martes, 4 de mayo de 2010

OLVIDO



Creo que fue Buda quien, tras una serie encadenada de causas y efectos, llegó a la conclusión de que la causa última de los males de hombres era el olvido. Y continuaba diciendo que el olvido era la causa de todo lo demás, de todo lo que le ocurría.

Dicen, por otra parte, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y creo que esto ocurre porque los otros animales recuerdan el lugar, la piedra y su tropiezo. Y además recuerdan como tropezaron y por qué. Así que, actuando consciente y consecuentemente, hacen lo necesario para no tropezar otra vez en igual situación.

Pero en el hombre existe el olvido. Y el olvido le lleva a caer en los mismos errores una y otra vez. El olvido borra todo acerca del primer tropiezo, y la mente y el deseo le llevan a imaginar que la siguiente piedra no es la misma, que el lugar tampoco es el mismo, y que ahora son más listos que la primera vez que tropezaron. Pero como todo son solo imaginaciones, ¡zas!, nuevo tropezón.

Prácticamente, todos los males del hombre tienen su origen en el olvido. En el olvido personal o en el olvido histórico. Ya sabemos el dicho: “El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y no hay nada más cierto. Parafraseando podríamos decir: “El hombre que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y también es cierto.

El olvido se produce de varias maneras.

En primer lugar, la mayoría de nuestros actos son inconscientes, causados y motivados por los hábitos, los personales o los sociales adquiridos de las costumbres dominantes. Y si nuestros actos no son producto de nuestra voluntad y no está presente en ellos la conciencia, literalmente no sabemos qué cosa estamos haciendo. Ni haciendo, ni pensando, ni sintiendo. Simplemente todo sucede de manera mecánica. De esta manera no es posible realizar ninguna reflexión ni extraer ninguna experiencia de nuestros actos. Y no es posible porque no estamos actuando nosotros. “Algo” actúa por sí solo, algo ajeno a nosotros mismos. Y, como no somos nosotros, no tenemos nada que ver con nuestros actos. Ni siquiera nos sentimos responsables de los mismos.

En segundo lugar, y a veces, la conciencia puede iluminarnos sin nuestra participación, motivada por el intenso dolor o placer de la experiencia. Se nos presentan situaciones en las que, a través de su fuerte impacto emocional, somos conscientes de lo que nos está sucediendo, al menos en el plano más superficial, en el plano de los hechos y de la significación psicológica que le atribuimos. Pero, en el caso del dolor y aún a veces en el del placer, rápidamente interviene el sistema de protección.

El ser humano tiene un sistema psicológico de protección, mediante el cual relega a planos inconscientes aquellas experiencias que le resultaron negativas y dolorosas, con la consecuencia lógica de que, en una nueva experiencia, como olvidamos la anterior, repetimos los mismos errores que la primera vez. No podemos ser conscientes de lo que desechamos al inconsciente. Rara vez nos atrevemos a encarar, de frente y superando el miedo, sucesos que nos conmocionaron. Lo más habitual es que, en estos casos, nuestra mente utilice su amplio abanico de recursos para tergiversar el asunto, sus causas, sus motivos, sus implicaciones afectivas y, en muchos casos, incluso los mismos hechos.

Como consecuencia de todo ello, el hombre permanece constantemente en el mismo lugar, en la misma situación vital, repitiendo constantemente los mismos errores, actuando siempre de la misma manera, mecánicamente, sin posibilidad alguna de cambio, evolución o mejora personal.

Y, si hemos de pensar en la existencia real de la reencarnación, sobre la que todos sin excepción fantaseamos, con toda seguridad en nuestra próxima vida terrena volveremos a vivir exactamente las mismas cosas y a sufrir las mismas experiencias.

De la misma manera ocurre con la humanidad en su conjunto, que, por ley de analogía, sigue el mismo proceso. La historia es olvidada por los mismos motivos que el hombre individual olvida la suya. Y es tergiversada continuamente con total desfachatez, tergiversación que solo es posible gracias al olvido de los hombres.

Y me diréis:
-Si esto es así, irremediablemente, ningún cambio ni evolución es posible-
Sí, la evolución es posible, pero no es posible realizarla de manera mecánica, sino únicamente de manera consciente. Y solo la acumulación de conciencia en el hombre y en la humanidad puede hacer posible la “posible” evolución.

Y recalco lo de “posible”, porque tanto la evolución del hombre como la de la humanidad no son hechos naturales y espontáneos. Son solo “posibles”. Pueden darse, pero también pueden no darse.

Dependen, pues, de nosotros. En ello consiste nuestra responsabilidad.
Y el tiempo para ello no es ilimitado.




3 comentarios:

Berto dijo...

El tiempo para ello no es ilimitado y nuestra historia así lo demuestra, la recordamos y la que no...

teresa dijo...

Esta es mi creencia...
El estar aqui,en este mundo fue una eleccion mia, decidi experimentar y para ello fue necesario olvidar.Se presentan situaciones nuevas cuando realmente no lo son,lo q sucede es q no las recuerdo.Por tanto surge el miedo,miedo al vacio q en este contexto para mi significa "lo incierto" q me hace dudar,sufrir,llorar ¿porque? pq no puedo agarrarme a nada y no deberia ser asi,es en el vacio donde esta la plenitud.Al ser utopica y moverme p ideales tengo CONFIANZA,Todo sucede por algo.No creo en los Errores aunque he conocido personas q me han calificado como error y ante semejante barbaridad no puedo mas q guardar silencio y seguir mi camino,en este punto me encuentro dandole direccion a mi vida y agradecida por todo lo q la vida me ha dado y p todo lo bueno q ha d llegar.Si q le pido algo "valor" termino medio entre la temeridad y el temor.
Me encanto tu post y estoy d acuerdo en todo.Un abrazo fuerte.

juanarmas dijo...

Suscribo tu reflexión.

En ese mismo darse cuenta, junto a la responsabilidad está la libertad de escoger ese compromiso, que es lo que, creo, lejos de convertirse en carga pesada, libera.