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sábado, 28 de noviembre de 2009
viernes, 6 de febrero de 2009
LA FÁBULA DE UN PERRO SABIO

Un señor va de cacería al África y lleva a su perrito. Un día, el perrito se aleja del grupo, se extravía y comienza a vagar solo por la selva.
En eso ve a lo lejos que viene una pantera enorme a toda carrera.
Al ver que la pantera lo va a devorar, piensa rápido qué hacer.
En eso ve un montón de huesos de un animal muerto y empieza a mordisquearlos.
Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito dice:
- ¡¡¡Ah, qué rica pantera me acabo de comer!!!
La pantera lo alcanza a escuchar y, frenando en seco, gira y sale despavorida pensando:
¡¡¡Quién sabe qué animal será ese. A ver si me come a mí también!!!
Un mono que andaba trepando en un árbol cercano, oyó y vio la escena.
Sin más, salió corriendo tras la pantera para contarle cómo la había engañado el perrito:
"¡Pantera estúpida, esos huesos ya estaban ahí! ¡Además, es sólo un simple perrito!"
La pantera, endemoniada, sale corriendo a buscar al perrito con el mono montado en el lomo. El perrito ve a lo lejos que viene nuevamente la pantera con el mono y se da cuenta de que este último le había ido con el chisme.
¿Y ahora qué hago?, piensa todo asustado. Entonces, en vez de salir corriendo, se queda sentado dándoles la espalda, como si no los hubiera visto, y cuando la pantera ya estaba cerca para atacarlo de nuevo, el perrito exclama:
¡¡¡ Este mono hijueputa, hace como media hora que lo mandé a traerme otra pantera y todavía no aparece!!!
De nuevo la pantera frena en seco, gira y sale despavorida, claro, no sin antes desquitar su ira y su hambre con el mono.
Me lo mandó un amigo, desconozco su autor.
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sábado, 6 de diciembre de 2008
EL CAMIÓN

Era la habitación de las verbenas. Siempre la recuerdo vacía, solo las paredes y una bombilla desnuda, como araña colgada de su hilo. En aquella casa todo era distinto. Las reglas eran otras, y los niños eran niños. ¡Cuánto no pasaría Carmen! ¡Cuánto pasaría Javier! Pero eran personas de natural afables y cariñosas. No eran dramáticos y en el fondo no se alteraban. Seguro que al día siguiente estarían contando a cualquiera, entre risas, las trastadas de sus hijos.
Cuando Alfonso le quitaba los calcetines a su padre para hacer una pelota, rellenándolos de papel arrugado de periódico. O cuando, por el patinillo habían tirado cualquier cosa a María, que lavaba la ropa en su monumental lebrillo de barro. María..., la recuerdo toda de negro y arrugada, madre de la madre de mi vecina, soltaba por su boca cualquier cantidad de insultos propios de la tierra. Pero, ...eran niños.
Creo que se llamaba Ramón, pero no lo recuerdo bien. Mi infancia está cubierta de una niebla densa y gris, de frío y de tristeza. De ojos nuevos asombrados y abiertos a un mundo inexplicable. Ramón era mayor que yo, para mí mucho mayor. Yo tendría seis años, quizá él doce. Y me dijo que me haría un camión para mí, para jugar.
Estábamos en el cuarto de las verbenas. Porque allí montábamos lo que llamábamos verbenas. Nos llevaba mucho tiempo. Había que fabricar las cadenetas, y se hacían con rollos de serpentinas. Ir cortando y pegando y haciendo eslabón por eslabón. Pero éramos muchos. Las cadenetas iban de lado a lado. Y al centro. Una vez montado el adorno, lo cierto es que no recuerdo bien en que consistía la fiesta. Aunque casi siempre al final llegaba Alfonso con una escoba y en segundos lo echaba todo abajo. Le gustaba fastidiar. Pero no pasaba nada.
Ramón trajo dos sillas y una caja de madera. Tumbó en el suelo las sillas y con la caja encima terminó el camión. Y me habló de él. De lo que podía llevar, de lo fuerte que era y cosas así. Aquél era mi camión y me lo había hecho a mí.
Es el único recuerdo de mi infancia en que mi imaginación voló a lugares donde todo es posible, donde la realidad se transforma mágicamente.
Y aún hoy día, aquél camión está en un rincón de mi alma, señalándome la puerta por donde los niños entran en el mundo de los sueños.

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