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domingo, 9 de abril de 2017

UN CÉNTIMO



Dedicado a mi querida amiga Altea





Estaba en El Florín cumpliendo mi rito matinal del café despertador y del Diario, que leo con un interés que a mí mismo me sorprende. Aquello estaba lleno de gente, a pesar de la hora temprana. Busqué mesa, y sólo encontré una que estaba llena de vasos vacíos y restos de comida. Me hice un sitio y esperé pacientemente el café y que me limpiaran la mesa. Los camareros estaban agobiados.

Mientras esperaba miré alrededor distraídamente y vi un céntimo en el suelo. Observé a la gente que pasaba por su lado. Al parecer nadie reparaba en él. También podría ocurrir que alguien lo viera y pensara: -¡Bah!, sólo es un céntimo.

Al rato, me agaché, lo cogí, y lo puse en mi mesa. Al poco vino el camarero, recogió los restos del desayuno ajeno, pasó un trapo, pero... dejó el céntimo en la mesa.

Tenía ya el Diario abierto y el café esperándome, pero cogí el céntimo y lo observé. No era de oro falso y plata falsa, como la moneda de euro. Solo era de humilde cobre. Era pequeña, muy pequeña, si acaso como un botón de camisa.

Me quité las gafas (soy miope) y la miré de cerca por ambas caras. Y quedé sorprendido. No tenía efigie de reyes. No tenía mapas de pueblos opulentos. No tenía siquiera adornos en su canto. En suma, vista de lejos era sumamente insignificante. Pero yo procuré quitarme mis gafas de la vida y mirarla con detalle, tratando de resolver su misterio.

Y vi una de sus caras. Era una catedral, la fachada de una espléndida catedral. ¡Vaya! Que cosa podría ser más grande que una catedral, atemporal, sagrada, casa y templo de sentimientos puros. Descanso del viajero en el tortuoso camino al cielo lejano.

Sorprendido le di la vuelta. Esperaba el mapa de los pueblos ricos y “de progreso”. Pero no. Tenía una imagen del planeta Tierra. ¡Incluso estaba África! Allí estaba toda la Humanidad. Los que malgastan inútilmente la riqueza y los que nunca conocieron siquiera la existencia de un grifo. Los sumamente tontos y los sumamente listos. Los cobardes y los valientes. Los hombres de todos los colores. Los esclavos y los traficantes de esclavos. Todos allí, en la pequeña moneda de céntimo.

La guardé en mi bolsillo, después de limpiar la suciedad de los que la pisaron, de los que la ignoraron y de los que la despreciaron. Y ahora la tengo delante de mí, como mi símbolo, como mi despertador, como mi pequeña y gran amiga.

Ahora no es un céntimo. Es mi céntimo.





miércoles, 30 de diciembre de 2009

PACIENCIA



Hoy quiero reflexionar sobre la paciencia, porque es una fuerza del alma olvidada y denostada en nuestros tiempos, lamentablemente. Se ve que los predicadores lo han explicado mal, quizá porque tampoco llegaron a entenderla, ni a darle el inmenso valor que aporta al ser humano.

Y creo que es necesario descubrirla y, además, aprenderla y desarrollarla en nuestro ser interior, porque, al decir de Aristóteles, es una virtud moral, que no intelectual, y por lo tanto no se conquista por la mente, sino por el esfuerzo del hábito consciente, constante y perseverante.

A mi parecer no es conformismo, ni esfuerzo que se hace por necesidad, de mala gana, por la imposibilidad de obtener resultados inmediatos de nuestros actos. Tendríamos que aprender de la Naturaleza para comprenderla.

El sembrador no espera tener un árbol dándole frutos al día siguiente de meter la semilla en tierra. Cualquier hombre de campo se reiría si le dijéramos que queríamos eso. ¡Absurdo! –diría-, todo lleva su tiempo. Pero los hombres de ciudad no lo entendemos. No sabemos ni de tiempos, ni de ciclos, ni de casi nada de la vida natural. Han querido convencernos de que el resultado de nuestro trabajo puede y debe ser inmediato. De otro modo, simplemente, no merece la pena.

Pero el sembrador sabe que, para obtener más grandes resultados a veces no es necesario esfuerzos más grandes, sino mayor paciencia. Y, además, no le molesta esperar. Disfruta con cada paso que da su árbol en el desarrollo de su ser. Así, ama la semilla, ama el brote primero, ama la infancia, la juventud, y la madurez de su futuro árbol, como ama sus flores, los insectos que las fecundan, y finalmente, sus frutos.

Muchos cuadros famosos he visto del sembrador, y en casi todos, el pintor, claramente con intención, lo ha presentado haciendo su labor a la puesta del sol. Seguramente será porque el ocaso de la vida es el tiempo del hombre en el que comprende mejor el valor de la paciencia, y se tienen las ansias de que algo viva para beneficio de los demás cuando él falte…

Esto es algo muy sugerente. Siembra para un futuro que no vivirá.
¿Hay actitud más generosa? ¿Hay mayor prueba de amor?

Está claro que la paciencia nace del amor, y de todas sus potencias. El que ama llega a desarrollar la comprensión, comprende lo que es la fe en sus actos, es humilde, y deposita la esperanza del fruto de su trabajo en el altar de los dioses.

Él es solo su mano.