jueves, 12 de julio de 2012

CÁDIZ, MAR Y LAVA
















He conocido a muchos forasteros que, tras unas semanas respirando inmersos en la sal y la luz de nuestras calles, me han comentado sorprendidos y enamorados: “Siempre voy oliendo a mar... siento... como si estuviera andando por las rocas de La Caleta, como rompiendo con dulzura el camino blanco de su orilla...”

Y, como siempre nos ocurre, el forastero enamorado nos enseña facetas de nuestra tierra en las que nunca reparamos, como un amante apasionado repararía en los lunares escondidos de nuestra propia mujer, o en el brillo encendido de sus ojos, que miramos durante años pero que nunca descubrimos...

El forastero mira nuestra pequeña isla con el gozo fresco del primer amante, mientras nosotros la vemos como nuestra amada de toda nuestra vida, con el amor manso y profundo de una larga compañía.

Y yo, tras meditar un rato sus palabras, acerté a descifrar sus impresiones.

Creo que esta ciudad, si te fijas, solo es mar... y lava, le dije. En esta calle por la que paseamos, o en cualquier otra, solo pisarás granito, y solo te rodearán edificios cuyos viejos muros guardan infinitas almas de infinitos compañeros de camino. Mira esas piedras. Dentro de ella aún respiran ostiones, almejas, lapas, caracolas, burgaíllos, erizos, cañaíllas, y un sinnúmero de viejos marinos gaditanos con sus barcas varadas para siempre.



Esas piedras son solo mar, y el suelo que pisas es solo lava.


¿A qué otra cosa podríamos oler? Como en el pequeño pueblo castellano hueles a era, a trigal y a paja, y en las tierras de Jerez hueles a mosto nuevo, a uva y a lagar, aquí el mar nos penetra... está hundido en nuestra carne, en nuestra casa... en nuestra alma.

Vi que sonreía, y vi que entendía mis palabras, pero, más que eso, sentía su comunión con el alma de mis calles... su comunión con la mar.

El sol y la mar. ¿Es Dios algo más que el sol y la mar? -le dije. Si por algo nuestra tierra está bendita no dudes que se debe a esa presencia cierta pero invisible. Seguramente a eso debemos nuestro carácter, nuestra risa y nuestra fe. ¿Te han dicho alguna vez que el sol no haya salido a su hora, que la marea no haya subido cuando debía?

Siéntate en cualquier esquina y pregúntale a la mar, por ti o por tu vida. Siempre te dirá, como una madre vieja, como una nodriza generosa, que Poseidón es muy, muy antiguo... No pierdas la fe, espera sólo mil años más.



domingo, 1 de julio de 2012

QUISIERA...
















Quisiera abrir mi alma por entera
y blanca, y sin mancha,
darla pura a la mano pura,
darla desnuda en la mano abierta,
la que acaricia mi mano,
la que acaricia mis ojos.

Quisiera vestir de luz
el bello plumaje de tu ser
que, como espuma del cielo
brota de la nieve de tu piel,
de luz y de torbellinos,
de fulgores de ascuas encendidas.

Quisiera entrar en ti, quedarme,
para siempre fundido,
contigo por siempre.
Ser tus venas, tu aire,
tu aliento amoroso,
tu casa y tu destino.

Quisiera ser tu yo mismo,
tus entrañas y tus ojos,
tus manos y tus pies.

Quisiera... no sé yo qué quisiera...
Ser tu cielo, tu mar, tu tierra...
y tus estrellas.





domingo, 24 de junio de 2012

LA TIERRA Y EL ESPÍRITU

















LA TIERRA Y EL ESPÍRITU



Nada grande se realiza de golpe y porrazo, ni una manzana, ni tan siquiera una uva. Si me dices: “Quiero ahora mismo una manzana”, te contestaré: aguarda a que nazca, crezca y que madure, da tiempo al tiempo. Y si esto es con los frutos de la tierra, ¿quieres que el espíritu dé de repente los suyos?
EPÍCTETO


Escuché que alguien dijo que si de repente desaparecieran todos los libros y textos de la tierra, la civilización se volvería a reconstruir, simplemente porque los hombres volverían a reconstruir todo el saber humano simplemente observando y reflexionando sobre la Naturaleza, y aprendiendo de ella. Yo, estoy de acuerdo.

Muchas veces digo que las hojas para leer que más me interesan son las hojas de mis árboles. Y, aunque siempre se me toma en broma, lo digo en serio. Leí una vez que la arquitectura de la más hermosa catedral gótica no se podía comparar a la arquitectura de una simple hoja cualquiera. En realidad, el hombre solo persigue con sus obras un acercamiento a la perfección de la Naturaleza que nos rodea por todas partes. Solo que, cuando la humanidad se vuelve loca, pensamos que nuestras obras son más perfectas que las de la Naturaleza. En mi opinión solo se acercan burdamente en su perfección, pero que las apreciamos más porque hemos perdido en gran medida nuestra conexión natural con lo creado. Así, un labrador, o un pastor, es capaz de entender, por su trato diario con el mundo natural, los hondos misterios del espíritu, porque se lo cuentan día a día las ovejas, los árboles, el trigo, o las estrellas.

Así, somos tan ignorantes como para pedir frutos cuando ni siquiera hemos sembrado. A cualquier labrador le parecería algo sin ningún sentido. Cosa de estúpidos. Él sabe lo que cuesta cosechar frutos, y los procesos encadenados que requiere, amoldándose a la naturaleza.

Y, como nos dice Epíctecto, nos ocurre lo mismo con las cosas del espíritu.

Hay quien cree que, mediante unos pases mágicos de un “gurú”, llegamos sin más ni más al estado de iluminados, que, a través de un proceso que llaman de “iniciación” llegamos a las más altas cumbres de la sabiduría humana, que amar la música es solo cuestión de escucharla de vez en cuando, que ser filósofo consiste en estudiar lo que otros contaron… y así.

Y nos dice Epícteto que el proceso del desarrollo de la vida del espíritu es el mismo que el que sigue el labrador con su campo. Y ya sabemos cómo es. Y si no lo sabemos, podemos tomar unas cervezas con cualquier hombre del campo que nos puede contar, por ejemplo el cultivo del trigo.

Labrar la tierra, abrir los surcos y removerla, eliminar la cizaña y las malas hierbas cuando se presente “la otoñá”, abonarla con buen estiércol, sembrar con amor, rezar para que llueva, proteger los brotes cuando nacen, seguir eliminando las malas hierbas, seguir abonando, esperar… esperar, con paciencia, pendientes de lo que la siembra necesita en cada momento, vigilar… vigilar…, y, cuando llegue el momento, segar, llevar a la era, trillar, aventar, separar y guardar los granos, empacar la paja, guardar el afrecho para las gallinas.

Y luego toca hacer el pan. Moler el grano para conseguir la harina, guardarla en lugar seco, amasar con agua, sal y levadura, hacer los panes, hornear al fuego y…

… quizá después de todo el proceso nos podremos tomar una olorosa hogaza de pan tierno y crujiente.

Pero no antes, ni de repente.

Y ¿qué creemos? ¿que la vida interior se hace sólo pidiéndola, a gritos o por una gracia especial? Pues, evidentemente no. Es preciso hacer todo lo que hace el labrador con su trigo. De otra manera, es mejor que lo olvidemos.

Es inútil.



miércoles, 13 de junio de 2012

GUERRA




















Se fueron todos. De repente, todo se quedó vacío y la otrora gran explanada me pareció ahora enorme y desolada. Solo un polvo fino y un amarillo quemado bajo el sol del mediodía. Y en aquélla soledad inmensa solo estaba yo, pequeño y temeroso, asustado, insignificante.

Todos se habían retirado. Estaban a salvo. No era su lucha, no era su asunto. Sentía sus risas, sus miradas irónicas, su pequeño desprecio recubierto de superioridad. ¡Pobre! No sabe que este mundo es así. ¿Qué pensará, que pájaros tendrá en su cabeza? ¿Adónde querrá ir, si no hay dónde ir? Alguien le habrá metido vanas ideas en su alma cándida. En el fondo es un inocente, qué vamos a decir…, es un pobre hombre. Pero le queremos, porque en el fondo es bueno. Solo que esta vida le viene ancha.

Los fantasmas aparecieron. Algunos cabalgando enormes monturas. Otros de negro, con vestiduras horrendas. Caras horribles, manos huesudas, portando pequeños espejos en los que mi figura aparecía diminuta, triste y abatida, ridícula, deforme. Unos reían, otros me hablaban parodiando mis palabras, haciéndolas estúpidas, pretenciosas y vacías.

Yo estaba solo y pequeño frente a ellos, como el pequeño David frente a los filisteos. Mi ejército no estaba. No tenía ejército. Sabía imposible la lucha. Y yo estaba solo, como el nacido, como el loco, como el náufrago, como el indigente. Y un enorme terror se apoderó de mí.

Pensé muchas cosas. Pero ninguna era ya posible. No había sitio ya para mí. En un momento de claridad, entendí. Aquella era mi guerra. Y no importaba a nadie. Solo era mi trance, mi precipicio, mi naufragio. Mis enemigos eran sólo míos y los fantasmas vivían en mi casa, sólo en mi casa.

Entendí mi soledad y entendí mi desamparo. Pude, poco a poco, olvidarme de todos, y poco a poco entendí que aquello era mi guerra, que sólo de mí se trataba. Yo mismo, mis enemigos, sus armas, el campo de batalla, el sol ardiente. Todo era yo mismo, y no había nada fuera de mí. El Universo entero era yo, y no había nada fuera de él. Y en un instante mi terror se tornó paz, mi miedo fuerza, y vi en mi mano la pequeña honda, y a mis pies la pequeña piedra. Quería comenzar mi guerra. Busqué una consigna, y recordé...

Y sola, y sin su nido, volará el águila al encuentro del sol...

martes, 29 de mayo de 2012

DE PESCA
















Hace unos días fui de pesca. Hacia ya tiempo que deseaba hacerlo…

Habían pasado tantos años que no lo hacía… ya por un motivo, ya por otro… Busqué mis cañas, mis aparejos, los carretes, los plomos, los anzuelos y todo lo demás. Fui a comprar “carná”, como se llama aquí, cebos, que dirían en otras partes. Encontré gusanas de canutillo, y muy caras, por cierto. El marisqueo, de siempre ha sido sacrificado, laborioso y de resultados inciertos, Y ahora se cobra el trabajo, a su precio.

Me eché la mochila al hombro, las cañas bajo el brazo, y me encaminé a La Alameda, esperando que nadie, por el camino, me gritara: “¡buena mano!”. Aquí ese inocente deseo de buena pesca es inevitablemente un gafe para el pescador. Afortunadamente nadie me lo dijo.

Ya en La Alameda, balcón sobre el mar, dejé mis cosas en un rincón de la balaustrada, preparé la caña y su aparejo, coloqué una gusana en el anzuelo (pobre gusana… estaba aún viva, como debe ser), por lo que pedí perdón a los dioses protectores de las gusanas, lancé con fuerza el plomo con el aparejo, tensé lo necesario la tanza (sedal), y coloqué con delicadeza la caña sobre la balaustrada. Me prometí: -he sacrificado una gusana, pero todo pez que pesque, si no es más grande que la palma de mi mano, lo liberaré con cuidado del anzuelo y lo arrojaré nuevamente al mar y a la vida-

Llegó, como sin darme cuenta, el mediodía. Solo había pescado dos peces minúsculos, que devolví al mar, y, una vez que mi caña se zarandeó vigorosamente, y pensé haber atrapado al hermano mayor de los anteriores, solo se trató del choque con mi tanza de una gaviota atolondrada. De recuerdo, y no sé si de cachondeo, me dejó una pluma colgada del sedal.

¡Bien, gaviota chula, ya sé que pescas mejor que yo, pero no tenías porqué refregármelo en la cara! – le grité- aunque me parece que no se dio por aludida, a pesar de unos graznidos que dio y que me lo hizo parecer.

Con el calorcito empezaron a desfilar forasteros, veraneantes, por delante de mí y de mi caña. Sabéis que los veraneantes son muy curiosos, o quizá sea un deber para ellos enterarse de qué se hace en cada sitio que visitan. Así, cada uno que pasaba se detenía junto a mí. Luego de mirar un rato qué hacía, me preguntaban:

- Perdone, pero esos peces que se ven abajo, tan grandes y en tanta cantidad ¿qué son?-
-Lisas, le contestaba.
-¿Y está usted tratando de pescarlos?, porque veo que lanza usted el plomo muy lejos, y ellos están mucho más cerca.
-No, no, no me interesan esos peces. Su carne es basta y poco apreciada, aunque mucha gente las pesca y se las come. Ya ve usted como está la cosa…
-¡Ah! Gracias, buena pesca.
¡Lo dijo! ¡Lo dijo! ¡Lo sabía! Pero quizá el gafe es solo si te lo dice un gaditano…
El siguiente:
-¿Y que pone usted de cebo?
- Gusanas de canutillo, dije yo.
-¿De canutillo?
-Sí, mire, ¿lo ve? Viven dentro de esta especie de canuto que ellos se fabrican no se porqué, seguramente para estar mejor protegidos dentro del fango…
-¡Es verdad! ¡Qué astutos! ¡Parece mentira, unos simples gusanos, y tan listos!
-Descarté, por supuesto, explicarle la ley de la evolución de las especies y de cómo los mejor preparados para la dura vida son los que sobreviven. Simplemente, le dije:
-Fíjese, con lo tontos que somos los seres humanos…
Y por fin otro más, este ya mayor.
-¿Qué, de pesca no?, como si no estuviera claro.
-Pues sí, echando el rato…
-Es una buena afición, porque ya jubilado uno tiene muchas horas que echar fuera…
Me contuve, con mucha dificultad. Esto era ya demasiado. ¡Echar horas fuera! ¡Como si yo tuviera el problema de echar horas fuera! ¡Resulta que es al revés! ¡Que necesito más horas! ¡Si este hombre supiera los equilibrios que hice para echar un par de horas pescando!
Además, ¡yo jubilado! ¡pero si soy un chaval! ¡jubilado estaría él, así que si quiere echar horas fuera, que las eche, allá él! Que se ponga a hacer pasatiempos, sudokus y cosas así, o que se vaya a pasear kilómetros, o que se duerma ante la tele, o que bostece, o que haga lo que quiera. Me prometí que el día que tenga que echar horas fuera, las echaré todas de golpe. Me tomaré la cicuta y a otra cosa.

De vuelta a casa, me fui pensando que tales personas no merecen mi ira, sino mi compasión. Una persona que tiene el problema de quitarse horas de enmedio creo que empieza a ser una persona que piensa que no tiene ya nada que hacer con su vida.

¡Con la de cosas que nos quedan por hacer! ¡Y a cualquier edad!


viernes, 18 de mayo de 2012

CREDO




A mi ángel guardián,

Que como escudo de cristal me protege de lo negro.
Que siempre delante de mí me lleva por caminos seguros.
Que en mi silencio me susurra al oído las palabras del cielo.
Que dirige mi mirada donde la divina belleza se esconde, diciéndome: “mira”
Que en mi quietud me muestra las almas tras las ventanas abiertas de mis amados.
Que inmerso en mis miedos me hace libre.
Gracias.

De mi ángel guardián,
Cuyo rostro difumina mis andares rastreros.
Al que, en mi bullicio, apagado mi silencio, dejo de escuchar.
A quien, en el remolino del negro vacío, niego su compañía.
Del que, en mi estupidez, dudo de su voz y de sus palabras, tenues pero claras.
Al que reprocho con desesperación su aparente desamparo, y así lo entristezco.
Al que pido, insensato, ande mi camino y elimine los rastrojos que hacen sangrar mis pies, mis manos y mi corazón.
Del que requiero injusto me levante de la necesaria caída.
Perdón



A mi musa celeste,
De la que recibo el aliento para diseminar la belleza, semillas voladoras, a la tierra fecunda de mis hermanos.
La que mueve mis manos, mi garganta, mi mirada y mi oído, en mis actos sagrados.
La que, como el viento suave pero firme, levanta mis alas a las alturas.
La que arranca mis pies del barro para seguir mi senda, sea de flores o de espinos.
La que hace retoñar las ramas secas de mi alma.
La dueña de mis flores y de mis frutos.
La que pone mi corazón en el fuego abrasador que lo purifica.
La que con su pequeño violín hace vibrar lejanas melodías cuyas notas aguzan mi oído y silencian mi ser pequeño.
Gracias

De mi musa celeste,
De quien, en mis lugares oscuros, niego su mirada, dándola al no ser de mi fantasía.
La que, invisibles a veces a mi alma, acuso de enterrar los espacios celestes que ansío.
A la que, en mis días estériles, reclamo y exijo ver su invisible faz.
La que, como Abraxas, da a luz en mi alma los mellizos irreconciliables del amor y del odio.
A la que, en mi egoísmo, considero sólo mía, servidora de todo amante de la belleza y la pureza.
Perdón


domingo, 6 de mayo de 2012

jueves, 19 de abril de 2012

viernes, 6 de abril de 2012

EL HIBISCO AMARILLO





Me acerqué algo preocupado a mi hibisco amarillo. No sabía muy bien aún como decírselo. Y me sorprendió que tan pronto estuve a su lado me dijo que sí. Incluso me señaló la que debía ser. Sabrá por qué, pensé yo. Quién mejor que ella podía saber cual era la más fuerte, la más joven, la más vital.

Y con cuidado la desprendí de su madre. Entendí en seguida que conocía por qué se iba, a dónde se iba y con quién.

Cuando ya me alejaba escuché un rumor de hojas que me llamó, y retrocedí al momento a su lado. Era evidente, una madre que se desprende de su hijo que marcha a una nueva vida debe dar instrucciones concisas al responsable de su marcha.

- Ante todo que no salga fuera hasta que sus pies le aguanten con firmeza- me dijo- Al menos la cuarentena.
- Hay que darle el biberón cada tres o cuatro días. Pero no mucho cada vez. Le suele sentar mal.
- Mucha luz y alegría, pero hasta que vaya a su nueva casa que no le de el sol ni el viento. Estamos en invierno.
- Y cuando esté allí, dile a su dueña que piense que está acostumbrado al agua de esta tierra y cualquiera otra le puede sentar mal si la toma en abundancia. Que le vaya dando solo poquito a poquito hasta que la vaya admitiendo.
- Ya cuando sea algo más mayor sí que le gustará el sol como al primero, igual que a mí, y no le importarán los vientos. Y su nueva agua le sabrá a la de manantial.
- Que tenga en cuenta que somos de otra tierra, muy lejana, y tenemos costumbres distintas a las de aquí. Cuando en primavera nos vea desnudarnos de repente, al tiempo que las demás plantas se visten de gala, que no se asuste. Somos así. En primavera cambiamos de vestido y solo brindaremos nuestras flores al sol en verano e incluso en otoño. Así, cuando no haya otras flores y su jardín esté triste, nosotros lo alegraremos.

Asentí con la cabeza y le prometí cumplir al pié de la letra sus recomendaciones. Le agradecí una vez más su confianza en mí y en su nueva dueña y me dispuse a marchar.

Pero solo había dado algunos pasos cuando me pareció oír de nuevo un rumor de hojas.

- Se me olvidaba algo muy importante- me dijo- Es todavía pequeño, solo tiene dos hojas. Sé que disfruta con el canto de los pájaros y de las chicharras, pues le veo sonreír cuando amanece y las escucha, pero tiene miedo a que dañen sus dos pequeñas hojas. Te ruego que le busques como puedas un espantapájaros y lo tenga junto a él, al menos hasta que sea un poco mayor. El ya te lo dirá, porque de adolescente, como le ocurrió a otro de mis hijos, hay un momento en que empieza a darles vergüenza que le vean junto a un espantapájaros.

- ¡Ah! Y esto que te voy a decir te lo digo por su futura dueña. Sé que tu color es el nuestro, pero no el suyo, así que búscale una maceta color azul del mar.

- Bien –le dije sonriendo- no dudes que haré todo cuanto me has pedido. Gracias una vez más.

martes, 27 de marzo de 2012

HIERBA QUE EL SOL SECARÁ...

















¿Hierba que el sol secará
en los rigores del estío?

¿Ola de bravura desmedida
que, rozando fondos,
marcará su fin en la efímera espuma?

¿Nieve blanca, sin mancha,
que descubrirá la parda tierra
en su deshielo inevitable y final?

No sé...
No sé...

Pero no. No será.
El manantial no cesa, en su llanto.
La simiente enterrada brota sin cesar
Y sin cesar la lluvia fecunda
Los pechos abiertos a la luz,
Los brillos y albores del hechizo,
Las manos que no pudieron zafarse
Lo unido que las llamas unió.

No puede ser...
No puede...

No será.