viernes, 18 de mayo de 2012

CREDO




A mi ángel guardián,

Que como escudo de cristal me protege de lo negro.
Que siempre delante de mí me lleva por caminos seguros.
Que en mi silencio me susurra al oído las palabras del cielo.
Que dirige mi mirada donde la divina belleza se esconde, diciéndome: “mira”
Que en mi quietud me muestra las almas tras las ventanas abiertas de mis amados.
Que inmerso en mis miedos me hace libre.
Gracias.

De mi ángel guardián,
Cuyo rostro difumina mis andares rastreros.
Al que, en mi bullicio, apagado mi silencio, dejo de escuchar.
A quien, en el remolino del negro vacío, niego su compañía.
Del que, en mi estupidez, dudo de su voz y de sus palabras, tenues pero claras.
Al que reprocho con desesperación su aparente desamparo, y así lo entristezco.
Al que pido, insensato, ande mi camino y elimine los rastrojos que hacen sangrar mis pies, mis manos y mi corazón.
Del que requiero injusto me levante de la necesaria caída.
Perdón



A mi musa celeste,
De la que recibo el aliento para diseminar la belleza, semillas voladoras, a la tierra fecunda de mis hermanos.
La que mueve mis manos, mi garganta, mi mirada y mi oído, en mis actos sagrados.
La que, como el viento suave pero firme, levanta mis alas a las alturas.
La que arranca mis pies del barro para seguir mi senda, sea de flores o de espinos.
La que hace retoñar las ramas secas de mi alma.
La dueña de mis flores y de mis frutos.
La que pone mi corazón en el fuego abrasador que lo purifica.
La que con su pequeño violín hace vibrar lejanas melodías cuyas notas aguzan mi oído y silencian mi ser pequeño.
Gracias

De mi musa celeste,
De quien, en mis lugares oscuros, niego su mirada, dándola al no ser de mi fantasía.
La que, invisibles a veces a mi alma, acuso de enterrar los espacios celestes que ansío.
A la que, en mis días estériles, reclamo y exijo ver su invisible faz.
La que, como Abraxas, da a luz en mi alma los mellizos irreconciliables del amor y del odio.
A la que, en mi egoísmo, considero sólo mía, servidora de todo amante de la belleza y la pureza.
Perdón


domingo, 6 de mayo de 2012

jueves, 19 de abril de 2012

viernes, 6 de abril de 2012

EL HIBISCO AMARILLO





Me acerqué algo preocupado a mi hibisco amarillo. No sabía muy bien aún como decírselo. Y me sorprendió que tan pronto estuve a su lado me dijo que sí. Incluso me señaló la que debía ser. Sabrá por qué, pensé yo. Quién mejor que ella podía saber cual era la más fuerte, la más joven, la más vital.

Y con cuidado la desprendí de su madre. Entendí en seguida que conocía por qué se iba, a dónde se iba y con quién.

Cuando ya me alejaba escuché un rumor de hojas que me llamó, y retrocedí al momento a su lado. Era evidente, una madre que se desprende de su hijo que marcha a una nueva vida debe dar instrucciones concisas al responsable de su marcha.

- Ante todo que no salga fuera hasta que sus pies le aguanten con firmeza- me dijo- Al menos la cuarentena.
- Hay que darle el biberón cada tres o cuatro días. Pero no mucho cada vez. Le suele sentar mal.
- Mucha luz y alegría, pero hasta que vaya a su nueva casa que no le de el sol ni el viento. Estamos en invierno.
- Y cuando esté allí, dile a su dueña que piense que está acostumbrado al agua de esta tierra y cualquiera otra le puede sentar mal si la toma en abundancia. Que le vaya dando solo poquito a poquito hasta que la vaya admitiendo.
- Ya cuando sea algo más mayor sí que le gustará el sol como al primero, igual que a mí, y no le importarán los vientos. Y su nueva agua le sabrá a la de manantial.
- Que tenga en cuenta que somos de otra tierra, muy lejana, y tenemos costumbres distintas a las de aquí. Cuando en primavera nos vea desnudarnos de repente, al tiempo que las demás plantas se visten de gala, que no se asuste. Somos así. En primavera cambiamos de vestido y solo brindaremos nuestras flores al sol en verano e incluso en otoño. Así, cuando no haya otras flores y su jardín esté triste, nosotros lo alegraremos.

Asentí con la cabeza y le prometí cumplir al pié de la letra sus recomendaciones. Le agradecí una vez más su confianza en mí y en su nueva dueña y me dispuse a marchar.

Pero solo había dado algunos pasos cuando me pareció oír de nuevo un rumor de hojas.

- Se me olvidaba algo muy importante- me dijo- Es todavía pequeño, solo tiene dos hojas. Sé que disfruta con el canto de los pájaros y de las chicharras, pues le veo sonreír cuando amanece y las escucha, pero tiene miedo a que dañen sus dos pequeñas hojas. Te ruego que le busques como puedas un espantapájaros y lo tenga junto a él, al menos hasta que sea un poco mayor. El ya te lo dirá, porque de adolescente, como le ocurrió a otro de mis hijos, hay un momento en que empieza a darles vergüenza que le vean junto a un espantapájaros.

- ¡Ah! Y esto que te voy a decir te lo digo por su futura dueña. Sé que tu color es el nuestro, pero no el suyo, así que búscale una maceta color azul del mar.

- Bien –le dije sonriendo- no dudes que haré todo cuanto me has pedido. Gracias una vez más.

martes, 27 de marzo de 2012

HIERBA QUE EL SOL SECARÁ...

















¿Hierba que el sol secará
en los rigores del estío?

¿Ola de bravura desmedida
que, rozando fondos,
marcará su fin en la efímera espuma?

¿Nieve blanca, sin mancha,
que descubrirá la parda tierra
en su deshielo inevitable y final?

No sé...
No sé...

Pero no. No será.
El manantial no cesa, en su llanto.
La simiente enterrada brota sin cesar
Y sin cesar la lluvia fecunda
Los pechos abiertos a la luz,
Los brillos y albores del hechizo,
Las manos que no pudieron zafarse
Lo unido que las llamas unió.

No puede ser...
No puede...

No será.


jueves, 15 de marzo de 2012

REVERDECER

















El aire del norte desnudó los árboles frondosos del estío. Las hojas secas, otrora vivas, tejieron un manto muerto a los pies del tronco desolado. Las ramas, ausentes de nidos y pájaros, cantan tristes su ausencia, arañan estérilmente el cielo vacío.

El pálpito se cierra sobre sí mismo. La vida se hace mínima, pero suficiente. Solo es el sueño del invierno.

Duerme todo, en el silencio, truncado solo por el soplo del viento sonoro, seco y frío.

Pero un día sonaron fuertes los clarines de la tierra parda. Sonaron los benignos aires del mediodía. Dulces caricias calentaron las duras raíces y las cortezas se fueron haciendo tiernas y fecundas. Poco a poco, y de nuevo, la sangre del planeta movió las entrañas del árbol desnudo. Y en la melodía del nuevo rayo rompieron los recios troncos. Se abrieron, como en un parto, al aire, a la luz, los verdes brotes, como nace el Fénix de su ceniza, como rompe el huevo acunado en el calor.

Verdes hojas, hojas verdes, vida verde de nueva vida, nueva esperanza de verdor. Teje y teje, como maga hilandera ancestral, verdes togas, hábitos verdes.

Reverdece. El pardo gris y frío se muda en verdes, en manos de vida, cabelleras verdes.

Reverdece... y en nuestros corazones, fríos de invierno, retoñan los brotes olvidados, dando a luz millones de átomos de sol.


Del salón en el ángulo oscuro...
De su dueño tal vez olvidada...
Ha vuelto la primavera.



viernes, 9 de marzo de 2012

VOLVISTE A LA VIDA


















Volviste a la vida.
Renaciste.
Conmigo.
De mi mano.

Y yo de la tuya volví también,
a mis cosas y a las tuyas.

Conmigo fuiste a los Campos Elíseos
a aspirar el perfume de las flores.

Juntos escuchamos el silencio del mar en las rocas,
el silencio de aire en las hojas,
el silencio de los ojos tiernos,
el silencio sin nombre de los amores.

Juntos recogimos el trigo de los campos,
y juntos vimos abrir las amapolas,
y recogimos las viñas juntos,
y juntos pisamos las uvas doradas.

De mi mano comiste el pan que cocimos,
en hornos lentos y cálidos.

De tu mano blanca tomé el vino amoroso,
de la uva que pisamos y que el tiempo fermentó.

Tomamos de la mano los ángeles alegres,
que revoloteaban sobre tu cabeza,
y la mía, en la tuya asentada.

Y reímos en su risa.
Y en su llanto lloramos,
y nos llevaron arriba, muy lejos, muy lejos...

Más allá de las nubes.
Más allá de los días y las noches.
Más allá de nosotros.
Más allá de ti.
Y de mí.


miércoles, 8 de febrero de 2012

¿DÓNDE HABITA LA POESÍA?



Anoche hablé contigo, y nuestras íntimas miradas me hicieron preguntarme cosas, que ahora te quiero contar.

A veces me pregunto donde va la poesía cuando te abandona. Un poeta hizo una pregunta parecida: Cuándo el amor se acaba ¿sabes tú adonde va?
Me pregunto lo que se preguntaba Leonard Cohen en una de sus canciones:

“¿Where is your famous golden touch?”

¿Donde dejé la poesía, donde el amor, donde el añorado toque de oro? Seguramente se marcharon de mí en los ojos y en el pecho de mis vírgenes amantes. O se quedaron en los verdes brotes nacientes y poderosos. O se los llevó, al decir del poeta, como el viento de otoño se lleva las hojas pardas.

Pero también estén quizá en el próximo recodo del camino, que ya se vislumbra tras el frío y la niebla del invierno.

Quizá mi mano perdió su pátina de oro cuando dejé de cavar en la mina, cuando dejé de cernir las arenas auríferas de mis arroyos más limpios.

Pero lo que he visto existe, y ya no me puedo engañar. No puedo negar el brillo del sol, aunque el cielo hoy esté nublado. Sé que está detrás de las nubes, detrás de mí y de mi desesperanza.

Dime que sí, hermana, dime que mi aliento puede abrasar otra vez, que mi voz puede llevar almas a su nido, que mi mano puede ayudar a guiar a los ciegos, que puedo soportar el peso de los que quiero llevar al otro lado del tránsito doloroso.

Dime que aún tengo fuerzas, que mi corazón enciende aún ilusiones, que mi amor abrasa aún corazones, que mi clarín todavía es capaz de traspasar el ruido y de hacerse oír entre los estériles rumores. Dime, aunque yo no consiga creerlo, que mi voz es aún dulce a tus oídos, que mi alma aún tiene brasas que calientan, y que mi mano aún puede dar caricias que sean benéficas y portadoras de alegría.

Dime… que aún puedo ser un amante para un alma sedienta, agua fresca para el abrasado, cama en que repose un alma cansada, musa que inspire un corazón ardiente.

Dímelo.






domingo, 22 de enero de 2012

LA GRASIA DE CAI

























     Hablaba con un viejo amigo, casado felizmente con una mujer japonesa, matrimonio de muchos años, cosa por cierto hoy poco corriente, sobre lo difícil y complicado que puede resultar para un gaditano entenderse con una persona nacida en oriente, como es su caso.
     
       Yo le decía que ya es difícil entenderse con un español del norte, como pudiera ser un catalán, un vasco o un gallego. Y, apurando más aún con un andaluz de cualquier otra provincia, granaíno, por poner un caso. Así que con una japonesa…
     
       No lo digo, por supuesto, en el terreno del lenguaje, que todos sabemos es difícil también, o en las costumbres, o en la cultura. Y si no lo cree así, pruebe un gaditano a explicarle a alguien que no lo sea en qué consiste que algo esté “cambembo”. Poco menos que imposible que lo podamos explicar, y mucho más imposible que el otro lo entienda. Yo, en este caso, para no empeñarme en algo destinado al fracaso, lo que hago es enseñarle una sartén cambemba, o una mesa cambemba. Así es más fácil que lo comprendan.
     
       Lo verdaderamente difícil, que a veces se convierte en un tormento para el gaditano, y mucho más aún para el forastero, es entender la grasia de Cai. El doble sentido, la exageración, el hablar en serio algo que es en broma, o en broma algo que es serio, y otras muchas cosas propias de aquí.
     
       ¿Cómo puede entender un forastero que llamemos cariñosamente a alguien “hijo puta”, por ejemplo, y nos quedemos tan tranquilos ese alguien y nosotros? ¿Y por qué no puede entenderlo? Pues porque ese alguien, también gaditano, sabe perfecta e inmediatamente si se trata de un apelativo cariñoso o de un insulto, pero el forastero no puede entender cómo logra adivinarlo en décimas de segundo.
     
       La guasa no tiene cura, dicen por aquí. Y es bien cierto. Está tan enraizada en la gente de Cai que, si tratáramos de extirparla sería imposible, a riesgo de extirparle su esencia de gadita.
     
       Por experiencia, creo que lo más complicado para un forastero es conseguir descifrar rápidamente si lo que un gadita le cuenta se trata de algo en serio, verídico, o lo está diciendo en broma. Lo más usual es que piense que le está tomando el pelo, e incluso más de uno se ofende.
     
       Para mí es un auténtico placer y un baño gadita el hacer cola en el puesto de churros de mi amigo El Luna, el del puesto de La Guapa, y sobre todo en verano, que hay mucho forastero. Me contaron que el mes pasado, agosto, había una cola considerable esperando para comprar los excelentes churros que hace y vende allí mismo, a la vista de los clientes. Y en estas, llegó un hombre que, saltándose la cola, pidió que le despacharan. Por supuesto, El Luna le señaló la cola, con una breve pero clara instrucción, a lo que el hombre, que era forastero, le espetó en alta voz:
     
       - Oiga, que yo no soy de aquí, que soy de fuera…
     
       Tras oír toda la cola tan absurdo argumento, comenzó el cachondeo.
     
       - Venga, Luna, despáchale a este hombre ya, que no es de Cai.
     
       - Joé, Luna, ¿lo vas a hacer esperar? ¿No te ha dicho que es de fuera?  ¿Qué van a pensar de la gente de aquí, que hacemos esperar a los  veraneantes? A lo mejor el hombre tiene prisa, o lo está esperando su  familia en la Caleta con el cafelito en la mesa…
     
       - Desde luego, Luna, eres un cabrón. A partir de mañana me voy al  puesto de al lao, sieso. ¡Vaya forma de tratar a una persona que es de  fuera…!
     
       En fin. A qué abundar. Os lo podéis imaginar. Guasa y risa para un buen rato.
     
       Esto es una anécdota de los cientos que se pueden vivir todos los días. Me han contado que hay gente “de fuera” que va a ver los partidos de fútbol en Cádiz no para ver el partido, que es lo que menos le interesa, sino para escuchar los comentarios de los que tiene alrededor. Por supuesto, coincido con ellos. Los comentarios suelen ser mucho más interesantes que el partido. Mucho más. Y sobre todo para una persona “de fuera”.
     
       Tengo amigos y amigas sudamericanos, inteligentes y con sentido del humor, que han tardado años en acomodarse a este batiburrillo verdaderamente infernal del doble sentido y de la guasa, de la mezcla constante entre lo serio y lo jocoso, entre lo cierto y lo falso, entre lo justo y lo exagerado.
     
       - Quillo, el otro día estuve a punto de coger una corvina de tres kilos.
       - ¿Se te perdió? ¿Rompió la línea? ¿No pudiste subirlo? ¡Que pena ¿no?!
       - ¡Qué va! ¡Peor! Estuve a punto, pero se dio cuenta el del puesto del pescao…
     
       Todo el día igual. De ahí la fama que tenemos de que todo lo tomamos a broma y de que no hay manera de entenderse con nosotros.
     
       Pero yo diría que sí que hay forma. Es cuestión de paciencia, cariño, sentido del humor y finura de inteligencia. Y lo que sí puedo asegurar a cualquiera es que, una vez conseguido, se tiene uno asegurado una vida alegre, risueña y apacible en esta tierra, difícil, sí, pero, como todo lo valioso, inapreciable.


martes, 3 de enero de 2012

MÚSICOS Y POETAS






Hoy vino a comer a casa una amiga, y cuando llegó acababa yo de terminar de imprimir la partitura del concierto para piano número 3 de los de Beethoven. Y como ella estudió música en su día, y además le encanta, le puse el disco para que los dos la fuéramos siguiendo en la partitura. Debo confesar que nos perdimos enseguida.

Después de escuchar un rato, me dijo, pensativa:

- A los músicos yo creo que les pasa lo mismo que a los poetas. Que sufren... están tristes... quiero decir, lo pasan mal en sus vidas. Todos tienen unas vidas atormentadas. Siempre los he visto propensos a la melancolía. Yo creo que para vivir más o menos feliz se necesita ser un poco más insensible a las cosas... Estar a esos niveles parece que te lleva al sufrimiento.

Yo me quedé un rato perplejo, quizá porque me sonaba que yo había tenido esa impresión en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, y cuando escuché sus palabras me puse a bucear en mi interior tratando de hallar impresiones, explicaciones, símbolos y... respuestas.

Seguramente el motivo es la sensibilidad. El que es sensible puede sufrir más, aunque también puede conocer más dicha. A mí me parece que es como la cuestión de la piel. Hay gente que la tiene más dura... más curtida, quizá por su trabajo... o por su forma de vida... Y también hay otras, por el contrario, que tienen la piel muy fina y delicada.

Si se rozaran con rastrojos, se pusieran largo tiempo al sol, o le picaran los mosquitos, el de piel dura sufriría menos. Está claro. La tiene más fuerte y así le protege más. Pero imaginémoslos a cada uno de ellos en la cama compartiendo caricias con su amante ¿Cuál de los dos sentiría más placer?

Todos hemos oído alguna vez lo desgraciado que fue Beethoven, siempre anhelando su amada inmortal, a la que nunca poseyó. A Bécquer que por solo una mirada daba un mundo y por una sonrisa un cielo... y al que no se le ocurría siquiera que pudiera dar a cambio de un beso...

Todos conocemos más o menos la triste historia del “loco del pelo rojo”, las desventuras de Don Quijote y lo mal que lo pasó Epícteto con su cruel amo.

Sí. Todos conocemos eso porque todos hemos vivido en alguna medida el sufrimiento y creemos poder imaginar esos mismos sufrimientos en las almas grandes. Recuerdo a L. Cohen cuando decía:

Your pain have no credentials here, it’s just a shadow of my wound…, que, en español viene a decir más o menos: Tu dolor no tiene credenciales aquí, es solo la sombra de mi herida.

Así que no presumamos de dolor, porque nuestros dolores, como nosotros, suelen ser muy pequeños, pequeñeces, para los hombres grandes.

Pero no olvidemos lo de la piel. Imaginamos (fantaseamos) sobre sus dolores y penas, pero no tenemos idea de su dicha, de su gloria, de su visión y de su cercanía con la belleza divina. No podemos siquiera vislumbrar los placeres de sus amplios espíritus.

Si para nosotros un beso de la amada es eso, solo un beso, ¿imagináis que sería para Beethoven, o para Bécquer?

Si para nosotros una música es bella y gloriosa, ¿podemos imaginar qué ocurriría en el alma de Mozart mientras garabateaba sus papeles en su “soledad” con lo divino?

No. El hombre solo conoce lo que es semejante a él. Y nosotros, pequeños, solo conocemos lo pequeño.