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martes, 11 de mayo de 2010

AZOTEAS DE CÁDIZ



En Cádiz, las casas comienzan en la casapuerta, nombre gaditano de zaguán, que se dice en algunos sitios “SanJuan”, quizá porque crean que es un nombre más acorde y más bonito que el otro, y para mí que es así. Y, comenzando por la casapuerta, termina en la azotea, también llamada terraza en otros lugares, pero aquí tomó su hermoso nombre del árabe. No se hicieron aquí las casas con techo de tejas porque no hay nunca peso de nieve que soportar. Así que las casas tienen dos espacios comunes, el patio y la azotea.

En nuestros días, las azoteas tienen poca utilidad, y por lo tanto, poca historia, no así en mis tiempos de niño y adolescente. En esos años, la azotea era como un lugar de encuentro de los vecinos, aún más que el patio central de la casa.

Había en ellas un pequeño cuarto donde los vecinos lavaban la ropa, el lavadero. Lo presidía un gran recipiente circular de barro que se llenaba con agua, el lebrillo, se colocaba una tabla de madera de superficie ondulada y se restregaba la ropa mojada con jabón verde, antaño el único disponible, y hoy muy apreciado e imitado por su naturaleza neutra y su eficacia limpiadora. Ese era todo el equipamiento del magnífico artilugio, probablemente traído a Al-Andalus supongo que por los árabes, quienes trajeron casi todos los refinamientos en materia de limpieza e higiene.

Y ¡qué de historias sabía el lavadero! ¡si el lebrillo hablara…! Bueno, al fin y al cabo era normal. Ese cuarto solo se usaba por las mañanas o por las tardes hasta que se ponía el sol, porque no era usual que hubiera bombilla. Pero luego por la noche, y oscuro… ya se sabe, los niños son niños, pero luego crecen, claro y…, bueno, es fácil imaginar. Para mí que más de un gaditano fue fabricado en un lavadero y nacería con una fragancia a jabón verde y a ropa limpia envidiable.

Luego cayó en desuso y hoy en día solo se consiguen sus elementos en algunos anticuarios a precios exorbitantes. Tan raro se ha vuelto ver uno que no he podido encontrar una sola imagen de un lebrillo en el buscador de Google. De la tabla de lavar sí que he encontrado, y me parece que sé porqué. En casi todos los pueblos había un riachuelo cercano, donde se iba a lavar, pero en Cádiz, casi una isla, como no se lavara con agua de mar… así que se necesitaba un recipiente, el lebrillo.

Pero ¿y el agua dulce? porque entonces no llegaba el agua a la azotea, y las casas solo tenían un solo grifo, en la cocina, así que para coger agua era preciso avisar a todos los vecinos de los pisos inferiores para que cerraran los suyos. La solución era subir en cubos agua del aljibe que estaba… ¡en el patio! Eso eran otros tiempos, en los que las señoras no necesitaban ir al gimnasio.

Una vez limpia, y tras el remojo en agua azulada con añil, la ropa se escurría bien y se ponía a solear en la azotea. Había que evitar que el levante hiciera de las suyas, para lo que se le colocaban encima unos pesados pelotes, redondos como cocos, que aún hoy no se de donde se sacaban. Luego ya se le sacudiría el polvo que inevitablemente hubieran acumulado.

Pero, claro, estábamos también los niños, y ocurría que la azotea era nuestro improvisado campo de fútbol, en el que celebrábamos un día sí y otro también un partidito entre los vecinos.

Yo era un niño, pero participábamos todos, incluso Eulogio, el ditero, que era ya más que talludito. Y claro, había que evitar pisar la ropa, pero… en el fragor del partido… a punto de meter un gol, la ropa acababa con las huellas de nuestro ajetreo, con la consabida reprimenda de nuestras esforzadas madres y alguna que otra esposa.

La pelota, por llamarle de alguna manera, no era ni siquiera de trapo. Las hacía Alfonso, quien, aprovechando un descuido de su madre, despistaba un calcetín de su padre, el cual, relleno de papel de estraza, cosido, vuelto, y otra vez cosido, hacía las veces de balón. Pero no era de cuero, y cuando alguien la pisaba en una atrevida jugada se convertía en algo parecido a una tortilla, que más que rodar, era arrastrada.

Las más de las veces acababa en la azotea de un vecino. -¡Ya la has embarcao!- se escuchaba, palabra marinera que significaba que se había ido allende los mares, en nuestro caso a un lugar inaccesible. A veces se la rescataba, con el riesgo de mi hermano mayor, que era experto en bajar y subir bajantes de agua, y la de un vecino, que saltaba con la facilidad de un hombre del circo de azotea en azotea. Y si no era posible rescatarla, pues… al padre de Alfonso aún le quedaban calcetines en el cajón…

Y las macetas, ¡que decir de las macetas! Las azoteas estaban repletas de macetas, a cual más florida y sana. Yo no sé como eran capaces las mujeres de mantenerlas así. ¡Subían el agua del aljibe, a cubos, desde el patio, para regarlas! Y es que en Cádiz, si el levante se mantiene vivo y soplando más de dos días era seguro que todas morirían. Era un milagro, el milagro del esfuerzo y del cariño. Antes se dejarían morir ellas que se les muriera una planta.


Y estaba también el “patinillo”, un pequeño hueco que atravesaba la casa desde la azotea hasta el pequeño patio del piso bajo. Calculo que a lo sumo tendría seis metros cuadrados. El patinillo era también una pieza fundamental en la casa. Como todas las casas tenían acceso a él a través de un gran ventanal en la cocina, las señoras de la casa podían charlar por el hueco durante sus faenas del hogar. Y lo hacían durante horas, casi de continuo, yo diría que todo el día, menos en las horas de ir a la plaza. Se despotricaba de los maridos, se hablaba de los hijos, de lo que a cada una se le había ocurrido hacer ese día de comer, de cómo estaba la plaza y el pescado, y de todo lo que constituía por aquél entonces la vida cotidiana, sin televisión, sin prensa rosa, sin famosos, en días de mucho trabajo y angustias, pero de poco tiempo desocupado que ocupar con frivolidades y con poco espacio para ocupar con intereses extraños y con vicios degradantes.

Mucho trabajo y penuria, pero menos estrés y menos pensamientos circulares y obsesivos. No tenían energías sobrantes que dedicar a la ociosidad, la que, como se sabe, si no la ocupa Dios, la ocupan los demonios.

Ya cerca de la azotea, el patinillo se cubría con una reja, para evitar así el peligro de caída de las personas, sobre todo de los niños. De los niños, pero no de las pelotas, que se nos caían cada dos por tres hasta el piso bajo. Y en el piso bajo María había colocado su lebrillo de lavar particular, para no tener que subir al lavadero. En cada partido era casi seguro que una pelota caía en mitad del lebrillo de María, madre de Enriqueta, que era madre de Loli.

María era una viejecita enérgica y trabajadora, y de muy mal genio. Cuando una pelota estallaba ante sus narices en el agua del lebrillo, estropeando el lavado y salpicándola, a ella y a todo en derredor, María nos abrumaba con todo tipo de epítetos a cual más grave acerca de nosotros, de nuestros padres y de nuestros antepasados. Pero se le pasaba pronto el enfado, y el momento nos daba para muchas risas. Los niños… éramos niños, pero… ¡qué niños!

Las aventuras más excitantes eran los recorridos por toda la manzana de casas, de azotea en azotea. Aún hoy me resulta inexplicable que no ocurriera al menos una fractura de hueso, porque el recorrido era similar al de un escalador de montaña, pero aún más arriesgado, porque nadie llevaba ni arnés ni cordajes. Era a pelo. Unas veces se escalaba una pared, otra se trataba de dejarse caer a una azotea más baja, o también en descender por un bajante, y las peores consistían en saltar en el vacío de un pretil a otro de una casa adyacente. Creo que nos sentíamos como Tarzán en la selva, eso sí, sin lianas y ni taparrabos. No había azotea que nos fuera extraña. La más visitada era la contigua, ya que solo había que franquear un muro de unos tres metros. Esa azotea la coronaba una torre mirador, de las muchas que proliferan por todo Cádiz. Estaba de pié, pero en ruina, y era uno de los fantasmas de nuestras madres, quienes una vez y otra nos advertían:
-No os vayáis a subir a la torre, que está apunto de caerse…
Pero lo prohibido tiene un encanto irresistible, así que… aún siendo un lugar fantasmagórico y ruinoso, la subíamos con frecuencia.

Mucho después empezaron a llegar las primitivas lavadoras, y los niños dejamos de serlo. Y la azotea se quedó sola y tranquila, decorada con sus pacíficas y silenciosas macetas, y quizá, pienso yo, echando de menos nuestras visitas, nuestra alegría, nuestra inocencia, nuestras pisadas y nuestra compañía.

Pero también nosotros nos la quedamos en nuestros corazones para siempre, como un lugar donde dejamos gran parte de la infancia y donde vivimos nuestras mejores aventuras y nuestros mejores juegos.




sábado, 6 de diciembre de 2008

EL CAMIÓN

 

Era la habitación de las verbenas. Siempre la recuerdo vacía, solo las paredes y una bombilla desnuda, como araña colgada de su hilo. En aquella casa todo era distinto. Las reglas eran otras, y los niños eran niños. ¡Cuánto no pasaría Carmen! ¡Cuánto pasaría Javier! Pero eran personas de natural afables y cariñosas. No eran dramáticos y en el fondo no se alteraban. Seguro que al día siguiente estarían contando a cualquiera, entre risas, las trastadas de sus hijos.

Cuando Alfonso le quitaba los calcetines a su padre para hacer una pelota, rellenándolos de papel arrugado de periódico. O cuando, por el patinillo habían tirado cualquier cosa a María, que lavaba la ropa en su monumental lebrillo de barro. María..., la recuerdo toda de negro y arrugada, madre de la madre de mi vecina, soltaba por su boca cualquier cantidad de insultos propios de la tierra. Pero, ...eran niños.

Creo que se llamaba Ramón, pero no lo recuerdo bien. Mi infancia está cubierta de una niebla densa y gris, de frío y de tristeza. De ojos nuevos asombrados y abiertos a un mundo inexplicable. Ramón era mayor que yo, para mí mucho mayor. Yo tendría seis años, quizá él doce. Y me dijo que me haría un camión para mí, para jugar.

Estábamos en el cuarto de las verbenas. Porque allí montábamos lo que llamábamos verbenas. Nos llevaba mucho tiempo. Había que fabricar las cadenetas, y se hacían con rollos de serpentinas. Ir cortando y pegando y haciendo eslabón por eslabón. Pero éramos muchos. Las cadenetas iban de lado a lado. Y al centro. Una vez montado el adorno, lo cierto es que no recuerdo bien en que consistía la fiesta. Aunque casi siempre al final llegaba Alfonso con una escoba y en segundos lo echaba todo abajo. Le gustaba fastidiar. Pero no pasaba nada.

Ramón trajo dos sillas y una caja de madera. Tumbó en el suelo las sillas y con la caja encima terminó el camión. Y me habló de él. De lo que podía llevar, de lo fuerte que era y cosas así. Aquél era mi camión y me lo había hecho a mí.

Es el único recuerdo de mi infancia en que mi imaginación voló a lugares donde todo es posible, donde la realidad se transforma mágicamente. 

        Y aún hoy día, aquél camión está en un rincón de mi alma, señalándome la puerta por donde los niños entran en el mundo de los sueños.        
        

viernes, 10 de octubre de 2008

CÁDIZ, RITOS DE INICIACIÓN

De UN PASEO POR CÁDIZ


Cada pueblo tiene sus ritos de iniciación especiales. 
Esta escena muestra uno de los ritos gaditanos.

Foto: Andrey Badirev

sábado, 2 de agosto de 2008

LA BUGANVILLA

En la plaza de San Antonio de nuestra pequeña isla hay una buganvilla. Y, cualquiera que acabe de leer la frase anterior dirá: “Joé, pos no hay buganvillas por tós laos... er gachó este parece que no ha visto ninguna en su vida...” Pues no, no conozco ninguna igual. Como esta, no. Porque no es como cualquier otra, y todo el que vive en nuestra tierra desde hace suficientes años inevitablemente la ama. Porque nos acompañaba en nuestra infancia y en nuestros juegos, junto al puestecito de Dolores, donde, con dos gordas de pipas o de algarrobas ya teníamos para echar la tarde. Y en nuestra adolescencia sonreía complaciente, gozando con nuestros primeros amores de piel de acné, y hasta es posible que se emocionara con los besos furtivos robados a nuestra primera amante. Acompañó nuestros pasos cuando nos miraba pasar con el blanco de Corpus de nuestras madres, blanco de los zapatos al cuello, blancas también nuestras almas. Y más tarde nos vio cruzar la desolada, blanca y enorme plaza con nuestro flamante terno, camino del Carmen, sudando todo lo que se puede sudar, pero sintiéndonos ya hombres, hombres importantes. Dio la bendición a nuestra primera novia... y a las siguientes. También bendijo a nuestros hijos. Y ahora mira con ternura a nuestros nietos, recordando sonriente el torpe caminar de nuestros primeros pasos. Y está ahí, como siempre, como el más patente símbolo de lo eterno, como un certificado de que nuestra vida existió de verdad. Nos muestra la permanencia en el tiempo, la continuidad del hilo invisible que nos ensarta como cuentas de collar, y nos asegura y recuerda cada camino, cada recodo, cada senda de nuestra vida. La suya fue tormentosa, no fue fácil. Cualquiera otra nos hubiera abandonado para siempre, hubiera desertado, hubiera desfallecido. Y, al menos yo, no lo hubiera podido sobrellevar. Me detengo junto a ella a veces, esperando el paso de un anciano benigno, de los que aman lo inmutable. Y lo abordo sin temor, porque nunca me he topado con ninguno de ellos que no la amara. Y hablamos de ella como de una amante, de su compañía, de su afortunada existencia... y siempre concluyo que todos la llevamos en el rincón donde viven los más blancos recuerdos. Porque en ella está toda nuestra vida, todos nuestros amores y todas nuestras penas, nuestros deseos y todos nuestros pasos. Hemos visto cómo la podaron brutalmente, lo que no consiguió más que estimularla a su lucha por nuestra compañía. Cómo encerraron su viejo tronco bajo un triste y gris cemento asesino. Pero no le importó, porque seguramente su alimento fue siempre nuestro amor, y sus raíces nuestros pechos. Su tierra, otrora placentero recinto de amarillo albero robado al sol implacable de su casa, es ahora de cerrado y muerto hormigón, que aprisiona su tierno abrazo a la tierra que en su día eligió. Pero yo sé que mi buganvilla, nuestra buganvilla, vivirá para siempre. Sé que, igual que me dio la bienvenida cuando la vi por primera vez con mis ojos limpios, me dirá su último adiós cuando me llamen del otro lado. Y también sé que la última imagen de mi alma en tránsito será para ella, porque es cielo, es eternidad y es, y ha sido... toda mi vida.

sábado, 7 de junio de 2008

CABALLITO BLANCO




Tengo, tengo, tengo,
tu no tienes nada,
tengo tres ovejas
en una cabaña.

Una me da leche
Otra me da lana
Y otra me alimenta
Toda la semana.

Caballito blanco
Llévame de aquí,
Llévame hasta el pueblo
Donde yo nací.

Esta canción infantil, cuyo origen desconozco, la aprendí cuando aún mi hijo era pequeño. Y siempre recuerdo que los últimos versos, los del caballito blanco, siempre terminaban empapando mis ojos de lágrimas. Nunca supe el porqué.

Y el otro día estaba sentado en el salón de mi casa, y mi mirada tropezó con un pequeño cuadro que hay en él. Es un conocido cuadro del Sr. Sorolla, que representa un caballo blanco llevado por un niño desnudo en la orilla de la playa. Es una bella pintura, que volvió a iluminar en mi alma mi caballito blanco. Y enseguida quisieron acudir mis lágrimas. Pero no quise que fueran estériles, y me pregunté qué cuerdas de mi violín son las que resuenan con el pequeño canto.

Pensé muchas cosas. Llamé a la puerta de mis recuerdos perdidos. Rebusqué entre los cajones de mis seres pasados. Volví a mirar a los ojos de mis propios antepasados.

Rebusco (siempre lo hago con miedo) en los días de mi infancia. Y me vi siendo un extraño. Perdido en un mundo que nunca entendía (tampoco nadie trataba de explicármelo) Me recuerdo como un niño de mirada triste y seria, acompañado siempre por una extraña congoja. Mirando con asombro y desconcierto lo que sucedía a mi alrededor, siempre temeroso, siempre como venido de otro lugar a un lugar que no comprendía.

Caballito blanco, llévame de aquí, llévame hasta el pueblo donde yo nací.

Quizá nunca me abandonó el hálito que me rodeó desde mi nacimiento. Recuerdo a mi alrededor una atmósfera fría y etérea, como supongo debe ser el aire de las estrellas. Oscuro, pero de negro puro. Seguramente los niños, envueltos en el aire cálido de la vida pronto se desprenden de su cáscara sideral. Yo, seguramente, para mi bien o para mi mal, aún la conservo.

Y quiero volver a mi pueblo. Que me lleve el caballito blanco. A mi lugar, a mi casa.