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viernes, 27 de marzo de 2009

PRIMAVERA




Texto, voz y montaje de Abraxas.
Música: Antonio Vivaldi, concierto para dos mandolinas, primer movimiento.

viernes, 20 de marzo de 2009

PRIMAVERA


                                                         




  Una vez más, el torbellino de las galaxias giró sobre sí mismo, y una vez más, las estrellas,
       en su larga marcha, penetraron las sombras, y de nuevo rasgaron las viejas tinieblas.

¡Fiat lux! ... Resonó fuerte de nuevo. Desde el centro a los confines, desde el diminuto átomo a las grandes esferas, desde el arroyo a la mar inmensa, desde el hueso recóndito a la diáfana piel.

      Y en nuestra casa toda, se oyó el silencioso grito, la orden celeste, y... nunca nada se cumplió con más gozosa diligencia.

      Se aprestaron a la tarea los viejos leños, despertó de su frío la nieve, salió de su cueva el oso, arrojando lejos el viejo abrigo inútil del invierno. 
       Son fechas de la naturaleza gloriosa, en su renacer, de los días en que la luna incluso nos asegura que el sol existe.
       
       Días de plenitud.
       
       Y la tierra despierta, con un golpe de luz, y fuerza las maderas dormidas y la tierra muerta a gestar sus jóvenes brotes, a mostrar sus trozos de sol: en los bosques, en las sangres y en los cielos.
       
       Nuevos nidos, nuevos aires, nueva luz...

       Y nuestros ojos, nuestras manos y nuestros pies... ofrendan su pureza ante el altar de Perséfone, que, gozosa, vuelve  a nosotros, otra vez a nuestra casa.
       
       Ya no hay más infiernos, ya no hay más muerte; no hay más desolación. 
       ....
       Resucitamos
       …..
       
       Y, de nuevo, marchamos junto a Perséfone, hacia la luz, hacia el calor y hacia la vida.
       
       

jueves, 29 de enero de 2009

EL CRISTAL

 

 
 Venía de cumplir mi rito matutino, café y Diario, y era aún muy temprano. Al pasar por la tienda de animales de la esquina, que todavía estaba cerrada, miré el escaparate distraídamente. Como os imagináis, había en él toda clase de cositas: correas, huesos de mentira, cacitos para la comida y la bebida, y gran variedad de juguetes para perros y gatos. Pero hubo uno de los juguetes que me llamó poderosamente la atención.
 
Era una serpiente de tela rellena, pintada en vivos colores, y enroscada. Así y todo, lo más sorprendente era que, en el centro de la espiral que formaba, había un pequeño gato siamés. Un perfecto gato siamés durmiendo plácidamente, seguramente de peluche.
 
Me agaché para observar más cuidadosamente y, al cabo de unos minutos intrigado, concluí una respuesta. El siamés no era de peluche. A pesar de su fascinante inmovilidad de estatua no se me podía escapar su suavísima respiración, aunque ni uno solo de sus músculos se contraía ni se distendía. Ni siquiera en su cara se movía ni un solo pelo. Pero yo sabía que no era de peluche, que tenía vida y que dormía profundamente. 
 
       Cuando ya me empezaban a doler las rodillas de estar agachado (principio de “astrosi”) abrió los ojos. Yo sé que los gatos son vigilantes incluso durante el sueño, y que, a pesar del grueso cristal que nos separaba, debió de sentir mi constante mirada que le hizo volver a la vigilia.
Abrió los ojos y me miró fijamente. Era muy pequeño, quizá un mes, y gloriosamente hermoso, con la graciosa pureza del cachorrillo.
 
Se levantó muy suave, muy despacio,... salió de la serpiente enroscada y, salvando los escasos centímetros que nos separaban, vino a mí a darme “topadas”, su bella manera de dar y recibir caricias al mismo tiempo.
 
       Pero estaba el cristal. Se frotó una y otra vez con el cristal y yo sentí sus caricias, y quizá él sintió también mi calor. Estuvimos así unos minutos aún, él con su cara y su cuerpo pegados al cristal, y yo con mi nariz igualmente pegada a la invisible barrera.      
       ...
Me fui a casa, despacio, maldiciendo aquél terrible cristal, ese impenetrable muro que, en su refinada crueldad nos había dejado contemplarnos, sentirnos y amarnos y, a la vez nos había impedido expresar nuestro cariño y compartir nuestro calor.
 
Y pensé..., tristemente, cuantos cristales de esa clase existen entre nosotros. Algunos que afortunadamente se pueden romper y otros, iguales de trasparentes, pero irrompibles. Esos son los más crueles.
 
                                                                      


 

miércoles, 2 de julio de 2008

CALLES DE CÁDIZ



Un prestigioso arquitecto y urbanista vivió en nuestra ciudad durante una larga temporada. Visitó monumentos, paseó por calles y plazas, anduvo por playas y parques, para su deleite y, miel sobre hojuelas, en el interés propio de su profesión. Tuvo tiempo para absorber como una esponja el alma de Cádiz, para valorar su sabor acre y recio, dulce y marinero.

Cuando al fin se dispuso a marchar a su lugar de origen, alguien le preguntó en una reunión qué tal le había parecido la ciudad. Contestó de forma ingeniosa y sorprendente a todos los reunidos:

He visto -dijo- muchas ciudades a lo largo y ancho del mundo, pero nunca había conocido ninguna con aire acondicionado.

Esta breve anécdota ilustra con agudeza y veracidad una de las más peculiares características de nuestra antigua ciudad, evidentemente sólo de su casco histórico. Y cualquier habitante de aquí sabe que es exacto. Cádiz está sujeta a dos vientos dominantes, el viento de Levante y el de Poniente (líbrenos Dios de los otros dos). El Levante es seco y caluroso, como viento que antes de llegar ha besado en demasía las arenas del desierto africano. El Poniente es fresco y húmedo, como corresponde a un viento marino, atlántico. El primero sopla con fuerza desaforada, desgarradora, es violento e inhumano. El segundo es más suave y dulce, aunque a veces en invierno, y en alianza con el del sur, puede sumir la ciudad en un temporal horrendo de lluvias torrenciales y vientos huracanados.

Pero así es necesario. Cádiz es una isla unida por un hilo, como una cometa, al resto de las tierras que la rodean, y las insalubres humedades del viento del mar son eliminadas cada poco por el seco viento de Levante. De otra manera los hombres de Cádiz estaríamos permanentemente cubiertos de verdín y nuestras articulaciones harían siempre ruido por estar totalmente oxidadas. Y si, por el contrario, continuamente nos acompañara el Levante fuerte, viviríamos en un lugar tan inhóspito como el Sáhara, hubiéramos muerto abrasados y deshidratados, y casi no conoceríamos nuestras playas, por ser imposible transitar por ellas. Así que el Poniente es el encargado de suavizar las cosas y hacer habitable otra vez nuestra isla. Y viceversa.

Así, Cádiz es una ciudad con aire acondicionado, y como se diría hoy, también con “bomba de calor”. Cuando hace mucho calor, la ciudad refresca, y cuando arrecia el frío, la ciudad abriga. Misterioso, pero cierto.

Leemos a menudo en las noticias que en tal o cual ciudad, con motivo de una manifestación o algún otro acontecimiento, ha sido cortada la calle tal o la calle cual. Pues en Cádiz, una solo familia, sin necesidad de serlo numerosa, puede cortar una calle al tráfico rodado e incluso al de personas o semovientes. Y si les queda alguna duda, observen la foto que incluyo en el comienzo de este artículo. ¿Es cierto o no? La calle es justo la anchura de un carro, de tracción animal o mecánica, sumada a la de dos aceras, cada una de la anchura de una persona.

Estas “espaciosas” aceras motivaron la costumbre, quizá única en Cádiz, de la norma básica de educación callejera consistente en utilizar siempre la acera de la mano derecha, con lo que el único problema es “adelantar” al lentillo que va delante de uno. Y también a la galante y generosa costumbre de “ceder la acera” a damas, personas ancianas o inválidas, señoras en estado y, hace más tiempo, a componentes del clero, curas o monjas.

Hay que apuntar que ambas costumbres, como tantas otras, se han perdido entre la gente nueva, que no ceden la acera ni siquiera a una abuela de 90 años, paralítica y embarazada.

Los edificios, de una uniformidad arquitectónica sorprendente en toda la ciudad, son altos para la época de su construcción, compuestos casi siempre por piso bajo y dos superiores, disponiendo a veces de una entreplanta antes de llegar al primero. Cádiz, ciudad de comerciantes en la época de su esplendor, estaba estructurada para ello. Así, la planta baja era dedicada a almacenes de mercaderías, a los carruajes y a sus animales de tiro. La primera era la casa de los señores propietarios, la planta noble, de mayor altura y belleza, y la segunda al personal de servicio. A veces, la entreplanta citada antes alojaba las oficinas del armador, el consignatario o el comerciante. En las dos primeras profesiones, lo más usual era que una torre mirador coronara el edificio, vigilante de la llegada de los buques con la antelación necesaria.

El gaditano se asoma a sus balcones o cierros, y la calle, antes que ser un lugar extraño o lejano, viene a componer parte de su casa, como si patio propio fuera. No resulta chocante ver, en las calurosas calmas del verano, a sus habitantes plácidamente tomando el fresquito en su casapuerta. Claro que si el lector no conoce nuestra ciudad, será necesario aclararle algunos de los términos citados. En Cádiz, los “cierros” son balcones cubierto de las inclemencias del tiempo por finas y esbeltas puertas de bellas cristaleras, a veces de un trabajado vidrio curvo.

Y “la casapuerta” es la entrada a la vivienda, cerrada al exterior por recias puertas, generalmente de caoba, madera en tiempos del comercio con las Indias muy abundante y poco valorada en Cádiz. Se dedicaba, pues, por su dureza e inalterabilidad, a cerramientos externos, siendo en cambio las interiores de madera de pino.

Cádiz, como ciudad de arribo de cientos y cientos de barcos cargados de mercancías de todo tipo procedente de las Américas, era igualmente ciudad origen suministradora de toda clase de productos “ultramarinos”, nombre con el que aún se conocen los establecimientos, hoy ya escasos, de alimentación al por menor.

Tabacos, licores, cafés, metales nobles, maderas de caoba y otras exóticas, mármoles, y, en fin, cualquier clase de artículo de valor, pasaban por nuestra ciudad, de la mar a la tierra firme.

Por ello, como puerto estratégico desde el punto de vista mercantil y militar, fue amurallada en su totalidad, convirtiéndose en inexpugnable. Ciudad con solo dos puertas, la del Mar y la de Tierra, ambas pequeñas y protegidas, al amparo de la codicia de ejércitos, piratas y aventureros.

Cádiz, ciudad donde todas las calles llevan al mar, donde Poseidón es marino y jardinero, donde las casas son barcos y los barcos son casas, donde vienen a cuento aquellos hermosos versos que dicen:

Érase de un marinero
Que hizo un jardín en la mar
Y se metió a jardinero
Estaba el jardín el flor
Y el marinero se fue
Por esos mares de Dios...