miércoles, 20 de enero de 2010

SABER LEER



Parece una cosa de Perogrullo. ¿Qué tiene de particular saber leer? A leer se aprende a los, digamos, siete u ocho años. Luego se coge velocidad y soltura, e incluso se pueden leer textos con las letras mal puestas, ya que no se leen en realidad todas las letras para leer la palabra. La palabra, más que “ser leída” es “intuída”

Y si no lo creéis, os trascribo un curioso párrafo que me enviaron, donde esto último queda demostrado. Tenéis que leerlo a toda prisa y sin fijaros mucho en las letras. Si no es así, no funcionará. Venga…, a probar...

Sgeun un etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ecsritas, la uicna csoa iportmnate es que la pmrirea y la utlima ltera esten ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams. Etso es pquore no lemeos cada ltera por sí msima snio que la paalbra es un tdoo.
Pesornamelnte me preace icnreilbe...

¿A que es cierto lo que decía? Si, a mí también me pareció icnreilbe. Pero, aparte de increíble, además es cierto. No haré más demostraciones.

Pero no voy a hablaros del lenguaje ni de sus misterios, que es seguro que los tiene, tanto el hablado como el escrito. No. Lo que quiero trasmitiros es otra cosa.

Quiero hablar de la forma en que leemos. Ya sé... me diréis, claro, se puede leer sentado en una silla, en la taza del water, en la cama, en la playa, e incluso en el coche. Vale... es cierto.

Quiero dejar sentado que el objeto, a mi parecer, del hecho de la lectura, es el comunicarse con el escritor. Entender o sentir lo que dice, lo que quiere decirnos, lo que calla y lo que escribe sin escribirlo. Llegar a su mente, a su corazón, a su idiosincrasia, a su filosofía o incluso a su estómago u otros de sus órganos vitales o menos vitales. Sólo así, entrando dentro del escritor y desentrañando cada palabra, cada frase y cada párrafo, descubriremos su visión de la vida.
Así, veremos por sus ojos, oiremos por sus oídos, sentiremos con su corazón y pensaremos con su mente.

Pero todo esto no es fácil, sino más bien muy difícil. Solo se comparte cuando se llega a entrar en sintonía con el autor, cuando en nosotros resuenan las mismas cuerdas y las mismas notas que resonaron en él cuando trasmitió su energía y las plasmó en forma de expresiones. No es fácil hacerlo para el escritor y tampoco para el lector.

En la poesía, arte supremo de la trasmisión lingüista, solo una unión previa entre las almas del poeta y del lector hará el milagro del florecimiento en el huerto de éste lo sembrado por las manos de aquél.

Pienso que por esto, y no por otra cosa, la poesía, y la literatura en general, entran a formar parte, por derecho propio, del reino de las Musas. Las Musas, con sus manos celestes y puras, llevan el tesoro de las manos del uno, abiertas como la del sembrador, a las del otro, unidas en cuenco, como las del que trata de apresar el agua transparente del manantial.

Recuerdo mis lecturas como algo casi siempre irreflexivo, impulsivo, ligero y superficial. No se pueden comer manjares delicados engullendo como un pavo. Ni resulta placentero ni alimenticio. Atracones que solo producen malas digestiones, empachos y que generalmente llevan a vomitar o a eliminar la comida en grandes deposiciones.

Pero no me culpo, ni culpo a nadie, de esa falta total de escrúpulos a la hora de leer. Así fui educado y creo que de la misma manera nefasta lo hemos sido casi todos. Hemos pasado por un enorme atracón de libros y más libros, sobre los que hemos pasado corriendo sin siquiera mirar el paisaje, como un loco de estos de ahora que creen conocer China porque estuvo allí en un viaje de diez días, en los que consiguió ver “todo” lo interesante del país, tal como le anunciaron en la agencia de viajes. Ahora se siente como un chino más. Sin embargo todos sabemos que para conocer y comprender algo de un país son necesarios algo más que diez días... y que diez años. Otra cosa es volver de allí con una maleta llena de objetos de recuerdo de muy dudosa autenticidad y con un maletín repleto de mil fotografías. Hubiera resultado más barato y quizá hasta más edificante haberlo comprado todo en el país de origen sin tener que ir a ningún sitio.

Solo recuerdo un caso, el de un amigo mío empresario, quien, en sus viajes de negocios a oriente empleaba una semana en sus quehaceres profesionales y dos o tres en fundirse con el alma de la región a la que iba. Y esto último solo es posible viviendo como un oriundo, y junto con los oriundos. Solo se certifica que eres aceptado como uno más cuando eres invitado a sus ceremonias familiares más íntimas y cuando eres admitido en sus costumbres y “ritos” más ancestrales. Y lo que digo no es nada misterioso ni rocambolesco. Solo consiste, quizá, en ser invitado a tomar el té en casa de un nuevo amigo de ese país, en subir andando hasta donde ellos andan hasta un lejano santurario, en comer su comida y beber su bebida, en amar como ellos y sentir como ellos.

Lawrence de Arabia sería un buen ejemplo. Solo montando torpemente en su camello con sus ropajes árabes y durmiendo en el desierto como los demás pudo ser considerado uno de ellos, y se le permitió entrar en el alma del pueblo al que amaba. Y fue un árabe más entre árabes, cosa que no alcanzaban a comprender sus antiguos compatriotas.

Pensaréis: ¿y qué tiene que ver todo esto con saber leer? Yo, simplemente, no lo pienso, pero me huele que sí que tiene que ver, porque leemos igual que vivimos, es decir, muy superficialmente.

Un entrañable amigo, prejubilado de una profesión que a nadie haría pensar de su cultura, erudición, sentido común, comprensión, y madurez, me dijo, con ocasión de haberle dado a leer un escrito, en alguna manera poético, que lo leería. Y me dijo cómo lo haría. Lo haría como lo hacía siempre. Y me lo detalló, y ahora yo os lo cuento a vosotros:

- Primero, lo leo una vez.
- Después lo leo una segunda vez, esta vez más despacio que la anterior.
- Luego lo leo otra vez, despacio pero en voz alta. Tengo que escucharlo.
- Por último lo leo otra vez, pero ahora andando, para captar su ritmo, si lo tiene.
- Y si es preciso, en unos días lo vuelvo a leer de todas las maneras anteriores.

Y cuando lo terminó de explicar, una vez que conseguí cerrar la boca, no porque yo estuviera hablando, sino de puro pasmo, entendí, por primer vez en mi vida, qué cosa era leer, y qué cosa no lo era.

¡Ah!, -pensé- ¡si yo hubiera leído así los cincuenta libros que, como decía el Abate Faria, son suficientes y necesarios para comprender toda la sabiduría de todos los tiempos!

5 comentarios:

Berto dijo...

Hola Abraxas. En realidad a leer se aprende mucho antes de los siete u ocho años, sólo es cuestión de recordar.
Recordando resuenan en mi Alma tus palabras, como si fueran las primeras que escuchó...
Un abrazo.

verdial dijo...

Cuanta razón llevas y que sabias las reglas para leer del señor prejubilado. Seguro que todos los que disfrutamos leyendo estamos de acuerdo y damos gracia por tener a nuestra disposición ese sin fin (mucho más de los 50) de libros que nos cultivan.

Un abrazo

El Drac dijo...

Bueno, yo por ejemplo en poesía leo cada verso y meformo una imagen de lo que está sucediendo del paisaje que nos transmite el poeta, por ello es que leo muy despacio; no porque no pueda sino porque saboreo cada palabra,soy muy flojo para viajar y muy pobre pàra viajar y para cokmprar libros así que desde que comprémiordenador (hace 1/2 año)estoy loco de felicidad porque leo mucho conozco otras gentes y otros lugares; blog en donde enseñan de pintura hasta ahora no encuentro uno de música clásica, fotos en fin estoiy que no cabo en mí. Un abrazo.

FUNDASCIC dijo...

Los ojos y el cerebro, son amigos inseparables en el proceso de la buena lectura, eso lo he aprendido en mi andar. Con honestidad, no me precio de ser buena lectora, aún no me he desprendido de los malos hábitos.

Estimado Abraxas, a mi entender su escrito va más allá de cualquier técnica o proceso de lectura, va más allá de los buenos y malos hábitos, movimiento, velocidad, regresión, reafirmación auditiva, necesidad, atención y concentración, técnicas valiosísimas para convertirnos en buenos lectores.

Dije también que los ojos y el cerebro se convierten en dos figuras inseparables en el proceso del buen lector, pero ¿y qué decimos de los dedos? ¿El tacto y el cerebro? no estoy segura si fue orden de Napoleón o el joven adolescente Louis Braille quien inventó el maravilloso método de lectura a través del tacto.

Le cuento que a la edad de 20 años conocí a un anciano cieguito, me sorprendía la habilidad de sus deditos y explicaba con profundidad y pasión los temas que leía, Domingo era su nombre, al escuchar a ese cieguito caminante, aprendí, que para leer además de la razón, disposición e interés, se necesita el corazón.

Y creo que es así, cuando se conjugan las técnicas y el corazón, llamémosle sentimiento junto con los sentidos, espacio y tiempo, le llegamos a las entrañas del escritor, sí, así es, y surge el enamoramiento de lo leído y también del escritor. ¿A poco no es cierto que conservemos libros una carta, un poema que se convierte en nuestra más adorada almohada? ¿o nos paramos ante un público y movemos fibras cuando damos un discurso? Nace de ahí de lo adquirido al saber leer con sentido y corazón, quien no logre entender esto tiene una mente cerrada y una cortina de hierro en el corazón.

Ahora bien, si leemos como vivimos, con más razón aprenderé a leer, aplicando la técnica de su amigo, agregando más pasión, interés, disposición, humildad, respeto y ¡mucho amor! para danzar siempre con alegría, ¡magia! ¡encanto!.

Gracias por leerme con amor, un abrazo.

Nilda Guillén.

Krlos Reyna dijo...

GUAOOO jaja eso si que es leer AH!!! :D

=) La imagen esta buenisima jajaja

Un abrazo =)