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martes, 15 de diciembre de 2015

UNA SIMPLE HOJA...







Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla."

La óptica con la que el hombre mira al Universo sigue siendo una óptica antropocentrista. Tratamos de entender lo inmensamente grande desde nuestra inmensa pequeñez.

Sería algo así como si un mosquito analizara, desde su perspectiva, la belleza de una catedral. No la podría entender. En su mosquitocentrismo le parecería algo absurdo, sin sentido ni utilidad, algo disparatado, producto de un ser cretino o caprichoso. ¡Es tan grande, tan grande, que ni siquiera sirve para comer!, se diría. Además, es, simplemente, piedra muerta.

¿Cómo podría imaginar ni comprender el sentido de una catedral, entender que no esta muerta, sino viva y palpitante, que su existencia la debe a la mente de su arquitecto y a la inspiración de muchas almas que albergan en ella su sentido de Dios, que es un lugar sagrado para el hombre, y que no apareció por casualidad, como un simple amontonamiento de piedras, sino con un fin definido que él no es capaz de entender?

Algo así sucede en el hombre frente al Universo.

Miramos el manto negro del firmamento, entretejido de millones de pequeños puntitos brillantes, y las llamamos estrellas. Vemos manchas blanquecinas de diferentes formas, y las llamamos galaxias. Miramos al Sol, y miramos a la Luna, y nos pensamos que sí, que tienen su utilidad, claro está, para nosotros los hombres, pero no alcanzamos a comprender su existencia por sí mismos, su vida y su destino.

¿Destino? Nos preguntamos. ¿Destino de dos bolas inmensas, una de ellas que solo es helio e hidrógeno en combustión, y otra, una piedra redonda dando vueltas a la tierra? ¿Cómo podría tener vida ni destino una simple piedra, una ardiendo y la otra apagada? Sería tanto como asignar vida a un grano de sal de nuestro salero.

En mi opinión, y, haciendo uso de la madurez de la humanidad, tras milenios observando a la Naturaleza, deberíamos empezar a desprendernos de la óptica errónea y pueril que mira todo lo que está fuera del hombre como seres extraños, incomprensibles, faltos de vida, de sentido y de destino.

Actuamos como si quisiéramos entender solo el sexto día del Génesis, ignorando los cinco anteriores. Y, por cierto, andamos con cierto retraso. El Génesis bíblico fue escrito nadie sabe por quién, ni hace cuantos milenios, posiblemente inspirado en otros textos mucho más milenarios de otras culturas, pero indudablemente por gente que sabía de lo que hablaba, y quizá mucho más y mejor que nuestros encumbrados científicos actuales.

¿Vida? ¿Destino? ¿Qué podría pensar el ínfimo microbio de la vida y el destino de un hombre? Y, de la misma manera ¿Qué puede pensar el hombre de la vida y destino de un ínfimo microbio, o de la más inmensa de las galaxias?

“Como es arriba es abajo”, sentenció el llamado Hermes. Quizá deberíamos reflexionar sobre esta sentencia, largamente, antes de pensar sobre la existencia de los diferentes seres que pueblan nuestro Universo.



                                                                            

martes, 2 de septiembre de 2014

SENTIDO COMÚN



Escuché que una vez un discípulo hizo una pregunta a su Maestro.
–¿Qué es lo que está Vd. intentando explicarnos, Maestro?
El Maestro le contestó:
–Solo estoy intentando explicaros que cuando llueve, las calles están mojadas.

Bueno, quizá a alguien le parezca una contestación absurda, por ser algo obvio. A mí, cuando lo escuché, también me pareció rara. Pero, si lo había dicho un Maestro, algo querría decir. Y con el tiempo me pareció descubrirlo.

Las enseñanzas están íntimamente ligadas con el sentido común. No hay ninguna enseñanza que no se someta al sentido común. Y como el sentido que ofrece las verdades más nítidas es el común, no es preciso estar en posesión de título ni máster alguno para entenderlas. Basta el sentido común, por cierto, el menos común de los sentidos. ¿Por qué es el menos común? Seguramente porque los hombres nos negamos a admitir lo que es evidente y todo el mundo lo sabe, y preferimos cualquier otra interpretación que se pliegue a nuestros pueriles deseos.

Cuando llueve las calles están mojadas. Es seguro que habrá gente que lo niegue, o que actúe sin tener esto en cuenta. Pero es así de simple y a la vez de irrefutable. No actuar conforme a esta verdad lleva sin duda a actos estériles, nefastos y estúpidos. Igual que en las otras cosas. Salvo que en otras cosas las consecuencias suelen ser más graves.

Hay unas leyes que rigen los acontecimientos, y son leyes que son casi siempre obvias, o de fácil entendimiento. Y si alguien se empeña en llevarles la contraria o en no tenerlas en cuenta, los resultados de sus actos no serán los esperados, sino cualquier otro, que, además de inesperados serán sin duda dolorosos y dañinos.

La Ley Natural suele ser tan sencilla como lo de la lluvia y las calles. De ahí que la sabiduría popular de la gente sencilla la conoce con mucha más profundidad que los doctos y sesudos estudiosos, que, perdiéndose en divagaciones fantasiosas, llegan a cualquier conclusión por más peregrina y absurda que pueda ser.

Así, los magos llegaron a conocer las leyes naturales, que son todas de aplicación, en su sentido amplio, a todos los seres existentes. De esta forma, comprendían no solo una parcela del saber, sino todo el saber en su conjunto, ya que las leyes de una parcela se aplican a cualquier otra, por ser leyes universales. Lo que es arriba es abajo, como decía Hermes.

Con el tiempo uno llega a intuir la razón de por qué los auténticos sabios dicen constantemente las mismas cosas, sea en cualquier tiempo o lugar. Creo que es así porque las leyes son siempre las mismas, la naturaleza es siempre la misma, y el hombre es siempre el mismo. ¿En qué podrían diferir sus enseñanzas? Quizá únicamente en su manera de hablar, o en su idioma, nada más. La ley de gravedad se puede decir de muchas maneras, pero el asunto es constantemente el mismo. Y lo mismo ocurre con las demás leyes.

Por ello no me interesa un sabio más que otro, a no ser que entienda mejor el lenguaje de uno mejor que el del otro. Pero siempre estaré seguro de que me dicen exactamente lo mismo de la misma cosa.

¿Cómo podría ser de otra manera?



sábado, 1 de marzo de 2014

COPIAR Y PEGAR (COPY AND PASTE)
















Todo el mundo sabe hoy día en qué consiste esta sencilla herramienta que usamos continuamente en Internet. Se busca algo en la red, se selecciona lo que a uno le interesa y se copia en el propio ordenador para uso propio. No tiene nada de malo, incluso a veces es muy útil, y se puede recoger así multitud de cosas que otros han creado. Nos sirve para reflexionar con más tranquilidad sobre un texto ajeno, para atesorar una imagen que nos sugiere mucho, para examinar detenidamente una grabación o película que nos impactó. Y, en el tiempo, poder volver sobre ello, extrayendo un poco más que la primera vez que la encontramos. La misma foto que incluyo al principio del texto la he obtenido de internet por este mismo sistema. Espero que las chicas no se ofendan, ya que, al fin y al cabo, si están en la red es que son públicas.

El problema comienza cuando se habitúa uno a esto, dándole un uso de suplantación de la propia creación. Me explico.

¿Para qué hacer algo, si ya está hecho? Se preguntan los copiones. Y seguro que es mejor que lo que yo pueda hacer. Solo basta buscarlo en el buscador de Internet y copiarlo. Y ya está. Me he ahorrado tiempo y esfuerzo, y además será mejor que lo que yo nunca pudiera hacer. Aprendamos de los que lo hacen bien otros –se dicen-

Bueno –pienso yo siempre- esto tiene truco. Y, dándole vueltas al asunto, el truco es muy fácil de descubrir. Es el viejo asunto del plagio, tan extendido hoy, gracias a que las creaciones son siempre públicas mediante la red de redes, lo que facilita la copia.

Estoy de acuerdo en que lo copiado puede ser mejor que lo que el copión logre hacer, en que toma menos esfuerzo y en que ahorra tiempo. Estoy también de acuerdo en que hay que aprender del que sabe hacerlo bien.

Pero… hay muchos peros.

El copión ¿aporta algo a los demás? No, ya estaba aportado.

El copión ¿mejora sus aptitudes? No, no usa sus aptitudes propias ¿cómo habría de mejorarlas?

¿El copión aprende del creador de lo que copia? Es evidente que no. Simplemente le gusta lo que hizo y lo copia. No mejora su creación, ya que su creación está ausente. No pretende usarla para nada. La ignora, no cree en ella, no la pone en marcha.

¿El creador ahorra tiempo? Creo más bien que lo pierde, ya que el tiempo mejor usado es el tiempo de crear, cualidad específica del ser humano, con lo que al copiar está perdiendo el tiempo, utilizándolo en copiar en lugar de crear.

¿Le es más útil? Tampoco. Lo que es útil a un ser humano es emplearse a fondo en crear algo personal. Eso sí es de su propia utilidad, ya que hace crecer sus capacidades como creador, posiblemente lo único en lo que nos asemejamos a los dioses. Hacer eso lo hace más inútil cada vez que lo hace.

Este asunto parece que se agota con lo que he dicho hasta ahora, pero hay más, mucho más y mucho más importante.

¿No habéis visto a menudo a personas repetir como loros, sin la menor convicción (por lo que fácilmente se les descubre) lo que otra personas han dicho? Ocurre mucho en la política, en el arte, o en la filosofía. La moda, o las disciplinas de partido, imponen a sus siervos qué deben decir, qué deben hacer, y, aún más, cómo deben decirlo o hacerlo.

He visto segundones de líderes repitiendo las mismas palabras que su amado jefe, y no solo eso, sino utilizando el mismo acento, los mismos gestos, los mismos movimientos… Si se pusiera una careta de su jefe nos creeríamos que estábamos escuchándole en vez de al que le imita.

Los “escritores” lo tienen más fácil, porque no se les ve. Simplemente, toman un párrafo de aquí, otro de allá y otro de acullá, lo meten en la coctelera y ¡zas! Ya está. Solo falta firmarlo. Esto en los textos. Pero en las ideas se hace exactamente lo mismo. Un plagiador lee a un filósofo, ensayista o pensador y ya está. Ya tiene lo que va a dar al público, con su firma, claro. Supongo que consistirá en lo poco, o poquísimo, que logró entender del autor, con lo que, además, está tergiversando y enrevesando sus ideas. Para comprobarlo es fácil: lean cualquier comentarista de Platón, o de las enseñanzas hindúes de los Vedas, de la Biblia hebrea o de cualquier otra cosa. Pero como cuenta con que el gran público no se atreve con tan altos pensadores, él se lo da mascado. Y totalmente erróneo, añado yo.

Cierta vez escuche una serie de canciones de una famosa cantante española, allá por los años 80. Me gustaron, mucho más por la música que por la letra, a la que nunca suelo atender por ser casi siempre vulgar. Esa música, esa música… me suena… Y por supuesto que me sonaba. Había copiado, nota por nota y compás por compás, íntegro, el pequeño libro de Anna Magdalena Bach, del que algunas de sus piezas estudiamos en los primeros cursos de piano en el conservatorio. Y vendió discos como churros.

Y digo yo:
Si nadie piensa por su cuenta, sino solo copia y pega.
Si nadie escribe con su pluma, sino solo copia y pega.
Si nadie actúa con sus características personales, sino tan solo copia y pega.
Si nadie es él mismo, sino tan solo quiere imitar y copiar a otro.
Si nuestra vida se resume en copiar lo que hacen los pocos creadores que quedan...

¿qué ocurrirá cuando todos copiemos y nadie cree?
¿a quién copiaremos entonces?

Nuestra época se conocerá como la de los hombres que copiaban a otros.
Pobre herencia.



lunes, 24 de febrero de 2014

UNA SIMPLE HOJA...






















"Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla."

La óptica con la que el hombre mira al Universo sigue siendo una óptica antropocentrista. Tratamos de entender lo inmensamente grande desde nuestra inmensa pequeñez.

Sería algo así como si un mosquito analizara, desde su perspectiva, la belleza de una catedral. No la podría entender. En su mosquitocentrismo le parecería algo absurdo, sin sentido ni utilidad, algo disparatado, producto de un ser cretino o caprichoso. ¡Es tan grande, tan grande, que ni siquiera sirve para comer!, se diría. Además, es, simplemente, piedra muerta.

¿Cómo podría imaginar ni comprender el sentido de una catedral, entender que no esta muerta, sino viva y palpitante, que su existencia la debe a la mente de su arquitecto y a la inspiración de muchas almas que albergan en ella su sentido de Dios, que es un lugar sagrado para el hombre, y que no apareció por casualidad, como un simple amontonamiento de piedras, sino con un fin definido que él no es capaz de entender?

Algo así sucede en el hombre frente al Universo.

Miramos el manto negro del firmamento, entretejido de millones de pequeños puntitos brillantes, y las llamamos estrellas. Vemos manchas blanquecinas de diferentes formas, y las llamamos galaxias. Miramos al Sol, y miramos a la Luna, y nos pensamos que sí, que tienen su utilidad, claro está, para nosotros los hombres, pero no alcanzamos a comprender su existencia por sí mismos, su vida y su destino.

¿Destino? Nos preguntamos. ¿Destino de dos bolas inmensas, una de ellas que solo es helio e hidrógeno en combustión, y otra, una piedra redonda dando vueltas a la tierra? ¿Cómo podría tener vida ni destino una simple piedra, una ardiendo y la otra apagada? Sería tanto como asignar vida a un grano de sal de nuestro salero.

En mi opinión, y, haciendo uso de la madurez de la humanidad, tras milenios observando a la Naturaleza, deberíamos empezar a desprendernos de la óptica errónea y pueril que mira todo lo que está fuera del hombre como seres extraños, incomprensibles, faltos de vida, de sentido y de destino.

Actuamos como si quisiéramos entender solo el sexto día del Génesis, ignorando los cinco anteriores. Y, por cierto, andamos con cierto retraso. El Génesis bíblico fue escrito nadie sabe por quién, ni hace cuantos milenios, posiblemente inspirado en otros textos mucho más milenarios de otras culturas, pero indudablemente por gente que sabía de lo que hablaba, y quizá mucho más y mejor que nuestros encumbrados científicos actuales.

¿Vida? ¿Destino? ¿Qué podría pensar el ínfimo microbio de la vida y el destino de un hombre? Y, de la misma manera ¿Qué puede pensar el hombre de la vida y destino de un ínfimo microbio, o de la más inmensa de las galaxias?

“Como es arriba es abajo”, sentenció el llamado Hermes. Quizá deberíamos reflexionar sobre esta sentencia, largamente, antes de pensar sobre la existencia de los diferentes seres que pueblan nuestro Universo.













miércoles, 16 de enero de 2013

SENTIDO COMÚN



















Escuché que una vez un discípulo hizo una pregunta a su Maestro.
–¿Qué es lo que está Vd. intentando explicarnos, Maestro?
El Maestro le contestó:
–Solo estoy intentando explicaros que cuando llueve, las calles están mojadas.

Bueno, quizá a alguien le parezca una contestación absurda, por ser algo obvio. A mí, cuando lo escuché, también me pareció rara. Pero, si lo había dicho un Maestro, algo querría decir. Y con el tiempo me pareció descubrirlo.

Las enseñanzas están íntimamente ligadas con el sentido común. No hay ninguna enseñanza que no se someta al sentido común. Y como el sentido que ofrece las verdades más nítidas es el común, no es preciso estar en posesión de título ni máster alguno para entenderlas. Basta el sentido común, por cierto, el menos común de los sentidos. ¿Por qué es el menos común? Seguramente porque los hombres nos negamos a admitir lo que es evidente y todo el mundo lo sabe, y preferimos cualquier otra interpretación que se pliegue a nuestros pueriles deseos.

Cuando llueve las calles están mojadas. Es seguro que habrá gente que lo niegue, o que actúe sin tener esto en cuenta. Pero es así de simple y a la vez de irrefutable. No actuar conforme a esta verdad lleva sin duda a actos estériles, nefastos y estúpidos. Igual que en las otras cosas. Salvo que en otras cosas las consecuencias suelen ser más graves.

Hay unas leyes que rigen los acontecimientos, y son leyes que son casi siempre obvias, o de fácil entendimiento. Y si alguien se empeña en llevarles la contraria o en no tenerlas en cuenta, los resultados de sus actos no serán los esperados, sino cualquier otro, que, además de inesperados serán sin duda dolorosos y dañinos.

La Ley Natural suele ser tan sencilla como lo de la lluvia y las calles. De ahí que la sabiduría popular de la gente sencilla la conoce con mucha más profundidad que los doctos y sesudos estudiosos, que, perdiéndose en divagaciones fantasiosas, llegan a cualquier conclusión por más peregrina y absurda que pueda ser.

Así, los magos llegaron a conocer las leyes naturales, que son todas de aplicación, en su sentido amplio, a todos los seres existentes. De esta forma, comprendían no solo una parcela del saber, sino todo el saber en su conjunto, ya que las leyes de una parcela se aplican a cualquier otra, por ser leyes universales. Lo que es arriba es abajo, como decía Hermes.

Con el tiempo uno llega a intuir la razón de por qué los auténticos sabios dicen constantemente las mismas cosas, sea en cualquier tiempo o lugar. Creo que es así porque las leyes son siempre las mismas, la naturaleza es siempre la misma, y el hombre es siempre el mismo. ¿En qué podrían diferir sus enseñanzas? Quizá únicamente en su manera de hablar, o en su idioma, nada más. La ley de gravedad se puede decir de muchas maneras, pero el asunto es constantemente el mismo. Y lo mismo ocurre con las demás leyes.

Por ello no me interesa un sabio más que otro, a no ser que entienda mejor el lenguaje de uno mejor que el del otro. Pero siempre estaré seguro de que me dicen exactamente lo mismo de la misma cosa.

¿Cómo podría ser de otra manera?


domingo, 20 de febrero de 2011

OBSERVA ESTA PEQUEÑA HOJA...

"Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla."

La óptica con la que el hombre mira al Universo sigue siendo una óptica antropocentrista. Tratamos de entender lo inmensamente grande desde nuestra inmensa pequeñez.

Sería algo así como si un mosquito analizara, desde su perspectiva, la belleza de una catedral. No la podría entender. En su mosquitocentrismo le parecería algo absurdo, sin sentido ni utilidad, algo disparatado, producto de un ser cretino o caprichoso. ¡Es tan grande, tan grande, que ni siquiera sirve para comer!, se diría. Además, es, simplemente, piedra muerta.

¿Cómo podría imaginar ni comprender el sentido de una catedral, entender que no esta muerta, sino viva y palpitante, que su existencia la debe a la mente de su arquitecto y a la inspiración de muchas almas que albergan en ella su sentido de Dios, que es un lugar sagrado para el hombre, y que no apareció por casualidad, como un simple amontonamiento de piedras, sino con un fin definido que él no es capaz de entender?

Algo así sucede en el hombre frente al Universo.

Miramos el manto negro del firmamento, entretejido de millones de pequeños puntitos brillantes, y las llamamos estrellas. Vemos manchas blanquecinas de diferentes formas, y las llamamos galaxias. Miramos al Sol, y miramos a la Luna, y nos pensamos que sí, que tienen su utilidad, claro está, para nosotros los hombres, pero no alcanzamos a comprender su existencia por sí mismos, su vida y su destino.

¿Destino? Nos preguntamos. ¿Destino de dos bolas inmensas, una de ellas que solo es helio e hidrógeno en combustión, y otra, una piedra redonda dando vueltas a la tierra? ¿Cómo podría tener vida ni destino una simple piedra, una ardiendo y la otra apagada? Sería tanto como asignar vida a un grano de sal de nuestro salero.

En mi opinión, y, haciendo uso de la madurez de la humanidad, tras milenios observando a la Naturaleza, deberíamos empezar a desprendernos de la óptica errónea y pueril que mira todo lo que está fuera del hombre como seres extraños, incomprensibles, faltos de vida, de sentido y de destino.

Actuamos como si quisiéramos entender solo el sexto día del Génesis, ignorando los cinco anteriores. Y, por cierto, andamos con cierto retraso. El Génesis bíblico fue escrito nadie sabe por quién, ni hace cuantos milenios, posiblemente inspirado en otros textos mucho más milenarios de otras culturas, pero indudablemente por gente que sabía de lo que hablaba, y quizá mucho más y mejor que nuestros encumbrados científicos actuales.

¿Vida? ¿Destino? ¿Qué podría pensar el ínfimo microbio de la vida y el destino de un hombre? Y, de la misma manera ¿Qué puede pensar el hombre de la vida y destino de un ínfimo microbio, o de la más inmensa de las galaxias?

“Como es arriba es abajo”, sentenció el llamado Hermes. Quizá deberíamos reflexionar sobre esta sentencia, largamente, antes de pensar sobre la existencia de los diferentes seres que pueblan nuestro Universo.