martes, 23 de junio de 2015
PENAS
No me cuente usted su vida, yo también he sufrido mucho…
Esto solía decirse cuando yo era joven. Era una manera de atajar la inundación cuando alguien te descargaba como un torrente sus penas y sus tragedias.
Yo tenía una tía, solterona y sola, soltera y entera, como suele decirse, que penaba continuamente. Su único y agotador tema de conversación era contar y contar sus penas y sus soledades. Cuando te enganchaba, te colocaba el disco, que yo no se cómo no estaba rayado ya de tanto reproducirlo. Pero como la memoria se afianza con la repetición, nunca faltaba un motivo de tristeza, de lamentación, de queja a la vida, de lo que pudo ser y no fue, y de lo que nunca iba a ser.
No valían ánimos, ni consejos, ni cariño, ni nada. Abrir su boca era simultáneo a abrir las compuertas de los lodos de una vida, muy triste, sin duda. Terminó sus días mal, porque la conciencia es piadosa, y ante el sufrimiento llega a desmayarse para que no tengamos más dolor. Quizá fuera lo mejor.
Yo era muy joven, y no tenía una perra, y ella tenía sobres sin abrir por todos los rincones. Recuerdo que me llamaba para que fuera a verla, y a veces iba. Al despedirnos me hacía un “regalito” dinerario hoy equivalente a más o menos unos 300 pavos.
¿Os podéis creer que evitaba ir? La recompensa era muy alta, pero también era muy duro el trabajo. Y más porque siempre fui propenso, ahora ya no, a la identificación, y salía de su casa arrastrándome de tristeza. No. No me apetecía ir en absoluto.
Y hoy, con frecuencia, escucho gente que sus lamentos, indefectiblemente, cuando coincides con ellos, manan sin cesar de su boca, de su cerebro y de su corazón. Y estás deseando desaparecer, sin saber como escapar a la tortura. Parece que, de Dios para abajo, todos son injustos con su vida. Reproches, lamentos, sufrimientos, tristes recuerdos, negro porvenir, este me hizo esto, aquél me hizo lo otro…
Y, casualmente, o mejor dicho, causalmente, su mayor tragedia es la siguiente:
Nadie me quiere, nadie se preocupa por mí, nadie se acuerda de mí, nadie me busca para nada, nadie me llama, nadie viene a verme, nadie se divierte conmigo, no tengo amigos, estoy solo, Dios me ha castigado injustamente, todos me tratan mal, nadie me considera, y todos los etcéteras que sin duda podréis añadir.
Y yo me pregunto: ¿Se puede ser tan inconsciente como para no darse cuenta de la relación entre ambas cosas? ¿Es que piensa que alguien desea reunirse con otro para sufrir?
No, no. No me cuente usted su vida que yo también he sufrido mucho…
Por mi parte, yo me tengo prohibido absolutamente contar penas, y solo cuento alegrías. Busco alegrías, y no busco penas. ¿Para qué, si ya se que mis alegrías y mis penas son el resultado de mis acciones? ¿Das alegría? Recibirás alegrías. ¿Das penas? Recibirás penas. Esto es como dos y dos son cuatro. Y nuestros deseos siempre consisten en que dos mas dos no sean cuatro. Y eso… no puede ser. Y además es imposible, como decía Paquiro.
martes, 16 de junio de 2015
ESPERANZA
Hermes advierte que no es posible volar hasta Él con solo un ala.
Hoy no quiero escribir de cosas tristes, ni de dificultades, ni de nubes negras, ni de caminos de barro y rastrojos.
Hoy querría aportar algo de piedad y de alegría a mis compañeros de camino. Porque son ellos el motivo de mis letras, y a ellos debo mi labor. Y no merecen mis sinsabores, ni mis angustias, ni mis penas. Sé de sobra (y lo sabemos todos), que en el mundo abunda el barro. Pero también sé que dentro de él se ocultan diminutas pepitas de oro puro, que es preciso buscar y rebuscar, para con ella fabricarnos la corona de la esperanza.
Y es de la esperanza de la que quiero hoy hablaros. Y la esperanza hunde sus raíces en la confianza. Y la confianza, de confiar, es palabra cuya alma procede del latín, cum-fidere, con fe. De la fe surge la confianza, y de la confianza surge la esperanza. Y si no llegamos a comprender la invocación fiat voluntas tuas de la oración que nos enseñó el Maestro, poco podremos tener fe, ni confianza, ni esperanza.
La esperanza no es cuestión de débiles, sino aceptación viril y activa de los misteriosos designios que, aunque inescrutables y muchas veces incomprensibles, nos llevan por el camino que nos ha sido trazado para nuestro encuentro con lo celeste. Y esta aceptación viril no nos debe llevar al desespero, sino, por contra, a la aceptación serena y responsable de las pruebas a que somos sometidos desde lo alto para nuestra superación.
Sabemos que la vida no es fácil para nadie. Y si así fuera, de poco serviría. Y rebelarnos contra las pruebas que nos son enviadas, que no lo son para nuestra desesperación y dolor, sino para nuestra superación y nuestra gloria, no nos lleva sino a no aceptar las oportunidades de superar nuestro actual estado y elevarnos a mundos más sutiles.
Bendigamos a Dios pues por estas pruebas y por los dolores que nos manda superar, porque con nuestro esfuerzo y esperanza podemos hacer de ellas nuestra corona gloriosa, y no solo eso, que sería solo para nuestro bien, sino que así podremos ofrecer a nuestros hermanos la dicha y la alegría de, escalando más altas cumbres, ofrecer vistas más bellas del Universo.
Quiero pruebas, no tranquilidad.
Dijo el Maestro:
No vine a traer la paz, sino la espada.
Y también dijo:
El que quiera entender que entienda.
domingo, 7 de junio de 2015
EL PROGRESO VIRTUAL, carta a una amiga
Os hablaba hace unos días del “progreso pulcro”. Y esta mañana, no recuerdo con ocasión de qué cosa que me sucedió, empecé a pensar en que otra de las características típicas de nuestro “progreso” es su carácter de “virtual”. Este nuevo rasgo, que empezó a aparecer en mí como os digo esta mañana, se me vio confirmado esta tarde.
Estaba yo tomando café en mi Plaza preferida, que como conocéis es la de San Francisco. Estando absorto en como iba a montar la electricidad y el teléfono en la terraza, que como sabéis voy a cerrar y a poner allí el ordenador, apareció por detrás de mí Helena, y se sentó conmigo.
¿Qué vas a tomar? –le pregunté- ¿Café? ¿Cerveza? No, pídeme un “Seven Up”. ¡Ay la leche que te dieron!. ¿Tienes que pedir esa pamplina, que solo es agua con boquetes y aroma artificial de limón? –Sí, sí, pídeme un “Seven Up”. Le pedí una cosa de esas, que además, cuando lo vi no se llamaba así, se llamaba “Sprite”. En fin –pensé- gilipolladas de los americanos.
Y este “sucedío” me hizo decidirme a escribiros sobre lo que he titulado “El progreso virtual”.
En realidad lo he llamado virtual, para englobar conceptos, pero virtual viene de “virtud”, y precisamente, todo lo que nos rodea en nuestro progreso carece de la virtud que le es propia y por la cual cada cosa es lo que es. Me explico.
Recuerdo una vez que mi amigo, nuestro amigo me hablaba de cómo le sorprendió y le dejó fascinado un anuncio que vio en su día de una cosa que se llamaba Tang. Se trataba de un sobre de polvos de color naranja (color artificial) Esos polvos se echaban en agua, se removían con una cucharilla y se obtenía un maravilloso zumo de naranjas de Valencia. ¡¿cómo?! Desde cuando conoce un yanqui o un noruego lo que es un zumo de naranjas de Valencia.
Pero todo sería normal (hay una ingente cantidad de tonterías por el estilo), si no fuera porque en el anuncio hacían énfasis en que lo mejor del asunto era que tenía un portentoso sabor y color a zumo de naranjas ¡y no tenía nada de naranjas! Esto último se presentaba como lo mejor del hallazgo. Era un descubrimiento maravilloso. Habíamos obtenido un espléndido zumo de naranjas, sin nada de naranja. Era el sumum del progreso, el mejor descubrimiento en zumos.
Escucho a veces en la tele (desde la habitación de al lado, por supuesto), un anuncio en que el fulano va y dice:
- En las estanterías de su supermercado, señora, podrá encontrar en zumo tal, que tiene un cinco por ciento de zumo de naranjas (habría que ver las naranjas), y nuestro zumo cual, que tiene ¡el doble de zumo!-
Si Pitágoras no miente, cinco por dos es diez, así que el mayestático zumo tiene el diez por ciento de dudoso zumo. Si serán gilipollas, si por cuarenta duros me compro en la Plaza dos kilos de naranjas de verdad, que tienen ¡el cien por cien de zumo! Y zumo de verdad. Pero lo mío no es progreso, soy un anticuado y un retrógrado.
Ocurre algo parecido con los paquetes que compran los niños (americanizados), de cereales para echarles leche. –Señora, compre Vd. esto que tiene mucho alimento, que está hecho de cereales. No te jode, y la telera que yo compro en la esquina, de qué coño está hecha, ¿de cemento? Y por cierto que, con los cereales que tiene un paquetón de esos, que además no caben en ningún sitio, no se haría ni un panecillo para la Barbie. –¡Oiga, es que tienen miel, y vitaminas! -¡Tu padre, tu padre y tu padre!
Bien, pues en el progreso virtual nada es lo que parece, o mejor dicho, todo carece de su virtud esencial, es decir aquello que debe hacer que lo que sea, sea eso mismo. El café es sin cafeína. El tabaco sin nicotina. La cerveza sin alcohol. Las rosas ya las hay sin espinas. En Japón ya han inventado la mascota mecánica, que ni come ni caga ni mea. Y vas a una discoteca, ligas, (después de un gran trajín), y cuando llega el momento, ¡zás!, menudo paquete que tienen “la niña”.Y así todo.
Y ocurre que vas y pides un café con leche en cualquier lugar “progre” tipo yanqui y te ponen: un café hecho con unos polvos fabricados por supuesto sin café, una leche (la que le dieron) hecha de unos polvos que nada tienen que ver con la ubre de ninguna vaca, y un azúcar fabricada a base de un edulcorante que no tiene relación alguna ni con la caña de azúcar, ni con la remolacha ni con ninguna otra cosa que contenga la más mínima cantidad de azúcar. El agua en que va disuelta semejante porquería seguramente la habrán sacado de alguna depuradora en mal estado.
Pero no es solo la comida la que se está convirtiendo en “virtual”. Es todo. Una vez recuerdo que te dije, M, que mi propósito en la vida fue siempre encontrar lo auténtico en todas las cosas. Y te expliqué a qué me refería. No me gusta jugar a las casitas. Quiero decir con esto que generalmente, jugamos a las cosas, no las tomamos en serio.
Escucho a mucha gente decir que le gustaría saber tocar algún instrumento. Y se compran una odiosa pianola donde están todos los ritmos y todos los instrumentos. De esas que se enchufan. O se compran una flauta dulce de plástico. Se apuntan a un método “rápido” en el que se incluyen “partituras” arregladas o fáciles de autores clásicos. O también gente que compran discos con versiones de obras clásicas “con ritmo” añadido, es decir con una batería marcándoles el ritmo (por si no lo cogen), con lo cual cualquier sinfonía de Beethoven resulta bailable. ¡Horror!
Métodos fáciles para aprender inglés, ruso o rumano en dos meses. Aprenda pintura por correspondencia, etc. etc.
Todo esto no es serio, y cualquiera que haya pretendido hacer algo serio lo sabe perfectamente.
Si quieres aprender música y dominar un instrumento (no de plástico y cables, sino de verdad), es preciso dedicarse a ello seriamente y con profundidad. Asistir a clases, estudiar, machacar el instrumento, etc.
Por lo general, cuando acudimos a un concierto vemos solo el resultado, no la preparación anterior al mismo. Recuerdo que cuando cantamos el Stabat Mater de Haydn, con la Coral, que fue en Semana Santa, llevábamos preparándola desde el Octubre anterior. Y eso contando con que todo el mundo sabía música y el director del coro era catedrático de Canto Coral en el Conservatorio y actualmente director es de la orquesta Manuel de Falla. Así y todo exigió meses de preparación.
Pero todo esto, el que va al concierto no lo sabe, ni lo imagina. Cree que todos los que cantan, así como los intérpretes de la orquesta son una especie de monstruos o ángeles asistidos por una ciencia divina.
Igual ocurre cuando asistimos a un concierto de piano. ¡Que facilidad tiene el tío! ¡No se le ven las manos corriendo por el teclado! ¡Que habilidad! Por supuesto que tendrá arte y habilidad, pero lo que no imaginamos es cuantas horas habrá pasado a solas delante de las teclas y cuántos cientos de veces ha repetido aquél pasaje de la partitura que nos fascina.
¿Os gusta el circo? A mi sí, y además, aunque no me gustara da igual. Debía acompañar a Miguelito. Ventajas de tener un niño. Pues bien, cuando veo al trapecista o a la trapecista (en ésta me fijo más), o al que tira todo por lo alto a la vez y lo recoge, no nos explicamos cómo, sin dejar caer nada, exclamamos: ¡Qué arte, que habilidad! Podríamos preguntarle cuántas veces cayó a la red antes de dominar el ejercicio o cuantos porrazos se dio en la cabeza con los bolos o con los platos.
Escuché no sé dónde que la facilidad con que el artista realiza su obra la atribuimos a su arte natural, cuando en realidad es producto de su trabajo incansable. Creo que era Rubistein, el pianista, quien decía: “Cuándo llevo solo un día sin tocar el piano ya me lo noto yo. Si llevo dos, me lo notan los críticos. Y si llevo tres días sin ensayar el público ya lo nota en mis conciertos... “
Recuerdo que te hablaba de la televisión y Miguelito. Y te decía que no todo lo que se puede ver es negativo, y que yo me había empeñado en hacerle ver películas de Walt Disney (este mago de nuestra época), la de los dibujitos, y a ser posible las que exponen cuentos antiguos, como Blancanieves, Caperucita, etc.
Si tiene que escuchar música, trataré de formarle el gusto por una música que eleve el espíritu, aunque sea sin que se dé cuenta, un poco como hicieron conmigo. Porque hay una música que eleva y otras que distraen, entontecen, embrutecen o hacen daño.
Si hay que comer, comamos alimentos genuinos, sanos y auténticos. Si hay que leer, leamos libros sanos. Es lo que nos dijo Alfonso X, que para eso era sabio, ya sabéis:
Quemad viejos leños
Bebed viejos vinos
Leed viejos libros
Tened viejos amigos
Ojo, que no dice libros viejos ni amigos viejos, que no es lo mismo.
Lo que os hablo ocurre igual con los amigos. Durante mucho tiempo todos hemos mantenido amigos con los que hemos pasado horas y horas de diversión, pero intuíamos que no eran amigos auténticos. Los verdaderos amigos son otros, y también sabemos cómo sin y quiénes son (con el paso de los años y la madurez)
Es preciso ser serios. Pero no con los otros, sino con uno mismo. No se las puede dar uno de pintor si no se ha tomado uno el trabajo durante años de aprender sin cesar, de conocer poco a poco las técnicas, el oficio, sin esforzarse al máximo en el dibujo, en la perspectiva, en el color y en cientos de conocimientos que son los mínimos para, después de cientos de pinturas y años de buscar inspiración, poder decir, con derecho a ello: -“he pintado un cuadro”. Lo demás son bromas e ilusiones sobre uno mismo.
Conozco un escritor, compañero de mi cuñado, que ha escrito un libro sobre la vida de un musulmán de la Edad Media y sobre el ambiente en que su vida se desenvolvió. Y comprendo que, para escribir eso, y hacerlo con derecho a escribirlo, Debe tener, y lo tiene, un profundo conocimiento del mundo musulmán, de la vida en aquella época, amén de la psicología de sus personajes, de sus costumbres, de su forma de ver la vida, de sus creencias, etc. etc. Y esto no se improvisa, ni se aprende en un manual de esos de “Conozca el mundo musulmán en diez sesiones” No, eso es broma. El está dedicado a ello en alma y cuerpo. Es licenciado en Historia, y seguramente lleva veinte o veinticinco años trabajando en ello. Como os digo, tiene derecho a escribirlo. La seriedad de su trabajo se lo da.
No quiero decir con esto que también habrá quien se toma el mismo esfuerzo y luego escribe algo insulso o sin interés. Esto es otra cuestión.
Seguramente recordáis la película, de grandes valores, sin duda, de Amadeus. Salieri trabajaba tanto o más que Mozart, pero... Por supuesto no todo es trabajar. Pero decía creo que Picasso que la inspiración del artista se encuentra tras años de intenso trabajo. O lo que es lo mismo, el trabajo es el precio de la inspiración. Only drawning men could see him. Recuerdo ahora la también espléndida película del El loco del pelo rojo. Recordáis como trabajaba Van Gogh, día y noche, como un poseso. Creo que ese es el precio. Eso es ser serio. Eso es querer algo de verdad. Lo demás son fantasías
martes, 2 de junio de 2015
LA NADA AVANZA
La nada avanza… Esto decía un personaje de “La historia interminable” Y hoy todo está realmente disolviéndose en la nada. La nada avanza. Imparable.
Pero... estamos nosotros. Como un conservatorio, donde se guarda toda la música de valor, como un museo, donde se guardan las obras de arte que tienen belleza. Seremos como los navegantes del arca, que, después del diluvio, cuando todo hubo muerto, cuando la paloma trajo en el pico la rama de olivo y no quedaba entonces nada en el planeta, supieron recomponer el mundo.
No lo veremos los que hoy vivimos. Pero, cuando la humanidad toque fondo, cuando no haya ya nada que tenga valor, cuando la gentes buenas levanten sus miradas y levanten sus manos buscando una ayuda, una respuesta para su vidas, un auxilio, un refugio... allí estaremos nosotros.
Estaremos, y habremos guardado en nuestros corazones, en nuestra alma, en nuestras manos, todo lo necesario para recomponer el mundo, como en la historia del arca, y tendremos todas las especies, todos los valores, todo aquello donde se guarda la semilla de lo nuevo que deberá crecer entones.
No será fácil, porque no veremos los resultados, y nuestra fe tendrá que ser grande, pero seremos como los copistas de la Edad Media, que copiaban los antiguos libros de sabiduría de los griegos y de los árabes, que los copiaban aún sin comprender nada de lo que decían, pero que eran conscientes de que eran libros necesarios a la humanidad futura. Y así, gracias e ellos, hoy día nosotros podemos renovarlos, podemos retomarlos, y podemos conservarlos, para el futuro después de la nada, al igual que en el conservatorio se guardan con amor las almas de los grandes músicos, y las hermosas páginas que escribieron. Para que no se pierdan, para que estén ahí el día en que el hombre tenga la sensibilidad necesaria y la necesidad de acudir a ellos.
Es un tormento ver lo que está ocurriendo, pero nuestro siglo lucha frontalmente contra todo lo que tiene valor. Es necesario esperar, como se espera el paso del huracán, para empezar luego a recomponer todo lo que destruyó. No se puede parar un huracán, pero sí puede prepararse todo para el momento en que se haya de recomponer su daño. Para eso debemos estar preparados, para eso debemos prepararnos eficazmente.
Como la anciana del cuento que preparó con esfuerzo su pequeña lámpara, y, cuando Devadatta desató un viento terrible que apagó todas las lámparas de los ricos devotos de Buda, ella pudo encender todas las demás, que, a pesar de que eran grandes y de oro, se apagaron.
Y nuestro mundo es ahora así, es un mundo que parece grande y de oro, pero un gran viento apagará sin duda todas esas grandes lámparas. Pero la nuestra, la de la viejecita, será la encargada de dar de nuevo la luz al mundo.
En esa época no existirán libros, ni museos, ni música, pero, como en el libro La nada avanza… Esto decía un personaje de “La historia interminable” Y hoy todo está realmente disolviéndose en la nada. La nada avanza. Imparable.
Pero... estamos nosotros. Como un conservatorio, donde se guarda toda la música de valor, como un museo, donde se guardan las obras de arte que tienen belleza. Seremos como los navegantes del arca, que, después del diluvio, cuando todo hubo muerto, cuando la paloma trajo en el pico la rama de olivo y no quedaba entonces nada en el planeta, supieron recomponer el mundo.
No lo veremos los que hoy vivimos. Pero, cuando la humanidad toque fondo, cuando no haya ya nada que tenga valor, cuando la gentes buenas levanten sus miradas y levanten sus manos buscando una ayuda, una respuesta para su vidas, un auxilio, un refugio... allí estaremos nosotros.
Estaremos, y habremos guardado en nuestros corazones, en nuestra alma, en nuestras manos, todo lo necesario para recomponer el mundo, como en la historia del arca, y tendremos todas las especies, todos los valores, todo aquello donde se guarda la semilla de lo nuevo que deberá crecer entones.
No será fácil, porque no veremos los resultados, y nuestra fe tendrá que ser grande, pero seremos como los copistas de la Edad Media, que copiaban los antiguos libros de sabiduría de los griegos y de los árabes, que los copiaban aún sin comprender nada de lo que decían, pero que eran conscientes de que eran libros necesarios a la humanidad futura. Y así, gracias e ellos, hoy día nosotros podemos renovarlos, podemos retomarlos, y podemos conservarlos, para el futuro después de la nada, al igual que en el conservatorio se guardan con amor las almas de los grandes músicos, y las hermosas páginas que escribieron. Para que no se pierdan, para que estén ahí el día en que el hombre tenga la sensibilidad necesaria y la necesidad de acudir a ellos.
Es un tormento ver lo que está ocurriendo, pero nuestro siglo lucha frontalmente contra todo lo que tiene valor. Es necesario esperar, como se espera el paso del huracán, para empezar luego a recomponer todo lo que destruyó. No se puede parar un huracán, pero sí puede prepararse todo para el momento en que se haya de recomponer su daño. Para eso debemos estar preparados, para eso debemos prepararnos eficazmente.
Como la anciana del cuento que preparó con esfuerzo su pequeña lámpara, y, cuando Devadatta desató un viento terrible que apagó todas las lámparas de los ricos devotos de Buda, ella pudo encender todas las demás, que, a pesar de que eran grandes y de oro, se apagaron.
Y nuestro mundo es ahora así, es un mundo que parece grande y de oro, pero un gran viento apagará sin duda todas esas grandes lámparas. Pero la nuestra, la de la viejecita, será la encargada de dar de nuevo la luz al mundo.
En esa época no existirán libros, ni museos, ni música, pero, como en el libro Fahrenheit 451, cada uno de nosotros será un libro, cada uno será una obra de arte, cada uno será una música, y podremos así reconstruir con facilidad todas las bibliotecas, todos los museos, todas las músicas.
Y cada uno de nosotros tendrá entonces dentro de sí un mundo que construir fuera. Y será muy fácil.
Será muy fácil construir de nuevo un Partenón...
451, cada uno de nosotros será un libro, cada uno será una obra de arte, cada uno será una música, y podremos así reconstruir con facilidad todas las bibliotecas, todos los museos, todas las músicas.
Y cada uno de nosotros tendrá entonces dentro de sí un mundo que construir fuera. Y será muy fácil.
Será muy fácil construir de nuevo un Partenón...
Pero... estamos nosotros. Como un conservatorio, donde se guarda toda la música de valor, como un museo, donde se guardan las obras de arte que tienen belleza. Seremos como los navegantes del arca, que, después del diluvio, cuando todo hubo muerto, cuando la paloma trajo en el pico la rama de olivo y no quedaba entonces nada en el planeta, supieron recomponer el mundo.
No lo veremos los que hoy vivimos. Pero, cuando la humanidad toque fondo, cuando no haya ya nada que tenga valor, cuando la gentes buenas levanten sus miradas y levanten sus manos buscando una ayuda, una respuesta para su vidas, un auxilio, un refugio... allí estaremos nosotros.
Estaremos, y habremos guardado en nuestros corazones, en nuestra alma, en nuestras manos, todo lo necesario para recomponer el mundo, como en la historia del arca, y tendremos todas las especies, todos los valores, todo aquello donde se guarda la semilla de lo nuevo que deberá crecer entones.
No será fácil, porque no veremos los resultados, y nuestra fe tendrá que ser grande, pero seremos como los copistas de la Edad Media, que copiaban los antiguos libros de sabiduría de los griegos y de los árabes, que los copiaban aún sin comprender nada de lo que decían, pero que eran conscientes de que eran libros necesarios a la humanidad futura. Y así, gracias e ellos, hoy día nosotros podemos renovarlos, podemos retomarlos, y podemos conservarlos, para el futuro después de la nada, al igual que en el conservatorio se guardan con amor las almas de los grandes músicos, y las hermosas páginas que escribieron. Para que no se pierdan, para que estén ahí el día en que el hombre tenga la sensibilidad necesaria y la necesidad de acudir a ellos.
Es un tormento ver lo que está ocurriendo, pero nuestro siglo lucha frontalmente contra todo lo que tiene valor. Es necesario esperar, como se espera el paso del huracán, para empezar luego a recomponer todo lo que destruyó. No se puede parar un huracán, pero sí puede prepararse todo para el momento en que se haya de recomponer su daño. Para eso debemos estar preparados, para eso debemos prepararnos eficazmente.
Como la anciana del cuento que preparó con esfuerzo su pequeña lámpara, y, cuando Devadatta desató un viento terrible que apagó todas las lámparas de los ricos devotos de Buda, ella pudo encender todas las demás, que, a pesar de que eran grandes y de oro, se apagaron.
Y nuestro mundo es ahora así, es un mundo que parece grande y de oro, pero un gran viento apagará sin duda todas esas grandes lámparas. Pero la nuestra, la de la viejecita, será la encargada de dar de nuevo la luz al mundo.
En esa época no existirán libros, ni museos, ni música, pero, como en el libro La nada avanza… Esto decía un personaje de “La historia interminable” Y hoy todo está realmente disolviéndose en la nada. La nada avanza. Imparable.
Pero... estamos nosotros. Como un conservatorio, donde se guarda toda la música de valor, como un museo, donde se guardan las obras de arte que tienen belleza. Seremos como los navegantes del arca, que, después del diluvio, cuando todo hubo muerto, cuando la paloma trajo en el pico la rama de olivo y no quedaba entonces nada en el planeta, supieron recomponer el mundo.
No lo veremos los que hoy vivimos. Pero, cuando la humanidad toque fondo, cuando no haya ya nada que tenga valor, cuando la gentes buenas levanten sus miradas y levanten sus manos buscando una ayuda, una respuesta para su vidas, un auxilio, un refugio... allí estaremos nosotros.
Estaremos, y habremos guardado en nuestros corazones, en nuestra alma, en nuestras manos, todo lo necesario para recomponer el mundo, como en la historia del arca, y tendremos todas las especies, todos los valores, todo aquello donde se guarda la semilla de lo nuevo que deberá crecer entones.
No será fácil, porque no veremos los resultados, y nuestra fe tendrá que ser grande, pero seremos como los copistas de la Edad Media, que copiaban los antiguos libros de sabiduría de los griegos y de los árabes, que los copiaban aún sin comprender nada de lo que decían, pero que eran conscientes de que eran libros necesarios a la humanidad futura. Y así, gracias e ellos, hoy día nosotros podemos renovarlos, podemos retomarlos, y podemos conservarlos, para el futuro después de la nada, al igual que en el conservatorio se guardan con amor las almas de los grandes músicos, y las hermosas páginas que escribieron. Para que no se pierdan, para que estén ahí el día en que el hombre tenga la sensibilidad necesaria y la necesidad de acudir a ellos.
Es un tormento ver lo que está ocurriendo, pero nuestro siglo lucha frontalmente contra todo lo que tiene valor. Es necesario esperar, como se espera el paso del huracán, para empezar luego a recomponer todo lo que destruyó. No se puede parar un huracán, pero sí puede prepararse todo para el momento en que se haya de recomponer su daño. Para eso debemos estar preparados, para eso debemos prepararnos eficazmente.
Como la anciana del cuento que preparó con esfuerzo su pequeña lámpara, y, cuando Devadatta desató un viento terrible que apagó todas las lámparas de los ricos devotos de Buda, ella pudo encender todas las demás, que, a pesar de que eran grandes y de oro, se apagaron.
Y nuestro mundo es ahora así, es un mundo que parece grande y de oro, pero un gran viento apagará sin duda todas esas grandes lámparas. Pero la nuestra, la de la viejecita, será la encargada de dar de nuevo la luz al mundo.
En esa época no existirán libros, ni museos, ni música, pero, como en el libro Fahrenheit 451, cada uno de nosotros será un libro, cada uno será una obra de arte, cada uno será una música, y podremos así reconstruir con facilidad todas las bibliotecas, todos los museos, todas las músicas.
Y cada uno de nosotros tendrá entonces dentro de sí un mundo que construir fuera. Y será muy fácil.
Será muy fácil construir de nuevo un Partenón...
451, cada uno de nosotros será un libro, cada uno será una obra de arte, cada uno será una música, y podremos así reconstruir con facilidad todas las bibliotecas, todos los museos, todas las músicas.
Y cada uno de nosotros tendrá entonces dentro de sí un mundo que construir fuera. Y será muy fácil.
Será muy fácil construir de nuevo un Partenón...
domingo, 24 de mayo de 2015
COMO RAYO SOBRE LAS AGUAS
Como espíritu del rayo sobre las aguas,
como semilla que penetra la tierra,
como semen que fecunda al vibrante óvulo,
como mente creadora que ordena la materia,
y la embellece,
como pincel de pintor, que da vida
al lienzo virgen, blanco y liso,
como voz, que da sentido y contenido a los sonidos,
como el creador, que con su mente da forma y vida
y ser a todo lo existente,
como Dios, que deja su firma
en todas sus criaturas vivientes
desde las inmensas hasta las ínfimas,
como el beso, que hace transparente el amor,
como pájaros, que mueven al azul celeste,
como la mano que acaricia, que da calor y vida,
como un amanecer, que disuelve el frío de la noche,
como un barco, que surca las aguas oscuras
y hace su camino, y llega así a su puerto,
como cielo estrellado,
donde infinitas estrellas
envuelve en luz la negrura.
como mirada, mirada que nos enseña un alma,
como músico, que con siete sonidos teje
la más divina de las sinfonías.
como médico, que con sus manos, con su arte,
resuelve el mal que acongoja,
como el arquitecto, que con piedra y argamasa
construye el más excelso de los templos.
como juez que juzga, unido a la esencia de la justicia universal
y puede juzgar los actos humanos.
Porque el hombre, que conoce y se ama a sí mismo,
a su prójimo, a los hombres, la humanidad, la Naturaleza, el Universo, Dios,
y ama a sus hermanos los animales, y a sus hermanas las plantas,
a su escabel mineral también,
y a su madre Tierra, y a su padre, Cielo.
viernes, 22 de mayo de 2015
GLOBALIZACIÓN
He escuchado que la población del primer mundo está atemorizada ante la amenaza de una gripe que puede provocar miles de muertos.
Pero en África hay miles de muertos cada día, no de enfermedad, sino simplemente de hambre.
He visto cómo en algunos países se obliga a toda mujer a ocultar en lo absoluto toda su figura en público de forma permanente y no le es posible hacer ninguna cosa si no es con permiso de su marido, padre o hermano.
Pero en los países de mi entorno, la mujeres muestran la belleza de su cuerpo, o la fealdad, de manera decidida únicamente por ellas. Y deciden lo que hacer o no hacer en su vida, sin que nadie se lo impida.
Sé que en nuestro mundo rico, nuestra mayor preocupación no es comer, sino adelgazar y eliminar los restos luego.
Pero en continentes enteros, la mayor ocupación es conseguir algo para llenar el estómago. Adelgazar y defecar no es ningún problema, y no creo que nadie esté a dieta ni consuma laxantes.
Sé también que la mayor preocupación de nuestros adolescentes y jóvenes es conseguir el ordenador más potente y el televisor más grande.
Y en otros lugares del planeta no saben siquiera de la existencia des estas máquinas.
Veo que en nuestro mundo “civilizado” se puede hablar en público de todo, se puede insultar de forma gratuita a quien uno quiera, se puede robar con escasas probabilidades de ser castigado, y hay muchos chicos que dan palizas a sus padres, a sus profesores, a cualquiera que anda por la calles que les mira “mal”, e incluso a los agentes de la autoridad, sin ser responsabilizados de sus actos.
Y he escuchado que en el mundo “no civilizado” la infidelidad conyugal, la agresión o el robo son castigados con lapidación, apaleamiento, cárcel a pan y agua, o mutilación de la mano derecha. Y la mínima rebelión o crítica al poder, directamente con la pena de muerte en proceso sumario.
Asisto, en nuestro mundo, a museos, teatros, cines, exposiciones, conciertos, fiestas públicas…
Pero sé que en “otros mundos” el único (pero a veces subyugante) espectáculo es el que ofrece la madre naturaleza.
También sé que producimos muchos kilos diarios de basura doméstica, que se convierte luego en abono o desechos más o menos tóxicos.
Pero también sé que en muchos lugares no hay basura, salvo los restos no digeribles de la comida, con los que se alimentan a los cerdos y otros animales comestibles.
Y que estamos preocupados por la contaminación de nuestros automóviles y fábricas, preocupación que no comparten muchos millones de hermanos, porque viajan en burros o mulas, no en automóvil, y sus fábricas funcionan no con máquinas. Funcionan únicamente con sus propias manos.
¿Qué será eso de “la globalización?
domingo, 17 de mayo de 2015
MÉDICOS
Fui a comprar un cepillo de dientes de esos eléctricos, porque el viejo se cayó (como suele ocurrir no se sabe a quién) y se rompió.
Cuando llegué a la tienda, el dependiente estaba ocupado con unos clientes, así que me puse un poco aparte y esperé pacientemente a que terminara. Estaban comprando una báscula de baño supermoderna. Se trataba de tres personas, dos señoras y un señor, todos de cierta edad, de unos cuarenta y tantos… cuarenta y treinta, más o menos.
El dependiente tenía como dos metros y algo de estatura y, por el diámetro que ostentaba su panza, unos ciento treinta kilos de peso. Algo espectacular.
Yo, siguiendo mi costumbre, me metí en la conversación que tenían acerca de la báscula.
- Nunca me compraría una cosa como esa –dije- total… ya está el espejo…
-A ver, joven –le dije al dependiente- ¿tú te pesas alguna vez?
-Por supuesto que no –me contestó- ¿para qué? ya sé que estoy gordo.
Es que estar obeso es un factor de riesgo para los problemas del corazón, -dijo una de las señoras, recitando como un loro uno de los miles de anuncios de los medios al respecto-.
Pues sí, dije yo, y también el colesterol, y el comer mucho, y no hacer ejercicio, pero yo ya no creo en los médicos. Escudándose en ellos, los mercaderes nos tratan de asustar continuamente y así vendernos toda clase de porquerías. Además no nos dejan vivir, no nos dejan tomar café, ni beber cerveza, ni comer jamón, ni casi nada de lo que está bueno. Pretenden que vivamos como ermitaños. ¡Qué tristeza! Verduras, verduras… ¡no somos vacas! ¿O es que quieren que nos convirtamos en rumiantes abstemios?
Yo, por mi parte, no pienso hacerles ni caso -les dije-, para asustarme ya tengo a la Hacienda, la guardia civil de tráfico, los vecinos, los delincuentes, y el gobierno. No es poca cosa, créame. Suficiente para asustar al más osado.
¿Qué es lo que quieren? ¿Qué no coma jamón, ni queso, ni beba vino, ni cerveza, ni una buena fabada ni un puchero con pringá? ¿Qué me dedique a andar todos los días diez kilómetros a paso de campeonato olímpico? ¿Qué beba cerveza sin alcohol, café sin cafeína, leche sin nata? ¿Pues no ha pasado una generación privándose del atún, del salmón, de las caballas y las sardinas, del aceite de oliva y los huevos fritos? ¿Y si en diez años se descubre, como en la película de Woody Allen “El dormilón”, que lo mejor para la salud es beber un buen coñac francés y fumarse luego un puro habano? ¿Quién me resarce de los placeres omitidos? No, no, y no…
Además, yo creo que los médicos, más que fisiología, patología y cirugía, en lo que son expertos es en lenguas muertas, en griego y en latín. Y además tienen su cajón de sastre. Yo mismo podría ser médico, si me empeñara.
-Buenos días doctor, me duele una barbaridad la cabeza-
- Usted lo que tiene es cefalea, le contesta el doctor con voz de gravedad.
Y lo que el paciente no sabe es que el doctor le ha diagnosticado exactamente lo mismo que él le dijo, porque cefalea, del griego, es dolor de cabeza.
Yo mismo, una vez fui a un dermatólogo, ya que me picaban las piernas una barbaridad. Tras preguntarme, el dermatólogo, sabiamente, sentenció:
- Padece usted de una urticaria idiopática.
Cualquier otro se hubiera ido a su casa con las recetas y ya está, pero yo, que soy difícil de conformar, le pregunté:
-¿Y esas palabras qué quieren decir?
-Pues es fácil, vera: urticaria significa que le pica mucho.
-¿Y lo de idiopática?
-Pues que no sabemos el porqué le pica.
Bien, bien… Efectivamente, y buscando en mi diccionario etimológico de seis tomos, me fue confirmado lo dicho. Urticaria significa que te pica como si te hubieras metido en un sembrado de ortigas, e idiopática significaba que es una enfermedad especial, es decir, de origen desconocido.
Bien… bien… así que me bastaría dominar el griego y el latín para ejercer la medicina. Y si es algo que le pasa a la vez a mucha gente hay una excelente solución:
-Usted lo que tiene es un virus-
A mí una vez me dijeron eso, y yo le contesté
-Pues oiga, con el trancazo que tengo debo de tener millones... además eso del virus... ¿y qué virus? ¿como nos lo cepillamos?-
-Tome mucha agua y abríguese.
-¡Jó, eso me lo podía también haber dicho mi abuela, y no estudió medicina...!
Bueno –me preguntó un amigo- ¿y si no encuentras la etimología de la enfermedad en tu famoso diccionario?
Es fácil –le contesté- Lo mando al especialista…
Cuando llegué a la tienda, el dependiente estaba ocupado con unos clientes, así que me puse un poco aparte y esperé pacientemente a que terminara. Estaban comprando una báscula de baño supermoderna. Se trataba de tres personas, dos señoras y un señor, todos de cierta edad, de unos cuarenta y tantos… cuarenta y treinta, más o menos.
El dependiente tenía como dos metros y algo de estatura y, por el diámetro que ostentaba su panza, unos ciento treinta kilos de peso. Algo espectacular.
Yo, siguiendo mi costumbre, me metí en la conversación que tenían acerca de la báscula.
- Nunca me compraría una cosa como esa –dije- total… ya está el espejo…
-A ver, joven –le dije al dependiente- ¿tú te pesas alguna vez?
-Por supuesto que no –me contestó- ¿para qué? ya sé que estoy gordo.
Es que estar obeso es un factor de riesgo para los problemas del corazón, -dijo una de las señoras, recitando como un loro uno de los miles de anuncios de los medios al respecto-.
Pues sí, dije yo, y también el colesterol, y el comer mucho, y no hacer ejercicio, pero yo ya no creo en los médicos. Escudándose en ellos, los mercaderes nos tratan de asustar continuamente y así vendernos toda clase de porquerías. Además no nos dejan vivir, no nos dejan tomar café, ni beber cerveza, ni comer jamón, ni casi nada de lo que está bueno. Pretenden que vivamos como ermitaños. ¡Qué tristeza! Verduras, verduras… ¡no somos vacas! ¿O es que quieren que nos convirtamos en rumiantes abstemios?
Yo, por mi parte, no pienso hacerles ni caso -les dije-, para asustarme ya tengo a la Hacienda, la guardia civil de tráfico, los vecinos, los delincuentes, y el gobierno. No es poca cosa, créame. Suficiente para asustar al más osado.
¿Qué es lo que quieren? ¿Qué no coma jamón, ni queso, ni beba vino, ni cerveza, ni una buena fabada ni un puchero con pringá? ¿Qué me dedique a andar todos los días diez kilómetros a paso de campeonato olímpico? ¿Qué beba cerveza sin alcohol, café sin cafeína, leche sin nata? ¿Pues no ha pasado una generación privándose del atún, del salmón, de las caballas y las sardinas, del aceite de oliva y los huevos fritos? ¿Y si en diez años se descubre, como en la película de Woody Allen “El dormilón”, que lo mejor para la salud es beber un buen coñac francés y fumarse luego un puro habano? ¿Quién me resarce de los placeres omitidos? No, no, y no…
Además, yo creo que los médicos, más que fisiología, patología y cirugía, en lo que son expertos es en lenguas muertas, en griego y en latín. Y además tienen su cajón de sastre. Yo mismo podría ser médico, si me empeñara.
-Buenos días doctor, me duele una barbaridad la cabeza-
- Usted lo que tiene es cefalea, le contesta el doctor con voz de gravedad.
Y lo que el paciente no sabe es que el doctor le ha diagnosticado exactamente lo mismo que él le dijo, porque cefalea, del griego, es dolor de cabeza.
Yo mismo, una vez fui a un dermatólogo, ya que me picaban las piernas una barbaridad. Tras preguntarme, el dermatólogo, sabiamente, sentenció:
- Padece usted de una urticaria idiopática.
Cualquier otro se hubiera ido a su casa con las recetas y ya está, pero yo, que soy difícil de conformar, le pregunté:
-¿Y esas palabras qué quieren decir?
-Pues es fácil, vera: urticaria significa que le pica mucho.
-¿Y lo de idiopática?
-Pues que no sabemos el porqué le pica.
Bien, bien… Efectivamente, y buscando en mi diccionario etimológico de seis tomos, me fue confirmado lo dicho. Urticaria significa que te pica como si te hubieras metido en un sembrado de ortigas, e idiopática significaba que es una enfermedad especial, es decir, de origen desconocido.
Bien… bien… así que me bastaría dominar el griego y el latín para ejercer la medicina. Y si es algo que le pasa a la vez a mucha gente hay una excelente solución:
-Usted lo que tiene es un virus-
A mí una vez me dijeron eso, y yo le contesté
-Pues oiga, con el trancazo que tengo debo de tener millones... además eso del virus... ¿y qué virus? ¿como nos lo cepillamos?-
-Tome mucha agua y abríguese.
-¡Jó, eso me lo podía también haber dicho mi abuela, y no estudió medicina...!
Bueno –me preguntó un amigo- ¿y si no encuentras la etimología de la enfermedad en tu famoso diccionario?
Es fácil –le contesté- Lo mando al especialista…
jueves, 7 de mayo de 2015
DAR Y RECIBIR
Estábamos delante de unas pizzas, disfrutando de una excelente sangría y riéndonos con verdadera alegría, con la alegría de los verdaderos amigos.
No sé como la conversación se deslizó a temas de cine, música y libros. Bueno, en realidad es algo muy común, sobre todo en nuestro círculo. Y hace mucho tiempo que venía rondándome una idea sobre el asunto, que quise expresar en voz alta. Me costó tanto hacerme entender, no sé si por mi impulsividad al hacerlo, por el rechazo que provocaba, porque es difícil de aceptar, o puede ser quizá también por la gran ingesta que hasta el momento había hecho de la deliciosa sangría. Incluso varias veces me pidieron que dijera claramente “habas claras”
Les contaba que en casi todas las ocasiones que se le pregunta a alguien por sus aficiones suele contestar lo siguiente:
- Leer, escuchar música, ir al cine y viajar.
A veces se añade otra cosa, pero estas aficiones entran casi siempre en los gustos y preferencias digamos “normales”.
Yo les decía que esto tenía un gran inconveniente, y consistía en que eran “actitudes pasivas”, en las que no se participaba activamente, como creador. Para ilustrarlo le dije:
- ¿Y si nadie escribiera libros, ni hiciera música, ni películas, ni hubiera agencias de viajes, a qué demonios se dedicaría tanta gente? ¿Y si no hubiera televisión, a la que, aunque no lo dicen, le dedican muchas horas? Para que alguien lea un libro es preciso que alguien lo escriba primero. Para escuchar música es preciso también un compositor que la escriba, aparte de un director que la interprete y unos músicos que la ejecuten. Para ver una película es preciso alguien que de a la luz el guión, la música, etc. Creo que la idea es fácil de entender. Si todos nos dedicáramos exclusivamente a esas aficiones terminaríamos por no poder disfrutar de ninguna, porque no habría ni libros, ni música ni cine ni casi nada de nada.
Y ello es producto de la educación “pasiva” que nos imbuye la sociedad de consumo, más interesada en que “consumamos” que en que “creemos”. Cada vez hay más consumidores y menos creadores. Pero la discusión empezó cuando yo planteé que lo verdaderamente enriquecedor es la creación, y no el consumo.
Aunque se planteó que el consumo no es del todo pasivo, circunstancia que admití, generalmente sí lo es, al plantearse elementos de consumo cada vez más digeridos y para los que es preciso cada vez menor esfuerzo.
Así, no es lo mismo leerse el último best-seller, el que por cierto si es el mejor vendido (que es la traducción al castellano de best-seller), seguramente lo será porque la gran mayoría de la población es capaz de tragárselo, con lo que puede deducirse que su profundidad será escasa, que es mucho más fácil que leerse los Diálogos de Platón, las obras de Kant, y, en general, los clásicos, que, como es obvio, necesitan un mayor esfuerzo de comprensión y de asimilación. Afirmé que, mejor que leer “El código da Vinci” yo leería otra vez El Quijote, por ejemplo. Pero resultaba que todo el mundo lo había leído. Eso ya no lo pude pasar. Sí, todos lo leímos en el colegio, de chicos, me dijeron. ¡Claro, y qué remedio! Pero ¿quién lo ha leído de adulto por propia voluntad, sin ser coaccionado? Resulta que es el libro más famoso, más elogiado, más editado de la literatura española, pero pondría la mano en el fuego que es el menos leído. Aunque quien fuera o fuese me jurara o demostrara lo contrario. Será, y lo creo, best-seller, pero para ponerlo en la estantería del mueble bar.
Creo que por este camino, y como los creadores son también y cada vez más, consumidores, salvo bellas excepciones, llegaremos pronto al momento de no tener nada que llevarnos al cerebro, salvo, claro está, los clásicos, de la literatura, del cine, de la música y de todo lo demás.
Pero lo trágico de esta cada vez más fomentada y frecuente actitud pasiva es que no sólo repercute en la creación artística, sino en cualquier plano de la actividad humana. Así, en el amor queremos antes ser amados que amar, en la amistad queremos tener amigos antes que ganarlos, en el trabajo queremos cobrar antes que trabajar, y en la convivencia exigimos de nuestra pareja antes que entregarnos a ella, queremos que Dios nos ayude, sin ayudarle a Él dentro de nosotros, y hasta hay gente que quieren ir al Cielo como se estila ahora, como el aprendizaje del inglés...... ¡Sin esfuerzo!
sábado, 2 de mayo de 2015
viernes, 1 de mayo de 2015
BOGANDO CONTRA CORRIENTE
Os ofrezco hoy un artículo de mi Maestro, donde creo que trata de muchas cosas, pero que, en mi caso, hoy, me quedo con lo que nos habla tan claramente de aquello en lo que en verdad estriba la auténtica libertad.
BOGANDO CONTRA CORRIENTE
Dr. Jorge Ángel Livraga
“Lo que diferencia a un tronco flotante de una barca hecha de la misma madera es que esta última tiene remos y puede bogar contra corriente.” Dr. N. Sri Ram.
Estas palabras las escuché de sus labios en mi ya lejana juventud. La frase no formaba parte de ninguno de sus discursos y no sé si la insertó en alguno de sus libros. Surgió espontáneamente en una conversación.
He meditado mucho sobre ella y a la hora de plasmar los más elevados Ideales en una Escuela de Filosofía a la manera clásica, la parábola del tronco y de la barca estampó su sello en todo pensamiento, sentimiento y actividad.
Por lo general, los hombres y las mujeres son como troncos que han sido lanzados al río de la vida y, primero enteros y secos, luego golpeados y humedecidos derivan siempre en el sentido de la corriente o de los brazos de esa corriente que han desviado los poderosos del Mundo... ¡Allá van!... entrechocándose en inútiles violencias, sucios y embarrados, sin rumbo ni puerto fijo, hasta que se deshacen en astillas y desaparecen de la superficie en este río que no cesa de correr, que no sabemos de dónde viene ni hacia dónde va.
¡Meros troncos, desgajados, cortados, arrastrados de un lado a otro y apenas oponiendo la resistencia de su propio peso a la corriente! La oscura majada se desliza balando crujidos en su andar incansable y, sin embargo... ¡tan cansado! De día, el sol hace ver la oscura podredumbre de las cortezas y de noche, el tumulto de sombras corre siempre horizontal y sólo por excepción alguno levanta un extremo hacia las lejanas estrellas.
¡El río de troncos!
Cada vez son más y unos con otros se entrechocan, se lastiman, se despedazan... ¡el río de los troncos!... ¡Cuánto he meditado sobre esto!
Pero año tras año aprendí las casi olvidadas técnicas de ir vaciando y alivianando la mole de madera... esa madera de la cual estamos hechos todos. Rápidos golpes de azada en la superficie y carbones encendidos luego, que se renuevan constantemente. La experiencia, aunque se inspire en los grandes Maestros de la Humanidad, es siempre dolorosa e infinitamente larga. Hay que cavar en lo más hondo, donde los egoísmos y las cobardías entrelazan sus fibras retorcidas, y la ilusión te hace creer que tú eres el tronco y que te estás destrozando a ti mismo. Pero el constante trabajador, impulsado por su voluntad superior a todos los quejidos de la materia semipútrida, sigue su tarea.
Poco a poco el otrora basto tronco se va convirtiendo en una embarcación. Se perfilan la aguzada proa y la redonda popa. La otrora herida, cavidad es ahora; un pulido receptáculo para el Alma Viajera.
Con los restos se han hecho los flexibles remos que, según como se manejen, serán impulsores y a la vez timón. Y con inmensa paciencia se van puliendo los toscos costados hasta que se convierten en bordas livianas y sólidas.
Y... ¡así hemos hecho la barca! La multitud de troncos la mira con mezcla de asombro y de repulsa; le parece vacía, inconsistente, innecesaria, cómica, peligrosa, desechable. Pero es que no es un tronco... ¡Es una barca! Y, por si fuera poco, suele bogar contra la corriente. ¡Esto ya es imperdonable! ¿No estar a la moda, no cambiar de color según el barro que viene? ¿Tener color propio y bogar por encima del lodo, rozándolo apenas?... ¡Inconcebible!
¿Y sus extraños tripulantes?
Dicen éstos que no somos todos iguales, que si lo fuésemos nos podríamos equivocar todos juntos sin esperanza de ayuda de unos a otro, que la igualdad no existe en la Naturaleza ni es cosa posible ni deseable. Que las sanas diferencias embellecen el conjunto y lo arrancan del aburrimiento y del espíritu de majada. También, que las diferentes religiones son adaptaciones en el espacio y en el tiempo de un mismo Mensaje y que, por lo tanto, no hay una mejor ni peor que la otra, ya que, aparte de ese breve Mensaje, todo lo demás lo aportaron los humanos con sus ignorancias y apetitos... Y que se fueron copiando los unos a los otros a través de los miles de años.
Afirman que no creen en Dios, sino que saben de Su Existencia y que ésta es evidente. Basta con conocer y andar las vías para su descubrimiento. Que el Alma es inmortal e incorrupta y que no hay que confundirla con los ropajes y disfraces que adopta periódicamente. Que, si es que hay perdón, éste está más allá de la redención según la ley de acción y reacción y que esas son leyes mecánicas de la Naturaleza: que el que siembra trigo siempre recoge, tarde o temprano, trigo, y el que sembró espinos sólo espinos obtendrá.
El milagro no existe como tal, sólo existen planos de conocimiento. Lo fenoménico es secundario; el sacerdote babilónico que deslumbraba con sus pequeños relámpagos artificiales que le saltaban de una mano a la otra, hoy sería un simple electricista. Y San Patricio un químico que sabría qué ocurre cuando echamos agua sobre el fósforo blanco o la cal viva.
El tripulante de la barca no necesita muletillas de engaños. Busca y encuentra, paulatinamente, la verdad. Pone su esfuerzo en los remos y distingue cosas que los demás no ven, pues rema contra corriente. Va escalando el agua hacia sus fuentes puras y descontaminadas. Hay entusiasmo en su Alma y gusta de la risa y de las cosas bellas.
Le molestan los ruidos cacofónicos y gusta de las hermosas melodías de Strauss, de las catedrales de luces y sombras de Wagner y de las íntimas sonatas de Mozart. No finge ver panoramas más allá de la mezcolanza de ojos, narices y rabos de los modernistas y prefiere caminar por la nieve con Goya, mirar los cielos grises velazqueños, sorprender las lágrimas cristalinas de un Greco o perderse en las calles fantásticas de los murales de Pompeya.
No cree que las drogas sean un bien, sino un mal, pues los que de ellas abusan se convierten en bestias degeneradas, que roban y matan para seguir consiguiéndolas. Tampoco en la sucia borrachera del grito alto y el eructo bajo.
Sí cree en el orden armónico y vital, que sobrepasa al mecanismo ciego de programas ya manufacturados por otros. Cree en la libertad en la medida en que haya personas que la aprecien y respeten la de los demás. Cree en la voluntad, en la bondad y en la justicia, y que un mundo sin estas virtudes es una bola de barro a la que hay que dar formas armónicas, venciendo toda la resistencia de la materia bruta. Cree en un mundo nuevo y mejor... pero para que aparezca en nuestro horizonte, debe haber muchos remeros nuevos y mejores. Los que se abandonan al río de la vida en medio de debilidades y lamentos son inexorablemente arrastrados a su destrucción física, psíquica y mental.
Cree en una ciencia al servicio del Hombre, del animal, del vegetal y, sobre todo, del Planeta en sentido global, pues es nuestra casa cósmica y la estamos derrumbando y desequilibrando. Cree que las estructuras ya viejas e inútiles deben dejar paso, en la renovación natural de la vida, a otras jóvenes y fuertes, sin complejos y limitaciones que huelen ya a podrido, pues son cadáveres a los que la fuerza galvánica del dinero y del poder hace que se contraigan y muevan sus miembros en un horrendo simulacro de vida.
Y... sobre todo... los tripulantes creen en ellos mismos y en la barca que han fabricado.
Cuando pasan remontando el río de la vida, muchos hombres y mujeres de corazón joven y mente despierta se ponen a trabajar y a convertir troncos en naves, para conocer la maravillosa aventura espiritual de bogar contra corriente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




















