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viernes, 10 de junio de 2016

TERNURA









Corazón abierto, desnudo y palpitante
en la dulce expansión de la ternura.
Amoroso cuenco de cariños y caricias.

Pecho que vibra la violenta desazón
de pasiones encendidas,
sin puertas ni compuertas
a los humores del ser, ni nubes
que apaguen el brillo a miel en los ojos.
No se borran los pliegues de luz
de los labios ansiosos.

Ternura... pasión contenida, dolor
del alma que al alma ansía.
Dolor dulce que la dulzura adolece,
poder por poder sojuzgado.

Misterio por aliento desvelado,
en la luz por los ojos descubierto,
por los labios serenos encendidos.

Fusión anhelada imposible,
abrazos de amantes en el aire sereno
tigres, panteras, dragones,
carnívoras fieras en fiereza domada.

Comer, tragar, devorar,
en un acto de unión desafiante
a las tierras, infiernos y cielos.
Yo en ti, tú en mí.

No queremos ser dos.
Solo uno.



miércoles, 27 de julio de 2011

TERNURA



Corazón abierto, desnudo y palpitante
en la dulce expansión de la ternura.
Amoroso cuenco de cariños y caricias.

Pecho que vibra la violenta desazón
de pasiones encendidas,
sin puertas ni compuertas
a los humores del ser, ni nubes
que apaguen el brillo a miel en los ojos.
No se borran los pliegues de luz
de los labios ansiosos.

Ternura... pasión contenida, dolor
del alma que al alma ansía.
Dolor dulce que la dulzura adolece,
poder por poder sojuzgado.

Misterio por aliento desvelado,
en la luz por los ojos descubierto,
por los labios serenos encendidos.

Fusión anhelada imposible,
abrazos de amantes en el aire sereno
tigres, panteras, dragones,
carnívoras fieras en fiereza domada.

Comer, tragar, devorar,
en un acto de unión desafiante
a las tierras, infiernos y cielos.
Yo en ti, tú en mí.

No queremos ser dos.
Solo uno.



sábado, 7 de mayo de 2011

HERMANO



Hermano… Hermano… Quédate aquí conmigo un poco más. Me recordarás a nuestro padre. Me recordarás a nuestra madre. Me recordarás mi origen, nuestro origen. Me indicarás otra vez la senda que ellos nos marcaron, la vida que para nosotros quisieron aquellos que nos dieron la vida, esos que son la hermosa familia a la que pertenecemos.

Hermano, no te vayas nunca de mi lado. Y si estás lejos piensa en mí, sigue creyendo en mí, sigue hablándome, sigue recordándome. Será suficiente. Seremos hermanos hasta más allá de la muerte, porque somos hermanos de lo alto, y juntos estaremos por siempre.

Has hecho un largo viaje, hermano. Ven, siéntate aquí conmigo, junto al fuego. Lavaré tus pies y tus manos. Curaré tus heridas, mientras tú me relatas tus batallas, tu guerra y tus conquistas. Descansa de tu dolor y de tu cansancio. Comparte conmigo tu gloria, para que pueda sentirme orgulloso de mi sangre.

Hermano… tus pies anduvieron largos y dolorosos caminos, tus manos empuñaron armas pesadas, y enfrentaron terribles enemigos. Pero tu gloria es grande, y tu destino celeste. Descansa esta noche en mi casa, en mi lecho más mullido, y hazme el honor de sentirme de tu sangre y de tus huesos.

Y mientras descansas, yo velaré tu sueño y velaré mis armas. Les daré el brillo que merece nuestro nombre, y puliré en ellas nuestro emblema, y soñaré batallas que libraremos codo a codo. Y mañana, al despuntar el día, marcharemos, cabalgando juntos hacia nuestra guerra, y nuestras risas y nuestros gritos alegrarán el cielo y alegrarán la tierra. Y junto a los de nuestra estirpe, como un solo corazón y como un solo brazo, levantaremos nuestras brillantes espadas a lo alto, y, otra vez juntos y fundidos en un solo espíritu, conquistaremos la victoria que nos pertenece.

Hermano…, hermano…, tú y yo…, nuestra familia…, solo somos uno.


martes, 4 de mayo de 2010

OLVIDO



Creo que fue Buda quien, tras una serie encadenada de causas y efectos, llegó a la conclusión de que la causa última de los males de hombres era el olvido. Y continuaba diciendo que el olvido era la causa de todo lo demás, de todo lo que le ocurría.

Dicen, por otra parte, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y creo que esto ocurre porque los otros animales recuerdan el lugar, la piedra y su tropiezo. Y además recuerdan como tropezaron y por qué. Así que, actuando consciente y consecuentemente, hacen lo necesario para no tropezar otra vez en igual situación.

Pero en el hombre existe el olvido. Y el olvido le lleva a caer en los mismos errores una y otra vez. El olvido borra todo acerca del primer tropiezo, y la mente y el deseo le llevan a imaginar que la siguiente piedra no es la misma, que el lugar tampoco es el mismo, y que ahora son más listos que la primera vez que tropezaron. Pero como todo son solo imaginaciones, ¡zas!, nuevo tropezón.

Prácticamente, todos los males del hombre tienen su origen en el olvido. En el olvido personal o en el olvido histórico. Ya sabemos el dicho: “El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y no hay nada más cierto. Parafraseando podríamos decir: “El hombre que olvida su historia está condenado a repetirla”. Y también es cierto.

El olvido se produce de varias maneras.

En primer lugar, la mayoría de nuestros actos son inconscientes, causados y motivados por los hábitos, los personales o los sociales adquiridos de las costumbres dominantes. Y si nuestros actos no son producto de nuestra voluntad y no está presente en ellos la conciencia, literalmente no sabemos qué cosa estamos haciendo. Ni haciendo, ni pensando, ni sintiendo. Simplemente todo sucede de manera mecánica. De esta manera no es posible realizar ninguna reflexión ni extraer ninguna experiencia de nuestros actos. Y no es posible porque no estamos actuando nosotros. “Algo” actúa por sí solo, algo ajeno a nosotros mismos. Y, como no somos nosotros, no tenemos nada que ver con nuestros actos. Ni siquiera nos sentimos responsables de los mismos.

En segundo lugar, y a veces, la conciencia puede iluminarnos sin nuestra participación, motivada por el intenso dolor o placer de la experiencia. Se nos presentan situaciones en las que, a través de su fuerte impacto emocional, somos conscientes de lo que nos está sucediendo, al menos en el plano más superficial, en el plano de los hechos y de la significación psicológica que le atribuimos. Pero, en el caso del dolor y aún a veces en el del placer, rápidamente interviene el sistema de protección.

El ser humano tiene un sistema psicológico de protección, mediante el cual relega a planos inconscientes aquellas experiencias que le resultaron negativas y dolorosas, con la consecuencia lógica de que, en una nueva experiencia, como olvidamos la anterior, repetimos los mismos errores que la primera vez. No podemos ser conscientes de lo que desechamos al inconsciente. Rara vez nos atrevemos a encarar, de frente y superando el miedo, sucesos que nos conmocionaron. Lo más habitual es que, en estos casos, nuestra mente utilice su amplio abanico de recursos para tergiversar el asunto, sus causas, sus motivos, sus implicaciones afectivas y, en muchos casos, incluso los mismos hechos.

Como consecuencia de todo ello, el hombre permanece constantemente en el mismo lugar, en la misma situación vital, repitiendo constantemente los mismos errores, actuando siempre de la misma manera, mecánicamente, sin posibilidad alguna de cambio, evolución o mejora personal.

Y, si hemos de pensar en la existencia real de la reencarnación, sobre la que todos sin excepción fantaseamos, con toda seguridad en nuestra próxima vida terrena volveremos a vivir exactamente las mismas cosas y a sufrir las mismas experiencias.

De la misma manera ocurre con la humanidad en su conjunto, que, por ley de analogía, sigue el mismo proceso. La historia es olvidada por los mismos motivos que el hombre individual olvida la suya. Y es tergiversada continuamente con total desfachatez, tergiversación que solo es posible gracias al olvido de los hombres.

Y me diréis:
-Si esto es así, irremediablemente, ningún cambio ni evolución es posible-
Sí, la evolución es posible, pero no es posible realizarla de manera mecánica, sino únicamente de manera consciente. Y solo la acumulación de conciencia en el hombre y en la humanidad puede hacer posible la “posible” evolución.

Y recalco lo de “posible”, porque tanto la evolución del hombre como la de la humanidad no son hechos naturales y espontáneos. Son solo “posibles”. Pueden darse, pero también pueden no darse.

Dependen, pues, de nosotros. En ello consiste nuestra responsabilidad.
Y el tiempo para ello no es ilimitado.




martes, 26 de mayo de 2009



No.

No huiré de mi dolor.
Quiero sembrarlo en los surcos abiertos de mi piel,
hasta que mis lágrimas, en ríos presurosos,
puedan despertar las escondidas semillas de mi alma.

Y sólo cuando los tiernos brotes sean fuertes a los vientos,
podrá, la fuerza fecundante de su esencia,
terminada su labor, dura pero santa,
resumirse en el descanso oscuro del olvido.

No otra cosa hace la pequeña semilla germinada
cuando en dolor y en esfuerzo
abre en dos la piel dura de la tierra
para abrazar libre el espacio del aire y del sol.

Como la dulce ostra, que no rechaza su dolor,
y cubre al intruso con lo mejor de su ser
hasta hacerlo perla de su dolor
y dar su belleza al amante afortunado.

Como la tierna luna, delicada y serena,
que esconde su belleza humilde
en los cegadores rayos de su padre celeste,
mas feliz alumbra las dolorosas horas.

Así seré, en mi dolor, mi maestro.
Humilde aceptaré su amoroso abrazo
en la feliz confianza serena
de su ánimo purificador y glorioso.

domingo, 17 de mayo de 2009

MI QUERIDO HERMANO



Siempre escuché de pequeño aquello que decían los curas: "Los caminos del
Señor son inescrutables". Tuve que buscar qué decía el diccionario de esa
palabreja, que viene a significar algo así como que no se puede saber como va a ser el camino de antemano, o que puede parecer a primera vista un camino extraño y aún equivocado. Pero hete aquí que, si seguimos el camino que nos manda nuestro Señor (nuestro Yo), aún creyéndolo extraño y doloroso, aún sintiendo que es raro que por ahí se vaya a algún sitio bueno, con lo duro que es andar por él, es seguro que es el camino que debemos andar, pese a lo que pese. Es nuestro camino, el nuestro, el nuestro en particular. A otros les puede
parecer una majadería o algo sin sentido. Pero si para nosotros lo tiene,
porque nos lo dice nuestra Voz Interior, es preciso recorrerlo, de la manera
que sea, y piensen los demás lo que se les ocurra.

Así pues, hace poco tu camino tomó un nuevo rumbo, y la vida te ofreció la
oportunidad de muchas cosas, creyendo que perdías otras. La oportunidad de
encontrarte contigo mismo (lo cual todos evitamos), la oportunidad de
extraer sabiduría de tu dolor, la oportunidad de ser más libre, de ser más
"tú mismo". Y debes saber que no a todo el mundo le pone Dios en
situación de aprender de golpe tantas cosas. El dolor y la superación son
solo para los elegidos. Para los que saben sacar oro de donde parece que
solo hay barro, de los que saben superar el terror, de los que, como Dantès, están dispuestos a todo por conseguir su libertad y su "tesoro", aún pasando por encima de la misma muerte.

Hay una frase de Bertuccio, en El Conde de Montecristo, evidentemente iniciática, que dice así, no se si la recuerdas. A mí me dio mucho que pensar:

"Así que, prefiriendo mil veces la muerte antes que una detención, hice
cosas asombrosas, que una vez más me dieron la prueba de que el excesivo
cuidado que damos al cuerpo es casi el único obstáculo para lograr los
objetivos que precisan una rápida decisión y una ejecución enérgica y
decidida. En efecto, una vez que uno ha hecho el sacrificio de su vida, no
es igual que los demás hombres, o mejor dicho los demás hombres no son
iguales que uno, y quienquiera que toma esa resolución siente en el instante
mismo que sus fuerzas se multiplican y su horizonte se ensancha"

Duro, ¿verdad? Pero totalmente cierta…

Y las cosas que me cuentas no son confusas, ni mucho menos, absurdas. Son reales, pero sólo para los que como tú o como yo o como algunos otros, han vivido y viven. Estas cosas son las que de manera real nos llevan a ese mundo
desconocido y misterioso que es nuestro mundo interior, donde reside aquella
fortaleza que es preciso conquistar. O salir de ella, saltando por la torre
al abismo, sin saber siquiera qué nos espera abajo. Desnudo y casi cadáver,
como nuestro Dantés. No te quepa duda de que es el camino del que habla
nuestro lema "Conócete a ti mismo". Pero tampoco te quepa duda de que pocos conocen siquiera su comienzo, ni su dificultad, ni tampoco la dicha de
sentirse en él. Por eso, como el Conde, es necesario ocultarlo a los demás,
cambiar incluso de nombre, y recorrerlo en solitario, humildemente, sin
pregonarlo. Solo los hermanos que están en tu camino te podrán entender. No
esperes que el que no conoce sus tremendos sufrimientos y sus inmensas
dichas pueda entenderte. Pero a mí me lo puedes contar, y estoy seguro que a muchos más que no conocemos pero que transitan por el laberinto que conduce hacia el centro.

Cuando alguien vea todo claro en la vida, ya sabes que no es de tu
"hermandad". Tendrás que tratarlo con cariño y amor, con dedicación y
entrega, pero no esperes comunión con él. Cada uno está en su momento. Lo
que debemos buscar, y encontrar, son a nuestros "hermanos mayores" en este
extraño pero apasionante camino hacia nosotros mismos. No dudo que los hay,
y no dudo que nos ayudarán.

Gracias a ti, hermano. Aunque no lo creas, me enseñas mucho más que yo a ti,
y me recuerdas, como las campanas del Ángelus, quien soy y qué debo hacer.




miércoles, 4 de marzo de 2009

DOLOR


El hombre que se complace en los objetos de sensación, 
suscita en sí el apego a ellos; 
del apego surge el deseo;
del deseo el apetito desenfrenado.
Del apetito desenfrenado dimana la ilusión;
de la ilusión, la desmemoria;
de la desmemoria, la pérdida del discernimiento;
y por la pérdida de discernimiento, perece el hombre.

Bhagavad Gita
Estancia segunda




        El dolor es seguramente una de las compañías más constantes en la vida de todo hombre, desde el momento en que abre sus pulmones por vez primera, con su primer llanto, hasta los últimos momentos de la agonía, que le devuelve otra vez al mismo lugar. De un útero pequeño al gran útero.

      Nos duele la cabeza, nos duelen los riñones, las piernas, nos duele el corazón, nos duelen las ofensas, los menosprecios, las envidias, los amores y los odios, las penas y... hasta las alegrías.

       Debe ser muy importante el dolor en la vida del hombre...

        Cuando escuchamos la vida del Buda, y nos cuentan como un día el joven Sidhartha se escapa de palacio, burlando la férrea vigilancia establecida por sus padres a fin de que no conociera la enfermedad, la vejez y la muerte, y su cochero lo paseó por los arrabales de la miserable ciudad, sabemos cómo lo que vio, precisamente lo que sus padres habían hasta entonces tratado de evitar, marcó para siempre la vida de aquél que sería el Iluminado, la luz de su época. 

      Buda cimentó su doctrina de liberación sobre la base de la superación de la esclavitud a la que nos somete el dolor. El dolor, el apego, el deseo, la pérdida por fin de la conciencia real.

     Y su titánica lucha por el logro de la conciencia le lleva a la superación del dolor. Y su alma se abre el infinito, al absoluto, a Dios.

     Jesús nos da, con su vida, también el ejemplo de la asunción del dolor, de su trasmutación, de su superación, de la victoria, al fin, sobre el sufrimiento y la muerte. Nos muestra cómo el hombre puede resucitar de las ficticias cenizas de la muerte. 

       Limpió su alma con el agua de Juan, ayunó y luchó fieramente contra el demonio en el desierto. Superó las vanas tentaciones del hombre. Solo y desnudo, no comió ni bebió en cuarenta días. No tomó nada del mundo, ni aceptó nada de él. Y venció sus fantasmas, sus demonios, limpió su carne y su alma, y blanco y puro comenzó su camino.

      Y sufrió, y trasmutó su dolor. 

      Escuché una conferencia sobre música. Y el conferenciante comentó un concierto para piano de Beethoven, relacionándolo con el mito de Orfeo, y su viaje a los Infiernos.

      Sus sinfonías, todas juntas son una sola, y nos hablan de la totalidad del Cosmos. En ellas está su grandioso mundo interior, reflejo del Ser Infinito. Están los Héroes, la Danza, el Destino, la Naturaleza, el Amor, la Armonía y la Alegría, hija de los dioses.

      Y nos contaba a grandes rasgos su vida. Su padre, alcohólico, que le pegaba brutalmente, sus amores, nunca correspondidos. Su vida solitaria, atravesando el desierto del mundo, habitando en sus luminosas estrellas, puras pero frías. Su pasión por la belleza, por la pureza, por lo divino. 

       Seguramente la vida de un hombre grande, de un Hombre, es un camino desierto y sin desbrozar. Pero lo anduvo con valentía, con coraje y con arrogancia. Sin importarle nada de lo que carecía. Hasta su oído le abandonó joven, en la plenitud de su arte. Pero su dios estaba dentro y, aunque inexplicablemente para hombres pequeños como somos, la música no necesita de las vibraciones del aire. Su música vivía en su alma insonora. Y se despidió de nosotros con el más puro canto a la alegría divina, a la dicha, poniendo armonía a los hermosos versos que nos hablan del Padre Amoroso, de la Alegría, regalo de los dioses, de su mundo más allá de las estrellas.

      Para nosotros, incomprensible, pero meta brillante donde dirigir nuestros pasos.

        Beethoven, Jesús, Buda. No sufrieron el dolor. Lo trasmutaron. Lo convirtieron en alimento para nuestras almas, en objetivo de nuestra lucha, en norte de nuestras brújulas. Señalaron el camino, la verdad, y la vida.

      Muchas veces, muchas, he oído decir estas palabras de sabiduría:

       “El dolor es vehículo de conciencia”

       Pero… ¿sabemos qué es la conciencia? ¿para qué es necesaria? ¿es buena, mala, o regular? ¿Por qué queremos tener conciencia? ¿Conciencia de qué?

      Estas no son preguntas ociosas. La conciencia es Luz, y con la luz se ven las cosas con claridad, y hay muchas, muchas cosas que no querríamos ver, y otras muchas, muchas, de las que no conocemos siquiera su existencia. 

      ¿Pudo Edmund Dantés, en su pura inocencia, imaginar la existencia del mal en los que consideraba sus mejores amigos?

      ¿Pudo Pedro, en su amor al Maestro, admitir nunca que lo negaría públicamente, no solo una vez, sino tres?

      ¿Pudo Sidhartha, encerrado en su palacio de cristal, imaginar la existencia del dolor, en la vejez, en la enfermedad, en la muerte?

      ¿Pudimos todos, en nuestra tierna niñez, imaginar el complicado y doloroso mundo de los “mayores”?

       Y también me pregunto sobre el dolor. ¿Hace mejores a las personas, o por el contrario las hace peores? ¿Es necesario el dolor en nuestro camino hacia nuestro Yo interior? ¿Se puede ser Hombre sin sufrimiento? ¿Por qué rechazamos y evadimos el dolor, en lugar de trasmutarlo?


miércoles, 28 de mayo de 2008

PURGATORIO




No supe que mi muerte estaba cercana. Pero llegó el momento, poco a poco, en que la vi segura, cierta. La luz del mundo se apagó, de repente. Nada supe después, y nada sentí. Fue como un sueño profundo, sin sueños, sin imágenes, sin recuerdos, sin dolores y sin palabras. No como un vacío, porque sentir un vacío significa sentir, y yo no existía, no sentía. Mi yo, mi persona, desapareció en algún lugar. Y yo tampoco estaba para buscarme. Solo hoy, en el Purgatorio, recuerdo lo que ahora os cuento.

Y luego desperté. Poco a poco, como se sale de un sueño profundo, como se llega de un lugar lejano. Mi conciencia fue de nuevo tomando su forma, llenándose de sus habituales significados. Me vi rodeado de mi mujer, de mi hijo, de mi familia, de mis amigos. Estaban todos allí, rodeándome, como un hermoso coro de amores, como un hermoso jardín florido, con sus cariños, con sus sentires, con sus vidas corriendo hacia la mía, con sus sangres entrando en mi sangre.

Conocí entonces la existencia de amores nunca confesados o nunca expresados. En esos momentos se abrieron las fuentes de los corazones, fluían poderosos los arroyos de las devociones, se abigarraban los soles de las entregas. Todo lo que en la ceguera de mi vida nunca pude ver. ¡Cuánta gente, cuánta gente maravillosa me rodeaba!. ¡Cómo los quise, desde mi nuevo mundo! ¡Cuánto quise entonces haberlos querido en mi vida anterior, cuando los tenía, cuando su amor invisible para mí me rodeaba constantemente, como telaraña de hermosos sentimientos, como cintas de colores, como manos de ternura, como besos constantes de hermanos y hermanas!

Pero ya no me era dado. De repente me di cuenta que había llegado tarde a la vida. Escuché una voz en mi interior, voz suave pero terrible, que me dijo:

-Ya no hay tiempo, tu tiempo ha terminado y solo has hecho lo que hiciste. Ahora solo es tiempo de arrepentimientos, del llorar y de la añoranza-

Oí esas palabras aterrado, e inmediatamente comprendí que eso era no solo cierto, sino perfectamente justo. Comprendí que el tiempo se acaba, y que las vírgenes prudentes son sólo las que guardan el aceite para el momento supremo. Fue mi ignorancia y sería mi castigo. Entendí con claridad que me encontraba en el lugar justamente destinado para mí, en un lugar terrible de penas y lágrimas, en el lugar del arrepentimiento: en el Purgatorio.

Lloré con una pena infinita. Lloraba constantemente. Recordé que me contaron que cuando el tiempo se acaba la propia vida desfila delante de uno. Pero algo comprendí que no me contaron. No solo la propia vida pasó ante mis ojos húmedos. También la terrible conciencia de las omisiones, de los actos que nunca fueron, de los pasos que nunca di, de las puertas que nunca abrí y de las manos que quedaron tendidas hacia las mías, y que nunca agarré. Todo ello intuí entre mi mar de lágrimas, entre mis sollozos tardíos, en mi congoja ya irredentora.

Escuché como entre silencios la voz tenue pero clara del Único Justo. Y me preguntó, me preguntaba sin cesar... Y la pregunta era solo una, pero resonaba sin misericordia en los recovecos de mi alma en pena infinita. Solo me requería una respuesta, una respuesta que yo no era capaz de dar.
Una pregunta escueta, de la que supe inmediatamente su significado, y también la respuesta hueca de mi vida.

Solo decía, una y otra vez:
¿Qué bien has hecho?


domingo, 30 de marzo de 2008

VIVIR (Un cuento anónimo antiguo)


Me contaron que un hombre errante llegó a una pequeña aldea, y lo primero que de ella que se topó fue su cementerio.
Paseó lentamente entre las tumbas, en esa soledad y ese silencio extraños que solo existe en esos lugares. Leía cada una de las lápidas, donde solo figuraba el nombre y el tiempo vivido por el difunto. Así, rezaba por ejemplo:

FULANO DE TAL Y TAL: VIVIÓ TRES SEMANAS Y DOS DÍAS
o bien:
MENGANO DE CUAL Y CUAL: VIVIÓ UN MES, DOS SEMANAS Y CUATRO DIAS

Todas así. Solo dos o tres indicaban que alguien vivió más de un año.Pensó que se había topado con un cementerio de niños. Se propuso enterarse de las circunstancias de tan triste situación. Tantos niños muertos... en una aldea que parecía muy pequeña... Debió de ser una epidemia o un mal extraño que atacaba a los infantes...

Una vez que entró por las lindes de la aldea, se cruzó con un anciano, y, no pudiendo reprimir el motivo de su inquietud, lo abordó.
-Salud, buen hombre- dijo.-He visitado su cementerio y aún me queda la tristeza y el desasosiego de conocer tanta muerte de niños de su aldea. ¿Podéis explicarme, si no os sume en el dolor, tanta muerte prematura, tantas vidas segadas de espigas menudas?-
-No es como pensáis, forastero, y no me da dolor en contaros la verdad de esas muertes, mas, al contrario, me hace dichoso, y vos, cuando termine de hacéroslo saber, participaréis de mi alegría.
-¿Es pues una dicha que los pequeños dejen el mundo siendo tan tiernos e inocentes? ¿Y sus madres? ¿Y los que les amaban? ¿Quizá su sufrimiento y dolor os es ajeno?
- No... no. Permitidme solo unos minutos y entenderéis. En esta aldea sabemos que la vida, en la mayor parte de sus días y de sus noches, rueda ciegamente, ocupados en nuestras tareas rutinarias. Vivimos como dormidos en plena vigilia, con los ojos abiertos pero sin ver, con el corazón palpitando pero sin amar, con el aire entrando y saliendo de nuestros pechos, pero sin que quede nada de su frescura, de su aroma ni de su vida. Somos así casi como muertos vivientes la mayor parte de nuestros días.

Una vez, un anciano sabio, de vida errante y despojada de inquietudes vanas, paso por nuestra aldea, donde encontró fácil acogida entre nosotros, porque sus ojos, su corazón y su despejada frente nos descubrió que aquél hombre tenía alguna sabiduría que nos podía ser de provecho en nuestras vida. Así que durante los días que gozamos de su compañía no faltó pan ni agua fresca en su mesa, ni en las noches un cálido y mullido rincón donde reposar sus santos huesos.

Nos enseñó que la vida de los hombres es, en su mayor parte, estéril, viviendo más como bestia que como hombre creado para más grandes y altos espacios. Nos preguntaba una y otra vez, día tras día cosas como estas:
-Que tal la jornada, Juan. ¿Has amado hoy? ¿Has contemplado el cielo y las nubes? ¿Acaso te has estremecido junto al dolor de algún hermano? ¿Has mitigado alguna pena? ¿Has ayudado al que necesitaba ayuda? ¿Has bendecido la vida que te fue dada? ¿Has respirado el aire de la era, has observado el milagro de las espigas, de los frutos? ¿Has entrado en el corazón de algún niño? ¿Has hecho reír al triste? ¿Has agradecido a Dios el don de la vida, el don de la dicha y del dolor? ¿Has amado tu pena tanto como para trasmutarla en risas y con ellas alegrar a tus hermanos? ¿Has añadido una nueva capa de nácar a la perla de tu dolor? ¿Has tenido en tu mente la amada que la lucirá, una ver formada, en su hermoso cuello?

-Pues si es así -nos decía- anota esta fecha gloriosa en tu pequeño cuaderno. Hoy has vivido.
-¿Cuaderno?
-Sí. Quería que cada uno de nosotros conservara en un lugar sagrado de nuestra casa un pequeño cuaderno donde escribiéramos las fechas de los días en que, con dicha o con dolor, nos habíamos sentido vivos como hombres, y habíamos entrado en la corriente de la vida y así lo habíamos sabido sin lugar a dudas.

-Y... los niños... ¿acaso no son niños?
-No, amigo querido. Mi vida, como puedes ver, está en su ocaso, y en mi lápida estará escrito los días de mi vida. Acaso cuando vuelvas por este camino entrarás otra vez en nuestro cementerio. Búscame. Me encontrarás fácilmente.

Soy Miguel, fabricante de perlas, y solo tengo tres meses, una semana y tres días de vida.