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viernes, 17 de diciembre de 2010

OPINIÓN


Hablando sobre no me acuerdo que asunto, alguien me espetó en cierto momento de la conversación unas palabras que me dieron que pensar:

- Bueno, tengo derecho a opinar ¿no?
- No, no lo tienes, le respondí yo.

Creo que no esperaba tan respuesta, porque su cara se tornó espejo de estupefacción. Negar el derecho a la opinión ¿cómo podría ser?

Ciertamente, le expliqué, yo no tengo derecho a opinar, por ejemplo, sobre la mejor manera de intervenir quirúrgicamente un tumor de páncreas. Mi opinión, con toda seguridad, no tendría ningún valor, simplemente porque desconozco todo lo que concierne a tan delicado asunto. Y de seguro que preferiría que me operara de tal enfermedad, o de cualquier otra, un cirujano experto antes que alguien guiado por una simple opinión sobre el tema.

Algo que resulta tan obvio, tan de sentido común, permanece totalmente oscuro en la actualidad. La opinión ha reemplazado al conocimiento. Y, como la opinión es gratis y el derecho a disponer de ella se ha universalizado y se ha hecho creer a la gente común que vale tanto como el saber, a nadie se le ocurre que, antes de dar una opinión es preciso disponer de una cierta profundidad de conocimientos sobre aquello de lo que se opina.

Hoy mismo he leído en un diario lo siguiente:

Ocho de cada diez españoles creen que Marruecos no respeta los derechos humanos, el mismo porcentaje que en el caso de Cuba y algo superior que en el de China y Venezuela.

Lo que no indica el “barómetro” sobre política exterior que realizó la encuesta es cuantos de los encuestados saben exactamente en qué lugar del mundo se encuentran esos países, cuantos han vivido cierta temporada en ellos, si conocen de alguna manera las circunstancias políticas, económicas, sociales o culturales de cada uno de ellos, y cosas de este tenor. Evidentemente no interesa saber si las opiniones vertidas tienen algún fundamento sólido o no. Son opiniones, y ya está. No es necesario conocer nada de lo citado. La opinión de cualquiera vale tanto como la del que conoce con cierta profundidad esos países.

Yo diría que, más que conocer la “opinión” generalizada de la gente sobre asuntos complejos, lo que mide ese barómetro, o cualquier otro, es el alcance y penetración de las ideas vertidas por los grandes medios de comunicación. Actualmente, los medios son los “formadores” de opinión. Con su inmenso poder pueden, fácilmente, hacer que grandes masas de gente “piense” que tienen capacidad para enjuiciar cualquier cosa, por compleja que nos parezca y que den su opinión sobre ella.

Así, se hacen encuestas absolutamente disparatadas, y se les asigna un gran valor. Evidentemente lo tienen, pues es la manera en que los manipuladores de cerebros comprueban si su trabajo ha sido efectivo. Y les son necesarias, porque mediante ellas obtienen información del resultado de sus campañas, valoran su efectividad, corrigen desviaciones, deciden nuevos proyectos, y llevan cada vez con más eficacia su labor de hacer creer a la gente lo que a ellos les interesa que “piensen”.

Y he puesto entre comillas “piensen”, ya que el mayor logro de nuestra actual sociedad y de sus dirigentes ha sido el que ha convencido a todos de que piensan realmente lo que ellos, a través de su propaganda machacona, han metido a la fuerza en sus cerebros.

Pero pensar, pensar… es otra cosa.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LO RELATIVO Y LO ABSOLUTO

Todo lo que os quiero enseñar es que cuando llueve las calles están mojadas.
G.I. Gurdjieff

Viene esta reflexión que hoy os propongo de un comentario que hicieron a mi anterior entrada en este blog titulada “Adivinos”. En el se decía lo siguiente:

Al fin y al cabo ¿que es un adivino?, alguien que ve mas allá; no creo que sea algo inusual, es cuestión de conectar con tu instinto más profundo, observar, reflexionar y atreverse a dar una opinión, lo que ocurre es que muchos mortales son necios y todo lo reducen a magia, adivinación o como quieran llamarlo.
Quizás sea que lo que unos llaman verdad o evidencia otros lo llaman mentira o absurdo. Al final cuestión de lenguaje.

Y más adelante:

…entrar en debate sobre la verdad puede llegar a ser largo y tedioso, y sobre todo de la verdad objetiva; pero la verdad abarca otros conceptos, ¿porque cual es la verdad?, ¿la que yo se, la que tu sabes, la que nos cuentan o la que no nos cuentan...?

Estas cuestiones me llevaron a plantearme el asunto del relativismo hoy imperante. Esta “doctrina” establece que la verdad sobre algo no existe, y que lo que únicamente existe es la noción que cada cual, en cada momento, tiene sobre ese asunto. Y la noción que cada cual tenga es tan válida como cualquier otra. Ya que “la verdad” de algo no existe, cada quien es libre de estimar como verdad aquello que mejor le parezca. De esta manera nadie tiene la necesidad de atenerse a ninguna verdad absoluta, y cualquiera puede tener una “opinión” sobre el asunto que se trate, siendo ella tan válida como cualquier otra.

Yo diría que, si todo es relativo, esta manera de afrontar el conocimiento es, también, y como no, relativa. Es decir, que el relativismo también es relativo. Creo que, así como hay creyentes en Dios, ateos y también agnósticos, el relativismo no debería ser negador de las verdades sino agnósticos acerca de ellas. Ni creen ni no creen, sino solo que no saben, no contestan.

Tengo un amigo que siempre dice que mucho más peligroso que el que “no sabe, no contesta” es el que “no sabe pero contesta”. Creo que he aquí el nudo de la cuestión.

No me importaría que alguien me confesara que no sabe arameo, pero lo que si me preocuparía es alguien que me dijera que la lengua aramea es como a cada uno le parezca, lo que viene a concluir en que no es de ninguna de las maneras. A mí me parece que o se sabe arameo, o se sabe un poco de arameo, o no se sabe nada de arameo. Ahora, que el saber arameo o no sea cuestión de elección personal, siendo opinable las palabras que conforman esa lengua me parece una estupidez.

Ya decía Platón que la opinión es un estado intermedio entre la ignorancia y la estupidez. El ignorante sabe que no sabe. El estúpido cree que sabe lo que no sabe, y a veces niega que alguien pueda saber algo. Y también que le basta con tener una opinión, lo que no le obliga a ninguna búsqueda de conocimiento. Se opina y basta. Para ello no es preciso tener ningún conocimiento sobre ningún asunto. Es algo libre. Tan libre, tan libre, que está hueco de contenido.

Llevamos muchos milenios intentando explicarnos las leyes que rigen la Naturaleza, las que rigen el Universo, las que rigen al hombre y a la humanidad, y ahora resulta que no hay nada de eso. Solo son lícitas las opiniones, condicionadas al estado subjetivo del observador.
Llevamos muchos milenios intentando llegar a una noción un poco más clara de qué puede ser lo bueno, lo justo, lo bello, lo verdadero, y ahora nos enteramos que toda esta búsqueda ancestral de nuestros antepasados era inútil. Lo justo, la justicia, no son nada, eso depende de para quién. Y para quién dependiendo como se encuentre de estado de ánimo.

¡Qué pena! Si llegaran a enterarse Mozart, Platón, Confucio, Epícteto, Aristóteles, Einstein, Böhr, Lao Tsé, Bécquer, Shakespeare, Beethoven, Leonardo da Vinci, Praxíteles, Gandhi, Miguel Ángel, Cervantes y tanto otros que todo su esfuerzo ha sido inútil y que se han comportado como unos tontos…

Pero sospecho de que “cuando llueve las calles están mojadas”…

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL ASUNTO DE LAS FUENTES



Lo grave no es el que no sabe, no contesta
sino el que no sabe pero contesta.
Esta profunda conclusión, no exenta de gracia dentro de su importancia, me la solía repetir un viejo amigo.

Vivimos en un mundo en el que impera la fuerza de la opinión, en detrimento de la fuerza de la sabiduría. Es cierto que los sabios son pocos, si es que queda alguno, y se les exige grandes conocimientos de la naturaleza humana y divina, así como largos años de reflexión y meditación sobre los temas de trascendencia antes de abrir la boca.

En cambio, se considera que cualquier persona puede dar su opinión, sin exigirle ningún conocimiento sobre lo que opina. Y lo sorprendente de esto, por lo absurdo, es que la opinión de cualquiera es tan válida y posee el mismo peso que la de un sabio o experto en la materia sobre la que se opina.

Tanto es así que se hacen estadísticas (oh, las estadísticas…) sobre casos tan complejos como, por ejemplo, si cree usted en el calentamiento global del planeta, los peligros de la energía nuclear, la existencia de Dios, la fecha de la próxima hecatombe económica o cualquier otra cosa que se nos ocurra.

Los que dan su opinión, en una mayoría casi absoluta, no tienen la menor idea de estos asuntos, ya que ni han dedicado el mínimo tiempo en documentarse sobre ellos ni por supuesto a reflexionar largamente sobre los mismos. Pero se hace la estadística, se cuentan los votos a favor y en contra, y así se descubre cual es la opinión de más peso, considerándola la más cercana a la verdad.

Ya decía Platón que la opinión era el estado intermedio entre la ignorancia y la estupidez. En verdad, el comienzo del camino a la sabiduría es la ignorancia, si se la asume, como lo hizo Sócrates, pero la estupidez le cierra la puerta a ese camino, ya que el estúpido habla de lo que no sabe, creyendo con soberbia que sabe mucho de todo. Pero, sorprendentemente hoy se hace a la opinión superior aún a la sabiduría, suplantándola sin más.

Esto equivaldría a la situación en la que un cirujano hiciera una encuesta entre sus ayudantes, médicos y enfermeros presentes en el quirófano, para decidir por donde seccionar un órgano o qué arteria cortar para proseguir con una operación a corazón abierto. De seguro que el enfermo dejaría de serlo, para pasar a engrosar la lista de las esquelas del día siguiente.

Cosa tan simple de entender, como que la opinión de un experto vale más que la de miles de inexpertos, nos lleva poco a poco a situaciones absurdas y carentes de mínimo sentido común.

Pero la opinión no es asunto de este artículo, aunque tiene mucha relación con él. Me proponía reflexionar sobre el asunto de las fuentes.

Acudo nuevamente a mi querido diccionario etimológico, precisamente para encontrar las fuentes del significado de la palabra “fuente”. Dice así:

Del latín fons, fontis; de fundere, fundir, buscar el fondo, nivelarse.
Como siempre, la etimología es muy iluminadora del alma de las palabras.

De esto es de lo que quería hablaros hoy, del lugar donde se funden las distintas corrientes sucesivas y posteriores, es decir del nacimiento o raíz de algo, algo similar a las fuentes de los ríos. Y cómo no, de buscar el fondo de las cosas, y también de nivelar, es decir de buscar el orden y la dirección estructural armónica de algo.

La búsqueda de las fuentes es quizá, tras la asunción de la propia ignorancia, el comienzo del camino en la búsqueda de la sabiduría, ya que es de sentido común aceptar que no somos los primeros (ni seremos los últimos) en preguntarnos sobre la naturaleza y fin de las cosas existentes, por lo que es sensato acudir a los sabios que nos han precedido, que son muchos y muy insignes.

Afortunadamente, de algunos de ellos nos ha llegado hasta nuestros días restos de su sabiduría, bien en textos, milagrosamente salvados de las garras de la ignorancia o del desdén, bien en obras, quizá erróneamente consideradas de arte, como construcciones, templos, pinturas, música, danzas y otras obras inspiradas por las Musas. Incluso en algunos casos, las menos, la sabiduría ha recorrido la historia, de manera soterrada, pasando de maestros a discípulos hasta el día de hoy.

Pero ¿dónde acudir para conocer y comprender, por ejemplo, la cuestión de los arquetipos fijos o el mito de la caverna? La respuesta es de lo más tonta:

- Pues en los escritos de Platón, claro. Fue quien los explicó en sus libros…

Sorprendentemente no se suele acudir a los textos de Platón para conocer estos asuntos o muchos otros, sino a comentaristas o divulgadores de su pensamiento. Es lo habitual. Pero ¿cuál puede ser la razón de tan aparente sinsentido?

Decía Amado Nervo que “todo es cuestión de recipiente”.

Parece ser que se estima que es difícil, trabajoso y a veces imposible entender las palabras y los pensamientos de los sabios, por lo que resulta preciso contar con una especie de “traductor”. Quizá éste también sea muy confuso, oscuro o difícil de digerir, por lo que hará falta un traductor del traductor. De esta manera, muchas veces acudimos al traductor número 27º para intentar comprender las ideas de Platón, o, para perder menos tiempo aún, recurrimos a la conocida enciclopedia virtual Wikipedia, con lo que la intervención de “traductores” llega casi al infinito.

Evidentemente, esto es como el juego del teléfono, que seguramente conoceréis, ese en el que, reunidos un grupo numeroso de participantes, y dispuestos en círculo, uno de ellos dice una frase al oído del que tiene a su derecha, y éste a su vez la dice al de su derecha, y así hasta que la frase llega finalmente al primero que la dijo. Todos los que hemos jugado a este juego sabemos que no solo la última frase no tiene nada que ver en absoluto con la primera, sino que es incomprensible y sin ningún sentido. Esto es algo parecido a lo que ocurre con los comentaristas e intérpretes, los que llamé “traductores”.

Dije que decía Amado Nervo que “todo es cuestión de recipiente”. Y esta puede ser la clave de este confuso asunto.

Una cuchara puede tomar una cucharada de agua del mar si la sumergimos en él.
Un jarro puede tomar un jarro.
Un tonel puede tomar su capacidad.
Una gabarra muchos metros cúbicos.
Un buque tanque, miles de metros cúbicos.

¿En qué consiste la diferencia? Es obvio que en la capacidad del recipiente.

He oído decir muchas, muchas veces, que si fueran de libre acceso las bibliotecas secretas del Vaticano tendríamos a nuestra disposición infinidad de nuevos conocimientos. Y yo siempre me pregunto: ¿cuántos podrían entender la sabiduría de esos textos? Muy pocos, seguro. Y, de hecho, harían mal uso del mal entendimiento de ellos, ya que el asunto no es nuevo. Las conclusiones que han extraído del Corán ciertos fanáticos son producto exclusivamente de su nula comprensión de lo que Mahoma dispuso en ese libro.

Desgraciadamente así ocurre con casi todas las tradiciones antiguas que han llegado hasta nosotros, ya que nuestro siglo, ignorante y soberbio, considera como antiguallas todas ellas, o bien cuentos para niños o engañabobos para adultos.

Las mitologías griega, nórdica, celta, maya o cualquier otra se consideran solo cuentecitos con los que trataba de distraer y dominar a los hombres de aquellos pueblos antiguos y atrasados.

La simbología egipcia, cretense, asiria, hindú, azteca o cualquier otra eran, según dicen, simplemente maneras de gobernar las cosechas o de aludir a las fuerzas naturales que para esos pobres ignorantes resultaba incomprensible y temible.

- Oiga, serían muy ignorantes, pero ni aún hoy en día, con nuestra gran tecnología, seríamos capaces de construir templos y pirámides que ellos parece que hacían con una facilidad pasmosa, y con una perfección técnica hoy muy lejos de conseguir. El simple plano de uno de los millones cubos de piedra de la pirámide llamada de Keops tiene una perfección mayor que la mejor lente construida para el mejor observatorio astronómico.
- Bueno, sí, pero la hicieron los extraterrestres…
- Ya, ya… seguro… los extraterrestres…

En nuestro siglo se considera que cualquier persona, hasta el que asó la manteca, tiene la misma capacidad de comprensión de las cosas del Universo que cualquier otro. Pero, por mucho que nos lo repitan, una y otra vez, pensar eso es simplemente… una estupidez.

Pero ¿a qué se refiere Nervo cuando nos habla de recipientes?
¿de cuáles de nuestras potencialidades depende nuestra capacidad de comprensión de las esencias de las cosas?
¿podemos ampliar nuestro recipiente para ser capaces de, atravesando la superficie y buceando a lo profundo, llegar a conocer la naturaleza más íntima de las cosas?
Cuando alguien dice "he comprendido", y otro dice "he comprendido" ¿han comprendido los dos en la misma amplitud, o quizá alguno, o los dos, han creído comprender algo y no han comprendido nada?

Recordando a Shakespeare, podemos decir pues:

To be or not to be,
that is the question