sábado, 17 de mayo de 2008

LA TIERRA Y EL ESPÍRITU




Nada grande se realiza de golpe y porrazo, ni una manzana, ni tan siquiera una uva. Si me dices: “Quiero ahora mismo una manzana”, te contestaré: aguarda a que nazca, crezca y que madure, da tiempo al tiempo. Y si esto es con los frutos de la tierra, ¿quieres que el espíritu dé de repente los suyos?
EPÍCTETO


Escuché que alguien dijo que si de repente desaparecieran todos los libros y textos de la tierra, la civilización se volvería a reconstruir, simplemente porque los hombres volverían a reconstruir todo el saber humano simplemente observando y reflexionando sobre la Naturaleza, y aprendiendo de ella. Yo, estoy de acuerdo.

Muchas veces digo que las hojas para leer que más me interesan son las hojas de mis árboles. Y, aunque siempre se me toma en broma, lo digo en serio. Leí una vez que la arquitectura de la más hermosa catedral gótica no se podía comparar a la arquitectura de una simple hoja cualquiera. En realidad, el hombre solo persigue con sus obras un acercamiento a la perfección de la Naturaleza que nos rodea por todas partes. Solo que, cuando la humanidad se vuelve loca, pensamos que nuestras obras son más perfectas que las de la Naturaleza. En mi opinión solo se acercan burdamente en su perfección, solo que las apreciamos más porque hemos perdido en gran medida nuestra conexión natural con lo creado. Así, un labrador, o un pastor, es capaz de entender, por su trato diario con el mundo natural, los hondos misterios del espíritu, porque se lo cuentan día a día las ovejas, los árboles, el trigo, o las estrellas.

Así, somos tan ignorantes como para pedir frutos cuando ni siquiera hemos sembrado. A cualquier labrador le parecería algo sin ningún sentido. Cosa de estúpidos. Él sabe lo que cuesta cosechar frutos, y los procesos encadenados que requiere, amoldándose a la naturaleza.

Y, como nos dice Epíctecto, nos ocurre lo mismo con las cosas del espíritu.

Hay quien cree que, mediante unos pases mágicos de un “gurú”, llegamos sin más ni más al estado de iluminados, que, a través de un proceso que llaman de “iniciación” llegamos a las más altas cumbres de la sabiduría humana, que amar la música es solo cuestión de escucharla de vez en cuando, que ser filósofo consiste en estudiar lo que otros contaron… y así.

Y nos dice Epícteto que el proceso del desarrollo de la vida del espíritu es el mismo que el que sigue el labrador con su campo. Y ya sabemos cómo es. Y si no lo sabemos, podemos tomar unas cervezas con cualquier hombre del campo que nos puede contar, por ejemplo el cultivo del trigo.

Labrar la tierra, abrir los surcos y removerla, eliminar la cizaña y las malas hierbas cuando se presente “la otoñá”, abonarla con buen estiércol, sembrar con amor, rezar para que llueva, proteger los brotes cuando nacen, seguir eliminando las malas hierbas, seguir abonando, esperar… esperar, con paciencia, pendientes de lo que la siembra necesitad en cada momento, vigilar… vigilar…, y, cuando llegue el momento, segar, llevar a la era, trillar, aventar, separar y guardar los granos, empacar la paja, guardar el afrecho para las gallinas.

Y luego toca hace el pan. Moler el grano para conseguir la harina, guardarla en lugar seco, amasar con agua, sal y levadura, hacer los panes, hornear al fuego y…

… quizá después de todo el proceso nos podremos tomar una olorosa hogaza de pan tierno y crujiente.

Pero no antes, ni de repente.

Y ¿qué creemos? ¿que la vida interior se hace sólo pidiéndola, a gritos o por una gracia especial? Pues, evidentemente no. Es preciso hacer todo lo que hace el labrador con su trigo. De otra manera, es mejor que lo olvidemos.

Es inútil.


viernes, 16 de mayo de 2008

GUERRA


Se fueron todos. De repente, todo se quedó vacío y la otrora gran explanada me pareció ahora enorme y desolada. Solo un polvo fino amarillo quemado bajo el sol del mediodía. Y en aquélla soledad inmensa solo estaba yo, pequeño y temeroso, asustado, insignificante.

Todos se habían retirado. Estaban a salvo. No era su lucha, no era su asunto. Sentía sus risas, sus miradas irónicas, su pequeño desprecio recubierto de superioridad. ¡Pobre! No sabe que este mundo es así. ¿Qué pensará, que pájaros tendrá en su cabeza? ¿Adónde querrá ir, si no hay dónde ir? Alguien le habrá metido vanas ideas en su alma cándida. En el fondo es un inocente, qué vamos a decir…, es un pobre hombre. Pero le queremos, porque en el fondo es bueno. Solo que esta vida le viene ancha.


Los fantasmas aparecieron. Algunos cabalgando enormes monturas. Otros de negro, con vestiduras horrendas. Caras horribles, manos huesudas, portando pequeños espejos en los que mi figura aparecía diminuta, triste y abatida, ridícula, deforme. Unos reían, otros me hablaban parodiando mis palabras, haciéndolas estúpidas, pretenciosas y vacías.

Yo estaba solo y pequeño frente a ellos, como el pequeño David frente a los filisteos. Mi ejército no estaba. No tenía ejército. Sabía imposible la lucha. Y yo estaba solo, como el nacido, como el loco, como el náufrago, como el indigente. Y un enorme terror se apoderó de mí.

Pensé muchas cosas. Pero ninguna era ya posible. No había sitio ya para mí. En un momento de claridad, entendí. Aquella era mi guerra. Y no importaba a nadie. Solo era mi trance, mi precipicio, mi naufragio. Mis enemigos eran sólo míos y los fantasmas vivían en mi casa, sólo en mi casa.

Entendí mi soledad y entendí mi desamparo. Pude, poco a poco, olvidarme de todos, y poco a poco entendí que aquello era mi guerra, que sólo de mí se trataba. Yo mismo, mis enemigos, sus armas, el campo de batalla, el sol ardiente. Todo era yo mismo, y no había nada fuera de mí. El Universo entero era yo, y no había nada fuera de él. Y en un instante mi terror se tornó paz, mi miedo fuerza, y vi en mi mano la pequeña honda, y a mis pies la pequeña piedra. Quería comenzar mi guerra. Busqué una consigna, y recordé...

Y sola, y sin su nido, volará el águila al encuentro del sol...

jueves, 15 de mayo de 2008

SENTIDO COMÚN

Escuché que una vez un discípulo hizo una pregunta a su Maestro.

- ¿Qué es lo que está Vd. intentando explicarnos, Maestro?

El Maestro le contestó:

- Solo estoy intentando explicaros que cuando llueve las calles están mojadas.

Bueno, quizá a alguien le parezca una contestación absurda, por ser algo obvio. A mí, cuando lo escuché, también me pareció rara. Pero, si lo había dicho un Maestro, algo querría decir. Y con el tiempo me pareció descubrirlo.

Las enseñanzas están íntimamente ligadas con el sentido común. No hay ninguna enseñanza que no se someta al sentido común. Y como el sentido que ofrece las verdades más nítidas es el común, no es preciso estar en posesión de título ni master alguno para entenderlas. Basta el sentido común, por cierto, el menos común de los sentidos. ¿Por qué es el menos común? Seguramente porque el hombre se niega a admitir lo que es evidente y todo el mundo lo sabe, y prefiere cualquier otra interpretación que se pliegue a sus pueriles deseos.

Cuando llueve las calles están mojadas. Es seguro que habrá gente que lo niegue, o que actúe sin tener esto en cuenta. Pero es así de simple y a la vez de irrefutable. No actuar conforme a esta verdad lleva sin duda a actos estériles, nefastos y estúpidos. Igual que en las otras cosas. Salvo que en otras cosas las consecuencias suelen ser más graves.

Hay unas leyes que rigen los acontecimientos, y son leyes que son casi siempre obvias, o de fácil entendimiento. Y si alguien se empeña en llevarles la contraria o en no tenerlas en cuenta, los resultados de sus actos no serán los esperados, sino cualquier otro, que, además de inesperados serán sin duda dolorosos y dañinos.

La Ley Natural suele ser tan sencilla como lo de la lluvia y las calles. De ahí que la sabiduría popular de la gente sencilla la conoce con mucha más profundidad que los doctos y sesudos estudiosos, que, perdiéndose en divagaciones fantasiosas, llegan a cualquier conclusión por más peregrina y absurda que pueda ser.

Así, los magos llegaron a conocer las leyes naturales, que son todas de aplicación, en su sentido amplio, a todos los seres existentes. De esta forma comprendían no solo una parcela del saber, sino todo el saber en su conjunto, ya que las leyes de una parcela se aplican a cualquier otra, por ser leyes universales. Lo que es arriba es abajo, como decía Hermes.

Con el tiempo uno llega a intuir la razón de porqué los auténticos sabios dicen constantemente las mismas cosas, sea en cualquier tiempo o lugar. Creo que es así porque las leyes son siempre las mismas, la naturaleza es siempre la misma, y el hombre es siempre el mismo. ¿En qué podrían diferir sus enseñanzas? Quizá únicamente en su manera de hablar, o en su idioma, nada más. La ley de gravedad se puede decir de muchas maneras, pero el asunto es constantemente el mismo. Y lo mismo ocurre con las demás leyes.

Por ello no me interesa un sabio más que otro, a no ser que entienda mejor el lenguaje de uno mejor que el del otro. Pero siempre estaré seguro de que me dicen exactamente lo mismo de la misma cosa.

¿Cómo podría ser de otra manera?


viernes, 9 de mayo de 2008

CANTAR





En este pequeño cuarto en el que trabajo tengo colgada en la pared una cerámica que, junto a una hermosa imagen de antiguos músicos, tiene una leyenda que dice:

Donde música hubiere cosa mala no existiere

Y no lo dijo cualquiera. Lo dijo nuestro señor Don Quijote. Y hoy he tenido ensayo en la Coral.

Siempre canto absorto en la partitura y solo levanto la vista para mirar al director, sus manos, su rostro, su expresión. Lo primero porque debo atenerme a lo escrito por el compositor en la mejor manera en que pueda, y lo segundo porque debo seguir el tempo, la expresión y la dinámica de la obra según la interpretación de quien nos dirige.

Pero hoy levanté la mirada, y pasé largo tiempo sin fijarme ni en la partitura ni en el director.

Y mereció la pena. Por supuesto a los pocos minutos me había perdido, pero preferí callarme y seguir con mi mirada. Nunca lo había hecho antes, y tampoco nunca imaginé lo que me había perdido.

El coro estaba formado en semicírculo, disposición poco corriente, y ello porque en el repertorio teníamos algunas obras a seis en lugar de a cuatro voces. De esta manera podía ver cantar a las damas, que tenía frente a mí y también a mi derecha.

Contemplaba, absorto y dichoso, la expresión de sus rostros. El canto los trasfiguraba, llenaba sus caras de dulzura, de pureza, de energía, de vitalidad.

No, no eran ya las mismas con la que charlaba en los descansos, con las que bromeaba y compartía un chiste o un cigarrillo. No, no eran esas. La música había hecho aflorar a sus ojos, a su ser entero, el alma muchas veces prisionera, los más puros sentimientos, había extraído de sus profundos pozos el agua más limpia, purificado el aire de sus pechos, limpiado de sus venas todo lo impuro y vulgar.

Me di cuenta lo que el cantar hacía en nosotros, lo que en nosotros trasmutaba, lo que en nosotros blanqueaba.

Cantando, la mente y el corazón se ponen en movimiento, y es preciso buscar y encontrar los más bellos sentimientos, y también el cuerpo y su energía deben ponerse al servicio de la música.

Y reflexionando me percaté que quizá no exista acto humano más completo ni más hermoso que el canto en la búsqueda de la belleza interior.

Y también entendí, hasta ahora solo sospechado e intuido, lo que nuestro señor Don Quijote nos dijo, de manera tan clara, y tan rotunda.


domingo, 27 de abril de 2008

EVADIRSE


Sólo tienes una vida...
No la vivas como espectador.

Hoy fui temprano a comprar el Diario donde siempre, un chico agradable y simpático con el que siempre suelo cambiar unas palabras y reírnos un rato. Cuando estaba con él pasaron unas señoras, charlando. Y ocurrió lo que tantas veces me ocurre últimamente. Las escuché, porque hablaban en voz muy alta y no puedo cerrar los oídos. Hablaban de alguien, y decían –es un sinvergüenza, un sinvergüenza... No sabes lo que me ha hecho... –

Le dije a Luis, que así se llama el de los Diarios:

-¿Qué te parece, Luis? Por lo visto el único que tiene vergüenza siempre es solo el que habla-

Y me dijo:

- No pienses, que te vuelves loco...- me contestó. Y, añado yo, y mucho menos pensar sobre nosotros mismos.

Escucho más o menos lo mismo que dijeron las señoras todos los días. En la calle, en el autobús, en todos sitios. El resto de los mortales, excepto la que habla y su interlocutora (ya la acusará luego de lo mismo, cuando se haya ido) son unos sinvergüenzas, unos malvados, gente que debería estar en la cárcel, o como mínimo internado en un centro para enfermos mentales.

¿Qué es lo que pasa? Pues lo que pasa es que pensamos que vivimos en una sociedad en que todo el mundo es perverso, menos nosotros, claro. Y, a poco que miráramos dentro nuestro veríamos que no somos muy distintos. Pero nosotros preferimos ignorarnos. No. No hay que pensar cómo somos nosotros. No hay que pensar, no hay que reflexionar, y, mucho menos ocuparnos de nuestra vida. Para eso tenemos la de los demás para ocuparnos. Sobre la nuestra todo consiste en evadirse. A toda costa. Los que deben cambiar (y no ser tan sinvergüenzas) son los otros. ¿Infantil, verdad?

Parece que esta es la consigna actual e universal. Evadirse, evadirse, evadirse... Y, ¿de qué? Evidentemente, de uno mismo.

Hoy, lo cierto es que el “progreso” nos brinda infinidad de posibilidades hasta ahora impensables y desconocidas. La ciencia evoluciona que es una barbaridad... cantaba una vieja chirigota de Cádiz. Podemos entontecernos de mil maneras diferentes, y todas muy sugestivas e hipnotizantes.

Desde la omnipresente y omnipotente televisión, hasta la radio, el fútbol, las películas, la infinidad de revistas existentes, los millares de libros de todo tipo y tema, los viajes por el mundo, los ordenadores y la internet, la “música”, los periódicos, la política, los chismes de todo tipo y color y, a qué abundar, miles de ocupaciones ociosas en que “distraernos” ¿Distraernos de quién” Pues, naturalmente, de nosotros mismos. Somos unos indeseables para nosotros mismos. Somos un peligro a evitar, un ser al que tememos profundamente, del que hay que huir, y por supuesto no entrar en ninguna clase de tratos con él. Nos podría traer un montón de problemas, problemas que nos aterrorizan porque “sabemos” que no tienen solución.

Preferimos dedicarnos a la vida de los demás. Eso no es peligroso. Es la vida de otros. Así, como los niños, somos amantes de las historias. No importa de qué tipo sean. Que nos cuentes historias... Historias, historias... ,pero no nuestras, de los demás.

Contemplamos, y juzgamos, las que en la tele o en la radio, o en una película o en un libro, nos cuentan los demás, sobre sí mismos o sobre cualquier cosa. Eso no es peligroso, no hablan de nosotros. Son los otros, los otros son el motivo primordial de nuestra atención.

Nos interesa sobremanera como vive el vecino del cuarto, o el de la casa de al lado, o la vida del que aparece en la tele contándola por un puñado de billetes. De cómo vive el indígena en Brasil o de cómo vivía el persa en su época, o el maya, o cómo viven los lapones, o los esquimales. De qué le ocurrió al protagonista de la película y de cómo reaccionó. Quien sea... no importa. Lo único a evitar es dedicarnos a examinar cómo vivimos nosotros, cómo vivo yo. Eso es muy peligroso y muy desagradable.

¡Qué interesante! -oímos- Me he leído una monografía sobre los enterramientos en el mundo persa, de cómo eran sus tumbas, sus ritos, sus pinturas... ¡Fascinante! Y otra vez leí una historia sobre como era la vida del sacerdote egipcio y qué cosas hacía, y cómo...

¡Como si supiéramos qué era un sacerdote, no solo egipcio, sino uno cualquiera! A qué se dedicaba, qué hacía y a qué destinaba su vida...

Hoy en día, gracias a Dios, lo podemos saber casi todo. Tenemos toda clase de accesos a toda clase de información. Eso sí, de lo que está fuera. Lo de dentro es tabú. Y si no fuera por los perversos amos del Vaticano, y pudiéramos entrar en sus archivos y bibliotecas secretas, bueno... entonces ya lo sabríamos absolutamente todo.

¡Ilusos! ¿Acaso entenderíais algo de lo escrito? Si no sabéis casi leer... y por supuesto mucho menos comprender. Leéis libros como el turista que va a Chiclana y, sin haber salido para nada del hotel, luego va contando en Ulm, por ejemplo, que él ya conoce España. Ha estado en Chiclana, Cádiz, Spain. Y allí también conoció el flamenco, los toros, el baile andaluz y... el alma del andaluz.

Algo así conocemos nosotros las cosas. Por la piel, por el barniz. Pero nos interesan sobremanera, porque cumplen con la absolutamente necesaria labor de impedirnos entrar en nosotros mismos.

Si ocurre algo que entorpece nuestros deseos o intereses más vulgares, rápidamente buscamos qué hizo mal el otro. Probablemente sea un sinvergüenza. No actuó como debía. No cumplió las normas de convivencia, sí, esas que en este caso, y en cualquier otro, nos dan la razón. ¿Pero, pensar y reflexionar en qué hicimos mal nosotros? No, hombre no... Primero que nos da terror, y segundo que, aunque nos lo propusiéramos, no tenemos ni idea de quienes somos, aunque estamos completamente seguros de cómo somos (y sobre todo de que no somos unos sinvergüenzas)

Afortunadamente está en gestación una generación de hombres libres, que no le tienen miedo a sí mismos, de esos que cuando algo les ocurre, inmediatamente se preguntan:

-¿Qué he hecho mal?-

Que aceptan su propia responsabilidad sobre su vida, y que no buscan motivos fuera para explicar lo que les pasa dentro. Que empiezan a vislumbrar que todo nuestro bien y nuestro mal nace de nuestro interior y no de nuestro exterior. Que saben que nuestra vida no depende de la ayuda de los demás, sino sólo de la que nos demos nosotros. Que no esperan las instrucciones, a modo de consejos, de aquellas personas a las que sitúan en un pedestal. Que están dispuestos a encontrar sus propias normas, con las armas de la filosofía, antes que adoptar infantilmente las que le dan sus “maestros”, sin tener en cuenta que un maestro no lo tiene sino el que antes es un discípulo. Que no se arredran ante la descalificación de todos los que le rodean. Que no admiten censuras sin razón ni acusaciones inmaduras. Que actúan según entienden que es su propio deber, sin aceptar deberes ajenos ni otros deberes oídos por ahí.

Y, si todo el mundo circula por el mismo carril, o pastan juntos, arrodillados y desnudos como los de la foto, ellos se yerguen, se revisten de dignidad y de valor y, como Don Quijote, protegido de su adarga y su escudo, no aceptan ninguna crítica de toda esa gente, canalla y descomunal.


lunes, 21 de abril de 2008

VOLVISTE A LA VIDA



Volviste a la vida.
Renaciste.
Conmigo.
De mi mano.

Y yo de la tuya volví también,
a mis cosas y a las tuyas.

Conmigo fuiste a los Campos Elíseos
a aspirar el perfume de las flores.

Juntos escuchamos el silencio del mar en las rocas,
el silencio de aire en las hojas,
el silencio de los ojos tiernos,
el silencio sin nombre de los amores.

Juntos recogimos el trigo de los campos,
y juntos vimos abrir las amapolas,
y recogimos las viñas juntos,
y juntos pisamos las uvas doradas.

De mi mano comiste el pan que cocimos,
en hornos lentos y cálidos.

De tu mano blanca tomé el vino amoroso,
de la uva que pisamos y que el tiempo fermentó.

Tomamos de la mano los ángeles alegres,
que revoloteaban sobre tu cabeza,
y la mía, en la tuya asentada.

Y reímos en su risa.
Y en su llanto lloramos,
y nos llevaron arriba, muy lejos, muy lejos...

Más allá de las nubes.
Más allá de los días y las noches.
Más allá de nosotros.
Más allá de ti.
Y de mí.


domingo, 20 de abril de 2008

MOZART EN LA CATEDRAL

Oh, amigos!,
no sé si encontraré palabras para haceros sentir lo que he sentido esta tarde.

Sé que los sentimientos son difíciles de compartir, que sólo se comparten en silencio, sin palabras.

Esta tarde fui a la catedral y allí estaba la música de Mozart.

Leyendo el Génesis me preguntaba qué significaría cuando hablan de los cielos y la tierra. Hoy he sentido que tierra puede que solo haya una, pero cielos..., creo que he estado en uno de ellos.


Entre las enormes columnas que se perdían en el cielo del templo sagrado, entre los espacios abiertos de las cúpulas, en la luz siempre tenue del aire, allí cantaban los ángeles, tañían sus instrumentos los querubines.

Sus voces traspasaban mi pecho, hacían vibrar mis entrañas. Pronto los ojos se me llenaban de lágrimas que no quería contener, y que tampoco me importaba.

Momento tras momento, aquella música me limpiaba, arrastraba de mí el barro acumulado día tras día de estar en la tierra. Su gloria me hacía hijo de Dios.

Algo ocurría dentro de mi cerebro, desconectándolo de lo cotidiano, vaciándolo de contenido, abriéndolo al espacio. Dejé de ser yo, mi pequeño yo, para unirme a aquella gloria, aquellas voces, aquellos sonidos, aquellos silencios... en aquél lugar inmenso y santo.

Y al final, antes de volver a la tierra, al mundo, Ave verum corpus, la pequeña joya celeste.

¡Amigos!, salí de allí, miraba las calles, miraba las gentes, y la veía por primera vez. Dentro de mí el vacío de la paz, el mundo no me conocía, sus palabras no me hablaban y no sabía de mí. No estaba allí.

Sentí que mis pecados habían sido perdonados, y que yo había perdonado al mundo. El cielo me pareció un lugar perfecto para vivir, y sentí que ya no vivía en el mundo.

jueves, 10 de abril de 2008

LOROS



















Los loros son unos animales muy simpáticos que a todos nos hacen mucha gracia. Se dice de ellos que son los únicos animales que saben hablar. Es cierto, dicen multitud de palabras, pero con una única condición: que antes las hayan escuchado muchas, muchas veces, de las voces de las personas que con él conviven.

Así pues, y dotado de un órgano fonador muy versátil, aunque no tanto, por supuesto, como el humano, es capaz de articular palabras que son perfectamente entendibles por cualquier persona.

A mi cuñado se le murió hace unos años un loro que convivía con su familia desde hacía mucho tiempo. Según mi cuñado murió de repente, y contaba que, en su opinión, se le había atragantado una pipa de girasol, lo que probablemente le llevó a la muerte, dada su ya avanzada vejez. De todas maneras no comprendía como había muerto de la noche a la mañana, porque
–según contaba- el día anterior había estado charlando con él tan normal, como siempre. Charlando un poco de todo. Además no fumaba ni bebía nada con alcohol.

Pues sí, los loros hablan. Lo que ya no estamos tan seguros es que comprendan lo que dicen, ni que entiendan lo que se les dice a ellos. En muchas ocasiones no va parejo en absoluto la articulación de palabras, frases, e incluso discursos, con la comprensión que tiene de ello el propietario de la boca. En muchas ocasiones basta haber escuchado las mismas palabras muchas veces para luego repetirlas con la mayor desfachatez –como el loro- sin tener la menor idea de lo que se está diciendo.

Sí. Hay muchos seres humanos-loros.

Pero existe una gran diferencia (a favor del loro, por supuesto), y es que al loro no se le ocurre pensar ni por un momento que sabe de qué está hablando, pero los otros están absolutamente convencidos de que lo que expresan es fruto de su reflexión y experiencia, y no repetición mecánica de lo que han escuchado muchas veces.

De esta manera, y a falta de prudente y elemental discernimiento, cualquier falsedad se puede convertir en verdad, contando con que el loro no se plantea nunca la autenticidad de lo que escucha. Si su amo lo dice... por algo será.

Así, cientos, miles, millones de hombres y mujeres loros hacen circular su insensatez por el planeta, porque plantearse en sí mismo y con sus propias armas la ardua batalla de discernir lo verdadero de lo falso es tarea que solo abordan los valientes y los dotados de inteligencia humana, capaces de soportar el estado de duda que lleva a la certeza. Ya sabemos que un hombre sin dudas es un hombre sin certezas. Sus certezas son siempre prestadas de otro, lo que, llegado el momento crucial no le sirven para nada en absoluto, porque no son suyas. No ha sido capaz de atravesar el desierto del “no sé” de Sócrates y, en consecuencia nunca llegará por sí mismo a ninguna certeza en su vida, lo que le hará incapaz de actuar basándose en sus propias convicciones. Cae la persona o ideología que le prestó sus certezas y, lógicamente, cae él mismo. Porque en realidad no era nadie, era solo un ser-loro.

Lo único que lleva a la certidumbre es la incertidumbre.

Como dijo E. Kant:

La inteligencia del hombre se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar










viernes, 4 de abril de 2008

EL ELEFANTE Y LA ESTACA



Oí hace unos días una historia que contaba una mujer, cuya profundidad me asombró. Como no quiero olvidarla, aprovecho para compartirla con vosotros y de esta manera quedará fija en mi alma y espero que en la vuestra.
Dice así:
Cuando era pequeña me gustaba mucho el circo. Cuando veía su carpa, aún todavía casi en el suelo (las carpas son como hongos gigantescos, que crecen en días), atosigaba a mi padre para que no se le olvidara llevarme (igual que los hongos, desaparecen de un día para otro).
Recuerdo que contemplaba absorta a los animales feroces, al domador con su látigo, el león, el tigre, los elefantes…
Y siempre me sorprendió ver al elefante atado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el albero.
No lo entiendo –me decía a mí misma, ese elefante enorme, poderoso, atado a esa pequeña estaca... Si yo los he visto en la tele, en plena sabana africana cuando, enfurecidos, arrancan un árbol de cuajo... ¿Qué obstáculo puede ser para él esa ridícula estaca? No lo entiendo.
Mamá, ¿cómo es posible que al elefante del circo lo tengan sujeto con una pequeña estaca, cuando, siendo tan grande y tan fuerte como es podría arrancarla cuando quisiera?
–No puede arrancarla, hija, no sé por qué, pero así ha sido siempre.
Aquella respuesta, como es lógico, no me dejó satisfecha, y ese porqué, como otros muchos a lo largo de mi infancia, quedó en ese lugar donde se van guardando los interrogantes, esperando una respuesta, a veces hasta el fin de los días.
Pero un día, ya mayor, y estando en el circo con mi hijo, volví a ver al elefante atado a la estaca. Y volvió a mí la pregunta sin respuesta. Hoy no me iría sin resolver el misterio –pensé-
A la salida fui a enseñarle los animales a mi hijo, que ya estaban en sus jaulas, unos tranquilamente recostados, otros inquietos dando sus paseos recurrentes, castigo de unos animales a los que cambiaron la sabana infinita por un cubo triste, y me acerqué al cuidador, que estaba con ellos limpiando sus jaulas.
Este hombre sencillo me desveló el enigma. El elefante había nacido en cautividad. Y desde el momento en que se tuvo de pié fue atado a la estaca. El primer día trató de zafarse, daba tirones, empleaba toda su fuerza, pero todo era inútil. Era pequeño y sus fuerzas no eran suficientes. El segundo día también lo intentó. Y el tercero. Todos los días sin éxito. Pasaron los días y el elefantito asumió con pena su impotencia. Ya no lo intentó más. ¿Para qué?–Se diría- Era imposible. Y ya no lo intentó más.
Y el día en que yo, pequeña, lo vi con mi madre en el circo, seguía convencido que no era posible librarse de la pequeña estaca.Y por fin entendí cómo ese elefante enorme no imaginaba siquiera que podría fácilmente librarse de tan pequeña atadura.
No conozco al autor, pero le agradezco su profundo cuento.

martes, 1 de abril de 2008

CORPUS



Mater amabilis,
O mater admirabilis,

Mater dulcissima.
O virgo prudentísima

Ave aleluya.
Laudate virginem
Ave aleluya.
Ave aleluya.


Domingo, día de Corpus. Un sol radiante lanza sus rayos ardientes a través de un cielo de nieve azulada.

Son las doce del mediodía. Poco más o menos.
Se escucha ya una marcha, y al poco se la ve avanzar, andando, despacio y solemne.

La calle Santiago es estrecha... pasará rozando balcones. Besando ventanas.
En la sombra de la calle se ve ya radiante y refulgente de plata y de rosas.

A hombros de hombres recios viene andando. No parará hasta Candelaria.

Entrando, la luz dorada arranca sus reflejos y sus tonos.
Aire de primavera. Luz y aire de rosas, de llamas, de cirios y de calor.
Calla la banda. Ahora está ahí delante, delante de nosotros, delante de mí.
Su mirada es extraña... no mira a ningún lugar. Su vista es al frente, al infinito.

Como las antiguas diosas. Como las antiguas vírgenes. Sencilla y divina. Intocable, en lo alto, en lo inalcanzable.
Y con sus manos ofrece un pequeño niño, muy pequeño, que abre sus brazos al frente. Pero la virgen es muda e inmóvil. En su lecho de rosas. En su pedestal de plata.

Es la Virgen del Rosario. Y está parada ahí delante. Delante de nosotros. Delante de mí.

Mater amabilis, o mater admirabilis...

Se oyen ya nuestras voces abriendo el silencio. El silencio de sol y de flores. El silencio de las almas y de los corazones.

Mi voz sale de mi garganta y de mi pecho y escucho vibrar la hermosa melodía de Bach. Pero ¡no!, no soy yo el que canta. Del fondo de mi ser, como de un volcán en llamas, surge un bramido, una voz fuerte y abrasadora, que grita, que gime, que implora.

- ¡Hazlo! ¡Te lo ruego! ¡Te lo suplico! ¡Por favor, te lo imploro, sé que puedes hacerlo!

- ¡Hazlo! ¡Haz el milagro! ¡Hazlo por mí!

Siento sólo que mi voz y mis palabras siguen solas al ritmo de mi cerebro y mi garganta en las líneas que mantengo en mis manos, pero de mi alma sale un fuego abrasador que quiebra mi voz y hace nacer un torrente de lágrimas, que me ahoga, que me asusta, que me arranca el corazón.
.....

Cuando nuestra plegaria acabó, las lágrimas empapaban mi rostro, los hombres recios levantaron a la virgen impertérrita, y mi pudor y mi vergüenza me apartaron de mis compañeros.

Vergüenza de un corazón desnudo. Un corazón desnudo y pequeño arrojado a los pies de un poder grande.
.....

Y apartado, volví a contemplar su imagen, escondido entre los setos. Sabía que no volvería su cara para mirarme, pero también supe que debió de oír mis gritos.

A mi vuelta con mis compañeros, una voz interna me preguntó.
-¿Y tú, que vas a ofrecer?

Solo pude responder: -Amaré en la medida de mi corazón. Lo juro.