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jueves, 8 de octubre de 2015

LA GRASIA DE CAI





     Hablaba con un viejo amigo, casado felizmente con una mujer japonesa, matrimonio de muchos años, cosa por cierto hoy poco corriente, sobre lo difícil y complicado que puede resultar para un gaditano entenderse con una persona nacida en oriente, como es su caso.
   
       Yo le decía que ya es difícil entenderse con un español del norte, como pudiera ser un catalán, un vasco o un gallego. Y, apurando más aún con un andaluz de cualquier otra provincia, granaíno, por poner un caso. Así que con una japonesa…
   
       No lo digo, por supuesto, en el terreno del lenguaje, que todos sabemos es difícil también, o en las costumbres, o en la cultura. Y si no lo cree así, pruebe un gaditano a explicarle a alguien que no lo sea en qué consiste que algo esté “cambembo”. Poco menos que imposible que lo podamos explicar, y mucho más imposible que el otro lo entienda. Yo, en este caso, para no empeñarme en algo destinado al fracaso, lo que hago es enseñarle una sartén cambemba, o una mesa cambemba. Así es más fácil que lo comprendan.
   
       Lo verdaderamente difícil, que a veces se convierte en un tormento para el gaditano, y mucho más aún para el forastero, es entender la grasia de Cai. El doble sentido, la exageración, el hablar en serio algo que es en broma, o en broma algo que es serio, y otras muchas cosas propias de aquí.
   
       ¿Cómo puede entender un forastero que llamemos cariñosamente a alguien “hijo puta”, por ejemplo, y nos quedemos tan tranquilos ese alguien y nosotros? ¿Y por qué no puede entenderlo? Pues porque ese alguien, también gaditano, sabe perfecta e inmediatamente si se trata de un apelativo cariñoso o de un insulto, pero el forastero no puede entender cómo logra adivinarlo en décimas de segundo.
   
       La guasa no tiene cura, dicen por aquí. Y es bien cierto. Está tan enraizada en la gente de Cai que, si tratáramos de extirparla sería imposible, a riesgo de extirparle su esencia de gadita.
   
       Por experiencia, creo que lo más complicado para un forastero es conseguir descifrar rápidamente si lo que un gadita le cuenta se trata de algo en serio, verídico, o lo está diciendo en broma. Lo más usual es que piense que le está tomando el pelo, e incluso más de uno se ofende.
   
       Para mí es un auténtico placer y un baño gadita el hacer cola en el puesto de churros de mi amigo El Luna, el del puesto de La Guapa, y sobre todo en verano, que hay mucho forastero. Me contaron que el mes pasado, agosto, había una cola considerable esperando para comprar los excelentes churros que hace y vende allí mismo, a la vista de los clientes. Y en estas, llegó un hombre que, saltándose la cola, pidió que le despacharan. Por supuesto, El Luna le señaló la cola, con una breve pero clara instrucción, a lo que el hombre, que era forastero, le espetó en alta voz:
   
       - Oiga, que yo no soy de aquí, que soy de fuera…
   
       Tras oír toda la cola tan absurdo argumento, comenzó el cachondeo.
   
       - Venga, Luna, despáchale a este hombre ya, que no es de Cai.
   
       - Joé, Luna, ¿lo vas a hacer esperar? ¿No te ha dicho que es de fuera?  ¿Qué van a pensar de la gente de aquí, que hacemos esperar a los  veraneantes? A lo mejor el hombre tiene prisa, o lo está esperando su  familia en la Caleta con el cafelito en la mesa…
   
       - Desde luego, Luna, eres un cabrón. A partir de mañana me voy al  puesto de al lao, sieso. ¡Vaya forma de tratar a una persona que es de  fuera…!
   
       En fin. A qué abundar. Os lo podéis imaginar. Guasa y risa para un buen rato.
   
       Esto es una anécdota de los cientos que se pueden vivir todos los días. Me han contado que hay gente “de fuera” que va a ver los partidos de fútbol en Cádiz no para ver el partido, que es lo que menos le interesa, sino para escuchar los comentarios de los que tiene alrededor. Por supuesto, coincido con ellos. Los comentarios suelen ser mucho más interesantes que el partido. Mucho más. Y sobre todo para una persona “de fuera”.
   
       Tengo amigos y amigas sudamericanos, inteligentes y con sentido del humor, que han tardado años en acomodarse a este batiburrillo verdaderamente infernal del doble sentido y de la guasa, de la mezcla constante entre lo serio y lo jocoso, entre lo cierto y lo falso, entre lo justo y lo exagerado.
   
       - Quillo, el otro día estuve a punto de coger una corvina de tres kilos.
       - ¿Se te perdió? ¿Rompió la línea? ¿No pudiste subirlo? ¡Que pena ¿no?!
       - ¡Qué va! ¡Peor! Estuve a punto, pero se dio cuenta el del puesto del pescao…
   
       Todo el día igual. De ahí la fama que tenemos de que todo lo tomamos a broma y de que no hay manera de entenderse con nosotros.
   
       Pero yo diría que sí que hay forma. Es cuestión de paciencia, cariño, sentido del humor y finura de inteligencia. Y lo que sí puedo asegurar a cualquiera es que, una vez conseguido, se tiene uno asegurado una vida alegre, risueña y apacible en esta tierra, difícil, sí, pero, como todo lo valioso, inapreciable.


martes, 2 de septiembre de 2014

SENTIDO COMÚN



Escuché que una vez un discípulo hizo una pregunta a su Maestro.
–¿Qué es lo que está Vd. intentando explicarnos, Maestro?
El Maestro le contestó:
–Solo estoy intentando explicaros que cuando llueve, las calles están mojadas.

Bueno, quizá a alguien le parezca una contestación absurda, por ser algo obvio. A mí, cuando lo escuché, también me pareció rara. Pero, si lo había dicho un Maestro, algo querría decir. Y con el tiempo me pareció descubrirlo.

Las enseñanzas están íntimamente ligadas con el sentido común. No hay ninguna enseñanza que no se someta al sentido común. Y como el sentido que ofrece las verdades más nítidas es el común, no es preciso estar en posesión de título ni máster alguno para entenderlas. Basta el sentido común, por cierto, el menos común de los sentidos. ¿Por qué es el menos común? Seguramente porque los hombres nos negamos a admitir lo que es evidente y todo el mundo lo sabe, y preferimos cualquier otra interpretación que se pliegue a nuestros pueriles deseos.

Cuando llueve las calles están mojadas. Es seguro que habrá gente que lo niegue, o que actúe sin tener esto en cuenta. Pero es así de simple y a la vez de irrefutable. No actuar conforme a esta verdad lleva sin duda a actos estériles, nefastos y estúpidos. Igual que en las otras cosas. Salvo que en otras cosas las consecuencias suelen ser más graves.

Hay unas leyes que rigen los acontecimientos, y son leyes que son casi siempre obvias, o de fácil entendimiento. Y si alguien se empeña en llevarles la contraria o en no tenerlas en cuenta, los resultados de sus actos no serán los esperados, sino cualquier otro, que, además de inesperados serán sin duda dolorosos y dañinos.

La Ley Natural suele ser tan sencilla como lo de la lluvia y las calles. De ahí que la sabiduría popular de la gente sencilla la conoce con mucha más profundidad que los doctos y sesudos estudiosos, que, perdiéndose en divagaciones fantasiosas, llegan a cualquier conclusión por más peregrina y absurda que pueda ser.

Así, los magos llegaron a conocer las leyes naturales, que son todas de aplicación, en su sentido amplio, a todos los seres existentes. De esta forma, comprendían no solo una parcela del saber, sino todo el saber en su conjunto, ya que las leyes de una parcela se aplican a cualquier otra, por ser leyes universales. Lo que es arriba es abajo, como decía Hermes.

Con el tiempo uno llega a intuir la razón de por qué los auténticos sabios dicen constantemente las mismas cosas, sea en cualquier tiempo o lugar. Creo que es así porque las leyes son siempre las mismas, la naturaleza es siempre la misma, y el hombre es siempre el mismo. ¿En qué podrían diferir sus enseñanzas? Quizá únicamente en su manera de hablar, o en su idioma, nada más. La ley de gravedad se puede decir de muchas maneras, pero el asunto es constantemente el mismo. Y lo mismo ocurre con las demás leyes.

Por ello no me interesa un sabio más que otro, a no ser que entienda mejor el lenguaje de uno mejor que el del otro. Pero siempre estaré seguro de que me dicen exactamente lo mismo de la misma cosa.

¿Cómo podría ser de otra manera?



miércoles, 16 de enero de 2013

SENTIDO COMÚN



















Escuché que una vez un discípulo hizo una pregunta a su Maestro.
–¿Qué es lo que está Vd. intentando explicarnos, Maestro?
El Maestro le contestó:
–Solo estoy intentando explicaros que cuando llueve, las calles están mojadas.

Bueno, quizá a alguien le parezca una contestación absurda, por ser algo obvio. A mí, cuando lo escuché, también me pareció rara. Pero, si lo había dicho un Maestro, algo querría decir. Y con el tiempo me pareció descubrirlo.

Las enseñanzas están íntimamente ligadas con el sentido común. No hay ninguna enseñanza que no se someta al sentido común. Y como el sentido que ofrece las verdades más nítidas es el común, no es preciso estar en posesión de título ni máster alguno para entenderlas. Basta el sentido común, por cierto, el menos común de los sentidos. ¿Por qué es el menos común? Seguramente porque los hombres nos negamos a admitir lo que es evidente y todo el mundo lo sabe, y preferimos cualquier otra interpretación que se pliegue a nuestros pueriles deseos.

Cuando llueve las calles están mojadas. Es seguro que habrá gente que lo niegue, o que actúe sin tener esto en cuenta. Pero es así de simple y a la vez de irrefutable. No actuar conforme a esta verdad lleva sin duda a actos estériles, nefastos y estúpidos. Igual que en las otras cosas. Salvo que en otras cosas las consecuencias suelen ser más graves.

Hay unas leyes que rigen los acontecimientos, y son leyes que son casi siempre obvias, o de fácil entendimiento. Y si alguien se empeña en llevarles la contraria o en no tenerlas en cuenta, los resultados de sus actos no serán los esperados, sino cualquier otro, que, además de inesperados serán sin duda dolorosos y dañinos.

La Ley Natural suele ser tan sencilla como lo de la lluvia y las calles. De ahí que la sabiduría popular de la gente sencilla la conoce con mucha más profundidad que los doctos y sesudos estudiosos, que, perdiéndose en divagaciones fantasiosas, llegan a cualquier conclusión por más peregrina y absurda que pueda ser.

Así, los magos llegaron a conocer las leyes naturales, que son todas de aplicación, en su sentido amplio, a todos los seres existentes. De esta forma, comprendían no solo una parcela del saber, sino todo el saber en su conjunto, ya que las leyes de una parcela se aplican a cualquier otra, por ser leyes universales. Lo que es arriba es abajo, como decía Hermes.

Con el tiempo uno llega a intuir la razón de por qué los auténticos sabios dicen constantemente las mismas cosas, sea en cualquier tiempo o lugar. Creo que es así porque las leyes son siempre las mismas, la naturaleza es siempre la misma, y el hombre es siempre el mismo. ¿En qué podrían diferir sus enseñanzas? Quizá únicamente en su manera de hablar, o en su idioma, nada más. La ley de gravedad se puede decir de muchas maneras, pero el asunto es constantemente el mismo. Y lo mismo ocurre con las demás leyes.

Por ello no me interesa un sabio más que otro, a no ser que entienda mejor el lenguaje de uno mejor que el del otro. Pero siempre estaré seguro de que me dicen exactamente lo mismo de la misma cosa.

¿Cómo podría ser de otra manera?


domingo, 22 de enero de 2012

LA GRASIA DE CAI

























     Hablaba con un viejo amigo, casado felizmente con una mujer japonesa, matrimonio de muchos años, cosa por cierto hoy poco corriente, sobre lo difícil y complicado que puede resultar para un gaditano entenderse con una persona nacida en oriente, como es su caso.
     
       Yo le decía que ya es difícil entenderse con un español del norte, como pudiera ser un catalán, un vasco o un gallego. Y, apurando más aún con un andaluz de cualquier otra provincia, granaíno, por poner un caso. Así que con una japonesa…
     
       No lo digo, por supuesto, en el terreno del lenguaje, que todos sabemos es difícil también, o en las costumbres, o en la cultura. Y si no lo cree así, pruebe un gaditano a explicarle a alguien que no lo sea en qué consiste que algo esté “cambembo”. Poco menos que imposible que lo podamos explicar, y mucho más imposible que el otro lo entienda. Yo, en este caso, para no empeñarme en algo destinado al fracaso, lo que hago es enseñarle una sartén cambemba, o una mesa cambemba. Así es más fácil que lo comprendan.
     
       Lo verdaderamente difícil, que a veces se convierte en un tormento para el gaditano, y mucho más aún para el forastero, es entender la grasia de Cai. El doble sentido, la exageración, el hablar en serio algo que es en broma, o en broma algo que es serio, y otras muchas cosas propias de aquí.
     
       ¿Cómo puede entender un forastero que llamemos cariñosamente a alguien “hijo puta”, por ejemplo, y nos quedemos tan tranquilos ese alguien y nosotros? ¿Y por qué no puede entenderlo? Pues porque ese alguien, también gaditano, sabe perfecta e inmediatamente si se trata de un apelativo cariñoso o de un insulto, pero el forastero no puede entender cómo logra adivinarlo en décimas de segundo.
     
       La guasa no tiene cura, dicen por aquí. Y es bien cierto. Está tan enraizada en la gente de Cai que, si tratáramos de extirparla sería imposible, a riesgo de extirparle su esencia de gadita.
     
       Por experiencia, creo que lo más complicado para un forastero es conseguir descifrar rápidamente si lo que un gadita le cuenta se trata de algo en serio, verídico, o lo está diciendo en broma. Lo más usual es que piense que le está tomando el pelo, e incluso más de uno se ofende.
     
       Para mí es un auténtico placer y un baño gadita el hacer cola en el puesto de churros de mi amigo El Luna, el del puesto de La Guapa, y sobre todo en verano, que hay mucho forastero. Me contaron que el mes pasado, agosto, había una cola considerable esperando para comprar los excelentes churros que hace y vende allí mismo, a la vista de los clientes. Y en estas, llegó un hombre que, saltándose la cola, pidió que le despacharan. Por supuesto, El Luna le señaló la cola, con una breve pero clara instrucción, a lo que el hombre, que era forastero, le espetó en alta voz:
     
       - Oiga, que yo no soy de aquí, que soy de fuera…
     
       Tras oír toda la cola tan absurdo argumento, comenzó el cachondeo.
     
       - Venga, Luna, despáchale a este hombre ya, que no es de Cai.
     
       - Joé, Luna, ¿lo vas a hacer esperar? ¿No te ha dicho que es de fuera?  ¿Qué van a pensar de la gente de aquí, que hacemos esperar a los  veraneantes? A lo mejor el hombre tiene prisa, o lo está esperando su  familia en la Caleta con el cafelito en la mesa…
     
       - Desde luego, Luna, eres un cabrón. A partir de mañana me voy al  puesto de al lao, sieso. ¡Vaya forma de tratar a una persona que es de  fuera…!
     
       En fin. A qué abundar. Os lo podéis imaginar. Guasa y risa para un buen rato.
     
       Esto es una anécdota de los cientos que se pueden vivir todos los días. Me han contado que hay gente “de fuera” que va a ver los partidos de fútbol en Cádiz no para ver el partido, que es lo que menos le interesa, sino para escuchar los comentarios de los que tiene alrededor. Por supuesto, coincido con ellos. Los comentarios suelen ser mucho más interesantes que el partido. Mucho más. Y sobre todo para una persona “de fuera”.
     
       Tengo amigos y amigas sudamericanos, inteligentes y con sentido del humor, que han tardado años en acomodarse a este batiburrillo verdaderamente infernal del doble sentido y de la guasa, de la mezcla constante entre lo serio y lo jocoso, entre lo cierto y lo falso, entre lo justo y lo exagerado.
     
       - Quillo, el otro día estuve a punto de coger una corvina de tres kilos.
       - ¿Se te perdió? ¿Rompió la línea? ¿No pudiste subirlo? ¡Que pena ¿no?!
       - ¡Qué va! ¡Peor! Estuve a punto, pero se dio cuenta el del puesto del pescao…
     
       Todo el día igual. De ahí la fama que tenemos de que todo lo tomamos a broma y de que no hay manera de entenderse con nosotros.
     
       Pero yo diría que sí que hay forma. Es cuestión de paciencia, cariño, sentido del humor y finura de inteligencia. Y lo que sí puedo asegurar a cualquiera es que, una vez conseguido, se tiene uno asegurado una vida alegre, risueña y apacible en esta tierra, difícil, sí, pero, como todo lo valioso, inapreciable.


miércoles, 2 de febrero de 2011

LENGUAJE


Las vacas no hablan no porque no puedan, sino porque no tienen nada que decir.

En verdad no es del todo cierto. Depende de en lo que hagamos consistir le palabra “hablar”.

En su sentido lato, hablar se podría entender como expresarse, y ello incluye no solo la palabra hablada, sino cualquier otra manera en la que el alma se expresa a través del cuerpo. Así, se podría incluir la expresión corporal, que incluye todo el cuerpo y especialmente los ojos es decir, la mirada, las manos y sus movimientos, los labios y sus muecas, los andares, y otras muchas más expresiones corporales. De esto saben sacar un enorme partido los mimos.

Igualmente los sonidos propios emitidos por cada especie animal, no solo los mamíferos, sino casi todos, como canto de pájaros, cri-cri de los grillos, croar de las ranas, canto de las chicharras, de los buhos, bramidos de los elefantes, relinchos de los caballos, mugidos de las vacas, ladridos de los perros, aullidos de los lobos, etc. etc.

Pero, específicamente, podríamos llamar lenguaje, en su sentido estricto, al que se constituye por el habla o la escritura. Así como el lenguaje corporal puede expresar necesidades, deseos o situaciones de dolor o placer, de agrado o disgusto, todas ellas concernientes a los planos de supervivencia, mantenimiento o perpetuación de las especies, y también como expresiones del mundo emocional de algunos mamíferos superiores, el lenguaje nace de la necesidad de los seres humanos de compartir su vida psíquica situada a un mayor y distinto nivel que la del resto de las criaturas conocidas.

Quizá el lenguaje propiamente dicho en el sentido estricto sea únicamente usado por el ser humano, como instrumento con el que compartir situaciones complejas, abstractas o artísticas que se dan exclusivamente en ellos. Como usuario, aunque casi siempre de una manera primaria, de un cuerpo mental, la posibilidad de utilizar el lenguaje nace de una necesidad de expresión para estas nuevas funciones que les son exclusivas y en las que estriba la diferencia con los mundos con los que comparte la vida una.

No sabemos cuando nació, ni donde, aunque es de suponer que no mucho después de recibir la chispa mental que Prometeo robó a los dioses para entregarla a los hombres, por lo que todos sabemos que pagó, o tras comer de la manzana del árbol de bien y del mal que les ofreció la serpiente, y que fue motivo de su expulsión del paraíso de los seres desprovistos de conciencia.

Y nos podríamos plantear: ¿qué es el lenguaje? ¿tienen vida las palabras? ¿es cierto lo que nos cuentan de la torre de Babel? ¿nos entendemos con el leguaje? Estas solo son algunas preguntas acerca del asunto, pero podríamos plantearnos muchas más.

Pienso que cada palabra tiene una concepción y un nacimiento, tras el cual se incorpora al lenguaje. La concepción, seguramente, es producto de la unión de un padre y una madre que se aúnan en el acto generador. Y si el germen del padre suele ser celeste y la materia de la madre terrestre, es fácil concluir que una idea que albergaba la gran mente genera vida en nuestra materia terrestre, nuestra mente aún virgen de ese concepto, marcando los enlaces necesarios en su órgano, el cerebro. Nace entonces una idea en nosotros sobre alguna cosa.

¿Y por qué se ven impelidos los progenitores a unirse para la generación? Seguramente por la ley universal que viene a gobernar toda creación. La ley de necesidad. Cuando la necesidad reúne la energía suficiente provoca los órganos generadores obligándoles a producir un nuevo ser.

¿Y qué palabra usamos para darle un nombre? Hemos de recordar que una idea nueva no tiene nombre. Pues… tomemos algunas conocidas que nos identifique y recuerde a la nueva idea. De esto sabe mucho la etimología, a la que soy muy aficionado y de la que soy muy devoto. Describe muy bien cual es la raíz de la idea contenida en la palabra.

Una vez me acusaron de seductor, palabra que se suele entender de manera equívoca. Tras recurrentes actos de arrepentimiento por mi manera de conducirme, se me ocurrió consultar su etimología.

Seductor: del latín, se y ducere. Conducir a uno mismo.

¡Conducir a uno mismo! ¡Eso era! ¡Pues sí, yo era un seductor, pero a mucha honra!

¿Cómo nació la palabra? La existencia de la seducción probablemente no es exclusiva de la naturaleza humana, sino universal y de ámbito profuso. Pero, al tomar conciencia de su existencia en nosotros, y a fin de transmitir su alma, su contenido o significado, nació la necesidad de encontrarle una palabra nueva. Y ¿qué mejor que unir dos conocidas, como “conducir” y “uno mismo” para darle nacimiento? Y he aquí que la que nació: seducir.

Pero… luego aparecen las connotaciones… ¿Qué se entiende por “conducir”? y ¿quién es "uno mismo"? Si tratamos de conducir a una dama hasta nosotros mismos en la cama, la seducción de convierte en un arte amatoria, y si se realiza con artimañas y engaños, la cuestión se convierte en un acto donjuanesco. Pero si tratamos de conducir su alma a la nuestra… ¿qué cosa es?

Evidentemente, en todos los casos es seducción, pero depende de qué sea“lo conducido” y de lo que entendamos y vivamos por “uno mismo” para que el acto de seducir sea encomiable o denigrante. Y, por supuesto, el ámbito de la seducción no se circunscribe a las relaciones de una dama y un caballero, sino más bien ocurre que el objeto de la seducción es infinito, quizá lo compone la totalidad de lo conocido por “uno mismo”.

¿Seducimos o somos seducidos? A veces es difícil distinguir la frontera entre ambas cosas, porque se suelen dar a la misma vez. Cuando nos seduce una música, una lectura o un paisaje no sabemos bien quien conduce a quien a su alma. A veces, casi siempre, la atracción es mutua.

Y ¿que ocurrió en la Torre de Babel? ¿Cómo fue posible que los hombres que la construían dejaran de entenderse los unos a los otros? En mi opinión, esta torre produjo, debido a la soberbia, una incapacidad de comprensión entre los hombres. Esto nos cuenta el mito.

Es evidente que cuando la ignorancia impera, y se adorna de soberbia impenitente e intolerante, no es posible el entendimiento entre los hombres, ya que, errados y soberbios, sostienen, si es preciso con la fuerza, sus erróneas convicciones, que no son realmente tales, sino solo simples creencias, nacidas de una obediencia ciega a lo que le contaron una vez, sin posterior reflexión libre alguna.

En esa situación, el diálogo se vuelve imposible e inútil, y como me dijo un día un gran amigo, al fructífero diálogo lo sustituye la ambivalente diplomacia. Y esta solo se mantiene si existe elegancia tolerante. Cuando este engrase desparece solo queda la violencia verbal en las relaciones humanas, pronto sustituida, por insuficiente, por la violencia física.

Muchas veces pensamos que hay gente que miente, cuando únicamente ocurre que utilizan las palabras y las ideas de forma torcida y errónea, amoldándolas a sus conveniencias e intereses.

Ese amigo que antes mencioné me contó que Lao Tzé y Confucio mantuvieron un encuentro y dialogaron. Pero entre los discípulos de ambos ya no era posible el diálogo. Porque hablaban sin entenderse, cada uno en lenguas diferentes.

Seguramente, y como todo, el asunto del lenguaje es solo cuestión del nivel de comprensión.



martes, 25 de enero de 2011

LA TORRE DE BABEL


Así como no suelo ver televisión, salvo en casos en los que estoy seguro del interés del programa o película, sí, en cambio, soy aficionado a escuchar la radio. Sobre todo cuando la gente habla de algo interesante o divertido. La mayoría de las noches entro en el reino de Morfeo con su suave arrullo. Soy consciente de que hay algo enfermizo en ello, pero lo que es hoy no quiero darles vueltas a eso. Cada uno tiene sus agarraderas y sus muletas psicológicas, y no me voy a cerrar, de momento, esta puerta por la que accedo en ocasiones a compañía, calor e interés humanos.

Bien, pues el otro día estaba escuchando un programa, que no sabría deciros el nombre. Y hablaba una señora, seguramente catalana, y que, según comentó, vivía a orillas del Mediterráneo.

Según se desprendía de lo que hablaban, esta señora es escritora, con cinco libros publicados. Además creí entender que atendía consultas en una especie de gabinete, aunque no entendí de qué clase, si bien me dio la impresión de que sería de tipo psicológico. También, porque así lo dijo, dio un curso en cierta ocasión de comunicación para ejecutivos de empresas.

Y, precisamente hablando de este curso, y tratando el tema de la difícil comunicación entre los hombres, contó una de las pruebas que hizo en el mismo. Ella mantenía que la falta de comunicación entre los hombres, incluso entre hombres que tienen la buena voluntad de entenderse, radicaba en el diferente significado de las palabras que usamos en nuestras relaciones.

Así, explicó que puso la siguiente prueba a los ejecutivos del curso. Cada uno debía escribir en un papel los conceptos y significados que asociaba al color “rojo”.

Una vez recogidos los papeles, y leídos públicamente, resultaba que para uno el rojo le sugería tensión, violencia, estrés, ansiedad. Para otro era representativo de alegría, del relax del atardecer. Para otro era calor de hogar, color de Papá Noel. Y así cada uno, cosas completamente dispares.

El resultado de tan sencilla prueba venía a demostrar que si con algo tan simple como un color elemental ocurría esto, que no sería si planteáramos los significados de conceptos abstractos como el amor, la amistad, la fidelidad, etc, etc.

Y quizá en la dificultad de comunicar nuestros sentimientos radica nuestro aislamiento y nuestra soledad. A todos nos ha pasado que hablando con alguien, enseguida entendemos claramente que esa persona no está entendiendo absolutamente nada de lo que estamos intentando comunicarle. Y tomamos conciencia de que es inútil nuestra conversación, a no ser que solo pretendamos escucharnos a nosotros mismos. También puede ocurrir al revés. Es decir, que alguien nos cuenta algo íntimo y no tenemos la menor idea del rincón de su alma de la que nos está hablando. Lo percibimos y ¿qué hacemos? Creo que lo más honrado es preguntar y pedir aclaraciones, por ver si conseguimos llegar hasta allí. Quizá nos enseñe un recóndito lugar de su jardín interior en el que no habíamos estado jamás. Quizá nos hable de cosas y seres que jamás imaginamos, y de flores y espinas que nunca conocimos.

Hay también veces en que cuando hablamos sabemos que se nos está entendiendo, que no es preciso buscar las palabras, que está presente un “dejá vu” o un “dejá entendu”. A veces he llegado a pensar que la otra persona puede perfectamente continuar con el relato sobre mí mismo que yo había iniciado, porque lo conoce con pelos y señales. Como cuerdas de violín que resuenan al unísono, no es preciso tocar ni ajustar las clavijas. Están afinados. Solo que estas ocasiones son muy raras, y ya me gustaría conocer su origen y su porqué.

Pues, escuchando la radio, lo que os he contado, me invadió la extraña sensación de una nueva Torre de Babel. ¡Nadie se entendía! Todo el mundo hablaba de amor, de libertad, de pasión, de generosidad, de valentía, de honor, de sabiduría, de entrega, de pobreza, de riqueza, de naturaleza, de cielos, de infiernos, de música, de cultura, de amistad, de orgullos, de rencores, de egoísmos, de rarezas, de trabajo, de ocio, del tiempo, de la soledad, del calor y del frío, del cariño, de la juventud, de la vejez, del arte, de la bondad, de la maldad, de los turcos, de los egipcios, de los andaluces, de los suecos, de la ropa, de los hijos, de la educación, de la formación, del cansancio, del alma, del cuerpo, de Dios y de la religión, de los médicos y de todo lo que existe bajo el techo de las estrellas y también por encima de ellas. Todos hablamos de todo. Todos tenemos una idea de todo. Como todos los idiomas tienen alguna palabra o expresión para decir lo mismo. Pero,... no se entiende nadie.

Si hiciéramos la prueba (vosotros podéis hacerla con vuestros amigos) del color rojo ¡cuánto nos sorprenderíamos! Preguntad qué significa el frío o el cansancio. Qué la libertad o el rencor. Qué los suecos o la muerte. Seguramente os sorprenderéis. Igual que Roseta.

No había vivido nunca con esa idea presente, pero sí había sufrido y gozado de su evidente verdad. Sólo nos queda una pregunta. ¿Cuándo y porqué existe comunicación real?