martes, 29 de marzo de 2016
DISCUTIR
- Oye, ¿tú de qué estás tan gordo?
- ¿Yo? De no discutir.
- ¡Hombre! Eso no es posible, tiene que ser de otra cosa.
- Pues sí,… es posible que sea de otra cosa…
A mí me cuentan muchos chistes, será porque yo los cuento también. Me gustan los chistes, sobre todo porque casi todos encierran alguna enseñanza de la vida. Y este que acabo de contar también.
Hay gente a la que, incomprensiblemente para mí, le gusta discutir. De lo que sea. Hay incluso gente que su manera de conversar es la discusión. No practica, o no sabe, otra. Pero yo creo que la discusión es no solo perfectamente inútil, sino dañina.
Es preciso ser consciente de que cuando dos o más personas discuten, el discurso de cada uno está enfocado a imponer su visión del tema. Y, teniendo en cuenta esa meta, cuando una persona discutidora expone algo, cualquier otro enfoque que exponga alguien que esté presente, y que no se ajuste al suyo, será tratado por ella como un enfoque del todo erróneo y además como una ofensa a su buen criterio. Y por lo tanto sus esfuerzos no se dirigirán a reafirmar sensatamente el suyo propio, sino a desbaratar el ajeno.
Lo más característico de la situación es que ninguno de los discutidores escucha atentamente la disertación de otro, sino que únicamente analiza lo que le da la razón y lo que se la quita. No reflexiona sobre el punto de vista ajeno, que al parecer no le interesa en absoluto, sino que pasa todo el tiempo comparándolo con el que él tiene para tratar de encontrar en las palabras que dijo las que pueden avalar su versión. Su proceso de pensamiento va siempre dirigido a encontrar rápidamente argumentos con el que rebatir cualquier planteamiento contrario al suyo, o a buscar en los discursos ajenos aquello que puedan apoyarlo.
El resultado es que la comunicación es nula y el derroche de energía inmenso. Y lo que es aún peor, no sólo se malgasta el tiempo y las palabras, porque en las discusiones siempre está presente una gran implicación emocional, con lo que estas situaciones son una sangría de fuerza muy grande.
Estos episodios suelen acabar en rencores, reproches, desprecios, e incluso muchas veces en violencia: agresiones, mentales, psíquicas e incluso físicas. ¡Lo que era únicamente (o debiera ser) tratar de compartir visiones sobre las cosas de la vida!
Sabemos que la comunicación es difícil, pero de esta manera no es solo difícil, es simplemente imposible.
Yo por mi parte, ante un discutidor, siempre diré que posiblemente esté gordo no por no discutir, que es muy posible que sea por cualquier otra cosa.
martes, 15 de marzo de 2016
COMPRENSIÓN
Hay una prueba para saber si comprendemos bien algo.
Consiste en explicárselo a tu abuela mayor.
Si lo comprende es que nosotros lo hemos comprendido también.
Albert Einstein
Esta prueba que nos propone el Sr. Einstein es definitiva. Lo más complicado, si se comprende, puede explicarse en el lenguaje más sencillo.
Probad a explicar a vuestro hijo de cinco años quién es Dios, o porqué amáis a su madre, o porqué existe el trabajo. Si él consigue entenderlo es que vosotros lo comprendéis. Si no… lo más probable es que no lo comprendáis, y la causa más probable es que nunca os lo planteasteis. Por algo son incómodas las preguntas de los niños. Y esta incomodidad que producen es la causa de la pérdida de tantos filósofos precoces.
Generalmente el asunto termina con un: “Niño, porque sí, y ya está.” Ahí acaba la vida de un buscador de la verdad de las cosas. Semejante asesinato de la curiosidad es el germen de futuros adultos que nunca se preguntan nada. Y si no se preguntan nada, nada comprenderán nunca.
Hoy la comprensión es algo en verdad raro. Hay mucha gente que cree que sabe cosas, y que además las comprende, y lo creen simplemente porque han leído libros. Si esto funcionara así, podríamos comprender perfectamente el pensamiento de Platón, gracias a que sus escritos están publicados en casi cualquier idioma.
Pero… no basta leer. Leer sabe un chico con, digamos, diez o doce años. Pero comprender… puede ser cuestión de una vida. Y a veces una vida solo alcanza para comprender muy escasas cosas importantes. E incluso a veces para no comprender ninguna, es decir, nada.
Últimamente he recibido muchos emails con una pretendida respuesta de S. Freud a una pregunta de una pretendida alumna, o entrevistadora. Es como sigue:
- Doctor, usted que es un eminente psicoanalista, ¿Cómo cree que debe ser un ser humano válido como tal?
- En mi opinión, responde Freud, alguien que sabe amar y trabajar.
El simple deduce de ello que es fácil ser un ser humano válido. Al fin y al cabo solo es necesario amar y trabajar, y yo ya trabajo y amo a mi mujer y a mis hijos, y también a mis amigos. Así que ya está.
Si todo fuera tan sencillo… Pero aprender a amar y a trabajar no lo es, como no lo es nada de lo que es importante y decisivo en nuestras vidas. En el camino a lo real no hay nada regalado, todo debe conseguirse con nuestro trabajo. De reflexión, de asunción de nuestra ignorancia, de auténtica humildad, de paciente trabajo, de experiencias, de amplitud de miras, de… de muchas cosas.
No somos sabios por naturaleza. Llegar a ser sabio, al que le interese esto, claro, es una carrera muy larga. Si llegar a ser médico, ingeniero o arquitecto toma cinco o diez años, llegar a comprender lo esencial de la vida ¿cuánto nos tomaría? Posiblemente la vida entera.
¿Cuántos años de intenso trabajo, de estudios, de reflexión, de prácticas en su profesión creéis que necesitó S. Freud para concluir que el hombre culmina su vida consiguiendo ser doctor en las artes de amar y de trabajar? Me parece que muchos… Y con el grado de formación que tuvo este genio ¿seguimos considerando tan sencillo conseguir lo que afirma? A veces, casi siempre diría yo, somos muy ingenuos.
Hay mucha gente que cree, y lo defiende, que todo ser humano por naturaleza comprende lo que es bueno, lo que es justo, lo que es bello, lo que es verdadero. Esta comprensión se supone que nace con cualquier ser humano. ¡Qué mundo tan perfecto tendríamos si esto fuera así! Porque, contrariamente a lo que se piensa, el sabio que logra comprender estas cosas y vivir conforme a ellas no es un ser amargado, triste, y que vive así por obligación moral, sino que resulta que es un ser alegre, feliz y actúa libremente y por libre elección.
Decía un sabio que conocí que hay una prueba irrefutable para saber si alguien que parece sabio por sus palabras y actos es sabio en verdad.
La prueba del algodón era:
Si es alegre, veraz, honrado y trabajador, lo es en verdad. Si no, probablemente sea un farsante.
Esta vida no es un valle de lágrimas y el que se amarga en cumplimiento de su “moral” es en verdad un amoral, porque dispone de una moral ficticia e inexistente. Más le valiera dedicarse a cualquier otra cosa que lo hiciera mínimamente feliz.
Consiste en explicárselo a tu abuela mayor.
Si lo comprende es que nosotros lo hemos comprendido también.
Albert Einstein
Esta prueba que nos propone el Sr. Einstein es definitiva. Lo más complicado, si se comprende, puede explicarse en el lenguaje más sencillo.
Probad a explicar a vuestro hijo de cinco años quién es Dios, o porqué amáis a su madre, o porqué existe el trabajo. Si él consigue entenderlo es que vosotros lo comprendéis. Si no… lo más probable es que no lo comprendáis, y la causa más probable es que nunca os lo planteasteis. Por algo son incómodas las preguntas de los niños. Y esta incomodidad que producen es la causa de la pérdida de tantos filósofos precoces.
Generalmente el asunto termina con un: “Niño, porque sí, y ya está.” Ahí acaba la vida de un buscador de la verdad de las cosas. Semejante asesinato de la curiosidad es el germen de futuros adultos que nunca se preguntan nada. Y si no se preguntan nada, nada comprenderán nunca.
Hoy la comprensión es algo en verdad raro. Hay mucha gente que cree que sabe cosas, y que además las comprende, y lo creen simplemente porque han leído libros. Si esto funcionara así, podríamos comprender perfectamente el pensamiento de Platón, gracias a que sus escritos están publicados en casi cualquier idioma.
Pero… no basta leer. Leer sabe un chico con, digamos, diez o doce años. Pero comprender… puede ser cuestión de una vida. Y a veces una vida solo alcanza para comprender muy escasas cosas importantes. E incluso a veces para no comprender ninguna, es decir, nada.
Últimamente he recibido muchos emails con una pretendida respuesta de S. Freud a una pregunta de una pretendida alumna, o entrevistadora. Es como sigue:
- Doctor, usted que es un eminente psicoanalista, ¿Cómo cree que debe ser un ser humano válido como tal?
- En mi opinión, responde Freud, alguien que sabe amar y trabajar.
El simple deduce de ello que es fácil ser un ser humano válido. Al fin y al cabo solo es necesario amar y trabajar, y yo ya trabajo y amo a mi mujer y a mis hijos, y también a mis amigos. Así que ya está.
Si todo fuera tan sencillo… Pero aprender a amar y a trabajar no lo es, como no lo es nada de lo que es importante y decisivo en nuestras vidas. En el camino a lo real no hay nada regalado, todo debe conseguirse con nuestro trabajo. De reflexión, de asunción de nuestra ignorancia, de auténtica humildad, de paciente trabajo, de experiencias, de amplitud de miras, de… de muchas cosas.
No somos sabios por naturaleza. Llegar a ser sabio, al que le interese esto, claro, es una carrera muy larga. Si llegar a ser médico, ingeniero o arquitecto toma cinco o diez años, llegar a comprender lo esencial de la vida ¿cuánto nos tomaría? Posiblemente la vida entera.
¿Cuántos años de intenso trabajo, de estudios, de reflexión, de prácticas en su profesión creéis que necesitó S. Freud para concluir que el hombre culmina su vida consiguiendo ser doctor en las artes de amar y de trabajar? Me parece que muchos… Y con el grado de formación que tuvo este genio ¿seguimos considerando tan sencillo conseguir lo que afirma? A veces, casi siempre diría yo, somos muy ingenuos.
Hay mucha gente que cree, y lo defiende, que todo ser humano por naturaleza comprende lo que es bueno, lo que es justo, lo que es bello, lo que es verdadero. Esta comprensión se supone que nace con cualquier ser humano. ¡Qué mundo tan perfecto tendríamos si esto fuera así! Porque, contrariamente a lo que se piensa, el sabio que logra comprender estas cosas y vivir conforme a ellas no es un ser amargado, triste, y que vive así por obligación moral, sino que resulta que es un ser alegre, feliz y actúa libremente y por libre elección.
Decía un sabio que conocí que hay una prueba irrefutable para saber si alguien que parece sabio por sus palabras y actos es sabio en verdad.
La prueba del algodón era:
Si es alegre, veraz, honrado y trabajador, lo es en verdad. Si no, probablemente sea un farsante.
Esta vida no es un valle de lágrimas y el que se amarga en cumplimiento de su “moral” es en verdad un amoral, porque dispone de una moral ficticia e inexistente. Más le valiera dedicarse a cualquier otra cosa que lo hiciera mínimamente feliz.
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lunes, 29 de febrero de 2016
LUZ Y ENVIDIA

Refugiado en mi pequeño lugar, casi inmóvil,
miraba las cascadas de luz que surgían de lo alto.
La veía robar destellos dorados,
plateados y cobrizos.
Miraba hechizado los brillos en su movimiento,
en su armonía.
Y todo envuelto en una música suprema.
Los trombones de oro,
la plata en las flautas.
Negro carbón de los oboes,
la pesada tuba y los clarinetes
y las trompetas.
Todos entrelazados en el fino papel.
Todos llevados del brazo de la delgada batuta.
Unos hablaban, otros contestaban.
Todos reían, todos lloraban.
No, no eres tú mi cantar,
no puedo cantar ni quiero
a ese Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar.
Cantaban... cantaban llenando el aire,
robándome el aliento,
abriéndome el pecho,
moviendo mi corazón.
Un pequeño de pelo dorado
apresó mi mirada.
apenas mi hijo,
...casi mi padre.
Una trompeta en sus manos
vibraba el espacio.
Más grande que sus manos,
más pequeña que su alma.
Miré la batuta.
Abría en el aire,
dibujando los pasos,
la marcha solemne,
los ritmos sagrados.
Cuatro por cuatro,
repetía insistente.
... Su padre murió,
días atrás acaso.
Sus ojos brillaban,
su cara encendida...
Envidié su alma...
Envidié su vida.
Dedicado a mi director musical, en una noche, entre las bambalinas del Teatro Falla, a los pocos días de la muerte de su padre.
martes, 23 de febrero de 2016
DISCERNIMIENTO
El Ave Kalahansa es, en uno de sus aspectos, símbolo del discernimiento. Se decía que cuando bebía agua mezclada con leche era capaz de tomar solo la leche y desechar el agua.
El alma de la palabra discernir la podemos encontrar en su etimología latina, del verbo discernere, cuyo significado es: “distinguir una cosa de otra por la diferencia que hay entre ellas”.
En esta ocupación me parece que pasamos ocupados la totalidad de nuestra vida. La empleamos continuamente en nuestro esfuerzo de separar lo auténtico de lo falso, lo bueno de lo malo, lo luminoso de lo oscuro, y separar todas las mezclas que, inevitablemente se nos presentan los hechos, a veces tan íntimas como el agua y la leche. Nos va en ello todo nuestro avance y progreso en la difícil tarea de distinguir lo real de las apariencias, de llegar a conocer la diferencia en nosotros entre lo que somos y lo que creemos ser, de conseguir ver las leyes que nos mueven, que, como nos indica la analogía, son las mismas que mueven la Naturaleza y el Universo.
Pensemos un poco en nuestro propio cuerpo y sus órganos.
El sistema digestivo es capaz de aprovechar lo que realmente necesitamos de los alimentos que ingerimos, desechando todo aquello que es inútil, innecesario o perjudicial. Y lo hace por esta virtud del discernimiento.
El sistema respiratorio toma aquellos gases que nos son beneficiosos y desecha aquellos que son perniciosos o inútiles.
El sistema renal depura los líquidos presentes en nuestro organismo, tomando los que nos interesan y apartando de nosotros aquellos tóxicos o sobrantes.
El sistema circulatorio dispone de sistemas de defensa, los leucocitos y plaquetas, con el fin de mantener pura nuestra sangre y eliminar todo aquella escoria que por haberse introducido en su torrente, nos pueden dañar.
Nuestro sistema glandular mantiene la armonía y el equilibrio en el funcionamiento de todo nuestro cuerpo, en servicio a nuestra misión corporal, desde el nacimiento a la muerte, disponiendo adecuadamente en cada instante las proporciones correctas de vertido de sustancias necesarias para nuestra sobrevivencia y nuestra reproducción.
Y así, uno por uno, todos, por virtud del discernimiento, mantienen el increíble y milagroso mantenimiento de la vida.
Pero esta virtud, ley universal, no solo podemos observarla en nuestro cuerpo físico o en el de cualquier ser vivo, sea un átomo, un mineral, una ameba, un vegetal, un animal, un ser humano, un astro o una galaxia o cualquier manifestación de la que tengamos conciencia. En verdad, todo lo existente dispone de vida, está vivo, y usa continuamente de discernimiento.
Si pensamos en el ser humano, no solo necesita de esta herramienta para mantenerse vivo. A poco que observemos las cualidades del hombre distinguiremos en nosotros otros aspectos de la vida que no son medibles ni pesables. Somos conscientes de nuestras sensaciones, nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestro pensar y, como no, nuestra capacidad de discernir.
Y en estos asuntos es donde nos resulta más importante y más difícil manejarse con el discernimiento, porque nuestro físico actúa automáticamente. No necesitamos estar pendientes de que nuestros pulmones funciones ni que el corazón lata. Es un mecanismo perfecto que funciona por sí solo y resulta algo maravilloso pensarlo. Una vez, en una tertulia científica a la que asistí, el ponente nos planteó que podríamos morir por el fallo de cualquier sistema de los muchos que tiene el cuerpo humano, y que, por lo tanto, resultaba milagroso que estuviéramos vivos. No nos imaginamos la asombrosa manera en la que nuestro cuerpo gobierna con precisión de relojero suizo la enorme complejidad que supone mantenerlo vivo. En suma, es un perfecto instrumento y su funcionamiento es automático.
Pero nuestros aspectos emocional y mental son cuestiones diferentes.
Estas potencialidades humanas, cuando no carecen de dirección ni de control tienen “autonomía propia” para funcionar. En la mayoría de ocasiones funcionan así, sentimos y pensamos lo que aleatoriamente llega a nuestro interior, sin preocuparnos demasiado qué sentimos ni qué pensamos, ni si nos conviene dejarlas entrar, aceptarlas y considerarlas o bien tratar de eliminarlas o de ignorarlas por inútiles o dañinas.
Hubo un tiempo que yo viví de joven en que esta actitud estuvo de moda, y se le llamaba “fluir”. Consistía en admitir como correcto toda emoción o sentimiento y todo pensamiento que de forma “natural y espontáneo” acudía a nuestro interior. Esto convirtió en un desastre a muchas personas que se abandonaros a esta actitud y terminaron en un nihilismo total. Estaban a merced de lo que surgía, sin discriminación alguna. No se planteaban ninguna meta ni ningún camino y sus vidas eran parecidas a un navío a la deriva. Cualquier cosa que llegaba a su mente o a su corazón era inmediatamente admitida. Pero… con esta especie de “barra libre” se le colaban cualquier tipo de cosas, muchas contradictorias entre sí o directamente contrarias. Sin ningún tipo de educación propia ni emocional ni mental, llegaban a no convencerles nada, ya que nada hacían por progresar hacia el bien para sí propio. Sus actos dependían siempre de impulsos exteriores o, aún peor, de raíces instintivas.
Todo ello se produjo por la ausencia del filtro del discernimiento, virtud que cuando desarrollamos, nos hace distinguir entre aquello que nos hace bien y aquello que nos hace mal.
Hoy en día estamos muy preocupados en qué hace bien a nuestro cuerpo y qué hace mal. Hay dietas que evitan ciertos alimentos y recomiendan otros, hay que tomar antioxidantes, o ser vegetarianos, o también veganos, ect. Pero ¿quién cuida de los alimentos de nuestro sentir y nuestro pensar? Una de tres, o creemos que no hay que cuidarlos, o ni siquiera nos planteamos que podamos hacerlo o creemos que es un intento difícil y de escaso valor. ¿Es que lo que sentimos, lo que nos apasiona, lo que pensamos, las ideas que circulan por nuestra cabeza no tienen la mayor importancia? Pues para información de los que “fluyen”, cada vez la medicina acepta más y más que prácticamente todas las enfermedades surgen en los niveles emocional y mental del ser humano. Aunque sólo fuera para conservar la salud ya sería importante. Pero no solo eso es por lo que debemos emprender la ordenación de esos planos de nuestra naturaleza. Cualquier ser humano que pretenda iniciar un camino hacia una meta del tipo que sea ha de hacerlo. De otra manera, las energías de que naturalmente dispone se diluirían en un caos sin sentido, orden ni fin.
Se dice que el temperamento nace con nosotros, pero que el carácter se forja a lo largo de la vida. La cuestión pues es forjar el carácter. ¿Y cómo se hace eso? Para empezar, forjando la herramienta del discernimiento. Será necesaria. Y luego… ya lo hablaremos otro día.
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lunes, 15 de febrero de 2016
RUIDOS
Sorprendentemente, todos vivimos inmersos en el ruido. ¿Es que nos gusta? ¿O es que lo necesitamos?
Seguramente es lo segundo. El ruido es muy eficaz para impedirnos escuchar. Escucharnos. Por eso nunca escuchamos lo importante. Por eso nunca escuchamos lo que en verdad nos importa. Porque nuestro hablante es silencioso, y más que hablar, susurra. Y no se puede escuchar un susurro en medio del ruido.
Y porque tememos el silencio buscamos el ruido. De un motor, de un televisor, de una multitud, de un partido de fútbol, de una fiesta, de una reunión, de una radio, de lo que haga falta… con tal de esquivar la inseguridad del silencio.
Y, poco a poco, el hablante se cansa, y ya no dice nada. ¿Para qué? No estamos dispuestos a escucharle, no nos interesa lo que nos dice, nos incomoda, puede plantearnos cosas difíciles, puede pedirnos explicaciones, puede acuciarnos a tomar senderos complicados y escarpados… en fin, puede poner en peligro nuestra “comodidad”.
La aceptación del silencio quizá sea el primer paso para encontrar la puerta del camino, de la senda… la escondida senda por donde han ido…
viernes, 22 de enero de 2016
LA MIRADA ENAMORADA
Seguramente los efluvios de Eros se desprenden por los poros de nuestra piel.
Miré sus ojos, sus ojos de dulzura. Sus ojos de miel, encendidos de mil brasas, riendo su alegría interior, bailando la antigua danza de los arroyos de la montaña. Miré sus ojos, pero vi su alma.
El alma enamorada tiene una mirada especial, que abraza sin manos, que habla sin palabras, que canta sin sonidos. Es fácil entender porqué los enamorados pueden guardar silencio.
Es un silencio lleno que los envuelve, que los ampara, lleno de átomos de sus seres, de las pequeñas flechas de sus ángeles.
Veo un bosque y sé lo que ve. Miro el mar y siento las olas en su interior. Hienden el aire mis piernas, y mis manos, y anda junto a mí. Camino por el cielo, por los planetas, y está conmigo. Me siento en la luna, y está sentada a mi lado.
Por una mirada un mundo Por una sonrisa un cielo. Por un beso,... no sé yo lo que te diera por un beso.
Pero... la mirada enamorada mira, sonríe y besa. Todo en un instante, todo veloz, tanto, que no se sabe de qué lugar viene. ¿De lo más profundo? No sé dónde está lo más profundo. Nunca podré llegar. El fondo del alma enamorada es inalcanzable, como el torbellino allende las galaxias, como lo profundo del bosque, como las entrañas del ardiente desierto.
Todo está allí, en una mirada, fugaz, pero eterna. En la eternidad del instante. En lo ancho del momento que no necesita futuro, que no tiene pasado. El amor borra el tiempo, lo vacía de significado. En los ojos sólo el espacio celeste y frío, el abismo desconocido que nos aborda sin tocar nuestra puerta, que nos quiere para él sin condiciones.
Y la mirada nos roba lo que creíamos nuestro, nos hace desconocidos de nuestro mundo pequeño. Nos limpia, abriéndonos la piel de nuestros pechos, como se abre la tierra para la siembra, como se abre el mar para las redes.
Y anclados en ella, ni esperamos ni tememos. Solo somos ella,... para siempre.
jueves, 14 de enero de 2016
LOROS
Los loros son unos animales muy simpáticos que a todos nos hacen mucha gracia. Se dice de ellos que son los únicos animales que saben hablar. Es cierto, dicen multitud de palabras, pero con una única condición: que antes las hayan escuchado muchas, muchas veces, de las voces de las personas que con ellos conviven.
Así pues, y dotado de un órgano fonador muy versátil, aunque no tanto, por supuesto, como el humano, es capaz de articular palabras que son perfectamente entendibles por cualquier persona.
A mi cuñado se le murió hace unos años un loro que convivía con su familia desde hacía mucho tiempo. Según él murió de repente, y contaba que, en su opinión, se le había atragantado una pipa de girasol, lo que probablemente le llevó a la muerte, dada su ya avanzada vejez. De todas maneras no comprendía cómo había muerto de la noche a la mañana, porque –según contaba– el día anterior había estado charlando con él tan normal, como siempre. Charlando un poco de todo. y, además, no fumaba ni bebía nada con alcohol.
Pues sí, los loros hablan. Lo que ya no estamos tan seguros es de que comprendan lo que dicen, ni que entiendan lo que se les dice a ellos. En muchas ocasiones no va parejo en absoluto la articulación de palabras, frases e incluso discursos, con la comprensión que tiene de ello el propietario de la boca. En muchas ocasiones basta haber escuchado las mismas palabras muchas veces para luego repetirlas con la mayor desfachatez –como el loro– sin tener la menor idea de lo que se está diciendo.
Sí. Hay muchos seres humanos-loros.
Pero existe una gran diferencia (a favor del loro, por supuesto), y es que al loro no se le ocurre pensar ni por un momento que sabe de qué está hablando, pero los otros están absolutamente convencidos de que lo que expresan es fruto de su reflexión y experiencia, y no repetición mecánica de lo que han escuchado muchas veces.
De esta manera, y a falta de prudente y elemental discernimiento, cualquier falsedad se puede convertir en verdad, contando con que el loro no se plantea nunca la autenticidad de lo que escucha. Si su amo lo dice… por algo será.
Así, cientos, miles, millones de hombres y mujeres loros hacen circular su insensatez por el planeta, porque plantearse en sí mismo y con sus propias armas la ardua batalla de discernir lo verdadero de lo falso es tarea que solo abordan los valientes y los dotados de inteligencia humana, capaces de soportar el estado de duda que lleva a la certeza. Ya sabemos que un hombre sin dudas es un hombre sin certezas. Sus certezas son siempre prestadas de otro, lo que, llegado el momento crucial, no le sirven para nada en absoluto, porque no son suyas. No ha sido capaz de atravesar el desierto del “no sé” de Sócrates y, en consecuencia, nunca llegará por sí mismo a ninguna certeza en su vida, lo que le hará incapaz de actuar basándose en sus propias convicciones. Cae la persona o ideología que le prestó sus certezas y, lógicamente, cae él mismo. Porque en realidad no era nadie, era solo un ser-loro.
Lo único que lleva a la certidumbre es la incertidumbre.
Como dijo E. Kant:
La inteligencia del hombre se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar.
Así pues, y dotado de un órgano fonador muy versátil, aunque no tanto, por supuesto, como el humano, es capaz de articular palabras que son perfectamente entendibles por cualquier persona.
A mi cuñado se le murió hace unos años un loro que convivía con su familia desde hacía mucho tiempo. Según él murió de repente, y contaba que, en su opinión, se le había atragantado una pipa de girasol, lo que probablemente le llevó a la muerte, dada su ya avanzada vejez. De todas maneras no comprendía cómo había muerto de la noche a la mañana, porque –según contaba– el día anterior había estado charlando con él tan normal, como siempre. Charlando un poco de todo. y, además, no fumaba ni bebía nada con alcohol.
Pues sí, los loros hablan. Lo que ya no estamos tan seguros es de que comprendan lo que dicen, ni que entiendan lo que se les dice a ellos. En muchas ocasiones no va parejo en absoluto la articulación de palabras, frases e incluso discursos, con la comprensión que tiene de ello el propietario de la boca. En muchas ocasiones basta haber escuchado las mismas palabras muchas veces para luego repetirlas con la mayor desfachatez –como el loro– sin tener la menor idea de lo que se está diciendo.
Sí. Hay muchos seres humanos-loros.
Pero existe una gran diferencia (a favor del loro, por supuesto), y es que al loro no se le ocurre pensar ni por un momento que sabe de qué está hablando, pero los otros están absolutamente convencidos de que lo que expresan es fruto de su reflexión y experiencia, y no repetición mecánica de lo que han escuchado muchas veces.
De esta manera, y a falta de prudente y elemental discernimiento, cualquier falsedad se puede convertir en verdad, contando con que el loro no se plantea nunca la autenticidad de lo que escucha. Si su amo lo dice… por algo será.
Así, cientos, miles, millones de hombres y mujeres loros hacen circular su insensatez por el planeta, porque plantearse en sí mismo y con sus propias armas la ardua batalla de discernir lo verdadero de lo falso es tarea que solo abordan los valientes y los dotados de inteligencia humana, capaces de soportar el estado de duda que lleva a la certeza. Ya sabemos que un hombre sin dudas es un hombre sin certezas. Sus certezas son siempre prestadas de otro, lo que, llegado el momento crucial, no le sirven para nada en absoluto, porque no son suyas. No ha sido capaz de atravesar el desierto del “no sé” de Sócrates y, en consecuencia, nunca llegará por sí mismo a ninguna certeza en su vida, lo que le hará incapaz de actuar basándose en sus propias convicciones. Cae la persona o ideología que le prestó sus certezas y, lógicamente, cae él mismo. Porque en realidad no era nadie, era solo un ser-loro.
Lo único que lleva a la certidumbre es la incertidumbre.
Como dijo E. Kant:
La inteligencia del hombre se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar.
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martes, 29 de diciembre de 2015
SOLSTICIO
Sol que nació invicto
en lo profundo del invierno.
Que fecundó brotes y nidos,
amores y ternuras,
por la primavera blanca.
Sol que agostó flores,
en la vieja alquimia,
encerrando sus rayos
en la fruta jugosa
y en los tiernos corazones.
Sol niño, joven y viejo.
Sol nuevo y antiguo,
Novio, amante y esposo,
en brotes, flores y frutas.
Naciente, y pleno, y poniente,
amarillo, blanco y rojo,
padre amante, hijo sonriente,
complaciente y amado abuelo.
Siempre tú, tú por siempre.
Viajamos contigo, sentados
en el hueco de tu mano triunfante,
sobre el arco noble de tu brazo,
en la cuna amorosa de tu centro,
en tu ser, que es el nuestro perdido.
Lleva mis pasos amantes
como débiles huevos primero,
orugas cansinas y crisálidas luego,
al reino de tu luz,
de mariposas aladas,
a unirnos con tu brillo,
a morir en tu fuego.
lunes, 21 de diciembre de 2015
LO EXCELSO Y LO VULGAR
Un hombre es lo que come.
Muchas veces me he preguntado cuál era “el secreto”, o la “fórmula”, o “la receta” que poseían, y que poseen, los grandes hombres, ya sea en las artes, en las ciencias o en cualquier otra actividad noble del ser humano.
Hace unos días me vino a la mente la frase que he colocado al principio, porque creo que ahí está la clave. Un hombre es lo que come. Si come basura se convertirá en un basurero. Si come vulgaridades se convertirá en un ser vulgar, y si come alimentos excelsos se convertirá en excelso.
En mi opinión esto es así porque el cuerpo interior del hombre va creciendo con los alimentos que consume. Y de tales mimbres… ya se sabe. Una casa construida con ladrillos de mala calidad podrá ser bonita, pero… pronto perderá su belleza e incluso su estabilidad. Se ajará como algo efímero muy pronto.
En el plano material lo entendemos y lo aceptamos muy fácilmente. Todo el mundo lo sabe y lo puede ver día a día. Pero… ¿y en otros planos?
Llegamos quizá hasta lo vital, la salud. Entendemos que quien se cuida adecuadamente goza de buena salud. Aunque en nuestra cultura pretendamos estar sanos sin hacer lo necesario para estarlo, y aún haciendo justamente lo contrario que demanda nuestro sentido común en este asunto. El resultado es que un gran porcentaje de los enfermos de algo lo son por tratar inadecuadamente, si no salvajemente, su cuerpo y su vitalidad.
Cuando subimos a otros planos, el asunto se vuelve tan difuso que ya no vemos en absoluto ninguna conexión entre lo que comemos con los resultados que producimos en estos planos superiores o más sutiles de nuestra naturaleza.
¿De qué alimentamos nuestra psiquis, es decir, nuestras emociones, nuestros sentimientos, en suma, nuestro plano emocional? ¿De qué clase de ideas, más positivas o más negativas, más entusiastas o más pesimistas, más alegres o más amargas, más nobles o más vulgares alimentamos nuestra mente?
No hablemos ya de los planos del espíritu, mundo casi desconocido, aunque intuido, de todo ser humano que se pueda llamar tal.
Pues puedo afirmar que lo que se nos ofrece para comer en los grandes medios de comunicación de masas es basura, cuando no veneno. Cualquier espíritu crítico, en uso del más elemental sentido común, advertirá que no se nos ofrece nada que pueda considerarse excelso, sino más bien vulgar. Quien se haya preocupado, aunque solo sea unos minutos, de hacer “zapping” examinando con criterio propio y un mínimo discernimiento las distintas cadenas, dudo que haya encontrado algo que se aparte de lo vulgar, de lo mezquino y de lo aberrante, salvo bellísimas excepciones.
Teniendo en cuenta lo que expongo, es resultado de sentido común la calidad de los contenidos que pueden albergar en su psiquis nuestros contemporáneos, que no coetáneos.
Comer sin ton ni son cualquier cosa que se nos ponga por delante nos lleva a construir un ser interior semejante a lo que nos dan de comer. Zombis, monstruos, desquiciados o, en el mejor de los casos, necios. Y quien se extrañe de la cosecha que piense por un momento qué semilla se sembró. De cada clase de semilla nace una clase de planta semejante. Del trigo, trigo, de la cizaña, cizaña.
Así, en nuestros oscuros tiempos, la poesía ha sido ocupada por los “cantautores”, la música por los “roqueros”, la literatura por los “raperos”, la pintura por los comics y los graffitis , el buen teatro por el cine, la escultura por absurdos mamotretos que solo entiende su “creador”, la arquitectura por rarezas originales pero de mal gusto, la belleza interior por la epidermis, la óperas se han convertido en “óperas rock”, los conciertos son ahora de cantantes de medio pelo, la danza por coreografías absurdas que suscitan los instintos más bajos, la política por la demagogia, la amistad se hace por el chat, la comunicación entre personas por email, el cariño y el amor se identifican con el sexo, el dar se olvida y solo se espera recibir, la entrega se olvida y se fomenta el egoísmo, y a cambio de hermandad se fomenta el separatismo y el enfrentamiento.
En lugar de apoyo, ayuda y hospitalidad entre los seres humanos se valora la indiferencia, y donde se cultivaba la compañía ahora se cultiva el aislamiento que lleva a la soledad. Y ya no se dan agradables paseos, se “hace footing”.
Pensemos y cuidemos qué nos llevamos a la boca. Lo que comemos, como dijo un sabio, que no recuerdo ahora quién fue, eso somos.
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martes, 15 de diciembre de 2015
UNA SIMPLE HOJA...
Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla."
La óptica con la que el hombre mira al Universo sigue siendo una óptica antropocentrista. Tratamos de entender lo inmensamente grande desde nuestra inmensa pequeñez.
Sería algo así como si un mosquito analizara, desde su perspectiva, la belleza de una catedral. No la podría entender. En su mosquitocentrismo le parecería algo absurdo, sin sentido ni utilidad, algo disparatado, producto de un ser cretino o caprichoso. ¡Es tan grande, tan grande, que ni siquiera sirve para comer!, se diría. Además, es, simplemente, piedra muerta.
¿Cómo podría imaginar ni comprender el sentido de una catedral, entender que no esta muerta, sino viva y palpitante, que su existencia la debe a la mente de su arquitecto y a la inspiración de muchas almas que albergan en ella su sentido de Dios, que es un lugar sagrado para el hombre, y que no apareció por casualidad, como un simple amontonamiento de piedras, sino con un fin definido que él no es capaz de entender?
Algo así sucede en el hombre frente al Universo.
Miramos el manto negro del firmamento, entretejido de millones de pequeños puntitos brillantes, y las llamamos estrellas. Vemos manchas blanquecinas de diferentes formas, y las llamamos galaxias. Miramos al Sol, y miramos a la Luna, y nos pensamos que sí, que tienen su utilidad, claro está, para nosotros los hombres, pero no alcanzamos a comprender su existencia por sí mismos, su vida y su destino.
¿Destino? Nos preguntamos. ¿Destino de dos bolas inmensas, una de ellas que solo es helio e hidrógeno en combustión, y otra, una piedra redonda dando vueltas a la tierra? ¿Cómo podría tener vida ni destino una simple piedra, una ardiendo y la otra apagada? Sería tanto como asignar vida a un grano de sal de nuestro salero.
En mi opinión, y, haciendo uso de la madurez de la humanidad, tras milenios observando a la Naturaleza, deberíamos empezar a desprendernos de la óptica errónea y pueril que mira todo lo que está fuera del hombre como seres extraños, incomprensibles, faltos de vida, de sentido y de destino.
Actuamos como si quisiéramos entender solo el sexto día del Génesis, ignorando los cinco anteriores. Y, por cierto, andamos con cierto retraso. El Génesis bíblico fue escrito nadie sabe por quién, ni hace cuantos milenios, posiblemente inspirado en otros textos mucho más milenarios de otras culturas, pero indudablemente por gente que sabía de lo que hablaba, y quizá mucho más y mejor que nuestros encumbrados científicos actuales.
¿Vida? ¿Destino? ¿Qué podría pensar el ínfimo microbio de la vida y el destino de un hombre? Y, de la misma manera ¿Qué puede pensar el hombre de la vida y destino de un ínfimo microbio, o de la más inmensa de las galaxias?
“Como es arriba es abajo”, sentenció el llamado Hermes. Quizá deberíamos reflexionar sobre esta sentencia, largamente, antes de pensar sobre la existencia de los diferentes seres que pueblan nuestro Universo.
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