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miércoles, 16 de febrero de 2011

CRISIS GLOBAL


Dicen que esta crisis consiste en que no hay dinero. Yo más bien diría que consiste en que no hay vergüenza.

Creo que fue Platón quien dijo, hace veintitantos siglos que la auténtica generadora de riqueza es la justicia. Dicho de otra manera, si hay justicia se genera riqueza, si no la hay se genera ruina.

Que nadie me hable de créditos basura ni de hipotecas subprime. Estas cosas pudieron ser el cómo, pero no el qué ni el porqué.

El qué y el porqué forman parte de la base que sustenta la economía moderna, a su vez sustentada por los mercaderes sin otra mercancía que el dinero, a su vez sustentada por la ingente labor realizada en el último medio siglo por los magos negros sobre la pobre, confiada e ignorante humanidad.

Se equivocaron en sus cálculos. Consiguieron convertir a los seres humanos en simples productores-consumidores, desnudándoles mediante una labor concienzuda de cualquier atisbo de auténtica humanidad, de valores propiamente humanos, de cultura, de amor por el arte, de su innata bondad y generosidad, de su vida sencilla y natural, de… de tantas cosas. Cualquier asunto que pudiera poner en peligro su productividad o su consumismo fue atacada con enorme virulencia por sus poderosos medios de comunicación. El hombre bueno se mostró como un cándido idiota, el generoso como un tonto útil, el valiente como un violento peligroso cuando no un loco de atar, el honrado como un perdedor, al artista como un blando inútil, el justo como alguien escrupuloso por tonterías, y así todo lo demás.

Y se equivocaron, en primer lugar porque lo válido es imposible de destruir para siempre, ya que siempre aflora naturalmente. Y en segundo porque los ladrones, los sin escrúpulos, los estafadores, los sinvergüenzas, los timadores, los embaucadores, los mentirosos, los injustos, en fin, los malos hombres, empezaron ¿por qué no? a utilizar sus turbios medios unos contra otros. No era ya una corporación la que estafaba a millones de clientes, era una corporación que estafaba a otra ¿por qué no?.

Así, en esta crisis global, cuyos culpables lo tenemos claro, los muy grandes robaban a los menos grandes, los menos grandes a los pequeños, y estos a todos los demás productores-consumidores.

Además, y no menos, los seres humanos, desprovistos de cualquier carácter por el que se les pudieran llamar así, sintieron en lo profundo que sus vidas estaba desprovista de sentido, a no ser que pudiera llamarse así el dedicar su vida entera a enriquecer a un grupo de sinvergüenzas que lo único que les ofrecían era trabajar como esclavos para luego poder comprarse un sinnúmero de tonterías que los medios se encargaban de presentarles como imprescindibles para su anodina vida.

Convencieron a las mujeres de que su liberación pasaba por abandonar su hogar, donde estaban esclavizadas, para así poder pasar a engrosar las filas de sus productores-esclavos, donde vivirían liberadas ¿? de las deshonrosas tareas de mantener su casa, mandaron así a los recién nacidos a grises guarderías donde un personal extraño los cuidarían ¿?, y con pocos años encargaron a los abuelos jubilados a educarlos y acompañarlos en sus juegos y estudios. Sus padres tenían escasamente tiempo de darles un beso, ya dormidos, tras un día completo al servicio del Ogro. A los abuelos ya ancianos e inválidos los enviaron a asilos, guarderías para viejos, sin importar a nadie de su familia su situación carente de cariño y de cuidados. No podrían cuidarlos, sus vidas estaban entregadas totalmente al Ogro.

Nos convencieron a todos que era preciso trabajar cada vez más duro y cada vez más horas para poder mantener el sistema, que de otra manera sería insostenible, y comenzamos ya a envidiar la situación de los esclavos romanos, que al menos tenían asegurado techo, cama y comida, y quizá mucho mejor trato que el que nos dispensan nuestras empresas esclavistas.

Nos convencieron a todos que el conocimiento, la sabiduría y la cultura eran cosas de gente ociosa y peligrosa y que pensar, ¡pensar! era peligroso, sobre todo pensar “distinto” a lo “normal”, distinto a lo que se les dictaba desde los medios de comunicación de masas.

Nos convencieron que el amor era sexo, que la amistad complicidad, que la generosidad estupidez, que la competencia era superior a la cooperación, que las pasiones eran superiores a la templanza, que la violencia era natural y connatural al ser humano, que Dios no existía, ni nada que no pudiera verse y medirse, que la ciencia solo era una sierva de la tecnología, que la justicia solo era buena cuando era beneficiosa para sus intereses, que las religiones eran paparruchas de viejas y de ignorantes…
¡De tantas cosas nos convencieron…!

Pero hete aquí que su edificio de papel y mentira se derrumba. Y yo, como no, me alegro que se derrumbe.

Se puede engañar a un hombre un día, se puede engañar a un pueblo durante unos años, pero no se puede engañar a todos los hombres todo el tiempo.

Habéis perdido vuestra negra cruzada, mentes oscuras. Volverá la luz, y vosotros, como alimañas que odiáis la luz, saldréis corriendo cobardemente a vuestras pestilentes cloacas.

Es el lugar que os corresponde.


viernes, 5 de febrero de 2010

LA NADA




La nada avanza… Esto decía un personaje de “La historia interminable” Y hoy todo está realmente disolviéndose en la nada. La nada avanza. Imparable.

Pero... estamos nosotros. Como un conservatorio, donde se guarda toda la música de valor, como un museo, donde se guardan las obras de arte que tienen belleza. Seremos como los navegantes del arca, que, después del diluvio, cuando todo hubo muerto, cuando la paloma trajo en el pico la rama de olivo y no quedaba entonces nada en el planeta, supieron recomponer el mundo.

No lo veremos los que hoy vivimos. Pero, cuando la humanidad toque fondo, cuando no haya ya nada que tenga valor, cuando la gentes buenas levanten sus miradas y levanten sus manos buscando una ayuda, una respuesta para su vidas, un auxilio, un refugio... allí estaremos nosotros.

Estaremos, y habremos guardado en nuestros corazones, en nuestra alma, en nuestras manos, todo lo necesario para recomponer el mundo, como en la historia del arca, y tendremos todas las especies, todos los valores, todo aquello donde se guarda la semilla de lo nuevo que deberá crecer entones.

No será fácil, porque no veremos los resultados, y nuestra fe tendrá que ser grande, pero seremos como los copistas de la Edad Media, que copiaban los antiguos libros de sabiduría de los griegos y de los árabes, que los copiaban aún sin comprender nada de lo que decían, pero que eran conscientes de que eran libros necesarios a la humanidad futura. Y así, gracias e ellos, hoy día nosotros podemos renovarlos, podemos retomarlos, y podemos conservarlos, para el futuro después de la nada, al igual que en el conservatorio se guardan con amor las almas de los grandes músicos, y las hermosas páginas que escribieron. Para que no se pierdan, para que estén ahí el día en que el hombre tenga la sensibilidad necesaria y la necesidad de acudir a ellos.

Es un tormento ver lo que está ocurriendo, pero nuestro siglo lucha frontalmente contra todo lo que tiene valor. Es necesario esperar, como se espera el paso del huracán, para empezar luego a recomponer todo lo que destruyó. No se puede parar un huracán, pero sí puede prepararse todo para el momento en que se haya de recomponer su daño. Para eso debemos estar preparados, para eso debemos prepararnos eficazmente.

Como la anciana del cuento que preparó con esfuerzo su pequeña lámpara, y, cuando Devadatta desató un viento terrible que apagó todas las lámparas de los ricos devotos de Buda, ella pudo encender todas las demás, que, a pesar de que eran grandes y de oro, se apagaron.

Y nuestro mundo es ahora así, es un mundo que parece grande y de oro, pero un gran viento apagará sin duda todas esas grandes lámparas. Pero la nuestra, la de la viejecita, será la encargada de dar de nuevo la luz al mundo.

En esa época no existirán libros, ni museos, ni música, pero, como en el libro Pelham 451, cada uno de nosotros será un libro, cada uno será una obra de arte, cada uno será una música, y podremos así reconstruir con facilidad todas las bibliotecas, todos los museos, todas las músicas.

Y cada uno de nosotros tendrá entonces dentro de sí un mundo que construir fuera. Y será muy fácil.

Será muy fácil construir de nuevo un Partenón...



domingo, 25 de enero de 2009

DIÓGENES





Hace unos días nos reunimos en casa unos amigos, y, ya en la mesa, rodeados como estábamos, de jamón serrano, queso de oveja manchega, espléndidos boquerones en vinagre con su necesaria cebolleta fresca, buen vino de León, y demás exquisiteces de nuestra bendita tierra, comenté que, considerándonos filósofos, pensaba en qué diría mi querido y admirado Diógenes de semejante reunión.

Alguien dijo: -bueno, sí, Diógenes solo comería lo que le diesen, y dormiría en un viejo barril, desnudo de todo lo superfluo, pero también es cierto que se confesaba pajillero-
-El impulso sexual es algo humano, como el comer o el dormir- dije yo. Algo tendría que hacer para liberarlo...

Yo no lo sabía la anécdota, pero les comenté lo que una vez escuché de un ermitaño, cuando le preguntaron como podía soportar la soledad del sexo. Y vino a decir que se complacía a sí mismo, pero que no lo consideraba pecado alguno, ya que no lo hacía deseando a ninguna mujer, y que por tanto no dañaba a nadie. Me sorprendió su respuesta, porque repasando en ese momento los mandamientos entregados a Moisés, no encontré que trasgrediera ninguno. Por lo que su actitud me pareció una actitud razonable, y añadí que yo pensaba igual.

Os cuento esta anécdota porque me ha sucedido a veces que, tras enviar alguno de mis escritos, en los que hablaba, pongamos por caso, de Mozart, de los romanos, o de alguna persona en particular, viva o muerta, famosa o no, alguien me ha contestado que estoy muy equivocado. Que Mozart era en su vida corriente un imbécil infantiloide, que los romanos eran unos borricos con dos patas, o que tal persona no era como yo la describía, que yo estaba muy equivocado y que en realidad era un sinvergüenza.

Y siempre he contestado lo mismo a estas objeciones:

Que me importa un pepino si lo que pienso y siento de ellos se acomoda a la realidad o no. Que lo que me vale son los valores que extraigo de ellos, lo que me aportan tal como los pienso (o los sueño).

¡Qué me puede importar a mí que Mozart fuera, como dicen muchos, un inmaduro para la vida o un juerguista ridículo! Eso no cuenta, en el dudoso caso que fuera verdad, lo que no creo. Lo que cuenta son las páginas que escribió, que hacen brotar de mi corazón, y de muchos otros, lágrimas de dicha. Que me lleva a paraísos nunca soñados, que consiguen que ame a los hombres y descubra a Dios. Eso es lo que me importa, y los que ponen el énfasis en su aspecto vulgarmente humano, seguramente no tienen la sensibilidad suficiente para valorar su inmensa aportación a la Humanidad.

¡Qué me importa a mí que Diógenes se aliviara en soledad! Bendita sea su alma, y que lo disfrutara. A mí lo que me importa es su terrible ejemplo de sencillez, de austeridad, de grandeza, de valor y de humanidad en suma. Eso es lo que me importa.

O que me digan que los romanos eran unos degenerados y unas acémilas. A mí lo que me importa es que tenían los ... más grandes que el caballo de Espartero, y que para tender un puente o hacer un acueducto no se andaban con las pamplinas de hoy día. Lo hacían y punto. Y hoy están donde mismo los pusieron, y seguramente estarán en el mismo sitio dos o tres milenios más. Nuestros nietos verán caerse los nuevos puentes y los puentes romanos seguirán en el mismo sitio, como si nada.

Y lo que cuenta, de verdad, es que el derecho que hoy día dirige nuestra cultura es el de ellos, y que nadie ha inventado todavía nada nuevo ni mejor. Y que extendieron la cultura griega por toda Europa, que es la misma y la única que tenemos hoy día y de la que tenemos que mamar lo queramos o no. Aunque muchos presuntuosos se pasen la vida haciendo inventos y pretendiendo demostrarnos que han inventado la pólvora. Pues no, queridos, la pólvora ya la inventaron los chinos hace no sé cuantos siglos, y si queréis hacer inventos, hacedlos con gaseosa. Y no nos toquéis más las narices.


jueves, 23 de octubre de 2008

EL PROGRESO CÓMODO Y TRANQUILO

Septiembre 2001

Esta tarde vino a casa una amiga, a recoger a sus niños, que habían estado en casa jugando con el mío.

Y surgió la conversación relativa a los sucesos de New York, y a lo que estaba por suceder. Por cierto, esta noche me dio por pensar que si lo de la guerra del Golfo fue sólo porque pensamos que nos querían quitar el petróleo, no sé entonces qué sucederá ahora.

       Yo le decía que lo que ocurre ahora es algo parecido a lo que ocurrió al comienzo de la invasión del imperio romano por los bárbaros, salvando las distancias. Que un bárbaro fanático con un “cúter” sea capaz de amedrentar a los 90 pasajeros de un avión, así como a su tripulación, ocurre simplemente porque él no tiene nada que perder y los pasajeros y tripulantes sí. Él no teme por su vida y los pasajeros sí. Les decía que el secuestrador no tendría lo que hay que tener para enfrentarse con los viajeros de un autobús del Cerro del Moro con una navaja, porque a los cinco minutos salía por la ventana, por supuesto con el autobús andando. Pero hoy todos tememos por nuestras vidas. Y es consecuencia de nuestro progreso cómodo y tranquilo. Nos hace blandos, nos hace vagos y nos hace cobardes.

       Mi amiga sostenía que la nueva civilización ha sido creada por los Estados Unidos. Y yo le preguntaba ¿Qué civilización? ¿Se puede llamar a su “cultura” una civilización, quiero decir, comparable con la civilización egpcia, china, romana, islámica o cristiana? Para mí, evidentemente, no. ¿Qué diferencia una cultura, una civilización, de lo que puede ser simplemente un modo de vida? Seguramente no es la misma cosa.

       Pero hoy quería hablaros de la comodidad y de la tranquilidad como valores máximos de nuestro mundo actual, de eso que mi amiga llamaba la civilización americana.

       Yo le decía que todo el progreso va dirigido a que la vida material nos resulte cada día más cómoda (aunque casi siempre esta búsqueda de comodidad lleva a una incomodidad tremenda, frente a lo que es una vida sencilla), y a que la vida nos resulte cada día más tranquila, sin amenazas de ningún tipo, sin que tengamos que enfrentarnos a nada ni a nadie, en suma, que no corramos ningún peligro, aunque el resultado es que cada vez se vive con más miedo en el cuerpo. De aquí el gran auge, por un lado, de las tiendas de electrodomésticos, y por otro de las casas de seguros y de las empresas de seguridad. Y esto no es progreso real ni civilización, ya que lo civilizado es, al menos para mí, lo que hace a la humanidad más humana y al hombre más ser humano, aunque dicho así parezca una perogrullada. Yo entiendo la diferencia en el sentido más real del término, es decir, en hacer crecer en el hombre los valores que le son propios, como la nobleza, el honor, la valentía, la sencillez, la pureza y las demás virtudes que no hace falta que os recuerde, y la humanidad como un ser global que persigue ese fin para sus miembros.

       Vivir cada día más “cómodos” y más “tranquilos” no lleva sino a ser cada día más blandos, flojos e incapaces de ningún esfuerzo y, además, a ser cada día más temerosos, más cobardes y más pusilánimes.

       Cuando necesitamos luz, tocamos en la pared. y ya la tenemos. Cuando hemos de lavar la ropa, la metemos por una puertecita que hay en una máquina de la cocina y le damos al botón. Cuando necesitamos agua vamos al cuarto de baño y sencillamente giramos la ruedecita y ya está. Cuando queremos escribir a alguien, hacemos lo que yo estoy haciendo, le damos un apretoncito al ratón y listo. Si queremos encender fuego tenemos un encendedor, etc., etc. 

       Todo esto es estupendo, facilita mucho las cosas…. las materiales, claro. Ahorra mucho tiempo, como le decía al Principito el vendedor de píldoras contra la sed. El problema lo encontramos en que cuando queremos ser mejores, más buenos, más pacientes, más comprensivos, más honrados o más trabajadores no hay quién encuentre el botón, ni la ruedecita ni el ratón que lo consiga. Parece ser que estas cosas no tienen nada que ver con el progreso humano. Eso es cosa de cada uno, dirán los políticos. Nosotros nos ocupamos de cosas serias, igual que diría el propietario de las estrellas que se encontró el Principito en su largo viaje por los asteroides. No tenemos tiempo de ocuparnos en necedades.

       Pero, posiblemente, lo que constituya la esencia de la verdadera civilización, de la verdadera cultura y del verdadero progreso sea el desarrollo de los valores humanos de sus miembros. Y precisamente, en nuestra “cultura” parece conseguirse todo lo contrario. La razón no está escondida, es patente. Los hombres impacientes, flojos, viciosos y cobardes son los mejores para los adoradores del Becerro de Oro. Se les puede engañar mejor. Siendo impacientes se les puede vender cosas que necesitan “ya”. Siendo viciosos se les puede engolfar en el bingo, el alcohol, el tabaco, las drogas, etc. Siendo cobardes se les puede hacer seguros de vida, de atraco, venderle sistemas de seguridad, planes de pensiones, etc. Siendo flojos se les maneja mejor y se les puede vender “el inglés sin esfuerzo”, “el chino sin esfuerzo”, “domine el piano en diez sesiones”, y pamplinas por el estilo. Encontraréis ejemplos por vosotros mismos en que se ve claramente la relación hombre-“menos hombre” y “progreso”-Becerro de Oro.

       Nunca viví entre los romanos, pero creo firmemente que tenían el pecho de lata y los cataplines como el caballo de Espartero. De otra manera no hubieran hecho lo que nos dejaron. Y también creo que su decadencia fue debida a su “progreso”, similar al nuestro, en que se fomentaba, desde las clases dirigentes y por su ejemplo, toda clase de vicios que debilitan al hombre y lo hacen inútil para todo, incluso para defenderse del “bárbaro”, que, siendo bárbaro, tenía no obstante coraje suficiente y nada que perder detrás de ellos. No por otra cosa entraron a saco en Roma y limpiaron la mierda acumulada.

       Nos convendría pensar un poco en ello.