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lunes, 26 de septiembre de 2011

MANANTIALES


–Pero, dime Teodoro, ¿no es cierto que el amor surge de la manera más inesperada?
¿No ocurre que sonrisas amables procuran, más pronto que tarde, risas compartidas?
Y dime: ¿no son las risas un alimento para el alma? ¿No son las muestras de la alegría?
¿Y, acaso, no queremos estar junto al que nos alegra el alma?
¿No sentimos su hueco cuando no está con nosotros?

–Sí, así es, sin duda. Pero no veo tan claro como tú lo ves de qué manera la alegría compartida puede llevar al amor.
¿Crees tú que ambos movimientos del alma son de la misma esencia?
¿Que no pueden existir el uno sin la otra?
¿O que quizá no pueda existir la otra sin el uno?

–Querido amigo, yo tan solo creo que el amor es como un manantial, y que brota de la piedra cuando el agua encerrada en ella pugna por ver la luz.

Solo quiero, con tu ayuda, y si lo tienes a bien, desvelar el gran misterio que hay en ello, de cómo la suave y delicada agua es capaz de romper la aparente dureza de la roca. ¿No ves una mano divina en ello? ¿No es una fuerza inmensa que aún nos es de naturaleza escondida a los hombres?
¿Querrías poner tu alma y tu entendimiento junto conmigo para tratar de desvelar este decisivo asunto?

–Cómo no, querido amigo; en verdad que tus palabras me muestran con claridad mi ignorancia sobre todo ello. Estoy dispuesto, porque también a mí me atañe, como creo que al resto de los mortales, y acaso también a los dioses. ¿O acaso los dioses no aman?

–Algo me dice que sí, porque ¿qué busca el hombre en el amor? ¿Acaso no busca su perfección y completura? ¿Y acaso no buscarían los dioses eso mismo en un dios superior a ellos?
Y ¿no es cierto que, como dijeron los sabios antiguos, el mismo Dios uno y sin segundo se mueve conforme a su propio amor por lo que emanó de él? ¿No será el amor la fuerza única y necesaria para el movimiento de todo lo existente bajo el cielo, y, más aún, sobre el cielo mismo también?

Me parece que cuando nace la alegría y se convierte en alegría compartida, algo mueve al alma a procurar el bien de la fuente de la que ha surgido. Y creo que ahí nacen los amantes.
¿No te parece que es así como sucede?

–Pues yo también creo que es así como sucede, es muy claro. He visto muchos arroyos que buscan otros arroyos, y ríos que buscan otros ríos, y grandes ríos que buscan a la mar. Solo allí descansan en su búsqueda. O, por lo menos, eso parece.

–Y ¿no crees que esa alegría de los amantes les lleva luego, más bien pronto que tarde, a querer fundir sus almas en una sola, como los arroyos y los ríos?

–Así parece mostrarlo la naturaleza, mi querido amigo.

–Y ¿no parece acorde con todo esto que esa unión de almas lleve a la ansiedad por hacer uno de sus dos cuerpos?

–Así parece ser como sucede.

–¿Y no es acorde a la esencia de la naturaleza que, de esta manera sublime, los amantes se igualen a los dioses creadores y, de la materia de sus vidas, el amor engendre nuevos seres amorosos?

–Me parece que es bueno que así sea.

–Y ¿no es bueno que la felicidad y el placer bendigan esta obra creadora?

–Otra cosa sería contraria a la lógica y no sería conforme a la naturaleza.

–Así pues, mi querido amigo, ¿no sería la alegría la verdadera autora de todo lo nacido?

–Querido amigo, la luz es clara y vivificadora, y las sombras ocultan lo que no queremos ver.
Me parece que nuestras palabras han desvelado de alguna manera el misterio de la vida.


martes, 4 de mayo de 2010

OLVIDO



Creo que fue Buda quien, tras una serie encadenada de causas y efectos, llegó a la conclusión de que la causa última de los males de hombres era el olvido. Y continuaba diciendo que el olvido era la causa de todo lo demás, de todo lo que le ocurría.

Dicen, por otra parte, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y creo que esto ocurre porque los otros animales recuerdan el lugar, la piedra y su tropiezo. Y además recuerdan como tropezaron y por qué. Así que, actuando consciente y consecuentemente, hacen lo necesario para no tropezar otra vez en igual situación.

Pero en el hombre existe el olvido. Y el olvido le lleva a caer en los mismos errores una y otra vez. El olvido borra todo acerca del primer tropiezo, y la mente y el deseo le llevan a imaginar que la siguiente piedra no es la misma, que el lugar tampoco es el mismo, y que ahora son más listos que la primera vez que tropezaron. Pero como todo son solo imaginaciones, ¡zas!, nuevo tropezón.

Prácticamente, todos los males del hombre tienen su origen en el olvido. En el olvido personal o en el olvido histórico. Ya sabemos el dicho: “El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y no hay nada más cierto. Parafraseando podríamos decir: “El hombre que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y también es cierto.

El olvido se produce de varias maneras.

En primer lugar, la mayoría de nuestros actos son inconscientes, causados y motivados por los hábitos, los personales o los sociales adquiridos de las costumbres dominantes. Y si nuestros actos no son producto de nuestra voluntad y no está presente en ellos la conciencia, literalmente no sabemos qué cosa estamos haciendo. Ni haciendo, ni pensando, ni sintiendo. Simplemente todo sucede de manera mecánica. De esta manera no es posible realizar ninguna reflexión ni extraer ninguna experiencia de nuestros actos. Y no es posible porque no estamos actuando nosotros. “Algo” actúa por sí solo, algo ajeno a nosotros mismos. Y, como no somos nosotros, no tenemos nada que ver con nuestros actos. Ni siquiera nos sentimos responsables de los mismos.

En segundo lugar, y a veces, la conciencia puede iluminarnos sin nuestra participación, motivada por el intenso dolor o placer de la experiencia. Se nos presentan situaciones en las que, a través de su fuerte impacto emocional, somos conscientes de lo que nos está sucediendo, al menos en el plano más superficial, en el plano de los hechos y de la significación psicológica que le atribuimos. Pero, en el caso del dolor y aún a veces en el del placer, rápidamente interviene el sistema de protección.

El ser humano tiene un sistema psicológico de protección, mediante el cual relega a planos inconscientes aquellas experiencias que le resultaron negativas y dolorosas, con la consecuencia lógica de que, en una nueva experiencia, como olvidamos la anterior, repetimos los mismos errores que la primera vez. No podemos ser conscientes de lo que desechamos al inconsciente. Rara vez nos atrevemos a encarar, de frente y superando el miedo, sucesos que nos conmocionaron. Lo más habitual es que, en estos casos, nuestra mente utilice su amplio abanico de recursos para tergiversar el asunto, sus causas, sus motivos, sus implicaciones afectivas y, en muchos casos, incluso los mismos hechos.

Como consecuencia de todo ello, el hombre permanece constantemente en el mismo lugar, en la misma situación vital, repitiendo constantemente los mismos errores, actuando siempre de la misma manera, mecánicamente, sin posibilidad alguna de cambio, evolución o mejora personal.

Y, si hemos de pensar en la existencia real de la reencarnación, sobre la que todos sin excepción fantaseamos, con toda seguridad en nuestra próxima vida terrena volveremos a vivir exactamente las mismas cosas y a sufrir las mismas experiencias.

De la misma manera ocurre con la humanidad en su conjunto, que, por ley de analogía, sigue el mismo proceso. La historia es olvidada por los mismos motivos que el hombre individual olvida la suya. Y es tergiversada continuamente con total desfachatez, tergiversación que solo es posible gracias al olvido de los hombres.

Y me diréis:
-Si esto es así, irremediablemente, ningún cambio ni evolución es posible-
Sí, la evolución es posible, pero no es posible realizarla de manera mecánica, sino únicamente de manera consciente. Y solo la acumulación de conciencia en el hombre y en la humanidad puede hacer posible la “posible” evolución.

Y recalco lo de “posible”, porque tanto la evolución del hombre como la de la humanidad no son hechos naturales y espontáneos. Son solo “posibles”. Pueden darse, pero también pueden no darse.

Dependen, pues, de nosotros. En ello consiste nuestra responsabilidad.
Y el tiempo para ello no es ilimitado.