Cualquier forastero no informado pudiera pensar que los hombres de Cádiz
son de por sí guerreros, amantes de la guerra. Y lo digo porque al
doblar cualquier esquina se encuentra, marcando el ángulo de las dos
calles, un antiguo cañón empotrado.
Y sí que lo somos, y
bien, pero, eso sí, sólo si alguien aparece por aquí con no muy buenas
intenciones, a darnos la vara. El mismo Napoleón pudo comprobarlo
acremente. Desde entonces fue nuestro “vajancia”. Fuimos el único
territorio español que no consiguió pisar el francés.
Pero
si el que llega mantiene las buenas maneras, entonces el gaditano es el
más hospitalario, el más cariñoso y el más servicial. Se diría que
cualquiera es de su familia, y lo trata como tal, como a su primo o a su
cuñado, con la misma atención y con la misma ausencia de etiqueta. Si
pregunta por cualquier sitio le acompaña hasta señalárselo con el dedo,
si quiere comprar algo enseguida lo lleva a la tienda de su compadre,
que le atenderá de lujo. Si lo que apetece es dormir calentito, pues le
encuentra el lugar adecuado. Además cuenta con la ventaja de entenderse
en veinte idiomas (por señas)
Pero resulta que Cádiz fue
la puerta de entrada de la riqueza americana, y para cualquier pirata,
era algo así como el Dorado europeo. Flotas que enarbolaban la bandera
negra de los huesos y la calavera, y alguna que otra bandera nacional de
países muy envidiosos y con pocos escrúpulos, asediaron, asaltaron y
saquearon nuestra ciudad en varias ocasiones. Y hubo que amurallarla y
cubrir sus murallas con cañones de artillería.
Así llegó
Cádiz a convertirse en una auténtica fortaleza, donde sólo había una
puerta para entrar por tierra, La Puerta de Tierra. Por mar era
prácticamente impensable. Y gracias a eso, nuestra ciudad mantuvo casi
intactas sus edificaciones, sus calles, sus iglesias y sus palacios. Más
destruyó luego la piqueta de Don Dinero que todos los que intentaron
robarnos las riquezas americanas entrando a saco.
Pero
Cádiz dejó, con el tiempo, de ser puerta de las Américas, las Américas
dejaron de ser tributarias de nuestro Reino, y la armada y su artillería
se modernizaron. Las murallas y sus cañones ya no podían protegerla, y
ni falta que hacía. De este modo, las hermosas murallas, poco a poco y
hasta hoy, han sido, y son, balcones al mar para delicia de propios y
extraños, lugares idóneos para arrojar “la anguá” y colocar la caña de
pescar, y diván improvisado para amantes que gustan de amar a la luz de
la luna.
Y aquellos cañones que tronaron una y otra vez
ofreciendo su fuego a los que, sin el menor rubor, se nos acercaban a
robarnos, esos temidos cañones de Cádiz, que ahuyentaron a flotas de las
mas variadas banderas, pasaron a cumplir en su jubilación tarea más
humilde. Protegieron nuestras esquinas de los golpes de los coches de
punto que pululaban nuestras calles y plazas, porque, ya se sabe,
siempre han habido locos conduciendo.
Y hoy, cuando me
acerco a alguno de ellos, los acaricio con cariño y agradecimiento,
consciente de que una vez nos protegieron, salvaron el pellejo de
nuestros bisabuelos y las fachadas de nuestras bellas casas e iglesias.
Ahora estás jubilado, hermoso y gallardo cañón, pero mereces bien
tu benigno descanso. Y es seguro que tendrás infinitas historias que
contar a cualquier gaditano o forastero amante de nuestras cosas que se
moleste en preguntarte, como el nieto le pregunta a su canoso y plácido
abuelo.