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lunes, 28 de enero de 2013

¿QUÉ FUE ANTES EL HUEVO O LA GALLINA?


























Este es un clásico dilema, que, hasta hoy no ha tenido ninguna conclusión inequívoca e irrefutable. No obstante, he encontrado una página en Internet, cuyo enlace es el siguiente: http://www.20minutos.es/noticia/124329/0/huevo/gallina/dilema/
en el que, consultados un científico, un filósofo y un granjero, todos coinciden en que primero fue el huevo.

Yo, desde luego, me quedo “pasmao” con tan increíble coincidencia y tan absurda conclusión, a pesar del conocimiento filosófico de uno, el científico del otro y, sobre todo, con la experiencia en estos asuntos de un granjero.

Yo, modestia aparte, creo haber encontrado la solución al enigma. Y lo explicaré a continuación.

No pudo ser solo la gallina, ya que todos sabemos (y el granjero mejor que nadie) que los huevos son estériles si a la gallina no la ha pisado previamente un gallo y, una vez puesto el huevo fecundado, lo ha empollado el tiempo suficiente. Todos, o por lo menos yo, y creo que el granjero también, sabemos que, al cascar un huevo de gallina y observarlo con detenimiento, comprobamos si el gallo pisó a la gallina, porque el huevo muestra en él lo que se llama “engalladura”. Es visible a simple vista, no hace falta microscopio. Es la huella del gallo.

Tampoco pudo ser el huevo el primero en aparecer, ya que no tendría engalladura, y en el caso de que apareciera con engalladura, no existiendo el gallo ni la gallina se daría una situación surrealista. Y, como tampoco existiera entonces una gallina que empollara ese huevo, me parece que, sin engalladura y sin empollar no nacería pollito, simplemente se pudriría. Esto lo sabe el granjero de todas todas.

Así que el dilema no tiene solución aparente. Aún así, yo le he encontrado respuesta.

Me acuerdo de cuando se cuenta el mito de Noé, quien, avisado por Dios del diluvio, le ordenó que construyese un arca donde debería meter una pareja de animales para que pudieran seguir existiendo cuando saliera el arco iris y la paloma trajera la rama de olivo en su pico. Una pareja, señores, una pareja. Dios no era tonto, y Noé tampoco.

Por algo, y desde que el mundo es mundo y el universo universo, la generación se ha producido por dualidad. Si Noé se hubiera olvidado del gallo, no existirían hoy día ni gallinas, ni huevos de gallina, ni pollos.

Por esto, el dilema es erróneo en su planteamiento, ya que subyace en él el pensamiento materialista. Señores, de la materia confusa no surge vida, de la materia no surge nada si no es fecundada y , consiguientemente, ordenada.

En cualquier cosmogénesis que estudiemos de cualquier religión, arte o ciencia, de la que tengamos noticias hasta hoy día se encuentra la solución al falso dilema.  El Uno sin segundo y la Trinidad como medio de expresión.

La ciencia actual (que yo conozca) sigue admitiendo una creación monoparental, y si me apuráis, aún totalmente huérfana de padre y madre. El llamado Big Bang, literalmente: Gran Explosión.

En un principio existía (¿) únicamente el vacío (¿) y en un momento, no sabemos porque razón, se produjo una inimaginable y enorme explosión, la que llaman Big Bang. Pero yo pregunto: ¿Qué fue lo que explotó si no existía entonces nada, es decir, solo el vacío, si es que puede tener existencia algo que no es nada? ¿y porqué tuvo que explotar la nada? y, además ¿la nada puede explotar?

Con el tiempo, los científicos se dieron cuenta que su teoría (por llamarle algo) era totalmente absurda. Así, los científicos más avanzados dijeron suponer que en principio existía una materia enormemente condensada, amorfa y homogéneamente desorganizada. Le llamaron “la sopa cósmica”. Y eso fue lo que explotó. Y se fumaron tranquilamente un puro. Pues, que yo sepa, una sopa no explota por sí sola, es más, ni siquiera se mueve, a no ser que yo meta la cuchara.

Seguramente los científicos leyeron el Génesis hebreo y de ahí tomaron la idea. Transcribo literalmente de dicho libro: La tierra estaba confusa y vacía. Es preciso suponer que la palabra vacía equivale a vacía de orden, al igual que confusa. Sopa cósmica. Óvulo o huevo sin fecundar.

Pero al parecer no han seguido tomando ideas del Génesis, porque a continuación se puede leer:
… pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas… sobre las aguas primordiales, oscuras y abismales.

Y dijo Dios: “Haya luz”; y hubo luz. La Luz primera, generadora del Universo.

¡Bueno! ¡Hasta aquí podemos llegar! –clamó el materialismo- si seguimos así llegaremos a que el Universo fue creado por Dios. ¡De eso nada! Todo lo más admitimos que la materia amorfa, tan densa que toda la necesaria para luego formar el Universo estaba concentrada en un solo punto infinitamente pequeño, explotó. Sí, así fue, y se ordenó ella sola pues si no ¿qué agente externo a ella la iba a ordenar, si era lo único que existía? Debemos mantener a toda costa que solo existe la materia y que, por azar, se organiza sin necesidad de organizador. La materia es muy lista, y además es lo único existente, ahora y siempre.

Creo que alguien dijo que estaría dispuesto a aceptar el motor organizador del azar si ocurriera lo que sigue: arrojar una y otra vez al espacio troncos de árboles, hierro y otros metales, colmillos de elefantes, y que cuando cayeran otra vez a la Tierra volviera en forma de órgano sonando la Tocata y Fuga compuesta por J.S. Bach. Solo entonces admitiría la teoría del azar.

Es una pena, porque es muy socorrida para muchas cosas, incluso cotidianas en la vida del hombre, pero tiene una gran inconveniente: es falsa. Lamentablemente todo suceso requiere una causa. Es tan obvio que no merece mayores comentarios. Y el azar no requiere causas. Molestas causas…

¿Qué hacemos pues ahora? ¿A quién recurrimos? A los grandes científicos; se lo preguntaremos a A. Einstein.

- Sr. Einstein, ¿usted cree que Dios juega a los dados?
- No, yo creo en la ley y el orden absolutos.

¡Pero bueno! ¿Hasta Einstein nos va a desbaratar la “ley” del azar?
Bueno, diremos que la materia tiene su propia “ley” y que esta consiste en el azar. ¡Bien dicho! Salvo que encierra una enorme contradicción, ya que la ley es justo lo contrario del azar.

…………….

Un óvulo de cualquier animal no es fecundo por sí solo. Es la materia primordial. Para su fecundación, desarrollo y ordenación requiere de un agente distinto a él. Ese agente es la célula masculina, la que promueve la ordenación de la materia primordial, en este caso un óvulo femenino.

Deberíamos preguntar al granjero que ocurriría si en su granja solo tuviera gallinas ponedoras. Pueden imaginar ustedes el resultado a corto plazo: una granja desierta.

Si acudimos a las plantas, todo el mundo sabe, y el campero también, que las flores se autofecundan, ya que disponen de ambas células polares. La femenina en el pistilo y las masculinas en el polen de los estambres. E incluso hay árboles que tienen sexo, y es necesario tenerlos de los dos sexos uno cerca del otro para que de fruto el llamado hembra.

Y este es el motivo del uso de preservativos y otros anticonceptivos, evitar el contacto de ambos agentes, de lo femenino con lo masculino.

Por lo tanto, quien sostiene la absurda teoría de la sola existencia de la materia organizada por el azar, desconoce una de las leyes que rige el universo, la ley de la dualidad. Y no hace falta ser ni científico ni filósofo, porque hasta un granjero sabe que de uno no sale nada. Sale de dos, de un macho y una hembra. Y no solo la gallina y el gallo, el resto del universo no es una excepción y también sigue esa ley.

Los griegos tenían bien asentada esta ley, y nos presentaban el origen del universo de una forma trina: Caos-Teos-Cosmos. Caos como la materia primordial, Teos como agente fecundador del Caos, y Cosmos el resultado o fruto.

Ley probablemente recogida de los egipcios y de su trinidad: Osiris, Isis y Horus.

En cualquier civilización se nos presenta la misma unidad trina: Padre-Madre-Hijo. Y no es pura coincidencia, es decir, no es resultado de ningún azar. Es simplemente una ley universal constantemente mantenida a lo largo de las civilizaciones.

Entonces, recapitulemos y volvámonos a hacernos la pregunta:
¿Qué fue antes, la gallina o el huevo?
Lo que fue antes fueron gallina, gallo y huevo. A partir de ahí sí hay generación perpetua y ordenada según la ley.








jueves, 19 de mayo de 2011

MIS TOMATERAS


Quizá sean los niños los únicos que de verdad ven las cosas con asombro. Ya de mayores vemos todo como con unas gafas sucias, todo borroso y distorsionado. No, no es la vista cansada. Es el alma cansada. Es el corazón cansado. Quizá por ello el maestro nos recomendó que tratáramos de ser siempre como niños. Con mirada pura, sin juicios, sin enfadarnos, sin alegrarnos, sin querer cambiar nada, sin querer arreglar nada. Solo viendo la creación en su milagro de todos los días.

Siempre recordé aquella canción de mis días jóvenes en la que se hablaba del tonto de la colina, “The fool on the hill”. Me dio mucho que pensar. En alguno de sus versos decía: El tonto, sentado en la colina, ve, al atardecer, como se mueve el planeta bajo sus pies. Aquellos versos quedaron, como el arpa, en un ángulo oscuro de mi salón interior. Y mucho años más tarde, he empezado a vislumbrar su significado. ¿Quién de nosotros siente la tierra moverse en el espacio infinito? ¿Quién de nosotros mira con asombro a las estrellas?


Siempre fui un habitante de la ciudad. Desde pequeño y hasta hace unos años. Nunca llegué a saber si los melones los daban alguna clase de árbol frutal o se sacaban de dentro de la tierra. No tenía la menor idea de como pudiera ser una mata de pimientos. Y llegó un día en que soñamos con un pedacito de tierra, en la que, a la sombra apacible de unos pinos, pudiéramos recrear nuestro pequeño paraíso verde.


Y, poco a poco, como de verdad se hacen las cosas que luego merecen la pena, fuimos construyendo un jardín en un camino de cabras. Y también nació mi pequeño sueño. Un huerto, también pequeño, como mi sueño. Pero a lo largo de los años, los inquilinos de ese pequeño pedazo de tierra lo han hecho grande para mí. Para mi amor y para sus amores. Y planté una primavera algunas tomateras. Pero luego, tras el verano, llegó el otoño. Y un día gris de Noviembre fui al campo con Miguelito. Mientras el se dedicaba a la diversión del siglo, ver la tele, y pensando por mi parte que podría hacer de utilidad, me fui a mi pequeño huerto con idea de desmontar los soportes de las tomateras, ya mustias por los fríos. Iba pensando en aquello que leí un día...

Si quieres ser feliz una hora, embriágate
Si quieres ser feliz un día, haz una bonita fiesta
Si quieres ser feliz una semana, prepara un viaje
Si quieres ser feliz un mes, cásate
Si quieres ser feliz toda la vida, cuida tu huerto

Y mientras me ocupaba en cortar los lazos que aún las tenían prisioneras, mientras desmontaba los palos de la estructura, mientras arrancaba de la tierra sus cortas pero firmes raíces,

Solo podré dar dos cosas a mi hijo: Raíces y alas

pensaba en estos pequeños arbustos que alguien nos trajo un día del otro lado del Atlántico.

Y también pensé en Carreño, ese hombre de pelo ya casi teñido de blanco que un día volvió de Holanda y compró un trozo de tierra roja con el sudor que dejó en las fábricas. En esa tierra hizo lo que llevó en la sangre desde que vio la luz, el milagro de los paritorios, de los alumbramientos, de las creaciones cotidianas. De sus almácigas salían miles y miles de plantitas. Esta es lechuga, aquella pimiento, la de más allá calabacín.Imaginé cómo Carreño puso sus semillas con mimo y amor bajo la gran caseta de plástico, en la tierra estercolada, al abrigo de fríos y vientos del invierno. Como allí, todas juntas, casi abrigándose, fueron creciendo esas plantitas, pequeñas yerbas como niños, endebles e indecisas, pero con toda la fuerza que guardaba su semilla, buscando el cielo, buscando el sol y el aire.

Cómo, cuando fueron haciéndose mayores, y el cielo más clemente, fue llevándolas a la tierra abierta, al espacio, a la lluvia y al viento. Ya no las puso tan cerca unas de otras. Los jóvenes necesitan más espacio en que moverse, necesitan abrir sus ramas, enterrar sus pies y mover sus manos. Alguien vendría a tomarlas de la mano, alguien las llevaría lejos, alguien las amaría. Habría seguramente alguien que las valoraría, les daría un porqué y un destino.

Y yo me acerqué por el camino de zahorra mojado, en la primavera aún húmeda y fresca, buscando a Carreño, esperando que apareciera entre su mundo verde, mientras jugaba un poco con los pequeños gatitos de la caja. Siempre con ganas de jugar... -Tu madre nunca para ¿eh?... también es cierto que no tiene que daros de comer...-

Miraba su porche de hiedras tan verdes,... sí, se han recuperado.

-¿Recuerdas como se me secaron el pasado año?

-¿Ves, Carreño?, lo verde es fuerte. Ahí la tienes. Solo mirarla te curas de la tristeza.

Y vi como elegía de su huerta las plantas más fuertes, las más alegres, las más decididas a marchar. Otra vez juntas, atadas con la cinta de palmera que solo él sabe anudar, las llevé conmigo.

Y pensé, mientras arrancaba mis tomateras secas, en aquél día en que las llevé a su nueva casa, que yo había preparado con tanto mimo para ellas. ¿Qué pensarían?

La tierra mullida y negra. El aire fresco y limpio. El sol brillante de abril.
-¡Tenía hasta preparados las cañas por las que treparíamos cuando fuéramos mayores! Siempre soñé con escalar hacia el cielo, con subir más alto. Colgaré mis frutos de ahí. En racimos caerán, rojos, frescos y brillantes. Alguien los tomará para él. Alguien sentirá el aroma de mi alma, el frescor de mi cuerpo.

Y crecieron. Crecieron alegres y confiadas. Mi mano las fue llevando hacia arriba. Mis manos cuidaron de sus pies y de sus manos. Sus flores amarillas, amarillo robado al sol, pronto entregaron su belleza al verde corazoncito, al que el estío vistió de gala, rojos corazones.

¡Cómo los miré, como los miraba, una y otra vez! Era un milagro, era una aparición, era inexplicable, era hermoso, era... glorioso. Era el milagro de la creación.

Y eran los hijos de mis manos. Los nietos de mi corazón.

Cuando los cosechaba -hay que tomarlos con cuidado, no hay que dañarle la rama- los ponía suavemente en la cesta. Y cuando la cesta estaba llena, la miraba... ¡Ah! ¿Hay espectáculo más hermoso? ¿Hay cuadro pintado por la mano humana con más belleza?

Y cuando mis almas más cercanas visitaban mi casa, los llevaba a la mesa, bien cortados, y ponía encima el plato con cuidado, casi religiosamente. Cerca ya de la boca de mi amigo, miraba sus ojos, para comprobar si el milagro del frescor de días y días, el milagro del sol allí almacenado, movería su alma como movía la mía.

Y día tras día, en el largo y cálido verano, sus fibras y su alma se fundieron con las mías, fueron carne de mi carne, y su espíritu impregnó el mío. Miré el sol, y lo sentí dentro de mí.

Y ahora estaban a mis pies. Secas y yertas. Pero gloriosas en su destino cumplido, y sus talentos bien empleados.

No, no han muerto, porque aún sus secas hojas alimentarán la tierra, y porque su vida está ahora en mis venas, en mi carne y en mi alma.

Benditas tomateras, ¡gracias!


miércoles, 7 de abril de 2010

MANANTIALES



- Pero, dime Teodoro,

¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿no ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿no son las muestras de la alegría?
Y, acaso, ¿no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿no sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

- Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Qué no pueden existir el uno sin la otra?
¿O qué quizá no pueda existir la otra sin el uno?

- Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.
Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca.
¿No ves una mano divina en ello? ¿no es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

- Como no, querido amigo, en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mi me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses ¿o acaso los dioses no aman?

- Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿acaso no busca su perfección y completura? ¿y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?

Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿no será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría, y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

- Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

- Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

- Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

- Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

- Así parece ser como sucede.

- ¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

- Me parece que es bueno que así sea.

- Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

- Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a naturaleza.

- Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

- Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han encerrado de alguna manera el misterio de la vida.


lunes, 13 de abril de 2009

DAR Y RECIBIR



       Estábamos delante de unas pizzas, disfrutando de una excelente sangría y riéndonos con verdadera alegría, con la alegría de los verdaderos amigos.
       
       No sé como la conversación se deslizó a temas de cine, música y libros. Bueno, en realidad es algo muy común, sobre todo en nuestro círculo. Y hace mucho tiempo que venía rondándome una idea sobre el asunto, que quise expresar en voz alta. Me costó tanto hacerme entender, no sé si por mi impulsividad al hacerlo, por el rechazo que provocaba, porque es difícil de aceptar, o puede ser quizá también por la gran ingesta que hasta el momento había hecho de la deliciosa sangría. Incluso varias veces me pidieron que dijera claramente “habas claras”
       
       Les contaba que en casi todas las ocasiones que se le pregunta a alguien por sus aficiones suele contestar lo siguiente:
       
       - Leer, escuchar música, ir al cine y viajar.
       
       A veces se añade otra cosa, pero estas aficiones entran casi siempre en los gustos y preferencias digamos “normales”.
       
       Yo les decía que esto tenía un gran inconveniente, y consistía en que eran “actitudes pasivas”, en las que no se participaba activamente, como creador. Para ilustrarlo le dije:
       
       - ¿Y si nadie escribiera libros, ni hiciera música, ni películas, ni hubiera agencias de viajes, a qué demonios se dedicaría tanta gente? ¿Y si no hubiera televisión, a la que, aunque no lo dicen, le dedican muchas horas? Para que alguien lea un libro es preciso que alguien lo escriba primero. Para escuchar música es preciso también un compositor que la escriba, aparte de un director que la interprete y unos músicos que la ejecuten. Para ver una película es preciso alguien que de a la luz el guión, la música, etc. Creo que la idea es fácil de entender. Si todos nos dedicáramos exclusivamente a esas aficiones terminaríamos por no poder disfrutar de ninguna, porque no habría ni libros, ni música ni cine ni casi nada de nada.
       
       Y ello es producto de la educación “pasiva” que nos imbuye la sociedad de consumo, más interesada en que “consumamos” que en que “creemos”. Cada vez hay más consumidores y menos creadores. Pero la discusión empezó cuando yo planteé que lo verdaderamente enriquecedor es la creación, y no el consumo.
       
       Aunque se planteó que el consumo no es del todo pasivo, circunstancia que admití, generalmente sí lo es, al plantearse elementos de consumo cada vez más digeridos y para los que es preciso cada vez menor esfuerzo.
       
       Así, no es lo mismo leerse el último best-seller, el que por cierto si es el mejor vendido (que es la traducción al castellano de best-seller), seguramente lo será porque la gran mayoría de la población es capaz de tragárselo, con lo que puede deducirse que su profundidad será escasa, que es mucho más fácil que leerse los Diálogos de Platón, las obras de Kant, y, en general, los clásicos, que, como es obvio, necesitan un mayor esfuerzo de comprensión y de asimilación. Afirmé que, mejor que leer “El código da Vinci” yo leería otra vez El Quijote, por ejemplo. Pero resultaba que todo el mundo lo había leído. Eso ya no lo pude pasar. Sí, todos lo leímos en el colegio, de chicos, me dijeron. ¡Claro, y qué remedio! Pero ¿quién lo ha leído de adulto por propia voluntad, sin ser coaccionado? Resulta que es el libro más famoso, más elogiado, más editado de la literatura española, pero pondría la mano en el fuego que es el menos leído. Aunque quien fuera o fuese me jurara o demostrara lo contrario. Será, y lo creo, best-seller, pero para ponerlo en la estantería del mueble bar.
       
       Creo que por este camino, y como los creadores son también y cada vez más, consumidores, salvo bellas excepciones, llegaremos pronto al momento de no tener nada que llevarnos al cerebro, salvo, claro está, los clásicos, de la literatura, del cine, de la música y de todo lo demás.
       
       Pero lo trágico de esta cada vez más fomentada y frecuente actitud pasiva es que no sólo repercute en la creación artística, sino en cualquier plano de la actividad humana. Así, en el amor queremos antes ser amados que amar, en la amistad queremos tener amigos antes que ganarlos, en el trabajo queremos cobrar antes que trabajar, y en la convivencia exigimos de nuestra pareja antes que entregarnos a ella, queremos que Dios nos ayude, sin ayudarle a Él dentro de nosotros, y hasta hay gente que quieren ir al Cielo como se estila ahora, como el aprendizaje del inglés...... ¡Sin esfuerzo!

       

martes, 14 de octubre de 2008

TEMPUS FUGIT































No puedo supeditar mi vida a lo que se conoce vulgarmente como “tiempo”. Es un engaño, y un peligro.

Escuché que el que ama vive en la inmortalidad. Y la inmortalidad no entiende de tiempo. No tiene conciencia de él. El ser “inmortal” no vive en el tiempo.

Llaman al “tiempo” la cuarta dimensión, y todos parecen atenerse a su secuencia lineal y falsa. Todos tratan de encajar cualquier cosa en el “tiempo”. Y le dan una importancia que empiezo a entender que es una inmensa trampa.  El “tiempo” falsea los planteamientos, falsea la comprensión, y en suma falsea toda nuestra vida.

El pasado, el presente, el futuro... Lo que ocurrió, lo que ocurre, lo que ocurrirá... 

Yo, como Siddharta, empiezo a ver en mi río la inmutabilidad cambiante de la esencia de lo que fluye, y dejo de tener conciencia del tiempo.  Para llegar a la conciencia debo prescindir del tiempo, y de sus engaños.

El tiempo es horizontal, y no me interesa lo horizontal. Solo me interesa lo vertical. Lo horizontal puede permanecer exactamente igual en el “tiempo”, lo mismo que una semilla estéril que nunca crece. Se pueden celebrar las “bodas de oro” , pero no significa nada, si no ha ocurrido nada en los cincuenta años. Lo vertical sube en el “tiempo”, pero es siempre lo mismo aunque en estados cada vez más sutiles. Una semilla se hace árbol y el árbol se vuelve a hacer semilla, pero fuera del tiempo. En solo unos instantes puede crecer algo más que en cincuenta años. El tiempo no tiene sentido...

El cambio en el tiempo no existe. El tiempo es un obstáculo para el cambio.

Sabéis de mi amor por la música. Todos lo saben. Así que me regalaron un día un libro de L. Bernstein sobre conferencias que había dado para jóvenes. Cuando llegué a casa lo abrí al azar y leí algo asombroso. Bernstein decía que aunque la música se desarrolla aparentemente en el tiempo, la comprensión de una obra musical es una comprensión global, instantánea, y por lo tanto fuera del tiempo. Es como mirar un cuadro. No se puede entender en sus partes, ni en su desarrollo paulatino en el “tiempo”. Es preciso “contemplarla” de manera global e instantánea. Me asombró, pero entendí cosas. Cómo por ejemplo que no se puede entender una obra musical si no se conoce “de memoria”, lo que quiere decir que se tiene presente en la conciencia en su totalidad.

Las sinfonías de Beethoven seguramente no se pueden comprender si no se conocen profundamente y “de memoria” todas, porque forman una unidad. Escuchar una sola es como leer de un libro solo el capítulo tres, por ejemplo, o ver solo la novena parte de un cuadro. Las sinfonías de Beethoven no están en el tiempo. El tiempo impide “verlas” de forma simultánea e instantánea.

       La Creación, la Evolución, el Arte, la Historia, la Filosofía, e incluso la propia vida no pueden entenderse en el tiempo. Es un todo simultáneo, instantáneo y eterno, que comprende tanto el pasado como el futuro.

              
                       
                                                                   
                                                               

domingo, 1 de junio de 2008

CÁDIZ, AMANECER EN LA CALETA




¿ACASO ES DIOS ALGO MAS QUE EL SOL Y LA MAR?

Amanece. Todo duerme. Solo el silencio. Todo está muerto. Sin luz, sin sonido, sin movimiento.
No vinieron aún los pájaros, ni los niños, ni las gaviotas. Hasta las piedras son frías, casi muertas.
No está el sol, padre de todos. La mar mueve sus aguas con timidez, suavizando su fragor, refrenando sus ansias.
Y aparece la luz, principio de la creación de un nuevo día. Y el mundo renace. Como siempre y como nunca. Siempre igual, pero siempre nuevo.
Fiat lux
Despierta la luz, y alienta el aire, las aguas salen de su sueño, se mueven las largas arenas y respiran otra vez las rocas.
Gaviotas que nacen de la espuma, moviendo el aire, y la luz. Blanco en el ocre de las rocas. Amarillo sobre el azul del cielo.
Y un hombre, en silencio y solo, camina a su barco. Comienza su trabajo, su afán, su vida.
Solo al amanecer, el sol y la mar. ¿Acaso es Dios algo más que el sol y la mar?

jueves, 7 de febrero de 2008

LA MIRADA SORPRENDIDA

Quizá sean los niños los únicos que de verdad ven las cosas con asombro. Ya de mayores vemos todo como con unas gafas sucias, todo borroso y distorsionado. No, no es la vista cansada. Es el alma cansada. Es el corazón cansado. Quizá por ello el maestro nos recomendó que tratáramos de ser siempre como niños. Con mirada pura, sin juicios, sin enfadarnos, sin alegrarnos, sin querer cambiar nada, sin querer arreglar nada. Solo viendo la creación en su milagro de todos los días.

Siempre recordé aquella canción de mis días jóvenes en la que se hablaba del tonto de la colina, “The fool on the hill”. Me dio mucho que pensar. En alguno de sus versos decía: El tonto, sentado en la colina, ve, al atardecer, como se mueve el planeta bajo sus pies. Aquellos versos quedaron, como el arpa, en un ángulo oscuro de mi salón interior. Y mucho años más tarde, he empezado a vislumbrar su significado. ¿Quién de nosotros siente la tierra moverse en el espacio infinito? ¿Quién de nosotros mira con asombro a las estrellas?


Siempre fui un habitante de la ciudad. Desde pequeño y hasta hace unos años. Nunca llegué a saber si los melones los daban alguna clase de árbol frutal o se sacaban de dentro de la tierra. No tenía la menor idea de como pudiera ser una mata de pimientos. Y llegó un día en que soñamos con un pedacito de tierra, en la que, a la sombra apacible de unos pinos, pudiéramos recrear nuestro pequeño paraíso verde.


Y, poco a poco, como de verdad se hacen las cosas que luego merecen la pena, fuimos construyendo un jardín en un camino de cabras. Y también nació mi pequeño sueño. Un huerto, también pequeño, como mi sueño. Pero a lo largo de los años, los inquilinos de ese pequeño pedazo de tierra lo han hecho grande para mí. Para mi amor y para sus amores. Y planté una primavera algunas tomateras. Pero luego, tras el verano, llegó el otoño. Y un día gris de Noviembre fui al campo con Miguelito. Mientras el se dedicaba a la diversión del siglo, ver la tele, y pensando por mi parte que podría hacer de utilidad, me fui a mi pequeño huerto con idea de desmontar los soportes de las tomateras, ya mustias por los fríos. Iba pensando en aquello que leí un día...

Si quieres ser feliz una hora, embriágate
Si quieres ser feliz un día, haz una bonita fiesta
Si quieres ser feliz una semana, prepara un viaje
Si quieres ser feliz un mes, cásate
Si quieres ser feliz toda la vida, cuida tu huerto

Y mientras me ocupaba en cortar los lazos que aún las tenían prisioneras, mientras desmontaba los palos de la estructura, mientras arrancaba de la tierra sus cortas pero firmes raíces, recordé:

Solo podré dar dos cosas a mi hijo: Raíces y alas

y pensaba en estos pequeños arbustos que alguien nos trajo un día del otro lado del Atlántico.

Y también pensé en Carreño, ese hombre de pelo ya casi teñido de blanco que un día volvió de Holanda y compró un trozo de tierra roja con el sudor que dejó en las fábricas. En esa tierra hizo lo que llevó en la sangre desde que vio la luz, el milagro de los paritorios, de los alumbramientos, de las creaciones cotidianas. De sus almácigas salían miles y miles de plantitas. Esta es lechuga, aquella pimiento, la de más allá calabacín.Imaginé cómo Carreño puso sus semillas con mimo y amor bajo la gran caseta de plástico, en la tierra estercolada, al abrigo de fríos y vientos del invierno. Como allí, todas juntas, casi abrigándose, fueron creciendo esas plantitas, pequeñas yerbas como niños, endebles e indecisas, pero con toda la fuerza que guardaba su semilla, buscando el cielo, buscando el sol y el aire.

Cómo cuando fueron haciéndose mayores, y el cielo más clemente, fue llevándolas a la tierra abierta, al espacio, a la lluvia y al viento. Ya no las puso tan cerca unas de otras. Los jóvenes necesitan más espacio en que moverse, necesitan abrir sus ramas, enterrar sus pies y mover sus manos. Alguien vendría a tomarlas de la mano, alguien las llevaría lejos, alguien las amaría. Habría seguramente alguien que las valoraría, les daría un porqué y un destino.

Y yo me acerqué por el camino de zahorra mojado, en la primavera aún húmeda y fresca, buscando a Carreño, esperando que apareciera entre su mundo verde, mientras jugaba un poco con los pequeños gatitos de la caja. Siempre con ganas de jugar... Tu madre nunca para ¿eh?... también es cierto que no tiene que daros de comer.

Miraba su porche de hiedras tan verdes,... sí, se han recuperado.

-¿Recuerdas como se me secaron el pasado año?

-¿Ves, Carreño?, lo verde es fuerte. Ahí la tienes. Solo mirarla te curas de la tristeza.

Y vi como elegía de su almáciga las plantas más fuertes, las más alegres, las más decididas a marchar. Otra vez juntas, atadas con la cinta de palmera que solo él sabe anudar, las llevé conmigo.

Y pensé, mientras arrancaba mis tomateras secas, en aquél día en que las llevé a su nueva casa, que yo había preparado con tanto mimo para ellas. ¿Qué pensarían?

La tierra mullida y negra. El aire fresco y limpio. El sol brillante de abril. ¡Tenía hasta preparado los palos en que treparíamos cuando fuéramos mayores! Siempre soñé con escalar hacia el cielo, con subir más alto. Colgaré mis frutos de ahí. En racimos caerán, rojos, frescos y brillantes. Alguien los tomará para él. Alguien sentirá el aroma de mi alma, el frescor de mi cuerpo.

Y crecieron. Crecieron alegres y confiadas. Mi mano las fue llevando hacia arriba. Mis manos cuidaron de sus pies y de sus manos. Sus flores amarillas, amarillo robado al sol, pronto entregaron su belleza al verde corazoncito, al que el estío vistió de gala, rojos corazones.

¡Cómo los miré, como los miraba, una y otra vez! Era un milagro, era una aparición, era inexplicable, era hermoso, era... glorioso. Era el milagro de la creación.

Y eran los hijos de mis manos. Los nietos de mi corazón.

Cuando los cosechaba -hay que tomarlos con cuidado, no hay que dañar la rama- los ponía suavemente en la cesta. Y cuando la cesta estaba llena, la miraba... ¡Ah! ¿Hay espectáculo más hermoso? ¿Hay cuadro pintado por la mano humana con más belleza?

Y cuando mis almas más cercanas visitaban mi casa, los llevaba a la mesa, bien cortados, y ponía encima el plato con cuidado, casi religiosamente. Cerca ya de la boca de mi amigo, miraba sus ojos, para comprobar si el milagro del frescor de días y días, el milagro del sol allí almacenado, movería su alma como movía la mía.

Y día tras día, en el largo y cálido verano, sus fibras y su alma se fundieron con las mías, fueron carne de mi carne, y su espíritu impregnó el mío. Miré el sol, y lo sentí dentro de mí.

Y ahora estaban a mis pies. Secas y yertas. Pero gloriosas en su destino cumplido, y sus talentos bien empleados. No, no han muerto, porque aún sus secas hojas alimentarán la tierra, y porque su vida está ahora en mis venas, en mi carne y en mi alma.

Benditas tomateras, ¡gracias!