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viernes, 11 de noviembre de 2011

NAUFRAGIO

















Querido amigo:
La vida, ciertamente, no es un naufragio, sino una travesía muy larga por la
mar procelosa, impredecible. Una aventura llena de días y de años todos
distintos, como la mar. Unos apacibles, otros borrascosos, atardeceres
sublimes, nieblas terribles, viento favorable que te impulsa a tu destino,
vientos contrarios con los que bregar, y también calmas chichas.
Arribadas felices y naufragios dolorosos.

Todo ello es la vida.

Pero hagamos como los marinos. Si el día es de bonanza y el viento fresco, a
izar todo el trapo y que corra el ron y suene la música. Si entramos en
temporal, arriar las velas, despejar la cubierta y preparar todo para
capearlo. Hay que esperar a que amaine. Si nos sorprende la calma chicha,
paciencia, a preparar bien el buque para cuando sople de nuevo el viento. No
hay duda de que volverá a soplar.

Si arribamos a puerto con ventura y con toda la carga, démosle gracias a
Dios y a la mar.

Si naufragamos y perdemos el buque y la carga, al menos hemos salvado la
vida. Siempre habrá otros navíos en los que enrolarse y otras hermosas
aventuras que vivir. Nos esperan puertos y ciudades nunca imaginados,
muchachas exóticas que nunca soñamos, nuevos aires y nuevas tierras…

¡Somos marinos! y hoy… día de naufragio… ¡doble ración de ron!


jueves, 8 de enero de 2009

HOJAS, FLORES Y FRUTOS



Paseaba distraídamente por una calle soleada, y mis ojos tropezaron con la esquina descuidada y seca de un pequeño jardín. Unas yucas viejas sobrevivían estoicamente en una tierra yerma y desabrida. Pero ¡oh, milagro! en sus pináculos lucían los grandes penachos blancos de flores que hacen de corona de su verde arquitectura.

Amo las plantas, y algo se movió en mis aires y en mis pasos. ¡Dando flores en su situación! Me resultaba sorprendente.

Me vino a la memoria mi amigo Carreño, el campero, aquél día que le pregunté por qué mis tomateras solo daban hojas y hojas, pero no me regalaba flores amarillas ni las veía parir las verdes bolitas.

Tras mucho preguntarme sobre como las trataba, emitió su veredicto, para mi inapelable: las regaba mucho, mucho más de lo que debiera. Por eso no daban flores ni frutos. Tienes que hacerlas penar –me dijo-, solo así te darán frutos. Solo así sus raíces la fijarán a la tierra y será fuerte. Como tú las tratas saben que nada les falta y se dedican a vivir confortablemente, no se esfuerzan en nada.

Sus sabias sentencias de viejo labrador se quedaron grabadas en algún lugar de mis misterios, por paradójicas, por sabias y también por incomprensibles.

Mucho más tarde, y en etapas de mi vida que fueron duras pero fecundas, volvieron a mí. Y pude ver que así era. Y supe que un marino se hace marino en las tormentas y en los temporales, y en los restos del naufragio, mucho más que en sus travesías de bonanza.

Mis yucas... mis tomateras... ¿son quizá habitantes de mi alma?