lunes, 15 de septiembre de 2008

SUE AND DOGS



Mi amiga Sue vino a mi casa desde  las frías tierras de norte. Y vino aquí, tras haber luchado con la muerte en Irán ayudada por sus hermosas manos, Martha y Molly. Las estúpidas leyes de su país la obligaban a dejar que encerraran a sus perras por seis meses al menos, por el solo hecho de haber salido a ayudar a pobres moribundos de una tierra asolada por una sacudida del planeta.



Y nada me hace más feliz que saber que en mi casa está como en la suya, que sus perras, hermosas heroínas, corren, juegan, y, cómo no, reciben su instrucción a diario.



Sue me habló mucho de sus perras. Las ama, y ellas la aman a ella. Y esto no es poco.

Me habló de sus diferentes temperamentos, de sus gustos, sus debilidades, sus aficiones, de cómo al fin, cada una es cada una. De cómo Martha prefiere las caricias en la panza y Molly en la cabeza, de cómo Molly siempre está dispuesta a jugar y Martha hace lo que sea preciso por un bocado de comida. Me dijo, y me reí mucho, que Martha está un poco loca, como las mujeres del sur.


Molly es “la jefa” de las dos perras... Si hay que coger un juguete arrojado por Sue en los juegos o entrenamientos, primero es ella. Si comen, para ella es el mejor bocado. Si hay disputa, Martha sabe que Molly es la que decide y actúa en consecuencia.



Son un trío perfecto, y Sue es la jefa de la manada. Hay jerarquías definidas y a nadie se le ocurre ignorarlas. Es... lo natural.



Le hablé mucho de éste trío a mi amigo Pedro, el dueño de la tienda de animales de la esquina y también criador y educador de perros. Y le estuve escuchando mucho rato, porque lo que me contaba era fascinante.

Me habló de un perrillo que él educó, y que dependía tanto de sus órdenes o permiso que llegaba incluso a no hacer caca salvo que se lo indicara. Cuando él lo consideraba conveniente le decía “pof, pof...”, y ¡zas! ... caca. Supongo que lo malo de esto es que un día se le olvidara decirlo y el pobre perrillo reventara.

Me contó también Pedro su experiencia en un curso de adiestramiento al que había asistido con varios de sus perros, en El Puerto, con un adiestrador inglés. Y me contaba cómo este hombre ponía a los perros en círculo, todos mirando hacia él, y los llamaba por su nombre, iban hacia él, y él les mandaba cualquier cosa. Cómo le ponía comida a uno de ellos y los demás miraban cómo comía su compañero, babeando, pero inmóviles. Y muchas cosas más me contó.

Pero lo que más me impresionó fue que a lo largo del curso aparecieron en varias ocasiones pequeños grupos de “ecologistas” que les increpaban y les llamaban de todo por la manera de tratar a los perros. Pedro me contó que, al principio, para hacer obedecer a los perros había que hacer lo que fuera. A veces había que forzarlos. Pero luego, y esto fue lo que me dio que pensar, los perros educados eran los más felices, los que más jugaban y los que más energía, actividad y alegría tenían. Sabían, me decía, que cada cosa tenía su momento. Un tiempo para jugar, un tiempo para trabajar, un tiempo para estudiar.

Tras casi una hora de charla, que a mí me parecieron cinco minutos, porque yo también amo a los perros, me fui a casa. Pero me fui pensando sobre ese mundo...

Y concluí que los perros son, en mucho, iguales a los hombres. Y, a veces, mejores.


2 comentarios:

Carmen dijo...

¡Qué bonito todo lo que cuentas! ¡Y que hermosas fotos! me he quedado enamorada... los perros necesitan un marco de referencia sólido, por eso es bueno enseñarle una conducta adecuada.. y por eso son más felices cuando lo logran (nosotros nos pasamos la vida haciéndolo con nosotros mismos, intentando apaciguar la mente mediante un conjunto adecuado de reglas)... lo que ocurre es que hay que hacerlo con sensibilidad... el dolor y el maltrato es una equivocación pero si es necesaria la firmeza y la constancia... y está muy bien eso de un tiempo para cada cosa.

SALUDOS!!!

Daniel Mc Riley dijo...

Querido Abraxas...cuánta verdad y ternura hay en esta historia que compartes! Cuánto tendríamos que aprender los humanos, sobre el amor incondicional y el disfrute pleno de cada momento, sin pensar en tiempos pasados ni futuros. Yo lo vivo a diario con mis animales...y me siento feliz por ser el jefe de la manada, elegido democráticamente!...Ah, te envié un extenso mail con algunas ideas que, por cierto, exceden el espacio para los comentarios aquí.
Un cálido abrazo de Buenos Aires a Cádiz, Danny