Julio Llorente, PUBLICADO EL 06/07/2021
Democracia
tabernaria
La novela de 1914 que explica la popularidad de
Isabel Díaz Ayuso
Con su permiso, que ahora mismo le imploro, trascribo su excelente artículo aparecido en Google del 06/07/2021 Con mi mayor agradecimiento. Ya he pedido el libro.
“En las tabernas se forjan esos vínculos desinteresados
de los que toda comunidad depende para pervivir”
Decidí releer La taberna errante,de G.K.
Chesterton cuando, en algún difuso momento de la campaña electoral
madrileña, el presidente del CIS se
refirió a los votantes de Isabel Díaz Ayuso como “votantes de las tabernas”.
Aquel exabrupto de mal perdedor me recordó al inmenso escritor inglés, a quién
le habría entusiasmado la idea de un gobernante que congeniara con los
taberneros y los tabernarios, de un político que gobernara por las tabernas, para las
tabernas y en las tabernas. Para Chesterton, que siempre concibió la
política como un quehacer al servicio del hombre corriente, en los pubs abundan
lo que en otros foros –ejem, el Parlamento- habitualmente escasea: el sentido
común, que bien podría definirse como una concepción intuitiva, sana e inocente
del hombre y de la realidad que lo circunda.
Decía, sí, que las inoportunas palabras de José Félix Tezanos me hicieron regresar
a La taberna errante, una novela que,
aun inspirándome un recuerdo grato, no tenía pensado releer. Apunta Tomás de Aquino en algún lugar de la Suma que “pertenece a la infinita bondad
de Dios permitir el mal para de él obtener el bien”. He podido comprobar la
verdad de esta sentencia tomista en mis propias carnes: si no hubiese sido por
el improperio –o por el elogio travestido de improperio- de Tezanos, yo no
habría releído La taberna errante, y si no hubiese releído La taberna errante no habría reparado en que, además de ser una novela divertida, nos
puede ayudar a comprender uno de los fenómenos políticos del momento: la
popularidad de Isabel Día Ayuso.
En La taberna errante, Philip Ivywood, un estadista inglés
con voluntad de transformación social y penosamente influido por un turco que se
las da de místico pero que no pasa de charlatán, impulsa un decreto encaminado
a restringir el consumo de bebidas alcohólicas: tras su aprobación, solo un puñado de
establecimientos autorizados pueden venderlas. Consecuentemente, las tabernas
desaparecen y la cerveza, el vino, el ron –antaño patrimonio de todos- devienen
en el privilegio de una élite que no predica con el ejemplo y que le niega al
pueblo eso mismo que ella, en cambio, conserva para sí. Por supuesto, nuestro
político cree estar obrando rectamente, cree estar legislando por el bien de
los ingleses, pero lo cierto es que su filantropía termina desatando una
rebelión popular que encabezan un audaz irlandés, Patrik Dalroy, y el último tabernero del reino, Humphrey Pump.
Instituciones y
vínculos
Quizá la desaparición de las tabernas y la limitación del
consumo de alcohol se nos presente, de primeras, como un inverosímil detonante
revolucionario. La gente puede estar dispuesta a levantarse contra la tiranía o
contra la miseria social, pero… ¿¡levantarse para seguir bebiendo!? ¿Quién arriesgaría su vida por echar un trago
más? ¿Acaso la sola idea no resulta disparatada? En realidad, claro, no se
trata simplemente de continuar bebiendo,
sino de levantarse para defender uno de esos ámbitos, la taberna, en los que el
hombre puede acariciar la felicidad que tanto anhela y en los que se forjan
esos vínculos desinteresados de los que toda comunidad depende para pervivir.
El éxito de Díaz
Ayuso refrenda la muy
chestertoniana idea
de que el fin último
del hombre –especialmente
del hombre español—
No es sobrevivir, sino vivir.
Pero si las
tabernas eran importantes en tiempos de Chesterton, hoy, casi una centuria
después de su muerte, lo son aún más. Por mucho que en los albores del siglo XX
ya pudiera intuirse la amenazadora sombra de una decadencia, esos hilos que conforman la urdimbre social
aún permanecían vigorosos: había familias extensas, comunidades parroquiales,
clubes universitario, sindicatos… y tabernas. A inicios del siglo XXI, en
cambio, esos hilos agonizan, desgastados por el simple paso del tiempo y por la
dinámica de un sistema económico, el capitalismo, que opera contra ellos: las
familias se resquebrajan, las comunidades parroquiales languidecen, los clubes
han desaparecido y los sindicatos conspiran
precisamente contra esas personas a las que deberían defender. Si hace un siglo
la taberna era una de las varias instituciones –sí, la taberna no es tanto un
lugar sino una institución—que encauzaban la sociabilidad natural del hombre,
hoy se nos aparece bajo la forma de una feliz, casi salvífica anomalía.
He ahí donde radica la fuerza de Díaz Ayuso. Cuando optó por permitir la apertura
(limitada) de los bares en los momentos más severos de la pandemia, no estaba
defendiendo, como pretendería hacernos creer la caricatura tezanesca, el
derecho de cuatro alcohólicos a embriagarse a costa de la salud pública.
Estaba, más bien, protegiendo dos
humanísimos vínculos que sus homónimos autonómicos habían descuidado y que
hoy, por caprichos de la historia, dependen casi exclusivamente de las
tabernas: camaradería y amistad.
Podría
decirse, pues, que buena parte de su popularidad responde a la aparentemente
sencilla pero lúcida intuición de que el hombre no está en el mundo –ni siquiera en tiempos de pandemia-- solo para hacer negocios, la intuición de que
no merece la pena ganar dinero trabajando si uno no puede gastarlo después en una ronda de cervezas con amigos.
No dejo de percibir
cierta belleza en que una fantasía quizá hiperbólica de Chesterton, la de una revolución popular motivada por
el puritanismo de las élites, se haya encarnado muchas décadas después en
una historia real. Tal vez en Madrid, al contrario que en la Inglaterra de La Taberna errante, no haya habito violencia
de por medio, pero el éxito de Díaz Ayuso, considerado junto con el fracaso de
sus detractores, refrenda la muy chestertoniana idea de que el fin último del
hombre –especialmente el del hombre español—no es sobrevivir, sino vivir, y de
que una vida sin alcohol y sin tabernas es una vida que ha perdido, ay, su
sabor.
JULIO LLORENTE
Escrito publicado por el autor, D. Julio Llorente, en las noticias Google del día 06/07/2021