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domingo, 14 de marzo de 2010

FICUS DE CÁDIZ





Los ficus de Cádiz son, y han sido siempre, compañeros fieles y constantes de todo gaditano, al menos de todos los que seguimos vivos y coleando en esta bendita ciudad tres veces milenaria.

Dicen que los trajeron desde el otro confín hasta su madre gaditana dos dulces monjitas misioneras, quienes, me figuro, le dieron sus mimos en la larga travesía, quizá aún viviendo su infancia verde en pequeñas macetas de barro. Puede ser que ni siguiera imaginaran la buena y alegre vida que tendrían en esta su nueva tierra, junto al mar, a los pies de las aguas de La Caleta y asomados a la bahía azul por encima de la balaustrada de La Alameda.

Pero, como otros visitantes que tropiezan con este luminoso lugar, decidieron quedarse, hacerse nuestros amigos y darnos su alegría, su verdor, y su sombra. A cambio, nosotros también le dimos nuestro cariño y agradecimiento.

Imagino a los enfermos del Hospital de Mora asomados a la ventana, ya convalecientes de sus dolores, llenando sus pulmones, sus ojos y su corazón del aire fresco de las aguas y del verdor infinito y perenne de estos gigantes de troncos aferrados a la vida, de ramas que acarician el cielo, de miríadas de hojas de hermosos tonos pardos y verdes que mueven incesantemente la brisa marinera. Quizá fueran los mejores enfermeros en su cuidado, los mejores músicos a sus oídos, la más hermosa paleta de cualquier pintor.

No quieren irse ni a tiros. Eso se ve claramente en la manera como sus inmensos pies se aferran a nuestro suelo, y penetran profundamente en ella, buscando en la tierra el agua que harán luz en el cielo. Siempre que paseo por La Caleta me acerco a sus troncos y me siento un rato a su lado. Para mí que no hay mejor compañía que un majestuoso árbol, que siempre nos da idea de grandeza, de crecimiento hacia lo alto, de perseverancia y de generosidad. Escuchar el viento en su copa es mi mejor música y contemplar el vuelo de sus hojas, mi mejor espectáculo.


A los pescadores les brida sombra y protección para ellos y sus cañas, delicadamente apoyadas en la balaustrada de La Alameda, a la espera paciente de una lubina o un pargo despistadillo que acuda a su engaño. ¡Cuántos peces habrán visto salir de las aguas para placer de pescadores y de afortunados comensales luego! Siempre me pareció que aplaudían con sus hojas el buen resultado de un lance certero…


Admirado y respetado por sus compañeros de ese bello jardín, es como el humilde rey de todos. Con todos comparte tierra y luz, y en su derredor se abren las más hermosas flores y dan fruto naranjos y otros hermanos pequeños. Él se conforma, a pesar de sus humildes y pequeñas flores, de sembrar el paseo de pequeñas pelotitas verdes para animar el juego de los niños.

Todos hemos jugado con ellas, cuando nuestros juegos tenían como únicos protagonistas lo que encontrábamos por la calle. Y, a veces, con resultados no esperados y funestos. Siempre viene a mi memoria, junto con una sonrisa, el día en que, tras escuchar misa en el Carmen, paseaba con un amigo un día de Corpus. Apenas tendríamos 11 ó 12 años, y nuestras madres nos había ungido con el obligado por entonces vestido especial para la fecha. Camisa blanca, camiseta blanca, pantalón corto blanco, calcetines y zapatos blancos. Revestidos de blanco, como nuestras almas de niño.

Y volvíamos por la Alameda, junto al mar. Íbamos pateando distraída y alegremente esas pelotitas que nos regalaban los ficus en esos días.

-¡Mira, yo he llegado más lejos que tú!
- ¡Que va, que va… yo he llegado más lejos…!
- ¡Vamos a ver hasta donde llegamos en el mar! Así veremos quien llega más lejos, porque la espuma de su caída nos lo dirá.
-¡Venga, venga!

No recuerdo ahora quien llegó más lejos. Lo que sí recuerdo es que mi amigo llevaba zapatos de mocasines, de esos que no llevan cordones, y a la cuarta o quinta patada, su zapato voló por los aires, como blanca gaviota, y sí que llegó lejos, tan lejos y tan irrecuperable que tuvo que emprender el camino a casa con el único zapato que le quedó en los pies. Mientras, el otro se mecía suavemente, como pequeña barquilla blanca al compás de las olas.

Iba aterrado, sin saber que clase de explicación daría a su madre. Por supuesto era muy difícil encontrar alguna verosímil para lo sucedido….

En fin… cosas de niños… y de ficus.








sábado, 6 de septiembre de 2008

DE PESCA








Hace unos días fui de pesca. Hacia ya tiempo que deseaba hacerlo…

Habían pasado tantos años que no lo hacía… ya por un motivo, ya por otro… Busqué mis cañas, mis aparejos, los carretes, los plomos, los anzuelos y todo lo demás. Fui a comprar “carná”, como se llama aquí, cebos, que dirían en otras partes. Encontré gusanas de canutillo, y muy caras, por cierto. El marisqueo, de siempre ha sido sacrificado, laborioso y de resultados inciertos, Y ahora se cobra el trabajo, a su precio.

Me eché la mochila al hombro, las cañas bajo el brazo, y me encaminé a La Alameda, esperando que nadie, por el camino, me gritara: “¡buena mano!”. Aquí ese inocente deseo de buena pesca es inevitablemente un gafe para el pescador. Afortunadamente nadie me lo dijo.

Ya en La Alameda, balcón sobre el mar, dejé mis cosas en un rincón de la balaustrada, preparé la caña y su aparejo, coloqué una gusana en el anzuelo (pobre gusana… estaba aún viva, como debe ser), por lo que pedí perdón a los dioses protectores de las gusanas, lancé con fuerza el plomo con el aparejo, tensé lo necesario la tanza (sedal), y coloqué con delicadeza la caña sobre la balaustrada. Me prometí: -he sacrificado una gusana, pero todo pez que pesque, si no es más grande que la palma de mi mano, lo liberaré con cuidado del anzuelo y lo arrojaré nuevamente al mar y a la vida-

Llegó, como sin darme cuenta, el mediodía. Solo había pescado dos peces minúsculos, que devolví al mar, y, una vez que mi caña se zarandeó vigorosamente, y pensé haber atrapado al hermano mayor de los anteriores, solo se trató del choque con mi tanza de una gaviota atolondrada. De recuerdo, y no sé si de cachondeo, me dejó una pluma colgada del sedal.

¡Bien, gaviota chula, ya sé que pescas mejor que yo, pero no tenías porqué refregármelo en la cara! – le grité- aunque me parece que no se dio por aludida, a pesar de unos graznidos que dio y que me lo hizo parecer.

Con el calorcito empezaron a desfilar forasteros, veraneantes, por delante de mí y de mi caña. Sabéis que los veraneantes son muy curiosos, o quizá sea un deber para ellos enterarse de qué se hace en cada sitio que visitan. Así, cada uno que pasaba se detenía junto a mí. Luego de mirar un rato qué hacía, me preguntaban:

- Perdone, pero esos peces que se ven abajo, tan grandes y en tanta cantidad ¿qué son?-
-Lisas, le contestaba.
-¿Y está usted tratando de pescarlos?, porque veo que lanza usted el plomo muy lejos, y ellos están mucho más cerca.
-No, no, no me interesan esos peces. Su carne es basta y poco apreciada, aunque mucha gente las pesca y se las come. Ya ve usted como está la cosa…
-¡Ah! Gracias, buena pesca.
¡Lo dijo! ¡Lo dijo! ¡Lo sabía! Pero quizá el gafe es solo si te lo dice un gaditano…
El siguiente:
-¿Y que pone usted de cebo?
- Gusanas de canutillo, dije yo.
-¿De canutillo?
-Sí, mire, ¿lo ve? Viven dentro de esta especie de canuto que ellos se fabrican no se porqué, seguramente para estar mejor protegidos dentro del fango…
-¡Es verdad! ¡Qué astutos! ¡Parece mentira, unos simples gusanos, y tan listos!
-Descarté, por supuesto, explicarle la ley de la evolución de las especies y de cómo los mejor preparados para la dura vida son los que sobreviven. Simplemente, le dije:
-Fíjese, con lo tontos que somos los seres humanos…
Y por fin otro más, este ya mayor.
-¿Qué, de pesca no?, como si no estuviera claro.
-Pues sí, echando el rato…
-Es una buena afición, porque ya jubilado uno tiene muchas horas que echar fuera…
Me contuve, con mucha dificultad. Esto era ya demasiado. ¡Echar horas fuera! ¡Como si yo tuviera el problema de echar horas fuera! ¡Resulta que es al revés! ¡Que necesito más horas! ¡Si este hombre supiera los equilibrios que hice para echar un par de horas pescando!
Además, ¡yo jubilado! ¡pero si soy un chaval! ¡jubilado estaría él, así que si quiere echar horas fuera, que las eche, allá él! Que se ponga a hacer pasatiempos, sudokus y cosas así, o que se vaya a pasear kilómetros, o que se duerma ante la tele, o que bostece, o que haga lo que quiera. Me prometí que el día que tenga que echar horas fuera, las echaré todas de golpe. Me tomaré la cicuta y a otra cosa.

De vuelta a casa, me fui pensando que tales personas no merecen mi ira, sino mi compasión. Una persona que tiene el problema de quitarse horas de enmedio creo que empieza a ser una persona que piensa que no tiene ya nada que hacer con su vida.

¡Con la de cosas que nos quedan por hacer! ¡Y a cualquier edad!