lunes, 15 de diciembre de 2008
sábado, 13 de diciembre de 2008
BEETHOVEN, FANTASÍA CORAL. Texto de Christoph Kuffner

Con gracia y dulzura resuenan
las armonías de nuestra vida
y el sentido de la belleza engendra
flores que eternamente florecen.
La paz y la alegría avanzan cual amigas
como el juego alternante de la olas;
y lo que insistía en ser rudo y hostil
entra a formar parte de lo sublime.
Cuando en los tonos reina la magia
y en las palabras la inspiración
se configura lo maravilloso,
noche y tempestad se vuelven luz.
Calma exterior y alegría interior
priman para el bienaventurado;
y el sol primaveral de las artes
permite que de ambas nazca luz.
Algo grande contenido en el pecho
florece de nuevo en toda su belleza;
si un espíritu se ha encumbrado
todo un coro de espíritus resuena siempre a su alrededor.
Aceptad, pues, almas bellas,
alegremente los dones del buen arte.
Cuando se unen el amor y la fuerza
el favor de los dioses al hombre recompensa.
las armonías de nuestra vida
y el sentido de la belleza engendra
flores que eternamente florecen.
La paz y la alegría avanzan cual amigas
como el juego alternante de la olas;
y lo que insistía en ser rudo y hostil
entra a formar parte de lo sublime.
Cuando en los tonos reina la magia
y en las palabras la inspiración
se configura lo maravilloso,
noche y tempestad se vuelven luz.
Calma exterior y alegría interior
priman para el bienaventurado;
y el sol primaveral de las artes
permite que de ambas nazca luz.
Algo grande contenido en el pecho
florece de nuevo en toda su belleza;
si un espíritu se ha encumbrado
todo un coro de espíritus resuena siempre a su alrededor.
Aceptad, pues, almas bellas,
alegremente los dones del buen arte.
Cuando se unen el amor y la fuerza
el favor de los dioses al hombre recompensa.
Christoph Kuffner
CÁDIZ, BARCAS EN LA CALETA
Esperando en calma, en el crepúsculo,
una nueva mañana de labor,
nueva mañana de romper olas,
de ceñir vientos,
de burlar corrientes...
Amar la pesca.
Vivir...
Barcas... en descanso,
habitantes por derecho
de La Caleta,
en su magia tan antigua...

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| From CADIZ |
sábado, 6 de diciembre de 2008
EL CAMIÓN

Era la habitación de las verbenas. Siempre la recuerdo vacía, solo las paredes y una bombilla desnuda, como araña colgada de su hilo. En aquella casa todo era distinto. Las reglas eran otras, y los niños eran niños. ¡Cuánto no pasaría Carmen! ¡Cuánto pasaría Javier! Pero eran personas de natural afables y cariñosas. No eran dramáticos y en el fondo no se alteraban. Seguro que al día siguiente estarían contando a cualquiera, entre risas, las trastadas de sus hijos.
Cuando Alfonso le quitaba los calcetines a su padre para hacer una pelota, rellenándolos de papel arrugado de periódico. O cuando, por el patinillo habían tirado cualquier cosa a María, que lavaba la ropa en su monumental lebrillo de barro. María..., la recuerdo toda de negro y arrugada, madre de la madre de mi vecina, soltaba por su boca cualquier cantidad de insultos propios de la tierra. Pero, ...eran niños.
Creo que se llamaba Ramón, pero no lo recuerdo bien. Mi infancia está cubierta de una niebla densa y gris, de frío y de tristeza. De ojos nuevos asombrados y abiertos a un mundo inexplicable. Ramón era mayor que yo, para mí mucho mayor. Yo tendría seis años, quizá él doce. Y me dijo que me haría un camión para mí, para jugar.
Estábamos en el cuarto de las verbenas. Porque allí montábamos lo que llamábamos verbenas. Nos llevaba mucho tiempo. Había que fabricar las cadenetas, y se hacían con rollos de serpentinas. Ir cortando y pegando y haciendo eslabón por eslabón. Pero éramos muchos. Las cadenetas iban de lado a lado. Y al centro. Una vez montado el adorno, lo cierto es que no recuerdo bien en que consistía la fiesta. Aunque casi siempre al final llegaba Alfonso con una escoba y en segundos lo echaba todo abajo. Le gustaba fastidiar. Pero no pasaba nada.
Ramón trajo dos sillas y una caja de madera. Tumbó en el suelo las sillas y con la caja encima terminó el camión. Y me habló de él. De lo que podía llevar, de lo fuerte que era y cosas así. Aquél era mi camión y me lo había hecho a mí.
Es el único recuerdo de mi infancia en que mi imaginación voló a lugares donde todo es posible, donde la realidad se transforma mágicamente.
Y aún hoy día, aquél camión está en un rincón de mi alma, señalándome la puerta por donde los niños entran en el mundo de los sueños.

domingo, 30 de noviembre de 2008
GLORIA, ANTONIO VIVALDI
"Las tres únicas cosas dignas de romper el silencio son el amor, la poesía y la música"
Amado Nervo.
Música: Gloria, de Antonio Vivaldi
Dirección: Rosario González Batista
Orquesta: Profesores del Conservatorio Superior de Música de Cádiz "Manuel de Falla"
Coral: Coral Polifónica Canticum Novum, de Cádiz
Lugar: Oratorio de San Felipe Neri, Cádiz
Fecha: Noviembre 2007
Autora de la grabación: Sara Coello
Otras grabaciones de Canticum Novum en YouTube buscando en: bcoello
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viernes, 28 de noviembre de 2008
CÁDIZ, CASTILLO DE SAN SEBASTIAN
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From UN PASEO POR CÁDIZ |
Ahí sigues, imperturbable, pétreo y peremne. Como los abuelos benignos, sabios y protectores...

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PIRATAS EN CADIZ
jueves, 20 de noviembre de 2008
INVOCATIO

Esto escribí hace ya muchos años (o así me lo parece). Y no volví a leerlo hasta que mi querida amiga Helen puso una entrada en su blog Meditaciones en el Mar Rojo sobre los ángeles guardianes. Yo se lo envié personalmente, ya que creí que le gustaría leerlo. Y ella lo publicó en su blog, con motivo de la celebración de sus primeros mil comentarios.
INVOCATIO
En una nueva aurora de mi alma, en el despertar de un amargo sueño, recostado en la roca a la que me arrojó la oscura tormenta, desnudo, invoco a mi ángel guardián y también a mi musa celeste a que me presten sus fuerzas en el nuevo camino que emprendo.
Sigo sin conocer dónde me llevarán mis pasos, pero sí sé que bajo las alas cálidas de mis amparos celestes seguiré alegre el camino que sin duda me llevará donde habita lo sagrado.
¡Oh belleza! ¡Oh pureza! Sólo estoy en el mundo para buscaros, y sé que, como buque en la mar, sufriré tormentas, calmas y corrientes adversas, pero también sé que es mi único destino, mi único puerto, aunque sea quizá inalcanzable.
¡Oh, espíritus celestes! ¡Os invoco!
¡Protegedme, amparadme, dadme luz, dadme fuerzas! Os juro que mi viaje es sólo para llevarme a vuestro encuentro.

viernes, 14 de noviembre de 2008
LEVANTE EN CÁDIZ

Llevábamos ya todo el mes de Julio en el Campito y el verano estaba transcurriendo inusitadamente delicioso en lo que al tiempo se refiere. Yo recordaba aún el pasado verano, que fue terrible, y que llegué a pensar que sería la tónica de todos los siguientes, imbuido de la idea hoy circulante del cambio climático. Los vientos dominantes en esta tierra son (hasta ahora), el levante y el poniente, y cada uno de ellos da su carácter peculiar a casi todas las cosas vivientes, e incluso a muchas inanimadas. Hombres, animales y plantas están en buena medida condicionados, para bien o para mal, por los vientos de aquí, y los dominantes son de características muy específicas y muy diferentes entre sí.
El viento de Poniente es un viento atlántico. Durante el verano es fresco y con una humedad media, cosas que le hacen muy agradable. Mantiene el cielo despejado y limpio, de un color intensamente azul. Brinda amaneceres y atardeceres hermosos y de coloridos deliciosos. No sopla con fuerza desmedida, más al contrario, es suave y acariciador. Es suma, es un viento que atempera y refresca la fuerza del sol y la torridez de los veranos. Es nuestro viento femenino, bendición de los seres vivientes.
El viento del Sur, llamado por aquí erróneamente “Levante en calma” o bien bochorno, es muy peculiar. Tan peculiar que no sopla casi en absoluto. Precisamente esta ausencia de movimiento, unida a la terrible humedad con que carga el aire, le hacen, en verano, ser realmente temible. La temperatura se estaciona en torno a los treinta grados y se mantiene, casi invariable, durante el día y la noche. El sudor del cuerpo no se evapora debido por un lado a la ausencia de viento, y por otro a que la humedad ambiente no lo permite. El aire no quiere más humedad, tiene más de la que desearía, e igualmente más de la que desearíamos los seres vivos que lo respiramos y sufrimos. Cuesta incluso trabajo respirar, el aire se vuelve denso, el cielo plomizo y sucio, las plantas enferman de hongos debido al calor húmedo y se me ocurre que éstos, los hongos parásitos, son los únicos que agradecen su existencia.
Tiene una única cualidad que lo hace soportable en nuestra Bahía: que no dura mucho.
Pero, he aquí que dije al principio que lo confundían con el “Levante en calma”. Y lo escribí entrecomillado. Lo hice porque no es viento, ni tampoco de levante. Y preguntaréis por qué se le llama entonces así. Sencillamente porque es un viento de transición. Y, en verano, de transición hacia el de levante. Así, la sabiduría popular lo entiende como el preludio del levante, como una especie de situación parecida a la del tigre en su postura de alerta y acecho momentos antes de saltar sobre su presa. Y así se le llama a la aparición posterior del levante. Porque es un viento que no tiene medias tintas. De repente, en minutos, comienza a soplar desaforado. Se dice entones que “ha saltado el levante”. Como salta el tigre sobre su presa, sin que esta pueda apenas percatarse de su presencia. Únicamente, como en el caso del tigre, se podría advertir previamente por su olor. Huele a levante. El Sur es el olor a levante, levante en calma, calma aparente, como el tigre, dispuesto a saltar.
Pero el pasado verano el tigre quedó paralizado en su postura amenazante y nunca saltó. Quizá volvió la vista atrás y quedó inmóvil como estatua de sal. Y fue terrible. Día tras día inmersos en una especie de bola blanca, espesa y sucia. Mañana, tarde y noche. Día tras día. Mes tras mes. Y pensé: ya siempre serán así los veranos. Será verdad lo del cambio climático.
El otoño y el invierno siguientes (los pasados) no cayó una gota y en primavera los campos quedaron baldíos con la siembra apenas nacida. Acudías a un puesto de frutas o verduras y el corazón te daba un salto. Parecía que vendían jamón, ¡coño! Aunque fuera verde. Terminaríamos, pensé, comprando como los japoneses: Deme... ummm... un tomate, dos pimientos y una cebolla... ah... y dos melocotones. Hoy voy a tirar la casa por la ventana, oiga...
Con esto se cumplió, pero al revés, un refrán que desconocía y que escuché en un bar no hace mucho: verano sin viento, invierno sin agua.
En Grazalema, pueblo de nuestra hermosa sierra y el lugar más lluvioso de toda España, en lugar de los cerca de dos mil y pico litros por metro cuadrado que son lo normal, solo cayeron unos setecientos.
Del viento del Norte hay poco que decir. Solo nos visita, y son visitas cortas, durante el invierno, cuando los países de Europa están atravesados, como por un frío cuchillo, por una ráfaga de viento polar o siberiano. Cuando en Cádiz hace frío, en estos países, incluso en el nuestro, se les congelan los mocos a los niños. Por cierto, el invierno pasado fue extrañamente frío. Heló en muchos sitios inusuales, entre ellos Chiclana y mi campito. Llegué a pensar que habían muerto muchas plantas, hibiscos, ficus y otras. Pero no, la primavera hizo su milagro de todos los años. No obstante me dijo al oído: Miguel, reza porque no vuelva a ocurrir el año próximo. Sabes que tengo concedido el poder de la vida, pero no pienses que me lo han dado ilimitado. Así que recé, y sigo haciéndolo.
Y este verano comenzó con muy buen aspecto. Fresco, tierno y dulce. La mano amorosa de Perséfone velaba por el bienestar de la naturaleza, y por lo tanto, de los hombres. Muchos días de bendito poniente, algunos de sur y pocos de levante.
Pero llegó a mis oídos la noticia, difundida por las noticias de televisión y radio: el jueves saltará el levante. No acababa de creerlo, pero por lo que se ve, los augures del tiempo cada vez son más fiables. Solo erraron en que el temido viento se anticipó. Saltó el miércoles. Y saltó como el tigre, de una manera elástica y certera, veloz y fiera. Y hundió sus potentes garras en la tierra toda, y en los seres que la pueblan.
Este viento terrible, seco y potente tiene mala fama. Su presencia disgusta en verano, porque impide casi totalmente llevar la vida habitual del tiempo de vacaciones. Nada de playa si sopla fuerte, porque lo único que se conseguiría de ir sería el azote de la arena seca, que recorre la playa en ríos turbulentos, clavándose como mil agujas en todo el cuerpo, y andar a tientas con los ojos cerrados, puesto que abiertos convertirían nuestros pequeños faros en arenales, pasando de ser su blanco fondo al color rojo de la irritación. Sombrillas, toallas, pelotas, colchones inflables, cualquier cosa de mucho volumen y poco peso desaparecerá a una velocidad imposible de hacer factible su rescate. Terminarán en el mar, y unos días después, en cualquier otro lugar del litoral, cercano o lejano. Nada de barbacoas ni parrillas, que día tras día, sin él, cambian en verano el dulce olor del jazmín y la dama de noche por el acre y tostado de las sardinas, las caballas, las chuletas y los chorizos. Nada de tender la ropa a la descubierta. Acabarán los calzoncillos y las sábanas incluso en casa del vecino, eso teniendo suerte, en otros casos desaparecerán en la vorágine de los remolinos aéreos. No hace mucho encontré cerca de la leñera un turbante negro, que probablemente fuera de un natural de Argelia. Lástima que el hombre fuera probablemente humilde y no trajera elegantemente prendido en él un valioso dije de oro y brillantes. Pero... como el cualquier otro país, los ricos no sufrirán los rigores ni las molestias de las tormentas de arena del desierto.
Pero, este viento, el Levante, es nuestro viento viril. Y su existencia permite la existencia del clima benigno de nuestra tierra. Sin sus habituales visitas la humedad del mar haría crecer el verdín y los hongos en todo, en nuestras casas, en nuestra ropa, en nuestras plantas y, si me apuran, hasta en nosotros mismos, en nuestro cuerpo y en nuestras almas. Todo el agradable frescor y humedad del tiempo de Poniente, que, de ser permanente, nos llevaría a vivir casi dentro del agua, a ser casi agua fresca en todos los sentidos, a ser lunares, es limpiado y purificado en el fuego solar del Levante. Como oí cierta vez a un hombre de campo, es un tiempo sano. Calor seco. Puedes tratar a las plantas y a las cosechas sin temor a los hongos ni a los bichos. Ni siquiera se presentan las molestas moscas ni los mosquitos. Son incapaces de volar y están refugiadas a la espera de la calma para seguir turbando nuestras siestas y chupando nuestra nutritiva sangre.
Y el pasado jueves me senté en el porche a contemplar los pinos que cubren el Campito. A ver la sinfonía de una lluvia muy especial. Era una lluvia de pinochas, de las hojas secas de los pinos. Caían a miles, arrebatadas, ya inútiles, de las ramas de los hermosos pinos, tejiendo poco a poco una alfombra tupida que cambió el verde de la yerba por el recio color arenoso de lo seco. La limpieza durará dos o tres días, pensé. Será tiempo más que suficiente para echar abajo toda hoja seca, y los pinos quedarán otras vez limpios, sanos y verdes. ¿Qué podría yo hacer si no tuviera tan buen jardinero, que me limpia los pinos, además gratis? Porque sin él las hojas seguirían secas, pero colgadas en sus ramas.
Veía los árboles curvar sus enormes ramas al son de la música levantera. En verdad no hay sonido más hermoso y estremecedor que el tañido de las copas en su elástica defensa ante el furor del tigre de Eolo. Cerré los ojos y sentí lo cercano de su naturaleza con la del mar, con Poseidón. Me pareció, de forma indudable, escuchar el bramido del oleaje rompiendo en las rocas, en las bellas tormentas de invierno. Pensé en que ambos, viento y mar, son hermanos de mismo padre y distinta madre.
Y estos árboles siempre verdes, de nidos perennes, de copas redondas, habitantes de tierras inhóspitas, protectores de suelos y de aires ¿cómo hacen para convivir amablemente con este viento furioso? Pero, pensé, ¡si es su bendición! Los limpia, los cura de viejas hojas ya inservibles, incluso de ramas que no merecían la pena conservar, porque no estaban en el plan de esplendor de su tronco. Los mantiene libre de enfermas humedades, hace sus ramas elásticas y sus piñas fecundas, la tierra nutritiva y el aire salubre.
No podríamos vivir sin Levante, descubrí. No se puede vivir solo con una madre. Porque una madre nos hace crecer, nos hace grandes, floridos, pero un padre cercena piadosamente nuestras ramas inútiles, arroja fuera de nosotros las hojas secas y nos hace fuertes para la vida. Nos hace dignos de merecer un sitio en la naturaleza y en el mundo. Para ser nido de nidos, de hombres y quizá... nido de ángeles.

viernes, 7 de noviembre de 2008
viernes, 31 de octubre de 2008
SAMURAI

Cuenta de un samurai que, ya siendo anciano y no teniendo ya la fuerza necesaria, le fue propuesto por los altos dignatarios de la justicia que ejerciera a partir de entonces como juez, toda vez que era patente y reconocida su condición humana elevada, su honradez, su prudencia y su armonía interior.
Inmediatamente se brindó a ello, pero antes de comenzar meditó largamente sobre las exigencias de su nueva labor. Debería ser justo, imparcial, insobornable, comprensivo, piadoso y veraz. Se propuso firmemente emplear estas virtudes en su labor de juez y desarrollarlas tanto cuanto le fuera posible. Consideró que ser juez de los hombres era una terrible responsabilidad, ya que, finalmente solo el Supremo podía hacerlo sin temor y con justicia, pero un hombre, solo un hombre, como él era, debería asumirlo teniendo siempre la mayor seguridad en su ecuanimidad y en su imperturbabilidad de ánimo.
Comenzó, y transcurrieron los primeros juicios. Procuró tener presente en todo momento la conciencia del estado de su ser interior, a fin de tener la mejor presencia de ánimo, de perseverar en la serenidad interior, en el equilibrio y la armonía de su centro, y de no dejarse llevar por circunstancia alguna.
Un día, durante un juicio, al que acudía, junto con otro, un hombre mal encarado, con vestiduras sucias y pobres, fue consciente por un momento de que tal sujeto le producía una leve animadversión hacia él, con lo que su ecuanimidad podría estar influida por esta turbación de su ánimo. Pidió de inmediato que le trajeran un biombo y lo colocaran ante sí, de forma que no pudiera verlo, ni tampoco ver a los otros litigantes.
Así se hizo, y a partir de ese día, siempre ese biombo se interpuso entre los que venían en busca de justicia y él mismo, que debía administrarla.
Pasó el tiempo, y tuvo el santo temor de ser injusto de alguna otra manera. Debía asegurarse –pensó- de que su ánimo permanecía imperturbable durante todo el juicio. ¿Qué hacer?
Tras largas meditaciones pensó en compaginar su tarea con alguna labor manual a la que fuera aficionado y dominara con perfección. Pensó que le sería de utilidad. Tras pensar sobre sí mismo y sus habilidades, finalmente la eligió: desmenuzaría hojas de té durante el tiempo que durara cada juicio.
Así comenzó a hacerlo. Durante toda la sesión, tras su biombo, con un pequeño balde en su regazo, desmenuzaba lentamente las hojas de té, cuyas ramas yacían a su lado en una canasta.
Los ayudantes, a los que ya les había asombrado la colocación del biombo, viendo tal extraño teatro, comentaban si el viejo samurai mantenía la cordura necesaria para su labor, y murmuraban entre ellos.
Llegó luego a oídos de su superior, el que, un día, le citó para conversar con él e interesarse por el desarrollo de su nueva función y de si la misma resultaba de su agrado e interés.
-¡Oh, sí señor! –respondió- creo que es mi deber servir como mejor pueda y sepa. Y mi espíritu de samurai me hace amar mi deber.
-Respeto, como usted sabe, samurai, su ecuanimidad y justicia, probadas largamente durante toda su vida, y respeto igualmente su servicio a la magistratura. No quisiera ofenderle con mi pregunta, pero… me perdonará si le hago una pregunta.
-Hágala, se lo ruego, señor.
-Pues es esta: ¿a qué se debe ese biombo que dispone en la sala para no ver a los demandantes?
-¡Oh! ¡Eso! Lleva razón, señor, comprendo que puede resultar sorprendente y mover a perplejidad. Se lo explicaré, señor, es fácil de comprender y estoy seguro que su prudencia hará que lo entienda enseguida.
No quiero ver el aspecto de las personas que acuden a juicio, por si, siendo bueno, me predispusiera a beneficiarlos, o, siendo malo, me indujera a perjudicarles con mis decisiones.
-¿Y las hojas de té?
-Verá, señor. Soy muy hábil desmenuzando las hojas de té. Cuando mi ánimo está sereno, la exactitud de los cortes es tal, que no puede distinguirse una brizna de otra por su tamaño. Resultan todas idénticas.
Así pues, terminado el juicio, observo detenidamente el contenido de mi balde, y, si no encuentro perfección en la labor realizada, concluyo que en algún momento mi ánimo se turbó, con lo que mi serenidad y justicia pudo verse alterada. Y tal juicio no puedo considerarlo justo ni, por lo tanto, válido.
Así pues, señor, lo anulo y ordeno repetirlo.
- Comprendo.
Ve y juzga, samurai. Veo que tu justicia se asemeja a la justicia divina. ¿Qué otra cosa puede hacer merecer más ser juez?

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