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jueves, 29 de mayo de 2014

UNIDAD Y DIVERSIDAD








Hay un dicho que dice: “dos son compañía, tres es multitud”. Y yo me pregunto: ¿Y uno, qué es uno? ¿Qué será uno, uno solo? Bueno… también cabría preguntarse algo aún mucho más misterioso: ¿Y qué será cero, entonces?

Creo que es mejor dejar tranquilo al cero, porque así él nos dejará tranquilo a nosotros, y más nos vale. El cero se sale fuera de nuestra comprensión. La nada, que es el todo, el todo que es la nada… mejor lo dejamos.

Pero creo que el uno nos interesa más, y nos podemos acercar a él con menos miedo y más confianza. Uno… uno… uno soy yo, por ejemplo. Tengo una manzana en la mano. La veo, y es una. No veo ninguna manzana más. Y ésta que tengo sí que la veo. Esto es uno.

El problema comienza al intentar entender la unidad, es decir, el uno que no tiene segundo. Y mucho más cuando nos enteramos de que todas las antiguas y sabias tradiciones, en un lenguaje o en otro, en unos símbolos o en otros, nos cuentan eso del “Uno sin segundo”. Una unidad que no tiene segunda parte, ni por supuesto tercera, ni cuarta… etc. Y entonces ¿qué es eso?

Bueno, si se piensa bien, y teniendo en cuenta de que, a poco que pensemos, todo está en relación, desde la ínfima ameba a la más inmensa de las galaxias, y que esa relación no hace más que confirmarnos que si alguna estrella lejana fuera repentinamente eliminada instantánea y absolutamente, es más que probable que todo el edificio del Universo colapsaría en segundos, lo veríamos muy claro. Tal es de absoluta y de decisiva nuestra interrelación.

En nuestro pequeño mundo, basta que por un momento imagináramos que el sol se tomara aunque solo fuera un día de vacaciones, y ese día no saliera por el oriente. Toda nuestra pequeña corteza orgánica, realquilada en la superficie de nuestro planeta, desaparecería en pocos días. No hay sol, no hay calor ni luz, no hay fotosíntesis, no hay vegetales, no hay animales, no hay mareas, no hay calor, no hay vida… no hay nada. Eso ocurriría. Viéndolo así, no es extraño que el Sol fuera el Dios más cercano para muchas grandes civilizaciones. Sin el dios Sol no hay nada, no puede haber nada. Por supuesto, nada de lo que nos interesa a los hombres, es decir, la vida a la que llamamos vida, la vida orgánica.

Y, si todo lo viviente, es decir, todo, está tan íntimamente relacionado, una ausencia en algún lugar del Universo provocaría el colapso total. Es algo así como un puzzle al que le quitáramos una pieza. Solo una pieza menos y el puzzle deja de tener sentido.

Hay una teoría, muy divulgada, que nos viene a decir que el vuelo de unas mariposas en México influye en los monzones de Indochina. Es una buena manera de decir que todo, absolutamente todo, está en íntima relación orgánica.

Pensar que somos seres independientes, en el sentido de que nuestras vidas son de nuestra exclusiva competencia y que no tienen nada que ver con las demás vidas, es un grave error de comprensión sobre la unidad del Universo. Y, además, es un error muy tonto. Si el Universo es el Macrobios, es decir, una unidad de vida ¿en qué unidad de vida que conozcamos sus células, tejidos, órganos y sistemas no forman un todo funcional, y el mal funcionamiento de algunas células de un riñón, por poner un ejemplo, no afecta al la vida del ser vivo en su conjunto? Todos entendemos esto fácilmente. ¿Y por qué no lo entendemos, si todas las unidades de vida se rigen por las mismas leyes? ¿No es el Universo un ser vivo, el más grande, el Macrobios, el único existente como manifestación de Lo Uno Sin Segundo?

Visto así, es fácil comprender, en nuestro nivel, claro, lo que es la unidad, lo Uno sin segundo. El todo. No es más que una manifestación del Theos, manifestación a la que llamamos Cosmos. El Theos es el cero, el uno es el Cosmos. ¿Y por qué el Theos tuvo necesidad de manifestarse? Que yo sepa, nadie lo sabe. Hay preguntas que es mejor no hacerse. Y ésta es una de ellas.

Pero volvamos al Cosmos. Lo podemos entender como el orden surgido del Caos por el impacto del Theos. Y la tierra estaba confusa y vacía, y el espíritu de Dios se cernía sobre la faz del abismo… Y Dijo Dios: ¡Hágase la luz! Y la luz fue hecha.

La luz visible sabemos que se compone de tres colores básicos, azul, rojo y amarillo. Estos, a su vez, y componiéndose entre ellos, dan lugar al arco iris, los siete colores visibles. Ya lo hemos liado algo más. Ahora tenemos, no solo el cero y el uno, sino el tres, el cuatro y el siete. Pero se nos pasó el dos. Bueno, esto es algo más sencillo. Hay luz, pero hay ausencia de luz, es decir, oscuridad. Luego hay dualidad. Hay alto y bajo, estrecho y ancho, masculino y femenino, positivo y negativo, frío y caliente, seco y húmedo, etc. La dualidad es fecunda. Engendra nuevas formas. ¿Qué sería de una buena foto en blanco y negro si no hubiera grises? ¿Seguirían existiendo las especies si no hubieran machos y hembras? ¿Correrían los ríos si no hubieran altos y bajos? ¿Y si no hubiera invierno y verano? Si todo es igual no hay fecundidad, ni movimiento, todo sería amorfo e inmóvil. Y el Cosmos necesita orden y movimiento.

Y, si todo es diverso, generaciones de dualidades, tríos y septenarios ¿cómo puede haber unidad en el Cosmos? Esta es una buena pregunta, cuya respuesta es fácil en la música. Es posible por la armonía en la música.

¿Cómo es posible que un conjunto de sonidos muy diversos, emitidos por instrumentos sonoros también diversos y de distinto timbre, puedan producir algo bello, y por lo tanto armónico, y que pueda así considerarse la obra musical una unidad sonora? Por la armonía entre todos esos sonidos. ¿Quién se atreve a negar que, pongamos por caso, el Ave Verum Corpus, de Mozart, o la novena sinfonía de Beethoven son unidades en sí mismas, globales, armonizadas, coordinadas, bellas y completas en sí mismas? Nadie. Y el que se atreva a negarlo ha de vérselas conmigo.

Y, entonces podríamos preguntarnos: ¿cómo sería posible organizar a los hombres en sociedad de una manera bella, buena, justa y verdadera? Por la armonía entre ellos. Solo así.

¿Qué supone la armonía? ¿Qué exige para que surja? Pensemos en una orquesta sinfónica. Hay un señor que mueve un palito, o simplemente las manos, sí, ese al que nadie hace nunca caso ni al que nadie le mira. Es el director de la orquesta. En un concierto todo el mundo se pregunta: ¿Qué hará ahí ese señor, que no toca ningún instrumento y que se dedica a agitar el palito o las manos como un poseso? ¿Se habrá colado como un espontáneo en una corrida de toros?

Pues no. Ese señor, cuyo papel nos parece inexplicable, es el que coordina los sonidos de todos los instrumentos. Sin él, y si solo un instrumento se retrasara décimas de segundo en sus sonidos, la armonía se transformaría inmediatamente en un caos. En verdad es el responsable del Cosmos, de la armonía de toda la orquesta. Él no conoce solo los sonidos de un instrumento, como los profesores de la orquesta, él conoce todos los instrumentos, y conoce los tiempos, milimetrados, en que cada uno de ellos debe emitir sus sonidos. Y si no consiguiera armonizarlos todos, los espectadores empezarían y acabarían abucheando a la orquesta entera. Tal es la importancia del director de la orquesta. Su misión es crear, o más bien, reproducir, la armonía de la obra. El compositor creó esa armonía, y el director, como intérprete, debe reproducirla tal cual nació en el alma del compositor.

Pero los instrumentos son dispares, agrupados en familias. Están las cuerdas, y dentro de ellas los violines, las violas, los violoncelos, los contrabajos, están los vientos de metal, las flautas, las trompetas, los trombones, las trompas, están los vientos de madera, los oboes, los clarinetes, los fagots, están los de percusión, timbales, triángulos, o platillos, etc. Todos diversos y todos con una partitura distinta. Pero… el todo es armónico. El todo es armónico, esta es la clave.

¿Y cómo puede lograrse la armonía?



lunes, 28 de enero de 2013

¿QUÉ FUE ANTES EL HUEVO O LA GALLINA?


























Este es un clásico dilema, que, hasta hoy no ha tenido ninguna conclusión inequívoca e irrefutable. No obstante, he encontrado una página en Internet, cuyo enlace es el siguiente: http://www.20minutos.es/noticia/124329/0/huevo/gallina/dilema/
en el que, consultados un científico, un filósofo y un granjero, todos coinciden en que primero fue el huevo.

Yo, desde luego, me quedo “pasmao” con tan increíble coincidencia y tan absurda conclusión, a pesar del conocimiento filosófico de uno, el científico del otro y, sobre todo, con la experiencia en estos asuntos de un granjero.

Yo, modestia aparte, creo haber encontrado la solución al enigma. Y lo explicaré a continuación.

No pudo ser solo la gallina, ya que todos sabemos (y el granjero mejor que nadie) que los huevos son estériles si a la gallina no la ha pisado previamente un gallo y, una vez puesto el huevo fecundado, lo ha empollado el tiempo suficiente. Todos, o por lo menos yo, y creo que el granjero también, sabemos que, al cascar un huevo de gallina y observarlo con detenimiento, comprobamos si el gallo pisó a la gallina, porque el huevo muestra en él lo que se llama “engalladura”. Es visible a simple vista, no hace falta microscopio. Es la huella del gallo.

Tampoco pudo ser el huevo el primero en aparecer, ya que no tendría engalladura, y en el caso de que apareciera con engalladura, no existiendo el gallo ni la gallina se daría una situación surrealista. Y, como tampoco existiera entonces una gallina que empollara ese huevo, me parece que, sin engalladura y sin empollar no nacería pollito, simplemente se pudriría. Esto lo sabe el granjero de todas todas.

Así que el dilema no tiene solución aparente. Aún así, yo le he encontrado respuesta.

Me acuerdo de cuando se cuenta el mito de Noé, quien, avisado por Dios del diluvio, le ordenó que construyese un arca donde debería meter una pareja de animales para que pudieran seguir existiendo cuando saliera el arco iris y la paloma trajera la rama de olivo en su pico. Una pareja, señores, una pareja. Dios no era tonto, y Noé tampoco.

Por algo, y desde que el mundo es mundo y el universo universo, la generación se ha producido por dualidad. Si Noé se hubiera olvidado del gallo, no existirían hoy día ni gallinas, ni huevos de gallina, ni pollos.

Por esto, el dilema es erróneo en su planteamiento, ya que subyace en él el pensamiento materialista. Señores, de la materia confusa no surge vida, de la materia no surge nada si no es fecundada y , consiguientemente, ordenada.

En cualquier cosmogénesis que estudiemos de cualquier religión, arte o ciencia, de la que tengamos noticias hasta hoy día se encuentra la solución al falso dilema.  El Uno sin segundo y la Trinidad como medio de expresión.

La ciencia actual (que yo conozca) sigue admitiendo una creación monoparental, y si me apuráis, aún totalmente huérfana de padre y madre. El llamado Big Bang, literalmente: Gran Explosión.

En un principio existía (¿) únicamente el vacío (¿) y en un momento, no sabemos porque razón, se produjo una inimaginable y enorme explosión, la que llaman Big Bang. Pero yo pregunto: ¿Qué fue lo que explotó si no existía entonces nada, es decir, solo el vacío, si es que puede tener existencia algo que no es nada? ¿y porqué tuvo que explotar la nada? y, además ¿la nada puede explotar?

Con el tiempo, los científicos se dieron cuenta que su teoría (por llamarle algo) era totalmente absurda. Así, los científicos más avanzados dijeron suponer que en principio existía una materia enormemente condensada, amorfa y homogéneamente desorganizada. Le llamaron “la sopa cósmica”. Y eso fue lo que explotó. Y se fumaron tranquilamente un puro. Pues, que yo sepa, una sopa no explota por sí sola, es más, ni siquiera se mueve, a no ser que yo meta la cuchara.

Seguramente los científicos leyeron el Génesis hebreo y de ahí tomaron la idea. Transcribo literalmente de dicho libro: La tierra estaba confusa y vacía. Es preciso suponer que la palabra vacía equivale a vacía de orden, al igual que confusa. Sopa cósmica. Óvulo o huevo sin fecundar.

Pero al parecer no han seguido tomando ideas del Génesis, porque a continuación se puede leer:
… pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas… sobre las aguas primordiales, oscuras y abismales.

Y dijo Dios: “Haya luz”; y hubo luz. La Luz primera, generadora del Universo.

¡Bueno! ¡Hasta aquí podemos llegar! –clamó el materialismo- si seguimos así llegaremos a que el Universo fue creado por Dios. ¡De eso nada! Todo lo más admitimos que la materia amorfa, tan densa que toda la necesaria para luego formar el Universo estaba concentrada en un solo punto infinitamente pequeño, explotó. Sí, así fue, y se ordenó ella sola pues si no ¿qué agente externo a ella la iba a ordenar, si era lo único que existía? Debemos mantener a toda costa que solo existe la materia y que, por azar, se organiza sin necesidad de organizador. La materia es muy lista, y además es lo único existente, ahora y siempre.

Creo que alguien dijo que estaría dispuesto a aceptar el motor organizador del azar si ocurriera lo que sigue: arrojar una y otra vez al espacio troncos de árboles, hierro y otros metales, colmillos de elefantes, y que cuando cayeran otra vez a la Tierra volviera en forma de órgano sonando la Tocata y Fuga compuesta por J.S. Bach. Solo entonces admitiría la teoría del azar.

Es una pena, porque es muy socorrida para muchas cosas, incluso cotidianas en la vida del hombre, pero tiene una gran inconveniente: es falsa. Lamentablemente todo suceso requiere una causa. Es tan obvio que no merece mayores comentarios. Y el azar no requiere causas. Molestas causas…

¿Qué hacemos pues ahora? ¿A quién recurrimos? A los grandes científicos; se lo preguntaremos a A. Einstein.

- Sr. Einstein, ¿usted cree que Dios juega a los dados?
- No, yo creo en la ley y el orden absolutos.

¡Pero bueno! ¿Hasta Einstein nos va a desbaratar la “ley” del azar?
Bueno, diremos que la materia tiene su propia “ley” y que esta consiste en el azar. ¡Bien dicho! Salvo que encierra una enorme contradicción, ya que la ley es justo lo contrario del azar.

…………….

Un óvulo de cualquier animal no es fecundo por sí solo. Es la materia primordial. Para su fecundación, desarrollo y ordenación requiere de un agente distinto a él. Ese agente es la célula masculina, la que promueve la ordenación de la materia primordial, en este caso un óvulo femenino.

Deberíamos preguntar al granjero que ocurriría si en su granja solo tuviera gallinas ponedoras. Pueden imaginar ustedes el resultado a corto plazo: una granja desierta.

Si acudimos a las plantas, todo el mundo sabe, y el campero también, que las flores se autofecundan, ya que disponen de ambas células polares. La femenina en el pistilo y las masculinas en el polen de los estambres. E incluso hay árboles que tienen sexo, y es necesario tenerlos de los dos sexos uno cerca del otro para que de fruto el llamado hembra.

Y este es el motivo del uso de preservativos y otros anticonceptivos, evitar el contacto de ambos agentes, de lo femenino con lo masculino.

Por lo tanto, quien sostiene la absurda teoría de la sola existencia de la materia organizada por el azar, desconoce una de las leyes que rige el universo, la ley de la dualidad. Y no hace falta ser ni científico ni filósofo, porque hasta un granjero sabe que de uno no sale nada. Sale de dos, de un macho y una hembra. Y no solo la gallina y el gallo, el resto del universo no es una excepción y también sigue esa ley.

Los griegos tenían bien asentada esta ley, y nos presentaban el origen del universo de una forma trina: Caos-Teos-Cosmos. Caos como la materia primordial, Teos como agente fecundador del Caos, y Cosmos el resultado o fruto.

Ley probablemente recogida de los egipcios y de su trinidad: Osiris, Isis y Horus.

En cualquier civilización se nos presenta la misma unidad trina: Padre-Madre-Hijo. Y no es pura coincidencia, es decir, no es resultado de ningún azar. Es simplemente una ley universal constantemente mantenida a lo largo de las civilizaciones.

Entonces, recapitulemos y volvámonos a hacernos la pregunta:
¿Qué fue antes, la gallina o el huevo?
Lo que fue antes fueron gallina, gallo y huevo. A partir de ahí sí hay generación perpetua y ordenada según la ley.








jueves, 7 de julio de 2011

UNIDAD Y DIVERSIDAD


Dedicado especialmente a mi amiga Rosa Almansa.

Hay un dicho que dice: “dos son compañía, tres es multitud”. Y yo me pregunto: ¿Y uno, qué es uno? ¿Qué será uno, uno solo? Bueno… también cabría preguntarse algo aún mucho más misterioso: ¿Y qué será cero, entonces?

Creo que es mejor dejar tranquilo al cero, porque así él nos dejará tranquilo a nosotros, y más nos vale. El cero se sale fuera de nuestra comprensión. La nada, que es el todo, el todo que es la nada… mejor lo dejamos.

Pero creo que el uno nos interesa más, y nos podemos acercar a él con menos miedo y más confianza. Uno… uno… uno soy yo, por ejemplo. Tengo una manzana en la mano. La veo, y es una. No veo ninguna manzana más. Y ésta que tengo sí que la veo. Esto es uno.

El problema comienza al intentar entender la unidad, es decir, el uno que no tiene segundo. Y mucho más cuando nos enteramos de que todas las antiguas y sabias tradiciones, en un lenguaje o en otro, en unos símbolos o en otros, nos cuentan eso del “Uno sin segundo”. Una unidad que no tiene segunda parte, ni por supuesto tercera, ni cuarta… etc. Y entonces ¿qué es eso?

Bueno, si se piensa bien, y teniendo en cuenta de que, a poco que pensemos, todo está en relación, desde la ínfima ameba a la más inmensa de las galaxias, y que esa relación no hace más que confirmarnos que si alguna estrella lejana fuera repentinamente eliminada instantánea y absolutamente, es más que probable que todo el edificio del Universo colapsaría en segundos, lo veríamos muy claro. Tal es de absoluta y de decisiva nuestra interrelación.

En nuestro pequeño mundo, basta que por un momento imagináramos que el sol se tomara aunque solo fuera un día de vacaciones, y ese día no saliera por el oriente. Toda nuestra pequeña corteza orgánica, realquilada en la superficie de nuestro planeta, desaparecería en pocos días. No hay sol, no hay calor ni luz, no hay fotosíntesis, no hay vegetales, no hay animales, no hay mareas, no hay calor, no hay vida… no hay nada. Eso ocurriría. Viéndolo así, no es extraño que el Sol fuera el Dios más cercano para muchas grandes civilizaciones. Sin el dios Sol no hay nada, no puede haber nada. Por supuesto, nada de lo que nos interesa a los hombres, es decir, la vida a la que llamamos vida, la vida orgánica.

Y, si todo lo viviente, es decir, todo, está tan íntimamente relacionado, una ausencia en algún lugar del Universo provocaría el colapso total. Es algo así como un puzzle al que le quitáramos una pieza. Solo una pieza menos y el puzzle deja de tener sentido.

Hay una teoría, muy divulgada, que nos viene a decir que el vuelo de unas mariposas en México influye en los monzones de Indochina. Es una buena manera de decir que todo, absolutamente todo, está en íntima relación orgánica.

Pensar que somos seres independientes, en el sentido de que nuestras vidas son de nuestra exclusiva competencia y que no tienen nada que ver con las demás vidas, es un grave error de comprensión sobre la unidad del Universo. Y, además, es un error muy tonto. Si el Universo es el Macrobios, es decir, una unidad de vida ¿en qué unidad de vida que conozcamos sus células, tejidos, órganos y sistemas no forman un todo funcional, y el mal funcionamiento de algunas células de un riñón, por poner un ejemplo, no afecta al la vida del ser vivo en su conjunto? Todos entendemos esto fácilmente. ¿Y por qué no lo entendemos, si todas las unidades de vida se rigen por las mismas leyes? ¿No es el Universo un ser vivo, el más grande, el Macrobios, el único existente como manifestación de Lo Uno Sin Segundo?

Visto así, es fácil comprender, en nuestro nivel, claro, lo que es la unidad, lo Uno sin segundo. El todo. No es más que una manifestación del Theos, manifestación a la que llamamos Cosmos. El Theos es el cero, el uno es el Cosmos. ¿Y por qué el Theos tuvo necesidad de manifestarse? Que yo sepa, nadie lo sabe. Hay preguntas que es mejor no hacerse. Y ésta es una de ellas.

Pero volvamos al Cosmos. Lo podemos entender como el orden surgido del Caos por el impacto del Theos. Y la tierra estaba confusa y vacía, y el espíritu de Dios se cernía sobre la faz del abismo… Y Dijo Dios: ¡Hágase la luz! Y la luz fue hecha.

La luz visible sabemos que se compone de tres colores básicos, azul, rojo y amarillo. Estos, a su vez, y componiéndose entre ellos, dan lugar al arco iris, los siete colores visibles. Ya lo hemos liado algo más. Ahora tenemos, no solo el cero y el uno, sino el tres, el cuatro y el siete. Pero se nos pasó el dos. Bueno, esto es algo más sencillo. Hay luz, pero hay ausencia de luz, es decir, oscuridad. Luego hay dualidad. Hay alto y bajo, estrecho y ancho, masculino y femenino, positivo y negativo, frío y caliente, seco y húmedo, etc. La dualidad es fecunda. Engendra nuevas formas. ¿Qué sería de una buena foto en blanco y negro si no hubiera grises? ¿Seguirían existiendo las especies si no hubieran machos y hembras? ¿Correrían los ríos si no hubieran altos y bajos? ¿Y si no hubiera invierno y verano? Si todo es igual no hay fecundidad, ni movimiento, todo sería amorfo e inmóvil. Y el Cosmos necesita orden y movimiento.

Y, si todo es diverso, generaciones de dualidades, tríos y septenarios ¿cómo puede haber unidad en el Cosmos? Esta es una buena pregunta, cuya respuesta es fácil en la música. Es posible por la armonía en la música.

¿Cómo es posible que un conjunto de sonidos muy diversos, emitidos por instrumentos sonoros también diversos y de distinto timbre, puedan producir algo bello, y por lo tanto armónico, y que pueda así considerarse la obra musical una unidad sonora? Por la armonía entre todos esos sonidos. ¿Quién se atreve a negar que, pongamos por caso, el Ave Verum Corpus, de Mozart, o la novena sinfonía de Beethoven son unidades en sí mismas, globales, armonizadas, coordinadas, bellas y completas en sí mismas? Nadie. Y el que se atreva a negarlo ha de vérselas conmigo.

Y, entonces podríamos preguntarnos: ¿cómo sería posible organizar a los hombres en sociedad de una manera bella, buena, justa y verdadera? Por la armonía entre ellos. Solo así.

¿Qué supone la armonía? ¿Qué exige para que surja? Pensemos en una orquesta sinfónica. Hay un señor que mueve un palito, o simplemente las manos, sí, ese al que nadie hace nunca caso ni al que nadie le mira. Es el director de la orquesta. En un concierto todo el mundo se pregunta: ¿Qué hará ahí ese señor, que no toca ningún instrumento y que se dedica a agitar el palito o las manos como un poseso? ¿Se habrá colado como un espontáneo en una corrida de toros?

Pues no. Ese señor, cuyo papel nos parece inexplicable, es el que coordina los sonidos de todos los instrumentos. Sin él, y si solo un instrumento se retrasara décimas de segundo en sus sonidos, la armonía se transformaría inmediatamente en un caos. En verdad es el responsable del Cosmos, de la armonía de toda la orquesta. Él no conoce solo los sonidos de un instrumento, como los profesores de la orquesta, él conoce todos los instrumentos, y conoce los tiempos, milimetrados, en que cada uno de ellos debe emitir sus sonidos. Y si no consiguiera armonizarlos todos, los espectadores empezarían y acabarían abucheando a la orquesta entera. Tal es la importancia del director de la orquesta. Su misión es crear, o más bien, reproducir, la armonía de la obra. El compositor creó esa armonía, y el director, como intérprete, debe reproducirla tal cual nació en el alma del compositor.

Pero los instrumentos son dispares, agrupados en familias. Están las cuerdas, y dentro de ellas los violines, las violas, los violoncelos, los contrabajos, están los vientos de metal, las flautas, las trompetas, los trombones, las trompas, están los vientos de madera, los oboes, los clarinetes, los fagots, están los de percusión, timbales, triángulos, o platillos, etc. Todos diversos y todos con una partitura distinta. Pero… el todo es armónico. El todo es armónico, esta es la clave.

¿Y cómo puede lograrse la armonía?