domingo, 29 de diciembre de 2013

lunes, 23 de diciembre de 2013

SOL QUE NACIÓ INVICTO







Sol que nació invicto
en lo profundo del invierno.
Que fecundó brotes y nidos,
amores y ternuras,
por la primavera blanca.

Sol que agostó flores,
en la vieja alquimia,
encerrando sus rayos
en la fruta jugosa
y en los tiernos corazones.

Sol niño, joven y viejo.
Sol nuevo y antiguo,
Novio, amante y esposo,
en brotes, flores y frutas.

Naciente, y pleno, y poniente,
amarillo, blanco y rojo,
padre amante, hijo sonriente,
complaciente y amado abuelo.
Siempre tú, tú por siempre.

Viajamos contigo, sentados
en el hueco de tu mano triunfante,
sobre el arco noble de tu brazo,
en la cuna amorosa de tu centro,
en tu ser, que es el nuestro perdido.

Lleva mis pasos amantes
como débiles huevos primero,
orugas cansinas y crisálidas luego,
al reino de tu luz,
de mariposas aladas,
a unirnos con tu brillo,
a morir en tu fuego.





miércoles, 18 de diciembre de 2013

CARTA A UN AMIGO: UN POCO DE HISTORIA



























Gracias, mi querido amigo, por tus puntualizaciones. Efectivamente soy un gran desconocedor de la Historia en general y de la historia del romanticismo en particular. Pero, como siempre, lo intento, y trato de ahondar en lo que implica el ser de algo en relación con la naturaleza humana.

Para ello trato de apoyarme en las figuras más representativas y, en este caso me he apoyado en Beethoven, quizá erróneamente. Pero para mí, que lo amo profundamente, lo he tomado como paradigma del romántico.

No dudo que, como en todos los movimientos, haya gente que aproveche la coyuntura para luego hacer con el ideal de que se trata cualquier cosa que se les ocurra. Recuerdo lo bien que me hablabas de Lenin. Y yo, a estas alturas, no dudo en que fue un idealista que trataba de establecer justicia y de erradicar un mundo corrupto como fue el zarismo anterior. Pero tampoco me cabe duda que los que posteriormente se apropiaron de su ideal y lo falsearon, hicieron lo que hicieron, no hace falta que te lo cuente.

Igualmente ocurrió con muchos otros genuinos representantes de ideales humanos de bondad, verdad, justicia y belleza.

Recordemos, por solo poner algunos ejemplos, en lo que degeneraron las enseñanzas de Jesús. Solo tenemos que contemplar la actual Iglesia, la que, sin ningún rubor, asegura que sigue sus enseñanzas.

Recordemos el primitivo mundo romano y su aporte a la cultura y a la humanidad, y comparémoslo con su decadencia y destrucción.

Comparemos el primitivo Egipto con el actual.

Recordemos la ilusionante idea de la democracia, de la que siempre se pone como antecesora a Grecia, y comparémosla con lo que existe hoy día, en la que muchos siguen empeñados en convencernos de que vivimos en una democracia. A la vista están los resultados del fraude.

Recordemos a Napoleón, autor en sus inicios de la modernización de la vieja y decadente Europa monárquica, y recordemos como acabó su ideal, cuando perdió la chaveta (hasta Beethoven, defraudado, cambió el título de su tercera sinfonía, incluyendo en la misma una marcha fúnebre, dedicada a la muerte de un ideal).

Recordemos las enseñanzas de Mahoma, promotor de una vasta cultura, de la que por cierto somos en cierta forma herederos, y contemplemos hoy a los que, también sin rubor, se proclaman los dueños de sus enseñanzas y se erigen en exégetas indiscutibles de su doctrina. ¡Si el pobre Mahoma levantara la cabeza...!

Recordemos igualmente el esplendor, el refinamiento y la espléndida civilización de la eximia Al-Andalus. ¿Qué queda de eso?

Recordemos el innegable esplendor del mundo precolombino, de lo que poco ha quedado pero más que suficiente para no poder negarlo. ¿dónde está hoy día?
En fin, a qué seguir. Estoy seguro que encontrarás muchos más ejemplos y que comprendes lo que quiero decir.

Pregunta hoy a cualquiera cuales eran los ideales del mundo hippie. Verás como te dicen que eran sexo, drogas y vagancia.

Pregunta qué cosa es ser anarquista. Verás lo que te dicen: hacer cada cual lo que les apetezca. Y tú sabes, igual que yo, que no es eso.

Pero, querido amigo, la humanidad es así. Los ideales paridos por gente genial, visionarias de un futuro mejor para la humanidad son pronto tergiversados y llevados funestamente a la práctica por gente estúpida que muy poco o nada comprendieron el mensaje.

¡Qué le vamos a hacer! Decía mi Maestro que siempre hay gente que construye Partenones y gente que los destruye. Pero lo nuestro es... construirlos. Lo contrario sería tirar la toalla y dejar nuestra Humanidad abandonada a su suerte.

Un fuerte abrazo de tu amigo,
Abraxas



sábado, 14 de diciembre de 2013

UN POCO DE HISTORIA








Creo recordar que fue Chernenko, en su día Presidente del Soviet Supremo de la URSS, quien, advertido por un asesor de la influencia del Vaticano en los asuntos internos de Polonia, dijo sonriendo sarcásticamente:

- ¿El Papa un peligro para nosotros? ¿Cuántas divisiones de tanques tiene el Papa?

Supongo que el pobre murió sin darse cuenta siquiera de su propia estupidez.

Algo así le pasaría a algún pobre emperador romano cuando le advirtieron de la influencia de los cristianos o en el peligro que representaban los pueblos bárbaros del norte.

¿Peligro? –diría- ¿cuántas legiones tienen esos ignorantes bárbaros?, ¿y cuántas tienen esos desgraciados cristianos?

O bien los reyes aztecas cuando les informaron que habían arribado a sus costas dos o tres barcos de extranjeros de piel blanca.

¡Oh! - diría riendo- ¿os vais a asustar de un puñado de pordioseros locos? ¿O es que sois ustedes los que os habéis vuelto locos?

Y aún hoy seguimos razonando de manera igual de estúpida. Pues igual nos irá que a los anteriores.

- Lo que hace falta son más tanques, más jueces, más médicos, más profesores, más policías… De esta manera tendremos más respeto internacional, más justicia, más salud, más educación, más seguridad…

Desgraciadamente, la historia que más se repite es la de aquellos que dicen que la historia nunca se repite…




martes, 10 de diciembre de 2013

viernes, 29 de noviembre de 2013

SIRIO



















Al esclavo le llaman libre,
al libre, esclavo.

al soberbio le llaman valiente
al humilde, cobarde.

al ladrón le llaman inteligente
al honrado, idiota.

al mentiroso le llaman hábil
al veraz, cándido.

Al malo le llaman astuto,
al bueno, débil.

Al desalmado le llaman fuerte,
al cariñoso, niñita.

Al impío le llaman liberado,
al piadoso, beato.

Al impaciente le llaman osado,
al paciente, resignado.

Al vago le llaman listo,
al trabajador, tonto.

Al inculto le llaman desmitificador,
al culto, ratón de biblioteca.

Al ignorante le llaman sabio,
al sabio le llaman raro.

Al esclavo le llaman persona normal,
al hombre libre le llaman peligroso.

Al borrego le llaman león,
al león, asesino.

Al asesino le llaman libertador,
al pacífico le llaman conformista.

Al infiel le llaman normal,
al fiel, tarado.

Al "artista" le llaman artista,
al artista le llaman desfasado.

Al tosco le llaman espontáneo,
al delicado le llaman amanerado.

Al bruto le llaman auténtico,
al cortés le llaman anticuado.

A nuestro antepasados les llaman superados,
y al mundo actual le llaman progresista.

A lo del revés le llaman lo del derecho
y a lo derecho le llaman lo del revés.

¿Cuánto tarda el Sol en su revolución alrededor de Sirio?
Menos tardará nuestra revolución...




martes, 19 de noviembre de 2013

INDIFERENCIA




















Hoy andaba por la calle con mi perro y me pregunté sobre la indiferencia. ¿Qué era, de dónde nacía, podía ser buena o mala, era síntoma de algo, existía realmente?

 Pensé que un filósofo, como ser humano que de todo se asombra, no podría ser indiferente a cosa alguna. Cualquier cosa, incluso las que parecen más nimias al hombre vulgar, es de gran interés para él.

 Una vez escuché que la cosa más insignificante, una vez que se observa detenidamente y con interés, poco a poco se vuelve más interesante y valiosa, al tiempo que cada vez nos resulta menos indiferente. Y creo que es así.

 Una hormiga lleva a lomos el ala de una mariposilla… ¡que tontería!
 El botijo siempre lo ponen sobre un plato lleno de agua… ¡manías!
 Las cabras no se comen el gramón… ¡y a mí que me importa!
Esta parte del mar no parece azul ni verde, parece marrón… bueno ¿y qué?
Etc., etc.

 Bueno, si, sé que hay muchas cosas muy importantes y de mucha trascendencia como para pararse en estas pequeñas cosas. Pero al menos a mí me ocurre que mis grandes cosas nacen de las aparentemente muy pequeñas. Un baobad nace de una pequeña semilla, y luego es gigantesco. Y al Principito le pareció tonta la manía del banquero que poseía estrellas y todos los días las contaba, aunque para él no tuvieran ningún significado, y solo le importara su posesión.

 ¿Realmente nos da igual lo que alguien piense, lo que alguien sienta, lo que alguien haga?

 ¿Nos da igual, en verdad, lo que vemos, oímos, saboreamos, olemos y tocamos?

 ¿Nos da igual lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿nos da igual es sufrimiento ajeno, la alegría ajena, la bondad ajena, la maldad ajena?

 ¿Por qué Francisco de Asís evitaba pisar una hormiga? ¿Es que era tonto?

 ¿Cómo es que a Leonardo da Vinci le daba por estudiar y profundizar en las materias más dispares, incluso jugándose la vida, como en sus estudios de anatomía?

 Pues no, creo que no tengo derecho a dejar entrar a la indiferencia en mi alma, y no creo que nada me pueda aportar sino abandono de mí mismo. Si el Universo es nuestro modelo humano, y Dios es la esencia del Universo, de nada nos serviría intentar descubrirlo si algo consideramos merecedor de nuestra indiferencia.

 Posiblemente la indiferencia sea lo más cómodo para el hombre, pero también lo menos humano.







miércoles, 13 de noviembre de 2013

¿EXISTE DIOS?



Hay campañas
sobre si Dios existe
o no existe 
sobre si probablemente existe
o si probablemente no existe. 
Creo que las promueven los ateos, 
los creyentes ateos 
y los no creyentes ateos. 
Me parece que no me conciernen, 
porque me parece que van dirigidas 
a los sordos, 
a los mudos 
y a los ciegos..., 
a los duros...
de corazón.


.

Música: "Ave verum corpus", Wolfgang Amadeus Mozart
Fotografía: Abraxas
Montaje: Abraxas






viernes, 8 de noviembre de 2013

lunes, 4 de noviembre de 2013

AZOTEAS DE CÁDIZ



























En Cádiz, las casas comienzan en la casapuerta, nombre gaditano de zaguán, que se dice en algunos sitios “SanJuan”, quizá porque crean que es un nombre más acorde y más bonito que el otro, y para mí que es así. Y, comenzando por la casapuerta, termina en la azotea, también llamada terraza en otros lugares, pero aquí tomó su hermoso nombre del árabe. No se hicieron aquí las casas con techo de tejas porque no hay nunca peso de nieve que soportar. Así que las casas tienen dos espacios comunes, el patio y la azotea.

En nuestros días, las azoteas tienen poca utilidad, y por lo tanto, poca historia, no así en mis tiempos de niño y adolescente. En esos años, la azotea era como un lugar de encuentro de los vecinos, aún más que el patio central de la casa.

Había en ellas un pequeño cuarto donde los vecinos lavaban la ropa, el lavadero. Lo presidía un gran recipiente circular de barro que se llenaba con agua, el lebrillo, se colocaba una tabla de madera de superficie ondulada y se restregaba la ropa mojada con jabón verde, antaño el único disponible, y hoy muy apreciado e imitado por su naturaleza neutra y su eficacia limpiadora. Ese era todo el equipamiento del magnífico artilugio, probablemente traído a Al-Andalus supongo que por los árabes, quienes trajeron casi todos los refinamientos en materia de limpieza e higiene.

Y ¡qué de historias sabía el lavadero! ¡si el lebrillo hablara…! Bueno, al fin y al cabo era normal. Ese cuarto solo se usaba por las mañanas o por las tardes hasta que se ponía el sol, porque no era usual que hubiera bombilla. Pero luego por la noche, y oscuro… ya se sabe, los niños son niños, pero luego crecen, claro y…, bueno, es fácil imaginar. Para mí que más de un gaditano fue fabricado en un lavadero y nacería con una fragancia a jabón verde y a ropa limpia envidiable.

Luego cayó en desuso y hoy en día solo se consiguen sus elementos en algunos anticuarios a precios exorbitantes. Tan raro se ha vuelto ver uno que no he podido encontrar una sola imagen de un lebrillo en el buscador de Google. De la tabla de lavar sí que he encontrado, y me parece que sé porqué. En casi todos los pueblos había un riachuelo cercano, donde se iba a lavar, pero en Cádiz, casi una isla, como no se lavara con agua de mar… así que se necesitaba un recipiente, el lebrillo.

Pero ¿y el agua dulce? porque entonces no llegaba el agua a la azotea, y las casas solo tenían un solo grifo, en la cocina, así que para coger agua era preciso avisar a todos los vecinos de los pisos inferiores para que cerraran los suyos. La solución era subir en cubos agua del aljibe que estaba… ¡en el patio! Eso eran otros tiempos, en los que las señoras no necesitaban ir al gimnasio.

Una vez limpia, y tras el remojo en agua azulada con añil, la ropa se escurría bien y se ponía a solear en la azotea. Había que evitar que el levante hiciera de las suyas, para lo que se le colocaban encima unos pesados pelotes, redondos como cocos, que aún hoy no se de donde se sacaban. Luego ya se le sacudiría el polvo que inevitablemente hubieran acumulado.

Pero, claro, estábamos también los niños, y ocurría que la azotea era nuestro improvisado campo de fútbol, en el que celebrábamos un día sí y otro también un partidito entre los vecinos.

Yo era un niño, pero participábamos todos, incluso Eulogio, el ditero, que era ya más que talludito. Y claro, había que evitar pisar la ropa, pero… en el fragor del partido… a punto de meter un gol, la ropa acababa con las huellas de nuestro ajetreo, con la consabida reprimenda de nuestras esforzadas madres y alguna que otra esposa.

La pelota, por llamarle de alguna manera, no era ni siquiera de trapo. Las hacía Alfonso, quien, aprovechando un descuido de su madre, despistaba un calcetín de su padre, el cual, relleno de papel de estraza, cosido, vuelto, y otra vez cosido, hacía las veces de balón. Pero no era de cuero, y cuando alguien la pisaba en una atrevida jugada se convertía en algo parecido a una tortilla, que más que rodar, era arrastrada.

Las más de las veces acababa en la azotea de un vecino. -¡Ya la has embarcao!- se escuchaba, palabra marinera que significaba que se había ido allende los mares, en nuestro caso a un lugar inaccesible. A veces se la rescataba, con el riesgo de mi hermano mayor, que era experto en bajar y subir bajantes de agua, y la de un vecino, que saltaba con la facilidad de un hombre del circo de azotea en azotea. Y si no era posible rescatarla, pues… al padre de Alfonso aún le quedaban calcetines en el cajón…

Y las macetas, ¡que decir de las macetas! Las azoteas estaban repletas de macetas, a cual más florida y sana. Yo no sé como eran capaces las mujeres de mantenerlas así. ¡Subían el agua del aljibe, a cubos, desde el patio, para regarlas! Y es que en Cádiz, si el levante se mantiene vivo y soplando más de dos días era seguro que todas morirían. Era un milagro, el milagro del esfuerzo y del cariño. Antes se dejarían morir ellas que se les muriera una planta.

Y estaba también el “patinillo”, un pequeño hueco que atravesaba la casa desde la azotea hasta el pequeño patio del piso bajo. Calculo que a lo sumo tendría seis metros cuadrados. El patinillo era también una pieza fundamental en la casa. Como todas las casas tenían acceso a él a través de un gran ventanal en la cocina, las señoras de la casa podían charlar por el hueco durante sus faenas del hogar. Y lo hacían durante horas, casi de continuo, yo diría que todo el día, menos en las horas de ir a la plaza. Se despotricaba de los maridos, se hablaba de los hijos, de lo que a cada una se le había ocurrido hacer ese día de comer, de cómo estaba la plaza y el pescado, y de todo lo que constituía por aquél entonces la vida cotidiana, sin televisión, sin prensa rosa, sin famosos, en días de mucho trabajo y angustias, pero de poco tiempo desocupado que ocupar con frivolidades y con poco espacio para ocupar con intereses extraños y con vicios degradantes.

Mucho trabajo y penuria, pero menos estrés y menos pensamientos circulares y obsesivos. No tenían energías sobrantes que dedicar a la ociosidad, la que, como se sabe, si no la ocupa Dios, la ocupan los demonios.

Ya cerca de la azotea, el patinillo se cubría con una reja, para evitar así el peligro de caída de las personas, sobre todo de los niños. De los niños, pero no de las pelotas, que se nos caían cada dos por tres hasta el piso bajo. Y en el piso bajo María había colocado su lebrillo de lavar particular, para no tener que subir al lavadero. En cada partido era casi seguro que una pelota caía en mitad del lebrillo de María, madre de Enriqueta, que era madre de Loli.

María era una viejecita enérgica y trabajadora, y de muy mal genio. Cuando una pelota estallaba ante sus narices en el agua del lebrillo, estropeando el lavado y salpicándola, a ella y a todo en derredor, María nos abrumaba con todo tipo de epítetos a cual más grave acerca de nosotros, de nuestros padres y de nuestros antepasados. Pero se le pasaba pronto el enfado, y el momento nos daba para muchas risas. Los niños… éramos niños, pero… ¡qué niños!

Las aventuras más excitantes eran los recorridos por toda la manzana de casas, de azotea en azotea. Aún hoy me resulta inexplicable que no ocurriera al menos una fractura de hueso, porque el recorrido era similar al de un escalador de montaña, pero aún más arriesgado, porque nadie llevaba ni arnés ni cordajes. Era a pelo. Unas veces se escalaba una pared, otra se trataba de dejarse caer a una azotea más baja, o también en descender por un bajante, y las peores consistían en saltar en el vacío de un pretil a otro de una casa adyacente. Creo que nos sentíamos como Tarzán en la selva, eso sí, sin lianas y ni taparrabos. No había azotea que nos fuera extraña. La más visitada era la contigua, ya que solo había que franquear un muro de unos tres metros. Esa azotea la coronaba una torre mirador, de las muchas que proliferan por todo Cádiz. Estaba de pié, pero en ruina, y era uno de los fantasmas de nuestras madres, quienes una vez y otra nos advertían:
-No os vayáis a subir a la torre, que está apunto de caerse…
Pero lo prohibido tiene un encanto irresistible, así que… aún siendo un lugar fantasmagórico y ruinoso, la subíamos con frecuencia.

Mucho después empezaron a llegar las primitivas lavadoras, y los niños dejamos de serlo. Y la azotea se quedó sola y tranquila, decorada con sus pacíficas y silenciosas macetas, y quizá, pienso yo, echando de menos nuestras visitas, nuestra alegría, nuestra inocencia, nuestras pisadas y nuestra compañía.

Pero también nosotros nos la quedamos en nuestros corazones para siempre, como un lugar donde dejamos gran parte de la infancia y donde vivimos nuestras mejores aventuras y nuestros mejores juegos.