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jueves, 21 de julio de 2011

CÁDIZ, LA CALETA AL ATARDECER


El Sol se pone en La Caleta...
Foto de Abraxas


lunes, 21 de junio de 2010

CÁDIZ, BARCAS DE LA CALETA



Azules y verdes, rojas, marrones, violetas, blancas, de todo color, de toda forma, grandes, pequeñas, todas juntas, muy cerca, como abrigándose unas a otras de los vientos.

Sus cuerpos son como el de una mujer, de curvas que por su hermosura, por incontables y diferentes, son casi imposibles de reproducir en un papel o de mantener en la retina. Todas bellas, y todas diferentes. El artista que les dio forma es seguro que estaba enamorado de sus contornos, de su figura entera, de su escorzo, de su apacible descanso sobre las rocas.

Ahí están, desde que mis ojos tropezaron con ellas por primera vez, siendo un niño, y allí estarían en los años de mis abuelos y tatarabuelos. Forman parte del mágico paisaje de este rincón tan querido por todos.


Barcas sabias de la mar, viajeras entre aguas que corren entre piedras, en bonanza, en mala mar, con vientos de cualquier punto de la aguja, portadoras del sueño de sus pescadores, llevando ilusiones, trayendo peces, llevando amistad y alegría, llevando tras de sí su estela blanca y sus gaviotas, compañeras infatigables.

Las vemos meciéndose al amor de las quietas aguas, saliendo firmes por la canal cerca de San Sebastián, posadas suavemente sobre las verdes rocas, o cabeza abajo cuando su dueño le limpia su quilla y sus costados para aliviarla de habitantes no invitados al viaje, para que la suavidad de su fondo se deslice mejor bajo la mar.

¡Cuánto no sabrá la barca de sus dueños, de sus inquietudes, de sus amores, de sus dolores! Confesora fiel, como un buen amigo, como una amante querida, como un abuelo, como un perro.

Siempre está ahí, esperando apacible, y pareciera que salta de alegría viendo llegar a su dueño cargado con las redes, con las cañas, con la carná.
- ¡Vamos de paseo! ¡Me saca a pasear! ¡Ya sentía frío en mis cuadernas…! Querido dueño… ¡cuánto te amo! ¡Vamos ya!-

Y, alborozada, rompe con su quilla las aguas tranquilas y enfila la bocana de salida a la mar abierta, dispuesta a todo por ayudar a una buena pesca.

Ya de vuelta, cansada, pero satisfecha de su viaje, acercarse al varadero a soltar la plateada carga aún saltando en su frescura.
- Ponme en buen lugar, mi dueño, ya sabes, donde esas rocas suaves, para que cuando me pose sobre ellas en la marea baja no me cause dolor en mis trabajados fondos. Tengo ya muchos años, y he recorrido ya muchas millas. Adiós, amo, que vuelvas pronto, eres mi alegría y mi sentido.-

- Adiós, pequeña, has trabajado bien… te daré un buen baño de agua dulce y… muy pronto volveré a verte, muy pronto…-

domingo, 14 de marzo de 2010

FICUS DE CÁDIZ





Los ficus de Cádiz son, y han sido siempre, compañeros fieles y constantes de todo gaditano, al menos de todos los que seguimos vivos y coleando en esta bendita ciudad tres veces milenaria.

Dicen que los trajeron desde el otro confín hasta su madre gaditana dos dulces monjitas misioneras, quienes, me figuro, le dieron sus mimos en la larga travesía, quizá aún viviendo su infancia verde en pequeñas macetas de barro. Puede ser que ni siguiera imaginaran la buena y alegre vida que tendrían en esta su nueva tierra, junto al mar, a los pies de las aguas de La Caleta y asomados a la bahía azul por encima de la balaustrada de La Alameda.

Pero, como otros visitantes que tropiezan con este luminoso lugar, decidieron quedarse, hacerse nuestros amigos y darnos su alegría, su verdor, y su sombra. A cambio, nosotros también le dimos nuestro cariño y agradecimiento.

Imagino a los enfermos del Hospital de Mora asomados a la ventana, ya convalecientes de sus dolores, llenando sus pulmones, sus ojos y su corazón del aire fresco de las aguas y del verdor infinito y perenne de estos gigantes de troncos aferrados a la vida, de ramas que acarician el cielo, de miríadas de hojas de hermosos tonos pardos y verdes que mueven incesantemente la brisa marinera. Quizá fueran los mejores enfermeros en su cuidado, los mejores músicos a sus oídos, la más hermosa paleta de cualquier pintor.

No quieren irse ni a tiros. Eso se ve claramente en la manera como sus inmensos pies se aferran a nuestro suelo, y penetran profundamente en ella, buscando en la tierra el agua que harán luz en el cielo. Siempre que paseo por La Caleta me acerco a sus troncos y me siento un rato a su lado. Para mí que no hay mejor compañía que un majestuoso árbol, que siempre nos da idea de grandeza, de crecimiento hacia lo alto, de perseverancia y de generosidad. Escuchar el viento en su copa es mi mejor música y contemplar el vuelo de sus hojas, mi mejor espectáculo.


A los pescadores les brida sombra y protección para ellos y sus cañas, delicadamente apoyadas en la balaustrada de La Alameda, a la espera paciente de una lubina o un pargo despistadillo que acuda a su engaño. ¡Cuántos peces habrán visto salir de las aguas para placer de pescadores y de afortunados comensales luego! Siempre me pareció que aplaudían con sus hojas el buen resultado de un lance certero…


Admirado y respetado por sus compañeros de ese bello jardín, es como el humilde rey de todos. Con todos comparte tierra y luz, y en su derredor se abren las más hermosas flores y dan fruto naranjos y otros hermanos pequeños. Él se conforma, a pesar de sus humildes y pequeñas flores, de sembrar el paseo de pequeñas pelotitas verdes para animar el juego de los niños.

Todos hemos jugado con ellas, cuando nuestros juegos tenían como únicos protagonistas lo que encontrábamos por la calle. Y, a veces, con resultados no esperados y funestos. Siempre viene a mi memoria, junto con una sonrisa, el día en que, tras escuchar misa en el Carmen, paseaba con un amigo un día de Corpus. Apenas tendríamos 11 ó 12 años, y nuestras madres nos había ungido con el obligado por entonces vestido especial para la fecha. Camisa blanca, camiseta blanca, pantalón corto blanco, calcetines y zapatos blancos. Revestidos de blanco, como nuestras almas de niño.

Y volvíamos por la Alameda, junto al mar. Íbamos pateando distraída y alegremente esas pelotitas que nos regalaban los ficus en esos días.

-¡Mira, yo he llegado más lejos que tú!
- ¡Que va, que va… yo he llegado más lejos…!
- ¡Vamos a ver hasta donde llegamos en el mar! Así veremos quien llega más lejos, porque la espuma de su caída nos lo dirá.
-¡Venga, venga!

No recuerdo ahora quien llegó más lejos. Lo que sí recuerdo es que mi amigo llevaba zapatos de mocasines, de esos que no llevan cordones, y a la cuarta o quinta patada, su zapato voló por los aires, como blanca gaviota, y sí que llegó lejos, tan lejos y tan irrecuperable que tuvo que emprender el camino a casa con el único zapato que le quedó en los pies. Mientras, el otro se mecía suavemente, como pequeña barquilla blanca al compás de las olas.

Iba aterrado, sin saber que clase de explicación daría a su madre. Por supuesto era muy difícil encontrar alguna verosímil para lo sucedido….

En fin… cosas de niños… y de ficus.








martes, 23 de febrero de 2010

CÁDIZ, HABITANTES DE LA CALETA



Debo hacer memoria, porque en nuestra querida Caleta quedan muy pocos de sus ancestrales habitantes. La ola de avaricia que nos baña arrasó con muchos de los compañeros de nuestros paseos infantiles por sus rocas y sus arenas.

En sus recónditos huecos vivían, apaciblemente, entre rocas, entre marea y marea, entre aguas, entre sus arenas, con los vientos, bajo el sol y bajo la luna. Pululaban una infinitud de amigos que esperaban nuestra inocente visita, y que participaban de nuestros juegos.

Todos tenían el nombre que les habíamos dado, generalmente asignado por su similitud con formas conocidas y familiares.


Allí vivían los chochos de vieja, pegados a las rocas, con su penacho de finos tentáculos a merced de la marea con el que atrapaban cualquier cosilla comestible que pasara por allí. Jugábamos a tocarle sus pelillos, pelillos a la mar, y entonces se encogía y los guardaba en sus adentros, mostrándonos solo su ciega abertura, de ahí el nombre asignado, cual vulva añeja, ajada y de oscuro color.

Entonces despreciadas y denostadas, solo juego de niños, y hoy un manjar exquisito fritos en envoltura de harina de garbanzos, las famosas y apreciadas “ortiguillas”. Recordando mi infancia me costó probarlas, pero cuando las probé, pensé que es cierto el dicho de “gallina vieja hace buen caldo”.


También su contraparte masculina tenía un lugar entre mareas, los conocidos como carajos de mar, por su gran similitud con el mismo en situación de combate. Pobre infeliz, nunca fue apreciado, y quizá hayan desaparecido de sus oquedades por faltarle chochos de vieja con que compartir faena y soledad.


Y ¡qué decir de los simpáticos camarones… pululando en cualquier charco o chimenea de rocas, con su elegante manera de moverse. Transparentes, finos, como pequeñas gambas aristócratas, atrapaban nuestras miradas durante horas. Sus saltos eran como bailes en el agua transparente, como ballet acuático en el escenario del rico decorado pardo y verde de las rocas. Llevarse uno en un frasco de vidrio era un seguro de entretenimiento en nuestra casa…
¡Qué cosas! ¡Qué felices éramos observando nuestros compañeros de la Caleta…!


Cosa aparte era toparse con ¡un cangrejo moro!
-¡Eh! ¡Venid! ¡Un cangrejo moro! ¡He encontrado un cangrejo moro!
-¡Anda ya! Será una coñeta…
-Que no, que es un cangrejo moro…

No era fácil encontrar un cangrejo moro, no porque no los hubiera, sino por las precauciones a que le había llevado su instinto de supervivencia. Vivían en las oquedades de las rocas, su color y pelaje les camuflaba perfectamente para no ser visto, y sus movimientos lentos se petrificaban ante la presencia de un depredador sospechoso. Solo verlo era un milagro, cosa solo de expertos mariscadores.

-¡Seguro que está lleno… y que tendrá coral…!

¡Qué bueno, que bueno! Qué buenos cuando los comprabas a la puerta de la cervecería de El Puerto, ya cociditos, en su canasta de mimbre, todos iguales y alineados, con sus grandes bocas…
No recuerdo más delicado manjar…


Claro es que habían otras especies de cangrejos, pero, eso sí, mucho menos apreciados. Entre ellos, y el más abundante, bello y útil era la coñeta.

Verde, más pequeña que el moro, la coñeta, a la que también llamábamos mariquita por su apariencia menos varonil que el moro, era carná habitual para la pesca de peces mayores, con caña o en barca. Se colocaba viva en el anzuelo para engañar con sus movimientos al gran pez, que la creía un desayuno fresco y agradable, aunque algo le mosqueaba el que no se largara corriendo. Aquí, en Cádiz, los peces saben latín…

Con ella y los restos de otros mariscos se prepara un excelente caldo de pescado para los guisos. Eso sí, cuando un amigo gran cocinero me explicó como se hace para añadirla a la olla hirviente, me pareció cruel, pero… ¿qué no es cruel en la cocina? Recuerdo que, en mi infancia, comíamos pollo por Navidad, y se traía a casa vivo y coleando. Lo bajábamos a nuestra vecina Enriqueta, que era la matarife oficial de la casa. Le cortaba el cuello de un tajo y lo desangraba y desplumaba… En casa nadie se atrevía a tal asesinato a sangre fría.

Pues la coñeta se pone viva sobre el mármol y se le da un buen martillazo. El despachurre resultante se añade a la olla y ya está. Este secreto no contarlo por ahí, que mi amigo es muy celoso de su profesión.

Bueno, sí, son cosas de la cocina, pero no hablemos ahora de eso… hablemos de cosas mas delicadas. En realidad, ningún niño puede admitir que el filete que le pone su mamá en el plato viene de una hermosa y tierna ternera que alegremente pacía en el campo. Y es mejor que no lo sepa en su niñez.


Está, como no, el erizo, plato nacional del cantón gaditano, elevado a símbolo del Carnaval y La Viña. Este apacible animalito, que a nadie daña, salvo al que imprudentemente se le acerca para zampárselo, es una delicia pararse a observarlo. Eso sí, es preciso tener mucha paciencia, porque solo se mueve en caso de necesidad.

Forma parte de esos animales marinos que tienen los pies por cualquier sitio diferente a los mamiferos. En este caso, su nombre científico lo deja entrever: equinodermo, el que tiene la piel erizada. Pero sus espinas o púas no solo son defensas, sino también pies, aunque parezca increíble. En ellas se apoya y, moviéndolas consigue avanzar para donde quiere, eso sí, a paso de caracol. Me recuerda a los cefalópodos, que viene a significar el que tiene los pies en la cabeza, y también otros muchos, con las patas en cualquier sitio.

Dicen que el jugo que almacena en su espinosa cáscara es lo más parecido al sabor del mar, y que, cuando se degusta, se come puro mar. Su coral, el suave sabor de su esencia, recuerda el perfume de la espuma de las olas.


Caso aparte son las lapas, tan enmarañadas con las rocas que es difícil descubrirlas, solo parecen pequeñas excrecencias de las mismas. Como un sombrero chino, no pocas veces la llevábamos a casa como un trofeo. Y los burgaíllos, caracolas de mar diminutas, de sabor marinero, que te ofrecían por las calles de la Viña en un cartucho generoso de papel de estraza.


Los ostiones, hermanos pobres de las ostras, de concha curvada y anárquica, cerradas a cal y canto, y adheridas fuertemente a su casa hecha de conchas de sus antepasados, la piedra ostionera. Infinidad de sus conchas son aún visibles en las piedras con que está construida la ciudad. De sabor marino, es usual comerlas tal cual se cogen, a lo más con unas gotas de limón. Para los no acostumbrados, rebozadas son un majar exquisito.


Y, por fin, los más emblemáticos, las mojarras y las gaviotas.

La mojarra quizá sea el pescado que más identifica a la ciudad. Animal de una belleza inusitada, plateando en sus movimientos dentro del agua, nadadora, acrobática, formó parte siempre de nuestra infancia, en la que, caña del país al hombro, íbamos a probar suerte en el camino del castillo de San Sebastián. De mano, terciaítas, para plancha, para frito… era una gloria llevar a casa una canastita de ellas, las pobres aún casi vivas, tanto, que daba dolor comérselas.


Y las gaviotas… ¡qué decir de ellas! Compañeras inseparable en el cielo, atentas a cualquier migaja de pan, excelentes voladoras y excelentes pescadoras, era un placer verlas planear contra un fuerte levante, inmutables, como si nada, auténticas pobladoras de nuestros mares, puede decirse que dueñas de nuestro aire y de nuestras miradas a lo alto.


viernes, 25 de diciembre de 2009

DESCUBRIMIENTO CIENTÍFICO EN CÁDIZ




Se ha producido un importante descubrimiento científico en la pequeña ciudad de Cádiz, Spain, que contradice las hipótesis actualmente aceptadas acerca del cambio climático.

Lo ha realizado, y explicado a sus amigos, el conocido caletero Er Canijo de Cai, y su idea central le vino a la mente de manera parecida a lo que le sucedió a Newton con la famosa manzana.

Preguntado sobre los detalles, Er Canijo explicó el suceso a sus amigos:

- Iba yo a í ar día siguiente a La Caleta, y había metío un litrito de cruscampo en la nevera, pá llevashla fesquita. Y cuando la ví a sacá… ¡otra ve se má congelao! ¡cagonlaleche…! ¡ademá, má explotao! ¡ni que fuera una bomba, joé!

Un amigo suyo, muy leído y escribido, porque tenía el graduado escolar, le explicó:

- Hombre, Canijo, lo que te ha ocurrido es que has metido la botella en el congelador ¿es que no sabes que el hielo ocupa más espacio que el agua? Por eso, la cerveza, al congelarse y querer ocupar más sitio, pues ha roto la botella… normal…

- ¡Coño, que no tá enterao, que no era agua, que era cervesa cruscampo…!

- Hombre ya lo sé, pero date cuenta que la cerveza es en cerca de un 99 por ciento, agua. Si hubieras congelado una botella de agua te hubiera pasado igual…

- ¿Casí tó agua la cervesa? Tengo que hablá yo con er tendero, pa desirle un par de cosa. ¡Sinvergüensa…!

- No hombre, eso es así, que no es culpa del tendero…

- Joé, to agua… bueno, si lo dise tú me lo creo, que yo sé que tieneh estudioh…

A raíz de este hecho, tan desgraciadamente cotidiano, de que se le olvide a uno la botella en el congelador, Er Canijo le daba vueltas a la cabeza un día tras otro.

Por ezo me ponen tanto jielo en el güisqui er der bá, el hijoputa, como ocupa tanto zitio… -pensaba-

Ahín que er puchero es cazi tó agua… y er gazpacho tamién… ¡tes quí ya, con el puchero que hace mi parienta…! Pero bueno… si me la dicho er sientífico der Manolín, será verdá… -se decía-

Un día, viendo la tele con su cervecita fresquita por delante, escuchaba atentamente una de tantas noticias sobre el cambio climático:

Según las últimas investigaciones del Instituto Tecnológico de Massachussets, el volumen de hielo almacenado en los polos desciende de forma alarmante, debido a la elevación de la temperatura atmosférica, con lo que en pocos años se estima una subida del nivel de mar a nivel planetario de 1,50 metros. Debido a este fenómeno, gran parte de las costas y zonas bajas de los continentes serán inundadas. Playas como las de Ipanema o La Concha desaparecerán. En la reciente cumbre de Copenhague…

Er Canijo interrumpió al locutor con vehemencia.

- ¡Tes quí ya, pisha! ¡No tenéi ni idea, y si no, preguntahle ar Manolín…!

¿Que va subí la marea? ¡tes quí ya, quillo..! ¿que me voi a quedá sin mi Caleta?, tes quí ya…! Lo que pasa que es que no sabeih ná de lo de mi botella de serveza…, ni lo del yelo, ni ná de ná…

¿No zabei lo de que el agua ze pone máh gorda cuando ze congela? Ahín que el yelo, cuando se derrite será meno, ¿no cohone? Entonse, de onde saca lo de tanta agua… será meno ¿no pisha?
¡Meno agua, meno agua…, que no tentéra…! Ahín que lo que va pasá es que se van a vé toah lah piera de la Caleta, y pa bañarno noh vamoh a tené que í ar quinto caraho…

Y otra coza… bueno, vamo a vé…. ¡María! ¿qué é lo der cambio climático eze?

Y yo que zé, y déjame que estoy haciendo er puchero… pregúntale a tu amigo er Manolín, que é tan listo y lo sabe tó…

…..

- Manolín, ¿qué é lo der cambio climático que disen en la tele?

- ¡Hombre, por Dios!, ¿todavía no te has enterado? ¿No sabes que, de tanto expulsar a la atmósfera anhídrido carbónico, el calor del sol no se va otra vez fuera, reflejado, y se queda formando como un tapón para el calor? Así, cada año hay más calor en la tierra, y eso puede llevar a que en los polos se derrita poco a poco todo el hielo. Y si todo ese hielo, que es muchísimo, se hace agua, los océanos y mares aumentarán su nivel, y llegarán a cubrir muchos lugares situados en las costas, como por ejemplo La Caleta.

- ¡Otra vé disiéndome lo de la Caleta! ¡Ya me estái cabreando… Pero, vamo a vé. El lotro día me dijiste ques se mabía roto la botella de serveza porque el hielo é máh gordo quel agua ¿o no?

- Pues… sí, te lo dije…

- Entonse, si se derriten to los poloh, el agua que zuelte será má chico quel hielo ¿ no?

- Pues… sí, claro…

- ¿Lo vé? Po entonse el agua de loh océano zerán, digamo, má chica ¿no? Entonce, pisha, bajará la marea…

- No, porque el cambio climático y el calor de la atmósfera…

¡Para, pisha, para…! si se derrite to el hielo de loh poloh, que está fría de cohone, lo que noh vamoh é a congelá, y a vé entonse quien va tené való de bañarze en La Caleta… Noh vamo a tené que poné un abrigo pa meternoh…

- Mira Canijo, no me líes, que ya estoy liado con tantas teorías… ¿por qué te empeñas en llevarle la contraria a todos los científicos?

-¿Por qué va a sé, pisha? Porque me jodió lo de la serveza… y ensima me disen que ya no va bé máh Caleta…

Finalmente, er Canijo, muy molesto por la futura situación que le vaticinaban, envió sus teorías al Instituto Tecnológico de Massachussets, pidiendo su opinión. Recibió la respuesta que reproducimos a continuación:

Dear Canijo,
Please, d’ont fuck us anymore... cheet!... and forget us. Furthermore, “La Caleta”... what kind of thing is it?



miércoles, 8 de abril de 2009

CÁDIZ, PUERTA DEL CASTILLO DE SANTA CATALINA

From UN PASEO POR CÁDIZ
En el flanco derecho de La Caleta, mirando al mar, y protegiendo a Cádiz, junto a su hermano, el de San Sebastián, se alza este castillo, de planta estrellada. 
Entre ambos, acogedoras y protegidas, las aguas de La Caleta acarician la fina y rubia arena, a cubierto de los vientos...



miércoles, 7 de enero de 2009

UN PLÁCIDO PASEO HASTA EL CASTILLO DE SAN SEBASTIÁN


Lugar: Camino al castillo de San Sebastián, La Caleta, Cádiz.
Música: W.A. Mozart
Fotos y montaje. Abraxas Cádiz



sábado, 13 de diciembre de 2008

CÁDIZ, BARCAS EN LA CALETA

Esperando en calma, en el crepúsculo,
una nueva mañana de labor,
nueva mañana de romper olas,
de ceñir vientos,
de burlar corrientes...
Amar la pesca.
Vivir...
Barcas... en descanso,
habitantes por derecho
de La Caleta,
en su magia tan antigua...



From CADIZ

viernes, 28 de noviembre de 2008

CÁDIZ, CASTILLO DE SAN SEBASTIAN


From UN PASEO POR CÁDIZ
Viejo guardián de la ciudad... centinela vigilante de piratas y de buques de intenciones perversas.
Ahí sigues, imperturbable, pétreo y peremne. Como los abuelos benignos, sabios y protectores...

            
   

viernes, 19 de septiembre de 2008

CÁDIZ, SOMBRAS EN LA CALETA



¿Sombras de una palmera en la arena? 
¿Un oasis quizá?
Sí, un oasis. Cádiz es todo él un oasis, un oasis de paz, luz y belleza... una isla del paraíso perdido, anclada en el Atlántico desde hace tres mil años...

martes, 19 de agosto de 2008

ANDAR POR LAS CALLES DE CÁDIZ



Soy un habitante de Cádiz, del casco antiguo de Cádiz, no de Puerta Tierra. De hecho, y como dice un gran amigo, no tengo ni pasaporte para entrar allí. Mi vida se teje en el centro, entre sus calles estrechas y sus altas casas, altas para la anchura de la calle, en sus pequeñas plazas y en su pequeña playa, La Caleta.

En mi opinión tiene muchas ventajas sobre las calles de las ciudades nuevas. Si me colocaran de repente en una zona nueva de cualquier ciudad de España no sabría decir en cuál de ellas estoy. Son todas iguales, triste y absurdamente iguales. Carecen de personalidad. Por contra, los cascos antiguos de una ciudad están adaptados a la forma de entender la vida de sus habitantes, aunque no sabría decir si se adaptó la ciudad al alma de los habitantes o el alma de los habitantes dieron forma al alma de la ciudad. De cualquier forma, sea antes el huevo o la gallina, así es.

Me gusta andar despacio por las calles, como saboreando un helado, observando cada rincón, cada puerta, cada iglesia, cada patio, cada árbol… como se observa a la amada, buscando cada nuevo resquicio de su cuerpo o de su alma.

Y descubro con sorpresa que, tras muchos lustros de gastar suelas de zapato en ellas, aún me queda casi todo por ver, cada día me sorprende con algo nuevo, me fascina con un nuevo rincón antes no visto, con algún ángulo distinto y más bello de lo que almacenaba mi memoria.

Pero…, (siempre hay un pero, irremediablemente), es difícil andar tranquilo por ellas. Y si hay alguna duda pueden observar la foto que he incluido al principio.

Supongo que Cádiz tendría alguna vez veinte mil habitantes, o, digamos treinta o cuarenta mil. Estaría bien, se podría pasear amablemente, incluso en agradable charla con algún amigo. Pero hoy… eso ya es una ambición absurda y destinada al fracaso, a no ser que el paseo sea al amanecer, o más bien, al alba. Y si es en pleno verano, donde por cada ejemplar autóctono hay al menos otro que no lo es, la pretensión es más que absurda. Es imposible. Lo dijo el torero El Gallo: Lo que no pué sé no pué sé. Y ademá, é impozible. A menos que llueva más que cuando enterraron a bigote. Pero encima en Cádiz no llueve pá bajo, llueve pal lao, con lo que el viejo e insustituible invento del paraguas aquí es inútil, como si lo llevaras en la moto.

Llegó a ser una costumbre en Cádiz y una buena norma de educación, no escrita, que desde temprana edad nos enseñaban nuestros padres, el caminar siempre por la acera de nuestra derecha, dejando paso, eso sí, a las personas mayores, a las embarazadas, a los inválidos, a los militares de uniforme y al clero. Por supuesto, siempre andábamos por mitad de la calle.

Hoy esta norma está olvidada, como muchas otras. Y nadie cede la acera, aunque por enfrente venga una embarazada inválida de 90 años, con uniforme de la guardia civil.

Así pues, caminar por la calle es un auténtico tormento. Aún más si no se trata de un paseo, sino de un tránsito obligado y con prisa. Está claro que un veraneante no lleva prisas, salvo los madrileños, que siempre la tienen. Y como además sus aceras normalmente suelen ser el doble de ancho que nuestras calles, pues andan despacio y en compañía de varios más que, pues claro, no están acostumbrados a caminar en fila india. Ni se les ocurre que fuera necesario.

Si se los encuentra uno de frente, la cuestión es romper la barrera, cual hombre medieval rompiendo la puerta del castillo armado del ariete. O bien, siendo tímido, pegarse a una casa solicitando la amabilidad del despistado turista para pasar. Pero en vacaciones no se usa mucho la consideración ajena, con lo que eres totalmente ignorado. Has de pararte frente a la barrera y solicitar paso: ¿Me permite, por favor…? ¡Gracias!

¿Será posible? ¡Pedir uno el favor de poder andar por su ciudad! Una vez sorprende, dos molesta, tres irrita, cuatro… bueno… ¡hagámoslo por el buen nombre de Cádiz!

Si te los encuentras por detrás la cosa se complica, porque además no te ven. Ni te oyen, porque cuatro o cinco turistas en plena charla son muchos decibelios. Muchos.

Finalmente, tras varios intentos en voz tenue y por no chillar, decides tocar el hombro de alguno y, una vez que se percata de que estás detrás, vuelves a decir por cuarta vez:

-¿Me permite, por favor…?
- ¡Como no…pase Vd. caballero!, te contesta educado.
- Muy amable, gracias.

En muchas ocasiones, y llevado de mi educación y natural bondad (¿?), cuando observo que camino a rumbo de colisión con otro viandante o peatón, calculo rápidamente sus coordenadas, rumbo y velocidad, y doy un golpe de timón a estribor (lo natural), dejándole así paso por mi babor. Pero no todo el mundo está acostumbrado al mundo de la mar, y menos los pacenses o sorianos, así que él, o bien sigue su rumbo tranquilamente, o cae a su babor, es decir, a mi rumbo, con lo que el abordaje está servido. Uno frente a otro, con caras de idiotas, enmendamos la maniobra, coincidiendo una docena de veces hasta que logramos seguir nuestra derrota indemnes. Por lo general observo que a nadie le interesan las normas de navegación, y mucho menos los consejos de las abuelas, y supongo que se dirán para sus adentros: “Ya se quitará” Y esto suponiendo que se digan algo, que ya es mucho suponer.

Yo por mi parte, y en bien de la, para mí, sagrada puntualidad inglesa, he tomado la decisión de convertir mis andares en andares de veraneante. Así que trato de olvidar si viene alguien de frente o no. “Ya se quitará”, a veces pienso. Solo a veces. Mi propósito es no llegar siquiera a pensar nada.

Salvo, claro está, cuando mi opositor sea una anciana embarazada de 90 años. Y con el uniforme de la guardia civil.


miércoles, 9 de julio de 2008

UN PASEO POR CADIZ


Os ofrezco hoy un paseo por el casco histórico de mi querida ciudad. Que lo disfrutéis...



lunes, 7 de julio de 2008

CÁDIZ, MAR Y LAVA




He conocido a muchos forasteros que, tras unas semanas respirando inmersos en la sal y la luz de nuestras calles, me han comentado sorprendidos y enamorados: “Siempre voy oliendo a mar... siento... como si estuviera andando por las rocas de La Caleta, como rompiendo con dulzura el camino blanco de su orilla...”

Y, como siempre nos ocurre, el forastero enamorado nos enseña facetas de nuestra tierra en las que nunca reparamos, como un amante apasionado repararía en los lunares escondidos de nuestra propia mujer, o en el brillo encendido de sus ojos, que miramos durante años pero que nunca descubrimos...

El forastero mira nuestra pequeña isla con el gozo fresco del primer amante, mientras nosotros la vemos como nuestra amada de toda nuestra vida, con el amor manso y profundo de una larga compañía.

Y yo, tras meditar un rato sus palabras, acerté a descifrar sus impresiones.

Creo que esta ciudad, si te fijas, solo es mar... y lava, le dije. En esta calle por la que paseamos, o en cualquier otra, solo pisarás granito, y solo te rodearán edificios cuyos viejos muros guardan infinitas almas de infinitos compañeros de camino. Mira esas piedras. Dentro de ella aún respiran ostiones, almejas, lapas, caracolas, burgaíllos, erizos, cañaíllas, y un sinnúmero de viejos marinos gaditanos con sus barcas varadas para siempre.



Esas piedras son solo mar, y el suelo que pisas es solo lava.


¿A qué otra cosa podríamos oler? Como en el pequeño pueblo castellano hueles a era, a trigal y a paja, y en las tierras de Jerez hueles a mosto nuevo, a uva y a lagar, aquí el mar nos penetra... está hundido en nuestra carne, en nuestra casa... en nuestra alma.

Vi que sonreía, y vi que entendía mis palabras, pero, más que eso, sentía su comunión con el alma de mis calles... su comunión con la mar.

El sol y la mar. ¿Es Dios algo más que el sol y la mar? -le dije. Si por algo nuestra tierra está bendita no dudes que se debe a esa presencia cierta pero invisible. Seguramente a eso debemos nuestro carácter, nuestra risa y nuestra fe. ¿Te han dicho alguna vez que el sol no haya salido a su hora, que la marea no haya subido cuando debía?

Siéntate en cualquier esquina y pregúntale a la mar, por ti o por tu vida. Siempre te dirá, como una madre vieja, como una nodriza generosa, que Poseidón es muy, muy antiguo... No pierdas la fe, espera sólo mil años más.


domingo, 1 de junio de 2008

CÁDIZ, AMANECER EN LA CALETA




¿ACASO ES DIOS ALGO MAS QUE EL SOL Y LA MAR?

Amanece. Todo duerme. Solo el silencio. Todo está muerto. Sin luz, sin sonido, sin movimiento.
No vinieron aún los pájaros, ni los niños, ni las gaviotas. Hasta las piedras son frías, casi muertas.
No está el sol, padre de todos. La mar mueve sus aguas con timidez, suavizando su fragor, refrenando sus ansias.
Y aparece la luz, principio de la creación de un nuevo día. Y el mundo renace. Como siempre y como nunca. Siempre igual, pero siempre nuevo.
Fiat lux
Despierta la luz, y alienta el aire, las aguas salen de su sueño, se mueven las largas arenas y respiran otra vez las rocas.
Gaviotas que nacen de la espuma, moviendo el aire, y la luz. Blanco en el ocre de las rocas. Amarillo sobre el azul del cielo.
Y un hombre, en silencio y solo, camina a su barco. Comienza su trabajo, su afán, su vida.
Solo al amanecer, el sol y la mar. ¿Acaso es Dios algo más que el sol y la mar?