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domingo, 9 de abril de 2017

UN CÉNTIMO



Dedicado a mi querida amiga Altea





Estaba en El Florín cumpliendo mi rito matinal del café despertador y del Diario, que leo con un interés que a mí mismo me sorprende. Aquello estaba lleno de gente, a pesar de la hora temprana. Busqué mesa, y sólo encontré una que estaba llena de vasos vacíos y restos de comida. Me hice un sitio y esperé pacientemente el café y que me limpiaran la mesa. Los camareros estaban agobiados.

Mientras esperaba miré alrededor distraídamente y vi un céntimo en el suelo. Observé a la gente que pasaba por su lado. Al parecer nadie reparaba en él. También podría ocurrir que alguien lo viera y pensara: -¡Bah!, sólo es un céntimo.

Al rato, me agaché, lo cogí, y lo puse en mi mesa. Al poco vino el camarero, recogió los restos del desayuno ajeno, pasó un trapo, pero... dejó el céntimo en la mesa.

Tenía ya el Diario abierto y el café esperándome, pero cogí el céntimo y lo observé. No era de oro falso y plata falsa, como la moneda de euro. Solo era de humilde cobre. Era pequeña, muy pequeña, si acaso como un botón de camisa.

Me quité las gafas (soy miope) y la miré de cerca por ambas caras. Y quedé sorprendido. No tenía efigie de reyes. No tenía mapas de pueblos opulentos. No tenía siquiera adornos en su canto. En suma, vista de lejos era sumamente insignificante. Pero yo procuré quitarme mis gafas de la vida y mirarla con detalle, tratando de resolver su misterio.

Y vi una de sus caras. Era una catedral, la fachada de una espléndida catedral. ¡Vaya! Que cosa podría ser más grande que una catedral, atemporal, sagrada, casa y templo de sentimientos puros. Descanso del viajero en el tortuoso camino al cielo lejano.

Sorprendido le di la vuelta. Esperaba el mapa de los pueblos ricos y “de progreso”. Pero no. Tenía una imagen del planeta Tierra. ¡Incluso estaba África! Allí estaba toda la Humanidad. Los que malgastan inútilmente la riqueza y los que nunca conocieron siquiera la existencia de un grifo. Los sumamente tontos y los sumamente listos. Los cobardes y los valientes. Los hombres de todos los colores. Los esclavos y los traficantes de esclavos. Todos allí, en la pequeña moneda de céntimo.

La guardé en mi bolsillo, después de limpiar la suciedad de los que la pisaron, de los que la ignoraron y de los que la despreciaron. Y ahora la tengo delante de mí, como mi símbolo, como mi despertador, como mi pequeña y gran amiga.

Ahora no es un céntimo. Es mi céntimo.





viernes, 10 de junio de 2016

TERNURA









Corazón abierto, desnudo y palpitante
en la dulce expansión de la ternura.
Amoroso cuenco de cariños y caricias.

Pecho que vibra la violenta desazón
de pasiones encendidas,
sin puertas ni compuertas
a los humores del ser, ni nubes
que apaguen el brillo a miel en los ojos.
No se borran los pliegues de luz
de los labios ansiosos.

Ternura... pasión contenida, dolor
del alma que al alma ansía.
Dolor dulce que la dulzura adolece,
poder por poder sojuzgado.

Misterio por aliento desvelado,
en la luz por los ojos descubierto,
por los labios serenos encendidos.

Fusión anhelada imposible,
abrazos de amantes en el aire sereno
tigres, panteras, dragones,
carnívoras fieras en fiereza domada.

Comer, tragar, devorar,
en un acto de unión desafiante
a las tierras, infiernos y cielos.
Yo en ti, tú en mí.

No queremos ser dos.
Solo uno.



lunes, 26 de septiembre de 2011

MANANTIALES


–Pero, dime Teodoro, ¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿No ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿No son las muestras de la alegría?
¿Y, acaso, no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿No sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

–Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Que no pueden existir el uno sin la otra?
¿O que quizá no pueda existir la otra sin el uno?

–Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como un manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.

Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca. ¿No ves una mano divina en ello? ¿No es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

–Cómo no, querido amigo; en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mí me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses. ¿O acaso los dioses no aman?

–Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿Acaso no busca su perfección y completura? ¿Y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?
Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo Dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿No será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

–Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

–Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

–Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

–Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

–Así parece ser como sucede.

–¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

–Me parece que es bueno que así sea.

–Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

–Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a la naturaleza.

–Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

–Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han desvelado de alguna manera el misterio de la vida.


miércoles, 27 de julio de 2011

TERNURA



Corazón abierto, desnudo y palpitante
en la dulce expansión de la ternura.
Amoroso cuenco de cariños y caricias.

Pecho que vibra la violenta desazón
de pasiones encendidas,
sin puertas ni compuertas
a los humores del ser, ni nubes
que apaguen el brillo a miel en los ojos.
No se borran los pliegues de luz
de los labios ansiosos.

Ternura... pasión contenida, dolor
del alma que al alma ansía.
Dolor dulce que la dulzura adolece,
poder por poder sojuzgado.

Misterio por aliento desvelado,
en la luz por los ojos descubierto,
por los labios serenos encendidos.

Fusión anhelada imposible,
abrazos de amantes en el aire sereno
tigres, panteras, dragones,
carnívoras fieras en fiereza domada.

Comer, tragar, devorar,
en un acto de unión desafiante
a las tierras, infiernos y cielos.
Yo en ti, tú en mí.

No queremos ser dos.
Solo uno.



miércoles, 29 de diciembre de 2010

MISTERIO



Amo el misterio,
vivo el misterio.
Amo lo que no veo,
amo lo que no comprendo.

Lo que está lejos,
lo que está difuso,
Lo que sospecho
pero no alcanzo.

Resuenan cuerdas,
como de arpas,
su sonido es lejano
y hermoso.

Miro una brizna
de hierba fresca.
Miro una estrella
blanca y lejana.

Olas que mueven
el mar en calma.
Vientos que agitan
las espumas.

Graznan gaviotas
sobre mi cabeza.
Algo pretenden
decirme.

Miro el sol
ciega mis ojos.
Miro las sombras,
y son del sol.

Misterio…
Misterio…

miércoles, 7 de abril de 2010

MANANTIALES



- Pero, dime Teodoro,

¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿no ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿no son las muestras de la alegría?
Y, acaso, ¿no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿no sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

- Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Qué no pueden existir el uno sin la otra?
¿O qué quizá no pueda existir la otra sin el uno?

- Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.
Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca.
¿No ves una mano divina en ello? ¿no es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

- Como no, querido amigo, en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mi me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses ¿o acaso los dioses no aman?

- Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿acaso no busca su perfección y completura? ¿y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?

Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿no será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría, y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

- Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

- Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

- Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

- Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

- Así parece ser como sucede.

- ¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

- Me parece que es bueno que así sea.

- Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

- Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a naturaleza.

- Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

- Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han encerrado de alguna manera el misterio de la vida.


martes, 5 de enero de 2010

LIBROS




Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla.

Es una idea universalmente aceptada. El saber está en los libros. En ellos está contenida toda la sabiduría descubierta por los hombres que nos han precedido, así como la de nuestros contemporáneos.

Todas las facetas de la comprensión humana están en ellos. Los tratados de metafísica, las novelas, los de poesía, los ensayos intelectuales, en fin, toda la capacidad humana existencial, del pensar, del sentir, del espíritu, de la existencia material, todo, todo, está en los libros.

Y es cierto. La historia de la humanidad, su cultura y saber no procede solo de hace unos años o siglos, como algunos se empeñan en hacernos creer. Se remonta al principio de los tiempos, de los tiempos en que Prometeo, contraviniendo la orden expresa de los dioses, entregó el fuego de la mente al hombre. De los tiempos en que la serpiente dio a comer la manzana prohibida a Eva, y ésta la dio a Adán, y ambos fueron expulsados del paraíso, siendo, a partir de ese momento conscientes de sí mismos y de su desnudez.

Algo nuevo, completamente nuevo apareció sobre el planeta. Un ser capaz de tomar conciencia de sí mismo, de ser consciente de su propia existencia individual. Capaz de proponerse metas y objetivos distintos a los que le impelía su naturaleza animal, capaz incluso de oponerse a ella en aras de la consecución de fines ahora propios de un animal muy especial, el hombre, animal dotado del fuego interno, un fuego que le lleva al centro del Universo así como al centro de su sí mismo.

Un viaje alucinante comienza entonces. Un viaje de retorno a las estrellas. Un viaje en el que está implicado todo ser humano desde su nacimiento. Un viaje en el que está embarcado no solo el hombre como ser individual, sino la Humanidad entera como ser unificador de todos los hombres, como especie del todo singular en la naturaleza.

Y todo hombre busca, desde su nacimiento al fuego mental, las razones, los porqués, las causas, los motivos, la explicación de lo que ocurre en sí mismo y a su alrededor. Con la aparición de la razón en el niño nace al mismo tiempo el filósofo, que no es otra cosa que “el preguntador”, “el inquiridor”, el buscador de respuestas.

Y su inquietud dura más o menos. No le lleva excesivo tiempo el descubrir que nadie sabe nada de lo que de verdad interesa conocer. Cansado de preguntar y no recibir respuestas aceptables se le presentan dos caminos. O mejor tres.

La primera es no volver a preguntar ni a preguntarse cosas de las que nadie tiene respuestas.

La segunda es buscar qué respuestas encontraron otros hombres antes que él a las mismas cuestiones existenciales que se plantea.

La tercera es buscar por sí mismo las respuestas.

Las dos últimas opciones no se excluyen entre sí, porque lo natural en el hombre sensato es seguir ambas vías. Es preciso ser humildes y pensar que no todos los hombres que nos precedieron o los que actualmente conviven en nuestra época son idiotas o incapaces de haber hallado respuestas a las preguntas que nos hacemos, que sin duda son las mismas para todo ser humano.

Pero justamente el gran peligro estriba en hacer excluyentes una de otra. Tan estúpido es buscar en el pensamiento ajeno qué cosas nos parecen más apropiadas y adoptarlas sin más, como tratar de descubrir todo por uno mismo sin tener en cuenta lo que han descubierto antes otras personas.

¿Cuál es el equilibrio? ¿Donde está el justo medio?

He escuchado muchas veces aquello de: “Pienso, con Fulano, que...” O bien: “Como bien dice Mengano...” O también: “Es así, lo dice Zutano”

Pero, en mi caso al menos, con el pensamiento con el que más me identifico es con el mío.

Quizá toda la cuestión de la búsqueda radique en el proceso de la digestión. Me explico. El proceso de la digestión de los alimentos es aplicable por analogía al proceso de asimilación de la sabiduría. Y las patologías tanto agudas como crónicas de dicho proceso son análogas igualmente en ambos casos.

G. expuso una teoría, sin duda basada en antiguas tradiciones esotéricas, de los procesos de transformación y asimilación de los alimentos. Entendiendo por alimento todo aquello, sea de la naturaleza que sea, que es necesario a un ser, sea cual sea en la diversidad inmensa del Universo, para su mantenimiento, desarrollo, crecimiento y propagación. De esta manera, y según expone, existen alimentos propios para el ser humano, para las distintas clases de animales, para las plantas, para los minerales, para los planetas, para las estrellas, para las galaxias y para cualquier ser que conozcamos o no conozcamos, visible o invisible.

De esta manera, y tratando el desarrollo del ser interno del hombre, expone el asunto de la digestión de las impresiones. Quizá en este momento sea preciso plantear qué cosa es una “impresión”, porque el sentido vulgar del término no se acomoda a la extensión del concepto de que se trata.

Plantea que el hombre recibe constantemente, incluso dormido, impresiones. Y estas impresiones son alimento absolutamente necesario al hombre, y de un nivel superior en sutilidad a la del aire. Así, un hombre podría vivir varios días e incluso semanas sin tomar comida. Resistiría solo pocos días sin beber agua. Pocos minutos sin respirar aire. Y escasos segundos sin recibir impresiones. Moriría. Parece algo en principio increíble, pero todos conocemos la terrible sensación del aburrimiento, de la absoluta falta de interés por todo, de la negación a la entrada de cualquier impresión en nosotros. El aburrimiento, llevado a su extremo produciría inevitablemente la muerte.

Así y todo, al ser humano le es imposible evitar la entrada de impresiones, probablemente debido al instinto de supervivencia, aún mas fuerte que su voluntad. Entran en su ser sin que sea capaz de evitarlo, y debe dar una respuesta a ellas. El proceso de entrada de la impresión, la elección, si le es posible, de la naturaleza de las mismas, su asimilación, su proceso interno de transformación, sin duda alquímico, en alimento para el ser propio del hombre, constituye la digestión de las impresiones.

Pero, en un proceso digestivo son necesarios muchos elementos, muchos procesos, muchos órganos, muchas enzimas digestivas, muchos jugos digestivos... Y todo ello, como conocemos, debe estar perfectamente organizado, tener su propia secuencia, su tiempo de proceso en cada lugar, el recorrido por muchos metros de intestinos y un sinfín de delicadas operaciones para llevar a buen término la transformación de los alimentos ingeridos en alimentos propios para el cuerpo humano. Y también, obviamente, es preciso realizar el desecho de lo inútil. Este proceso tan delicado lo escribí en su día en un artículo, que titulé “Comer”, si bien no está terminado y concluye en la fase de la elección de los alimentos adecuados, quizá la fase más decisiva del proceso.

Hay impresiones más fuertes e impresiones más livianas, al igual que hay pipas, que no mantienen pero entretienen, y también hay jamón de pata negra. Hay agua, que purifica, excitantes como el café y el tabaco, relajantes, picantes, y un sin fin de cosas que pueden entrar por la boca.

Pues exactamente igual ocurre con las impresiones. Entran en nosotros, al igual que los alimentos, y es preciso digerirlas, hacer algo con ellas, transformarlas en alimento propio y útil para nuestro ser interno, para nuestro ser sutil. Pero también, y si el proceso no se realiza adecuadamente, se producen empachos, diarreas, malas digestiones, acidez, vómitos y toda la patología típica del sistema digestivo. Cada una de estas patologías tiene su paralelo en la mala digestión de las impresiones.

Y en los libros por lo general está el producto de la digestión de las impresiones de los que los escribieron, pero no las nuestras. En algunos libros están las impresiones casi en estado puro, como en los de poesía y algunos otros, a fin de que nosotros hagamos su digestión. No está todo mascado. Generalmente no se pueden “comer” directamente. Es preciso masticarlo y digerirlo adecuadamente.

De cualquier forma, en mi parecer, siempre es mejor escribir libros que leerlos, aunque ambas cosas sean necesarias. Ya sabéis, tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Y creo que es mejor porque para escribir un libro no se trata de digerir otros, que sería digerir lo ya digerido, sino digerir las propias impresiones y, una vez transformadas en alimentos para el alma, tratar de plasmarlas en palabras que puedan hacer llegar ese alimento a otras personas, o, mejor aún, enseñarles cómo se digieren las impresiones, a fin de que comiencen a hacerlo por sí mismos.

En realidad, reflexionar no es otra cosa que hacer esa digestión, hacer algo parecido a lo que hace nuestro sistema digestivo con los alimentos. Convertir una impresión cualquiera, de las miles que se nos brindan todos los días en que de verdad vivimos conscientemente, en alimento propio para el hombre, que le hará crecer su ser interno, hacerlo fuerte y propagarse y expandirse en las almas de otros seres humanos. No otra cosa es la labor del escritor, del filósofo y del artista.

De hecho, conoce mucho más del amor quien contempla con embeleso el brillo en los ojos de la amada que quien se ha leído cuantos tratados se hayan escrito sobre él desde el comienzo de los tiempos. Nada sabe del amor, aún habiendo leído todos los libros escritos sobre él, quien, como dice Schiller en su oda a la Alegría, nunca pudo llamar suya a otra alma.

Y una hoja de cualquier vegetal muestra mejor la belleza y la perfección del Universo que cualquier catedral gótica o que cualquier libro de estética. Solo que la hoja no está escrita en piedras ni en letras. Está escrita por la mano de Dios. Y solo puede leerla quien conoce su escritura.

El conocimiento, toda la sabiduría, está escrita por la mano del Creador, en la naturaleza y en el ser humano. Solo que está escrita en la lengua de Dios, lengua perfecta y completa, y este lenguaje es preciso aprenderlo, para poder leer los infinitos libros escritos que nos rodean en cada momento de nuestra vida. Estos, en realidad, son los libros importantes. No tienen letras, no tienen páginas. Solo tienen infinitos símbolos llenos de significados, de belleza y de sabiduría atemporal.
La teoría de las almas gemelas que explica Platón ¿quién podría entenderla si nunca encontró a la suya? ¿si nunca llegó a conocerla?

El bello mundo de las abejas que nos describe M. Meterlink ¿quién como él llegó a conocerlo y a fascinarse con su belleza y misterio, sino él mismo?

Ellos, en sus libros, nos incitan y nos señalan la belleza y el misterio en el que se adentraron y en el que vivieron. A nosotros nos toca ir hacia ese misterio y entrar por sus puertas. Solo dentro del misterio seremos uno con él, viviremos su magia. Si nunca atravesamos sus escondidas puertas nunca sabremos nada de él. Solo conoceremos referencias de aquellos que entraron.

Mucha gente admira a Beethoven y su obra, pero ¿cuántos se hicieron uno con él, entraron en comunión atemporal con su alma de artista, sintieron como él sintió, amaron como él lo hizo, trasmutaron el dolor como él, y dentro del misterio de la música, llegaron, como él llegó, a tocar con la punta de los dedos la puerta de los cielos? Y solo señaló un camino... el excelso camino de la música celeste. Pero... para el entrar al mundo celeste es preciso antes ser celeste. Esta es la cuestión. Como un día señaló Amado Nervo, “todo es cuestión de recipiente” Y nadie puede entrar en el sancta santorum si antes no se ha purificado en sus antesalas. No se puede entrar en ningún lugar puro con impurezas. Solo lo puro conoce lo puro.

Pero hoy es una idea común que todo está en los libros. Y no está todo. Falta la esencia de lo que está escrito. Eso no se puede escribir, ni siquiera hablar de ello. Es inefable.

Y, como dijo un poeta:

Yo ya solo leo en los ojos de mi amada y en las hojas de mis árboles...


sábado, 8 de agosto de 2009

MIRADAS II

...
Y poco a poco y una a una, como pétalos deshojados que caen lentamente, fueron apareciendo miradas desde la perdida memoria de mis días de luz. Miradas que se grabaron en los pliegues de mi pecho, como las canciones de cuna, como los amores de la primera juventud. Y las fui rememorando, trayéndolas otra vez a mí y engarzándolas en el poco oro que me queda, como el joyero engarza sus piedras, con el fin de no olvidarlas nunca.
...

LA MIRADA DE LAS ESTRELLAS

Iba un día hace mucho tiempo en el autobús, camino de mi acostumbrado ensayo con la Coral, y paseaba mi mirada por el reducido recinto buscando algo digno de mirar. Siguiendo con mi inveterada costumbre de fijarme en las jovencitas (con limpia mirada, se entiende), (bueno... a veces no tan limpia, mea culpa), observé a una chica cuya mirada me fascinó. Por su embeleso, por su bondad, por su alegría profunda y pura. Esbozaba una sonrisa beatífica. Se le caía la baba, vamos. Y, es lástima, pero no me miraba a mí.
Cuando, tras varias personas que tenía a modo de obstáculo, encuentro el objeto de su fija mirada, lo descubro. Estaba allí, serio, pequeño y grande. Era un niño. Un niño muy pequeño, de meses quizá. Seguí observando dentro del autobús y encontré otras tres señoras igualmente con la baba rezumante.

Y quedé perplejo, pensativo. Porque las mujeres que lo miraban no estaban fingiendo la acostumbrada sonrisa halagadora que habitualmente se le ofrece al hijo de un amigo o conocido. Era algo natural, algo espontáneo, algo que surgía de las profundidades telúricas de aquellas hembras. Y entendí. Yo era un hombre, y me sorprendía al tiempo que me fascinaba aquél espectáculo de amor sin precio que se me había brindado generosamente en mi anodino viaje dos veces por semana.

Y, pasado los días, he recordado con frecuencia aquellas imágenes, y como me resulta algo misterioso y profundo, hoy me gustaría reflexionar sobre ello, aunque sé que nunca podré comprenderlo ni sentirlo. Para ello es preciso ser mujer.

Así y todo, muchas veces me he encontrado ensartado en miradas de niños y de cachorros, en las que he visto mejor que en ningún otro sitio todo lo que merece ser buscado.

A veces, miro a algún niño, y pronto su mirada queda fija en la mía. Y pienso, ¿qué estará viendo en mí? Me miran fijos, profundos, serios. A veces, luego de un tiempo, ríen, no sé por qué. Y siempre me sorprende su espontaneidad, su frescura, su misterio.

He leído que ellos traen del cielo la esencia del auténtico ser del hombre, y la traen pura, fresca, seguramente esa esencia de la que habla Jesús cuando nos aconseja ser como niños. Pero con el tiempo ese ser puro, esa esencia, es recubierta por algo parecido al caparazón de la tortuga, a la concha del caracol. Y entonces ya no se ve, ya no se expresa. No es capaz de traspasar el caparazón. Y no se desarrolla, no crece. Está dormida, como la princesa del cuento. Esperando al príncipe que la despierte con su beso de amor. Y también dicen que cuando el hombre decida volver a ella, a lo celeste y puro, ha de alimentar esa esencia con su cascarón.

El águila macho siembra la semilla en la hembra. Polvo de estrellas en el centro de la tierra. Espíritu de Dios que se cierne sobre la faz del abismo. Destello de luz en las tinieblas. Y esa hembra engendra su huevo, cosmos omnipresente. Y despierta ese pequeño ser, en el rayo eterno de la creación, una creación tan importante como la del Universo, o quizá la misma. Y más tarde ese ser se alimenta de su huevo, come su carne, absorbe su ser externo, y crece él, y mengua su entorno. Y al fin es sólo él, preparado, listo para la luz y el espacio. Solo queda un obstáculo. Duro cascarón que le cierra al sol y a las estrellas. Pero pequeño desafío para su creciente fuerza y para su seguro destino.

Crece y crece, y su vida rasga y quiebra su prisión. Y al fin está en la luz, desvalido y pequeño, pero con todas las estrellas a su lado para llevarlo a las alturas.

“Y sola, y sin su nido, volará el águila al encuentro del sol”.

Existe un respeto universal por ello. Aún los animales carnívoros respetan a los cachorros. Hay algo que les lleva no a temerlos, sino a asombrarse de su pureza. Algo semejante al respeto por el sol. Sí, hay algo de sol y de estrellas en la mirada de un niño. Y el cachorro vence sin lucha, y es respetado sin miedo. Como el sabio, como el anciano. Hay algo en sus miradas que nos penetra, que nos envuelve, que nos enamora.

Seamos siempre niños. Los ángeles estarán siempre a nuestro lado.


miércoles, 20 de agosto de 2008

MÚSICA, POESÍA Y AMOR



Solo hay tres cosas dignas de romper el silencio. La música, la poesía y el amor.
Amado Nervo


En una composición musical están presente las tres cosas. Música, poesía y amor. Si faltara alguna, no habría música. Sería preferible el silencio. Pero cuando el silencio se expresa, necesita de las tres vías. Y si no están presentes las tres, solo hay ruido, que no tiene nada que ver con el silencio, ni con su expresión.

Hay música y ¡qué música! Pero también hay poesía. Porque ¿no son poesía los sonidos que nos revelan el misterio de la belleza en toda su extensión, que abre los ojos del alma para que en verdad puedan ver? ¿que abre nuestro ser interior al universo que nos rodea, y nos adentra igualmente a nuestro universo interior? ¿Y no son los dos universos el mismo universo, una y la misma cosa?

Y también es amor, porque el amor es la llave de la poesía, y también de la música. En verdad el amor es la llave de todas las cosas. No hay nada que se mueva sin amor y no hay música sin poesía y sin amor, como tampoco puede existir poesía sin amor ni música, ni amor sin música y poesía.

La poesía del universo y la música de los astros se expresan por el amor que los mueve. Nada se manifiesta sino por el poder de Eros. Y Eros es poeta. Y Eros también es músico.

Antes de escucharla, necesitamos unos momentos para invocar a Eros y colocarlo en el altar sagrado de nuestro ser interior. Si no está, no amaremos, y si no amamos no podríamos escuchar música. Solo oiríamos ruidos.

Todos sabemos que antes de entrar en el templo es preciso lavarse a conciencia, purificarse, desnudarse de toda vestimenta impura, callar nuestra mente y abrir nuestro corazón. Solo así podremos recibir la música dentro de nosotros. Solo así seremos purificados por ella. Y con ella vendrán de su mano, seguro, otros dioses, otros seres de luz.

Recibámoslos y prestémosle veneración. La música tiene el poder de invocar a los dioses, que a buen seguro responderán a la llamada. Pero solo si nuestro corazón es digno de su visita. Y podremos oír su voz. Pero su voz no suena en palabras. La voz de los dioses suena, necesariamente, en amor, en poesía y en música.