

No. El hombre solo conoce lo que es semejante a él. Y nosotros, pequeños, solo conocemos lo pequeño.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LO RELATIVO Y LO ABSOLUTO

Todo lo que os quiero enseñar es que cuando llueve las calles están mojadas.
G.I. Gurdjieff

Viene esta reflexión que hoy os propongo de un comentario que hicieron a mi anterior entrada en este blog titulada “Adivinos”. En el se decía lo siguiente:

Al fin y al cabo ¿que es un adivino?, alguien que ve mas allá; no creo que sea algo inusual, es cuestión de conectar con tu instinto más profundo, observar, reflexionar y atreverse a dar una opinión, lo que ocurre es que muchos mortales son necios y todo lo reducen a magia, adivinación o como quieran llamarlo.
Quizás sea que lo que unos llaman verdad o evidencia otros lo llaman mentira o absurdo. Al final cuestión de lenguaje.

Y más adelante:

…entrar en debate sobre la verdad puede llegar a ser largo y tedioso, y sobre todo de la verdad objetiva; pero la verdad abarca otros conceptos, ¿porque cual es la verdad?, ¿la que yo se, la que tu sabes, la que nos cuentan o la que no nos cuentan...?

Estas cuestiones me llevaron a plantearme el asunto del relativismo hoy imperante. Esta “doctrina” establece que la verdad sobre algo no existe, y que lo que únicamente existe es la noción que cada cual, en cada momento, tiene sobre ese asunto. Y la noción que cada cual tenga es tan válida como cualquier otra. Ya que “la verdad” de algo no existe, cada quien es libre de estimar como verdad aquello que mejor le parezca. De esta manera nadie tiene la necesidad de atenerse a ninguna verdad absoluta, y cualquiera puede tener una “opinión” sobre el asunto que se trate, siendo ella tan válida como cualquier otra.

Yo diría que, si todo es relativo, esta manera de afrontar el conocimiento es, también, y como no, relativa. Es decir, que el relativismo también es relativo. Creo que, así como hay creyentes en Dios, ateos y también agnósticos, el relativismo no debería ser negador de las verdades sino agnósticos acerca de ellas. Ni creen ni no creen, sino solo que no saben, no contestan.

Tengo un amigo que siempre dice que mucho más peligroso que el que “no sabe, no contesta” es el que “no sabe pero contesta”. Creo que he aquí el nudo de la cuestión.

No me importaría que alguien me confesara que no sabe arameo, pero lo que si me preocuparía es alguien que me dijera que la lengua aramea es como a cada uno le parezca, lo que viene a concluir en que no es de ninguna de las maneras. A mí me parece que o se sabe arameo, o se sabe un poco de arameo, o no se sabe nada de arameo. Ahora, que el saber arameo o no sea cuestión de elección personal, siendo opinable las palabras que conforman esa lengua me parece una estupidez.

Ya decía Platón que la opinión es un estado intermedio entre la ignorancia y la estupidez. El ignorante sabe que no sabe. El estúpido cree que sabe lo que no sabe, y a veces niega que alguien pueda saber algo. Y también que le basta con tener una opinión, lo que no le obliga a ninguna búsqueda de conocimiento. Se opina y basta. Para ello no es preciso tener ningún conocimiento sobre ningún asunto. Es algo libre. Tan libre, tan libre, que está hueco de contenido.

Llevamos muchos milenios intentando explicarnos las leyes que rigen la Naturaleza, las que rigen el Universo, las que rigen al hombre y a la humanidad, y ahora resulta que no hay nada de eso. Solo son lícitas las opiniones, condicionadas al estado subjetivo del observador.
Llevamos muchos milenios intentando llegar a una noción un poco más clara de qué puede ser lo bueno, lo justo, lo bello, lo verdadero, y ahora nos enteramos que toda esta búsqueda ancestral de nuestros antepasados era inútil. Lo justo, la justicia, no son nada, eso depende de para quién. Y para quién dependiendo como se encuentre de estado de ánimo.

¡Qué pena! Si llegaran a enterarse Mozart, Platón, Confucio, Epícteto, Aristóteles, Einstein, Böhr, Lao Tsé, Bécquer, Shakespeare, Beethoven, Leonardo da Vinci, Praxíteles, Gandhi, Miguel Ángel, Cervantes y tanto otros que todo su esfuerzo ha sido inútil y que se han comportado como unos tontos…

Pero sospecho de que “cuando llueve las calles están mojadas”…

miércoles, 10 de marzo de 2010

ALICIA DE LAROCHA

Gracias, Alicia, desde el corazón...


jueves, 9 de julio de 2009

EJEMPLO



Hay cosas que se tienen en la cabeza, otras en el corazón, pero algunas veces esas cosas llegan a mover las manos y los pies. Estas veces son las que cuentan. Estas veces son las que mueven las almas que le rodean a uno.

Las buenas ideas son buenas. Los buenos sentimientos son buenos. Pero si no se convierten en actos buenos no son nada, no mueven nada en el universo.

Mozart seguramente tuvo buenas ideas y buenos sentimientos, pero si no hubiera escrito el Ave Verum Corpus, y todo lo demás ¿qué hubiera dejado a la humanidad, a sus hermanos? Sus ideas y sus sentimientos sí le hicieron mover la mano sobre la partitura vacía y eso sí que fue bueno. Buenísimo. Para muchas, muchísimas almas durante cientos de años. Esto es lo válido.

Oí decir que la verdadera enseñanza, la que auténticamente queda marcada a fuego, es la enseñanza del ejemplo. Quizá de ahí venga la estrecha relación vital entre maestros y discípulos que existiera en los casos en que verdaderamente el maestro era maestro y el discípulo era discípulo.

Y las cosas, a pesar de nuestra modernidad, no han cambiado. Se puede admirar al que escribe hermosos poemas, hermosos y edificantes libros, al que pinta inspirados cuadros, al que da muy buenas conferencias, al que hace buenas películas, al experto cirujano. Todo esto está muy bien.
Pero el que de verdad es el que golpea el alma de su prójimo es el que con sus actos en la vida diaria enseña su virtud sin hablarla, sin explicarla, sin alardear de ella. Solo haciendo, en silencio, pero haciendo. Eso es el ejemplo.

No se necesitan palabras, no se necesitan aclaraciones, ni lógica, ni método alguno para comprenderlo. Llega a nosotros como una lanza, y nos atraviesa ferozmente. Sacude el alma con una claridad irrefutable, enseña el alma del maestro como a través de un cristal. Es imposible no verlo, no aceptarlo… no tratar de imitarlo, no preguntarse cómo lo hace, cómo es capaz, qué fuerza es de la que mana.

Las antiguas culturas no andaban tan despistadas como creemos. Porque sabían que solo el contacto estrecho y diario con el maestro podía conceder la enseñanza. Y no solo de sus palabras y de sus sentimientos, no. Lo esencial estaba en la vida del maestro vista directamente por el discípulo.

Solo así comprendía qué cosas merecían ser aprendidas.


domingo, 25 de enero de 2009

DIÓGENES





Hace unos días nos reunimos en casa unos amigos, y, ya en la mesa, rodeados como estábamos, de jamón serrano, queso de oveja manchega, espléndidos boquerones en vinagre con su necesaria cebolleta fresca, buen vino de León, y demás exquisiteces de nuestra bendita tierra, comenté que, considerándonos filósofos, pensaba en qué diría mi querido y admirado Diógenes de semejante reunión.

Alguien dijo: -bueno, sí, Diógenes solo comería lo que le diesen, y dormiría en un viejo barril, desnudo de todo lo superfluo, pero también es cierto que se confesaba pajillero-
-El impulso sexual es algo humano, como el comer o el dormir- dije yo. Algo tendría que hacer para liberarlo...

Yo no lo sabía la anécdota, pero les comenté lo que una vez escuché de un ermitaño, cuando le preguntaron como podía soportar la soledad del sexo. Y vino a decir que se complacía a sí mismo, pero que no lo consideraba pecado alguno, ya que no lo hacía deseando a ninguna mujer, y que por tanto no dañaba a nadie. Me sorprendió su respuesta, porque repasando en ese momento los mandamientos entregados a Moisés, no encontré que trasgrediera ninguno. Por lo que su actitud me pareció una actitud razonable, y añadí que yo pensaba igual.

Os cuento esta anécdota porque me ha sucedido a veces que, tras enviar alguno de mis escritos, en los que hablaba, pongamos por caso, de Mozart, de los romanos, o de alguna persona en particular, viva o muerta, famosa o no, alguien me ha contestado que estoy muy equivocado. Que Mozart era en su vida corriente un imbécil infantiloide, que los romanos eran unos borricos con dos patas, o que tal persona no era como yo la describía, que yo estaba muy equivocado y que en realidad era un sinvergüenza.

Y siempre he contestado lo mismo a estas objeciones:

Que me importa un pepino si lo que pienso y siento de ellos se acomoda a la realidad o no. Que lo que me vale son los valores que extraigo de ellos, lo que me aportan tal como los pienso (o los sueño).

¡Qué me puede importar a mí que Mozart fuera, como dicen muchos, un inmaduro para la vida o un juerguista ridículo! Eso no cuenta, en el dudoso caso que fuera verdad, lo que no creo. Lo que cuenta son las páginas que escribió, que hacen brotar de mi corazón, y de muchos otros, lágrimas de dicha. Que me lleva a paraísos nunca soñados, que consiguen que ame a los hombres y descubra a Dios. Eso es lo que me importa, y los que ponen el énfasis en su aspecto vulgarmente humano, seguramente no tienen la sensibilidad suficiente para valorar su inmensa aportación a la Humanidad.

¡Qué me importa a mí que Diógenes se aliviara en soledad! Bendita sea su alma, y que lo disfrutara. A mí lo que me importa es su terrible ejemplo de sencillez, de austeridad, de grandeza, de valor y de humanidad en suma. Eso es lo que me importa.

O que me digan que los romanos eran unos degenerados y unas acémilas. A mí lo que me importa es que tenían los ... más grandes que el caballo de Espartero, y que para tender un puente o hacer un acueducto no se andaban con las pamplinas de hoy día. Lo hacían y punto. Y hoy están donde mismo los pusieron, y seguramente estarán en el mismo sitio dos o tres milenios más. Nuestros nietos verán caerse los nuevos puentes y los puentes romanos seguirán en el mismo sitio, como si nada.

Y lo que cuenta, de verdad, es que el derecho que hoy día dirige nuestra cultura es el de ellos, y que nadie ha inventado todavía nada nuevo ni mejor. Y que extendieron la cultura griega por toda Europa, que es la misma y la única que tenemos hoy día y de la que tenemos que mamar lo queramos o no. Aunque muchos presuntuosos se pasen la vida haciendo inventos y pretendiendo demostrarnos que han inventado la pólvora. Pues no, queridos, la pólvora ya la inventaron los chinos hace no sé cuantos siglos, y si queréis hacer inventos, hacedlos con gaseosa. Y no nos toquéis más las narices.


lunes, 12 de enero de 2009

¿EXISTE DIOS?



Hay campañas
sobre si Dios existe
o no existe
sobre si probablemente existe
o si probablemente no existe.

Creo que las promueven
los ateos,
los creyentes ateos
y los no creyentes ateos.

Me parece que no me conciernen,
porque me parece que va dirigida
a los sordos,
a los mudos
y a los ciegos...,
a los duros...
de corazón.



Música: "Ave verum corpus", Wolfgang Amadeus Mozart
Fotografía: Abraxas
Montaje: Abraxas

      

miércoles, 7 de enero de 2009

UN PLÁCIDO PASEO HASTA EL CASTILLO DE SAN SEBASTIÁN


Lugar: Camino al castillo de San Sebastián, La Caleta, Cádiz.
Música: W.A. Mozart
Fotos y montaje. Abraxas Cádiz



jueves, 28 de agosto de 2008

MÚSICOS Y POETAS




Hoy vino a comer a casa una amiga, y cuando llegó acababa yo de terminar de imprimir la partitura del concierto para piano número 3 de los de Beethoven. Y como ella estudió música en su día, y además le encanta, le puse el disco para que los dos la fuéramos siguiendo en la partitura. Debo confesar que nos perdimos enseguida.

Después de escuchar un rato, me dijo, pensativa:

- A los músicos yo creo que les pasa lo mismo que a los poetas. Que sufren... están tristes... quiero decir, lo pasan mal en sus vidas. Todos tienen unas vidas atormentadas. Siempre los he visto propensos a la melancolía. Yo creo que para vivir más o menos feliz se necesita ser un poco más insensible a las cosas... Estar a esos niveles parece que te lleva al sufrimiento.

Yo me quedé un rato perplejo, quizá porque me sonaba que yo había tenido esa impresión en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, y cuando escuché sus palabras me puse a bucear en mi interior tratando de hallar impresiones, explicaciones, símbolos y... respuestas.

Seguramente el motivo es la sensibilidad. El que es sensible puede sufrir más, aunque también puede conocer más dicha. A mí me parece que es como la cuestión de la piel. Hay gente que la tiene más dura... más curtida, quizá por su trabajo... o por su forma de vida... Y también hay otras, por el contrario, que tienen la piel muy fina y delicada.

Si se rozaran con rastrojos, se pusieran largo tiempo al sol, o le picaran los mosquitos, el de piel dura sufriría menos. Está claro. La tiene más fuerte y así le protege más. Pero imaginémoslos a cada uno de ellos en la cama compartiendo caricias con su amante ¿Cuál de los dos sentiría más placer?

Todos hemos oído alguna vez lo desgraciado que fue Beethoven, siempre anhelando su amada inmortal, a la que nunca poseyó. A Bécquer que por solo una mirada daba un mundo y por una sonrisa un cielo... y al que no se le ocurría siquiera que pudiera dar a cambio de un beso...

Todos conocemos más o menos la triste historia del “loco del pelo rojo”, las desventuras de Don Quijote y lo mal que lo pasó Epícteto con su cruel amo.

Sí. Todos conocemos eso porque todos hemos vivido en alguna medida el sufrimiento y creemos poder imaginar esos mismos sufrimientos en las almas grandes. Recuerdo a L. Cohen cuando decía:

Your pain have no credentials here, it’s just a shadow of my wound…, que, en español viene a decir más o menos: Tu dolor no tiene credenciales aquí, es solo la sombra de mi herida.

Así que no presumamos de dolor, porque nuestros dolores, como nosotros, suelen ser muy pequeños, pequeñeces, para los hombres grandes.

Pero no olvidemos lo de la piel. Imaginamos (fantaseamos) sobre sus dolores y penas, pero no tenemos idea de su dicha, de su gloria, de su visión y de su cercanía con la belleza divina. No podemos siquiera vislumbrar los placeres de sus amplios espíritus.

Si para nosotros un beso de la amada es eso, solo un beso, ¿imagináis que sería para Beethoven, o para Bécquer?

Si para nosotros una música es bella y gloriosa, ¿podemos imaginar qué ocurriría en el alma de Mozart mientras garabateaba sus papeles en su “soledad” con lo divino?

No. El hombre solo conoce lo que es semejante a él. Y nosotros, pequeños, solo conocemos lo pequeño.