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viernes, 22 de enero de 2016

LA MIRADA ENAMORADA



 Nunca comprendí como se puede dudar del amor de alguien. Está tan claro... Solo hay que mirar a los ojos. Quizá ni eso. Seguramente un ciego lo sabría por el tono de voz.
Seguramente los efluvios de Eros se desprenden por los poros de nuestra piel.

Miré sus ojos, sus ojos de dulzura. Sus ojos de miel, encendidos de mil brasas, riendo su alegría interior, bailando la antigua danza de los arroyos de la montaña. Miré sus ojos, pero vi su alma.

El alma enamorada tiene una mirada especial, que abraza sin manos, que habla sin palabras, que canta sin sonidos. Es fácil entender porqué los enamorados pueden guardar silencio.

Es un silencio lleno que los envuelve, que los ampara, lleno de átomos de sus seres, de las pequeñas flechas de sus ángeles.

Veo un bosque y sé lo que ve. Miro el mar y siento las olas en su interior. Hienden el aire mis piernas, y mis manos, y anda junto a mí. Camino por el cielo, por los planetas, y está conmigo. Me siento en la luna, y está sentada a mi lado.

Por una mirada un mundo Por una sonrisa un cielo. Por un beso,... no sé yo lo que te diera por un beso.

Pero... la mirada enamorada mira, sonríe y besa. Todo en un instante, todo veloz, tanto, que no se sabe de qué lugar viene. ¿De lo más profundo? No sé dónde está lo más profundo. Nunca podré llegar. El fondo del alma enamorada es inalcanzable, como el torbellino allende las galaxias, como lo profundo del bosque, como las entrañas del ardiente desierto.

Todo está allí, en una mirada, fugaz, pero eterna. En la eternidad del instante. En lo ancho del momento que no necesita futuro, que no tiene pasado. El amor borra el tiempo, lo vacía de significado. En los ojos sólo el espacio celeste y frío, el abismo desconocido que nos aborda sin tocar nuestra puerta, que nos quiere para él sin condiciones.

Y la mirada nos roba lo que creíamos nuestro, nos hace desconocidos de nuestro mundo pequeño. Nos limpia, abriéndonos la piel de nuestros pechos, como se abre la tierra para la siembra, como se abre el mar para las redes.

Y anclados en ella, ni esperamos ni tememos. Solo somos ella,... para siempre.



viernes, 24 de junio de 2011

LA MIRADA SERENA


Pasé algunos veranos en El Palmar de Vejer. Es una playa de Cádiz muy particular, al menos lo era en aquellos días.

Hace años que no voy, pero entonces era virgen. Todo estaba justo como se puso en el comienzo. Arena, mar, viento, y esas plantas que uno nunca entiende como pueden crecer en la playa. Y algo todavía más particular. Donde acababa la arena comenzaban los sembrados. A tres metros de la dorada pero estéril arena crecían espléndidas zanahorias en una tierra increíblemente negra y olorosa.

Me resultaba un milagro. Un día pregunté a Domingo, el hijo hortelano de José, cómo era posible. Sonriendo, me contesto: - Esto que ves –me dijo señalando a su amada tierra-, solo es arena y estiércol. Nada más es preciso.

Vivíamos en unas pequeñas y humildes casas que José había transformado de establos para vacas en casitas para veraneantes. Y estaban junto a la gran huerta, donde cultivaba, bien pimientos, tomates o calabacines, si era verano, o apios tempraneros, habas, coles o lechugas si era invierno. Y muchas otras cosas que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que amaba su tierra. Seguramente la tierra en que vio la luz, y también seguramente la tierra donde verá la otra luz.

Su corazón es sencillo, y tan claro y humilde como el agua que riega sus campos. Ya es mayor, anciano, y una tarde de Septiembre le vi caminar despacio, andando en la luz benigna del atardecer andaluz. ¿Dónde irá José? –me pregunté- Le vi sentarse más tarde en la acera que rodea la casa que se hizo su hijo junto a la suya. De lejos le observaba, sin querer turbar su paz. Pero algo me empujó a ir junto a él. Y me senté a su lado. -¿Que tal José?-, dije. Volvió su cara lentamente y me miró. Nunca olvidaré su mirada. Abrió algún surco en mi pecho que aún no he cerrado esperando que germine su semilla de serenidad.

Quizá muchas veces me pregunté qué sería la serenidad, esa perdida virtud que solo atribuyen a los sabios antiguos. Pero no sé si hoy existen sabios. Sí sé que José sí lo es y que su mirada está en mí y que desde entonces su semilla ha ido germinando.

Comprendo que las virtudes no son gratuitas ni fruto del pensar o meditar. Son fruto de la vida. Y sé algo de su vida que me contó su hijo. Y desde entonces entiendo su tranquila mirada al sol poniente.

Pasó sus días abriendo las entrañas de la tierra, regándolas con su sudor, entregándole sus días de fuerza, llevando en sus espaldas el sol del sur, mirando al cielo, observando los vientos. Riendo con los brotes y los frutos, llorando con las heladas.

Engendró sus hijos, crió sus vacas, cebó sus cerdos. En tiempo de garbanzos, garbanzos. En tiempo de lentejas, lentejas. Carne en manteca y alguna arroba de vino conseguida por algunos sacos de trigo.

Sembrar, segar, trillar, aventar, moler, hornear,... comer. Esa fue su vida. Comió su tierra amada, entró en sus venas, en todo su ser. Y él es ahora la tierra, germinada con el sol, las lluvias y los vientos.

Y su mirada, esa que quedó en mí aquella tarde como un regalo, como una prenda, es para mí la mirada del planeta, de los soles y de las galaxias.


jueves, 2 de junio de 2011

¿DÓNDE HABITA LA POESÍA?



Anoche hablé contigo, y nuestras íntimas miradas me hicieron preguntarme cosas, que ahora te quiero contar.

A veces me pregunto donde va la poesía cuando te abandona. Un poeta hizo una pregunta parecida: Cuándo el amor se acaba ¿sabes tú adonde va?

Me pregunto lo que se preguntaba Leonard Cohen en una de sus canciones:

Where is your famous golden touch?

¿Donde dejé la poesía, donde el amor, donde el añorado toque de oro? Seguramente se marcharon de mí en los ojos y en el pecho de mis vírgenes amantes. O se quedaron en los verdes brotes nacientes y poderosos. O se los llevó, al decir del poeta, como el viento de otoño se lleva las hojas pardas.

Pero también estén quizá en el próximo recodo del camino, que ya se vislumbra tras el frío y la niebla del invierno.

Quizá mi mano perdió su pátina de oro cuando dejé de cavar en la mina, cuando dejé de cernir las arenas auríferas de mis arroyos más limpios.

Pero lo que he visto existe, y ya no me puedo engañar. No puedo negar el brillo del sol, aunque el cielo hoy esté nublado. Sé que está detrás de las nubes, detrás de mí y de mi desesperanza.

Dime que sí, hermana, dime que mi aliento puede abrasar otra vez, que mi voz puede llevar almas a su nido, que mi mano puede ayudar a guiar a los ciegos, que puedo soportar el peso de los que quiero llevar al otro lado del tránsito doloroso.

Dime que aún tengo fuerzas, que mi corazón enciende aún ilusiones, que mi amor abrasa aún corazones, que mi clarín todavía es capaz de traspasar el ruido y de hacerse oír entre los estériles rumores. Dime, aunque yo no consiga creerlo, que mi voz es aún dulce a tus oídos, que mi alma aún tiene brasas que calientan, y que mi mano aún puede dar caricias que sean benéficas y portadoras de alegría.

Dime… que aún puedo ser un amante para un alma sedienta, agua fresca para el abrasado, cama en que repose un alma cansada, musa que inspire un corazón ardiente.

Dímelo.




domingo, 1 de mayo de 2011

LA MIRADA ENAMORADA


Nunca comprendí como se puede dudar del amor de alguien. Está tan claro... Solo hay que mirar a los ojos. Quizá ni eso. Seguramente un ciego lo sabría por el tono de voz. Seguramente los efluvios de Eros se desprenden por los poros de nuestra piel.

Miré sus ojos, sus ojos de dulzura. Sus ojos de miel, encendidos de mil brasas, riendo su alegría interior, bailando la antigua danza de los arroyos de la montaña. Miré sus ojos, pero vi su alma.

El alma enamorada tiene una mirada especial, que abraza sin manos, que habla sin palabras, que canta sin sonidos. Es fácil entender porqué los enamorados pueden guardar silencio. Es un silencio lleno que los envuelve, que los ampara, lleno de átomos de sus seres, de las pequeñas flechas de sus ángeles.

Veo un bosque y sé lo que ve. Miro el mar y siento las olas en su interior. Hienden el aire mis piernas, y mis manos, y anda junto a mí. Camino por el cielo, por los planetas, y está conmigo. Me siento en la luna, y está sentada a mi lado.

Por una mirada un mundo Por una sonrisa un cielo Por un beso,... no sé yo lo que te diera por un beso.

Pero... la mirada enamorada mira, sonríe y besa. Todo en un instante, todo veloz, tanto, que no se sabe de qué lugar viene. ¿De lo más profundo? No sé dónde está lo más profundo. Nunca podré llegar. El fondo del alma enamorada es inalcanzable, como el torbellino allende las galaxias, como lo profundo del bosque, como las entrañas del ardiente desierto.

Todo está allí, en una mirada, fugaz, pero eterna. En la eternidad del instante. En lo ancho del momento que no necesita futuro, que no tiene pasado. El amor borra el tiempo, lo vacía de significado. En los ojos sólo el espacio celeste y frío, el abismo desconocido que nos aborda sin tocar nuestra puerta, que nos quiere para él sin condiciones.

Y la mirada nos roba lo que creíamos nuestro, nos hace desconocidos de nuestro mundo pequeño. Nos limpia, abriéndonos la piel de nuestros pechos, como se abre la tierra para la siembra, como se abre el mar para las redes.

Y anclados en ella, ni esperamos ni tememos. Solo somos ella,... para siempre.



sábado, 8 de agosto de 2009

MIRADAS II

...
Y poco a poco y una a una, como pétalos deshojados que caen lentamente, fueron apareciendo miradas desde la perdida memoria de mis días de luz. Miradas que se grabaron en los pliegues de mi pecho, como las canciones de cuna, como los amores de la primera juventud. Y las fui rememorando, trayéndolas otra vez a mí y engarzándolas en el poco oro que me queda, como el joyero engarza sus piedras, con el fin de no olvidarlas nunca.
...

LA MIRADA DE LAS ESTRELLAS

Iba un día hace mucho tiempo en el autobús, camino de mi acostumbrado ensayo con la Coral, y paseaba mi mirada por el reducido recinto buscando algo digno de mirar. Siguiendo con mi inveterada costumbre de fijarme en las jovencitas (con limpia mirada, se entiende), (bueno... a veces no tan limpia, mea culpa), observé a una chica cuya mirada me fascinó. Por su embeleso, por su bondad, por su alegría profunda y pura. Esbozaba una sonrisa beatífica. Se le caía la baba, vamos. Y, es lástima, pero no me miraba a mí.
Cuando, tras varias personas que tenía a modo de obstáculo, encuentro el objeto de su fija mirada, lo descubro. Estaba allí, serio, pequeño y grande. Era un niño. Un niño muy pequeño, de meses quizá. Seguí observando dentro del autobús y encontré otras tres señoras igualmente con la baba rezumante.

Y quedé perplejo, pensativo. Porque las mujeres que lo miraban no estaban fingiendo la acostumbrada sonrisa halagadora que habitualmente se le ofrece al hijo de un amigo o conocido. Era algo natural, algo espontáneo, algo que surgía de las profundidades telúricas de aquellas hembras. Y entendí. Yo era un hombre, y me sorprendía al tiempo que me fascinaba aquél espectáculo de amor sin precio que se me había brindado generosamente en mi anodino viaje dos veces por semana.

Y, pasado los días, he recordado con frecuencia aquellas imágenes, y como me resulta algo misterioso y profundo, hoy me gustaría reflexionar sobre ello, aunque sé que nunca podré comprenderlo ni sentirlo. Para ello es preciso ser mujer.

Así y todo, muchas veces me he encontrado ensartado en miradas de niños y de cachorros, en las que he visto mejor que en ningún otro sitio todo lo que merece ser buscado.

A veces, miro a algún niño, y pronto su mirada queda fija en la mía. Y pienso, ¿qué estará viendo en mí? Me miran fijos, profundos, serios. A veces, luego de un tiempo, ríen, no sé por qué. Y siempre me sorprende su espontaneidad, su frescura, su misterio.

He leído que ellos traen del cielo la esencia del auténtico ser del hombre, y la traen pura, fresca, seguramente esa esencia de la que habla Jesús cuando nos aconseja ser como niños. Pero con el tiempo ese ser puro, esa esencia, es recubierta por algo parecido al caparazón de la tortuga, a la concha del caracol. Y entonces ya no se ve, ya no se expresa. No es capaz de traspasar el caparazón. Y no se desarrolla, no crece. Está dormida, como la princesa del cuento. Esperando al príncipe que la despierte con su beso de amor. Y también dicen que cuando el hombre decida volver a ella, a lo celeste y puro, ha de alimentar esa esencia con su cascarón.

El águila macho siembra la semilla en la hembra. Polvo de estrellas en el centro de la tierra. Espíritu de Dios que se cierne sobre la faz del abismo. Destello de luz en las tinieblas. Y esa hembra engendra su huevo, cosmos omnipresente. Y despierta ese pequeño ser, en el rayo eterno de la creación, una creación tan importante como la del Universo, o quizá la misma. Y más tarde ese ser se alimenta de su huevo, come su carne, absorbe su ser externo, y crece él, y mengua su entorno. Y al fin es sólo él, preparado, listo para la luz y el espacio. Solo queda un obstáculo. Duro cascarón que le cierra al sol y a las estrellas. Pero pequeño desafío para su creciente fuerza y para su seguro destino.

Crece y crece, y su vida rasga y quiebra su prisión. Y al fin está en la luz, desvalido y pequeño, pero con todas las estrellas a su lado para llevarlo a las alturas.

“Y sola, y sin su nido, volará el águila al encuentro del sol”.

Existe un respeto universal por ello. Aún los animales carnívoros respetan a los cachorros. Hay algo que les lleva no a temerlos, sino a asombrarse de su pureza. Algo semejante al respeto por el sol. Sí, hay algo de sol y de estrellas en la mirada de un niño. Y el cachorro vence sin lucha, y es respetado sin miedo. Como el sabio, como el anciano. Hay algo en sus miradas que nos penetra, que nos envuelve, que nos enamora.

Seamos siempre niños. Los ángeles estarán siempre a nuestro lado.


viernes, 18 de julio de 2008

ACERCA DEL AMOR Y DE LOS AMANTES




Un famoso filósofo presocrático dejó escrito para la posteridad la indiscutible sentencia siguiente:

“Las vacas no hablan no porque no sepan hablar. No hablan porque no tienen nada que decir”

Hay, en efecto, personas-vacas, que hablan poco o nada sobre el mundo y sobre sí mismos, y, curiosamente, resultan interesantes a los demás, porque las personas habladoras y parlanchinas rápidamente ponen de manifiesto su estupidez. Así que el que no habla queda a salvo de dejar patente la suya.

Pero poco tiempo le dura su prestigio de hombre interesante, porque un día la gente descubre que no hablaba porque, como le pasa a la vaca, simplemente no tenía nada que decir.

En cambio hay otras personas que sí tienen mucho que decir, sobre el mundo y sobre sí mismas, pero no hablan. Al menos sobre las cosas que pueden desvelar su ser interior, sus sentimientos, sus pensamientos, su corazón, en suma.

Esto, lejos de ser anormal, es una actitud muy prudente y sabia. No debemos largarle al primero que llegue todas nuestras opiniones sobre todas las cosas, los sentimientos que tenemos hacia ellas, aquellas cosas en las que creemos, las que anhelamos, las que nos hacen feliz o nos hacen desgraciados. No. Sería una estupidez sin sentido.

Pero en la intimidad de dos almas que comparten, y lo saben, sentimientos, anhelos, pasiones, proyectos vitales, placeres del espíritu y aún del cuerpo, aunque cada uno, llegado un momento, conoce casi plenamente todo de su amante, necesitan ambos obtener la confirmación de su compañero. No es por otra cosa que existen dos palabras que se pronuncian en el planeta quizá varias veces por segundo: Te quiero.

A veces un amante supone que todo debe estar claro para su ser amado, creyendo que su actitud hacia él, su tierna mirada, el brillo de sus ojos, su expresión de dicha, sus caricias, y otras muchas cosas, le demuestran su amor y sus sentimientos. Y de hecho es así. Es muy difícil dudar del amor de una persona.

Pero, aunque sea la forma más imperfecta de comunicarse, no es preciso ser como la vaca. Se pueden explicar los sentimientos, no a todos, pero sí a aquél que los va a entender perfectamente, porque no es otro que otro yo. En estos casos hablar al amante es exactamente igual que hablar con uno mismo.

Los sentimientos son un universo infinito, lleno de matices, de significados, de espíritus que lo pueblan, como infinitos ángeles volando en su interior. Y, aunque nos cueste creerlo, todos los ángeles son diferentes. Todos son ángeles, pero todos son diferentes.

Y muchas veces sabemos, y amamos, el mundo interior de nuestro amante, porque lo sabemos hermoso y tierno, porque una fuerza más grande que nosotros nos impulsa a entrar en él para amarlo, para conocerlo, para intercambiar ángeles y compartir felicidades, que no es otra cosa que buscar el bien de nuestro ser amado.

Pero existe la reserva. ¿Y porqué existe la reserva entre los amantes? ¿Por qué no existe la entrega total, sin condiciones, sin miedos, sin estancias secretas, sin llaves en las cerraduras, con la luz encendida en todas partes?

¿Por qué nos cuesta desnudarnos totalmente, a plena luz, sin ocultar ni siquiera nuestros pliegues más vergonzosos, ni nuestras cicatrices escondidas, ni las manchas más feas de nuestra piel, ni nuestras carencias y nuestros excesos?

Los amantes que se desnudan uno frente a otro, amorosos, valerosamente, como ofrenda a su dios, me resulta la imagen más gloriosa de Eros triunfante.

Pero Eros, aún siendo un dios exigente, creo que nunca, nunca, queda totalmente complacido. Y sabemos que no es agradable dejar a alguien a medias... Y a Eros lo dejamos casi siempre. Por eso creo que los amantes nunca lo son del todo. No hay amantes perfectos porque las barreras de nuestros miedos, nuestras vergüenzas y nuestro pudor lo impiden.

El verdadero amante se muestra como Dios lo trajo al mundo, y más aún, como Dios lo conformó hasta el preciso momento en que se muestra al amado. Sé que no es fácil, pero sé que es la meta. Sólo que para llegar a ella es preciso afrontar y vencer muchas cosas.

¿Y qué cosas?

De momento se me ocurre que lo más fácil es mostrar el cuerpo, porque ello solo conlleva superar el pudor y la vergüenza de no disponer de un cuerpo completamente bello. Pero el cuerpo es quizá lo menos bello de lo que disponemos.

Más difícil y duro es mostrar nuestro corazón, y nuestra mente. Pero, ¿porqué es más difícil?

Para empezar, para mostrar nuestro corazón es preciso abrirlo al amante. El corazón, no obstante, se muestra espontáneamente por la mirada, por la sonrisa, por la risa, por las caricias, físicas o sutiles, por los actos de amor que se realizan en pro de la felicidad del ser amado, y por otras cosas que ahora mismo no se me ocurren. Pero estas muestras son involuntarias e inevitables para el amante. No puede evitarlo, lo muestra así porque ama, y su amor fluye de él mismo hasta su amado. No puede ser de otra manera, y cualquier persona sensible capta ese torrente de amor de va de un amante al otro. No se puede ocultar, salvo a los ciegos de corazón, sean porque lo son o porque les interesa serlos.

Pero estoy hablando del desnudar el corazón de manera voluntaria y consciente. Para ello son precisas otras cosas.

Existen palabras bellas, amorosas, que cualquier amante desea escuchar de los labios de su ser amado, porque para él son como la música celeste, como las más bellas melodías de Eros en su plenitud.

Pero, a veces, muchas dificultades impiden que esas palabras sean pronunciadas, esa música tañida, y esas melodías escritas.

¿Cuáles son los impedimentos, cuáles las dificultades?

Generalmente no conocemos bien nuestros sentimientos, o somos incapaces de admitirlos o reconocerlos. Pueden pasar meses, años, e incluso lustros en darnos cuenta de la calidad y naturaleza de los sentimientos que profesábamos a una persona. Hay tantos sentimientos como ángeles en el cielo, y... todos son diferentes, todos ángeles, pero todos diferentes.

Y llega a tal punto esta dificultad que a veces pasamos toda una vida sin saber exactamente qué sentimos por una persona, y a qué nos obligaría cumplir con Eros al atenernos a la realidad de dicho sentimiento.

Esta es una dificultad.

Otra es que, aún sospechando cual es la naturaleza de nuestros sentimientos, los ocultamos detrás de un tupido velo, no vaya a ser que ello nos impida llevar a cabo nuestra meta útil de ese momento de nuestra vida. Esto es tan común que no precisa explicación más amplia.

Nuestra vida es difícil, lo sabemos, y desenvolverse en ella a veces nos requiere tomar decisiones utilitarias, destinadas, más que a cumplir con nuestros anhelos más auténticos, a suplir carencias que requieren la búsqueda urgente de su satisfacción. Sé bastante de esto, desgraciadamente para mí y para otras personas. Y hay que pagar por ello.

Lamentablemente, nuestra vida es como una novela de suspense, en la que sólo al final se sabe quién es el asesino. Y suele ser al final de nuestra vida, o al menos cerca de ese final, cuando uno descubre los errores cometidos, al asesino, y entonces se lamenta uno de él. Seguramente a lo largo de nuestra vida perseguimos más cubrir carencias que conseguir nuestros anhelos más puros.

No sólo existe en nuestro ser interno el corazón y sus hijos, también existen otros habitantes no menos poderosos e influyentes. La fantasía es uno de ellos.

La fantasía es el bálsamo de Fierabrás que aplicamos a todas nuestras heridas, la que suple nuestras carencias, nuestros anhelos, nuestros sueños, y, resumiendo, todo aquello que no somos y desearíamos ser. Y lo suple como quien riega su huerto con agua de una lluvia que soñó la noche anterior, mientras dormía. Su huerto no germinará, pero si sigue en su fantasía, lo soñará verde y lleno de frutos, aún no habiendo enterrado nunca ninguna semilla.

La fantasía la conforman bellas sirenas de voces hermosas, que nos hacen caer en el sueño más profundo y hermoso. Pero sueño al fin y por lo tanto, humo.

El hombre se sueña a sí mismo, sueña sus actos, sueña sus sentimientos, sueña sus anhelos, sus ideales, sus amores, sus sufrimientos, lo sueña casi absolutamente todo. Y llegado el momento ya le es imposible despertar. Simplemente porque si se despertara del sueño repentinamente y pudiera ver su situación real, probablemente enloquecería.

No es preciso, creo, que aclare que hablo de sueños productos de la fantasía, no de sueños positivos por llamarle de alguna manera. Los sueños que llevan a un hombre al crecimiento de su ser interno son de otra naturaleza. Para ello, debemos ser conscientes no solo de lo anhelado, que ya nos lo pone con hermosos vestidos la fantasía (incluso a veces es preciso no adornarla tanto), sino también del camino que nos lleva de manera real a aquello que tanto anhelamos. Esta doble conciencia, permanente, nos hace dar los pasos necesarios en el camino a nuestro sueño real.

Quizá con un ejemplo me pueda explicar más fácilmente.

Soñamos con ser pianistas. Anhelamos serlo. Lo deseamos vehementemente.

Inmediatamente la fantasía nos presenta su cuadro, bellamente trazado, con multitud de bellos matices y todos los adornos que deseemos. Nos vemos ya rodeados de nuestros amigos más queridos, deslizando suavemente nuestras manos por el teclado, arrancando en notas sublimes el alma de Beethoven o de Chopin, y entregándola a nuestras almas más hermanas, haciéndolos felices, partícipes de la belleza de la música celeste de las esferas...

¿Hay cuadro mejor pintado a nuestros ojos? ¡Cómo disfrutamos viéndonos en ese momento soñado! Pero... no es real. No existe en nosotros ese yo artista sublime. Puede llegar a existir, pero no existe. Es preciso arrancarlo de la piedra.

Escuché una vez que le preguntaron a Miguel Ángel cómo pudo esculpir su David. Contestó sencillamente:

"Tomé la piedra y quité con mi escoplo todo lo que no era David"

Eso es un artista explicando su arte. No necesitaba decir más. Así que el que quiera ser pianista, coja su piedra y quite todo lo que no lo es.

Así que tan necesarios son los sueños para realizar nuestros más íntimos anhelos como nefasta es la fantasía que sobre ellos nos creamos. El que se cree ya poeta no llegará a serlo nunca. El que se sueña ya músico no comprenderá nunca su esencia y el que se cree bueno, nunca verá la cara ni las manos de Dios.