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lunes, 29 de febrero de 2016

LUZ Y ENVIDIA



Refugiado en mi pequeño lugar, casi inmóvil,
miraba las cascadas de luz que surgían de lo alto.
La veía robar destellos dorados,
plateados y cobrizos.
Miraba hechizado los brillos en su movimiento,
en su armonía.
Y todo envuelto en una música suprema.

Los trombones de oro,
la plata en las flautas.
Negro carbón de los oboes,
la pesada tuba y los clarinetes
y las trompetas.

Todos entrelazados en el fino papel.
Todos llevados del brazo de la delgada batuta.
Unos hablaban, otros contestaban.
Todos reían, todos lloraban.

No, no eres tú mi cantar,
no puedo cantar ni quiero
a ese Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar.

Cantaban... cantaban llenando el aire,
robándome el aliento,
abriéndome el pecho,
moviendo mi corazón.

Un pequeño de pelo dorado
apresó mi mirada.
apenas mi hijo,
...casi mi padre.

Una trompeta en sus manos
vibraba el espacio.
Más grande que sus manos,
más pequeña que su alma.

Miré la batuta.
Abría en el aire,
dibujando los pasos,
la marcha solemne,
los ritmos sagrados.

Cuatro por cuatro,
repetía insistente.
... Su padre murió,
días atrás acaso.


Sus ojos brillaban,
su cara encendida...
Envidié su alma...
Envidié su vida.





Dedicado a mi director musical, en una  noche, entre las bambalinas del Teatro Falla, a los pocos días de la muerte de su padre.




viernes, 22 de enero de 2016

LA MIRADA ENAMORADA



 Nunca comprendí como se puede dudar del amor de alguien. Está tan claro... Solo hay que mirar a los ojos. Quizá ni eso. Seguramente un ciego lo sabría por el tono de voz.
Seguramente los efluvios de Eros se desprenden por los poros de nuestra piel.

Miré sus ojos, sus ojos de dulzura. Sus ojos de miel, encendidos de mil brasas, riendo su alegría interior, bailando la antigua danza de los arroyos de la montaña. Miré sus ojos, pero vi su alma.

El alma enamorada tiene una mirada especial, que abraza sin manos, que habla sin palabras, que canta sin sonidos. Es fácil entender porqué los enamorados pueden guardar silencio.

Es un silencio lleno que los envuelve, que los ampara, lleno de átomos de sus seres, de las pequeñas flechas de sus ángeles.

Veo un bosque y sé lo que ve. Miro el mar y siento las olas en su interior. Hienden el aire mis piernas, y mis manos, y anda junto a mí. Camino por el cielo, por los planetas, y está conmigo. Me siento en la luna, y está sentada a mi lado.

Por una mirada un mundo Por una sonrisa un cielo. Por un beso,... no sé yo lo que te diera por un beso.

Pero... la mirada enamorada mira, sonríe y besa. Todo en un instante, todo veloz, tanto, que no se sabe de qué lugar viene. ¿De lo más profundo? No sé dónde está lo más profundo. Nunca podré llegar. El fondo del alma enamorada es inalcanzable, como el torbellino allende las galaxias, como lo profundo del bosque, como las entrañas del ardiente desierto.

Todo está allí, en una mirada, fugaz, pero eterna. En la eternidad del instante. En lo ancho del momento que no necesita futuro, que no tiene pasado. El amor borra el tiempo, lo vacía de significado. En los ojos sólo el espacio celeste y frío, el abismo desconocido que nos aborda sin tocar nuestra puerta, que nos quiere para él sin condiciones.

Y la mirada nos roba lo que creíamos nuestro, nos hace desconocidos de nuestro mundo pequeño. Nos limpia, abriéndonos la piel de nuestros pechos, como se abre la tierra para la siembra, como se abre el mar para las redes.

Y anclados en ella, ni esperamos ni tememos. Solo somos ella,... para siempre.



lunes, 26 de septiembre de 2011

MANANTIALES


–Pero, dime Teodoro, ¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿No ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿No son las muestras de la alegría?
¿Y, acaso, no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿No sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

–Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Que no pueden existir el uno sin la otra?
¿O que quizá no pueda existir la otra sin el uno?

–Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como un manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.

Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca. ¿No ves una mano divina en ello? ¿No es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

–Cómo no, querido amigo; en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mí me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses. ¿O acaso los dioses no aman?

–Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿Acaso no busca su perfección y completura? ¿Y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?
Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo Dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿No será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

–Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

–Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

–Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

–Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

–Así parece ser como sucede.

–¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

–Me parece que es bueno que así sea.

–Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

–Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a la naturaleza.

–Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

–Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han desvelado de alguna manera el misterio de la vida.


martes, 12 de julio de 2011

ARMONÍA


En mi anterior entrada, que publiqué con el título “Unidad y diversidad”, terminaba con una pregunta: “¿Y cómo puede lograrse la armonía?” Y ya que hice la pregunta, creo mi deber, no contestarla, sino tratar de aportar mi escasa comprensión ante asunto tan profundo.

Lo más simple sería decir: armonía es aquello que une lo diverso en una unidad. Bueno, sí, puede ser una definición, pero a mí nunca me dejaron satisfecho las definiciones, porque siempre me parece que tienen truco. En este caso cualquiera podría preguntarme: ¿Y cómo muchas cosas se pueden hacer una sola? Y entonces estamos igual que al principio.

Es evidente que la armonía de un conjunto no es ni la suma de cada elemento ni ninguno en particular, ni un grupo de entre ellos. Creo que es algo que no está en el grupo, es algo que está entre ellos y por encima de ellos, podríamos decir que está en un nivel superior al de todos los elementos del grupo. Y tiene una virtud, una cualidad, que no tiene ningún elemento del grupo. Esa virtud le hace capaz de crear una unidad armónica, con entidad propia y, repito, a un nivel superior.

Me gusta la música, ya sabéis, y acudiré a ella para explicarme o, más bien, para tomar ejemplos.

Nadie negaría que la quinta sinfonía de Beethoven, o la tercera, o cualquier de ellas, es cada una una unidad en sí misma. Incluso leí unos comentarios de Leonard Berstein en los que afirmaba que todas las sinfonías de Beethoven en su conjunto formaban una sola unidad, y que no era posible comprender, en su más profundo sentido musical, una u otra separada de las demás. En este caso, a las unidades de las sinfonías se superponía, en un nivel aún superior, otra unidad más amplia, la totalidad de las sinfonías de Beethoven. Yo, aunque humildemente, me atrevería a ampliar eso que dijo el profesor Berstein, y yo afirmaría que toda la obra de Beethoven posee una unidad, y que no es posible conectarse con el alma del compositor comprendiendo una sola obra de su pluma, es preciso comprender toda su obra. Es, por así decirlo, una unidad aún superior a la anterior comentada, y la crea el alma del compositor.

Creo que hemos dado con una de las claves. Un grupo humano, cuando tiene unidad, es decir, es propiamente un grupo y no un amontonamiento de personas, tiene un alma. Tiene, por decir así, algo que siente, piensa y actúa movido por un alma única. Existe armonía entre sus miembros, y existe, como consecuencia, unión.

En este momento alguien podría preguntar: “¿y ese alma, de quién es, de donde viene, cómo surge?

Yo diría que se crea cuando, misteriosamente, nace una identidad de sentimientos, de pensamientos y de fines vitales. Y ese alma mueve al grupo, lo hace un solo ser, y lo lleva hacia su meta, con una fuerza que es muy superior a la suma de las fuerzas de cada elemento.

Desde luego, esta situación no se consigue por el voluntarismo de querer que sea así y ya está.
Las personas del grupo, antes, deben acercarse a su condición de individuos, es decir, singularidades, con lo que es mucho más fácil conseguir la identificación necesaria. Si se trata solo de personas sin nada en común unas con otras, aferradas a sus propias personalidades, siempre dispares, la armonía se vuelve imposible. En el ejemplo de la orquesta, un violín tocaría una pieza de Sarasate, porque le gusta más, y otro a Paganini, que es su preferido. Y el violoncelo tocaría algo de Bach, al que adora. O bien, uno tocaría más lento y otro, que fuera más nervioso, más rápido, y los más flojos solo tocarían de vez en cuando, cuando les apeteciera. El resultado os lo imagináis, ya no sería un concierto, sino un desconcierto. Bueno, de esta manera no hay nada que hacer.

El Universo es armónico, y bello, porque los astros cumplen las leyes. El sol no sale cuando le apetece y por donde le apetece, ni Mercurio hace rabona de sus deberes, ni la galaxia de Andrómeda, cuando está cansada, se va un año, o un milenio, de vacaciones. No podría ser.
Todos recorren puntual y estrictamente sus órbitas, y son alegres por ello. Cumplen su misión en el conjunto armónico. Saben que el orden del Universo incluye también su propio orden particular, y que su propio desorden puede desordenar el Universo.

Platón nos decía que lo bello ha de ser bueno, y que lo bueno ha de ser bello. Esta relación puede ampliarse al conjunto de sus arquetipos, lo bueno, lo bello, lo justo y lo verdadero. Cualquier ser que alcanza uno de los arquetipos alcanza simultáneamente todos los demás. Y la razón es simple, ya que si los arquetipos son las cualidades de lo Uno, al llegar a Él por uno de los caminos, en la cima encuentra a todos los demás.

En Egipto esta unidad ya se representó en sus pirámides. Al final de las cuatro caras, en la cúspide, estaba el piramidón de oro, unidad de todas las unidades.



domingo, 1 de mayo de 2011

LA MIRADA ENAMORADA


Nunca comprendí como se puede dudar del amor de alguien. Está tan claro... Solo hay que mirar a los ojos. Quizá ni eso. Seguramente un ciego lo sabría por el tono de voz. Seguramente los efluvios de Eros se desprenden por los poros de nuestra piel.

Miré sus ojos, sus ojos de dulzura. Sus ojos de miel, encendidos de mil brasas, riendo su alegría interior, bailando la antigua danza de los arroyos de la montaña. Miré sus ojos, pero vi su alma.

El alma enamorada tiene una mirada especial, que abraza sin manos, que habla sin palabras, que canta sin sonidos. Es fácil entender porqué los enamorados pueden guardar silencio. Es un silencio lleno que los envuelve, que los ampara, lleno de átomos de sus seres, de las pequeñas flechas de sus ángeles.

Veo un bosque y sé lo que ve. Miro el mar y siento las olas en su interior. Hienden el aire mis piernas, y mis manos, y anda junto a mí. Camino por el cielo, por los planetas, y está conmigo. Me siento en la luna, y está sentada a mi lado.

Por una mirada un mundo Por una sonrisa un cielo Por un beso,... no sé yo lo que te diera por un beso.

Pero... la mirada enamorada mira, sonríe y besa. Todo en un instante, todo veloz, tanto, que no se sabe de qué lugar viene. ¿De lo más profundo? No sé dónde está lo más profundo. Nunca podré llegar. El fondo del alma enamorada es inalcanzable, como el torbellino allende las galaxias, como lo profundo del bosque, como las entrañas del ardiente desierto.

Todo está allí, en una mirada, fugaz, pero eterna. En la eternidad del instante. En lo ancho del momento que no necesita futuro, que no tiene pasado. El amor borra el tiempo, lo vacía de significado. En los ojos sólo el espacio celeste y frío, el abismo desconocido que nos aborda sin tocar nuestra puerta, que nos quiere para él sin condiciones.

Y la mirada nos roba lo que creíamos nuestro, nos hace desconocidos de nuestro mundo pequeño. Nos limpia, abriéndonos la piel de nuestros pechos, como se abre la tierra para la siembra, como se abre el mar para las redes.

Y anclados en ella, ni esperamos ni tememos. Solo somos ella,... para siempre.



miércoles, 14 de abril de 2010

CONCIENCIA Y CONSCIENTE




Curiosamente, para el lector poco avisado, las palabras “conciencia” y “consciente”, que se suelen usar como originarias del mismo contenido, provienen de etimologías distintas, que ahora detallaré. Por otra parte, no se puede ser conciente, ni tampoco tener consciencia.

Los usos correctos, acordes a los conceptos de ambas, son “tener conciencia” o “ser consciente”. Y, como todos sabemos, no es lo mismo “tener” que “ser”. Se “tiene” algo cuando ese algo es externo a nosotros, así nosotros no “somos” ese algo, solamente lo “tenemos”. Sin embargo, cuando “somos” algo, ese algo es parte de nosotros. No lo “tenemos”, porque lo que se tiene puede dejar de tenerse. Lo que se “es” forma ya parte indisoluble de nuestra esencia.

Mi antiguo diccionario etimológico, al que adoro, aporta los siguientes orígenes, en ambos casos del latín:

Conciencia: Del latín conscientia, de cum, con, y scientia, ciencia.
Ciencia o conocimiento interior del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar.

Consciente: Del latín, consciens, conscientis, participio activo de conscire, saber perfectamente. Que siente, piensa, quiere y obra con cabal conocimiento y en plena posesión de sí mismo.

De esta manera es fácil comprobar que el “tener conciencia” no es lo mismo que “ser consciente”, ya que la conciencia se refiere a una ciencia de la que se puede disponer, mientras que “ser conscientes” consiste según el latín en conocerse perfectamente, no aclarando si dicho conocimiento proviene o no de ciencia alguna.

Una ciencia de la que se dispone es “conciencia”, y se usa como un instrumento para actuar. El ser consciente no consiste en eso, sino que se refiere a un estado del alma, en el cual se conoce perfectamente algo, actuando luego, suponemos, en función de ese conocimiento.

La conciencia tiene un contenido moral, y el ser consciente no lo tiene. Puede, eso sí, desprenderse de su perfecto conocimiento de sí mismo, que le llevará seguramente a actuar conforme a la ley, porque quien la conoce perfectamente actúa según ella, si bien no por un imperativo moral, sino por la propia naturaleza de su ser. Es algo que es propio del ser interior, y no adoptado o aprendido de influencias externas.

Decir, por tanto, que un hombre puede actuar contrariamente a la ley, siendo perfectamente consciente es algo contradictorio. La conciencia puede llevar a ello, puesto que es el uso de una ciencia sometida a lo temporal, pero el ser plenamente consciente implica el conocimiento perfecto de la ley, y sería de tontos actuar contra una ley que forma parte de uno mismo y de la propia naturaleza.

Se puede, por tanto, actuar siendo conscientes y a la vez no actuar con conciencia.
Así, a mi modo de ver, estando la vida del hombre basada en su ser interno, su progreso está vinculado a su capacidad de ser consciente, y no a sujetarse a conciencia alguna, provenga de donde provenga.

La moral y la conciencia es una cosa, y “ser consciente” es otra bien distinta.



miércoles, 7 de abril de 2010

MANANTIALES



- Pero, dime Teodoro,

¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿no ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿no son las muestras de la alegría?
Y, acaso, ¿no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿no sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

- Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Qué no pueden existir el uno sin la otra?
¿O qué quizá no pueda existir la otra sin el uno?

- Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.
Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca.
¿No ves una mano divina en ello? ¿no es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

- Como no, querido amigo, en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mi me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses ¿o acaso los dioses no aman?

- Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿acaso no busca su perfección y completura? ¿y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?

Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿no será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría, y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

- Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

- Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

- Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

- Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

- Así parece ser como sucede.

- ¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

- Me parece que es bueno que así sea.

- Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

- Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a naturaleza.

- Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

- Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han encerrado de alguna manera el misterio de la vida.