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martes, 15 de marzo de 2016

COMPRENSIÓN

 Hay una prueba para saber si comprendemos bien algo.
Consiste en explicárselo a tu abuela mayor.
Si lo comprende es que nosotros lo hemos comprendido también.
Albert Einstein


Esta prueba que nos propone el Sr. Einstein es definitiva. Lo más complicado, si se comprende, puede explicarse en el lenguaje más sencillo.

Probad a explicar a vuestro hijo de cinco años quién es Dios, o porqué amáis a su madre, o porqué existe el trabajo. Si él consigue entenderlo es que vosotros lo comprendéis. Si no… lo más probable es que no lo comprendáis, y la causa más probable es que nunca os lo planteasteis. Por algo son incómodas las preguntas de los niños. Y esta incomodidad que producen es la causa de la pérdida de tantos filósofos precoces.

Generalmente el asunto termina con un: “Niño, porque sí, y ya está.” Ahí acaba la vida de un buscador de la verdad de las cosas. Semejante asesinato de la curiosidad es el germen de futuros adultos que nunca se preguntan nada. Y si no se preguntan nada, nada comprenderán nunca.

Hoy la comprensión es algo en verdad raro. Hay mucha gente que cree que sabe cosas, y que además las comprende, y lo creen simplemente porque han leído libros. Si esto funcionara así, podríamos comprender perfectamente el pensamiento de Platón, gracias a que sus escritos están publicados en casi cualquier idioma.

Pero… no basta leer. Leer sabe un chico con, digamos, diez o doce años. Pero comprender… puede ser cuestión de una vida. Y a veces una vida solo alcanza para comprender muy escasas cosas importantes. E incluso a veces para no comprender ninguna, es decir, nada.

Últimamente he recibido muchos emails con una pretendida respuesta de S. Freud a una pregunta de una pretendida alumna, o entrevistadora. Es como sigue:

- Doctor, usted que es un eminente psicoanalista, ¿Cómo cree que debe ser un ser humano válido como tal?
- En mi opinión, responde Freud, alguien que sabe amar y trabajar.

El simple deduce de ello que es fácil ser un ser humano válido. Al fin y al cabo solo es necesario amar y trabajar, y yo ya trabajo y amo a mi mujer y a mis hijos, y también a mis amigos. Así que ya está.

Si todo fuera tan sencillo… Pero aprender a amar y a trabajar no lo es, como no lo es nada de lo que es importante y decisivo en nuestras vidas. En el camino a lo real no hay nada regalado, todo debe conseguirse con nuestro trabajo. De reflexión, de asunción de nuestra ignorancia, de auténtica humildad, de paciente trabajo, de experiencias, de amplitud de miras, de… de muchas cosas.

No somos sabios por naturaleza. Llegar a ser sabio, al que le interese esto, claro, es una carrera muy larga. Si llegar a ser médico, ingeniero o arquitecto toma cinco o diez años, llegar a comprender lo esencial de la vida ¿cuánto nos tomaría? Posiblemente la vida entera.

¿Cuántos años de intenso trabajo, de estudios, de reflexión, de prácticas en su profesión creéis que necesitó S. Freud para concluir que el hombre culmina su vida consiguiendo ser doctor en las artes de amar y de trabajar? Me parece que muchos… Y con el grado de formación que tuvo este genio ¿seguimos considerando tan sencillo conseguir lo que afirma? A veces, casi siempre diría yo, somos muy ingenuos.

Hay mucha gente que cree, y lo defiende, que todo ser humano por naturaleza comprende lo que es bueno, lo que es justo, lo que es bello, lo que es verdadero. Esta comprensión se supone que nace con cualquier ser humano. ¡Qué mundo tan perfecto tendríamos si esto fuera así! Porque, contrariamente a lo que se piensa, el sabio que logra comprender estas cosas y vivir conforme a ellas no es un ser amargado, triste, y que vive así por obligación moral, sino que resulta que es un ser alegre, feliz y actúa libremente y por libre elección.

Decía un sabio que conocí que hay una prueba irrefutable para saber si alguien que parece sabio por sus palabras y actos es sabio en verdad.

La prueba del algodón era:
Si es alegre, veraz, honrado y trabajador, lo es en verdad. Si no, probablemente sea un farsante.

Esta vida no es un valle de lágrimas y el que se amarga en cumplimiento de su “moral” es en verdad un amoral, porque dispone de una moral ficticia e inexistente. Más le valiera dedicarse a cualquier otra cosa que lo hiciera mínimamente feliz.





martes, 5 de enero de 2010

LIBROS




Observa esta simple hoja; verás que no te alcanza una vida para descubrir la belleza que encierra en su arquitectura...
No hay catedral que pueda igualarla.

Es una idea universalmente aceptada. El saber está en los libros. En ellos está contenida toda la sabiduría descubierta por los hombres que nos han precedido, así como la de nuestros contemporáneos.

Todas las facetas de la comprensión humana están en ellos. Los tratados de metafísica, las novelas, los de poesía, los ensayos intelectuales, en fin, toda la capacidad humana existencial, del pensar, del sentir, del espíritu, de la existencia material, todo, todo, está en los libros.

Y es cierto. La historia de la humanidad, su cultura y saber no procede solo de hace unos años o siglos, como algunos se empeñan en hacernos creer. Se remonta al principio de los tiempos, de los tiempos en que Prometeo, contraviniendo la orden expresa de los dioses, entregó el fuego de la mente al hombre. De los tiempos en que la serpiente dio a comer la manzana prohibida a Eva, y ésta la dio a Adán, y ambos fueron expulsados del paraíso, siendo, a partir de ese momento conscientes de sí mismos y de su desnudez.

Algo nuevo, completamente nuevo apareció sobre el planeta. Un ser capaz de tomar conciencia de sí mismo, de ser consciente de su propia existencia individual. Capaz de proponerse metas y objetivos distintos a los que le impelía su naturaleza animal, capaz incluso de oponerse a ella en aras de la consecución de fines ahora propios de un animal muy especial, el hombre, animal dotado del fuego interno, un fuego que le lleva al centro del Universo así como al centro de su sí mismo.

Un viaje alucinante comienza entonces. Un viaje de retorno a las estrellas. Un viaje en el que está implicado todo ser humano desde su nacimiento. Un viaje en el que está embarcado no solo el hombre como ser individual, sino la Humanidad entera como ser unificador de todos los hombres, como especie del todo singular en la naturaleza.

Y todo hombre busca, desde su nacimiento al fuego mental, las razones, los porqués, las causas, los motivos, la explicación de lo que ocurre en sí mismo y a su alrededor. Con la aparición de la razón en el niño nace al mismo tiempo el filósofo, que no es otra cosa que “el preguntador”, “el inquiridor”, el buscador de respuestas.

Y su inquietud dura más o menos. No le lleva excesivo tiempo el descubrir que nadie sabe nada de lo que de verdad interesa conocer. Cansado de preguntar y no recibir respuestas aceptables se le presentan dos caminos. O mejor tres.

La primera es no volver a preguntar ni a preguntarse cosas de las que nadie tiene respuestas.

La segunda es buscar qué respuestas encontraron otros hombres antes que él a las mismas cuestiones existenciales que se plantea.

La tercera es buscar por sí mismo las respuestas.

Las dos últimas opciones no se excluyen entre sí, porque lo natural en el hombre sensato es seguir ambas vías. Es preciso ser humildes y pensar que no todos los hombres que nos precedieron o los que actualmente conviven en nuestra época son idiotas o incapaces de haber hallado respuestas a las preguntas que nos hacemos, que sin duda son las mismas para todo ser humano.

Pero justamente el gran peligro estriba en hacer excluyentes una de otra. Tan estúpido es buscar en el pensamiento ajeno qué cosas nos parecen más apropiadas y adoptarlas sin más, como tratar de descubrir todo por uno mismo sin tener en cuenta lo que han descubierto antes otras personas.

¿Cuál es el equilibrio? ¿Donde está el justo medio?

He escuchado muchas veces aquello de: “Pienso, con Fulano, que...” O bien: “Como bien dice Mengano...” O también: “Es así, lo dice Zutano”

Pero, en mi caso al menos, con el pensamiento con el que más me identifico es con el mío.

Quizá toda la cuestión de la búsqueda radique en el proceso de la digestión. Me explico. El proceso de la digestión de los alimentos es aplicable por analogía al proceso de asimilación de la sabiduría. Y las patologías tanto agudas como crónicas de dicho proceso son análogas igualmente en ambos casos.

G. expuso una teoría, sin duda basada en antiguas tradiciones esotéricas, de los procesos de transformación y asimilación de los alimentos. Entendiendo por alimento todo aquello, sea de la naturaleza que sea, que es necesario a un ser, sea cual sea en la diversidad inmensa del Universo, para su mantenimiento, desarrollo, crecimiento y propagación. De esta manera, y según expone, existen alimentos propios para el ser humano, para las distintas clases de animales, para las plantas, para los minerales, para los planetas, para las estrellas, para las galaxias y para cualquier ser que conozcamos o no conozcamos, visible o invisible.

De esta manera, y tratando el desarrollo del ser interno del hombre, expone el asunto de la digestión de las impresiones. Quizá en este momento sea preciso plantear qué cosa es una “impresión”, porque el sentido vulgar del término no se acomoda a la extensión del concepto de que se trata.

Plantea que el hombre recibe constantemente, incluso dormido, impresiones. Y estas impresiones son alimento absolutamente necesario al hombre, y de un nivel superior en sutilidad a la del aire. Así, un hombre podría vivir varios días e incluso semanas sin tomar comida. Resistiría solo pocos días sin beber agua. Pocos minutos sin respirar aire. Y escasos segundos sin recibir impresiones. Moriría. Parece algo en principio increíble, pero todos conocemos la terrible sensación del aburrimiento, de la absoluta falta de interés por todo, de la negación a la entrada de cualquier impresión en nosotros. El aburrimiento, llevado a su extremo produciría inevitablemente la muerte.

Así y todo, al ser humano le es imposible evitar la entrada de impresiones, probablemente debido al instinto de supervivencia, aún mas fuerte que su voluntad. Entran en su ser sin que sea capaz de evitarlo, y debe dar una respuesta a ellas. El proceso de entrada de la impresión, la elección, si le es posible, de la naturaleza de las mismas, su asimilación, su proceso interno de transformación, sin duda alquímico, en alimento para el ser propio del hombre, constituye la digestión de las impresiones.

Pero, en un proceso digestivo son necesarios muchos elementos, muchos procesos, muchos órganos, muchas enzimas digestivas, muchos jugos digestivos... Y todo ello, como conocemos, debe estar perfectamente organizado, tener su propia secuencia, su tiempo de proceso en cada lugar, el recorrido por muchos metros de intestinos y un sinfín de delicadas operaciones para llevar a buen término la transformación de los alimentos ingeridos en alimentos propios para el cuerpo humano. Y también, obviamente, es preciso realizar el desecho de lo inútil. Este proceso tan delicado lo escribí en su día en un artículo, que titulé “Comer”, si bien no está terminado y concluye en la fase de la elección de los alimentos adecuados, quizá la fase más decisiva del proceso.

Hay impresiones más fuertes e impresiones más livianas, al igual que hay pipas, que no mantienen pero entretienen, y también hay jamón de pata negra. Hay agua, que purifica, excitantes como el café y el tabaco, relajantes, picantes, y un sin fin de cosas que pueden entrar por la boca.

Pues exactamente igual ocurre con las impresiones. Entran en nosotros, al igual que los alimentos, y es preciso digerirlas, hacer algo con ellas, transformarlas en alimento propio y útil para nuestro ser interno, para nuestro ser sutil. Pero también, y si el proceso no se realiza adecuadamente, se producen empachos, diarreas, malas digestiones, acidez, vómitos y toda la patología típica del sistema digestivo. Cada una de estas patologías tiene su paralelo en la mala digestión de las impresiones.

Y en los libros por lo general está el producto de la digestión de las impresiones de los que los escribieron, pero no las nuestras. En algunos libros están las impresiones casi en estado puro, como en los de poesía y algunos otros, a fin de que nosotros hagamos su digestión. No está todo mascado. Generalmente no se pueden “comer” directamente. Es preciso masticarlo y digerirlo adecuadamente.

De cualquier forma, en mi parecer, siempre es mejor escribir libros que leerlos, aunque ambas cosas sean necesarias. Ya sabéis, tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Y creo que es mejor porque para escribir un libro no se trata de digerir otros, que sería digerir lo ya digerido, sino digerir las propias impresiones y, una vez transformadas en alimentos para el alma, tratar de plasmarlas en palabras que puedan hacer llegar ese alimento a otras personas, o, mejor aún, enseñarles cómo se digieren las impresiones, a fin de que comiencen a hacerlo por sí mismos.

En realidad, reflexionar no es otra cosa que hacer esa digestión, hacer algo parecido a lo que hace nuestro sistema digestivo con los alimentos. Convertir una impresión cualquiera, de las miles que se nos brindan todos los días en que de verdad vivimos conscientemente, en alimento propio para el hombre, que le hará crecer su ser interno, hacerlo fuerte y propagarse y expandirse en las almas de otros seres humanos. No otra cosa es la labor del escritor, del filósofo y del artista.

De hecho, conoce mucho más del amor quien contempla con embeleso el brillo en los ojos de la amada que quien se ha leído cuantos tratados se hayan escrito sobre él desde el comienzo de los tiempos. Nada sabe del amor, aún habiendo leído todos los libros escritos sobre él, quien, como dice Schiller en su oda a la Alegría, nunca pudo llamar suya a otra alma.

Y una hoja de cualquier vegetal muestra mejor la belleza y la perfección del Universo que cualquier catedral gótica o que cualquier libro de estética. Solo que la hoja no está escrita en piedras ni en letras. Está escrita por la mano de Dios. Y solo puede leerla quien conoce su escritura.

El conocimiento, toda la sabiduría, está escrita por la mano del Creador, en la naturaleza y en el ser humano. Solo que está escrita en la lengua de Dios, lengua perfecta y completa, y este lenguaje es preciso aprenderlo, para poder leer los infinitos libros escritos que nos rodean en cada momento de nuestra vida. Estos, en realidad, son los libros importantes. No tienen letras, no tienen páginas. Solo tienen infinitos símbolos llenos de significados, de belleza y de sabiduría atemporal.
La teoría de las almas gemelas que explica Platón ¿quién podría entenderla si nunca encontró a la suya? ¿si nunca llegó a conocerla?

El bello mundo de las abejas que nos describe M. Meterlink ¿quién como él llegó a conocerlo y a fascinarse con su belleza y misterio, sino él mismo?

Ellos, en sus libros, nos incitan y nos señalan la belleza y el misterio en el que se adentraron y en el que vivieron. A nosotros nos toca ir hacia ese misterio y entrar por sus puertas. Solo dentro del misterio seremos uno con él, viviremos su magia. Si nunca atravesamos sus escondidas puertas nunca sabremos nada de él. Solo conoceremos referencias de aquellos que entraron.

Mucha gente admira a Beethoven y su obra, pero ¿cuántos se hicieron uno con él, entraron en comunión atemporal con su alma de artista, sintieron como él sintió, amaron como él lo hizo, trasmutaron el dolor como él, y dentro del misterio de la música, llegaron, como él llegó, a tocar con la punta de los dedos la puerta de los cielos? Y solo señaló un camino... el excelso camino de la música celeste. Pero... para el entrar al mundo celeste es preciso antes ser celeste. Esta es la cuestión. Como un día señaló Amado Nervo, “todo es cuestión de recipiente” Y nadie puede entrar en el sancta santorum si antes no se ha purificado en sus antesalas. No se puede entrar en ningún lugar puro con impurezas. Solo lo puro conoce lo puro.

Pero hoy es una idea común que todo está en los libros. Y no está todo. Falta la esencia de lo que está escrito. Eso no se puede escribir, ni siquiera hablar de ello. Es inefable.

Y, como dijo un poeta:

Yo ya solo leo en los ojos de mi amada y en las hojas de mis árboles...


jueves, 19 de febrero de 2009

EL PROGRESO VIRTUAL


Os hablaba hace unos días del “progreso pulcro”. Y esta mañana, no recuerdo con ocasión de qué cosa que me sucedió, empecé a pensar en que otra de las características típicas de nuestro “progreso” es su carácter de “virtual”. Este nuevo rasgo, que empezó a aparecer en mí como os digo esta mañana, se me confirmó esta misma tarde. 

       Estaba yo tomando café en mi plaza preferida, que como conocéis es la de San Francisco. Apareció por detrás de mí mi amiga Helena, y se sentó conmigo.
       
 ¿Qué vas a tomar? –le pregunté- ¿Café? ¿Cerveza?
- No, pídeme un “Seven Up”-
- ¡Ay la leche que te dieron! ¿Tienes que pedir esa pamplina, que solo es agua con boquetes y aroma artificial de limón?-
 –Sí, sí, pídeme un “Seven Up”-. 
Le pedí una cosa de esas, que además, cuando lo vi no se llamaba así, se llamaba “Sprite”. En fin –pensé- cosa de americanos.

Y este “sucedío” me hizo decidirme a escribiros sobre lo que he titulado “El progreso virtual”.

En realidad lo he llamado virtual  para englobar conceptos, pero lo cierto es que virtual viene de “virtud”, y precisamente, todo lo que nos rodea en nuestro progreso carece de la virtud que le es propia y por la cual cada cosa es lo que es. Me explico.

Recuerdo una vez que mi amigo "er Mata", me hablaba de cómo le sorprendió y le dejó fascinado un anuncio que vio en su día de una cosa que se llamaba "Tang". Se trataba de un sobre de polvos de color naranja (color artificial). Esos polvos se echaban en agua, se removían con una cucharilla y se obtenía un maravilloso zumo de naranjas de Valencia. ¡Enseguía! ¡Desde cuando sabe un yanqui o un noruego lo que es un zumo de naranjas de Valencia!

       Pero todo sería normal (hay una ingente cantidad de tonterías por el estilo), si no fuera porque en el anuncio se hacía énfasis en que lo mejor del asunto era que tenía un portentoso sabor y color de zumo de naranjas ¡y no tenía nada de naranjas! Esto último se presentaba como lo mejor del hallazgo. Era un descubrimiento maravilloso. Habíamos obtenido un espléndido zumo de naranjas sin nada de naranja. Era el “sumum” del progreso, el mejor descubrimiento en zumos. 

Escucho a veces en la tele (desde la habitación de al lado, por supuesto), un anuncio en que un fulano va y dice:

- En las estanterías de su supermercado, señora, podrá encontrar el zumo tal, que tiene un cinco por ciento de zumo de naranjas (habría que ver las naranjas), y nuestro zumo cual, que tiene ¡el doble de zumo!- 
       
        Si Pitágoras no miente, cinco por dos es diez, así que el mayestático zumo tiene el diez por ciento de dudoso zumo. Si serán subnormales, cuando por un euro me compro en La Plaza dos kilos de naranjas de verdad, que tienen ¡el cien por cien de zumo! Y zumo de verdad. Pero lo mío no es progreso, y resulta que soy un anticuado y un retrógrado. 
       
       Ocurre algo parecido con los paquetes que compran los niños (americanizados), de cereales para echarles leche. 

       –Señora, compre Vd. esto, que tiene mucho alimento, que está hecho de cereales. No te fastidia, y el pan de campo que yo compro en la esquina de mi casa, de qué está hecho ¿de cemento? Y por cierto, que con los cereales que tiene un paquetón de esos, que además no caben en ningún sitio, no se haría ni un panecillo para la Barbie. 
– ¡Oiga, es que tienen miel, y vitaminas!  -¡Tu padre, tu padre y tu padre!
       
       Bien, pues en el progreso virtual nada es lo que parece, o mejor dicho, todo carece de su virtud esencial, es decir aquello que debe conseguir que lo que sea, sea eso mismo. El café, sin cafeína. El tabaco, sin nicotina. La cerveza, sin alcohol. Las rosas...  ya las hay sin espinas. En Japón han inventado la mascota mecánica, que ni come ni caga ni mea ¡horror". Y si vas a una discoteca y ligas, (después de un gran trabajo), y cuando llega el momento, ¡zás!,  menudo paquete que tienen “la niña”.Y así... todo. 
       
       Y ocurre que vas y pides un café con leche en cualquier lugar “progre” tipo yanqui y te ponen lo siguiente:
Un café hecho con unos polvos fabricados por supuesto sin café, una leche (la que le dieron) hecha de unos polvos que nada tienen que ver con la ubre de ninguna vaca, y un azúcar fabricada a base de un edulcorante que no tiene relación alguna ni con la caña de azúcar, ni con la remolacha ni con ninguna otra cosa que contenga la más mínima cantidad de azúcar. El agua en que va disuelta semejante porquería seguramente la habrán sacado de alguna depuradora en mal estado.
       
       Pero no es solo la comida la que se está convirtiendo en “virtual”. Es todo. Una vez dije que mi propósito en la vida fue siempre encontrar lo auténtico en todas las cosas. Y expliqué a qué me refería. No me gusta jugar a las casitas. Quiero decir con esto que generalmente, jugamos a las cosas, no las tomamos en serio. 
       
       Escucho a mucha gente decir que le gustaría saber tocar algún instrumento (aparte del suyo). Y van y se compran una odiosa pianola donde están todos los ritmos y todos los instrumentos, de esas que se enchufan. O bien se compran una flauta dulce de las de plástico. O se apuntan a un método “rápido” en el que se incluyen “partituras” arregladas y fáciles de autores clásicos. Y también gente que compran discos con versiones de obras clásicas “con ritmo” añadido, es decir, con una batería marcándoles el ritmo (por si no lo captan), con lo cual cualquier sinfonía de Beethoven resulta bailable. ¡Horror!
       
       Métodos fáciles para aprender inglés, ruso o rumano en dos meses. Aprenda pintura por correspondencia, etc., etc.
       
       Todo esto no es serio, y cualquiera que haya pretendido hacer algo serio lo sabe perfectamente.
       
       Si pretendemos aprender música y dominar un instrumento (no de plástico y cables, sino de verdad), es preciso dedicarse a ello seriamente y con profundidad. Asistir a clases, estudiar, machacar constantemente el instrumento, etc. 
       
       Por lo general, cuando acudimos a un concierto vemos solo el resultado, pero no la preparación anterior al mismo. Recuerdo que cuando cantamos el Stabat Mater de Haydn, con la Coral, que fue en Semana Santa, llevábamos preparándola desde el mes de octubre anterior. Y eso contando con que todo el mundo sabía música y el director del coro era catedrático de Canto Coral en el Conservatorio y que es actualmente el director de la orquesta Manuel de Falla. Así y todo exigió meses de preparación. 
       
       Pero todo esto el que va al concierto no lo sabe, ni lo imagina. Cree que todos los que cantan, así como los intérpretes de la orquesta son una especie de monstruos o ángeles asistidos por una ciencia divina. 
       
       Igual ocurre cuando asistimos a un concierto de piano. ¡Que facilidad tiene el pianista! ¡No se le ven las manos corriendo por el teclado! ¡Que habilidad! Pues por supuesto que tendrá arte y habilidad, pero lo que no imaginamos es cuantas horas habrá pasado a solas delante de las teclas y cuántos cientos de veces ha repetido aquél pasaje de la partitura que nos fascina.
       
       ¿Os gusta el circo? A mi sí, y además, aunque no me gustara daría igual. Debo acompañar a mi hijo. Ventajas de tener un niño. Pues bien, cuando veo los movimientos del trapecista o a la trapecista (me fijo más), o al que tira toda clase de cosas por alto a la vez y además lo recoge, no nos explicamos cómo, sin dejar caer nada, exclamamos: 
       -¡Qué arte, que habilidad!-
       
       Podríamos preguntarle cuántas veces cayó a la red antes de dominar el ejercicio o cuantos porrazos se dio en la cabeza con los bolos o con los platos.
       
       Escuché no sé dónde que la facilidad con que el artista realiza su obra la atribuimos a su arte natural, cuando en realidad es producto de su trabajo incansable. Creo que era Rubistein, el magnífico pianista, quien decía: 
       
       -“Cuándo solo llevo un día sin tocar el piano me lo noto yo mismo. Si llevo dos, me lo notan los críticos. Y si llevo tres días sin ensayar lo nota el público en mis conciertos... “-
       
       Si hay que escuchar música, tratemos de formarnos el gusto por una buena música que nos eleve el espíritu. 
       
       Si hay que comer, comamos alimentos genuinos, sanos y auténticos. Si hay que leer, leamos libros sanos. 
       
       Estas cosas ya nos las dijo el rey Alfonso X, que por algo le apodaron “el sabio”:

Quemad viejos leños
Bebed viejos vinos
Leed viejos libros
Tened viejos amigos

Ojo, que no dice libros viejos ni amigos viejos, que no es lo mismo.