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lunes, 16 de noviembre de 2015

MARIPOSAS...







¿Hasta cuando? ¿Hasta cuando aguardarán mis mariposas? ...
No lo sé, quizá deban aguardar a que se sequen mis lacrimales
y la última lágrima sea absorbida por la arena
del desierto por el que camino.

Esa manera heroica de crecer no es buscada, sólo aceptada y sentida fecunda, pero no deseada.
Pero el camino lo exige. Y es mi única responsabilidad.

Sueño con compartir la vereda, pero pocas son las almas solitarias que me cruzo.
Y sueño con los amores compartidos y los dolores compartidos, y los sueños compartidos.

Pero no me es dado exigir mis sueños,
ni quiero tampoco arrancarme el corazón y echarlo,
lo quiero echar en los cuencos ansiosos de mis hermanos solitarios,
en los corazones que esperan el agua negada de los mayos.

Pero somos pocos... somos muy pocos...

Somos pocos los que aceptamos el desierto y las largas y solitarias caminatas...
Buscando... buscando... buscando nuestra Dulcinea.
Y sin Sancho, y sin bálsamo de Fierabrás para curar nuestras heridas...

No falta menos. Falta lo mismo.
Estamos detenidos en el instante permanente,
esperando encontrarnos la escala de Jacob
y prestos a la lucha cuerpo a cuerpo con su ángel guardián.

Pero estoy preparado. El dolor no me asusta, y la soledad es mi permanente compañera.
Quizá sea un estúpido, pero solo espero un día merecerme
volcar de un golpe mis semillas,
mis lluvias y mi trabajo sobre una tierra fértil que quiera cosechas y labrador.

No es mi cuestión decidir el momento.
Mi deber solo es estar preparado.



sábado, 24 de octubre de 2015

OTOÑO



Los ciclos de la Naturaleza transcurren uno tras otro. Su vida es así. Sigue sus leyes, las grandes leyes del Universo. Al igual que la Tierra y el Cielo, al igual que los planetas, los soles, las galaxias… y el Hombre. ¿Cómo podría no ser así?

Vivimos un día la explosión de la Primavera. A su llamada nacieron, tras el Invierno, las yerbas y plantas, y se calentó la tierra con su calor, despertaron los animales del letargo, las frías nieves hicieron nacer los arroyos. Todos se dispusieron a la fiesta, todos, como por arte de magia, dispuestos a mostrar la grandeza del Sol, padre de todos.

Crecieron y maduraron, hasta el Estío, hasta su plenitud. Las espigas hicieron sus granos, los árboles sus frutos, de los capullos surgieron las mariposas, y de los infinitos huevos de la primavera los infinitos seres que pueblan la Tierra. Con nueva fuerza, con nuevo entusiasmo, con nuevos fines renovados. Por la magia de la alegre Naturaleza.

Las semillas del anterior otoño despertaron en el seno de la tierra, y pacientemente, durante meses, vivieron un largo proceso de germinación, de transmutación. Cada semilla fecunda, padre y madre, hizo nacer dentro de sí un nuevo ser, alimentándose de sí misma. Se puso en contacto con la tierra y el agua y abrió pequeñas raíces hacia fuera de sí misma, en busca de la vida. Poco a poco, habiendo cumplido su misión, murió, pero su muerte fue solo aparente. Solo se había transmutado en un nuevo ser, que buscaría, ya fuerte, su propio sol.

Hoy es otoño, y es preciso comenzar la tarea de este ciclo. Ahora la vida será oculta a nuestros ojos. Gloriosa y generosa antes, ahora oculta y mágica, en las entrañas de la tierra, debe prepararse para la futura primavera, en un trabajo interno y misterioso.

Atravesará el otoño en su trabajo, y también el invierno, descanso de la Naturaleza antes de un renacimiento con más brío.

De la misma manera, por la misma Ley, llega el otoño a nuestro ser interior. Los días de expansión y gozo, de flores y frutos han dejado en nosotros sus semillas. Ahora es el momento de sembrarlas, con cariño, con esperanza, con alegría, porque sabemos que no las enterramos para que mueran, sino para que nazcan otra vez, y mejores. Y deberemos cuidarlas con cariño, porque son nuestro futuro. Regarlas, cuidar de los bichos y del frío, velar por ellas todos los días. Echarán raíces en nuestra tierra interior, en nuestro jardín, y nuestro entusiasmo, alegría y voluntad serán el agua que las alimentarán,

El calor de nuestra energía y de nuestro amor las harán crecer, y nuestro invierno las fortalecerán. Y cuando les llegue el momento, en los días en que Perséfone vuelve a la luz, ya estarán listas para formar parte de la gran sinfonía, en el gran Te Deum de la nueva Naturaleza.

No son simplemente semillas, son, y serán también, los habitantes futuros de nuestro paraíso interior.

Amigos sembradores, sembremos con alegría y esperanza. Nuestra tierra lo espera.




domingo, 31 de enero de 2010

BENDITO SEMBRADOR





Sembraron en mí semillas
cuando yo ya creía
que mi tierra era estéril,
pedregosa y árida.

Invierno y otro invierno,
sin brotes en primavera,
sin esperanza casi,
casi sin fe.

Estiércol y estiércol,
araron y araron,
lluvia en otoño,
sol en primavera.

Pasaron los ciclos,
mi tierra yerta,
mis ojos ciegos,
mi palabra muerta.

Un día, una luz
alumbró mi frente.
Y oí una voz.
¡Eres labrador!

Tomé mi azada,
amé mi tierra,
miré hasta el sol,
y comprendí.

Nueva primavera
llegó, y entendí.
Los brotes surgieron,
y luego crecieron.

Bendije semillas,
labrador y azadón.
Bendije los brotes...
bendije al sembrador.









miércoles, 30 de diciembre de 2009

PACIENCIA



Hoy quiero reflexionar sobre la paciencia, porque es una fuerza del alma olvidada y denostada en nuestros tiempos, lamentablemente. Se ve que los predicadores lo han explicado mal, quizá porque tampoco llegaron a entenderla, ni a darle el inmenso valor que aporta al ser humano.

Y creo que es necesario descubrirla y, además, aprenderla y desarrollarla en nuestro ser interior, porque, al decir de Aristóteles, es una virtud moral, que no intelectual, y por lo tanto no se conquista por la mente, sino por el esfuerzo del hábito consciente, constante y perseverante.

A mi parecer no es conformismo, ni esfuerzo que se hace por necesidad, de mala gana, por la imposibilidad de obtener resultados inmediatos de nuestros actos. Tendríamos que aprender de la Naturaleza para comprenderla.

El sembrador no espera tener un árbol dándole frutos al día siguiente de meter la semilla en tierra. Cualquier hombre de campo se reiría si le dijéramos que queríamos eso. ¡Absurdo! –diría-, todo lleva su tiempo. Pero los hombres de ciudad no lo entendemos. No sabemos ni de tiempos, ni de ciclos, ni de casi nada de la vida natural. Han querido convencernos de que el resultado de nuestro trabajo puede y debe ser inmediato. De otro modo, simplemente, no merece la pena.

Pero el sembrador sabe que, para obtener más grandes resultados a veces no es necesario esfuerzos más grandes, sino mayor paciencia. Y, además, no le molesta esperar. Disfruta con cada paso que da su árbol en el desarrollo de su ser. Así, ama la semilla, ama el brote primero, ama la infancia, la juventud, y la madurez de su futuro árbol, como ama sus flores, los insectos que las fecundan, y finalmente, sus frutos.

Muchos cuadros famosos he visto del sembrador, y en casi todos, el pintor, claramente con intención, lo ha presentado haciendo su labor a la puesta del sol. Seguramente será porque el ocaso de la vida es el tiempo del hombre en el que comprende mejor el valor de la paciencia, y se tienen las ansias de que algo viva para beneficio de los demás cuando él falte…

Esto es algo muy sugerente. Siembra para un futuro que no vivirá.
¿Hay actitud más generosa? ¿Hay mayor prueba de amor?

Está claro que la paciencia nace del amor, y de todas sus potencias. El que ama llega a desarrollar la comprensión, comprende lo que es la fe en sus actos, es humilde, y deposita la esperanza del fruto de su trabajo en el altar de los dioses.

Él es solo su mano.



martes, 26 de mayo de 2009



No.

No huiré de mi dolor.
Quiero sembrarlo en los surcos abiertos de mi piel,
hasta que mis lágrimas, en ríos presurosos,
puedan despertar las escondidas semillas de mi alma.

Y sólo cuando los tiernos brotes sean fuertes a los vientos,
podrá, la fuerza fecundante de su esencia,
terminada su labor, dura pero santa,
resumirse en el descanso oscuro del olvido.

No otra cosa hace la pequeña semilla germinada
cuando en dolor y en esfuerzo
abre en dos la piel dura de la tierra
para abrazar libre el espacio del aire y del sol.

Como la dulce ostra, que no rechaza su dolor,
y cubre al intruso con lo mejor de su ser
hasta hacerlo perla de su dolor
y dar su belleza al amante afortunado.

Como la tierna luna, delicada y serena,
que esconde su belleza humilde
en los cegadores rayos de su padre celeste,
mas feliz alumbra las dolorosas horas.

Así seré, en mi dolor, mi maestro.
Humilde aceptaré su amoroso abrazo
en la feliz confianza serena
de su ánimo purificador y glorioso.