miércoles, 21 de junio de 2017

SOLSTICIO





Sol que nació invicto
en lo profundo del invierno.
Que fecundó brotes y nidos,
amores y ternuras,
por la primavera blanca.

Sol que agostó flores,
en la vieja alquimia,
encerrando sus rayos
en la fruta jugosa
y en los tiernos corazones.

Sol niño, joven y viejo.
Sol nuevo y antiguo,
Novio, amante y esposo,
en brotes, flores y frutas.

Naciente, y pleno, y poniente,
amarillo, blanco y rojo,
padre amante, hijo sonriente,
complaciente y amado abuelo.
Siempre tú, tú por siempre.

Viajamos contigo, sentados
en el hueco de tu mano triunfante,
sobre el arco noble de tu brazo,
en la cuna amorosa de tu centro,
en tu ser, que es el nuestro perdido.

Lleva mis pasos amantes
como débiles huevos primero,
orugas cansinas y crisálidas luego,
al reino de tu luz,
de mariposas aladas,
a unirnos con tu brillo,
a morir en tu fuego.



jueves, 1 de junio de 2017

LA MIRADA SERENA







Pasé algunos veranos en El Palmar de Vejer. Es una playa de Cádiz muy particular, al menos lo era en aquellos días.

Hace años que no voy, pero entonces era virgen. Todo estaba justo como se puso en el comienzo. Arena, mar, viento, y esas plantas que uno nunca entiende como pueden crecer en la playa. Y algo todavía más particular. Donde acababa la arena comenzaban los sembrados. A tres metros de la dorada pero estéril arena crecían espléndidas zanahorias en una tierra increíblemente negra y olorosa.

Me resultaba un milagro. Un día pregunté a Domingo, el hijo hortelano de José, cómo era posible. Sonriendo, me contesto: - Esto que ves –me dijo señalando a su amada tierra-, solo es arena y estiércol. Nada más es preciso.

Vivíamos en unas pequeñas y humildes casas que José había transformado de establos para vacas en casitas para veraneantes. Y estaban junto a la gran huerta, donde cultivaba, bien pimientos, tomates o calabacines, si era verano, o apios tempraneros, habas, coles o lechugas si era invierno. Y muchas otras cosas que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que amaba su tierra. Seguramente la tierra en que vio la luz, y también seguramente la tierra donde verá la otra luz.

Su corazón es sencillo, y tan claro y humilde como el agua que riega sus campos. Ya es mayor, anciano, y una tarde de Septiembre le vi caminar despacio, andando en la luz benigna del atardecer andaluz. ¿Dónde irá José? –me pregunté- Le vi sentarse más tarde en la acera que rodea la casa que se hizo su hijo junto a la suya. De lejos le observaba, sin querer turbar su paz. Pero algo me empujó a ir junto a él. Y me senté a su lado. -¿Que tal José?-, dije. Volvió su cara lentamente y me miró. Nunca olvidaré su mirada. Abrió algún surco en mi pecho que aún no he cerrado esperando que germine su semilla de serenidad.

Quizá muchas veces me pregunté qué sería la serenidad, esa perdida virtud que solo atribuyen a los sabios antiguos. Pero no sé si hoy existen sabios. Sí sé que José sí lo es y que su mirada está en mí y que desde entonces su semilla ha ido germinando.

Comprendo que las virtudes no son gratuitas ni fruto del pensar o meditar. Son fruto de la vida. Y sé algo de su vida que me contó su hijo. Y desde entonces entiendo su tranquila mirada al sol poniente.

Pasó sus días abriendo las entrañas de la tierra, regándolas con su sudor, entregándole sus días de fuerza, llevando en sus espaldas el sol del sur, mirando al cielo, observando los vientos. Riendo con los brotes y los frutos, llorando con las heladas.

Engendró sus hijos, crió sus vacas, cebó sus cerdos. En tiempo de garbanzos, garbanzos. En tiempo de lentejas, lentejas. Carne en manteca y alguna arroba de vino conseguida por algunos sacos de trigo.

Sembrar, segar, trillar, aventar, moler, hornear,... comer. Esa fue su vida. Comió su tierra amada, entró en sus venas, en todo su ser. Y él es ahora la tierra, germinada con el sol, las lluvias y los vientos.

Y su mirada, esa que quedó en mí aquella tarde como un regalo, como una prenda, es para mí la mirada del planeta, de los soles y de las galaxias.


jueves, 25 de mayo de 2017

COMO RAYO SOBRE LAS AGUAS





Como espíritu del rayo sobre las aguas,
como semilla que penetra la tierra,
como semen que fecunda al vibrante óvulo,
como mente creadora que ordena la materia,
y la embellece,
como pincel de pintor, que da vida
al lienzo virgen, blanco y liso,
como voz, que da sentido y contenido a los sonidos,
como el creador, que con su mente da forma y vida
y ser a todo lo existente,
como Dios, que deja su firma
en todas sus criaturas vivientes
desde las inmensas hasta las ínfimas,
como el beso, que hace transparente el amor,
como pájaros, que mueven al azul celeste,
como la mano que acaricia, que da calor y vida,
como un amanecer, que disuelve el frío de la noche,
como un barco, que surca las aguas oscuras
y hace su camino, y llega así a su puerto,
como cielo estrellado,
donde infinitas estrellas
envuelve en luz la negrura.
como mirada, mirada que nos enseña un alma,
como músico, que con siete sonidos teje
la más divina de las sinfonías.
como médico, que con sus manos, con su arte,
resuelve el mal que acongoja,
como el arquitecto, que con piedra y argamasa
construye el más excelso de los templos.
como juez que juzga, unido a la esencia de la justicia universal
y puede juzgar los actos humanos.

Porque el hombre, que conoce y se ama a sí mismo,
a su prójimo, a los hombres, la humanidad, la Naturaleza, el Universo, Dios,
y ama a sus hermanos los animales, y a sus hermanas las plantas,
a su escabel mineral también,
y a su madre Tierra, y a su padre, Cielo.




sábado, 20 de mayo de 2017

¡CARACOLES!





 A todos nos es muy familiar la exclamación española de ¡caracoles! Yo nunca había intuido su significado, claro que tampoco nunca me había propuesto cocinar caracoles.

Un día estuvo en casa una amiga, la que, entusiasmada, nos dio una emotiva conferencia sobre la facultad restauradora de la piel que dicen que posee la baba de caracol, de la que ella, por experiencia, podía dar fe. De todos los fluidos de consistencia mucosa producidos por la naturaleza, ya sean de origen vegetal o animal, éste era el mejor con diferencia. Al parecer ya pasó la moda del aloe vera. La baba de caracol es muchísimo mejor para la piel.

Y también hace unos días degusté con sumo placer un tazón de caracoles que hizo, pura alquimia natural, otra amiga, experta cocinera, al parecer, de origen genético. Yo soy un amante (o lo era) de estos bichos curiosos, a los que las mujeres ponen de símbolo del hombre y los hombres de las mujeres. Con el caldo tradicional, con el caldo cordobés, con la salsa tomatera… en fin, de cualquier manera. Primero los bichos, y luego el caldo, y si es con salsa… a mojar pan.

Y resulta que hoy, que fui a la plaza a buscar a alguien a quien debía dinero, para pagarle (quien paga descansa, y quien cobra más), me topé en la puerta con un puesto de caracoles (al natural). Y caí estúpidamente en la tentación.
- Deme un kilo, y los avíos.
- Son 2,50 más los avíos, 3,50
- Muy bien, póngalos.

Me fui a casa, contento, imaginando la hermosa olla que prepararía, para mí y para mis amigos que, al igual que yo, son amantes de su exquisito paladar. Herencia francesa, debe ser, supongo. L’escargots… oh, la, la, l’escargots! Pero al fin y al cabo tampoco tengo tantos apellidos franceses, creo recordar que solo uno. En realidad me deberían gustar mucho más las pizzas, tengo varios italianos…

Cuando llegué no había comido aún. La comida la estaba preparando mi mujer, la que, cuando vio la bolsa de caracoles, adivinando mis intenciones, me espetó agriamente:

¡Eres un asesino en masa!
¿Todos esos caracoles vas a exterminar? y ¡vivos!
¡No voy a consentir tal caracolicidio en mi casa!

A pesar de recordarle a los pobres cerditos, a los pobres pollitos, a las pobres terneritas y demás bichos comestibles cuya carne pasa día a día por nuestro gaznate, no la pude desanimar de la imputación que me hacía de exterminador de animales.

Tras recordarle que el asesinato no se iba a producir en su casa, sino también en la mía, y que, tras hacerlo, pediría perdón a Buda y a Francisco de Asís, asumiendo la culpa y la penitencia que me impusieran, me dispuse a empezar con mi tarea.

Antes que nada, por supuesto, llamé a mi amiga la experta en cocina, y le pedí instrucciones. Para empezar –me dijo- tienes que lavar los caracoles repetidas veces hasta que no tengan nada de baba. ¿Con Fairy? –pregunté yo-. No, hombre no, con agua solo, pero tienes que hacerlo muchas veces, y continuamente cambiando el agua, hasta que ya no salga espuma. Cuando estén completamente limpios ya puedes matarlos y luego cocinarlos. Matarlos… ¿uno a uno? –pregunté- No seas idiota, los pones en agua a fuego lento y se van muriendo. En este punto me puse a pensar que Mari Luz tenía razón. No era asesinato, era tortura. Me pensé a mí mismo sometido al mismo tormento y un escalofrío recorrió mi espalda.
-Bueno, bien, gracias, empezaré por lo del lavado. Si consigo conservar intacta mi conciencia durante la hora del lavado, los mataré. Pero que conste que me lo has dicho tú. Y si alguien me pregunta diré que tú eres la culpable-
Y me puse a lavarlos.

Al principio bien. Los frotaba, los frotaba, dentro del agua, y yo diría que a los bichos le gustaba. ¿Y a quién no, pensé yo? Un bañito con suave masajeo, en agua fresca y limpia. ¿No querréis que os ponga desodorante cuando termine, supongo? –les pregunté en voz baja- Hasta ahí podríamos llegar.

Cuando acababa de ducharlos por decimoquinta vez, ya un poco mosqueado, era ya la hora de comer. Así que les quité el agua, y les di un descanso hasta después. Portaros bien –les dije- y no hacer más baba, por favor… y mucho menos se os ocurra cagaros… por lo menos hasta que vuelva.

Era ya por la tarde, después de la siesta, y fui a verlos. No, no se habían portado bien. A pesar de que, según las instrucciones, había frotado un limón por el borde de la olla para que nos se salieran, no habían parado en barras. Estaban por todos sitios, por la encimera, por el paño, por las esquinas, y lo que es peor, comiéndose el jamón. ¡Por favor! ¡El jamón es de Guijuelo! Pues por eso, ¡qué te crees! –pensé que me respondían-
Apresuradamente, comencé a llevarlos al redil otra vez, maldiciendo su atrevimiento. No había tomado café, y tenía todavía la neurona espesa. Pero decidí que había que coger al toro por los cuernos, mejor dicho a los caracoles. Así que, antes de salir a lo del café, los dejaría limpios. Como fuera.

Tras otros quince lavados, los puñeteros caracoles aún seguían babeando. Para mí que estaban hechos exclusivamente de baba, o al menos en un gran porcentaje. Pero yo, impertérrito, impasible el ademán, continué y continué. Cuando miré distraídamente el reloj eran ya las nueve menos cuarto. Y, considerando la total desaparición de baba como un asunto imposible, ya que me di cuenta que eran mucho más rápidos fabricándola que yo eliminándola, los consideré con la baba mínima para mis facultades, y me fui a tomar café, eso sí, después de pasar el limón otra vez por el filo de la olla. Quien sabe, quizá esta vez tenga efecto, deben estar muy debilitados o por lo menos mareados –pensé-

Una vez que subí, con la neurona ya más dócil, decidí que era el momento de vengarme, sometiéndolos a una muerte lenta. Y tras el permiso de la autoridad, me dispuse al tormento. A la olla, y a fuego lento. Y ahora, si persistís en vuestra contumacia, seguid babeando. Sospeché por un momento que, aún después de muertos, seguirían babeando. Pero me tranquilicé pensando que no hay bicho viviente que haga nada siendo difunto.

Una vez cadáveres, eliminé la baba que expulsaron en su agonía. Normal, pensé. Cualquiera lo haría, quizá hasta yo mismo en tales circunstancias. Y tras colarlos por vigésimo quinta vez, los eché al caldo de especies preparado al efecto. ¡A hervir, y a poneros en su punto!
¡Caso omiso! El caldo era un líquido filante, bastaba meter la cuchara de madera y luego sacarla para comprobarlo.

Me sentía vencido. Vencido por unos bichos cornudos y babeantes. Era inaudito. Yo ¡el rey de la creación, vencido por un animal insignificante!
Puse el fuego más fuerte. ¡Anda! ¡Seguid babeando, anda! ¿Os creéis muy listos eh? Cuando volví a la calma, pensé en que quizá pudieran ser comidos por alguien que no conociera la triste historia. Pensé –ojos que no ven, corazón que no siente- Así que decidí que, en venganza, se los daría a probar a mi amiga consejera, que era después de todo la culpable de mi tragedia. Si no decía nada… ¡adelante!, invitaría a todo el mundo, y yo, para evitar tomar aquél ungüento baboso, haría playback moviendo la boca como si comiera. Después de todo canto en un coro, y estoy acostumbrado a hacerlo.

martes, 9 de mayo de 2017

TENSIÓN




Lo que hace posible que el violín dé notas hermosas es la tensión de sus cuerdas.

Desde que entró la nueva directora de la coral se comenta que hay mucha tensión en el ambiente. Y yo creo que es cierto. Pero hay que preguntarse si la tensión en un proyecto, en un trabajo, en algo que queremos conseguir, es positiva o es negativa, es necesaria o es indeseable.

Yo creo que lo contrario de la tensión, que es el relajamiento, no lleva en realidad a sitio alguno de progreso, porque la consecución de un objetivo, la consecución de un logro, exige un esfuerzo, y el esfuerzo exige una tensión. Para relajarse está la playa, tumbarse al dolce far niente, está también quedarse embobado ante un programa de televisión, que no exige ni siquiera pensar, dejarse llevar por las influencias adormecedoras de muchos, muchísimos, inventos y modas de nuestro siglo, que buscan entontecer al hombre y hacerlo un perfecto inútil para conseguir cualquier cosa, tanto para sí mismo como para los demás.

La tensión genera fuerza. La tensión, bien encauzada, produce modificaciones, en nosotros mismos y como consecuencia, en aquella empresa que emprendamos, en aquél ambiente en el que estemos. Una persona anodina es una persona relajante, pero no transmite energía.

En esta nueva directora se encuentra para mí el paradigma de la tensión, de la voluntad, de la fuerza, del impulso necesario para conseguir que los miembros de la coral seamos músicos, amemos la música, y por lo tanto nos entreguemos a ella en mayor medida, con nuestro esfuerzo, con nuestro trabajo, con nuestra sana tensión del alma. Y todo ello para conseguir logros como el que recientemente hemos conseguido hace unos días.

No es cierto. No es cierto que haya que huir de la tensión. Eso es un escape de lo único que realmente nos hace hombres, la conquista de nuestras metas más elevadas, de nuestras metas más válidas. Decía un sabio que existía una estrecha vinculación entre lo difícil y lo válido. Nada válido es fácil. Nada válido se consigue sin esfuerzo. Y ningún esfuerzo se emprende sin tensión. Así es. Y por eso creo que hoy día, en nuestra abúlica y aburrida sociedad, son necesarios hombres y mujeres que transmitan esa sana tensión del alma, ese esfuerzo del alma por dirigirse allí donde le lleva su ser más propiamente humano, sus anhelos más propiamente humanos.

Estos anhelos no se van a conseguir con el “relax”, con el relajamiento, con la tranquilidad, con la quietud, con el adormecimiento, que es justamente lo que nos ofrece hoy esta sociedad podrida en la que vivimos. Justamente es lo contrario. Lo que dignifica al hombre es su esfuerzo por conseguir sus metas. Y el esfuerzo por conseguir las metas es lo primero y más necesario, y junto con la inteligencia, la perseverancia y la voluntad es posible llegar a cualquier sitio. Pero todas estas virtudes no valen nada si no está presente el esfuerzo.


























domingo, 9 de abril de 2017

UN CÉNTIMO



Dedicado a mi querida amiga Altea





Estaba en El Florín cumpliendo mi rito matinal del café despertador y del Diario, que leo con un interés que a mí mismo me sorprende. Aquello estaba lleno de gente, a pesar de la hora temprana. Busqué mesa, y sólo encontré una que estaba llena de vasos vacíos y restos de comida. Me hice un sitio y esperé pacientemente el café y que me limpiaran la mesa. Los camareros estaban agobiados.

Mientras esperaba miré alrededor distraídamente y vi un céntimo en el suelo. Observé a la gente que pasaba por su lado. Al parecer nadie reparaba en él. También podría ocurrir que alguien lo viera y pensara: -¡Bah!, sólo es un céntimo.

Al rato, me agaché, lo cogí, y lo puse en mi mesa. Al poco vino el camarero, recogió los restos del desayuno ajeno, pasó un trapo, pero... dejó el céntimo en la mesa.

Tenía ya el Diario abierto y el café esperándome, pero cogí el céntimo y lo observé. No era de oro falso y plata falsa, como la moneda de euro. Solo era de humilde cobre. Era pequeña, muy pequeña, si acaso como un botón de camisa.

Me quité las gafas (soy miope) y la miré de cerca por ambas caras. Y quedé sorprendido. No tenía efigie de reyes. No tenía mapas de pueblos opulentos. No tenía siquiera adornos en su canto. En suma, vista de lejos era sumamente insignificante. Pero yo procuré quitarme mis gafas de la vida y mirarla con detalle, tratando de resolver su misterio.

Y vi una de sus caras. Era una catedral, la fachada de una espléndida catedral. ¡Vaya! Que cosa podría ser más grande que una catedral, atemporal, sagrada, casa y templo de sentimientos puros. Descanso del viajero en el tortuoso camino al cielo lejano.

Sorprendido le di la vuelta. Esperaba el mapa de los pueblos ricos y “de progreso”. Pero no. Tenía una imagen del planeta Tierra. ¡Incluso estaba África! Allí estaba toda la Humanidad. Los que malgastan inútilmente la riqueza y los que nunca conocieron siquiera la existencia de un grifo. Los sumamente tontos y los sumamente listos. Los cobardes y los valientes. Los hombres de todos los colores. Los esclavos y los traficantes de esclavos. Todos allí, en la pequeña moneda de céntimo.

La guardé en mi bolsillo, después de limpiar la suciedad de los que la pisaron, de los que la ignoraron y de los que la despreciaron. Y ahora la tengo delante de mí, como mi símbolo, como mi despertador, como mi pequeña y gran amiga.

Ahora no es un céntimo. Es mi céntimo.





jueves, 26 de enero de 2017

LA FILOSOFÍA, ¿INÚTIL?





 En nuestros días la filosofía ha sido mal entendida, mal utilizada y, finalmente, defenestrada y desterrada de la enseñanza.

La auténtica filosofía no es cosa de ancianos eruditos, sino que permanece durante toda nuestra vida. Somos filósofos desde niños. A quién no le ha hecho un niño preguntas como estas:

-Papá, ¿esas luces chiquititas que se ven el cielo por la noche que son?

-¿El sol por qué no se cae?

-Mamá ¿por que dices que ese hombre es malo? ¿que es ser malo?

-Mamá ¿por que tenemos que morirnos, como el abuelo?

-Papá ¿tu quieres a mamá?

-Papá ¿por que hay tantos animales? ¿los  animales sirven para algo, o solo para comer nosotros?

-Etc, etc. 

Lógicamente los niños dejan pronto de preguntar por dos motivos, bien porque más pronto o más tarde son desanimados con contestaciones como: “Niño, no preguntes más”; bien porque se dan cuenta que nadie tiene las respuestas que necesita.

Lo que ocurre con la filosofía es que se perdió su sentido original, su porqué, su para que, y, en consecuencia, perdimos su cómo. Hoy el soberbio hombre de nuestro siglo se enorgullece de no necesitar de la sabiduría de nada ni de nadie. 

Pero, cosa curiosa, han aparecido, como los hongos, un enorme ejército de psicólogos, psiquiatras y “entrenadores personales”. Y se hacen terapias de pareja o de grupo, por todos los lugares, y se escriben y venden infinidad de libros de “autoayuda”.

Por otra parte, nacen, se desarrollan y mueren una inmensidad de grupúsculos, liderados por un “gurú”, un “maestro”, o un “sabio”, quienes, para sus “discípulos”, detentan el summum de la sabiduría humana y sus seguidores acatan sus indicaciones a pie juntillas, sin duda ni reflexión alguna.

Por un lado se rechaza la filosofía, pero se siguen con gran devoción los consejos de cualquiera de los profesionales y líderes que he citado. Y me parece que en esta situación hay gato encerrado, ya que es una situación extraña y muy chocante.

Si la libertad ha sido declarada como el bien supremo del ser humano, y si esta libertad es potencialmente nuestra desde el nacimiento, por el hecho de nuestra condición humana, ¿a qué se debe que tengamos que seguir las indicaciones de nadie para guiar nuestra vida? ¿por que oscura razón dejamos las riendas de nuestro caballo a alguien ajeno a nosotros, o seguimos sus normas de conducta, de pensamiento y de sentimiento y no las nuestras propias? ¿Es que hemos renunciado a nuestra libertad para dejar en manos ajenas el curso de nuestra propia vida? 

Seguramente el motivo es el llamado “miedo a la libertad”. Y este miedo se justifica en que conquistar la propia libertad no es asunto fácil; para ello tendríamos que desprendernos de todas aquellas formas de pensar y sentir que nos fueron inculcadas desde nuestra niñez y que cómodamente aceptamos sin reflexión alguna. Este desprendimiento es necesario para iniciar, desde nuestro interior, la búsqueda de nuestra forma auténtica de encarar la vida, y, desde ahí, empezar a vivirla acorde a esos principios logrados en la búsqueda. Pero este es un trabajo, quizá el más propio de lo humano, que no es fácil, ni cómodo, ni exento del trabajo de forja interior. Pero así, y solo así, llegamos a conformar nuestro propio ser interno, limando nuestras asperezas y dando brillo a nuestras facultades. 

Seguramente esta es la más gloriosa aventura de un ser humano, la del camino en búsqueda del propio ser interior Y éste es el verdadero sendero de la filosofía, cuyo significado original etimológico es “amor a la sabiduría”, de los griegos philos, amante, ysophia, sabiduría.

La situación actual es extraña ¿verdad? Cualquiera diría que absurda: un hombre libre entrega su vida a las directrices de otro hombre. ¿Existe mayor esclavitud? ¿Somos libres o esclavos? ¿Somos independientes o dependientes?

Cuando una persona sufre una gran pérdida o una gran desgracia, o quizá solo un contratiempo trivial, va corriendo o se le lleva a un psicólogo, para que le guíe en la solución del estado incontrolable en el que cae el afectado. Esto solo quiere decir que esa persona no dispone de la sabiduría suficiente para abordar por sí mismo su situación vital ante el problema.  Es como una orfandad en la que vive la gran mayoría de la humanidad, donde es preciso que nos digan como pensar, como sentir, como comportarnos, como afrontar nuestros retos, nuestras debilidades, nuestras dificultades.

Y… ¿no sería mejor aprender a hacerlo?

Desde el fondo de los siglos, Séneca, Epicteto, Platón, Confucio, Plotino, Buda, Aristóteles, Hermes, los Vedas y un sinnúmero de sabios, que comportan la herencia más valiosa de la humanidad, deben sentirse tristes y defraudados por nosotros, los hombres de este siglo soberbio. Tanto buscar la sabiduría a lo largo de todas sus vidas para que ahora nadie les conceda ni la menor importancia ni les de el menor crédito… Sobran en las aulas, y sobran en nuestras vidas… 

Nos decimos: ¿dijeron algo de interés, algo de utilidad, algo que merezca la pena ser considerado? ¿no se trataba más bien de gente ociosa, gente de vagancia, que vivían a costa de ir contando sus estrambóticos delirios a los demás mortales, complicándoles la vida? ¿gente que nos decía que debíamos conquistar nuestra libertad, cuando ya somos libres por naturaleza? ¿que debíamos buscar y amar la verdad y la sabiduría, cuando ya lo sabemos todo? ¿que deberíamos de tomar las riendas de nuestra vida, cuando sabemos que la vida es un azar y las riendas son innecesarias, porque no vamos a ningún sitio? ¡Que el caballo galope a donde él quiera! ¿Para qué necesitamos riendas, ni caballo, ni nada?

La filosofía es cosa de gente que, en lugar de trabajar, se dedica a pensar cosas inútiles, difícilmente entendibles para nadie, y que solo nos hace volvernos más locos todavía…

Pero, no es así. Los grandes sabios de la humanidad, esos a los que ahora despreciamos, son en realidad los que, con sus aportes de enseñanza, han promovido el desarrollo y el progreso humano a lo largo de los siglos. Son los que han aportado luz vivificadora al hombre en todas las épocas, los que han evitado que el hombre retorne a la edad de las cavernas convirtiéndose en una bestia más. Su sabiduría ha iluminado las artes, las ciencias, las leyes, las religiones, así como cualquier actividad creadora y enriquecedora que ha colaborado a que el hombre sea más humano, más bueno, más justo y, en resumen, un poco más sabio.

Y en nuestros días, en los que hemos rechazado sus orientaciones y su luz, no hace falta explicar de que manera camina la humanidad hacia la nada. Todos lo sabemos.



Nunca fue eso la filosofía… Nunca fue inútil… Nunca ociosa… Nunca.

Para mí que la filosofía es el manto de sabiduría que cubre todos los saberes del hombre en todas sus facetas. 

Es la esencia que subyace en toda forma de entender la vida y de vivirla. 

Es la conformadora de los cimientos y de los pilares de cualquier quehacer humano. 

Es la que guía y da impulso, o debiera hacerlo, a las ciencias, a las artes y a las religiones.

La filosofía fue siempre la ciencia más alta y más noble, porque es la ciencia de la vida, la lámpara de los hombres, la que aporta la luz que nos guía en la gran aventura de la vida humana.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

ADIVINOS







Cuentan que se rodaba una película , a mediados del siglo pasado, en el perdido oeste americano El equipo de rodaje desplegó al amanecer y en mitad del llano toda su habitual parafernalia de cámaras, equipos de iluminación, camiones de vestuarios, etc.

Al mediodía estaba ya todo dispuesto para el rodaje de las primeras escenas esa misma tarde. Para sorpresa de todos vieron llegar una cabalgadura a lo lejos, levantando polvareda. Ya más cerca pudieron divisar la figura con más detalles, se trataba de un indígena del lugar, que vestía el atuendo propio de su tribu. Se detuvo cerca de ellos para interesarse por el motivo de tal despliegue.

 -Vamos a rodar una película aquí- dijo el director.
 -Bien. Bien. Lugar hermoso. Nuestra tribu ayudar, si necesario- dijo el guerrero  indio.
 - ¿Es usted el jefe de la tribu?
 - No. Ser solo hechicero.
 - ¿Sabría usted si lloverá esta tarde?
 - Tarde llover.
 - Bien, gracias, mucha suerte en su viaje de vuelta. Y presente nuestros respetos al Gran Jefe.

Marchó el indio, y todos rieron de su arrogancia.
A la tarde, estaban todos los focos encendidos, las cámaras preparadas, los actores vestidos y en disposición de comenzar los primeros planos cuando… una repentina y fiera tormenta descargó sobre todos un inmenso diluvio. Recogieron todo tan rápido como pudieron y, nada más terminar, apareció un sol glorioso tan de repente como apareció el aguacero.

Será cuestión de consultar mañana al hechicero –dijo el productor al director- Puede que, al ser de esta tierra, sepa fielmente qué sucederá mañana con el tiempo. No quiero arriesgarme a que se me deteriore todo el material.

A la mañana siguiente volvió el indio por allí. Nada más verlo le preguntó el director:

 - ¿Lloverá esta tarde, gran hechicero?
 - No saber, rostro pálido, averiarse transistor…

Este pequeño chiste puede resultar muy ilustrativo para lo que pretendo exponer.
A veces mi hijo me pregunta si lloverá mañana, o pasado mañana. Y yo soy gaditano, y todo gaditano es bastante buen meteorólogo y sabe más o menos lo que ocurrirá en la atmósfera salvo cambios imprevistos en los vientos. Por supuesto para el ámbito, en el caso de la capital, de su entorno, es decir, de la bahía de Cádiz. Así que le hago mi predicción, y casi siempre acierto.

La cuestión es que él no puede saber en qué factores se basa mi predicción, por lo que para él soy… ¡un adivino!

«Epur si muove»

Galileo Galilei fue condenado a cadena perpetua por el Santo Oficio, y obligado a retractarse de sus demoníacas teorías sobre los movimientos de los astros en nuestro sistema solar, con las que desbarataba la hasta entonces imperante doctrina del geocentrismo y establecía el modelo heliocéntrico en nuestro sistema.

Es muy probable que la gente vulgar pensara que sus afirmaciones eran adivinaciones hechas con ayuda de conjuros o de entidades del mundo infernal. Simplemente no podían entender sus descubrimientos, o simplemente, no les interesaba. El poder del momento les había dicho lo que habían de creer, so pena de seguir sus pasos a la cautividad. Así pues, Galileo era simplemente un “poseído por los demonios”, y sus teorías eran “peligrosas”.

Del gran músico y excelente violinista Nicolo Paganini se cuenta que terminó una sonata de violín con una sola cuerda en su instrumento. Alguien, que no le quería bien, que la envidia es muy mala, se había ocupado de serrar al límite todas las cuerdas, y solo la prima resistió hasta el final. La gente vulgar no podía creer lo que estaba contemplando, era imposible –pensaban-, solo sería posible hacerlo con el producto de la venta de su alma al “Maligno”.

Se podrían poner ejemplos hasta cansarnos, pero la conclusión que quiero extraer es la de que, para la gente ignorante, cualquier situación que exceda su escasa capacidad de comprensión será considerada como consecuencia de una ayuda externa, generalmente obtenida acudiendo a poderes malignos y peligrosos.

No hay nada que más asuste al ignorante que lo inusual o incomprensible, lo maravilloso o lo inexplicable. Ante la presencia de un poder superior, el pánico les envuelve, y se unen, capitaneados por los mediocres, para derribar a quien se sitúe fuera de su comunidad de ignorancia.

Vi no hace mucho una excelente película, que os recomiendo, titulada “El Greco”. En uno de sus pasajes, Tiziano, conversando con Doménico, le recomendaba:
- No muestres nunca demasiado clara la verdad. No la podrían soportar.

Esto es, en general, lo que los mediocres nunca podrán soportar. Alguien que, como Sócrates, les muestre su incapacidad para captar y aceptar las grandes evidencias.

Virgencita, que me quede como estoy…




domingo, 6 de noviembre de 2016

¿QUÉ ES ANTES, EL HUEVO O LA GALLINA?







Este es un dilema clásico, el que, hasta hoy no ha tenido ninguna conclusión inequívoca e irrefutable. No obstante, he encontrado una página en Internet, cuyo enlace es el siguiente: http://www.20minutos.es/noticia/124329/0/huevo/gallina/dilema/
en el que, consultados un científico, un filósofo y un granjero, todos coinciden en que primero fue el huevo.

Yo, desde luego, me quedo “pasmao” con tan increíble coincidencia y tan absurda conclusión, a pesar del conocimiento filosófico de uno, el científico del otro y, sobre todo, con la experiencia en estos asuntos de un granjero.

Yo, modestia aparte, creo haber encontrado la solución al enigma. Y lo explicaré a continuación.

No pudo ser solo la gallina, ya que todos sabemos (y el granjero mejor que nadie) que los huevos son estériles si a la gallina no la ha pisado previamente un gallo y, una vez puesto el huevo fecundado, lo ha empollado el tiempo suficiente. Todos, o por lo menos yo, y creo que el granjero también, sabemos que, al cascar un huevo de gallina y observarlo con detenimiento, comprobamos si el gallo pisó a la gallina, porque el huevo muestra en él lo que se llama “engalladura”. Es visible a simple vista, no hace falta microscopio. Es la huella del gallo.

Tampoco pudo ser el huevo el primero en aparecer, ya que no tendría engalladura, y en el caso de que apareciera con engalladura, no existiendo el gallo ni la gallina se daría una situación surrealista. Y, como tampoco existiera entonces una gallina que empollara ese huevo, me parece que, sin engalladura y sin empollar no nacería pollito, simplemente se pudriría. Esto lo sabe el granjero de todas todas.

Así que el dilema no tiene solución aparente. Aún así, yo le he encontrado respuesta.

Me acuerdo de cuando se cuenta el mito de Noé, quien, avisado por Dios del diluvio, le ordenó que construyese un arca donde debería meter una pareja de animales para que pudieran seguir existiendo cuando saliera el arco iris y la paloma trajera la rama de olivo en su pico. Una pareja, señores, una pareja. Dios no era tonto, y Noé tampoco.

Por algo, y desde que el mundo es mundo y el universo universo, la generación se ha producido por dualidad. Si Noé se hubiera olvidado del gallo, no existirían hoy día ni gallinas, ni huevos de gallina, ni pollos.

Por esto, el dilema es erróneo en su planteamiento, ya que subyace en él el pensamiento materialista. Señores, de la materia confusa no surge vida, de la materia no surge nada si no es fecundada y , consiguientemente, ordenada.

En cualquier cosmogénesis que estudiemos de cualquier religión, arte o ciencia, de la que tengamos noticias hasta hoy día se encuentra la solución al falso dilema.  El Uno sin segundo y la Trinidad como medio de expresión.

La ciencia actual (que yo conozca) sigue admitiendo una creación monoparental, y si me apuráis, aún totalmente huérfana de padre y madre. El llamado Big Bang, literalmente: Gran Explosión.

En un principio existía (¿) únicamente el vacío (¿) y en un momento, no sabemos porque razón, se produjo una inimaginable y enorme explosión, la que llaman Big Bang. Pero yo pregunto: ¿Qué fue lo que explotó si no existía entonces nada, es decir, solo el vacío, si es que puede tener existencia algo que no es nada? ¿y porqué tuvo que explotar la nada? y, además ¿la nada puede explotar?

Con el tiempo, los científicos se dieron cuenta que su teoría (por llamarle algo) era totalmente absurda. Así, los científicos más avanzados dijeron suponer que en principio existía una materia enormemente condensada, amorfa y homogéneamente desorganizada. Le llamaron “la sopa cósmica”. Y eso fue lo que explotó. Y se fumaron tranquilamente un puro. Pues, que yo sepa, una sopa no explota por sí sola, es más, ni siquiera se mueve, a no ser que yo meta la cuchara.

Seguramente los científicos leyeron el Génesis hebreo y de ahí tomaron la idea. Transcribo literalmente de dicho libro: La tierra estaba confusa y vacía. Es preciso suponer que la palabra vacía equivale a vacía de orden, al igual que confusa. Sopa cósmica. Óvulo o huevo sin fecundar.

Pero al parecer no han seguido tomando ideas del Génesis, porque a continuación se puede leer:
… pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas… sobre las aguas primordiales, oscuras y abismales.

Y dijo Dios: “Haya luz”; y hubo luz. La Luz primera, generadora del Universo.

¡Bueno! ¡Hasta aquí podemos llegar! –clamó el materialismo- si seguimos así llegaremos a que el Universo fue creado por Dios. ¡De eso nada! Todo lo más admitimos que la materia amorfa, tan densa que toda la necesaria para luego formar el Universo estaba concentrada en un solo punto infinitamente pequeño, explotó. Sí, así fue, y se ordenó ella sola pues si no ¿qué agente externo a ella la iba a ordenar, si era lo único que existía? Debemos mantener a toda costa que solo existe la materia y que, por azar, se organiza sin necesidad de organizador. La materia es muy lista, y además es lo único existente, ahora y siempre.

Creo que alguien dijo que estaría dispuesto a aceptar el motor organizador del azar si ocurriera lo que sigue: arrojar una y otra vez al espacio troncos de árboles, hierro y otros metales, colmillos de elefantes, y que cuando cayeran otra vez a la Tierra volviera en forma de órgano sonando la Tocata y Fuga compuesta por J.S. Bach. Solo entonces admitiría la teoría del azar.

Es una pena, porque es muy socorrida para muchas cosas, incluso cotidianas en la vida del hombre, pero tiene una gran inconveniente: es falsa. Lamentablemente todo suceso requiere una causa. Es tan obvio que no merece mayores comentarios. Y el azar no requiere causas. Molestas causas…

¿Qué hacemos pues ahora? ¿A quién recurrimos? A los grandes científicos; se lo preguntaremos a A. Einstein.

- Sr. Einstein, ¿usted cree que Dios juega a los dados?
- No, yo creo en la ley y el orden absolutos.

¡Pero bueno! ¿Hasta Einstein nos va a desbaratar la “ley” del azar? 
Bueno, diremos que la materia tiene su propia “ley” y que esta consiste en el azar. ¡Bien dicho! Salvo que encierra una enorme contradicción, ya que la ley es justo lo contrario del azar.

…………….

Un óvulo de cualquier animal no es fecundo por sí solo. Es la materia primordial. Para su fecundación, desarrollo y ordenación requiere de un agente distinto a él. Ese agente es la célula masculina, la que promueve la ordenación de la materia primordial, en este caso un óvulo femenino.

Deberíamos preguntar al granjero que ocurriría si en su granja solo tuviera gallinas ponedoras. Pueden imaginar ustedes el resultado a corto plazo: una granja desierta.

Si acudimos a las plantas, todo el mundo sabe, y el campero también, que las flores se autofecundan, ya que disponen de ambas células polares. La femenina en el pistilo y las masculinas en el polen de los estambres. E incluso hay árboles que tienen sexo, y es necesario tenerlos de los dos sexos uno cerca del otro para que de fruto el llamado hembra.

Y este es el motivo del uso de preservativos y otros anticonceptivos, evitar el contacto de ambos agentes, de lo femenino con lo masculino.

Por lo tanto, quien sostiene la absurda teoría de la sola existencia de la materia organizada por el azar, desconoce una de las leyes que rige el universo, la ley de la dualidad. Y no hace falta ser ni científico ni filósofo, porque hasta un granjero sabe que de uno no sale nada. Sale de dos, de un macho y una hembra. Y no solo la gallina y el gallo, el resto del universo no es una excepción y también sigue esa ley.

Los griegos tenían bien asentada esta ley, y nos presentaban el origen del universo de una forma trina: Caos-Teos-Cosmos. Caos como la materia primordial, Teos como agente fecundador del Caos, y Cosmos el resultado o fruto.

Ley probablemente recogida de los egipcios y de su trinidad: Osiris, Isis y Horus.

En cualquier civilización se nos presenta la misma unidad trina: Padre-Madre-Hijo. Y no es pura coincidencia, es decir, no es resultado de ningún azar. Es simplemente una ley universal constantemente mantenida a lo largo de las civilizaciones.

Entonces, recapitulemos y volvámonos a hacernos la pregunta:
¿Qué fue antes, la gallina o el huevo?
Lo que fue antes fueron gallina, gallo y huevo. A partir de ahí sí hay generación perpetua y ordenada según la ley.









domingo, 23 de octubre de 2016

LA CALETA AL AMANECER






Amanece. 
Todo duerme. 
Solo es silencio. 
Todo está muerto.
 Sin luz, sin sonido, sin movimiento.
No vinieron aún los pájaros, ni los niños, ni las gaviotas. 
Hasta las piedras son frías, casi muertas.
No está el sol, padre de todos. 
La mar mueve sus aguas con timidez, suavizando su fragor, refrenando sus ansias.
Y aparece la luz, principio de la creación de un nuevo día. 
Y el mundo renace. 
Como siempre y como nunca. 
Siempre igual, pero siempre nuevo.
Fiat lux
Despierta la luz, y alienta el aire,
las aguas salen de su sueño, se mueven las largas arenas y respiran otra vez las rocas.
Gaviotas que nacen de la espuma, moviendo el aire, y la luz. 
Blanco en el ocre de las rocas. 
Amarillo sobre el azul del cielo.
Y unos hombres, en silencio y solos, caminan a su barco. 
Comienzan su trabajo, su afán, su vida.
Solo al amanecer, el sol y la mar. 
¿Acaso es Dios algo más que el sol y la mar?