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miércoles, 25 de mayo de 2011

LA MIRADA TRANSPARENTE



Tiene Turca una mirada... No sé que hay en esos ojos, pero es lo más cercano que encuentro a la pureza. Sus grandes ojos negros son limpios y transparentes. Te asomas a ellos como a las aguas quietas de un lago profundo.

Seguramente Dios sí la hizo a su imagen y semejanza. Y no fue necesario expulsarla del paraíso. Vive en él, y nada sabe del bien ni del mal.
Como un ángel negro se acerca a mi costado y me mira.

Su silencio es solo de palabras. Sus ojos hablan mucho más que cualquier libro de poesía. Su voz está en el aire, en la luz que desprende su mirada. ¿Para qué quiere la palabra? Todos sabemos que casi siempre solo sirve para crear malentendidos. Todos sabemos que solo es claro el lenguaje del corazón. Y ella lo tiene. Grande y limpio.

Cuando duerme, se desprende de su cuerpo, no sé a donde va. Solo sé que su huida ha sido tan completa que parece muerta. A veces la toco para sentir el aire mover su pecho, o acerco mi oído a su cara para sentir su aliento. Siempre descansa cerquita de mí. Ella sabe que estoy a su lado. Con mi compañía le basta. Le rodea mi hálito. Y ella me rodea con el suyo. Es su mundo. Es el mío.

A solas en la noche, me acerco a contemplar lo ancho donde vivo, mi casa celeste, negra en la noche, pintada de estrellas, átomos de nuestras entrañas. Ella se sienta conmigo y me mira. Mira su universo,... y yo miro el mío. Pelo negro, como el cielo, ojos brillantes, como la luna.

Su vida de niño es clara, sencilla y simple. No hay engaños, ni deudas, ni reproches. No conoce la falta ni necesita el perdón. Pide sin reparo, toma sin solicitudes, descansa sin horas.

Toda su vida la ha tejido en mi telar. Estuve en todas sus horas, en todos sus días y en todas sus noches. En todos sus dolores y sus placeres. En todos sus juegos y en todas sus horas plácidas. Fue niña, fue adolescente, fue joven, es adulta.

Jugó de niña en mis manos. Cuidé de su primera sangre en la adolescencia. Estuve junto a ella cuando la vida sembró vida en su seno. Y sufrí sus dolores de parto, su desazón desgarradora. Tuve en mis manos, aún sin vida, los retoños brotados de sus entrañas. Y mis manos hicieron que el primer aire del mundo entrara en sus pequeños pechos. Y enterré en mi huerto, llorando, uno de sus pequeños hijos, de las estrellas devuelto a las estrellas.

Milagro de una vida entera en solo uno de mis días.

Y ahora está aquí a mi lado. Sus ojos transparentes acarician mi corazón abierto en lágrimas, que se desborda regando los sembrados donde nacen las flores más bellas. Las flores del corazón.



miércoles, 21 de enero de 2009

CUATRO MÚSICOS EN LA CALLE ANCHA



       Hace unos días salí con Miguel Ángel porque quería hacer unas compras, y al pasar por la calle Ancha, vi a lo lejos un grupo de gente y escuché música. Sabéis de mi afición a la música, así que nos acercamos. 

       Eran cuatro. Jóvenes. Entre todos no llegarían al siglo. Rubios, de ojos claros y el alma en los ojos y en la frente. Serían centroeuropeos o rusos. Seguramente vendrían a dar un concierto por la zona, como integrantes de alguna orquesta y pensaron en sacar algún dinero haciendo su concierto particular en la calle. Eran un violín, dos acordeones y un contrabajo.

Nos paramos a escuchar. Era música clásica, alegre por lo general, a veces emotivamente lenta, temas conocidos universalmente casi todos. Siempre se agradece escuchar cosas bellas, que alegran el alma y mueven el corazón. No pude evitar mi crítica y vi que a pesar de la alegría y el espíritu que ponían en lo que hacían, colaban gatos. Pero eso no era lo importante, y lo deseché al punto. Lo importante era que la calle estaba llena de hermosas melodías, antiguas pero siempre nuevas... y también llena de gente.

Gente que escuchaba embelesada, gente de todas las edades, niños, jóvenes, adultos, ancianos. Hasta hubo una viejecilla que se lanzó a bailar un tango que interpretaron. La gente aplaudía con gusto al terminar cada pieza, y el canastito se llenaba continuamente. Todos echamos algo. Todos teníamos agradecimiento en el corazón.

Me senté en un banco. Miguel Ángel había encontrado a un niño y se enseñaban mutuamente sus “tazos”, así que estuve allí un rato. Y pensé.

Pensé, o mejor, como siempre, vinieron a mi mente cosas. Y solo os quiero citar la que me produjo un golpe interior. Como seguramente sabéis, tengo una excelente mala opinión de la sociedad que nos ha tocado vivir, creo que totalmente justificada. Solo hay que abrir una revista de cualquier cosa o cualquier periódico, ver cualquier televisión, ir a cualquier teatro o exposición, escuchar hablar a alguien sobre cualquier cosa, política, arte, música, religión, filosofía, educación, relaciones humanas o cualquier otro tema que imaginéis, y lo actual, lo que supone progreso, lo que se trata de promover, si no imponer, son una sarta de majaderías, aberraciones, atentados contra el sentido común, estúpidas utopías para ángeles de cualquier otro mundo que no sea este, cosas de locos de atar, falsedades, engaños, trapicheos, etc., etc. etc.

Esta captación de la evidencia que nos rodea me acompaña todos los días, me amarga, me hace sentir en un desierto. ¿No hay nadie que tenga la cabeza en su sitio? ¿No queda nada auténtico, nada real, nada sin mezcla, sencillo y humano? ¿Que será de mí, que será de mi hijo? 

Y la respuesta me llegó ese día. No porque los músicos de la calle Ancha interpretaban música auténtica, que lo hacían. Lo realmente milagroso, lo realmente bello y salvador era que eso auténtico estaba en los corazones de todos los que pasaban. ¡Lo reconocían! ¡Lo sentían! Y, como no, lo agradecían.

Pensé en aquél dicho de no sé quién que dice así: “Podéis engañar a un hombre toda su vida, podéis engañar a un pueblo por algún tiempo, pero no podéis engañar a toda la humanidad por todo el tiempo”. Y entendí su significado.

A pesar de mis temores, de mi pesadumbre y mi desesperación, estaba en un error. El hombre no estaba engañado, no se le podía engañar. Y pienso ahora en la música concreta, en la música electrónica, en el arte abstracto, en Picasso, en el Gugenhein,  en los poetas modernos, en los profetas del consumismo, en el Hola y el Semana, en la Champion League, en los políticos, en los viajes a Cuba y al Nepal, en la crema dental que pone los dientes como las estrellas y en los sostenes que realzan el busto. Todo lo fútil, lo sin raíces, lo falso, lo no natural, lo estúpido, lo demencial, lo pretendidamente intelectual, los paraísos prometidos a los cándidos…, en suma,  lo que impera.

Y creo que el hombre de la calle lo sabe, sabe que todo eso no vale nada. Solo son cuatro locos que consiguen hacernos comer basura. Pero cuatro locos con todo el poder, con todo el poder del mago del cuento. Las vendas caerán, y las ovejas sabrán que son ovejas, y los hombres sabrán que son hombres. No lo dudéis. No sé como, ni sé cuando, pero sí sé que lo auténtico pervive y lo falso se derrumba solo. Al final, desvestido y desnudo, no hay falsedades. Queda solo Adán, queda solo Eva. Queda solo Dios.



martes, 1 de abril de 2008

CORPUS



Mater amabilis,
O mater admirabilis,

Mater dulcissima.
O virgo prudentísima

Ave aleluya.
Laudate virginem
Ave aleluya.
Ave aleluya.


Domingo, día de Corpus. Un sol radiante lanza sus rayos ardientes a través de un cielo de nieve azulada.

Son las doce del mediodía. Poco más o menos.
Se escucha ya una marcha, y al poco se la ve avanzar, andando, despacio y solemne.

La calle Santiago es estrecha... pasará rozando balcones. Besando ventanas.
En la sombra de la calle se ve ya radiante y refulgente de plata y de rosas.

A hombros de hombres recios viene andando. No parará hasta Candelaria.

Entrando, la luz dorada arranca sus reflejos y sus tonos.
Aire de primavera. Luz y aire de rosas, de llamas, de cirios y de calor.
Calla la banda. Ahora está ahí delante, delante de nosotros, delante de mí.
Su mirada es extraña... no mira a ningún lugar. Su vista es al frente, al infinito.

Como las antiguas diosas. Como las antiguas vírgenes. Sencilla y divina. Intocable, en lo alto, en lo inalcanzable.
Y con sus manos ofrece un pequeño niño, muy pequeño, que abre sus brazos al frente. Pero la virgen es muda e inmóvil. En su lecho de rosas. En su pedestal de plata.

Es la Virgen del Rosario. Y está parada ahí delante. Delante de nosotros. Delante de mí.

Mater amabilis, o mater admirabilis...

Se oyen ya nuestras voces abriendo el silencio. El silencio de sol y de flores. El silencio de las almas y de los corazones.

Mi voz sale de mi garganta y de mi pecho y escucho vibrar la hermosa melodía de Bach. Pero ¡no!, no soy yo el que canta. Del fondo de mi ser, como de un volcán en llamas, surge un bramido, una voz fuerte y abrasadora, que grita, que gime, que implora.

- ¡Hazlo! ¡Te lo ruego! ¡Te lo suplico! ¡Por favor, te lo imploro, sé que puedes hacerlo!

- ¡Hazlo! ¡Haz el milagro! ¡Hazlo por mí!

Siento sólo que mi voz y mis palabras siguen solas al ritmo de mi cerebro y mi garganta en las líneas que mantengo en mis manos, pero de mi alma sale un fuego abrasador que quiebra mi voz y hace nacer un torrente de lágrimas, que me ahoga, que me asusta, que me arranca el corazón.
.....

Cuando nuestra plegaria acabó, las lágrimas empapaban mi rostro, los hombres recios levantaron a la virgen impertérrita, y mi pudor y mi vergüenza me apartaron de mis compañeros.

Vergüenza de un corazón desnudo. Un corazón desnudo y pequeño arrojado a los pies de un poder grande.
.....

Y apartado, volví a contemplar su imagen, escondido entre los setos. Sabía que no volvería su cara para mirarme, pero también supe que debió de oír mis gritos.

A mi vuelta con mis compañeros, una voz interna me preguntó.
-¿Y tú, que vas a ofrecer?

Solo pude responder: -Amaré en la medida de mi corazón. Lo juro.