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sábado, 2 de julio de 2011

EL ALCORQUE



Seguramente sabéis lo que es un alcorque. Yo os confieso que no lo sabía antes de plantar mi primer árbol. Se trata de ese espacio circular que rodea al tronco del árbol y del que se elimina toda vegetación con el fin de que el agua y el abono sean aprovechados por solo por él mismo.

Pues esta primavera estuve inmerso en esa dura labor. La hierba había invadido los alcorques de todos mis árboles y arbustos, así que estuve limpiándolos de ella y aprovechando además para remover la tierra y abonar. La hierba que rodea a todos ellos es de gramón, hierba fuerte, tapizante y de múltiples y profundas raíces. Así que... palín, zoleta y... paciencia y sudor.

Estaba haciéndole el alcorque al hibisco rojo, que como lo trasplanté a un lugar más soleado y hubo por ello que podarlo duramente, no alcanza el metro de altura. Y el alcorque debería tener sobre tres cuartos de metro de diámetro.

Me puse a la labor, cansada, y más cansada aún a mis años. Cuando terminé, sudando, por supuesto, me senté a su lado a mirarlo. Quedaba bien, y me lo agradecía.

Cuando me fijé en el montón de yerba que había sacado me quedé perplejo. ¿Cómo había tantísima en tan poco espacio? El pobre hibisco no tendría apenas ni agua ni alimento. No podría casi ni respirar. Todo o casi todo se lo tragaría la dura yerba. Entendí porqué me sonreía agradecido. No era para menos.

Me quedé contemplándolo largo rato, y me dio por sentirme hibisco yo también.

Ahora, pensé, está solo en su lugar, pero qué bien está... Tiene la hierba abajo, en su sombra, pero tiene su espacio de soledad para él. Y en ese espacio de soledad será posible que la lluvia llegue a sus raíces, y el alimento, y el aire y el sol también. Y será bueno para él. Las demasiadas e inevitables compañías que tenía antes no le dejaban crecer en su soledad.

Así que me fui contento, y más contento aún porque aparecieron dos mariposas amarillas que, en su baile de amores, dibujabron en el aire, sobre mi hibisco, la doble espiral de la vida. Ahora estaba todo bien, pensé.


viernes, 24 de junio de 2011

LA MIRADA SERENA


Pasé algunos veranos en El Palmar de Vejer. Es una playa de Cádiz muy particular, al menos lo era en aquellos días.

Hace años que no voy, pero entonces era virgen. Todo estaba justo como se puso en el comienzo. Arena, mar, viento, y esas plantas que uno nunca entiende como pueden crecer en la playa. Y algo todavía más particular. Donde acababa la arena comenzaban los sembrados. A tres metros de la dorada pero estéril arena crecían espléndidas zanahorias en una tierra increíblemente negra y olorosa.

Me resultaba un milagro. Un día pregunté a Domingo, el hijo hortelano de José, cómo era posible. Sonriendo, me contesto: - Esto que ves –me dijo señalando a su amada tierra-, solo es arena y estiércol. Nada más es preciso.

Vivíamos en unas pequeñas y humildes casas que José había transformado de establos para vacas en casitas para veraneantes. Y estaban junto a la gran huerta, donde cultivaba, bien pimientos, tomates o calabacines, si era verano, o apios tempraneros, habas, coles o lechugas si era invierno. Y muchas otras cosas que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que amaba su tierra. Seguramente la tierra en que vio la luz, y también seguramente la tierra donde verá la otra luz.

Su corazón es sencillo, y tan claro y humilde como el agua que riega sus campos. Ya es mayor, anciano, y una tarde de Septiembre le vi caminar despacio, andando en la luz benigna del atardecer andaluz. ¿Dónde irá José? –me pregunté- Le vi sentarse más tarde en la acera que rodea la casa que se hizo su hijo junto a la suya. De lejos le observaba, sin querer turbar su paz. Pero algo me empujó a ir junto a él. Y me senté a su lado. -¿Que tal José?-, dije. Volvió su cara lentamente y me miró. Nunca olvidaré su mirada. Abrió algún surco en mi pecho que aún no he cerrado esperando que germine su semilla de serenidad.

Quizá muchas veces me pregunté qué sería la serenidad, esa perdida virtud que solo atribuyen a los sabios antiguos. Pero no sé si hoy existen sabios. Sí sé que José sí lo es y que su mirada está en mí y que desde entonces su semilla ha ido germinando.

Comprendo que las virtudes no son gratuitas ni fruto del pensar o meditar. Son fruto de la vida. Y sé algo de su vida que me contó su hijo. Y desde entonces entiendo su tranquila mirada al sol poniente.

Pasó sus días abriendo las entrañas de la tierra, regándolas con su sudor, entregándole sus días de fuerza, llevando en sus espaldas el sol del sur, mirando al cielo, observando los vientos. Riendo con los brotes y los frutos, llorando con las heladas.

Engendró sus hijos, crió sus vacas, cebó sus cerdos. En tiempo de garbanzos, garbanzos. En tiempo de lentejas, lentejas. Carne en manteca y alguna arroba de vino conseguida por algunos sacos de trigo.

Sembrar, segar, trillar, aventar, moler, hornear,... comer. Esa fue su vida. Comió su tierra amada, entró en sus venas, en todo su ser. Y él es ahora la tierra, germinada con el sol, las lluvias y los vientos.

Y su mirada, esa que quedó en mí aquella tarde como un regalo, como una prenda, es para mí la mirada del planeta, de los soles y de las galaxias.


lunes, 1 de marzo de 2010

LLUIS LLACH





CAL QUE NEIXIN FLORS A CADA INSTANT

Fe no és esperar,
fe no és somniar.
Fe és penosa lluita per l'avui i pel demà.
Fe és un cop de falç,
fe és donar la mà.
La fe no és viure d'un record passat.

No esperem el blat
sense haver sembrat,
no esperem que l'arbre doni fruits sense podar-lo;
l'hem de treballar,
l'hem d'anar a regar,
encara que l'ossada ens faci mal.

No somnien passats
que el vent s'ha emportat.
Una flor d'avui es marceix just a l'endemà.
Cal que neixin flors a cada instant.

Enterrem la nit,
enterrem la por.
Apartem els núvols que ens amaguen la claror.
Hem de veure-hi clar,
el camí és llarg
i ja no tenim temps d'equivocar-nos.

Cal anar endavant
sense perdre el pas.
Cal regar la terra amb la suor del dur treball.
Cal que neixin flors a cada instant.

ES PRECISO QUE NAZCAN FLORES A CADA INSTANTE

Fe no es esperar
fe no es soñar
fe es penosa lucha para hoy y para mañana
fe es un golpe de hocino
fe es dar la mano
la fe no nos hará vivir del pasado.

No esperemos el trigo
sin haber sembrado
no esperemos que el árbol dé frutos sin podarlo
hemos de trabajar
hemos de ir a regarlo
aunque los huesos nos hagan daño.

No soñemos pasados
que el viento se ha llevado
una flor de hoy se marchita justo mañana
es preciso que nazcan flores a cada instante.

fe no es esperar
fe no es soñar
fe es penosa lucha para hoy y para mañana
fe es un golpe de hocino
fe es dar la mano
la fe no nos hará vivir del pasado.

Enterremos la noche
enterremos el miedo
apartemos las nubes que nos esconden la luz
hemos de ver claro
el camino es largo
y ya no tenemos tiempo de equivocarnos.

Es preciso ir avanzando
sin perder el paso
es preciso regar la tierra con el sudor de tu trabajo
es preciso que nazcan flores a cada instante.